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Juana Bolena, palacio de Greenwich, 3 de enero de

i señor duque —digo al tiempo que hago una profunda reverencia. Estamos en los aposentos de los Howard del palacio de Greenwich, un conjunto de hermosas habitaciones que se abren las unas a las otras, casi tan bellas y espaciosas como las propias dependencias de la reina. Estuve aquí una vez con Jorge, cuando estábamos recién casados, y me acuerdo de la vista del río y de la luz del amanecer que veía al despertarme, cuando estaba tan enamorada, y de los cisnes a los que oía volar allá en lo alto en dirección al río, impulsados por sus enormes y ruidosas alas.

M

—Ah, lady Rochford —dice mi señor el duque con una expresión amistosa en su rostro surcado de arrugas—. Tengo necesidad de vos.

Aguardo.

—¿Sois amiga de lady Ana, os lleváis bien con ella?

—Dentro de lo que está en mi mano —respondo con precaución—. Todavía habla muy poco inglés, pero he realizado un considerable esfuerzo para conversar con ella, y me parece que soy de su agrado.

—¿Se confiaría a vos?

—En mi opinión, antes hablaría con sus compañeras de Cléveris, pero en ocasiones me pregunta cosas acerca de Inglaterra. Confía en mí según creo.

El duque se vuelve hacia la ventana y tamborilea con la uña del dedo pulgar contra su amarilla dentadura. Su semblante de color cetrino se ve contraído en un esfuerzo de concentración.

—Existe una dificultad —dice muy despacio.

Aguardo.

—Tal como sabéis, ha sido enviada sin los documentos apropiados —continúa diciendo—. De niña la prometieron con Francisco de Lorena y el rey necesita que dicho compromiso sea anulado y archivado antes de dar el paso siguiente.

—¿No es libre para casarse? —pregunto, atónita—. ¿Aun cuando se han firmado los contratos y ha hecho todo este viaje y ha sido recibida

por el rey como su futura esposa? ¿Aun cuando la ciudad de Londres le ha dado la bienvenida como su nueva soberana?

—Es posible —responde el duque de forma evasiva.

Es absolutamente imposible, pero no me corresponde a mí decirlo. —¿Quién dice que no sea libre para casarse?

—El rey teme seguir adelante. Lo mortifica su conciencia.

Callo unos instantes, no puedo pensar lo bastante de prisa para encontrarle la lógica a esto. Enrique es un rey que desposó a la mujer de su propio hermano y después la rechazó afirmando que aquel matrimonio para toda la vida no era válido. Es un rey que llevó a Ana Bolena al cadalso por decisión propia y obedeciendo la exclusiva inspiración de Dios. Está claro que no es un rey al que se pueda disuadir de casarse con una mujer únicamente porque un embajador alemán no ha traído en la mano el papel que convenía. Entonces me viene a la memoria el momento en que lady Ana lo rechazó apartándolo de sí en Rochester y la expresión que lucía el semblante del rey cuando retrocedió.

—De modo que es cierto. Al rey no le gusta. No puede perdonarle manera en que lo trató en Rochester. Hallará un modo de escabullirse de ese desposorio, una vez más alegará que existe un contrato previo. — Una sola mirada al grave semblante del duque me dice que mi suposición es acertada. Me entran ganas de reír a carcajadas ante este nuevo giro en esta obra teatral que constituye la comedia del rey Enrique—. No le gusta, y va a devolverla a su casa.

—Si ella confesara que existe un contrato previo, podría regresar a casa sin deshonor y el rey sería libre —contesta el duque en voz baja.

—Pero ella lo aprecia —replico—. En cualquier caso, lo aprecia lo suficiente. Y no puede volver a su casa, ninguna mujer que posea algo de sensatez volvería a su casa. ¿Regresar a Cléveris para ser un bien ya carente de valor, cuando podría ser reina de Inglaterra? Eso no lo aceptará de ningún modo. Si el rey la rechaza, ¿quién iba a desear casarse con ella? ¿Quién iba a querer desposarla si el rey declara que está atada por un contrato anterior? Su vida estaría acabada.

—Podría liberarse del contrato anterior —apunta el duque con razón. —¿Existe tal documento?

El duque se encoge de hombros. —Casi con toda seguridad, no. Reflexiono unos instantes.

—En ese caso, ¿cómo va a liberarse de algo que no existe?

El duque sonríe.

—Eso es asunto de los alemanes. Si no colabora, se la puede enviar de vuelta a su casa en contra de su voluntad.

—Ni siquiera el rey puede secuestrarla y echarla del reino.

—Si fuera posible conducirla a una trampa para que dijera que existió un contrato anterior. —La voz del duque es como el susurro de la

seda—. Si saliera de sus propios labios que no tiene libertad para contraer matrimonio...

Afirmo con la cabeza. Empiezo a ver el favor que el duque deseaba solicitarme.

—El rey quedaría sumamente agradecido al hombre que fuera capaz de decirle que había obtenido una confesión de ella. Y la mujer que hubiera provocado dicha confesión gozaría de la más alta estima del rey. Y de la mía.

—Estoy a vuestra disposición para lo que ordenéis —respondo a fin de darme tiempo a mí misma para pensar—. Pero no puedo inducir a lady Ana a mentir. Si ella sabe que es libre para casarse, sería un absurdo que dijera lo contrario. Y si yo afirmo que ha dicho lo contrario, ella no tiene más que negarlo. Y entonces será su palabra contra la mía, y de nuevo regresaremos a la verdad. —Hago una pausa porque acaba de asaltarme un temor—. Milord, ¿debo entender que no existe posibilidad de que haya una acusación?

—¿Qué clase de acusación?

—De algún delito —digo con nerviosismo. —¿Os referís a que pudieran acusarla de traición?

Afirmo con la cabeza. Yo misma no me atrevo a pronunciar esa palabra. Ojalá no volviera a oírla nunca, porque conduce a la Torre y al tajo del verdugo, porque me arrebató al amor de mi vida, porque puso fin a la vida que vivíamos, para siempre.

—¿Y cómo podría constituir traición? —me pregunta el duque, como si no viviéramos en un mundo peligroso en el que todo puede constituir traición.

—La ley ha cambiado mucho, y ser inocente ya no sirve como defensa.

El duque niega bruscamente con la cabeza.

—Sea como sea, no existe la posibilidad de que Enrique la acuse. En estos mismos momentos el rey de Francia está agasajando al sacro emperador romano en París; podrían estar planeando un ataque conjunto contra nosotros. No podemos hacer nada que pueda molestar a Cléveris. Hemos de tener una alianza con los príncipes protestantes, de lo contrario corremos el riesgo de quedarnos solos frente a España y Francia, que se han unido en contra nuestra. Si los papistas ingleses vuelven a levantarse como la última vez, será nuestro fin. Lady Ana ha de confesar que está prometida con otra persona y marcharse a casa por voluntad propia, para que nosotros nos deshagamos de la mujer pero conservando la alianza. O si alguien lograse llevarla a una trampa para que hiciera una confesión, con eso bastaría. En cambio, si persiste en decir que es libre para contraer matrimonio e insiste en celebrarlo, el rey tendrá que proceder. No podemos ofender al hermano.

—¿Le guste al rey o no?

Yo callo durante unos instantes.

—Si la odia y aun así la desposa, ya encontrará más adelante el modo de librarse de ella —digo pensando en voz alta.

El duque no dice nada, pero entorna los párpados sobre sus ojos oscuros.

—Ah, ¿quién es capaz de predecir el futuro?

—Correrá el mayor de los peligros cada día de su vida —vaticino—. Si el rey desea deshacerse de ella, no tardará en creer que la voluntad de Dios es que se deshaga de ella.

—Así es como suele manifestarse Dios, por lo que parece —replica el duque con una sonrisa lobuna.

—En ese caso, encontrará a lady Ana culpable de algún delito — contesto. No quiero pronunciar la palabra «traición».

—Si sentís algún aprecio por lady Ana, debéis persuadirla de que se vaya ahora mismo —concluye el duque en voz queda.

Regreso despacio a los aposentos de la reina. No querrá seguir mis consejos antes que los de sus embajadores, y yo no soy libre para decirle lo que pienso en realidad. Pero si fuera amiga suya de verdad le habría dicho que Enrique no es hombre al que tomar como esposo si ya te odia antes del día de la boda. El rencor que suscitan en él las mujeres que lo irritan tiene consecuencias fatales. ¿Quién iba a saberlo mejor que yo?