• No se han encontrado resultados

← Volver a los detalles del artículo El cuadrilátero

N/A
N/A
Protected

Academic year: 2020

Share "← Volver a los detalles del artículo El cuadrilátero"

Copied!
55
0
0

Texto completo

(1)

El cuadrilátero

Dramaturgia colaborativa del Laboratorio Teatral

Cómo me pone la lavadora

(2)
(3)

Ficha Técnica

El cuadrilátero se estrenó el 25 de noviembre de 2012 en el Centro Cul-tural Jose de Espronceda de Madrid

Dirección: Beatriz Santiago Idea original: Susana Calderón

Dramaturgia: Laboratorio Teatral «Cómo me pone la lavadora» Textos: Eduardo Galeano, Icíar Bollaín e Itziar Pascual

Aytes. dirección: Isabel Arcos, Victoria Gullón, Mabel Pearson y Laura Alonso Cano

Luces y sonido: Susana Calderón Escenografía: Clara Urbina Paniagua Producción: Nuria Merencio Fernández Comunicación: Belinda Esquinas Auge Diseño gráfico: Laura Alonso Cano

(4)

La presente edición ha sido creada a partir de los textos cedidos por el Laboratorio Teatral Cómo me pone la lavadora. Algunas escenas han sido transcritas desde una grabación del mismo espectáculo.

Se ha optado por dejar el nombre propio de las mujeres que aparecían en los textos que conseguí, dándole importancia así a la autoría propia; es por esto que los nombres propios se mezclan con otros nombres que designan al personaje (RR.HH, LA MADRE, etc.) y que también esta-ban escritos de antemano.

El espectáculo ha crecido durante cinco años, por lo que los textos no dejan de ser un intento de ser lo más exacto a lo que es hoy. Depen-diendo de las escenas ha sido más o menos difícil.

La presentadora, Concha, aparecerá tanto al inicio de la obra como entre cada combate y al final para cerrar el espectáculo. Si en algún combate no aparece su intervención, es porque el texto, en esos casos, no está fijado y la actriz juega con el público a su gusto.

(5)

concha.– Patria, Minerva y María Teresa Mirabal.

Así se llamaban estas 3 heroínas. Hermanas que nacieron y crecieron en el seno de una familia rural acomodada en el paraje de Ojo de Agua, en Salcedo, el municipio más importante de la provincia que se re-bautizó más tarde (y en honor a ellas) con el nombre de Hermanas Mirabal, en la República Dominicana.

Estas mujeres dedicaron su corta vida a la lucha por la libertad política de su país, oponiéndose firmemente a una de las tiranías más opreso-ras, la de Rafael Leónidas Trujillo.

Fueron detenidas, torturadas y violadas en reiteradas ocasiones, hasta que llegó la emboscada del 25 de Noviembre de 1960.

Cuatro hombres las detenían y las obligaban, a punta de pistola, a su-birse en un coche junto a sus sicarios que las llevarían a una casa donde las esperaba el capitán Peña Rivera.

Las hermanas murieron a palos.

El 17 de diciembre de 1999, con una propuesta de la República Domi-nicana y apoyada por más de 80 países, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó el 25 de Noviembre como El Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer.

Les doy la bienvenida a un espectáculo lleno de emociones, ilusiones y sueños.

Un espectáculo titulado El cuadrilátero que, estamos seguras, no os va a dejar indiferentes. Porque en él sus púgiles están dispuestas a des-nudar sus almas y a mostrar sus más íntimas esencias sin el menor pudor.

Durante siglos las mujeres han sido hijas obedientes, esposas resignadas y madres abnegadas. De ellas se sabe que cocinan, que limpian, que planchan, que cuidan, que sufren… Pero poco se sabe de sus muchos combates:

Contra sí mismas. Contra la desigualdad. Contra la dependencia. Contra el miedo.

(6)
(7)

Primer combate

concha.– Primer combate de la noche. La madre, de 60 años, ha reci-bido una educación tan rígida que, para ella, cualquier demostración de cariño es considerada un signo de debilidad y, por supuesto, le importa mucho más el qué dirán que la felicidad de sus propias hijas. La hija mayor, administrativa, 39 años y ocho de casada, hace ya mucho

tiempo que olvidó sus sueños.

La hija pequeña, 33 años, trabajadora social, impotente ante lo que ve y no puede cambiar.

ConCha abandona el escenario.

escritora.– (Escribe. ) La extorsión, el insulto, la amenaza, el cosco-rrón, la bofetada, la paliza, el azote, el cuarto oscuro, la ducha he-lada, el ayuno obligatorio. (Para y escribe.) La prohibición de salir, la prohibición de decir lo que se piensa, la prohibición de decir lo que se siente y la humillación pública son algunos de los métodos de peni-tencia y tortura en la vida de la familia. (Para y escribe.) Para castigo de la desobediencia y escarmiento de la libertad, la tradición familiar perpetúa una cultura del terror que humilla a la mujer, enseña a los hijos a mentir, y contagia la peste del miedo. (Para y escribe). Los de-rechos humanos deberían empezar por casa.

aurora lleva a ana la funda el antiguo traje de novia de pilar, con él dentro.

aurora.– Mira qué te traigo. ¿Dónde lo colgamos? ¿Ahí? Niña, ayú-dame. (Cuelga el vestido en un tendedero.) Aquí, que no arrastre, con el dineral que me he dejado en el tinte, solo falta que se ensucie. (Observa el vestido orgullosa.) Qué bonito es, ¿verdad? Y no está nada pasado de moda. Tú estás un poco más llenita de lo que estaba tu hermana, pero no creo que se note.

ana.–No pensarás que me voy a poner ese vestido… aurora.–Anda, pruébatelo a ver qué tal te queda. ana.– Que no, mamá.

aurora.– ¿Por qué no? ¡Si está nuevo!

(8)

aurora.– Mira, Ana, ya que la ceremonia no es lo que tiene que ser, por lo menos ten unas fotos decentes.

ana.– Que no, mamá. Que no me voy a casar yo hecha una mamarra-cha. Perdona, Pilar… Mamarracha… Quiero decir… Que el vestido no es mi royo…

aurora.– ¿Pero qué royo? ¿Qué royo? ¿No te acuerdas de lo preciosa que iba Pilar, con esa carita de ilusión? Anda Pilar, no te pongas triste. Tú lo que tienes que hacer es arreglarte con Antonio. Y volver a tu casa.

ana.– ¡Y una mierda! Lo que tendría que hacer es separarse y pedir una orden de alejamiento.

aurora.– No digas estupideces.

ana.– Mamá, no las digas tú. Cuando una mujer tiene que salir co-rriendo de su casa es porque está mejor sola.

aurora.– Una mujer nunca está mejor sola. Además, ¿qué sabes tú de lo que pasa entre Pilar y Antonio?

ana.– No, yo sí que lo sé. La que no lo sabes eres tú. O no te quieres enterar. ¿Por qué no nos lo cuentas, Pilar? ¿Qué son todas esas caí-das de los partes de urgencias? ¿Cuántas veces te has caído por la escalera? ¿Qué pasa? ¿Que no miras por dónde vas? ¿O qué coño pasa, Pilar?

aurora.– Deja tranquila a tu hermana, ella sabrá lo que tiene que hacer. Si no vas a ponerte el vestido, me lo llevo y se acabó.

ana.– ¿A qué estás esperando, Pilar? ¿A que sea demasiado tarde? aurora.– Déjala en paz, caray. Nadie te ha pedido tu opinión.

ana.– ¡Te estoy hablando de que tiene varias tendinitis, desgarros mus-culares, pérdida de visión de un ojo…! ¡Que ese hijo de la gran puta le destrozó un riñón de una patada!

aurora.– ¡Cállate, Ana! Pilar.– ¡Callaros las dos!

pilar, en un arrebato, coge el vestido y lo lanza al vacío. aurora se acerca a ella y

le toca un hombro.

aurora.– Pero hija…

Pilar.– No me toques, mamá.

(9)

Si amas, tendrás SIDA. Si fumas, cáncer. Si respiras, contaminación. Si comes, colesterol. Si bebes, accidentes. Si hablas, desempleo. Si piensas, angustia. Si dudas, locura. Si sientes, soledad.

Los que trabajan tienen miedo a perder el trabajo y los que no trabajan a no encontrarlo. Los que no tienen miedo al hambre lo tienen a la comida. La democracia tiene miedo a recordar y el lenguaje tiene miedo de decir. Los civiles tienen miedo a los militares, los militares a la falta de armas, las armas tienen miedo a la falta de guerra. Es el tiempo del miedo.

(10)
(11)

Segundo combate

concha.– Segundo combate de la noche: Pasamos directamente a la publicidad. Esos anuncios tan de anuncio, tan perfectos, tan bonitos, tan instructivos. Esos anuncios que anuncian productos no sólo adecuados sino, también, necesarios para la felicidad de las mujeres. Esos anun-cios que tanto nos gustan y que tanto bien nos hacen.

ConChasale. Entra Bea de las Clínicas Smith con dos actrices que servirán de

mo-delos. Una de ellas, maBel, lleva una peluca.

bea.– Querida amiga, hoy te vamos a convertir en la mujer perfecta: joven, hermosa, esbelta, buena madre y perfecta esposa

Pilar y mabel.– (Al unísono.) ¡CÓMO ME PONE LA LAVADORA! bea.– Y si tienes tropecientos años, no te preocupes. En clínicas Smith

tenemos una solución para cada uno de tus problemas. Llama ya al 902-333-333 y por sólo 49.95 € tendrás la crema de extracto de es-perma de dinosaurio que hará de tu cutis el de una chica de veinte años. Llama ya. Y si llamas ahora, te regalamos el kit de maquillaje Jane Fonda, un kit para actrices profesionales.

Pilar.– ¿Quién dijo que el recorte es malo? ¿Quién dijo que el recorte quita posibilidades?

Aquí el recorte es bueno, el recorte te sacará de la crisis. De esa crisis personal que te está matando.

Aquí recortaremos todo lo que te hace infeliz, eso que hace que te sien-tas una rata de alcantarilla y no una mujer.

Con nuestros bisturís láser (diseñados en la NASA) recortaremos lo que sobra por aquí, lo que sobra por allá… Ese balón de fútbol que cuelga de la punta de tu nariz, esas orejas de soplillo que más que las del príncipe Carlos parecen las de Dumbo… Además, con esta tecnología punta, no te dejaremos esas horribles marcas que afean tu cuerpo. Pero ojo: en Clínicas Smith el recorte no lo es todo, aquí también ponemos: ¡Silicona por aquí! ¡Silicona por allá! ¡Silicona por…! Y hasta ponemos algún centímetro para que midas lo que miden las mujeres de verdad.

(12)

No lo pienses más porque si lo piensas se te freirá el cerebro y olvidarás como se cocina el huevo frito que tanto le gusta a tu hombre, ese que te hará sentir mujer, mujer.

bea.– Por sólo 399.95 céntimos y en una sola operación sin anestesia te pondremos un cuerpo divino. Tip, tip, tip… No llamas.

beaempieza a ponerse nerviosa.

No llamas. ¡Llama ahora! Es muy fácil, hasta tú puedes recordar el nú-mero: 902-333-333. Llama y serás la envidia de tus amigas, tus com-pañeras de trabajo, tus vecinas… ¡Todas las mujeres! ¡¡¡Llama ya!!! mabel.– Mentira, todo eso es mentira, no hagáis caso de lo que ellas

dicen.

Lo importante de una mujer no está en el cuerpo, no estar en quitar y recortar por aquí y por allí. No, definitivamente no.

Lo importante de una mujer está aquí, en su cabeza; ahí es donde hay que poner la atención, ahí es donde debes fijarte para cambiar aquello que te hace tan desgraciada. Por eso en Clínicas Smith te ofrecemos los mejores tratamientos capilares. Aquí encontraras nuestro ma-ravilloso champú elaborado especialmente para tu caso específico. Con solo unos cuantos lavados comprobarás el resultado, tendrás un

(13)

cabello suave y sedoso que te podrás peinar a tu gusto. Y lo más im-portante: a gusto de tu hombre, ese hombre que te hará feliz y con el que tendrás unos niños preciosos.

maBel tira la peluca.

No lo dudes más, ven a poner esa cabecita en nuestras manos y compro-barás donde está realmente lo importante, donde tienes que poner toda, absolutamente toda tu cabeza.

bea.– (Con un enfado cada vez más evidente.) No llamas. Tú no llamas. Mira que te lo tengo dicho… Con esa cara de pasa que tienes, y ese culo como un pandero de grande, y esa papada de sapo en celo. Pues no es mi problema: es tu problema. Y ahora la última oferta de Clínicas Smith: te pondremos un culo y unas tetas divinas.

(14)
(15)

Tercer combate

concha.– Tercer combate de la noche: La moda.

Esas pasarelas llenas de glamour en las que las mujeres exhiben sus cuerpos, ¿qué digo sus cuerpos? Sus magníficos y esbeltos CUER-PAZOS.

Es muy importante seguir las modas, sí, claro que sí. Está muy bien visto vestir bien. Bueno… Vestir ni más ni menos que como mandan los cánones. Es muy conveniente, para seguir la tendencia, ponerse siempre lo adecuado para cada ocasión y cada circunstancia.

ConCha sale. Entra una narradora.

narraDora.– ¿Te han maltratado? ¿Vas a juicio?

¿No sabes qué ponerte?

Falda corta ni se te ocurra. Nada de ropa de diseño. Cuidado con los abalorios: esas pulseras, esos pendientes ¡Cómo se te ocurre ponerte esos pendientes!

¿Cómo tiene que vestir una mujer maltratada para presentarse ante un juez sin despertar sospechas? Túnica hecha con tela de saco, hábito morado con cinturón amarillo o, tal vez, con alpargatas…

Os relato un hecho real:

Mientras está diciendo el siguiente texto entra latifa con gorra, gafas oscuras y

pen-dientes grandes y se sube a un módulo. Primero se contonea unas tres veces y luego, mientras dicen el texto, dirige la mirada hacia abajo y pone cara de compungida.

Latifa, una joven que viste pantalón negro, camisa blanca, lleva una gorra, gafas de sol y enormes aros en sus orejas; Acudió al juzgado y denunció a su marido por maltrato. El juez Francisco Pauli Collado, del Juzgado 23 de Barcelona, puso en su sentencia:

Latifa vistió en los tres días que duro el juicio de forma peculiar, con espectaculares pendientes y cada día de forma diferente.

Y además dijo que no daba el perfil de mujer maltratada. La sentencia: el maltratador fue absuelto.

(16)

Salen. Suena música de velada nupcial que anuncia la entrada de la novia 1, de

unos sesenta años, y la novia 2, de treinta y pico.

novia 1.– Sí, yo también soy tan feliz, que no sé si estoy… O si estoy triste… Estoy como tonta.

novia 2.– Hoy, que es el día que nos casamos…

novia 1.– Sí… ¡Pero no juntas, eh! Cada una se casa con el suyo. novia 2.– Sí, cada una por su lado… Lo que quería decir era… Que

ahora que sé desde lo más profundo de mi corazón lo que es real-mente la alegría, la felicidad, la suerte, no sé… Dios… Es como si tuviera aquí dentro unas mariposas que me hacen cosquillas, como si quisiera salir volando…

novia 1.– Yo, no sé… Yo es como si estuviera por encima de las nubes. Flotando ¿no? Y por encima de las nubes también… Como si hubiera un caballo blanco también… Flotando. Comiéndose trozos de nube que se encuentra ahí.

novia 2.– No he comido nada en todo el día…

novia 1.– A mí me duelen los zapatos y no me he dado ni cuenta… novia 2.– No se puede explicar con palabras. Sólo sabes que eres feliz,

feliz, feliz...

novia 1.– Sólo esperas ese momento en el que lo verás entrar… Con ese perfume que se pone que te pone la carne de gallina…

novia 2.– Me mareo… Me mareo…

novia 1.– Y dices: tanta gente se queda sola… novia 2.– Me mareo...

novia 1.– Y las piernas, que no las… novia 2.– Me mareo…

Suena un órgano eclesiástico. Ambas se preparan y representan la ceremonia: hacen el desfile de entrada y dan el sí quiero de forma descontrolada.

novia 1 Y 2.– Sí, sí, sí, sí…

Vuelve a sonar música y se entregan los regalos típicos y bobos de las bodas. Finalmente, exhaustas, vuelven a sentarse.

novia 1.– Sí, yo también soy tan feliz, que no sé si estoy… O si estoy triste… Estoy como tonta.

(17)

concha.– Cuarto combate de la noche: esas pequeñas cosas. Me refiero a esas cosas del día a día… ¡Qué sé yo! Esas pequeñas cosas sin importancia de la vida cotidiana. Me refiero a expresiones, comenta-rios, maneras de hablar, gestos… En definitiva, detalles tontos e in-significantes, pero con una gran carga de profundidad, y que cuando te das cuenta de que no son precisamente inofensivos es cuando te sale de dentro, con rotundidad y contundencia eso de: ¡anda y que te zurzan!

ConCha sale y entras las Claudia, isaBel y pilar.

clauDia.– Os voy a contar lo que me pasó el otro día. Iba yo perdida por la calle y venía un señor de frente y le pregunto: «Por favor donde está la calle tal», y él me contesta… (Se pone de pie y comienza a tocarse un imaginario paquete de forma explícita.) Por allí de frente y luego gira a la derecha. (Se sienta. Pausa.) Me quedé perpleja. Preguntándome que le hubiera parecido a ese amable caballero que yo le contestara… (Se pone de pie y comienza a tocarse el cuerpo, haciendo especial hincapié en los pechos y la entrepierna.) Muchas gracias, caballero. Es usted todo un dandy.

isabel.– Pues fijaros. Yo ayer mismo quedé con un amigo para tomar una copa y mi amigo tenía un catarro del copón. Bueno, entramos en el bar de abajo donde yo siempre voy a tomarme un whisky. ¡Todas las tardes, eh! Le pedimos al camarero un whisky y un vaso de leche bien caliente. ¿A quién diréis que puso el camarero el whisky? Se lo puso a él. Y a mí me puso el vasito de lechecita caliente. ¿Qué os parece? Gracioso, ¿no? (Comienza a reírse de forma compulsiva.) ¡Es que me hizo una gracia! (Se ríe cada vez más.)

Pilar.– ¿Te pongo la mesa? ¿Te pongo la lavadora? ¿Te quito el polvo? ¡Es tan mono!

clauDia.– ¿Te pone la mesa? Pilar.– Sí.

(18)

isabel.– ¿Pone solo tu ropa en la lavadora? Pilar.– No…

clauDia.– ¿Te quita el polvo? isabel.– ¿O te echa un polvo?

Pilar pone cara de compungida. De repente, se levanta y empieza a bailar mientras canta.

P

ilar

.– Me pone la mesa. Me pone la lavadora.

Las dos amigas se unen al canto y al baile.

lastres.– Y me quita el polvo.

Me pone la mesa. Me pone la lavadora Y me quita el polvo. Me pone la mesa. Me pone la lavadora Y me quita el polvo.

El baile y la canción finalizan. Las tres actrices entonan una oración. Virgencita, virgencita, líbrame de los igualitarios, que de los machitos

(19)

Quinto combate

concha.– Quinto combate de la noche: las despedidas. ¿Quién no sabe algo de las despedidas? Porque las despedidas siempre tienen ese punto de tristeza, ¿o no? ¡Qué tristes son las despedidas! ¿Verdad? Sobre todo, cuando más que despedidas son despidos en toda regla y sin derechos laborales.

Despidos de esos de: «Ahí tiene usted la puerta, váyase a la calle y cá-llese.»

ConCha abandona el escenario. RR.HH. está sentada a una mesa. Tiene un

mon-tón de papeles, a los que está echando una ojeada. Al otro lado de la mesa, hay una silla vacía. Llaman a la puerta. Aparece leonor, en la treintena.

leonor.– Hola, buenos días.

RR.HH.– Buenos días, Leonor. Pase, pase.

leonor.–No entiendo qué pasa. Mi ordenador no funciona, no puedo introducir mi usuario y Germán me ha dicho que venga a hablar con usted.

RR.HH. muestra una sonrisa.

RR.HH. Bien, Leonor, no tiene de qué preocuparse.

leonor saca su móvil

leonor.– Me gustaría grabar esta conversación.

RR.HH. cambia de expresión completamente. Se acomoda en su silla. leonor

busca la aplicación en su móvil.

RR.HH.– ¡Por favor, sólo es una charla informal! Me ofende su des-confianza. Además, necesita mi consentimiento. Haga el favor de apagarlo.

leonor.– No, no lo necesito. Vamos a hablar sobre mí, no sobre usted, no vulnero su derecho a la intimidad.

(20)

leonor.– ¿O me voy de nuevo a mi mesa? Vale, de acuerdo. Yo no quiero tener esta conversación. No quiero que me echen.

leonor se levanta dispuesta a irse.

RR.HH. Siéntese. ¡Leonor, siéntese! Si se cree que así se acaba todo, que con esta pataleta de colegiala nos vamos a olvidar del asunto, demuestra que es usted muy ingenua. Vamos a tener esta conversión. Es usted quien decide dónde: aquí, en este despacho, en privado, o fuera, en su mesa, delante de todos sus compañeros.

leonor se sienta a regañadientes.

leonor.– Si no me deja grabar esta conversación supongo que tiene algo que ocultar. Además, si esto es ilegal, según usted, también lo son las cámaras de los pasillos.

RR.HH. traga saliva.

(21)

RR.HH.– Lo está haciendo más complicado para usted. No creo que en su estado sean convenientes estos sofocos.

leonor.– ¿Mi estado? ¿Qué estado? ¿Mi embarazo? ¿Ahora se preo-cupa por mi embarazo?

RR.HH.– Vamos a ver, Leonor, esto no es nada personal. Usted sabe, al igual que toda la plantilla, que la empresa está en pérdidas. Nada nos complacería más que mantener todos los puestos de trabajo, pero no es posible.

leonor.– Ya, claro, no es posible. Y las que nos vamos primero somos las mujeres.

RR.HH.– ¡Eso no es cierto! Aquí hay muchas mujeres.

leonor.– Ya. Si no estás embarazada o tienes un bebé, no hay por qué preocuparse.

RR.HH.– Señorita Leonor, está confundida, no se debe al embarazo sino a otras consideraciones. Estamos en una situación de pérdidas y hay un alto número de quejas sobre su efectividad. Parece ser que desde hace un tiempo su trabajo es deficiente y se ausenta en exceso de su puesto.

leonor.– Eso es mentira. ¿Quién lo ha dicho? RR.HH.– Compañeros.

leonor.– ¿Qué compañeros?

RR.HH.– Como comprenderá no le voy a dar nombres. Pero ha habido quejas de que se toma demasiados descansos para un café… Y en ir al baño.

leonor.– Demuéstrenlo. No pueden porque no es cierto.

RR.HH.– ¿Pretende hacerme creer que no va más al baño ahora que hace tres meses?

leonor.– Entonces sí que me echan por mi embarazo.

RR.HH.– Yo no he dicho eso. Y además, no tenemos que demostrar nada. La ley nos ampara y si no opina lo mismo, pues nos veremos en el juicio, si es que encuentra un abogado que quiera denunciarnos. leonor.– He trabajado aquí tres años. En el mejor de los casos cobro lo

mismo que mis compañeros hombres mientras que trabajo el doble. Es cierto que la empresa no está en su mejor momento, pero yo he mantenido todas mis cuentas y he ganado alguna más, mientras que hay compañeros que las pierden día a día.

(22)

RR.HH.– Verá, comprendo que esté molesta, pero no lo mire por el lado malo, como si todo fuese negativo. En realidad, es una oportunidad. Es un buen momento para replantearse qué quiere hacer con su vida. Puede cuidar de su bebé.

leonor.– ¿Pretende que les dé las gracias? Voy a demostrar que esto es discriminación y lo voy a hacer en los tribunales, si hace falta, y en los medios de comunicación. Tengo pruebas.

RR.HH.– ¿Pruebas? ¿Qué pruebas? ¿Que está embarazada y la despe-dimos? ¿Qué ha pasado lo mismo con el resto de sus compañeras que han decidido ser madres? ¿Sabe cuántas empresas funcionan así? ¿Y ampararse en la opinión pública? Adelante, pregunte a sus amigos, a ver a cuántos les parece razonable esta medida, cuántos la comparte y cuántos admiten que harían lo mismo si fuesen empresa. ¿No le parece raro que ninguna de sus compañeros no nos haya denunciado si es tan fácil vencernos?

leonor.– Me da igual lo que haya hecho el resto. Me da igual si a ellas les venía bien el dinero, el tiempo libre o el cambio. Yo necesito este trabajo. Necesito mantener a mi bebé. Y voy a demostrar que esto ha sido improcedente, además de inmoral. Soy la tercera mujer embara-zada que se despide en esta empresa en lo que va de año.

RR.HH. le pasa unas hojas.

RR.HH.– Léalo si quiere y firme abajo, por favor. Si acepta, podemos incrementar la indemnización a 24 días por año, como muestra de nuestra buena voluntad.

leonor mira las hojas.

RR.HH.– Espero que le vaya muy bien en la vida. leonor.– Me voy a llevar a mis clientes.

RR.HH.– ¿A dónde? ¿Al paro?

leonor.– Puedo hacer que se vayan a la competencia. Yo los he man-tenido aquí, puedo hacer que se vayan. Quizás no a todos, pero sí a algunos. Puede que incluso alguno importante.

(23)

leonor.– Puede. También puede que sólo se quedasen conmigo por consideración. Y puede que del mismo modo que vinieron conmigo, también se vayan.

RR.HH. se muestra algo preocupada.

leonor.– Da igual, dentro de poco van a comprobar quién se ha echado un farol.

(24)
(25)

Sexto combate

concha. - Hay un momento para cada cosa y éste es el momento de la familia.

¿Qué pasa con la familia?

¿Sigue existiendo la modélica familia española?

Pues no. Por supuesto que no. Afortunadamente no. Ahora lo que exis-ten son diferentes modelos de familia.

Sexto combate de la noche: ¡La familia!

concha sale y en escena Ángela y loli guardando cola con maica. Ángela.– ¡Siguiente!

loli.– Hola, buenos días.

Ángela.– Buenos días, ¿Qué desea?

loli.– Quería solicitar la pensión de viudedad. Ángela.– Nombre del marido.

loli.– No es mi marido, es mi mujer, Matilde Linares Zubizarreta.

Entra una Gloria.

gloria.– Hola buenos días. (A maiCa.) ¿Lleva usted mucho tiempo

es-perando?

maica.– Pues no, no llevo mucho tiempo, pero esto parece que va para largo.

gloria.– Es que llevo prisa. He salido un momento del trabajo y qui-siera volver… ¡A ver si me da tiempo!

maica.– Si tiene prisa... En fin, yo no tengo mucha prisa pero sí que me corre mucha urgencia consultar una serie de cosas. Es que somos una pareja de lesbianas que tenemos dos hijos y queremos saber, si fallecemos una de las dos, qué contempla la ley al respecto.

gloria.– Pues usted no lo parece. maica.– ¿Que no parezco qué? gloria.– ¡Lesbiana!

(26)

gloria.– ¿Quién? ¿Yo? ¡No, no! Yo no. Yo vengo a reclamar la pensión alimenticia de mis hijos, que su padre últimamente solo les pasa la mitad.

maica.– ¿Es usted separada?

gloria.– Pues no. Mire, yo llevo ya divorciada como diez años. Pero no me divorcié por insultos, ni gritos, ni platos rotos... ¡No hubo ni cuernos! Pero un día llegó y me dijo que tenía sucia la ventana por fuera. Se puede imaginar... Trabajando fuera de casa, dentro de casa, los niños, la compra... Vamos... Ya le dije: «¡Es que sólo me ha fal-tado hoy hacer la fachada!» Y fíjese usted, una cosa que parece tan insignificante a mí me llegó al alma; porque si una persona te dice eso con siete años de casados, ¿qué te dirá con diez, quince...? Bueno, ¡a veinte ni llego! Yo no supe ver El encaje roto como la protagonista del cuento de Emilia Pardo Bazán pero sí vi la ventana sucia y dije: ¡anda, ahí te quedas! Cogí a mis hijos y me fui.

maica.– ¡Muy bien hecho, sí señora! Y por cierto… ¿Qué es eso del encaje roto?

gloria.– Pues es un...

Ángela.– ¡Huy! ¡Ese cuento me lo sé yo! Yo lo he leído... Cuenta la historia de una mujer de clase alta, de muchísimo dinero, que dejó al hombre plantado en el altar. ¡Era la boda del año! Se iban a unir dos familias, las más ricas de la provincia. Los novios estaban enamora-dísimos… Venía el obispo a casarlos…

Estaba en la Iglesia toda la alta burguesía de la provincia. La novia espectacular, con un vestido blanco clásico pero adornado ¡con una cola de encaje…! Una maravilla. Esa maravilla perteneció a la familia del novio durante generaciones y Bernardo se la había regalado como prueba de su amor. De pronto el encaje se enganchó. Micaela tiró con muchísimo cuidado, pero a pesar de ello el viejo encaje se des-garró. Cuando pudo recuperarse del susto miró a Bernardo y lo que vio en su rostro la dejó helada: una mirada llena de ira y desprecio, la boca contraída a punto de insultarla. Y en ese momento Micaela comprendió la vida que le esperaba al lado de ese hombre. Y decidió pronunciar un rotundo ¡NO!

maica.– ¡Muy bien hecho! ¡Muy bien! Ángela.– Nombre del marido.

(27)

Séptimo combate

concha.– No es lo mismo.

No es lo mismo casi que Casimiro.

No es lo mismo la calle de Bárbara de Braganza que las bragas de Bár-bara en la calle.

No es lo mismo el amor en los tiempos del cólera que el amor con el tiempo da cólera.

No es lo mismo un huerto, que un huerto bien regado.

No es lo mismo todo el campo es orégano que todo el campo es orgasmo y, obviamente, no es lo mismo una clase de arreglo floral que una clase de educación sexual.

ConCha sale. Tres mujeres entran a escena, una de ellas considerablemente más

mayor que las otras dos.

mujer 1.– ¡Hola! ¿Venís de la clase de sexualidad? ¿Os lo habéis pa-sado bien? ¿Qué tal?

anciana.– A mí me ha gustado. No está mal.

mujer 3.– ¡Qué sofoco he pasado! Si lo sé no vengo. mujer 1.– ¿Por qué?

mujer 3.– (Señala a la anCiana.) Por culpa de esta que me ha dicho:

«¡Acompáñame, acompáñame!» Yo no sabía ni a lo que venía, y por acompañarla, pero hija… ¡Qué sofoco he pasado!

anciana.– ¡Ay, sofoco! Pero hay que ver algo… ¿no? mujer 1 .– Y sofoco, ¿por qué?

mujer 3.– ¡Ay, hija! Porque a mí me da mucho corte todas esas cosas que hablan de la sexualidad. Me da mucho corte lo del sexo que quie-res que te diga.

anciana.– Hay que aprender, digo yo.

mujer 1.– Pero vosotras sois casadas, ¿verdad? anciana.– Sí.

mujer 3.– ¿Yo casada? Yo no. Yo no he conocido varón. (Señala a la anCiana.) Ella, ella. Que está viuda.

anciana.– Sí, bueno. Pero, ¿por qué preguntas?

mujer 1.– Que ya habréis tenido vuestros orgasmos, ¿no? Ya sabréis de qué va el asunto.

(28)

mujer 3.– ¿Que en tu época no se llevaba? anciana.– No.

mujer 3.– Pues en la mía tampoco. Tú verás, ¡yo! Que me he criado con monjas. Por Dios. Todo era pecado…

mujer 1.– No, si se nota…

mujer 3.– Quita, quita… No se hablaba nada de sexualidad. anciana.– Es que estaba prohibido eso de hablar cosas… No… mujer 3.– Era tabú. ¡Tabú!

anciana.– Tabú, tabú. mujer 3.– Tabú.

mujer 1.– Pero bueno, en definitiva, habéis tenido algún orgasmo en la vida ya, ¿no?

mujer 3.– ¿YOOOOOOO? Quita, por Dios. Que no, que no. anciana.– Yo no lo he conocido, chica. Yo sé… nada. Es que nada. mujer 3.– Y si ella que ha estado casada no lo ha conocido, fíjate yo que

no conozco varón.

mujer 1.– Pero chicas es que eso no puede ser. anciana y mujer 3.– ¿Por?

mujer 1.– Porque eso es necesario para la salud. Para la artrosis. Para la circulación. Para el buen carácter…

mujer 3.– ¿Para la artrosis? mujer 1.– Para todo.

anciana.– Con la artrosis que tengo yo…

mujer 3.– Ahora me explico por qué tengo yo tanta artrosis.

mujer 1.– Es que no es todo ir a misa, hija. Es que hay que hacer otras cositas.

anciana.– Si una lo hubiese sabido, Dios mío…

mujer 1.– ¿No habéis visto esos juguetitos que hay ahora? anciana.– No, no. Yo no.

mujer 3.– Yo no. (A la anCiana.) ¿Tú?

LA anciana.– No, no. Yo no. Qué va.

mujer 3.– Juguetitos. ¿A qué te refieres? A ver…

mujer 1.– Pues no sé, esas cosas que decías antes en clase. Que habías visto unos…

(29)

mujer 1.– ¡Pues ya lo dice! Unos juguetes extraordinarios que para no-sotras las mujeres… Uf… Son fantásticos. Por ahí tenías que empezar. mujer 3.– ¡Bueno, bueno, bueno...! No conozco varón, ¿y voy a tener un

juguetito? Anda, anda, anda... ¡Por Dios! Que me da mucho corte… mujer 1.–Vamos a ver. Aunque resulte repetitiva. Eso es absolutamente

necesario para nuestra salud. ¡MujerES! Porque todo mejora. Me-jora todo. ¡Todo, todo, todo…! Es que, ¿cómo vais a estar sin eso? Os creéis que porque no hay un hombre ahí… el Brad Pitt que estáis esperando… ¿Para qué? Si tenemos estos dos. (Muestra su mano con los dedos Índice y Corazón levantados) Hijas mías, con estos dos ya tenemos bastante.

mujer 3.– ¿Y eso para qué?

mujer 1.– (Comienza a acariciarse el rostro con los dedos.) Tú empiezas… anciana.– (Mientras intenta imitarla.) ¿Así?

mujer 3.– Por el cuello.

Comienza a acariciarse el cuello. La anCiana la imita.

(30)

mujer 3.– Por aquí…

Comienza a acariciarse los pechos. La anciana la imita. La mujer 1 comienza a bajar hacia su sexo. Al verla, la mujer 3 se santigua com-pulsivamente y la anciana comienza a reírse.

mujer 1. - Y cuando llegas… al garbancito… Entonces ya con un po-quito más de ritmo. (Comienza a hacer como que se masturba. Para.) Y luego lo demás va todo seguido. Ya verás, entrégate.

anciana.– Qué adelantada estás tú, ¡Dios mío!

mujer 3.– (A la anCiana.) Esto para ti, que te gusta aprender. ¡Ala!

mujer 1.– Y si no… Pues los aparatitos de los que hablabas tú. mujer 3.– ¡No, no, no! Yo no.

mujer 1.– Pues deberíamos ir un día a un sex shop. mujer 3.– ¿Qué es un sex shop?

mujer 1.– Pues uno de esos sitios donde venden los juguetitos.

anciana.– Yo es que no sé de qué estáis hablando. No, no... A mí que me registren.

mujer 1.– Pues nada, ¡nos vamos un día al sex shop!

anciana.– Es que no sé si estáis hablando de no sé qué o no sé cuántos… De esto o de lo otro... A ver si vais a estar hablando de… (La anCiana

saca un consolador enorme del bolso, uno de esos que tienen otra extensión para la masturbación.) ¿DE ESTO?

(31)

Octavo combate

Dos mujeres con el torso desnudo en escena. Cada una lleva a su bebé en brazos.

Avanzan lentamente hasta colocarse frente al público.

mujer 1.– Vínculo. mujer 2.– Soledad. mujer 1.– Confianza. mujer 2.– Incertidumbre. mujer 1.– Placer.

mujer 2.– Grietas. mujer 1.– Alegría. mujer 2.– Miedo. mujer 1.– Satisfacción. mujer 2.– Tensión.

Se ponen en marcha lentamente. Poco a poco, incrementan la velocidad. Deambulan cada vez más rápido, sin rumbo fijo. Tras un rato, se paran en seco, se encuentran. Se sonríen.

(32)
(33)

Noveno combate

Mostrador de una farmacia y su farmaCéutiCa. Entra Carmen, una clienta

habi-tual, cuando la farmacia está a punto de cerrar.

Farmacéutica.– ¡Hola, Carmen!

carmen.– ¡Ay! Buenos días, buenos días. ¿Qué tal?

Farmacéutica.– ¡Cuánto tiempo hacía que no te veía por aquí!

carmen.– Es que últimamente, hija… ¡Que se me ha muerto el marido! Que me he quedado viuda…

Farmacéutica.– ¡Ay madre mía! Pero, ¿qué dices? ¡Cuánto lo siento! carmen.– No lo sientas tanto. Como dice mi amiga Andrea, que se

quedó viuda antes que yo: «¡Mi marido subió al Cielo, y yo estoy en la Gloria!»

Farmacéutica.– Carmen, bendito ese humor que tienes. Así se debe-ría reaccionar ante estas situaciones tan difíciles en que nos pone la vida… Bueno, ánimo, ánimo… A ver, ¿en qué te puedo atender hoy? Que estoy a punto de cerrar.

carmen.– Es que han quedado medicinas de él. Tomaba tantas… De algunas no está abierta ni la caja… Si ves que se puede hacer algo… Farmacéutica.– Se podrá, porque con la que está cayendo… ¡Como está

la situación de la Seguridad Social! Yo te hago aquí un apañito, no te preocupes.

carmen.– Me alegro, hija, me alegro. ¡Cómo nos entendemos!

Farmacéutica.– Es que las mujeres nos tenemos que entender siempre, siempre, Carmen. Esto es lo que hay que hacer, con medicinas y sin medicinas. Te las puedo cambiar por otra cosa. ¿Quieres algo para el pelo?

carmen.– ¡Pues mira qué bien me viene! Que parece que no, pero se me ha caído un poco. Claro, con tanto…

Entra Belinda, una chica joven en la farmacia.

belinDa.– ¡Hola! ¿Qué tal? Llego a tiempo, ¿no? Farmacéutica.– Ah, sí.

belinDa.– (Rápido, a media voz y con una vergüenza evidente.) Venía a por unos condones.

(34)

belinDa.– Sí, condones.

Farmacéutica.– Sí, perdona un momentito. Carmen, si no te importa, la atiendo a ella antes.

carmen.– Atiéndela, atiéndela, no tengo ninguna prisa.

Farmacéutica.– ¿Preservativos para sexo oral o para sexo con penetra-ción?

belinDa.– (Dudando y más avergonzada.) Pues… no sé. Normales.

Farmacéutica.– Eso de normales… Normales depende, hija mía. ¡Huy, cómo está el panorama! Verás. ¿Tú tienes novio o novia?

belinDa.– (Con un nivel de vergüenza cada vez mayor.) Lo normal, lo normal. Tengo novio.

Farmacéutica.– Entonces, vamos a ver… Perdona un momentito, Car-men, que voy a hablar con la chiquilla. ¿No te importa que te tutee? Verás hija, ¿tú cómo andas de orgasmos?

belinDa.– Normal, ¿no? carmen.– Chica, o sí o no. Farmacéutica.– Carmen.

Carmen no reacciona.

Farmacéutica.–¡Carmen!

Carmen sigue sin reaccionar.

Farmacéutica.– ¡¡Carmen!!

Carmen la mira.

Farmacéutica.– ¡Estás un poco sorda! carmen.– Pues mira, medio calva y sorda.

Farmacéutica . (Aparte a Carmen.) Lo normal dice… Yo creo que esta de

orgasmos poco.

carmen.– Eso me parece a mí. Tú y yo sabemos.

Farmacéutica.– ¡Es que es bueno para el cutis! (Vuelve a dirigirse a Be -linda.) ¿Tú conoces los preservativos de sexo oral? ¿Tu novio practica

(35)

Farmacéutica.– ¡En los tiempos que corren…! ¿Pero qué novio tienes tú? Yo que te veo así, tan modernilla, ¡hay que espabilar! Vamos a ver… (La farmaCéutiCa busca algo detrás del mostrador.) ¡Vaya! No me

han traído el pedido de los preservativos de sexo oral para que prac-tiques. Pero mientras tanto, por si te ves en un apuro, te voy a expli-car… (La farmaCéutiCa sigue buscando.) ¡Carmen, ven acá! Que ahora

que estás viuda, hay que estar en todo. (La farmaCéutiCa comienza a

manipular un preservativo mientras explica.) Ves, sacas el preservativo. Lo pones tú, lo pone él. Hay que usar preservativo siempre, Carmen. A ver, joven, sujeta por ahí, lo cortas por la mitad, lo abres, y enton-ces queda como un cuadradito. (Enseña lo que ha quedado a Carmen y

Belinda.)Y luego ya, cuando compres los buenos… ¿Cómo andas de

masturbación? Que digo yo que eso sí lo practicarás, aunque sea sin tu novio, que para eso no necesitas novio ni novia.

belinDa.– Bueno... sí.

Farmacéutica.– No me digas que también andas un poquito flojilla en eso.

carmen.– ¡Pues hay que ponerse al día, porque te va a costar lo suyo! Farmacéutica.– ¿No te importa que yo te explique alguna cosilla?

No deja que Belinda conteste.

Farmacéutica.– ¡Pues vamos allá! Estamos como en familia. Como ya estoy a punto de cerrar y no hay nadie, y Carmen es como mi her-mana, y nosotras como si fuésemos tus tías… ¡Mira!

Saca de detrás del mostrador una vulva de gran tamaño, Carmen se echa las manos

a la cabeza sorprendida.

Farmacéutica.– Ya sabéis bien lo que es esto. Por cierto, ¿Cómo te lla-mas?

belinDa.– Belinda.

Farmacéutica.– Esto es una vulva, la tengo aquí porque a veces doy clases de vulva, no creáis que todos estamos puestos en la vulva. carmen.– ¡Tantos años que llevo viniendo y nunca me la habías

ense-ñado!

(36)

Carmen se acerca divertida y pícara, acariciándolo con la mano, la farmaCéutiCa

comienza su explicación.

Farmacéutica.– Tú empiezas. Es bueno para relajarte, para cuando tienes la menstruación… Bueno, para todo. ¿Cierto, Carmen? Que siempre es bueno recordarlo. Te acaricias, te tocas así, vas bajando… ¡Y una relajación que para qué quieres yoga! Es un ejercicio. Habría que hacer esto a cada hora.

A estas alturas, Carmen ya está acaloradísima, abanicándose con el pañuelo que se

ha quitado del cuello.

Farmacéutica.– Belinda, te voy a regalar una caja de preservativos, y pon a tu novio a trabajar, ahora que ya hemos conversado.

belinDa.– ¡Sabéis un montón! ¡Esto es fenomenal! Mañana vengo con mi hermana y con mi prima.

Se despiden efusivamente.

Farmacéutica.– ¡Adiós, bonita! Carmen, ¿sabes que te digo? Que nos vamos tú y yo a tomar un aperitivo.

Hace que recoge, pero no recoge nada.

carmen¡Mejor, mejor!

Carmen se suelta el moño.

Farmacéutica.– ¡Vamos, vamos!

(37)

Décimo combate

actriz 1.– ¡Qué manía tiene todo el mundo con llamar histéricas a las mujeres!

actriz 2.– Sí, pero tienen razón… ¡Estoy histérica!

actriz 1.– (Al público.) ¿Sabéis de dónde viene la palabra histeria? actriz 2.– La Histeria viene de la palabra griega hystera, útero. Los

griegos decían que el útero deambulaba por el cuerpo de la mujer causando enfermedades cuando llegaba al pecho. Es decir, que si el útero estaba infeliz, el corazón también. Todas las vírgenes, las mon-jas, las viudas y también las casadas sufrían de histeria.

actriz 1.– Todas las mujeres que tenían insatisfacción sexual sufrían de histeria... Y eran una amplia mayoría (por no decir casi todas). Y, ¿sabéis que se les recetaba el masaje de una comadrona?

actriz 2.– Durante siglos la histeria fue considerada una enfermedad, y para los científicos del siglo XIX se convirtió en un plato muy sa-broso...

actriz 1.– En definitiva, una enfermedad muy interesante con múltiples síntomas:

La aCtriz 2 hará con mímica los diferentes gestos.

actriz 1.– Desfallecimientos. Espasmos musculares. Respiración en-trecortada. Irritabilidad. Pérdida de apetito.

actriz 2.– Eso a mí no me pasa…

actriz 1.– Y esto es lo mejor: las pacientes diagnosticadas con histeria femenina debían recibir un tratamiento conocido como «masaje pél-vico».

actriz 2.– Oye a mí me está sonando algo eso de la histeria. Una pelí-cula que vi por ahí de un tal Doctor Charcot que realizaba hipnosis a las pacientes con histeria.

(38)

Las aCtriCes cogen dos marionetas. El doCtor CharCot y auGustine. Tras una

presentación en la que auGustine explica lo que le pasa y el doCtor CharCot, con

acento francés, le diagnostica la histeria, comienza la acción.

Doctor charcot.– Mire mis manos… ¡1, 2, 3 escondite inglés! augustine cae hipnotizada.

Doctor charcot.– Ahora escuche mis palabras, Augustine. Recués-tese en el diván y póngase cómoda. Voy a practicarle un masaje pél-vico hasta llegar al paroxismo histérico.

auGustine se recuesta y el doCtor CharCot empieza a masturbarla. Al principio

se pone tensa y denota gesto de rechazo, pero luego obedece.

Doctor charcot.– Eso es Augustine. ¡Tenemos que vencer a la histe-ria!

auGustine hace unos sonidos muy raros, hasta que empiezan a convertirse en

gemi-dos y, posteriormente, en un orgasmo.

Doctor charcot.– Muy bien, Augustine. A la de 3 va a despertar. ¡1, 2, 3! Abra los ojos.

augustine.– ¿Qué me ha pasado, Dr. Charcot? Estoy un poco confun-dida.

Doctor charcot.– Ha llegado usted a un increíble paroxismo histé-rico. Pronto estará curada, querida, pero debe continuar con el tra-tamiento. La enfermera le indicará cuándo tiene que volver. Adiós.

La marioneta de auGustine se va.

(39)

Undécimo combate

Dos escenarios diferentes. En uno un sofá. En otro una mesa alta tipo barra. Por el lado del sofá entra la aBuela. Lleva un iPad en una mano y en la otra un teléfono

móvil. Se sienta y llama por teléfono. Por el lado de la barra aparece marta cargada

de papeles. Los deja y contesta al teléfono.

la abuela.– ¿Marta? marta.– Hola, mamá.

la abuela.– Marta, ¿estás ahí?

la aBuela toquetea el iPad.

marta.– Sí, mamá, estoy aquí. la abuela.– Marta, ¿me escuchas? marta.– Mamá...

la abuela.– ¿Marta?

marta.– Mamá, ¿me escuchas?

(40)

marta empieza a ordenar los papeles.

la abuela.– Sí, Marta, te escucho. ¿Me escuchas tú? marta.– (Resoplando) Sí, mamá, te escucho.

la abuela.– ¡Marta! ¿Qué tal estás, hija?

marta.– Pues muy bien, mamá. Cansada, pero me pillas que acabo de/ la abuela.– Ay Marta, ¿a que no sabes qué?

marta.– Llegar a casa… No, no sé. ¿Qué pasa? la abuela.– ¡Me he comprado un iPad! marta.– ¡Vaya! ¿Y eso?

la abuela.– Pues porque todas mis amigas lo tienen, y he decidido que no voy yo a ser menos que ellas.

marta.– ¿Y qué tal lo llevas? ¿Te aclaras con él?

la abuela.– Pues sí... Bueno, no. Es que solo tiene dos botones, uno arriba y otro abajo, y no me aclaro. Vas a tener que venir un día a ayudarme.

marta.– Claro mamá, cuando quieras.

la abuela.– ¡Ay Marta! ¿A que no sabes qué más? marta.– No, mamá, ¿qué más?

la abuela.– He tenido que llevar a Carlitos al hospital, pero no pasa nada.

marta.– ¿Al hospital? ¿Está bien? ¿Qué ha pasado?

la abuela.– Sí, está bien, no ha pasado nada. Que le ha dado un ataque de alergia.

marta.– ¿Un ataque de alergia, mamá? ¿Cómo?

la abuela.– Sí, Marta, pero no ha pasado nada, ya está bien. Lo he llevado al parque a jugar y le ha dado, pero no pasa nada.

marta.– ¿Por qué llevas a Carlitos al parque a jugar, mamá? ¡Si sabes que tiene alergia!

la abuela.– Ay, hija, pues porque estaba en casa aburrida y necesitaba tomar el aire y me lo he llevado a dar una vuelta.

marta.– Mamá, pues te lo llevas al centro comercial.

la abuela.– Eso no es tomar el aire. Además que no, que al final Car-litos siempre acaba convenciéndome para que le compre algo y no. marta.– Pero si sabes que no puede salir al parque, mamá, no sé porque

siempre haces lo que te da la gana.

(41)

muy bien con nosotros y me ha dado las medicinas y se las he dado y ya está estupendamente, se acaba de quedar dormidito.

marta.– ¿Que encima no llevabas las medicinas del niño encima? la abuela.– No. Pero que ya está, está bien y dormidito. Ya se le ha

pasado, se ha portado muy bien. Y yo ya estoy descansando del día de hoy.

marta.– Ay, mamá, de verdad, no sé por qué has tenido que/ la abuela.– Bueno, Marta, y ¿a que no sabes qué más? marta.– Sacarlo a la calle... ¿Qué más, mamá?

la abuela.– ¡Que me voy de crucero con Alejandro! marta.– Ah... qué bien... y ¿quién es Alejandro?

la abuela.– Anda Marta, no seas tonta. ¡Que te lo presenté el otro día!

marta.– (Parándose a pensar.) Ya... ¿El del miércoles o el del jueves? la abuela.– El de la fiesta del sábado, Marta, que no te enteras. marta.– Ah... ¡Ah! Sí, ya sé. Qué bien ¿No?

la abuela.– Pues sí. Siete días con sus siete noches por el Mediterrá-neo: camarote exterior, excursiones contratadas y todo incluido. ¡Hasta la bebida!

marta.– Qué bien... ¿Y cuándo os vais?

la aBuela toquetea el iPad buscando algo.

la abuela.– ¡Ah! Pues espera un momento, que me lo he apuntado en el iPad, que para algo lo tengo. Espera, eh, Marta. No te vayas. marta.– Sí, espero.

la abuela.– No te vayas eh, Marta, que estoy buscándolo... marta.– No me voy, no.

la abuela.– A ver, un minuto eh, Marta. Que aún no manejo muy bien esto.

marta.– Sí, tranquila.

la abuela.– No te vayas, ¿eh? Que no tardo nada. marta.– Mamá que no me voy.

la abuela.– A ver si es esto. Marta, un minuto ¿eh? A ver... marta.– Que sí...

la abuela.– Esto no es. Esto... ¡Uh! ¡Dios mío! ¡Quita! Esto... ¡Uh! ¡Madre! (Pausa.) Bueno, que da igual, que me voy mañana.

(42)

la abuela.– Sí, mañana. (Cierra la tapa del iPad)

marta.– ¿Mañana que tienes que ir a buscar a Carlitos al cole y darle de comer, y volver a llevarle y recogerle y darle de cenar porque me voy a un congreso y Alberto vuelve tarde? ¿Ese mañana?

Pausa.

la abuela.– Sí, mañana de mañana.

marta.– ¡Mamá! No puedes irte mañana. ¿Qué voy a hacer yo con el niño?

la abuela.– Pues no sé hija, quedarte tú con él, que eres su madre. marta.– Te he dicho que tengo un congreso.

la abuela.– Pues que se lo quede Alberto. marta.– Alberto acaba de trabajar tarde, mamá.

la abuela.– ¿Y no puede pedirse horas libres para quedarse con el niño?

marta.– No, no puede.

la abuela.– Pues tú estás constantemente pidiéndotelas. marta.– Pero yo soy su madre.

la abuela.– ¡Y él su padre! ¿Tú puedes faltar al trabajo y él no? marta.– Su jefe y sus compañeros de trabajo no lo entenderían. A

Al-berto no le gusta que hablen sobre él.

la abuela.– Bueno Marta, pues alquiláis una canguro de esas por horas.

marta.– ¿Alquilar una canguro?

la abuela.– La contratáis, Marta. Que las canguros no se alquilan. marta.– Mamá, las canguros cobran una barbaridad, no puedo

permi-tirme tener a una con el niño un par de días.

la abuela.– Bueno, pues díselo a tu padre, que también es su abuelo. marta.– Papá no sabe ni freír un huevo.

la abuela.– ¡Pues que se lo lleve a comer por ahí!

marta.– ¿Durante tres días? Que luego el niño se pone malo, mamá. la abuela.– Pues no sé hija, ¿qué quieres que te diga?

marta.– Pues que no puedes irte, mamá. Si sabes que te tienes que que-dar con Carlitos entre semana no sé a santo de qué tienes que irte de crucero una semana, y encima avisándome hoy.

(43)

hijo es vuestro, si habéis tenido un niño que no podéis mantener es vuestro problema, no el mío.

marta.– Pero mamá...

la abuela.– Yo quiero mucho a Carlitos y me encanta estar con él, pero estoy harta de no hacer nada más que eso. El niño me agota. No puedo sacarlo a la calle porque todo le da alergia, vive en una burbuja dentro de casa todo el día, yo me aburro. Marta, yo ya no tengo edad de estar cambiando pañales y, por cierto/

marta.– Es que mamá...

la abuela.– Carlitos no tiene edad ya de seguir llevando pañales, por Dios, que tiene cinco años ya. Si tú y tu marido habéis tenido un hijo es porque habéis querido, así que ahora os toca apechugar con vuestra decisión.

marta.– ¿Pero de qué vas, mamá? Que el niño es tu nieto, que también tienes que cuidarlo tú. No sé por qué tienes que irte y avisando de un día para otro cuando te habías comprometido...

la abuela.– (Mientras hace ruidos con la boca.) ¿Marta? Marta no te oigo. marta.– Mamá, deja de hacer el payaso, por favor. Te habías

compro-metido...

la abuela.– (Continuando con los ruidos.) Marta, esto se está cortando, no te oigo bien.

marta.– ¡Mamá, escúchame!

la abuela.– No te oigo, voy a colgar. marta.– ¡Mamá ni se te ocurra!

la aBuela cuelga el teléfono. marta, enfadadísima, recoge los papeles y sale. la

(44)
(45)

Duodécimo combate

nuria y Carmen están sentadas en el salón de la casa de la Carmen. Carmen está

ocupada con el WhatsApp. Seguirá con el móvil, escribiendo, riendo de lo que lea e ignorando a su amiga durante toda la escena. nuria tiene un bol de palomitas y un

mando de televisión. Está muy contenta de estar con su amiga y de ver la nueva peli del último guapo.

nuria.– ¡Qué bien que estemos juntas después de…! ¿Cuánto hace?

Su amiga no responde y sigue con el móvil.

Hace mucho que quiero ver esta peli...

Mira a su amiga, que sigue con el móvil.

nuria.– ¿La pongo?

Carmen no deja de utilizar el móvil. nuria le da un codazo.

nuria.– ¿La pongo?

carmen.– ¿Eh? ¡Sí! Sí, ponla. nuria.– Pero… ¿La quieres ver?

carmen.– Sí, sí. Yo… Acabo con esto y ya estoy.

nuria.– Bueno espero un momento a que termines y la pongo. carmen.–Vale.

nuria.– ¿Con quién hablas?

carmen.– (No responde pero ríe con el móvil.) ¡¡Qué tonto!! nuria.– ¿Es él? Este chico…. ¿Axel?

carmen.– Alex.

nuria.– Eso. ¿Y qué tal con él? carmen.– Bien.

nuria.– ¿Bien cómo? Cuenta, cuenta. carmen.– Bien, bien, bien… ¡¡Bien!! nuria.– ¿¿¿¿Y????

carmen.– Pues no sé tía, es diferente. Es como… Como… Como dife-rente, no como el resto.

(46)

carmen.– Sí. Él me cuida, me llama, me escribe todo el día, me re-coge del trabajo... ¡El otro día fuimos de paseo, pasamos frente a una tienda, vio un vestido que le gustó y me lo compró!

nuria.– ¿¡En serio!? ¿Y qué tal es el vestido? carmen.– Y… está bien.

nuria.– Pero, ¿a ti te gusta?

Silencio.

carmen.– ¿A mí? Claro, claro… Por supuesto que me gusta... Me lo compró para que me lo ponga para san Valentín.

nuria.– Faltan meses para San Valentín. carmen.– Sí, es tan… Romántico.

nuria.– Bueno, qué bien, ¿no? Vamos a ver la peli.

Suena el teléfono de Carmen, que se pone de nuevo a ello.

carmen.– Dice Alex que le dejemos un mensaje de voz. nuria.– ¿Quién?

carmen.– Tú y yo.

nuria no sabe qué decir.

carmen.– ¿Te importa? nuria.– Venga, vale.

carmen.– Decimos ¡hola, Alex! a la de tres, ¿vale? Venga. Uno, dos, tres...

nuria y 2.– ¡Hola Alex!

nuria.– Venga, ya está bien, ahora la peli.

Vuelve a sonar el móvil.

carmen.– Dice que tienes voz de hombre. nuria.– ¡¿Cómo?!

carmen.– Es una broma.

nuria.– Pues que gracioso es tu novio. carmen.– Es que…

(47)

carmen.– Nada.

nuria.– Venga, deja eso ya y vamos a ver la película.

Sigue con el móvil. Pasan unos segundos.

carmen.– ¿Quieres hacerte una foto? nuria.– ¿Qué?

carmen.– Sí, una foto tú y yo.

nuria.– No, no quiero hacerme una foto ahora, quiero ver la película. Hazte una tú sola si quieres.

carmen.– Por favor.

nuria.– Pero, ¿para qué quieres una foto? carmen.– No sé, para vernos.

nuria.– No.

carmen.– Por favor… Es que… Alex quiere una foto de nosotras. nuria.– ¿Cómo?

carmen.– Es una foto nada más.

nuria.– Y, ¿para qué quiere una foto de nosotras? carmen.– A ver tía es una foto nada más.

nuria.– Sí, pero no entiendo para qué la quiere. ¿No se cree que estés con una amiga?

carmen.– A ver es una foto. Una foto. ¿Por qué te pones tan pesada? nuria.– Pesado tu novio. A ver, tía, que no me hago la foto.

carmen.– Vale, le digo que no quieres. nuria.– No me eches la culpa a mí.

carmen.– Vale, vale. Le digo que no y ya está. nuria.– Vale.

carmen.– Vale.

nuria.– ¿Pongo la peli? carmen.– Sí.

nuria.– Pongo. carmen.– Ponla.

nuria.– Pero deja el móvil. carmen.– ¿Te importa si viene? nuria.– ¿Alex? ¿Para qué?

(48)

nuria.– A ver, Carmen, no nos hemos visto desde hace un montón de tiempo, teníamos muchas ganas de ver una peli y pasar una tarde juntas… Y ahora, ¿él quiere venir?

carmen.– Tiene un mal día.

nuria.– Pues que quede con un amigo, que salga a correr… Yo que sé. ¿No puedes quedar un día con una amiga sin que esté él?

carmen.– Sí puedo pero él tiene un mal día. nuria.– ¿Pero tú quieres que venga?

carmen.– No sé.

nuria.– ¿Cómo que no sabes? ¿No sabes lo que quieres? ¿Lo que te apetece?

carmen.– No sé… ¿Para qué has venido? ¿Para echarme la bronca? nuria.– He venido a verte a ti, a pasar una tarde contigo. Y parece que

él no te puede dejar ni un minuto sola. Pues tú sabrás. carmen.– Vale, le digo que no venga.

nuria.– A ver qué dice… carmen.– A ver…

nuria casi pone la peli. Su amiga sigue con el móvil. De pronto, su expresión

cam-bia. nuria deja el mando al observar su cara al leer el último mensaje.

nuria.– ¿Qué pasa? carmen.– Nada.

nuria.– Pasa algo… ¿Estás bien? carmen.– Sí.

nuria.– Carmen… ¡Carmen! ¿Qué pasa?

carmen.– (Leyendo el mensaje del móvil.) No me gusta nada lo que me estás haciendo. Creía que lo nuestro era algo especial. Tengo unos fotitos, ¿lo recuerdas? Y sé que no quieres que las vea todo el mundo. nuria.– ¿Pero quién se ha creído que es él para amenazarte? No le

pue-des permitir que te trate así.

carmen.– Él… Él no es así… Nunca me había hablado así. nuria.– ¿Nunca?

carmen.– Yo… No sé, no... No sé qué decir. No sé qué hacer. nuria.– Ya no me apetece ver la peli.

(49)

carmen.– Dice que viene. nuria.– ¿Cómo?

carmen.– Dice que viene y le conozco… Si dice que viene, vendrá. nuria.– ¿Qué hacemos?

carmen.– No sé.

nuria.– Llamo a la policía. carmen.– No sé tía, no sé.

Suenan golpes en la puerta. Se levanta nuria y se dirige a la puerta. Carmen la

detiene.

carmen.– No.

nuria.– ¿Apago las luces? carmen.– Ya nos ha visto.

Se vuelven a sentar con mucho miedo. Siguen golpeando la puerta.

nuria.– ¿Qué hacemos?

carmen.– No sé… Pero no me dejes.

(50)
(51)

Decimotercer (y último) combate

concha.– Decimotercer y último combate de la noche: Dos mujeres, pero podríamos ser miles. Todas diferentes, pero, eso sí, todas obli-gadas a pasar por el mismo aro.

ConChase va y en escena aparecen isaBel y laura.

isabel.– Lo malo de estos días es lo que se te olvida.

laura.– Olvidas para alejar esa grieta que te espera en casa. isabel.– Una punzada que empieza con el día que empieza. laura.– Jaula.

isabel.– Miedo.

laura.– Y algunas palabras.

isabel.– Mi cuerpo huele a la saliva que perdí durante el sueño. laura.– A la saliva perdida y a los besos no dados…

isabel.– Lo malo de estos días es mirarte al espejo. laura.– Las bolsas hinchadas…

isabel.– bajo los ojos húmedos. laura.– Y otra vez lavarse. isabel.– Y otra vez vestirte.

laura.– Y otra vez un perfume que dé olor al cuerpo… isabel.– Y sacar el bolso de casa…

laura.– arrastrando el bolso y el ánimo. isabel.– Al bajar me pongo las gafas de sol… laura.– Hoy me gustaría no ser mirada por nadie… isabel.– Un té y un croissant…

laura.– Alguien debería explicar cómo servir el té… isabel.– Derramo el té por las mesas del mundo…

laura.– Y voy limpiando con servilletas de papel lo derramado… isabel.– Menos esa lágrima que se cae…

laura.– A esa lágrima la guardo en la discreta yema de mis dedos… isabel.– Lo malo de estos días es ese amargor ligeramente indignado. laura.– Una especie de estado de irritación cósmico e inexplicable… isabel.– Esta crispación con la que se cocinan bien los asados. laura.– Esa tensión con la que salen mejor algunas cosas. isabel.– Lo malo de estos días son los altibajos…

(52)

isabel.– Quiero gritar… laura.– y blasfemar…

isabel.– Todas las blasfemias… laura.– todos los insultos del mundo. isabel.– Y aprender artes marciales… laura.– boxeo…

isabel.– Golpes y patadas contra el aire… laura.– y gritos para sacarlos de mí… isabel.– Y arañar también…

laura.– y pisar con tacones de aguja todos los dedos del mundo… las Dos.– Me voy a hacer karateca…

isabel.– Lo malo de estos días es que lo mismo te castigas que te pre-mias…

laura.– Saliendo de la peluquería te dan ganas de lavarte otra vez la cabeza…

isabel.– O te entran ganas de volver a fumar… laura.– a estas alturas…

isabel.– después de dejarlo…

laura.– O te acercas al frigorífico con intenciones de canibalismo… isabel.– Devoras todo el helado de tiramisú guardado en el congelador… laura.– O te acercas a aquella botella que anda guardada, en lo más

alto, al fondo…

isabel.– Lo mejor será echarme una siestecita, laura.– Sí, será lo mejor…

isabel.– Lo malo de estos días es que la siesta te vuelve a aturdir la cabeza…

laura.– Y ahora quiero salir de casa y ver gente… isabel.– Si lo que más te importa no está…

laura.– ¿cómo va a estar lo demás?

isabel.– El ministerio de sanidad y consumo debería hacer una cam-paña…

las Dos.– Ama con moderación. Es tu responsabilidad.

laura.– Deberían ponerlo cuando te dan el corazón para vivir.

isabel.– ¿Se puede saber por qué sigo teniendo ganas de llorar un poco? laura.– ¿Se puede saber por qué me aturden el calor y el cabreo? isabel.– ¿Se puede saber por qué me cuesta tanto lo que resulta tan

normal para todo el mundo?

(53)

isabel.– ¿Por qué siento tanta soledad desde hace tanto tiempo? laura.– ¿Por qué la gente parece moderadamente feliz… isabel.– ¿Y yo me siento tan lejos de esa moderación? laura.– Moderación. Esa es la palabra…

lasDos.– Estoy de moderación hasta las tetas…

Ambas dejan lo que están haciendo. Avanzan y coinciden. Se saludan. Entran en un ascensor. laura choca con isaBel y ambas se piden perdón. A partir de ahora,

aunque el texto siga siendo compartido, hay conexión entre ellas.

laura.– Me cago en la dicha moderada isabel.– Me cago en la paciencia… laura.– y en la buena educación.

isabel.– Me cago en todas las cosas que me enseñaron de niña para callarme…

laura.– Me cago en la letra con sangre entra… isabel.– Me cago en el pudor…

laura.– en la timidez, isabel.– en la introspección…

laura.– Me cago en todas las cosas que no he dicho hasta ahora… isabel.– Me cago en las reuniones de conveniencia…

laura.– Me cago en el sentido del perfeccionismo…

isabel.– En el sentido del perfeccionismo me cago al cubo… laura.– Por mí, por ti y por todas mis compañeras.

isabel.– Y aprovechando, creo que voy a cagarme…

laura.– En el polen de las gramíneas que aparece todas las primaveras… isabel.– En la alergia.

laura.– En las comidas dominicales con la familia delante de la mesa y la tele encendida…

isabel.– En toda la gente que en vez de llamarte por tu nombre y sin vínculo alguno, se permite el lujo de llamarte…

laura.– querida, isabel.– chati, laura.– mona, isabel.– encanto, laura.– nena, isabel.– corazón,

(54)

isabel.– ¿Cómo olvidar sin efectos secundarios…? laura.– ¿Cómo conseguir un olvido eficaz y duradero…?

isabel.– En el prospecto de las valerianas sólo habla de relajación… laura.– Pero si las valerianas no me sirven ya ni para relajarme… isabel.– ¿Cómo van a servir para olvidar?

laura.– Quiero ser ajena a la rutina isabel.– y al ahogo,

laura.– al apego, isabel.– y a la pena… laura.– Quiero ser frívola… isabel.– Sí. Quiero ser frívola.

laura.– Y entrar en ese camino del sopor donde no hay pesar… isabel.– Quiero un olvido ligero y sin resacas…

laura.– Leer sin cesar revistas intrascendentes… isabel.– Enciendo la radio…

laura.– y ser frívola me parece un horror… isabel.– Qué curioso, qué largo es un día… las Dos.– y cómo pasa desapercibido.

Ambas, acongojadas, se miran y se despiden. Sale cada una por un lado del escenario.

concha.– Y como todo llega hemos llegado al final de este espectáculo, al final de este experimento teatral, al final de este laboratorio femi-nista.

¡Y eso hay que celebrarlo!

Sugiero que lo hagamos sacando la bruja que llevamos dentro. ¿Qué os parece si nos constituimos en aquelarre permanente?

Sí, hagámoslo y celebremos. En armonía con la madre tierra, la vida, la osadía, la creatividad, el teatro.

El juego, los jugos, nuestros jugos. El cuento, el encuentro, la diversi-dad, la mezcla, la cultura, la educación y la sanidad pública.

Celebremos la vida y el derecho a no ser perfectas porque, como dijo el escritor Eduardo Galeano: «La perfección es el aburrido privilegio de los dioses.»

(55)

han precedido participen con nosotras de este aquelarre para que nuestros miedos no ocupen nunca el lugar de nuestros sueños.

Mujer SI TE HAN CRECIDO LAS IDEAS DE TI VAN A DECIR COSAS MUY FEAS QUE SI NO ERES BUENA,

QUE SI TAL COSA,

QUE SI CALLADA ESTÁS MUCHO MÁS HERMOSA. Mujer,

SEMILLA, FRUTO, FLOR, CAMINO, PENSAR ES ALTAMENTE FEMENINO SON TUS DOS PECHOS,

DOS MAnaNTIALES,

DOS FUENTES BLANCAS Y NO ANUNCIOS COMERCIALES. Mujer, SI TE HAN CRECIDO LAS IDEAS,

DE TI VAN A DECIR COSAS MUY FEAS, QUE SI NO ERES BUENA, QUE SI TAL COSA,

QUE SI CALLADA ESTÁS MUCHO MÁS HERMOSA. Mujer,

ESPIGA ABIERTA ENTRE PAÑALES,

CADENA DE ESLABONES ANCESTRALES, OVARIO FUERTE,

DÍ LO QUE VALES,

Referencias

Documento similar

Digamos que uno tiene un cuerpo y que puede disponer de él como quiera (salvo por unos parámetros impuestos que en honor a aquello que se denomina “sentido común” uno no

Este libro intenta aportar al lector una mirada cuestiona- dora al ambiente que se desarrolló en las redes sociales digitales en un escenario de guerra mediática mantenido por

o esperar la resolución expresa" (artículo 94 de la Ley de procedimiento administrativo). Luego si opta por esperar la resolución expresa, todo queda supeditado a que se

1. LAS GARANTÍAS CONSTITUCIONALES.—2. C) La reforma constitucional de 1994. D) Las tres etapas del amparo argentino. F) Las vías previas al amparo. H) La acción es judicial en

¿Cómo se traduce la incorporación de ésta en la idea de museo?; ¿Es útil un museo si no puede concebirse como un proyecto cultural colectivo?; ¿Cómo puede ayudar el procomún

A Carlos Eduardo, Oscar y Gilma, mis colegas de doctorado que ya se graduaron y que fueron mi ejemplo y grupo de apoyo. Por supuesto a todos los Emes, amigos

Volviendo a la jurisprudencia del Tribunal de Justicia, conviene recor- dar que, con el tiempo, este órgano se vio en la necesidad de determinar si los actos de los Estados

Este parón o bloqueo de las ventas españolas al resto de la Comunidad contrasta sin em- bargo con la evolución interior de ese mismo mercado en cuan- to a la demanda de hortalizas.