• No se han encontrado resultados

Baja Euphorion n.º 4

N/A
N/A
Protected

Academic year: 2020

Share "Baja Euphorion n.º 4"

Copied!
108
0
0

Texto completo

(1)
(2)
(3)

Cada nueva entrega de Euphorion obedece a una urgencia de pensa-miento cuyo campo problemático puede ser planteado en términos de la relación entre saber y vida. Pro-curamos abandonar la ilusión de la teoría que, sorda al clamor popular, ciega ante los acontecimientos, e im-potente y muda frente a la infamia, se enfrasca en sus conceptos vacíos creyendo poder hacer abstracción de todo contenido, para usurpar el derecho de las discursividades co-lectivas, acallar las voces nacidas de lo hondo, entorpecer e impedir los enunciados. A la situación del indivi-duo con relación al saber pertenece una decisión relativa a dejar entrar, o por el contrario, excluir de su campo de enunciados la vida; eso significa que, en la misma medida, cada gesto, cada paso del individuo en el campo del saber, pone en juego una decisión que fija su postura y los términos de su relación con el poder. El “régimen de verdad” al que se atienen los sa-beres y los discursos, que Foucault denomina “veridicción”, concretiza esta triangulación entre poder, saber y vida. O el saber se deja confiscar por el poder para que éste (como en el caso del biopoder contemporáneo, descrito por Peter Pál Pelbart) tome por asalto la vida; o por el contrario, el saber (pensar, enunciar, enseñar, decir) se pone del lado de la vida y le cede su dominio, para producir una praxis discursiva que sirva de resonancia a esa fuerza popular y subversiva, cuyo gesto es expresión de una vida que se autoafirma como resistencia. De ahí la articulación de Euphorion con las dinámicas de los movimientos sociales. Desde aquí sa-ludamos y acompañamos esas diná-micas que, amparadas en una orga-nización menor, constituyen avances importantes para la recomposición subjetiva de las comunidades y para la reinvención de las estrategias de participación política.

Este número se compone de dos grandes bloques temáticos, entre los cuales el lector advertirá su necesaria unidad. El primero se concentra en tratar el tema de la ciudad como dispositivo de organización de los modos de vida, considerando perspectivas asociadas al agenciamiento contemporáneo del poder modelado por la gestión biopolítica. Recogemos con ello parcialmente las contribuciones presentadas en el Foro: ¿Ciudad sin afuera?, rea-lizado el 29 de abril de 2009 en la Biblioteca Marco Fidel Suárez (Bello – Antioquia), organizado por la Asociación de Investigacio-nes Filosóficas, con el apoyo de la Casa de la Cultura, el Centro de Historia y la Alcaldía del Municipio de Bello. En el segundo bloque se analizan los actuales fenómenos sociales de precarización, victimización, marginalización y sus consecuentes movimientos de respuesta, como es el caso ejemplar de la Minga de resistencia indígena, de la cual ofrecemos algunas de las razones históricas que hacen posible su reconstrucción. En el mismo orden, inclui-mos los debates actuales relativos a la penalización del consumo de drogas y el control mediático de la opinión pública. Cada una de estas discusiones constituye el escenario en el que se configu-ran distintos actores sociales y un conjunto de imperativos y de-mandas que comandan las “nuevas luchas”, presentes y porvenir. Por último, cabe también señalar que, a partir de este número, contaremos con la sección “Prosas del Autonomista”, destinada a la crítica de la política, la cual se suma a nuestra habitual sección literaria, “Leprocomio”.

(4)

¿Ciudad sin afuera?

Modos de vida, resistencias y fugas en la ciudad contemporánea

Ernesto Hernández - Carlos Enrique Restrepo (AIF, Cali - Medellín)

pág. 4

La ciudad y su desaparición

Carlos Andrés Londoño (AIF, Medellín)

pág. 9

Ciudad y conflicto urbano

Jesús Balbín (IPC, Medellín)

pág. 22

¡O comemos o pagamos!

Proclama del Encuentro

Municipal de Desconectados

Julio 12 de 2009 Barrio La Honda

Medellín

pág. 29

Ciudad Neón

Colectivo Fosa Orbital

(Bogotá)

pág. 31

Nuda Vida, vida besta, una vida

Peter Pal Pelbart

(PUC, São Paulo-Brasil)

pág. 34

Resistiendo al olvido

Proclama de la Octava

Asamblea Regional de Víctimas

de Crímenes de Estado - Capítulo

Antioquia, MOVICE (Medellín)

pág. 43

pág. 9

Ciudad y conflicto urbano

Jesús Balbín (IPC, Medellín)

pág. 22

¡O comemos o pagamos!

Proclama del Encuentro

Municipal de Desconectados

Julio 12 de 2009 Barrio La Honda

Medellín

pág. 29

Ciudad Neón

Colectivo Fosa Orbital

(Bogotá)

pág. 31

Nuda Vida, vida besta, una vida

Peter Pal Pelbart

(PUC, São Paulo-Brasil)

pág. 34

Resistiendo al olvido

Proclama de la Octava

Asamblea Regional de Víctimas

de Crímenes de Estado - Capítulo

Antioquia, MOVICE (Medellín)

(5)

FAL - Comité Burdeos (Francia)

pág. 45

Minga por la recuperación de la Madre Tierra en el Cauca

Cristabell López (Universidad del Cauca, Popayán)

pág. 49

Minga Indígena (Reporte Gráfico)

pág. 55

Proyecto de Acto Legislativo para la criminalización del consumo de drogas

Hernando Londoño (Universidad de Antioquia, Medellín)

pág. 59

Drogas y prohibición. Nuestro Martillo de brujas

Juan Pablo Posada

(Institución Universitaria de Envigado)

pág. 67

Televisión para la memoria y contra la impunidad

Hollman Morris (Contravía, Bogotá)

pág. 72

El sistema capitalizado de medios

Sebastián Cañas Gómez

(Universidad de Antioquia, Medellín)

pág. 78

Prosas del Autonomista

Salvador Guerra

pág. 85

LEPROCOMIO

Hilos de perro

Vladimir Slepian (Francia)

pág. 90

p g

Minga Indígena (Reporte Gráfico)

pág. 55

Proyecto de Acto Legislativo para la criminalización del consumo de drogas

Hernando Londoño (Universidad de Antioquia, Medellín)

pág. 59

Drogas y prohibición. Nuestro Martillo de brujas

Juan Pablo Posada

(Institución Universitaria de Envigado)

pág. 67

Televisión para la memoria y contra la impunidad

Hollman Morris (Contravía, Bogotá)

pág. 72

El sistema capitalizado de medios

Sebastián Cañas Gómez

(Universidad de Antioquia, Medellín)

á

g. 78

Prosas del Autonomista

Salvador Guerra

pág. 85

LEPROCOMIO

Hilos de perro

(6)

modos de vida, resistencias y fugas en la ciudad

contemporÁnea

Ernesto Hernández B. – Carlos Enrique Restrepo

Asociación de Investigaciones Filosóficas Cali – Medellín

¡Lo posible o me ahogo! Charles Péguy

E

scribir es referir lo leído, añadiendo un giro, una variación, o eliminando un exceso, siguien-do una exigencia, una inquietud, una necesidad, un imperativo. Escribir es hacer hablar a otros a tra-vés de nosotros en consonancia y resonancia, en fun-ción de ese imperativo y en el límite a partir del cual nos vemos forzados a sentir la intensidad de esas ideas y la necesidad de pensar, invocando la simpa-tía que autoriza la composición heterogénea, pero arriesgándose permanentemente a caer en la antipa-tía del uso ilegítimo, de la composición malograda por el exceso o por su reducción dialéctica al sistema de las oposiciones. En este sentido, referimos aquí una historia, una ficción de la cual somos personaje, autor y texto, ficción que pone en juego el espacio extensivo de nuestro hábitat y las temporalidades in-tensivas de nuestros agenciamientos ético-políticos: la ciudad, la megalópolis, la ecumenópolis. En dicha historia concurren y se mezclan perspectivas históri-cas, arqueológihistóri-cas, etnográfihistóri-cas, económihistóri-cas, filosó-ficas, estéticas, con el propósito de problematizar el presente de nuestras ciudades, de su gigantismo, de sus redes y sus mallas ecuménicas, de su composi-ción actual, sus agenciamientos y diagramas.

(7)

una ciudad-mundo virtual, pero por cuanto esta ciu-dad-mundo se expresa en el conjunto heterogéneo de “su” ciudad, ser ciudadano “glocal”1, de tal mane-ra que cada conexión neuronal se compone con cada línea territorial en el engrama-ciudad, y cada cruce de avenidas se compone con el engrama-neuronal. Así, cada ciudad deviene ciudad-punto-de-vista res-pecto de la ciudad-mundo que se expresa e implica en el doblez subjetivo de cada ciudad particular: el ciudadano poseedor de un gentilicio. Ciudad cual-quiera, en suma, pues si en el mundo antiguo se han distinguido la ciudad persa (cerrada, amurallada, im-perial) de la griega (abierta, conectada, democrática), tanto como en el Medioevo se distinguen diferentes modelos de ciudad en función de la máquina social que se instaura en ellas (comercial, ciudad-jurídica, ciudad-administrativa, ciudad-artesanal, ciudad-industrial y las grandes ciudades-Estado), la ciudad contemporánea ha devenido globalmente ho-mogénea en cuanto productora de servicios, con su mercado y sus supermercados, sus plazas, sus ave-nidas y complejos viales, sus gimnasios, sus cuar-teles, sus zonas de desarrollo y sus amplias zonas de favela, ghetto, comuna, zonas de descomposición con sus “desechables”, basureros y caños, con sus comunidades tanto nacionales como extranjeras, de tal manera que sus diferenciaciones, sus particula-rismos, tienden a anularse en la composición hege-mónica de la red de grandes ciudades conectadas por la informática y las telecomunicaciones. Por su parte el ciudadano, liberado del viejo sistema de opi-nión que ahora es asunto de especialistas, ha pasado a ser el ciudadano-usuario, sometido a las condicio-nes de intercambio y mediado por el conjunto del mercado de los bienes y servicios. La ciudad deviene ciudad-mundo, correlativa de una ciudad-cerebro: inevitable ecumenópolis de la que nos preguntamos con Toynbee si lograremos hacer de ella un hábitat tolerable para los seres humanos2.

Esta composición hegemónica, sin embargo, antes que anular las diferencias y distancias en la produc-ción de modos de vida, los multiplica y desterritoria-liza, los deslocadesterritoria-liza, pues un joven sureño, un sudaca, compone su “andar variado”, sus gustos y hábitos con elementos venidos de muchos lugares, realizando en-cuentros insólitos, intuiciones a distancia, en una cap-tura instantánea y no mediada. La producción de los

1 Cf., Hemer, Oscar y Tufte, Thomas (Eds). Media & Glocal change. Rethinking Communication for Development. Nordicom - CLACSO, 2005, 493p.

2 Toynbee, Arnold. Ciudades en marcha.Madrid: Alianza

Edi-torial, 1973. Véase el capítulo “Ciudad-mundo del futuro”, pp. 235-295. El texto de Félix Guattari: “Practicas ecosóficas y res-tauración de la ciudad subjetiva”, renueva las inquietudes que ya describía y analizaba Toynbee. (Cf., Guattari, Félix. La ciu-dad subjetiva y post-mediática: La polis reinventada. Edición de Ernesto Hernández y Carlos Enrique Restrepo. Cali: Fundación Comunidad, 2008, pp. 208-228).

modos de vida no pasa por la ideología, sino por la colonización, el contagio, el montaje maquínico. Un inmigrante chino en New York, o un nativo de San Vicente del Caguan desplazado a Bogotá, arrastra consigo un conjunto de particularidades, un stock subjetivo, pero que entra a componerse con un con-junto de elementos frente a los que afirma su dis-tancia, agencia ycompone sus diferencias subjetivas que entonces devienen objetivas, haciendo máquina con ellas para poblar el lugar. Su devenir autóctono corresponde a la composición mezclada de elemen-tos no uniformes, dispares, con la uniformización del mercado.

Sin duda, a la manera de Leibniz, la multiplicidad inagotable de perspectivas acerca de una ciudad la hacen inabarcable e irreductible. Las perspectivas no sólo varían para quien se desplaza de una zona a otra, también varían para quien habita una zona pero conecta transversalmente el conjunto. Seguramente las viejas aristocracias citadinas lamentan nostálgi-camente el “deterioro” de su ciudad por la caótica mezcla de zonas que han ido perdiendo sus límites y modificando sus contornos, poniendo en adyacen-cia zonas de la ciudad de hiper-confort con barrios obreros o con zonas de invasión, con los agujeros negros que se arremolinan en los parques, puentes y esquinas en fusión con el mercado de las drogas, conectando y compitiendo una multitud de modelos de ciudad con sus agenciamientos y diagramas que unas veces se superponen, otras se rechazan, multi-plicando las variaciones y sus posibles.

Variaciones para una arqueología

“Las ciudades son como transformadores eléctri-cos: aumentan las tensiones, activan los intercam-bios, unen y mezclan a los hombres (...). La ciudad es cesura, ruptura, destino del mundo”3. Mumford, citando al antropólogo norteamericano Robert Red-field, afirma que “la reelaboración del hombre fue obra de la ciudad”4. La mutación habría comenzado entre el paleo y el neolítico, y se extiende hasta hoy por violentos movimientos de desterritorialización relativa de su “forma ideal de carne y hueso”: el “ciu-dadano libre” que mediante su inteligencia trataba de “mantener una mano levantada sobre el destino”5. La ciudad quizá sea una imitación del termitero. En cualquier caso, no se trata de una continuidad

bioló-3 Braudel, Fernand. Civilización material, economía y capitalis-mo. Siglos XV-XVIII. Vol. I: Las estructuras de lo cotidano. Madrid: Alianza Editorial, 1984, p. 418.

4 Mumford, Lewis. La ciudad en la historia. Buenos Aires:

Edi-ciones infinito, 1966, p. 146.

(8)

gica, sino de una evolución aparalela, de una captura de código, de una mutación. Entre el hombre caza-dor-recolector y el hombre ciudadano-usuario no podemos afirmar una continuidad económica, etno-lógica o ecoetno-lógica; el cazador-recolector, el nómada, se ve afectado por una fuerza que lo fija, tanto como el aldeano-ciudadano, devenido usuario, se ve afec-tado por una fuerza que lo impulsa, que lo lanza al desierto. Tenemos siempre el doble movimiento de partir y de fijarse, y la ciudad es ese punto de llegada y ese punto de partida. Pero más allá, la ciudad es ruta, intermezzo, rutina, circuito, paso, paseo, y está organizada según los ritmos de estos movimientos y su apropiación desigual: el mercado, la avenida, la burocracia, las márgenes, la industria, el campo, tal como lo constata K en su viaje-huida ilimitado ha-cia el castillo: “Lo asombraba la longitud de la aldea que nunca concluía, siempre y siempre esas peque-ñas casitas”6. La dinámica de los

po-blamientos citadinos, su desorden primordial, su perpetua formación y deformación implica, por parte de los Estados, una constante con-tención administrativa, jurídica y de infraestructura de los movimientos poblacionales: los conglomerados habitacionales encierran e imponen límites a buena parte de la pobla-ción de las ciudades; las avenidas establecen las fronteras que

secto-rizan y dividen las “comunas”; también los horarios fijan las prohibiciones para el uso o acceso a ciertas zonas o servicios… En fin, dispositivos de control que no le son ajenos al mundo antiguo, pero que han encontrado su realización práctica y su exacerbación paranoica en los complejos dispositivos actuales.

En Catal Huyük, e igualmente en el mundo griego, el viajero que se acerca a una ciudad rinde primero un homenaje a los muertos, pues fueron ellos quie-nes primero gozaron y exigieron el privilegio de una morada permanente. La ciudad de los muertos, con su reunión y distribución de tumbas, túmulos y se-pulturas, precedió a la de los vivos, y su complemen-to ritual (el comercio que a través de los muercomplemen-tos establecen los hombres con los espíritus) reúne a los hombres en una asociación consagrada a la produc-ción de signos y a la estetizaproduc-ción de una vida más abundante, pues el propósito mágico del signo es proporcional a la recompensa de bienestar. Era ne-cesario reunir y distribuir para poder juntar a los hombres, darle una finalidad al movimiento espon-táneo de su fuerza y fijar su morada; y esta tarea receptiva, por su carácter femenino, la llevan a cabo las mujeres, que son las que reúnen y distribuyen el agua, los alimentos, el hábitat, conjugan los

flu-6 Kafka, Franz. El castillo. Madrid: Alianza Editorial, 1971, p. 18.

jos descodificándolos: cereales y animales que son seleccionados e hibridados desterritorializan la vida aldeana volviéndola citadina. Al conjugar todos es-tos flujos se produce una reserva que es el presu-puesto para un excedente potencial. No hay, enton-ces, concentración de la vida aldeana que conduzca a la formación de la ciudad: más bien es la ciudad —con sus lógicas, su orden y su burocracia— la que se instala en medio de los aldeanos, descodificando los flujos y desterritorializando sus modos de vida.

La irradiación de poder e influencia de las ciuda-des se dirige ciuda-desde la antigüedad sobre las tierras interiores, pero también sobre las tierras bárbaras o no conquistadas —sobre la selva, como en el caso de Manaos—. Al tiempo que circunscribe su espacio interior, la ciudad establece un conjunto de relacio-nes con el afuera al cual, por un lado, confisca su-jetándolo a un cierto ordenamiento de las fuerzas productivas, pero al cual también se subordina en la medida en que le confía sus necesi-dades de abastecimiento. La doble línea de intercambio urbano-rural y rural-urbano, sostenida por un claro principio de “división del tra-bajo”, materializa este conjunto de relaciones, cuyo carácter económi-co y polítieconómi-co implica ya toda una estrategia de control. Ciertamente la ciudad organiza el campo y se anexa un entorno rural (de producción agrícola) “para que no peligre su subsistencia”7. Pero, por otro lado, forma con ese entorno que la filtra una dependencia directa que la ciudad invisibiliza multiplicando las formas de servi-dumbre y de vasallaje, para mantener ese entorno en una relación de sometimiento. El comercio y la mo-neda establecen la línea de este intercambio doble; son sus flujos los que movilizan los poblamientos y migraciones por los que los hombres, devenidos ahora ciudadanos de la polis, dejan atrás sus tierras ancestrales para componer la amalgama amorfa de los asentamientos urbanos con sus jerarquías de cla-se, al tiempo que se obligan a construir en ella una nueva autoctonía. La ciudad es este “segundo naci-miento”, esta segunda “naturaleza”.

Pero así como divide el trabajo y segmenta la con-tinuidad de la vida de los individuos, la ciudad ne-cesita también, para asegurar su existencia, de una continuidad conectiva entre ciudades, incluso las ciudades cerradas sobre sí, a la manera de las an-tiguas ciudades persas, o de la Habana, y quizá hoy en día, cada vez más, Caracas. La ciudad es ya co-nexión, punto de confluencia y cruce entre ciudades, está poblada de inmigrantes que se conjugan en una

7 Braudel, Fernand. Op. cit., p. 425.

…los hombres, devenidos

ciudadanos de la polis, dejan

atrás sus tierras ancestrales

para componer la amalgama

amorfa de los asentamientos

urbanos, obligándose a

(9)

vecindad para construir una autoctonía. El ciudada-no es Ulises, “el plebeyo astuto, el hombre medio cualquiera que vive en las grandes urbes, Proletario autóctono o Emigrante foráneo que se lanza en el movimiento infinito”8. El régimen de las ciudades es conectivo, hacen malla, red; en su movimiento inma-nente desplazan permainma-nentemente sus propios lími-tes, pero encuentran en los Estados —que moderan su fuerza y su impulso ilimitado— su territorio: mo-vimiento relativo de la “democracia colonizadora”9.

La ciudad contemporánea

Evidentemente, una ciudad es un diagrama de po-der que no coincide del todo con el aparato estatal, pues en cierto modo lo conjura desbordándolo. Pero con la gran expansión capitalística que se inicia en el siglo XVIII, esa irradiación ha copado el planeta ence-rrando toda su superficie en un “rizoma multipolar” en el cual se han esparcido sus diversos componen-tes10. El régimen de doble inmanencia de los Estados democráticos y las ciudades-mundo, con su despla-zamiento permanente del límite interno, su despo-tismo de nuevo tipo, el control ubicuo y permanente por vecindad sin jerarquía, la interiorización de la vigilancia y su miniaturización, ha cristalizado hoy en lo que Gilles Deleuze denominó “sociedad de control”11. Este tipo de sociedades pone en juego el presente y el porvenir del conjunto de los agrega-dos humanos, al designar una extensión imprevis-ta del poder sobre la vida que parece alcanzarla en sus zonas más íntimas, recorriendo el conjunto de sus estratos, incitando,

condicionando o impi-diendo sus pliegues y repliegues, su expre-sividad, sus “reservas de posible” que antaño mantenían buena par-te de las actividades humanas por fuera de las esferas del poder, salvaguardando modos libertarios de existen-cia. Hoy la “sociedad de control” ha devenido

8 Deleuze, Gilles – Guattari, Félix. ¿Qué es la filosofía?

Barcelo-na: Anagrama, 1993, p. 100.

9 Ibíd., p. 101.

10 Cf., Guattari, Félix. “Prácticas ecosóficas y restauración de

la ciudad subjetiva”. En: La ciudad subjetiva y post-mediática, Op. cit.,p. 212.

11 Deleuze, Gilles. “Post-Scriptum: Sobre la Sociedad de

Con-trol”. En: Conversaciones. Valencia: Pre-Textos, 1996, pp. 277 ss.

mundial12, pues si bien hay, por ejemplo, mucho de humorística rusticidad en el uso de brazaletes para los prisioneros, o de burocrática y corrupta negocia-ción en la disposinegocia-ción de cámaras de video en las ciudades, nos enfrentamos hoy en día a un poder que no opera sólo en lo molar, sino que se filtra tam-bién a nivel molecular, amparado como se halla en los andamiajes que le proporcionan la creciente ges-tión biopolítica y su correlato directo: la distribución infinitesimal de los flujos de deseo y de las fuerzas productivas, ahora sujetas a las demandas mundia-les de una economía que, con el remoquete falaz de la “democracia”, no hace otra cosa que garantizar y perpetuar la usura universal. Tocamos así el límite de una nueva “servidumbre humana”, como la diag-nosticaba Spinoza y que nace, como anticipaba él, de la imposibilidad por parte de los hombres de gober-nar sus propios afectos13, del hecho de que también éstos han pasado a ser gobernables en función de los mercados y de las estrategias de control social que asfixian la vida nivelándola, precarizándola al suje-tarla a las condiciones de una “sobrevida”, en la que también la administración de la muerte, en pequeñas dosis, integra las modulaciones graduales por las que pasa la organización de esta nueva dominación.

En este límite de la realización actual del poder y circunscrito en su diagrama que son las grandes ciudades del mundo occidental, el “parque humano” se somete a esta servidumbre biopolítica14. Ordenan-do y distribuyenOrdenan-do los grandes poblamientos urba-nos, la ciudad produce un “espacio concentracional” que circunscribe imperceptiblemente un “adentro” determinado que es su territorio limítrofe,

comple-tamente refractario a las “fuerzas del afue-ra”. El terrorismo del “terror al terror”, con su carácter colectivo alucinatorio, refuerza esta condición concen-tracional con una ope-ración de forclusión: un rechazo del afuera que lo hace regresar e interiorizarse en la for-ma de una patológica “claustropolis”, cercada

12 Hardt, Michel. “La Sociedad Mundial de Control”. En: Alliez,

Eric (Ed.). Gilles Deleuze. Una vida filosófica. Edición en español de Ernesto Hernández. Cali / Medellín: Revista Sé Cauto / Re-vista Euphorion (E-book), pp. 151-160.

13 Spinoza, Baruch. Ética demostrada según el orden geométri-co. (Libro IV). Madrid: Alianza Editorial, 1984.

14 Para el concepto de “parque humano”, Cf., Sloterdijk,

(10)

y amenazada desde afuera por eso que abriga ya en su interior15.

En todos estos aspectos, la ciudad “diagramatiza” y distribuye —a veces deliberadamente, otras ines-peradamente— una multiplicidad de flujos que va desde los flujos de dinero o los de las fuerzas pro-ductivas hasta los “flujos alimentarios” y la movili-dad de las personas. Es un espacio multidireccional casi exclusivamente destinado a los distintos modos de circulación. Es, por tanto, un campo confinado de deseo, y de modulación de las intensidades del deseo. Este espacio define las subjetividades, las mentalidades, los modos de vida, modos cuya ima-gen es hoy la de su homoima-genización creciente toda vez que la ciudad contemporánea somete la vida a la axiomática propia de la economía y, con ello, a una mera función suplementaria de los flujos del capital. Ya sea hacinados en ghettos o atemorizados en las calles, ya sea autoconfinados de manera solipsista y monádica en “apartamentos” y “unidades cerra-das” o refugiados de nosotros mismos en el “centro comercial”, la ciudad pone en obra estas múltiples arquitecturas de nuestra subjetividad. Todas ellas funcionan como distintos mecanismos para un con-trol generalizado del “parque humano”, un encierro en el que los hombres tienen —a pesar de todo— la impresión de “ser cada vez más libres” a condición de esta confiscación del afuera. Muchos son los co-rrelatos de esta captura: la axiomática permanente de la seguridad, la administración del miedo y de los ilegalismos urbanos, la “paz armada” que es siempre una paz bajo amenaza garantizada por toda especie de “organismos”, grupos armados y bandas… La ciu-dad se convierte así en un espacio de segregación, y como en el caso de nuestras ciudades colombianas, en un espacio que configura un “Estado policial” en el que unos vigilan, otros delatan, todos en una mis-ma red de relaciones…

Pero, contra esta evidencia, la ciudad es también campo de fugas y resistencias. En ella emergen y pro-liferan minoritariamente procesos de reinvención y de reapropiación colectiva que conjuran el modelo de ciudad securizada, paranoica y fascista, ponien-do en obra devenires imperceptibles, movimientos “micro”, un conjunto de pequeñas modificaciones y luchas que introducen en la ciudad una revolución molecular permanente hecha de “filtraciones del afuera”, hecha de los pequeños agrietamientos que

15 El concepto de “forclusión”, originario del psicoanálisis, ha

sido utilizado en el sentido indicado por Paul Virilio, quien tam-bién se ha referido a la “psicosis obsidional” del terror. Cf., Viri-lio, Paul. Ciudad pánico. Buenos Aires: Libros del Zorzal, 2006, pp. 79-111. También sobre el delirio del “terror al terror”, Cf., Baudrillard, Jean. “El Espíritu del Terrorismo”. En: Sé Cauto, No. 24. Cali: Fundación Comunidad, 2006, pp. 67-81; y más reciente-mente, Massumi, Brian. “Miedo (dijo el espectro)”. En: Euphorion, No. 3. Medellín: Asociación de Investigaciones Filosóficas, 2008, pp. 4-14.

relanzan la vida a nuevos encuentros, a posibilida-des inéditas, a la afirmación infinita de las singula-ridades, a la incursión de los “nómadas”, esos que provienen siempre del afuera, que trazan sus líneas, y que arrastran multitudes a derivas proliferantes. ■

Documental

La ciudad detrás de los espejos

Duración: 25 min. Director: Raúl Soto Rodríguez Producción: Red de Organizaciones Comunitarias de Medellín (ROC), 2008

En las comunas de la ciudad de Medellín, muchas familias viven en condiciones de pobreza absoluta. Desnutrición en la población infantil, pocas oportuni-dades de acceso a un empleo digno, precariedad de la educación y la salud, construcción de vivienda en terrenos en riesgo, son sólo algunas de las situacio-nes que diariamente afrontan los pobladores de estas comunas.

Esta situación de injusticia tiene sus causas en el modelo de intervención inclinado a la priorización de la política militarista de seguridad democrática, que promueve una inmensa inequidad social, políti-ca y económipolíti-ca.

Este documental denuncia la situación de es-tas familias, y es un llamado a las autoridades locales para que dejen de invertir tantos recursos en seguridad (militarismo) y den prioridad a la destinación de recursos para la asistencia social de las familias de las comunidades más pobres de la ciudad.

(11)

Carlos Andrés Londoño

Asociación de Investigaciones Filosóficas Medellín

La calle lleva lo apocalíptico dentro de sí Ludwig Meidner

La desaparición de la “polis”

L

as metrópolis contemporáneas ya no pueden ser pensadas en su forma política, es decir, no en tanto que espacios a la vez físicos y socie-tarios que encarnaban la forma-ciudad, ni siquiera en su versión industrial moderna. Las ciudades se han convertido en lugares fracturados, sedimenta-dos, entornos atópicos que cumplen a cabalidad su función estructural de centros de mutación de la humanidad o espacios de desaparición de lo social, verdaderos campos de encierro dirigidos por los Es-tados, en los cuales se ensayan múltiples tecnologías de administración de la vida y la muerte, de vigilan-cia y control aleatorio de la población. Los centros metropolitanos actuales evidencian plenamente la estrategia neoliberal de un biopoder trasnacional que celebra la globalización de su hegemonía económico-militar y la mundialización al parecer definitiva de los valores occidentales1. Sobretodo, en las ciudades

1 Acerca del término biopolítica y de su aplicación

sistemá-tica por parte de los Estados modernosver: Foucault, Michel.

(12)

de hoy se hace evidente el nuevo régimen de control de lo abierto, la reducción estructural del afuera a un campo de circulación operacional para el moni-toreo continuo, la localización y focalización de los movimientos.

Como bien dice Paul Virilio, las ciudades contem-poráneas nos condenan a la introversión obligatoria dentro de ellas. Y aunque sus fronteras ya no están delimitadas ni física ni simbólicamente, ni se en-cuentren hoy plenamente definidas sus entradas y salidas, los muros divisorios que minan su espacio de integración metropolitana se han vuelto omni-presentes en virtud de la invisibilidad característica de los nuevos dispositivos blandos de segmentari-zación, interconectados entre sí en un entorno urba-no cibernetizado, característico de las sociedades de control2. La forma-ciudad se ha diluido por cuenta de la universalización de un régimen

geoestratégico que ha alterado por completo las relaciones de poder, así como los espacios de coexistencia e intercambio social. Mientras la ciudad constituía un referente político, una instancia común de actualización y producción de la historia, sus arcos, accesos de salida y entrada, plazas públicas, teatros, mercados y monu-mentos, configuraban plenamente los espacios de centralización de los

in-tercambios comerciales y de la interrelación social y cultural. Del mismo modo, las fronteras entre lo urbano y lo rural, la civilización moderna y el pre-modernismo propio de las sociedades campesinas, aparecían perfectamente delimitadas. Pero hoy la ciudad se desparrama por el espacio en forma com-pletamente irregular, como una especie de invasión grisácea, de proliferación cancerígena que absorbe el espacio geográfico y comprime las determinaciones temporales.

Es preciso comprender además que en la ciudad contemporánea no operan ya dispositivos de domi-nación aparatosos de los que el muro era su símbolo duro; más bien, con el nuevo régimen de reproduc-ción del código, se han puesto en funcionamiento maquinarias microscópicas, nanotecnológicas, dis-positivos “blandos” de interrupción y chequeo, de in-troversión e intromisión programadas. Las paredes, límites y divisiones se han multiplicado, la diferencia es que ahora se vuelven imperceptibles o se disimu-lan, de aquí en adelante las fronteras y divisiones no sólo se trasladan al interior de las ciudades sino

2“A principios de los 60, cuando los ghettos negros se

esta-ban amotinando, el alcalde de Philadelphia proclamó: «De aquí en más, las fronteras del Estado se trasladan al interior de las ciudades»”. En: Virilio, Paul. The Lost Dimension. New York: Ed. Semiotexte, 1991, p. 3.

que se vuelven digitales, inmateriales. No se trata de exagerar, la misma configuración de los cen-tros urbanos actuales es lo suficientemente hi-perbólica. Estos enormes laboratorios del poder son realmente lugares destinados a generar una mutación definitiva de la forma-hombre, es de-cir, a llevar a cabo su revisión y administración exhaustiva por medio de la ciencia y la técnica. Este revisionismo estructural es patente no sólo respecto al cuerpo modelado por la cirugía esté-tica y orbitalizado por las prótesis, sino que se evidencia en el conjunto social entero, a nivel del intercambio comercial y cultural, la reproduc-ción, el deseo y las relaciones de poder.

Hablamos, pues, de una ciudad desaparecida y de una humanidad en vías de mutación. Por-que las ciudades mueren en la medida en Por-que

lo hacen los pueblos milenarios, las razas primitivas y las determi-naciones geográficas, nacionales o territoriales. Hay que analizar en-tonces la configuración compleja y sumamente irregular de los actua-les centros urbanos en el desarrollo pleno de una nueva fase postindus-trial, cuyo efecto de hiperrealidad, es decir, de confusión entre la si-mulación y la realidad, nos acerca a lo siniestro3. Las ciudades ya no son ni siquiera el lugar mítico de la producción, el progreso y la revolución social, han dejado de ser el escenario de confrontación por excelencia de clases, partidos o ideologías antagonistas. Por lo tanto, no es tan seguro que éstas constituyan aún la escena de realización de la historia ni la objetivación de la cultura. Como campos de do-minio y ambientes de simulación, las metrópolis contemporáneas están diseñadas más bien para insertar, localizar y exterminar a la población de acuerdo a un programa de administración de la vida orquestado por el biopoder. Las estructuras urbanas reproducen la estructura del código, son los entornos de expansión del “cuerpo sin órga-nos” del Estado que se vuelve virtualmente om-nipresente. La violencia de las grandes masas, el choque de aparatos pierden vigencia en el marco del nuevo modelo intraestructural de las metró-polis. Propiamente hablando, ya no existe la polis como escenario de exteriorización y puesta en escena de la historia, el exterminio lento de la población y los conflictos irregulares han despla-zado la guerra entre clases, Estados o partidos políticos. Sin embargo, el conflicto y la discordia

3 A propósito del efecto siniestro (unheimlich) de los

acontecimientos en las ciudades actuales, Cf., Davis, Mike.

Ciudades muertas. Ecología, catástrofe y revuelta. Nueva York: Traficantes de Sueños, 2007.

Campos de dominio y

ambientes de simulación,

las metrópolis están

diseña-das para insertar, localizar

y exterminar la población,

de acuerdo al programa de

(13)

entre los ciudadanos, lejos de superarse, se vuelven generales. Del mismo modo, el poder y las relacio-nes de poder han pasado a un nivel microfísico y fractal. Los poderes tanto como los sujetos pierden el rostro y las determinaciones históricas. La trans-historización del sistema deja a todo el mundo en la completa indeterminación.

Por su parte, la generalización del conflicto y la hostilidad social se encargan de abolir la determina-ción o aceptadetermina-ción de un enemigo, todos representa-mos al final una amenaza. En el imaginario popu-lar urbano, “saber de la vida” o “conocer” implica dejar de confiar, un radical escepticismo frente a los demás y un rechazo explícito de lo otro como un posible agente de agresión o traición. Y como el imperativo de la socialidad es competir, guerrearse la supervivencia, cualquiera se convierte en un ene-migo potencial. Las grandes ciudades del mundo son todas a su manera especies de campos de con-centración o centros de exterminio y, en todo caso, lugares de batalla y de muerte. Lejos de superarse, el conflicto urbano ha devenido general: nos vigilamos mutuamente, sospechamos del otro, peleamos con el otro la supervivencia y el reconocimiento, es la guerra de todos contra todos administrada por un dispositivo de indeterminación estructural. Lo otro se convierte en un estorbo y espejo insoportable, esa es nuestra forma contemporánea de resucitar la al-teridad, desde una lógica completamente negativa, puesta de manifiesto en nuestra respuesta alérgica o paranoide frente al radical desafío de los otros y del mundo. A partir de este tipo de alergia social frente a la alteridad funciona la jugada geopolítica del terrorismo dentro del nuevo sistema mundial de dominación. Generar incertidumbre y pánico hace que el enemigo, el “terrorista”, esté virtualmente en todas partes. Por lo tanto, hay que desplegar calle por calle los dispositivos de seguridad, por lo que el incremento de la criminalidad en las ciudades de hoy es directamente proporcional al aumento en el número de efectivos de la llamada “fuerza pública”, tanto como a la creciente proliferación de cámaras de televigilancia o, entre nosotros, a la conformación de bandas paramilitares que ejercen un control de la población y de los flujos absolutamente localizado.

Asistimos, sin duda, a la generalización urbana del conflicto social auspiciada por el mismo Esta-do, que establece, bajo la apología de la competen-cia, una lucha infinita de todos contra todos, tanto como la mezcolanza indiferente de todos con todos bajo los auspicios de la interconexión, lo que permi-te adelantar una guerra inpermi-tegral de desestructura-ción de la sociedad, esencial a la operacionalidad y hegemonía de los nuevos poderes trasnacionales. Cada uno se convierte a la vez en posible víctima y posible terrorista. La forma comunitaria de aso-ciación e intercambio simbólico que en otro tiempo

le dio a la ciudad origen y pleno sentido, ha cedido su turno a un nuevo tipo de concentración trasna-cional “pos-urbana” que altera completamente la configuración de las actuales ciudades4. Hoy es más exacto hablar de grandes ciberespacios donde se aplican sistemáticamente técnicas de intromisión y métodos blandos de introversión obligatoria; ya la urbe no es un espacio social de interacción e inter-cambio entre los miembros de una comunidad, no constituye pues un centro político y mucho menos un referente simbólico.

El nuevo estatuto operacional de las

ciudades

El estatuto clásico de la ciudad ha sido dejado atrás definitivamente bajo el nuevo régimen empre-sarial del control y la administración biopolítica. Lo importante es almacenar la energía, capturar las in-tensidades y regularlas en una matriz de activacio-nes e interrupcioactivacio-nes, de accioactivacio-nes y contra-accioactivacio-nes continuas. Encerrar el afuera en un enorme campo de dominio estructural, de síntesis digital y progra-mática. Este nuevo pliegue de lo urbano es auténtica-mente cerebral. En el espacio de la ciudad, el poder ha instalando su dispositivo del valor que se asemeja en todo a un ordenador, una especie de cerebro so-cial que controla los intercambios. Puede que la ciu-dad-metrópolis sea todavía un espacio geográfico; sin embargo, ya no se trata de un lugar convencional, es más bien un espacio difuso en donde reina la in-determinación y la indiferencia como condiciones de reproducción del código, es decir, del poder simple y desnudo que administra los signos, los objetos y las personas.

Gracias a las redes, cada circuito poblacional o comercial, del mismo modo que el conjunto disperso de terminales mínimas enque se han convertido los individuos, al igual que los grupos y organizaciones sociales, son integrados plenamente “en una masa urbana única”5 expansiva e hiperterritorial. No sólo el dinero y los códigos de acceso a la información pue-den ser considerados contraseñas, modos de acceso necesarios para moverse en el espacio inmaterial de las redes y permanecer conectado o socializado al interior de la retícula urbana. También objetos como los autos garantizan un mayor rango de circulación en la urbe. En todas las ciudades existen barrios de “clase alta” o complejos residenciales en los que no se puede entrar sino por medio de un vehículo par-ticular; en este caso, el acceso está restringido a una contraseña material específica. Sin embargo, existen

4 Virilio, Paul. The Lost Dimension. Op. cit.

(14)

múltiples contraseñas inmateriales como certifica-dos, distinciones, títulos profesionales, carnés de identificación, entre otros, sin los cuales es impo-sible acceder a ciertos espacios sociales o urbanos declaradamente restringidos. Hoy en día uno tiene que atravesar la inmensa matriz operacional de la ciudad como un verdadero cibernauta, accediendo a sus distintos entornos y circuitos por medio de claves o contraseñas, códigos de paso o boletos de circulación.

En la época de la interface y la proliferación de las panta-llas, las ciudades se han visto privadas de sus límites obje-tivos, sus entornos son ahora virtuales, interactivos y elec-trónicos, ya no arquitectóni-cos. Se ha perdido, como dice Virilio, el “cara a cara” (vis à vis), el “enfrente” de las anti-guas calles, así como sus pór-ticos, arcos y entradas. Con la interactividad el “aquí” y el “allá”, los espacios interiores y exteriores quedan virtualmen-te eliminados de la urbe. Pero esta pérdida del “cara a cara” entraña a su vez la eliminación de la mirada y la imposibilidad de una verdadera comunica-ción. “De aquí en adelante, la construcción del espacio ocu-rre al interior de una topología

electrónica en la cual el marco de la perspectiva y la trama reticulada de las imágenes numéricas renue-van la división de la propiedad urbana. El antiguo ocultamiento privado/público y la distinción entre el hogar y el tráfico son reemplazadas por una sobre-exposición en la cual la diferencia entre «cercano» y «lejano» simplemente cesa de existir, así como la diferencia entre «micro» y «macro» se esfumó con el registro del microscopio electrónico”6. La actual configuración de las ciudades obedece plenamente a la “inmaterialidad de sus partes y de sus redes”, a la instantaneidad temporal que hace desaparecer del espacio urbano el “tiempo cronológico e históri-co”. Los hechos están regulados completamente por microciclos mediáticos de aparición-desaparición, de generación programática de los acontecimientos, borrando así por completo la concepción clásica del tiempo y el transcurso progresivo de la historia. No es extraño, entonces, que las ciudades actuales sean lugares sin memoria, y que los individuos que las habitan se hayan convertido en sujetos indiferentes, desprovistos de perspectivas.

6 Ibíd., p. 5.

Es innegable que la experiencia del exilio y la in-comunicación son fenómenos inherentes a la confi-guración de los centros urbanos en plena era de la información. En las ciudades contemporáneas, las personas viven por privación o por privacidad la an-gustia amarga del destierro, el aislamiento autista o la introversión doméstica y laboral. Ya no hay en-cuentro sino contacto, lo que permite prescindir casi por completo de la presencia física del otro. Cada vez es menos común que los transeúntes se miren entre sí cuando caminan por la ciudad, mucho

me-nos pueden verse cara a cara los que van conduciendo auto-móviles o motocicletas. Lo que se evidencia en las calles y en los hogares es una disgrega-ción general, molecular, cada uno vive su propio exilio, los entornos periféricos no sólo han reemplazado el centro ur-bano, sino que además las per-sonas se ven inevitablemente confinadas en un pequeño circuito de marginalidad, re-ducidas a la condición de ter-minales mínimas insertadas en un gran complejo de redes. El auge de las unidades cerradas y las ciudadelas residenciales de las cuales no es necesario salir, puesto que en su inte-rior se encuentran suficientes almacenes, servicios y distrac-ciones, pone en evidencia esta repartición periférica de la población en las ciudades contemporáneas. La desestructuración de las comu-nidades y de las relaciones sociales es irreversible en virtud de la expansión programática de los centros urbanos regidos por un modelo de dominación in-traestructural. Se trata incluso no solamente de vi-gilar sino de manipular el interior de los individuos introduciendo micromáquinas y dispositivos en sus órganos7. En las sociedades de control ya no se encie-rra a la gente con los viejos métodos, ni se reprime o violenta de manera directa como en las sociedades disciplinarias; lo importante dentro del nuevo régi-men es la localización de cada partícula en el espacio

7 Dice Paul Virilio en su libro El arte del motor: Superestruc-tura, infraestructura ayer, a partir de ahora puede considerarse un tercer término, la intraestructura, ya que la recientísima miniaturización nanotecnológica favorece hoy la intrusión fi-siológica e incluso la inseminación de lo viviente por las biotec-nologías” (p. 109). Y más adelante: “La pérdida o, más exacta-mente, la decadencia de toda extensión (física o geofísica) del

espacio real en beneficio exclusivo de la ausencia de intervalo de las teletecnologías de tiempo real, conduce inevitablemente a

(15)

microfraccionado y codificado, así como la inserción del sujeto en el sistema utilizando dispositivos blan-dos de absorción y reciclaje. La apuesta del poder es colonizar la intimidad y encerrar el afuera8.

Por su parte, la velocidad de los intercambios y la instantaneidad de los acontecimientos condenan a las personas a la movilización permanente, impo-sibilitando una debida atención con el otro. Como en las autopistas de alta velocidad, de autos o datos, está prácticamente prohibido detenerse. Por lo tan-to, para que fluyan con rapidez y no se detengan, los intercambios se simplifican al máximo, las imágenes como los lenguajes pierden su dimensión semántica, vaciadas de su riqueza natural por el efecto sintético del código. Las jergas urbanas y los lenguajes infor-máticos hacen patente esa necesidad simplificadora producida por la aceleración del tiempo de contacto, por lo tanto, la brevedad y la

instan-taneidad se vuelven indispensables. De la misma manera que el aquí y el allá, lo lejano y lo cercano, el antes y el después, se han ido diluyendo bajo el influjo de las pantallas y la veloci-dad de los transportes; los interlocu-tores lo mismo que los espectadores han desaparecido como productores de un lenguaje comunicativo debi-do al imperialismo de un tiempo de transmisión instantáneo. Ahora no se conversa ni se dialoga, se “chatea”. De aquí en más las salas de chat y

los Café Internet anularán gradualmente la antigua función socializadora que cumplían las plazas y los lugares públicos.

Control aleatorio

Es cierto que el control se opera en las ciudades en un sentido aleatorio y de manera molecular. La desorganización también es programada al igual que los ordenamientos y el intercambio de los flujos. A decir verdad, el sistema libera las energías para recu-perarlas mediante sus aparatos de reciclaje. Por eso, tanto la desconexión y desregulación de los flujos, como el despilfarro de las fuerzas y las energías, hacen parte integrante de una estrategia de poder que consiste en generar el desorden, la intimidación terrorista o la incertidumbre económica, por ejem-plo, introducir el elemento de la crisis cada cierto tiempo, lo que hace posible poner a prueba los nu-merosos dispositivos de absorción, de inserción o de represión. La jugada tecnológica de la dominación necesita la inestabilidad para entrar en operación. El desempleo, los trabajos ocasionales, las

subcontra-8Cf., Deleuze, Gilles. “Post-scriptum sobre las sociedades de

control”. En: Conversaciones (1972-1990). Trad. José Luis Pardo. Valencia: Pre-Textos, 1999.

taciones, las catástrofes financieras, la desconexión de los servicios públicos, los deficientes sistemas de salud, los crímenes, las desapariciones forzadas, la urbanización de terrenos inadecuados, es decir, la irregularidad generalizada e introducida de lleno en el ambiente social, permite mantener a las personas en un estado latente de amenaza, de miedo e inse-guridad.

Mientras tanto, los Estados fabrican simulacros de protección y socorro, todos los gobiernos pro-meten solucionar alguna crisis o rescatar un sector de la sociedad con su intervención. En el fondo, las malas administraciones públicas agradecen todos los desastres naturales y las calamidades sociales, puesto que les ofrecen la ocasión de aparecer para repartir sus limosnas y figurar de ahí en adelante como los redentores de la población damnificada. Pasada la catástrofe desaparecen, de-jando que los organismos de control se encarguen de reciclar o exterminar el material residual de la población. Y puesto que las personas afectadas por estos desastres son considera-dos como “desechos” sociales, se les da un tratamiento completamente técnico de reinserción, exclusión o indemnización. Esto como consecuen-cia plenamente visible de una táctica biopolítica de manejo de la población marginal cuya expresión neoliberal ya no oculta el propósito de “limpieza social” y de segregación regulada de los elementos periféricos o residuales.

La demolición de los espacios

tradicionales

Las ciudades experimentan todo un proceso de demolición de los espacios tradicionales, de aboli-ción de sus centros referenciales, históricos y pro-ductivos; también la nueva urbanística de las me-trópolis, si es que soporta todavía tal nombre, actúa de manera aleatoria. Ya no puede hablarse de unas formas arquitectónicas que determinen la distribu-ción y el aspecto estético de los espacios públicos o privados, hay que analizar más bien la incidencia cardinal de la aplicación de modelos operacionales en la configuración de la urbe, que implica la abo-lición del tradicional referencial arquitectónico es-pacio interior/eses-pacio exterior, reemplazándolo por un modelo hiperrealista del espacio,destinado a la homeostasis social y a la introversión obligatoria de las personas.

La transparencia de los espacios convertidos en circuitos abiertos de monitoreo y televigilancia afecta

Para que

fl

uyan con

rapidez, los intercambios

se simpli

fi

can al máximo,

las imágenes como los

len-guajes pierden su

dimen-sión semántica, vaciadas

de su riqueza natural

por el efecto sintético del

(16)

por completo la delimitación de los centros urbanos. La saturación de luces, cámaras, avisos publicitarios y señales de prevención, la presencia numerosa de policías, agentes de tránsito y vigilantes, lo mismo que el chequeo permanente de la población gracias a las encuestas de opinión, a los censos y requisas preventivas, así como la instantaneidad de los acon-tecimientos producida por la velocidad de los me-dios de información y transporte, nos expone a la demolición del espacio urbano convencional y a la instauración definitiva de un campo difuso de aglu-tinación de la población donde los Estados ponen en operación sus estrategias de omnipresencia, al tiempo que activan sus tecnologías de ausentismo y desaparición.

La casa deja de ser el referente simbólico y arqui-tectónico de los lugares de habitación, tanto como las fábricas y las plazas dejan de ser respectivamen-te los centros de concentración y movilización por excelencia. Desaparecen las quintas, los caserones que ocupaban una manzana completa y, poco a poco —entre nosotros es todavía más evidente que en otras partes— también los antejardines, los porto-nes; además, se elimina casi por completo la distan-cia espadistan-cial entre los domicilios. Las construcciones de hoy semejan hormigueros o termiteros; si se les mira a cierta distancia, los edificios apilados se pa-recen en todo a los grandes arrumes de cajas de las bodegas comerciales o de los supermercados. Con el sistema de apartamentos los linderos han sido aboli-dos. Además, los edificios exhiben sus entrañas, son en esa medida, al igual que los cuerpos revisados por las cirugías y el encuadramiento cibernético de su propia imagen, estructuras transparentes y obs-cenas. Como en el arte contemporáneo, también las nuevas edificaciones han perdido los referenciales de la belleza o de la perfección formal, primando sobre ellas como sobre las obras de arte un criterio operacional, ya no lo arquitectónico ni la urbanística, sino el diseño, el modelaje y la planeación estratégi-ca de los espacios y del tiempo.

El espacio público ha sido relevado por el cibe-respacio informático en el cual el intercambio con los otros no tiene realidad alguna, el “contacto” es ahora de otro tipo, en todo caso, se trata de una re-lación telemática que ya no compromete el cuerpo a cuerpo, ni en la guerra ni en el sexo y ni siquiera en el plano de la comunicación o del intercambio co-mercial. En un futuro próximo también la reproduc-ción de la especie humana estará garantizada por un dispositivo que podrá prescindir del contacto sexual entre el hombre y la mujer. Por ahora, es evidente que el telecontacto y la interactividad han relegado a un segundo plano otras formas de socialidad que requerían de lugares como las plazas públicas, los parques, los campus universitarios o los teatros. Las

consecuencias a nivel político de la desaparición de las plazas públicas en tanto que “epicentros” del debate y la confrontación, son lo bastante contun-dentes como para seguir obviándolas. En un sentido estricto, es imposible remitir las ciudades actuales al concepto griego de polis y ni siquiera al concepto moderno de urbe. Por lo tanto, habrá que despedirse también de toda estrategia política de aglutinación y movilización en el espacio físico. A este respecto, las marchas y manifestaciones, que tuvieron su último momento de esplendor en los años sesenta y setenta, son ahora movimientos políticamente inertes, inser-tados por completo en los dispositivos de interrup-ción ligados al poder, o que al menos reproducen su dinámica desreguladora.

Como los paros, las tomas de calles, plazas y cen-tros administrativos, lejos de ser aún la expresión por excelencia del descontento popular y de la insurrec-ción contra el poder establecido, reproducen los me-canismos de inestabilidad a partir de los cuales los Estados ponen en funcionamiento sus maquinarias de control. La posibilidad de inscribir en su entorno de dominio el desorden y la inestabilidad es deter-minante en la nueva configuración del poder, sien-do las ciudades las “puntas de lanza” de estos dis-positivos aleatorios. La interrupción del continuum de los flujos sociales y la emergencia esporádica de anomalías y desórdenes, lejos de significar un pro-blema para el sistema, se convierte más bien en la clave de su nuevo método de dominación emergente. Sin embargo, gracias a la apariencia siempre caótica de las actuales ciudades, lo que se ha hecho invisi-ble es precisamente ese orden estructural que las configura. Detrás del inminente desorden urbano se esconde esa mano ordenadora del poder que orga-niza los flujos de manera aleatoria y efectiva. Con el proceso irreversible de globalización de las tecno-logías, las metrópolis entran en un período de orbi-talidad, de “temporalidad transhistórica” enmarcada en los nuevos ambientes artificiales, donde, según Virilio, “el efecto de realidad reemplaza a la realidad inmediata”9. Bajo este efecto se consigue disponer del control de los flujos que parecen liberados o a la deriva y que, efectivamente, son puestos en órbita gracias al espacio virtual de las pantallas.

Hiper-ciudad / hiper-real

Como ocurre con el cine comercial, las ciudades actuales se ven saturadas de efectos especiales: la velocidad de los motores y la luminosidad artificial que satura los espacios, el efecto de hiperrealidad de los modelos y las imágenes mediáticas, los capitales flotantes y el terrorismo esporádico. Cada uno de

(17)

estos simulacros configura un entorno urbano ple-namente artificial y artificioso, en donde la realidad se confunde con la fantasmagoría. Las ciudades pa-san a ser algo así como los estudios de grabación de la virtual reality, allí rueda la película de una sociali-dad hace ya tiempo extinguida pero que, como diría Baudrillard, obsede nuestras sociedades como una “presencia fantasma”. Sucede algo semejante con la política y el sexo: reflejan, gracias a su fantástica di-fusión mediática en tiempo real, el trauma colectivo de su desaparición. Lo cierto es que, en tanto que espacio, la ciudad se ha modificado radicalmente. No remite a un afuera ni a un centro de intercam-bio, ha mutado por completo su dimensión exterior, convirtiéndose en un entorno virtual, en un plano de intervención, programación y diseño, bajo la forma de un entramado operacional que integra diversos circuitos abiertos de circulación y monitoreo.

El exceso de luces, la “sobreexposición” de los ob-jetos y las construcciones, de los cuerpos filmados por las cámaras, censados y “testeados” incesante-mente por los dispositivos de control, la transparen-cia casi insoportable de los lugares públicos, todo eso evidencia la distorsión del espacio físico, su pro-gresiva difuminación. Esa sobreiluminación y sobre-exposición le dan a las ciudades actuales el aspecto hiperreal propio de un espacio desaparecido, de un lugar fantasma. Aún más, lo que le sucede a los cen-tros urbanos se aplica a todo el conjunto social que cobra una especie de existencia secundaria: “Nos ha-llamos en un estado social secundario: ausentes, bo-rrosos, sin significación ante nuestros propios ojos. Distraídos, irresponsables, enervados. Nos han deja-do el nervio óptico, pero han inervadeja-do todeja-dos los de-más. En eso se parece la información a la dirección: aísla un circuito perceptivo, pero desconecta las fun-ciones activas. Ya sólo queda la pantalla mental de la indiferencia, que responde a la indiferencia técnica de las imágenes”10.

Pero esa pantalla mental de la indiferencia es la que nos permite estar en las ciudades y no enloquecer. De lo contrario, sería imposible respirar su aire vicia-do, soportar sus exagerados niveles de ruivicia-do, traspa-sar velozmente sus autopistas, no desesperar ante el hacinamiento y la falta de espacios habitables, ni aterrorizarse completamente frente a la violencia in-discriminada que surge como respuesta a la miseria, como contra-efecto del miedo y la discriminación. La indiferencia, además de ser esencial al modelo opera-cional y a la reproducción del código, es indispensa-ble como forma de supervivencia en las ciudades de hoy. No sólo las imágenes de la televisión o las que circulan en Internet flotan indiferentes en un espa-cio hiperreal, sino que la apariencia de lo que antes

10 Baudrillard, Jean. “La indiferencia y el odio”. En: El crimen perfecto. Barcelona: Anagrama, 1996, p. 193.

se llamaba afuera (la calle por ejemplo), los objetos, los seres y las personas que pasan ante nosotros co-bran el mismo vago color en la medida en que sólo constituyen imágenes de nuestro decorado exterior, ya no tienen el poder de afectarnos. Vamos cada uno en nuestra burbuja, en una cápsula espacio-temporal donde los otros son simplemente los extras del mal film en el que finalmente convertimos al mundo. Es inútil pretender redimir esta situación apelando al altruismo o a la fraternidad. Esa indiferencia es inse-parable del actual régimen de reproducción microfí-sica del poder, traspasa las distintas esferas sociales: el sexo, la política, el consumo, la información, los medios masivos. Cada cual está lo suficientemente ocupado con sus propias prótesis como para preten-der conectarse física o simbólicamente con el otro, la comunicación es desplazada por un modelo de co-nexión orbital en donde simplemente los códigos se conmutan en una indiferencia invisible, sólo posible por la superfusión de las imágenes vaciadas comple-tamente de contenido.

(18)

instantes de la visión de un cuerpo modelado a la visión de un cuerpo descompuesto o desmembrado, pero nada de esto nos asombra ya. Es como pasar en la televisión de una escena de sexo a otra de terror. Se trata entonces de atravesar el entorno urbano con la misma velocidad e indiferencia con la que reali-zamos un zapping frente a las pantallas todos los días. No hay que detenerse en imágenes ni en datos, sólo cerciorarse de no interrumpir la circulación y de asegurar la conexión interactiva. Porque al final estamos todos recluidos en un espacio sin afuera del que ha sido expurgada la alteridad y su efecto de realidad sobre nosotros.

“De la misma manera que todo el movimiento de construcción técni-ca del cuerpo y del deseo concluye en la pornografía, también todo el movimiento de una sociedad indife-rente concluye en el victimismo y en el odio. Entregados a nuestra propia imagen, a nuestra identidad, a nues-tro look, convertidos en nuestro pro-pio objeto de atenciones, de deseo

y de sufrimiento, nos hemos vuelto indiferentes a todo el resto. Y secretamente desesperados de esta indiferencia, y celosos de cualquier forma de pasión, de originalidad o de destino. Cualquier pasión es un insulto a la indiferencia general. Aquel que, median-te su pasión, desenmascara nuestra indiferencia, nuestra pusilanimidad o nuestra tibieza, aquel que, con la fuerza de su presencia o de su sufrimiento, desenmascara nuestra escasa realidad, debe ser ex-terminado. Al fin hemos resucitado al otro, reencar-nado al enemigo para reducirlo o destruirlo. Éstos son los efectos incalculables de la pasión negativa de la indiferencia, de la resurrección histérica y especu-lativa del otro”11.

Rehenes, no ciudadanos

Podemos decir con toda propiedad que las metró-polis actuales, las del “primer mundo” tanto como sus defectuosos clones del “tercero”, han tomado plenamente los rasgos característicos de centros de confinamiento, de campos de prisioneros, en los cua-les la sociedad entera ha sido tomada como rehén. Todos somos sus rehenes. “La ciudad, lo urbano, es al mismo tiempo un espacio neutralizado, homoge-neizado, el de la indiferencia, y el de la segregación creciente de los ghettos urbanos, de la relegación de los barrios, de las razas, de ciertas edades: el espacio parcelado de los signos distintivos. Los ghettos en la periferia o en el corazón de la ciudad, no son más que la expresión límite de esta configuración de lo

11 Baudrillard, Jean. “El nuevo orden victimario”. En: El crimen perfecto, Op. cit., p. 177.

urbano: un inmenso centro de criba y de encierro, donde el sistema se reproduce no sólo económica-mente y en el espacio, sino también en profundidad, por la ramificación de los signos y de los códigos, por la destrucción simbólica de las relaciones sociales”12. En las ciudades, el poder ha puesto en acción un sofisticado circuito de monitoreo que se despliega vertiginosamente minando por completo los luga-res públicos y privados: las cámaras de vigilancia, los monitores, los televisores apuntan por todos la-dos, amenazan y chequean, incluso disparan a dia-rio contra los cuerpos inermes un poderoso arsenal de haces lumínicos y emanaciones

electromagné-ticas que neutralizan la voluntad o direccionan el deseo y los comporta-mientos. El “efecto de realidad” de las pantallas, que es un efecto de desapa-rición no sólo de lo real, sino además de la ilusión, captura nuestra retina y con ella el sistema nervioso completo, borrándonos de este modo la memo-ria, así como la imaginación y la libre determinación.

Gracias a la televisión, a la velocidad de la in-formación, estamos plenamente acostumbrados a la impunidad de los acontecimientos. Además, las cámaras no sólo vigilan, sino que capturan en el acto, exponiéndonos a su tiempo real, instantáneo, a su transmisión en directo. Son ellas las encargadas de eliminar la realidad del espacio urbano. También son ellas las que disparan primero que el asesino, preceden los crímenes, tanto como los accidentes y los desastres, en la medida en que, según proponía Virilio, actúan como “armas de comunicación”.

No se trata únicamente de intimidar, aunque es evidente que los medios cumplen también esa fun-ción: generar zozobra, mantener encendidas las alarmas para mantenernos al borde del pánico. En todos lados se realizan simulacros de seísmos, de inundaciones, incendios o ataques terroristas, tam-bién las pantallas han precedido ya todos esos simu-lacros. Sin embargo, se trata más bien de disuadir a la gente con otras armas, un bombardeo de imáge-nes en directo, a las que ya no se puede responder con la reflexión, la contemplación o el pensamiento crítico, tan sólo se puede obedecer a sus ordenes tomando la dirección que nos indican sus códigos; como en nuestra relación con los modelos de simu-lación, solamente los podemos reproducir.

En las ciudades estamos condenados a la intro-versión obligatoria, sometidos a un régimen carce-lario de televigilancia permanente, en nombre del derecho al entretenimiento, la información o la

segu-12 Baudrillard, Jean. El intercambio simbólico y la muerte.

Ca-racas: Monte Ávila, 1993, p. 90.

Las metrópolis actuales

han cobrado plenamente

los rasgos de centros de

con

fi

namiento, de campos

de prisioneros, en los cuales

(19)

ridad pública. Pero nuestro encierro está plenamente absorbido por el efecto de impunidad de las panta-llas. Si tienes televisión o computador ya no estás solo, mucho menos aislado. Nuestra socialidad se reduce al contacto virtual entre sujetos-terminales, contacto que ya no tiene como sinónimos el encuen-tro, la reciprocidad ni la comunicación13.

Paranoia y orden pánico

Como un efecto lógico de este nuevo orden pánico que predomina en las ciudades, se engendra toda una psicología urbana de la paranoia. Hay que cuidarse de todo y de todos, mantenerse vigilante, aprendiendo a desconfiar de los otros. “Cuidado en el barrio, cui-dado en la acera, cuicui-dado en la calle, cuicui-dado donde quiera”, es un lema común a todos los que transi-tamos las ciudades contemporáneas. Porque la pa-ranoia es sobretodo un poderoso instrumento de dominación, permite encerrar a la gente, domesti-carla y vigilarla. Es por eso cada vez más común que las personas soliciten la instalación de cámaras para el monitoreo de sus sectores residenciales y que pi-dan además la presencia de la policía en las calles. El pánico legítima el porte de armas, hace necesaria la vigilancia, el encierro e incluso la conformación de grupos de exterminio o, como ellos mismos lo llaman, de escuadrones de “limpieza social”: “Indus-trialización de la prevención, de la previsión, especie de anticipación pánica que compromete el porvenir y prolonga «la industrialización de la simulación»; simulación que concierne con mayor frecuencia a las averías probables del sistema en cuestión. Repitá-moslo, ese desdoblamiento del control y la vigilancia indica bastante bien la tendencia en cuestiones de representación pública; mutación que no sólo con-cierne a los dominios civiles y políticos, sino también a los militares y estratégicos de la Defensa”14.

13 “Es aquí donde se juega a partir de ahora la «estrategia de la

disuasión», la estrategia de los señuelos, de las contramedidas electrónicas y otras. La verdad ya no enmascarada, sino abolida, es la de la imagen real, la de la imagen del espacio real del obje-to, del aparato observado, una imagen televisada «en directo» o, más exactamente, en tiempo real”. En: Virilio, Paul. La máquina de la visión. Madrid: Ediciones Cátedra, 1998, p. 6.

14 Ibidem.

Michael Moore muestra precisamente ese esta-do general de paranoia y su utilización estratégica como tecnología de dominación en su película docu-mental Bowling for Columbine. En Estados Unidos, la gente rinde culto a las armas en nombre de la seguridad nacional, la protección y la autodefensa. Entre nosotros, este modelo paranoide se reproduce vertiginosamente. Ciudades como Cali o Medellín se rigen por la ley de los “pillos”, de los “paras”, los cuales reproducen un modelo de socialidad a la vez victimista y victimario. En las ciudades, el incremen-to de armas es proporcional al incremenincremen-to del páni-co y, por supuesto, a la proliferación de pantallas y cámaras en todos los espacios. Además, la tarea de la vigilancia nos es confiada a cada uno, el régimen policivo se mantiene “gracias a la valiosa colabora-ción de la ciudadanía”. Nuestros centros urbanos al-bergan verdaderos arsenales a partir de los cuales los poderes mantienen sus acciones de exterminio aleatorio y limpieza de la población. Ante una situa-ción así, es inevitable que la gente quiera protegerse: portar armas, instalar cámaras y alarmas, auspiciar la conformación de redes de informantes, montar circuitos de monitoreo satelital, todo esto parece ab-solutamente imprescindible en las ciudades de hoy. El sistema mundial de dominación se ha especiali-zado en manejar un mecanismo de administración ambiguo y sumamente eficaz: primero instituye el robo, el asesinato, los virus, la marginalidad o las desapariciones forzadas como mecanismos de inti-midación de la población, después vende sus segu-ros, armas, drogas, pólizas, servicios de vigilancia y espacios residenciales cerrados.

Referencias

Documento similar

Para construir triángulos en el plano cartesiano debemos ubicar los puntos dados y unirlos y así formar el triángulo, recordemos que un triángulo tiene tres lados. Ejm: construye

Así pues, la Casa de las Mujeres de Pamplona abre una nueva etapa de trabajo que, sin duda, incidirá en la mejora de la vida de las mujeres de nuestra ciudad y en