GALVÁN, Kyra. “Canto de la estrella fugaz”. Speculum Caelestis, Espejo Celestial. México: Ediciones Sin Nombre, 2011: 118-122.
GALVÁN, Kyra. “Canto del Dios Sol Tonatiuh”. Speculum Caelestis, Espejo Celestial. México: Ediciones Sin Nombre, 2011: 123.
GALVÁN, Kyra. “El nacimiento del Calendario”. Speculum Caelestis, Espejo Celestial. México: Ediciones Sin Nombre, 2011: 124.
Canto de la estrella fugaz
I
¡Oh Señor nuestro serenísimo y muy precioso! Ya se determinó en el cielo y en el infierno, y se averiguó y te cupo esta suerte, a ti te señaló, sobre ti cayó la elección de nuestro señor dios soberano. ¿Qué harías si en tu tiempo se destruye tu reino o nuestro Dios envía sobre ti su ira mandando pestilencia? ¿Qué harás si en tu tiempo se destruye tu pueblo, y tu resplandor se convierte en tinieblas?...1
Éstas eran las palabras sabias y admonitorias de la plática ritual que por tradición se les recitaba a los reyes mexicas y texcocanos antes de declararlos grandes Señores, pues el cargo implicaba, a su saber, más desdichas y sufrimiento, que el gozo desmesurado del poder. Así, también a Moctezuma Xocoyotzin, antepenúltimo rey azteca, le fueron dichas estas palabras. Él sería el corazón predestinado por la historia para sufrir en carne propia el funesto augurio de la caída del lugar de los sauces blancos, del lugar del águila y del nopal.
II
Fueron muchos los portentos, fueron muchos los presagios, que anunciaron, que condenaron la caída, el derrumbe
de la gran ciudad de México-Tenochtitlán. Fueron muchas las amarguras
que nublaron el corazón
de nuestro Gran Señor, Moctezuma Xocoyotzin. Un instante aquí en la tierra
1 Citado en el libro: Netzahualcóyotl, Vida y Obra, Martínez, José Luis, Fondo de Cultura
-sólo un instante-
nos permite Aquél por quien Vivimos. Como el jade que se rompe
como el plumaje que se rasga
así sangraba el corazón del gran Señor Moctecuzoma. Andaba como perdido en el inframundo
después de contemplar la siniestra aparición
de la estrella de fuego que, como un tambor de guerra, como un clamor de guerreros Águila y Tigre,
atizaba con su cauda
una desazón como la que produce la rotura de los escudos. Por eso, con premura, el gran Señor
mandó llamar a los miradores de estrellas, a los adivinos y a los nigromantes
y a todo aquél que supiera leer los cielos. Y en acuerdo con Texcoco quisieron entregar el agua sagrada de la hoguera, ésa que crece en las venas del hombre, para apagar la sed,
para apaciguar a los Dioses y evitar la Devastación. Pero era inútil, todos lo sabían con certeza,
la “llama de fuego” era la predicción de muerte, de muchas muertes, tantas como estrellas en el cielo,
como peces en el Lago, como semillas de cacao.
Fueron exactamente ocho presagios funestos y terribles, que modelaron como arcilla el mal agüero de la estrella fugaz. Porque las estrellas son las letras del libro pintado del Dador de Vida donde dibuja con colores el destino inflexible
de las pobres gentes que vivimos aquí en la tierra. ¿Ha de desaparecer acaso
nuestra raza en la tierra? Sólo un momento aquí,
“como una pintura nos iremos borrando”…2
III
¡Ay de mí, Dador de Vida!
¿Acaso no todo llega, no todo viene a asentarse aquí en la tierra? El año del señor de 1519, el año uno caña,
el que los sabios profetizaron el regreso de Quetzalcóatl, llegaron las noticias, llegó lo esperado,
lo visto por el señor Moctezuma en el ojo de una grulla: hombres blancos y barbados
que cabalgaban en venados sin cuernos.
Por fin vinieron en pequeños cerros que flotaban sobre el mar. Desembarcaron, se bajaron de los cerros que flotan
hablando otra lengua, blandiendo grandes cuchillos y adorando a un dios desconocido, torturado. ¡Los engalanamos con oro, flores y cantos, pero todo fue en vano, todo cayó en desgracia! Oh, ¡Señor, Dador de Vida!
¡Estoy desolado!
Si es verdad que sólo un momento aquí, junto a ti, permíteme una muerte al filo de la obsidiana.
Como poeta, me pondrán un collar de redondos jades, y mi canto vivirá en la tierra.
¡La niebla de dardos (la batalla) está por comenzar, estamos derrotados de antemano, está profetizado! ¡Aquél por quien Vivimos,
nos llama al sitio de los descorporizados!
El resplandor ya se ha convertido en tinieblas y el destino en derrota.
Canto del Dios Sol Tonatiuh
¡Oh, Señor Dios Tonatiuh!
¡Tú que nos alumbras y te vistes con los ropajes más luminosos! ¡Tú que nos calientas y nos da vida durante el día,
te vas y nos abandonas en forma de Tzontemoc! ¡Te cambias tus ropajes en la tarde y te llenas de rojo, cayendo a los abismos con tu lengua de luz,
y vas viajando lejos, como estrella de la tarde, para ir a iluminar a los muertos!
A los que ya no tienen ojos, ni cuerpo y andan penando en la oscuridad.
Hacia ellos te diriges y te cambias de nuevo los ropajes.
A nosotros nos dejas en la oscuridad, en el frío, en la desolación. ¡Te atavías con tus plumajes hermosos y te llenas de turquesas, de obsidianas y chalchihuites!
Te conviertes en Mictlantecutli, Señor de los Muertos. ¡A ellos los iluminas, a ellos los calientas,
¡Oh, Señor de la Luz, con tu cara amarilla, Gran Tonatiuh, ¡Señor de los Vivos!
El nacimiento del Calendario
La i es la luz, pac es encima, arriba, ce es uno, el primero. Así Ce-pac, o Cipactli, es la primera luz creada,
la luz que viene de arriba, el Sol, la fuerza primigenia que penetra las nubes y las tinieblas, y se abre paso
fertilizando a la tierra, a la oscuridad, a la noche, a Oxomoco. De los amores de Cipactli y Oxomoco,
de la pasión entre la luz y las tinieblas nace un hijo que es el Tiempo.
De las relaciones cósmicas entre la tierra y el sol, de sus posiciones,