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Juana Bolena, palacio de Whitehall, febrero de

In document Gregory Philippa Tudor 03 La Trampa Dorada (página 140-146)

e estado esperando esta llamada para conversar con mi señor el duque en algún momento del torneo, pero no ha enviado a nadie a buscarme. Acaso él también haya rememorado el torneo del 1 de mayo, la caída del pañuelo de ella y las carcajadas de sus amigos. Acaso ni siquiera soporte el tronar de las trompetas sin pensar en la palidez de su semblante y en la desesperación que reflejaba en aquella calurosa mañana de mayo. Aguarda a que el torneo haya finalizado y a que la vida del palacio de Whitehall haya recuperado la normalidad para decirme que acuda a sus habitaciones.

H

Este palacio es perfecto para urdir conspiraciones, todos los pasillos se retuercen y se entrelazan unos con otros, todos los patios cuentan con un jardincillo en el centro en el que uno puede verse con alguien de forma accidental, todos los aposentos tienen al menos dos entradas. Ni siquiera yo conozco todos los pasajes secretos que conducen de las alcobas a los accesos a los embarcaderos. Ni siquiera los conocía Ana, ni siquiera mi esposo Jorge.

El duque me ordena que acuda a él después de la cena, en privado, de modo que salgo a hurtadillas del comedor y tomo el camino más largo que da un rodeo, por si alguien me estuviera observando. Entro en sus habitaciones sin llamar, en silencio.

Está sentado junto a la chimenea. Por el sirviente que está recogiendo los platos, deduzco que ha cenado en privado y que ha comido mejor que nosotros en el comedor, imagino. En este palacio pasado de moda las cocinas se encuentran tan alejadas del comedor que la comida siempre está fría. Todo aquel que posee habitaciones privadas ordena que la comida le sea preparada en sus propios aposentos. El duque cuenta con las mejores habitaciones del palacio, como casi en todos los sitios. Únicamente Cromwell está mejor alojado que el jefe de nuestra casa. Los Howard siempre han sido la primera familia de todas, incluso aunque no tengan una joven en el trono. Siempre hay trabajo sucio que hacer, y ésa es la especialidad de mi familia. El duque despide al sirviente con un gesto de la mano y me ofrece a mí un vaso de vino.

—Podéis sentaros —me dice.

Este honor que me hace me indica que la tarea que pretende encomendarme va a ser confidencial y quizá peligrosa. Tomo asiento y bebo un sorbo de vino.

—¿Cómo va todo en los aposentos de la reina? —me pregunta en un tono bastante agradable.

—Muy bien —contesto—. Cada día aprende un poco más de nuestra lengua, y a estas alturas ya lo entiende casi todo, me parece. Hay quienes subestiman su capacidad de comprender, y se los debería advertir.

—Conforme con esa advertencia —asiente con la cabeza—. ¿Y su carácter?

—Afable —respondo—. No da muestras de echar en falta su hogar, lo cierto es que parece haber tomado gran afecto e interés por Inglaterra. Es una buena ama con las doncellas más jóvenes, las observa y las estudia, y posee valores elevados: mantiene el mando en sus habitaciones. Es observante pero no excesivamente religiosa.

—¿Reza como un protestante?

—No, sigue el orden del servicio religioso del rey —respondo—. En ese aspecto es muy meticulosa.

El duque afirma con la cabeza.

—¿No siente ningún deseo de regresar a Cléveris? —Ninguno que haya mencionado.

—Qué extraño.

Aguarda unos instantes. Es algo característico en él. Permanece en silencio hasta que uno se siente obligado a hacer un comentario.

—Según tengo entendido, no existen buenos sentimientos entre ella y su hermano —digo voluntariamente por fin—. Y creo que era muy amada por su padre, que al final de su vida se encontraba enfermo a causa del alcohol. Parece ser que el hermano asumió el lugar y la autoridad del padre.

El duque asiente.

—Así pues, ¿no existe ninguna posibilidad de que esté dispuesta a bajarse del trono y regresar a su hogar?

Yo niego con la cabeza.

—En absoluto. Adora ser reina y tiene la ilusión de ser una madre para los niños de la casa real. Si pudiera, tendría al príncipe Eduardo consigo, y se quedó muy desilusionada por no poder ver a la prin.... a lady Isabel. Abriga la esperanza de tener hijos propios y desea reunir a su alrededor a sus hijastros. Está planificando aquí su vida, su futuro. No se irá por voluntad propia, si es en eso en lo que estáis pensando.

El duque extiende las manos.

—No estoy pensando en nada —miente.

Espero unos momentos a que me diga qué es lo que quiere.

—Y esa niña —prosigue—, nuestra joven Catalina. El rey le ha tomado mucha simpatía, ¿no es verdad?

—Mucha, en efecto —afirmo—. Y ella actúa con él de forma inteligente, como una mujer que le doblara la edad. Es muy habilidosa. Se muestra totalmente dulce e inocente, y en cambio se exhibe igual que una ramera.

—Encantadora, en efecto. ¿Posee ambiciones?

—No, tan sólo avaricia.

—¿No ha pensado que el rey ya se ha casado en más de una ocasión con las doncellas de sus esposas?

—Es un ser necio —replico de forma concisa—. Posee habilidad para el coqueteo porque la divierte sobremanera, pero no piensa en absoluto

en el futuro. No tiene más capacidad para planificar de la que tendría un perrillo faldero.

—¿Por qué no? —Ha desviado momentáneamente el tema de la conversación.

—No piensa en el futuro, no es capaz de ver más allá de la siguiente mascarada. Está dispuesta a llevar a cabo algunas picardías a cambio de alguna pequeña recompensa, pero no sueña con aprender a cazar y abatir el trofeo más importante.

—Interesante —comenta el duque con una sonrisa que deja al descubierto su dentadura amarillenta—. Siempre resultáis interesante, Juana Bolena. Bien, volviendo al rey y la reina, de vez en cuando me encargo de acompañarlo a él a la habitación de ella. ¿Sabéis si ya ha conseguido consumar el acto?

—Estamos todos seguros de que no —contesto bajando la voz, aunque sé que en estas dependencias puedo hablar sin temor—. Me parece que es incapaz.

—¿Y por qué pensáis eso? Me encojo de hombros.

—Es lo que le lleva sucediendo en estos últimos meses con Ana. Es de conocimiento público. El duque deja escapar una breve carcajada.

—Ahora nos enteramos.

Fue Jorge, mi Jorge, el que reveló al mundo, durante el juicio a muerte, que el rey era impotente. Típico de Jorge, al no tener ya nada que perder, decir lo indecible, lo único que debería haber guardado en secreto, osado incluso al pie mismo del patíbulo.

El duque guarda silencio durante unos instantes.

—¿Le demuestra a ella que se siente descontento? ¿Sabe ella que no lo complace?

—El rey se comporta con cortesía pero con frialdad. Es como si ni siquiera experimentase placer al pensar en ella, como si no pudiera obtener placer con nada.

—¿Y creéis vos que podría hacerlo con otra persona?

—Es viejo —empiezo a decir, pero la rápida mirada ceñuda del duque, también entrado en años, me recuerda que él mismo no es un mozalbete—. Por supuesto, eso no debería suponerle un impedimento. Pero sufre debido al dolor que le provoca la pierna y que, según creo, ha empeorado recientemente. Desde luego, la úlcera huele peor y le causa una cojera muy pronunciada.

—Ya he reparado en ello. —Y además está estreñido. El duque hace una mueca.

—Como todos sabemos. —El último movimiento de intestinos del rey es causa de preocupación constante en la corte, tanto por el interés de los miembros de la misma como por el del monarca: cuando está estreñido tiene mucho peor genio.

—¿Lo desanima?

—No exactamente, pero intuyo que no hace nada para ayudarlo. —¿Está loca? Si desea seguir casada, todo depende de que pueda tener un hijo de él.

Titubeo.

—Estoy convencida de que ha sido advertida respecto de mostrarse ligera o casquivana. —Yo misma percibo el leve gorgoteo de la risa en mi tono de voz—. Su madre y su hermano son muy estrictos, según tengo entendido. Ha recibido una educación muy severa. Al parecer, su gran preocupación es la de no dar al rey motivos para que pueda quejarse de que ella es pasional o desenfrenada.

El duque deja escapar una fuerte carcajada.

—¿En qué están pensando? ¿Por qué alguien iba a pensar en enviar un bloque de hielo a un rey como éste y esperar que le diera las gracias? —A continuación recobra la sobriedad—. De modo que estáis convencida de que Ana aún es virgen y de que el rey aún no ha conseguido hacer nada.

—Sí, milord, así lo creo.

—Supongo que ella se sentirá nerviosa al respecto. Bebo un sorbo de vino.

—No se ha confiado a nadie, que yo sepa. Naturalmente, es posible que converse con las mujeres de su país en su idioma, pero no son amistades íntimas, no se oyen cuchicheos en los rincones. Tal vez se sienta avergonzada. Tal vez sea que es discreta. En mi opinión, guarda la impotencia del rey como un secreto entre ellos dos.

—Encomiable —comenta el duque con ironía—. Inusual en una mujer. ¿Creéis que estaría dispuesta a hablar con vos?

—Quizá. ¿Qué queréis que me diga? El duque hace una pausa.

—Es posible que la alianza con Cléveris ya no sea tan importante — revela—. La amistad entre España y Francia está debilitándose..., quién sabe, puede que esté desmoronándose en este mismo momento. Así pues, si no son aliados, nosotros ya no necesitamos la amistad de los luteranos de Alemania contra los papistas unidos de España y Francia. — Nuevamente hace una pausa—. Yo mismo voy a viajar a Francia, por orden del rey, a la corte del rey Francisco, con el fin de averiguar cuál es el grado de amistad que sostiene con España. Si me dice que no le tiene ningún afecto, que está cansado de los españoles y de su perfidia, tal vez decida unirse a Inglaterra contra ellos. En ese caso, ya no nos sería necesaria la amistad de Cléveris ni tener a una reina de Cléveris en el trono. —Calla unos instantes para añadir con énfasis—: En ese caso nos sería más provechoso que el trono estuviera vacío. Nos convendría más que nuestro rey fuera libre para casarse con

una princesa francesa.

La cabeza me da vueltas, cosa que me sucede a menudo cuando hablo con el duque.

—Milord, ¿estáis diciendo que el rey podría firmar una alianza con Francia en este momento y que, por tanto, ya no necesita tener como amigo al hermano de la reina Ana?

—Exacto. No sólo no lo necesita, sino que además la amistad de Cléveris podría convertirse en un asunto embarazoso. Si Francia y España no se arman contra nosotros, no lo necesitamos, no queremos estar vinculados con los protestantes. Podríamos aliarnos con Francia o con España. Podría convenirnos unirnos de nuevo a los grandes jugadores. Incluso podríamos reconciliarnos con el papa. Si Dios estuviera de nuestra parte, tal vez podríamos obtener el perdón para el rey, restaurar la religión antigua y volver a situar a la Iglesia de Inglaterra bajo la jefatura del papa. Como sucede siempre con el rey Enrique, es posible cualquier cosa. En todo el Consejo Privado ha habido un solo hombre que creía que el duque William resultaría ser una persona valiosísima, y es posible que ese hombre esté a punto de caer.

Yo dejo escapar una exclamación ahogada.

—¿Thomas Cromwell está a punto de caer? El duque calla unos instantes.

—La misión diplomática, sumamente importante, de descubrir cuál es el sentimiento que reina en Francia me ha sido adjudicada a mí, no a Thomas Cromwell. La sensación que tiene el rey de que la reforma de la Iglesia ha sido excesiva me la ha confiado a mí, no a Thomas Cromwell. Thomas Cromwell llevó a cabo la alianza con Cléveris. Thomas Cromwell organizó el matrimonio con Cléveris. Y resulta que la alianza no la necesitamos y que el matrimonio no se ha consumado. Resulta que al rey no le gusta la yegua de Cléveris. Ergo (eso significa «por tanto», mi querida lady Rochford), ergo podríamos prescindir de la yegua, del matrimonio, de la alianza y del negociador: Thomas Cromwell.

—¿Y vos vais a convertiros en el consejero del rey? —Tal vez.

—¿Le aconsejaríais que firmara una alianza con Francia?

—Dios mediante.

—Y, hablando de Dios, ¿va a reconciliarse con la Iglesia?

—Con la Santa Iglesia de Roma —me corrige el duque—. Dios quiera que podamos verla restaurada. Llevo mucho tiempo deseándolo, y la mitad del país siente lo mismo que yo.

—¿De manera que la reina luterana debe desaparecer? —Exacto, debe desaparecer. Se interpone en mi camino. —¿Y tenéis otra candidata?

El duque me dedica una sonrisa.

—Tal vez. Tal vez el rey ya haya escogido a otra candidata por sí mismo. Tal vez haya desaparecido el encaprichamiento, y tras él desaparezca la conciencia.

—La pequeña Catalina Howard. El duque sonríe.

Yo pregunto espontáneamente:

—Pero ¿qué será de la joven reina Ana? Se hace un prolongado silencio.

—¿Cómo voy a saberlo? —dice el duque—. Puede que acepte un divorcio, puede que tenga que morir. Lo único que sé es que se interpone en mi camino y tiene que desaparecer.

Titubeo un momento.

—En este país carece de amigos, y la mayoría de sus compatriotas han regresado a casa. No tiene el apoyo ni el consejo de su madre ni de su hermano. ¿Corre peligro su vida?

El duque se encoge de hombros.

—Únicamente si es culpable de traición.

—¿Y cómo iba a serlo? No sabe hablar inglés, no conoce a nadie excepto las personas que le hemos presentado nosotros. ¿Cómo podría conspirar contra el rey?

—Aún no lo sé —me responde el duque sonriendo—. A lo mejor un día os pido que me contéis de qué modo ha desempeñado el papel de traidora. Puede que comparezcáis ante un tribunal para dar testimonio de su culpabilidad.

—No haré tal cosa —contesto yo imperturbable. —No sería la primera vez —me provoca él. —No lo haré.

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