oy es el día más feliz de mi vida porque hoy me he enamorado. Me he enamorado, no como se enamora una jovencita tonta porque un muchacho la mira o le cuenta alguna bobería. Estoy enamorada, y este amor va a durar eternamente. Hoy estoy enamorada de Inglaterra, y al caer en la cuenta este día se ha convertido en el más dichoso de toda mi vida. Hoy me he percatado de que voy a ser la reina de este país, de este rico y hermoso país. He estado viajando por él como una necia, con los ojos cerrados —para ser justa, durante una parte de ese tiempo he estado viajando en medio de la noche y con el peor tiempo que cabe imaginar—, pero hoy hace un día soleado y radiante y el cielo está azul, azul como los huevos de pato, el aire es fresco y luminoso, excitante y frío como el vino blanco. Hoy me siento como el halconcito que me llamaba mi padre, como si volase allá en lo alto, al hilo del fresco viento, contemplando este bello país que habrá de ser mío. Viajamos a caballo desde Dartford hasta Blackheath, flanqueados en todo momento por una escarcha blanca resplandeciente, y cuando llegamos al parque se presentan ante mí todas las damas de mi séquito, elegantemente vestidas, cálidas y amigables en sus saludos. Debo de poseer casi setenta damas en total, entre ellas varias primas y sobrinas del rey, y hoy todas me saludan como si fueran mis nuevas amigas. Voy vestida con lo mejor que tengo, sé que estoy hermosa, creo que hoy hasta mi hermano se sentiría orgulloso de mí.
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Han construido una ciudad con tiendas de lona color oro rematadas por pendones de colores que ondean luminosos, guardadas por los propios alabarderos del rey, soldados bellamente ataviados, tan altos y tan apuestos que en Inglaterra constituyen una leyenda. Mientras aguardamos al rey, pasamos al interior para tomar una copa de vino y calentarnos en los braseros. Están quemando carbones traídos por mar en mi honor, sólo los mejores, ya que voy a ser miembro de la familia real de Inglaterra. Los suelos están cubiertos de ricas alfombras, y en el interior de las tiendas cuelgan tapices y sedas que conservan el calor. Más adelante, cuando dicen que es el momento adecuado y todos están
sonriendo y conversando casi tan emocionados como yo, subo a lomos de mi caballo y parto al encuentro del rey. Salgo llena de esperanzas; puede que en este encuentro ceremonial el rey me agrade y yo le agrade a él.
Los árboles son altos, y sus ramas, negras y desnudas a causa del invierno, surcan el cielo igual que hilos oscuros en un tapiz azul. El parque abarca varios kilómetros cuadrados, tan verde y tan fresco, reluciente por la escarcha que comienza a derretirse, y el sol desprende un brillo amarillo claro que casi se torna blanco al arder en el cielo. Por todas partes, detrás de las cuerdas de vivos colores que han tendido, se ve a las gentes de Londres sonriéndome y saludándome con la mano y gritándome bendiciones, y por primera vez en mi vida ya no soy Ana, la hija mediana de Cléveris, menos hermosa que Sibila, menos encantadora que Amelia, sino que aquí soy Ana, la única Ana. Me han hecho un hueco en su corazón. Estas gentes peculiares, opulentas, encantadoras y excéntricas me dan la bienvenida como si desearan una reina buena y sincera, y están convencidas de que yo puedo ser esa reina para ellas.
Sé muy bien que no soy inglesa como la finada reina Juana, que Dios se apiade de su alma. Pero habiendo visto la corte y las grandes familias de Inglaterra, opino que quizá sea bueno que no sea inglesa. Incluso he visto que la familia Seymour goza de gran favor en este momento, y fácilmente podría volverse poderosa en exceso. Están en todas partes, estos Seymour, son bien parecidos y engreídos, siempre están haciendo hincapié en que su vástago es el único hijo varón del rey y su heredero al trono. Si yo fuera el rey y ésta fuera mi corte, tendría cuidado en guardarme de ellos. Si se les permite gobernar al joven príncipe, dominarlo en virtud del parentesco que guardan con su madre, esta corte perderá el equilibrio por culpa de ellos. A juzgar por lo que alcanzo a ver, el rey no pone cuidado a la hora de escoger a sus favoritos. Puede que yo tenga la mitad de edad que él, pero sé muy bien que el favor de un gobernante ha de ser comedido. Yo he vivido toda mi vida con la desaprobación del hijo favorito, y sé cuán peligrosos son los caprichos en un gobernante. Este rey es caprichoso; pero quizá yo sea capaz de equilibrar un poco su corte, quizá yo pueda darle a su hijo una madrastra sensata que sea capaz de mantener a una distancia segura de él a los aduladores y los cortesanos.
Sé que sus hijas viven separadas de él. Pobres muchachas, espero ser de utilidad a la pequeña Isabel, que no ha llegado a conocer a su madre y que ha pasado la vida entera bajo la sombra de la deshonra. Tal vez yo pueda acercarla a la corte, conservarla a mi lado y reconciliarla con su padre. Y la princesa María debe de sentirse muy sola, sin su madre y sabiendo que se encuentra muy lejos del favor de su padre. Yo puedo ser bondadosa con ella, puedo conseguir que supere el miedo que le tiene al rey y traerla a la corte como pariente mía, no será preciso que
me llame «madrastra», sino acaso tratarme como a una buena hermana. Para los hijos del rey, al menos podré ejercer como una fuerza del bien. Y si somos bendecidos, si Dios me bendice con un hijo propio, quizá le dé a Inglaterra un principito, un joven devoto capaz de curar las divisiones que sufre este país.
De entre el público se eleva un murmullo de emoción, y advierto que todas las cabezas se giran un momento hacia otro lado y después vuelven a mirarme. El rey se aproxima hacia nosotros, y todos los miedos que albergaba respecto de él desaparecen al instante. Ahora no está fingiendo ser un plebeyo, no está ocultando su majestad bajo el disfraz de un necio vulgar, hoy viene ataviado como un rey y monta como un rey, cubierto por un manto recamado de diamantes, luciendo un cuello de diamantes alrededor de los hombros y un sombrero de terciopelo cosido con perlas, y llega a lomos del caballo más brioso que he visto jamás. Está magnífico, parece un dios bajo el brillante sol invernal, su montura avanzando al trote por sus propias tierras, cargada de joyas y rodeada por la guardia real, que hace sonar las trompetas a pleno pulmón. Al llegar a mi altura sonríe y ambos nos saludamos, y el pueblo estalla en vítores al vernos juntos.
—Os doy la bienvenida a Inglaterra —me dice lo bastante despacio para que yo lo entienda, y yo respondo cuidadosamente en inglés:
—Milord, me siento dichosa de estar aquí, e intentaré ser una buena esposa para vos.
Creo que seré feliz, creo que es posible. Aquel primer error, tan embarazoso, puede quedar olvidado y dejado en el pasado. Nuestro matrimonio durará años, seremos felices juntos durante toda la vida. Dentro de diez años, ¿quién se acordará de semejante pequeñez?
Acto seguido llega mi carruaje y me traslada, a través del parque, hasta el palacio de Greenwich, que se halla situado junto al río, y observo que todas las barcazas se han engalanado con banderas de colores y que los ciudadanos de Londres se han vestido con sus mejores galas. Hay músicos en el agua, tocando una canción nueva titulada Feliz
Ana, compuesta para mí, y festejos a bordo de las embarcaciones para
celebrar mi llegada, y todo el mundo sonríe y me saluda con la mano, de modo que yo también sonrío y saludo.
Nuestra comitiva enfila la ancha avenida que lleva a Greenwich, y una vez más me doy cuenta del magnífico país que es éste, este hogar nuevo para mí, porque Greenwich no es en absoluto un castillo, no ha sido fortificado por temor a un enemigo que pudiera presentarse a sus puertas, antes bien es un palacio construido para un país en paz, un palacio bello y suntuoso, tan hermoso como cualquiera de los de Francia. Está orientado hacia el río y constituye el edificio de piedra y preciado cristal de Venecia más hermoso que he visto en toda mi vida. El rey advierte mi expresión de felicidad y aproxima su caballo a mi carruaje.
Se inclina para decirme que éste es tan sólo uno de los muchos palacios que posee, pero es también su favorito, y que con el tiempo, a medida que vayamos viajando por el país, veré los demás, y que espera que me sienta feliz con todos ellos.
Me llevan a descansar a los aposentos de la reina y por una vez no deseo esconderme en habitaciones privadas; en cambio, me alegro de estar aquí, en mis aposentos íntimos rodeada de mis damas, mientras otras más aguardan fuera, en la elegante sala de recibir. Voy hasta el vestidor privado y me pongo el vestido de tafetán que han ribeteado con la marta cibelina que me regaló el rey por Año Nuevo. Creo que nunca en mi vida he llevado en la espalda semejante fortuna. Me dirijo a cenar, seguida de mis damas, sintiéndome ya como una reina, y a la entrada del suntuoso comedor el rey me toma de la mano y me conduce dejando a un costado las mesas repletas de gente que se inclina y hace reverencias a nuestro paso, mientras nosotros sonreímos y asentimos, cogidos de las manos, ya como marido y mujer.
Estoy empezando a reconocer a algunas personas y a recordar sus nombres sin que nadie me ayude, así que ahora la corte ya no se me antoja una nebulosa poco amistosa. Veo a lord Southampton, que tiene cara de cansancio y de preocupación, y no es de extrañar si se tiene en cuenta la labor que ha hecho conmigo al traerme hasta aquí. Su sonrisa denota tensión y, cosa sorprendente, su saludo es frío. Desvía la mirada del rey como si se estuviera tramando algo, y yo me acuerdo de la decisión que he tomado de ser una reina justa de esta corte gobernada por los caprichos. A lo mejor me entero de qué es lo que preocupa a lord Southampton, a lo mejor puedo ayudarlo.
El principal consejero del rey, Thomas Cromwell, me hace una reverencia. Lo reconozco gracias a la descripción que me hizo mi madre de él, más que de ningún otro, por ser una persona que buscaba una alianza con nosotros y con los duques protestantes de Alemania. Yo hubiera esperado que me saludara con más efusividad, dado que mi casamiento supone el triunfo de sus planes, pero se muestra callado y discreto, y el rey continúa avanzando sin dirigirle más que una breve palabra.
También cena con nosotros el arzobispo, Cranmer, y reconozco además a lord Lisle y a su esposa. Éste también luce una expresión cansada y reservada, y me viene a la memoria el miedo que tenía en Calais acerca de las divisiones que había en el reino. Le sonrío con amabilidad. Sé que en este país tengo una labor que realizar; si puedo salvar de la hoguera a un solo hereje, habré sido una buena reina, y tengo la seguridad de que podré servirme de mi influencia para traer la paz a este país.
Empiezo a tener la sensación de que cuento con amigos en Inglaterra, y cuando recorro el salón con la vista y veo a mis damas, entre ellas a Juana Bolena, a la bondadosa lady Browne, a la sobrina del rey Margaret Douglas y a
la pequeña Catalina Howard, comienzo a pensar que en efecto éste puede ser mi nuevo hogar y que el rey es en efecto mi esposo, que sus amistades y sus hijos serán mi familia, y que aquí voy a ser muy feliz.