sta grandiosa corte va a mudarse, va a dejar el palacio de Whitehall y a trasladarse a otra de las casas del rey, denominada Hampton Court. Nadie me lo ha descrito, pero espero encontrarme con una casa de campo de buen tamaño. En verdad, tengo la esperanza de que sea un lugar más pequeño en el que podamos vivir con mayor simplicidad. El palacio de Whitehall es como una pequeña ciudad situada en el interior de la ciudad de Londres, y si no fuera porque mis damas me sirven de guía, me perdería por lo menos dos veces al día. El ruido es constante, de gente entrando y saliendo, cerrando tratos o discutiendo, de músicos ensayando, de comerciantes ofreciendo sus mercancías, incluso de buhoneros que vienen a vender cosas a las sirvientas. Es como una aldea llena de personas que, a falta de un verdadero trabajo que hacer, se dedican a chismorrear, propalar rumores y causar problemas.
E
El día de nuestra partida, todos los magníficos tapices, las alfombras, los instrumentos musicales, los tesoros, las vajillas, las copas y las camas se embalan en una serie de furgones, como si una ciudad entera estuviera de mudanza. Se ensilla a todos los caballos y se acomoda a los halcones en sus carromatos especiales, en sus perchas rodeadas por rejillas de mimbre, mientras ellos, con la cabeza cubierta por una caperuza, se vuelven con avidez a un lado y a otro haciendo ondear las hermosas plumas que adornan la misma como si fueran el penacho que lucen los caballeros en las justas. Al contemplarlos, pienso que estoy tan ciega e impotente como ellos. Ambos hemos nacido para ser libres, para ir a donde nos apetezca, y aquí estamos los dos, cautivos de los caprichos del rey, esperando una orden suya.
Los perros, reunidos por sus guardianes, se desparraman por los patios lanzando gañidos y dando volteretas debido a la excitación. Todas las grandes familias embalan sus pertenencias, imparten órdenes a sus criados, preparan sus caballos y sus equipajes, y todos emprendemos la procesión como un pequeño ejército, a primera hora de la mañana, en dirección a las puertas de Whitehall para continuar después siguiendo el río, hacia Hampton Court.
Por una vez, Dios sea alabado, el rey está contento y de muy buen humor. Afirma que viajará conmigo y con mis damas, que así, sobre la marcha, podrá ir contándome cosas sobre la parte rural del país. No tengo necesidad de desplazarme en litera como cuando llegué a Inglaterra, sino que ahora se me permite ir a caballo. Además, tengo un vestido nuevo de montar, con unas faldas muy largas que caen a ambos lados de la silla. No poseo mucha habilidad para cabalgar, porque nunca me han enseñado bien. Mi hermano únicamente nos permitía a Amelia y a mí montar los animales más gordos y seguros que había en su pequeño establo, pero el rey ha sido amable conmigo y me ha regalado un caballo, una dócil yegua que avanza con paso firme. Cuando la toco con el talón se arranca al trote, pero cuando el miedo me hace dar tirones a las riendas vuelve a adoptar un paso respetuoso. La adoro por esa obediencia, y ella me ayuda a disimular el miedo que siento en esta corte que no conoce el temor.
Es una corte que adora montar, cazar y galopar, y yo parecería una tonta si no fuera por la pequeña Catalina Howard, que sabe montar sólo un poco mejor que yo, de manera que llevándola a ella de acompañante el rey se pone a cabalgar despacio entre las dos y nos indica que cojamos las riendas con fuerza y que mantengamos la postura erguida, y elogia nuestra valentía y nuestros progresos.
Se muestra tan amable y bueno que yo dejo de temer que me considere una cobarde y empiezo a avanzar con mayor seguridad en mí misma, a contemplar lo que me rodea y a divertirme.
Salimos de la ciudad por caminos serpenteantes, tan estrechos que sólo podemos avanzar en fila de a dos. Todos los vecinos se asoman a los balcones para vernos pasar, los niños nos saludan a voz en grito y corren a nuestro lado. Al llegar a carreteras más anchas ocupamos los dos lados de las mismas, y los vendedores del mercado que se sientan en la parte central nos lanzan bendiciones y se descubren la cabeza a nuestro paso. Es un lugar rebosante de vida, una cacofonía de ruidos de la gente que anuncia a voces sus mercancías y del estruendo de las ruedas de los carros sobre los adoquines. La ciudad desprende un aroma especial que le es propio, el del estiércol de los miles de animales que hay en las callejuelas, el hedor de las carnicerías y las pescaderías, el tufo del curtido de las pieles y el constante olor a humo. De vez en cuando aparece una casa elegante, en medio de tanta sordidez, indiferente a los mendigos que se sientan frente a sus puertas. Sus altos muros la aíslan de la calle y sólo se alcanza a ver las copas de los grandes árboles que hay en los protegidos jardines. Los nobles de Londres construyen sus mansiones al lado de las chabolas y arriendan sus portales a los vendedores ambulantes. Hay tanto ruido y confusión que me siento mareada, y me alegro de atravesar las grandes puertas y verme al otro lado de la muralla de la ciudad.
El rey me muestra los antiguos fosos que se excavaron en el pasado para defender Londres de los invasores. —¿Hombres no vienen ahora? —le pregunto.
—No se puede confiar en ningún hombre —responde él con gesto grave—. Vendrían hombres del norte y del este si no hubieran conocido ya el martillo de mi cólera, y los escoceses vendrían si creyeran que pueden. Pero mi sobrino el rey Jacobo me teme, y hace bien, y el populacho de Yorkshire ha aprendido una lección que no olvidará. La mitad de su población está de luto por los muertos de la otra mitad.
No digo nada más por miedo a agriarle el buen humor. En eso, el caballo de Catalina da un traspié, ella deja escapar una breve exclamación y se aferra a las crines del animal. El rey rompe a reír y la llama cobarde. La conversación entre ambos me deja libertad a mí para mirar alrededor.
Al otro lado de las murallas de la ciudad hay casas más grandes apartadas del camino, provistas de huertecillos en la parte frontal o pequeñas parcelas profusamente cultivadas. Todo el mundo posee un cerdo en su parcela, y hay quien tiene en el huerto vacas o cabras y también gallinas. Es un país rico, se nota en la cara de la gente, en sus mejillas redondas y relucientes, y en su sonrisa de personas bien alimentadas. Tras recorrer un kilómetro y medio más llegamos a un paraje de campos abiertos, setos estrechos y granjas cuidadas, y de vez en cuando aldeas y caseríos. En todos los cruces de caminos hay un altar que ha sido destrozado, a veces una estatua de la madre de Cristo descabezada a causa de un golpe y todavía con un ramillete de flores a los pies, señal de que no a todos los ingleses los convencen los cambios introducidos en la ley. Aquí y allá se ve un pequeño monasterio o una abadía que están siendo remodelados o demolidos. Resulta extraordinario ver el cambio que ha operado este rey en la imagen de su país en cuestión de pocos años. Es como si de pronto se hubieran prohibido los robles y como si todos los árboles magníficos, los que ofrecían refugio, hubieran sido talados salvajemente de la noche a la mañana. El rey ha arrancado el alma a su país, y es demasiado pronto para ver cómo éste va a vivir y respirar sin los lugares sagrados y sin la vida sagrada que lo ha guiado desde siempre.
El rey interrumpe su conversación con Catalina Howard y me dice: —Poseo un gran país.
No soy tan tonta como para comentar que ha destruido o absorbido uno de los mayores tesoros del mismo.
—Buenas granjas —respondo, y me interrumpo porque no sé cómo se llaman esos animales en inglés. De modo que los señalo con la mano.
—Ovejas —me informa él—. Constituyen la riqueza de este país. Suministramos lana al mundo. En toda la cristiandad no hay una sola prenda de abrigo que no se haya tejido con lana inglesa.
Eso no es del todo cierto, porque en Cléveris esquilamos ovejas propias y tejemos lana nuestra, pero ya sé que el comercio de la lana inglesa es muy importante, y además no quiero corregir al rey.
—Mi abuela tiene nuestro rebaño en los campos del sur —interviene Catalina—. Y da una carne muy buena, sire. Ya le pediré que os envíe un poco.
—¿De veras, preciosa niña? —dice el rey—. ¿Y vos me la cocinaréis?
Ella ríe.
—Podría intentarlo, mi señor.
—Vamos, confesadlo: no sabéis guisar un muslo de carne ni preparar una salsa. Dudo que alguna vez hayáis entrado siquiera en una cocina.
—Si vuestra excelencia desea que cocine, aprenderé —replica Catalina—, pero reconozco que seguramente comeríais mejor con vuestros propios cocineros.
—Estoy seguro de ello —confirma el rey—. Además, una joven bonita como vos no necesita cocinar, estoy seguro de que poseéis otros recursos para enamorar a vuestro esposo.
Hablan demasiado de prisa para que yo pueda seguirles la conversación, pero me alegro de que mi esposo esté alegre y de que Catalina sepa tratarlo. Conversa con él como una niña, y él la encuentra divertida, del mismo modo que un anciano mimaría a su nieta preferida.
Les dejo que hablen entre sí y continúo mirando lo que me rodea. El camino que nos lleva discurre en estos momentos a lo largo del río ancho y de aguas rápidas, que está abarrotado de embarcaciones: barcas de las familias nobles, chalanas, barcazas comerciales que viajan cargadas en dirección a Londres y pescadores con las cañas hundidas en el agua con la intención de obtener una buena captura. Las zanjas de riego, todavía empapadas por las inundaciones del invierno, relucen y emiten destellos desde el agua encharcada. Una enorme garza real levanta el vuelo lentamente desde una laguna en el instante en que pasamos nosotros y agita sus grandes alas para enfilar hacia el oeste, enfrente de nosotros, al tiempo que pliega sus largas patas.
—¿Hampton Court es una casa pequeña? —inquiero. El rey espolea a su caballo para hablar conmigo.
—Es una casa magnífica —contesta—. La más hermosa del mundo. Dudo mucho que el rey de Francia que construyó Fontainebleau o los moros que edificaron la Alhambra estuvieran muy de acuerdo con él, pero como no he visto ninguno de esos palacios, decido no corregirlo.
—¿Lo habéis construido vos, excelencia? —pregunto.
Nada más decir esto me doy cuenta, una vez más, de que he metido la pata. Pensaba que así lo animaría a que me hablase de la planificación y la construcción del edificio, pero su expresión, que antes era tan sonriente y agraciada, de repente se ha ensombrecido. La pequeña Catalina se apresura a contestar:
—Fue construido para el rey —dice a toda prisa— por un miembro del consejo que resultó ser desleal. Lo único bueno que hizo fue fabricar un palacio adecuado para su majestad. O por lo menos eso es lo que me h a contado mi abuela.
El semblante del rey se ilumina ligeramente y deja escapar una sonora carcajada.
—Decís verdad, señorita Howard, sin duda alguna, aunque seguramente erais muy pequeña cuando Wolsey me traicionó. Fue un consejero desleal, y el palacio que construyó y que me entregó es excelente. —Luego se vuelve hacia mí—. Ahora es mío —dice con menos afecto—. Eso es lo único que necesitáis saber. Y es el palacio más grandioso del mundo.
Yo hago un gesto de asentimiento y continúo cabalgando. ¿Cuántos hombres habrán ofendido a este rey en los largos años que lleva reinando? Se queda rezagado un momento para hablar con su jefe de caballería, que cabalga al lado del joven Tom Culpepper, charlando y riendo con él.
Los jinetes que nos preceden se salen del camino, y entonces veo frente a nosotros la magnífica puerta de entrada. Me quedo estupefacta al observar su tamaño. Ciertamente es un palacio tremendo, de ladrillo de un bello color escarlata, el más caro de todos los materiales de construcción, y está provisto de arcadas y ángulos de reluciente piedra blanca. No tenía idea de que fuera tan bello y tan majestuoso. Cruzamos a caballo la gigantesca puerta de piedra, descendemos por el amplio camino que conduce al palacio y pasamos por debajo de la entrada principal. Los cascos de los caballos resuenan como el trueno en el adoquinado del grandioso patio interior. Se trata de un patio espléndido, y los sirvientes que salen del edificio se apresuran a abrir las enormes puertas dobles, y gracias a eso puedo ver el salón que se extiende más allá. Forman una fila, igual que una guardia de honor, vestidos con la librea de la casa real Tudor, según su rango, una hilera tras otra de hombres y mujeres consagrados a servirnos a nosotros. Éste es un palacio para centenares de personas, un lugar gigantesco construido para placer de la corte. Nuevamente me siento abrumada, la riqueza de este país es excesiva para mí.
—¿Qué le sucedió al hombre que construyó este palacio? — pregunto a Catalina mientras desmontamos en el grandioso patio entre el ruido que tiene lugar en el mismo, los chillidos de las gaviotas en el río que hay más allá y el graznido de los grajos posados en las torretas—. ¿Qué le sucedió al consejero que ofendió al rey?
—Fue el cardenal Wolsey —me dice ella en voz baja—. Fue hallado culpable de actuar en contra del rey, y murió.
—¿También él murió? —pregunto. Pero no me atrevo a preguntar qué hizo caer al constructor de esa regia mansión.
—Sí, acabó muerto y caído en desgracia —replica Catalina de forma concisa—. El rey le dio la espalda. A veces hace esas cosas, ¿sabéis?