ESTA ES UNA SOCIEDAD QUE TIENE QUE TRABAJAR EN LOS ASUNTOS PROFUNDOS DE LA IDENTIDAD CUBANA*1
Dr. Eusebio Leal Spengler Historiador de La Habana y Presidente de Honor de la Sociedad Económica de Amigos del País
BUENO, quisiera agradecer mucho a la Dra. Zoila y también a todos los miembros de la presidencia y especialmente quisiera recordar, en este día que me han entregado unos ejemplares de la Revista, los esfuerzos personales realizados por mi querido amigo Julio García Oliveras para que continuara la impresión de esta Revista. Comparto la valoración de Zoila en cuanto al trabajo realizado, comparto también la angustia de Gálvez cuando nos habla de cómo hay que hacer mucho con poco. He vivido lo suficiente como para encontrarme en situaciones parecidas y él tiene razón cuando nos habla de la necesidad urgente de buscar aquello, que tanto para la vida cotidiana de la Sociedad como también para la publicación de su órgano, la Revista Bimestre Cubana es necesario, que las fuentes de recursos sean aumentadas y sean concebidas otras formas de contribución. Es muy difícil realmente, realizar esos empeños.
Vale la pena recordar aquel viejo concepto de que cuando se tiene comida y se comparte queda menos, cuando se tiene dinero y se comparte queda menos;
pero cuando se tienen cultura y conocimientos y se comparten se multiplican. Y quizás la función de la Sociedad, la función primigenia de la Sociedad y de sus ilustres fundadores, en aquel gran período histórico, formativo de la nación cubana, se corresponde perfectamente con la categórica afirmación de Martí de que en sus butacas ocuparon asiento por derecho propio los más útiles e importantes cubanos de su tiempo.
Cuantas disputas se vivieron en torno a esta obra, que llamaba para muchos – en un determinado momento– a sospecha, cuando alguno de sus prohombres
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* Palabras pronunciadas en la Junta General de la Sociedad Económica de Amigos del País el 9 de enero de 2019.
más importantes representaban la punta del iceberg, la punta de una alta mon- taña que emergía del fondo del Caribe y que era el concepto de una nación.
Así fue para José Antonio Saco, cuya expulsión de Cuba fue dictada por el capitán general, que envió a su edecán que ingresó por el centro del aula en la que impartía clases en el Colegio Seminario de San Carlos y San Ambrosio, para comunicarle que debía partir. ¿Qué habría hecho Saco de tener computadoras, ordenadores? Esa cabeza privilegiada para las estadísticas, para el conocimiento enciclopédico de la cultura y del tema tan lacerante para nuestro país, como fue y es aún herida del todo no curada, la esclavitud humana.
Saco no creyó en la lucha armada ni en la revolución y murió en 1878, creo yo, o 1879 en Francia, creyendo que ese no era el camino, que el camino tenía que ser la evolución. Es verdad que todo tiene que evolucionar, hasta la revolución misma, porque todo cuerpo biológico o social o evoluciona o perece.
Esa es una realidad, es una ley, pero debemos recordar también aquel principio de que cuando un espacio queda vacío, automáticamente lo ocupa otro, por tanto la Sociedad tiene que llenar un espacio y ese fue el espíritu de Don Fernando Ortiz, su ilustre director en el momento en el que se derrumba la vieja sociedad y no era precisamente Don Fernando un hombre de vida política activa, pero había realizado con su obra, había colocado una piedra angular en la historia y el conocimiento de los procesos sociales y había contribuido a afirmar categóricamente que el pueblo que se niega a sí mismo, perece. Por tanto no podía ser Cuba explicada sin África, ni podía ser, sobre todo, él, blanco, hombre prominente, vinculado a una familia tan importante, pero al mismo tiempo criado durante su juventud en la pequeña isla de Menorca, donde despertaron muchos de sus sentimientos como antropólogo, historiador, arqueólogo y en definitiva un humanista como no se conoció otro en la historia reciente de Cuba.
Él fue un enciclopedista en ese tiempo, él fue un hombre de una modestia extraordinaria, y trató de honrar esta casa, construida por y para la Sociedad Económica, con todo lo que pudo aportar él, en sus investigaciones, en sus publicaciones, en sus conferencias. Recuerdo, ya que he vivido y por ende puedo recordar mis conversaciones con la Dra. Mirta Aguirre, y también con mi siempre recordado profesor José Antonio Portuondo, sobre la importancia de la Sociedad, y muchas veces me he preguntado, ¿por qué se interrumpió el hilo
conductor que habría permitido que hoy, no una Sociedad restituida, sino una Sociedad continuada estuviera entre nosotros?
En los grandes procesos sociales y en las grandes revoluciones, que se pueden contar con los dedos de la mano, las que han sido verdaderamente excepcionales y profundas, como la cubana, tales cosas pueden ocurrir.
Martí alertaba de que el pueblo cubano marchaba en pos de su destino, no lo cito literalmente, marchaba en pos de su destino, tomando los senderos de sus propios extravíos, para luego encontrar su propia verdad, su propio camino, su propia definición de las cosas.
Más que nunca hoy están vigentes las palabras del insigne marxista peruano y latinoamericano, Mariátegui, cuando afirmaba que el socialismo en este continente tenía que ser no copia ni calco, sino una creación heroica.
Y ese viaje a lo ignoto, como ha afirmado el general presidente Raúl Castro, en un determinado momento, es un viaje que nos ha llevado a andar muchas veces, tentando la búsqueda de las soluciones a los grandes problemas que aún persisten y perviven en la sociedad cubana.
Por eso tenía razón el joven maestro que agradecía a nombre de los que recién ingresan, cuando hablaba de la necesidad de darle continuidad a los procesos incorporando jóvenes, pero no jóvenes por jóvenes, esto sería un grave error, tiene que haber mérito, y tiene que haber mérito académico, e interés verdadero, porque esto no es un club, esta es una Sociedad que tiene que tra- bajar en los asuntos profundos de la identidad cubana, es una organización que por tanto existe y por ende piensa y su deber es pensar. Ni viejos por viejos, ni jóvenes por jóvenes –aprovecho para aclarar que la juventud es hasta hoy, para mí, la única enfermedad que se cura con el tiempo. De todas las demás pereceremos, pero esta es la única que se cura con el tiempo, yo soy testigo.
Cuando ingreso en esta casa, inmediatamente me siento niño, cuando vine a la biblioteca infantil a estudiar, vivíamos aquí en el barrio, muy cerca, y veníamos a la biblioteca, a la maravilla de la biblioteca infantil, y fue aquí, en medio de la seriedad y de la disciplina de las bibliotecarias, que aquel espacio que me parecía inmenso y que ahora me resulta pequeño, fue el sitio donde tuve las primeras pruebas de confianza, al entregar en mis manos lo más precioso, que es un libro. Tenemos que trabajar, y tenemos –eso sí–, que renovar, porque es nuestro deber y hay suficientes jóvenes con mérito intelectual, académico,
jóvenes de ambos géneros, para poder incorporar de una manera armónica, y que marchen juntos, bebiendo de las fuentes del conocimiento que solamente otorga la ilustración y la experiencia.
Yo aprendí mucho escuchando a las personas mayores, las quise conocer, sentí el deseo y todavía me culpo de no haber conocido algunos contemporá- neos mucho mayores, porque no hice el debido esfuerzo para ir a encontrarlos, cuando me di cuenta fue tarde, pero había conocido a Ortiz, a José María Cha- cón y Calvo. Había conocido a otros grandes cubanos como Don Enrique Gay Carbó por ejemplo, o al propio Emilio Roig, mi maestro. Tenemos por tanto que buscar en ese equilibrio, en esa búsqueda nuestro verdadero objetivo, y encontrar –eso sí–, recursos, porque si Céspedes en el famoso y memorable almuerzo con uno de los conspiradores, cuando este le preguntó ¿y las armas?
Le respondió categóricamente, ellos las tienen, quiere decir, marcó una regu- laridad de la Revolución Cubana, iniciada en el 68 y que tuvo su momento culminante aquel día de enero celebrado anoche, en que entró en La Habana Fidel y se derrumbó la antigua sociedad y comenzamos el arduo trabajo de construir otra, pero no se puede ir al futuro sino desde el pasado, y en esos valores está contenida la Sociedad Económica de Amigos del País, en ese más que bicentenario de su existencia, se inserta como la Universidad de La Habana, la Escuela de San Alejandro, y otras instituciones de igual prestigio, en el 500 Aniversario de La Habana.
A mí no me interesa para nada solamente el árbol que cuido y el Templete que abro todos los días, a mí me interesa la acumulación que esta ciudad, como cápita, como cabeza de la nación ha realizado a lo largo de los siglos, fue esta ciudad la que vio nacer el movimiento intelectual poderoso en los días admirables de Espada en el Seminario de San Carlos o el que vio en la Real y Pontificia Universidad, y después en su nueva fórmula, cuando de esa escuela, a pesar del tan criticado lastre de la subordinación a la filosofía escolástica, salieron de allí los grandes talentos como Romay, por ejemplo, los grandes talentos en medicina como él, o como Nicolás José Gutiérrez, los grandes talentos de la ciencia como Poey, todo eso fue en esa Universidad, pero salieron de ella también los próceres, salió Aguilera, salió Céspedes, salió Agramonte, que pronunció allí uno de sus más memorables discursos. En estos días, a propósito de la emotiva presentación de la película Inocencia, se ve con claridad el papel
que desempeñó la Universidad, de esa Universidad fueron sacados aquellos jóvenes, para llevarlos a un martirio cruento, doloroso y terrible, que hace que cuando pasamos todos los días por esa pared, ahora blanca e iluminada, pensemos que una vez se convirtió en un manantial de sangre, por la dignidad de Cuba.
Para mí el 500 Aniversario es la historia del sistema institucional de la cultura;
es para mí, la historia de las ciencias en Cuba, en las cuales, sin quitar mérito a que La Habana como capital representa a toda la nación, ha llegado la hora, ante su deterioro, ante su decadencia, ante muchos olvidos y postergaciones de la necesidad de hacer un esfuerzo, de hacer como ha escogido el gobierno un lema
“por La Habana, lo más grande”. ¿Qué es lo más grande que se puede hacer?
Trabajar por ella. ¿Trabajar para qué? Para que existan normas de convivencia propias de una sociedad que se vanagloria de tener cultura y educación; de una sociedad que se vanagloria de su espíritu de solidaridad hacia el mundo; de una sociedad que se siente orgullosa de su arquitectura, de su música, de su literatura, de su poesía, hablo de Cuba y, particularmente hoy –porque me toca–
, de La Habana. Si no hubiera nacido aquí y fuera como mi ilustre amigo el historiador Alejandro Hartman en Baracoa, quien me mostró las maravillas de esa parte antigua de Cuba, llevándome en una barca por el río Toa, el más bello y limpio, a donde él llevaba cuadros para explicar a los campesinos el arte y la historia; de haber nacido yo en Baracoa, sería el defensor absoluto, pero si me designan mañana para Baracoa, después que se me quite el disgusto, dos días después, para mí, Baracoa sería el centro del mundo.
Y eso lo mismo lo siento con relación a mi ciudad que me acogió como hijo, a Santiago o a Guantánamo, Bayamo o al Espíritu Santo, o a Trinidad o a Remedios, Camagüey o a Ciego de Ávila o a la bella Matanzas, a Pinar del Río que para mí comienza precisamente en el pueblo donde están las tumbas de mis abuelos y antepasados, en la pequeña villa de Guanajay.
Queridos amigos y amigas:
Al celebrar esta reunión tan importante, me alegra que me hayan invitado. Un día me sorprendió el Dr. Fidel Vascós con la noticia de que me habían in- corporado a esta benemérita Sociedad a título de Presidente de Honor.
Estas palabras mías, no tienen forma alguna, carácter de resumen, pero tampoco voy a tocar el lugar común de que ya comiste, ya te fuiste, o como decía
Oswaldo Guayasamín, indio comido, indio ido. No, es verdad que dentro de un momento ha comenzado una reunión importante en la UNEAC en la que debo participar, para disipar con mi presencia como historiador de la ciudad, algunas cosas que se dicen a veces en las redes y que sí tienen a veces su raíz en algún comentario desafortunado de funcionarios que no funcionan. No tienen nada que ver con la realidad, como esa especie calumniosa de que se pretendía derribar el Teatro Payret. A mí más bien lo que me incomoda es que durante todo el siglo xx haya llevado todavía el nombre de Don Joaquín Payret, coronel del IV Batallón de Voluntarios, que fusiló a los estudiantes el 27 de noviembre, pero ya no es tiempo de cambiar nombres, cuando otros nombres ilustres cuesta trabajo mantener y enaltecer. Comparto el criterio de Fidel y de Raúl de que solamente deben nominarse con nombres nuevos, obras nuevas. Entonces lo que hay que hacer es explicar, aclarar y desde luego, trabajar.
La única autoridad que tengo para estar junto a mi querida amiga, la Dra.
Daisy Rivero en esta condición honoraria, es que trabajo, trabajo todos los días, mi vida es el cumplimiento de ese deber diariamente y he trabajado por la ciudad desde cuando era como San Juan, predicando en el desierto, porque parecía que a nadie le importaba eso, que era un discurso casi conservador y reaccionario. No, la única forma de conmemorarlo es que se convierta en pueblo, como quiere nuestro Gobierno y las autoridades de nuestro Partido en La Habana, que el pueblo sienta el enervamiento y el calor que supone celebrar y conservar una ciudad que tiene muchos centros históricos, el centro histórico de El Cerro, el centro histórico de 10 de Octubre, el centro histórico de Luyanó, el centro histórico de la Plaza, el del Vedado, el centro histórico de aquí, de este pequeño barrio a donde vinieron los tabaqueros de Tampa, después del terrible incendio y vinieron aquí también los del Cayo, que fue donde ocurrió realmente el fuego, y vinieron para acá y el Estado les concedió conservar y construir pequeñas casas que hoy forman este barrio y que por eso se llama Cayo Hueso.
Aquellos fieles que dieron hasta el último centavo por la causa de Cuba, que alentaron a Martí, que lo sostuvieron, que cuidaron de él con amor.
Bueno, que más decir, nada más. Es todo porque lo que puede ser agradable en un momento, se convierte en insufrible después.
Muchas gracias por la invitación.