oy una de las últimas personas en abandonar la alcoba. Cierro la puerta sin hacer ruido dejando atrás otro matrimonio más del rey, el cual he visto transcurrir desde el cortejo hasta el lecho nupcial. Algunos, como esa joven necia de Catalina Howard, pensarían que aquí es donde termina la historia, que ésta es la conclusión de todo, pero yo sé que no. Aquí es donde empieza la historia de una reina.
S
Antes de esta noche hay contratos y promesas y, en ocasiones, esperanzas y sueños y, muy de vez en cuando, amor. A partir de esta noche comienza la realidad de dos personas que desarrollan su vida juntas. Para algunos es una negociación imposible; mi propio tío está casado con una esposa a la que no soporta, ahora viven separados. Henry Percy se casó con una heredera, pero jamás logró liberarse del amor que sentía por Ana Bolena. Thomas Wyatt odia a su esposa a más no poder, desde que se enamoró de Ana cuando ésta era pequeña, y jamás se ha recuperado. Y mi propio esposo... Pero en este momento no deseo pensar en mi esposo. Quiero recordar que lo amé, que habría dado la vida por amor a él, fuera lo que fuese lo que pensó de mí la primera vez que nos acostamos juntos. Con independencia de en quién estuviera pensando cuando tuvo que realizar el acto conmigo. Que Dios lo perdone por haberme abrazado a mí mientras pensaba en ella. Que Dios me perdone a mí por saberlo y aun así permitir que ello me atormentara. Y al final, que Dios me perdone por haber vuelto la cabeza y el corazón hasta el punto de que nada me gustaba más que yacer en sus brazos e imaginarlo en compañía de otra mujer. Los celos y la lujuria me rebajaron tanto que me causaba placer, un placer malvado y pecaminoso, sentir sus caricias e imaginarlo acariciando a otra.
El hecho no consiste en que haya cuatro piernas desnudas en una cama y zanjar el asunto. La reina tendrá que aprender a obedecer a su esposo. No en las cosas trascendentales, pues toda mujer es capaz de fingir un poco, pero sí en el millar de compromisos sin importancia a los que debe hacer frente una esposa a diario. El millar de veces al día en que tiene que morderse la lengua, agachar la cabeza y no discutir en
público, ni tampoco en privado, ni siquiera en los lugares más recónditos de su propia mente. Si el esposo es un rey, puede que esto sea más importante aún. Y si el esposo es el rey Enrique, es una decisión a vida o muerte.
Todos procuramos olvidar que Enrique es un hombre despiadado. Él mismo intenta que lo olvidemos. Cuando se comporta de un modo encantador o se pone en disposición de complacer, nos gusta olvidar que estamos jugando con un oso salvaje. No es un hombre cuyo temperamento se pueda domesticar. No es un hombre cuyo estado de ánimo sea apacible en todo momento. No es un hombre capaz de dominar sus emociones ni de ser constante un día tras otro. He visto a ese hombre amar a tres mujeres con pasión absoluta. Lo he visto jurarle a cada una de ellas fidelidad eterna, inquebrantable. Lo he visto combatir en las justas con el sobrenombre de sir Corazón Leal. Y lo he visto enviar a dos de ellas a la muerte y recibir la noticia de la muerte de la tercera en silencio y sin perder la compostura.
Más vale que esta joven lo complazca esta noche, y más vale que lo obedezca mañana, y más vale que le dé un hijo antes de un año, o de lo contrario yo, personalmente, no daría ni un comino por ella.
Ana, palacio de Greenwich, 6 de enero de 1540
no por uno van abandonando la habitación y el rey y yo nos quedamos solos a la luz de las velas, sumidos en un silencio incómodo. Yo no digo nada. Me viene a la memoria la advertencia de mi madre: que suceda lo que suceda en Inglaterra, jamás debo dar al rey motivos para pensar que soy una inmoral. Enrique me ha elegido porque tiene fe en la personalidad de las mujeres de Cléveris. Ha comprado para sí una virgen al estilo de Erasmo, de buen carácter, de genio controlado y sumamente disciplinada, y eso es lo que debo ser. Mi madre no me dijo abiertamente que decepcionar al rey pudiera costarme la vida, porque la suerte que corrió Ana Bolena jamás se ha mencionado en Cléveris desde el día en que se firmó el contrato para desposarme con un asesino de esposas. Desde que me prometí, ha sido como si la reina Ana hubiera sido elevada a los cielos en el más absoluto silencio. Me advierten, me advierten continuamente, de que el rey de Inglaterra no tolerará ninguna ligereza de comportamiento por parte de su esposa, pero nadie me dice que podría hacer conmigo lo mismo que hizo con Ana Bolena. Nadie me advierte de que yo también podría acabar obligada a apoyar la cabeza en el tajo para ser decapitada por algún delito imaginario.
U
El rey, mi esposo, acostado en el lecho junto a mí, deja escapar un profundo suspiro, como si estuviera cansado, y pienso por un instante que tal vez se quede dormido y finalice así esta jornada agotadora y aterradora y mañana pueda despertarme siendo una mujer casada e iniciar mi nueva vida como reina de Inglaterra. Por un momento me atrevo a abrigar la esperanza de que por hoy mis deberes hayan quedado cumplidos.
Permanezco tendida, tal como a mi hermano le gustaría, igual que una muñeca de trapo congelada. Mi hermano siente horror por mi cuerpo, horror y fascinación. Me ordena que use cuellos altos, ropas gruesas, cofias grandes, botas enormes, para que lo único que alcance a ver de mí, lo único que alcance a ver cualquiera, sea la cara en sombra y las manos desde la muñeca hasta los dedos. Si pudiera recluirme como hace el emperador otomano con sus esposas, a las que tiene
encerradas, me recluiría. Hasta mi mirada resulta demasiado atrevida para él, por eso prefiere que no lo mire directamente. Si pudiera, me obligaría a llevar un velo.
Y aun así, me espiaba constantemente. Ya me encontrara en la habitación de mi madre cosiendo bajo la supervisión de ella o en el patio contemplando los caballos, si alzaba la vista lo descubría a él mirándome fijamente con una expresión de irritación y de..., no sé de qué..., ¿de deseo? No era lujuria; en ningún momento me deseó como un hombre desea a una mujer, eso lo sé con seguridad. Pero me deseaba como si pretendiera dominarme por completo, como si le apeteciera tragarme de un bocado para que no lo molestara nunca más.
Cuando éramos pequeños nos atormentaba a las tres: a Sibila, a Amelia y a mí. Sibila, que era tres años mayor que él, corría lo bastante de prisa para huir de él. Amelia prorrumpía en el fácil llanto de la pequeña de la familia. Yo era la única que se le enfrentaba. No le devolvía el golpe cuando me pellizcaba o me tiraba del pelo. No intentaba pegarle cuando me acorralaba en el patio de los establos o en un rincón oscuro. Sólo me limitaba a hacer rechinar los dientes, y cuando me hacía daño no lloraba. Ni siquiera cuando me hizo moratones en mis delicadas muñecas de niña, ni cuando me hizo sangre en la cabeza con una piedra que me lanzó. Jamás lloré, jamás le supliqué que se detuviera. Aprendí a valerme del silencio y la resistencia como las mejores armas que emplear contra él. La amenaza y el poder que representaba él consistían en que podía hacerme daño; mi poder consistía en que yo me atrevía a actuar como si no pudiera hacerme dicho daño. Descubrí que era capaz de resistir cualquier cosa que pudiera hacerme un muchacho. Luego descubrí que era capaz de sobrevivir a cualquier cosa que me hiciera un hombre. Y más adelante descubrí que mi hermano era un tirano y que a pesar de ello no me daba miedo. He descubierto el poder de la supervivencia.
Cuando me hice mayor y observé que con Amelia era delicado y autoritario y que hacia mi madre mostraba un agradable respeto, comprendí que mi testarudez y mi obstinación habían dado lugar a aquel conflicto constante que había entre nosotros. Él tenía dominado a mi padre, encarcelado dentro de su propio dormitorio, usurpó su puesto. Y todo eso lo hizo con el beneplácito de mi madre y con el orgullo de creerse poseedor de una superioridad moral. Se alió con el esposo de Sibila, dos príncipes insignificantes y ambiciosos juntos, de modo que todavía la gobierna a ella, incluso después de verla casada. Mi madre y él han formado una potente alianza para gobernar conjuntamente Juliers-Cléveris. Tienen bajo su mando a Amelia, pero a mí no han podido dominarme ni manejarme. Yo no soy persona que se deje manipular ni gobernar. Para mi hermano me convertí en un picor que debía rascarse. Si hubiera llorado o suplicado, si me hubiera derrumbado como una niña
pequeña o me hubiera aferrado a él como una mujer, tal vez me habría perdonado, adoptado, tomado bajo su protección y cuidado. Habría sido su pequeña mascota, como lo es Amelia, su niñita, la hermana que él protege y guarda sana y salva.
Pero para cuando por fin comprendí todo eso ya era demasiado tarde. Él estaba encastillado en la frustración y la irritación que yo le causaba, y yo había descubierto la dicha que me supuso obstinarme en sobrevivir, a pesar de todos los obstáculos, y hacer las cosas a mi modo. Él intentó convertirme en una esclava, pero lo único que hizo fue inculcarme el anhelo de ser libre. Yo deseaba mi libertad como otras jóvenes desean el matrimonio. Yo soñaba con la libertad como otras jóvenes sueñan con un amante.
Este casamiento es mi forma de escapar de él. Siendo reina de Inglaterra tengo bajo mi mando una fortuna mayor que la suya, gobierno un país más grande que Cléveris, infinitamente más populoso y poderoso. Trataré al rey de Francia como un igual, soy madrastra de una nieta de España, mi nombre será mencionado en las cortes de Europa, y si tengo un hijo será hermano del rey de Inglaterra y acaso rey él mismo. Este casamiento representa mi victoria y mi libertad.
Pero al ver a Enrique removerse con dificultad en el lecho y suspirar
de nuevo igual que un hombre viejo y exhausto, no como un recién casado, sé, como he sabido siempre, que he canjeado a un hombre difícil por otro. Tendré que aprender a eludir la cólera de este hombre y a sobrevivir a él.
—¿Estáis cansada? —me pregunta.
Entiendo la palabra «cansada». Afirmo con la cabeza y contesto:
—Poco.
—Dios me ayude a salir airoso de este asunto tan enojoso —dice él. —No entiendo. Lo siento.
Enrique se encoge de hombros, yo me doy cuenta de que no está hablando conmigo, que está quejándose de algo por el placer de quejarse en voz alta, igual que hacía mi padre antes de que sus bisbiseos malhumorados se transformaran en locura. La falta de respeto de dicha comparación me hace sonreír, pero en seguida me muerdo el labio para disimular.
—Sí —dice agriamente el rey—. Bien podéis reíros. —¿Os apetece vino? —pregunto con prudencia.
Él niega con la cabeza, alza la sábana y al momento me viene a la cara el efluvio del hedor que despide. Igual que un hombre que está inspeccionando la mercancía que ha adquirido en el mercado, agarra el borde de mi camisón, me lo levanta hasta más arriba de la cintura y de los senos y me lo deja arrollado en torno al cuello. Yo temo parecer una tonta, como una burguesa con una bufanda atada bajo la barbilla. Me arden las mejillas de la vergüenza que me da que él se quede mirando mi cuerpo desnudo de esa forma. Mi turbación no le importa lo más mínimo. Entonces baja la mano y bruscamente me estruja los senos,
continúa sin delicadeza alguna hasta mi vientre y me pellizca la grasa. Yo permanezco absolutamente inmóvil para que no piense que soy una mujer lasciva. No resulta difícil quedarse paralizada de terror; Dios sabrá por qué iba cualquiera a sentirse lasciva con semejante manoseo. Yo he acariciado a mi caballo con más cariño que esta manera tan fría de palparme. Enrique se incorpora en la cama gruñendo por el esfuerzo y me separa los muslos sin contemplaciones. Yo lo obedezco sin proferir sonido alguno; es esencial que sepa que soy obediente pero que no estoy deseosa. Se coloca encima de mí y se deja caer entre mis piernas. Tiene todo su peso apoyado en los codos, los cuales ha plantado a ambos lados de mi cabeza, y en las rodillas, pero incluso así su panza enorme y flácida, apretada contra mí, me está asfixiando. La grasa de su pecho me está aplastando la cara. Soy una mujer bastante corpulenta, pero debajo de Enrique resulto enana. Temo que si se deja caer más ya no pueda respirar, esto resulta bastante insoportable. Siento en el rostro el jadeo de su respiración, de olor fétido porque tiene la dentadura podrida. Mantengo la cabeza rígida para no volver la cara. Me falta el aire, en el afán de no inhalar el tufo que desprende.
Enrique baja una mano y se agarra a sí mismo. He visto lo que hacen en Düren con los caballos de los establos y por eso sé bastante bien lo que está ocurriendo en ese fuerte manoteo. Consigo inhalar una bocanada de aire a un costado y hago acopio de fuerzas para soportar el dolor. El rey exhala un débil gemido de frustración y yo noto que su mano continúa trabajando, pero sigue sin suceder nada. Me golpea repetidamente el muslo con esa mano frenética, pero eso es todo. Me quedo muy quieta, no sé qué pretende hacer ni qué es lo que espera de mí. El semental de Düren se puso rígido y se alzó de manos, pero este rey da la impresión de estar debilitándose.
—¿Mi señor? —susurro.
Él se aparta de mí y deja escapar un gruñido que no entiendo. Hunde la cabeza en el bello recamado de la almohada, todavía con el rostro vuelto hacia abajo. No sé si ha terminado o si meramente está empezando. Entonces gira la cabeza hacia mí. Tiene el rostro enrojecido y sudoroso.
—Ana... —empieza.
Al pronunciar ese nombre fatídico se interrumpe y enmudece de pronto. Comprendo que ha dicho el nombre de la otra, de la primera Ana que amó, que está pensando en ella, en la amante que lo volvió loco y a la cual dio muerte empujado por los celos y el resentimiento.
—Yo, Ana de Cléveris soy —lo invito a continuar. —Ya lo sé —responde él, tajante—. Necia.
Y acto seguido, con un gran vuelco que arrastra todos los cobertores y me destapa por completo, se da media vuelta y me da la espalda. El aire que sale de la cama huele a rancio. Es el hedor que
desprende la llaga que tiene en la pierna, el hedor a carne pútrida, el hedor a él. Quedará impregnado en mis sábanas para siempre, hasta que la muerte nos separe, más me vale que me acostumbre a él.
Permanezco tumbada y muy quieta. Apoyarle una mano en el hombro sería, pienso yo, un gesto lascivo, de modo que es mejor que no haga nada, aunque lamento que esta noche se sienta cansado y atormentado por la otra Ana. Tendré que aprender a no molestarme por el olor ni por la sensación de verme aplastada. Tendré que cumplir con mi deber.
Tendida en la oscuridad, contemplo el bello baldaquín de la cama. En la penumbra que va haciéndose más intensa conforme se van consumiendo las velas, una por una, goteando cera y finalmente apagándose, distingo el brillo del hilo de oro y los vivos colores de las sedas. Enrique es un viejo, un pobre viejo de cuarenta y ocho años, y este día ha sido largo y agotador para los dos. Lo oigo suspirar otra vez, y después el suspiro se transforma en un ronquido grave y gorgoteante. Cuando ya tengo la seguridad de que se ha dormido, apoyo una mano en su homb ro con suavidad, allí donde la tela gruesa y húmeda del camisón le cubre el corpachón sudoroso. Lamento que esta noche haya fracasado, y si hubiera permanecido despierto, y si habláramos la misma lengua y pudiéramos decirnos la verdad el uno al otro, le habría dicho que aunque no exista deseo entre nosotros espero ser una buena esposa para él y una buena reina de Inglaterra. Que siento lástima de él al verlo viejo y cansado, y que no me cabe la menor duda de que cuando haya descansado y esté menos exhausto podremos hacer un hijo, el varón que ambos ansiamos tanto. Pobre viejo y enfermo, yo habría dado mucho por poder decirle que no se preocupe, que todo va a salir bien, que yo no quiero un príncipe joven y hermoso, que seré buena con él.