• No se han encontrado resultados

Corazones en deuda. Julia James

N/A
N/A
Protected

Academic year: 2021

Share "Corazones en deuda. Julia James"

Copied!
65
0
0

Texto completo

(1)

Corazones en deuda

Julia James

Argumento:

El millonario César Montárez deseó a Rosalind nada más verla; aquella

atracción no se parecía a nada que hubiera sentido jamás. Pero césar no respetaba demasiado a las mujeres sedientas de dinero como ella, como mucho podría

convertirla en su amante. Eso era algo que Rosalind jamás aceptaría. Entonces, César descubrió que ella tenía ciertas deudas y pensó que ahora podría comprarl. Rosalind no podía hacer otra cosa que aceptar el precio.

(2)

Capítulo 1

PARECÍA una fulana!

Rosalind, apoyada en la cómoda de la revuelta habitación, se quedó mirando la imagen escandalosa que le devolvía el espejo. Llevaba kilos de maquillaje y la melena oscura caía tipo leona alrededor de su cara. Sus ojos eran como dos manchurrones azules, llevaba las pestañas cargadas de rímel y los labios pintados de un provocativo rojo cereza. Como accesorios, unos pendientes largos y varias cadenas colgando de su exageradísimo escote.

Rosalind sintió un escalofrío al ver el vestido de lame plateado, con una raja hasta medio muslo y un escote que dejaba prácticamente sus pechos al aire...

Aquello era lo último que ella habría elegido, pero no fue elección suya. -Toma, ponte esto -le dijo Sable-. Tú tienes más pecho que yo, así que te

quedará bien. Estarás muy sexy y eso es lo que Yuri quiere, ya sabes. Le encanta tener tías guapas alrededor. A todos los ricos les gusta. ¡Y tú estarías divina si te arreglases un poco más! Aunque, por otro lado, me alegra que no seas competencia.

Rosalind le había asegurado que no tenía ni el más mínimo interés por Yuri

Rostrov. Era el último hombre en el mundo que podría interesarle. De hecho, si por ella fuera ni se acercaría a aquel tipo tan desagradable, pero no podía negarse. Sable le había hecho un gran favor y lo que le pedía que hiciera esa noche no era para tanto... aunque fuese a hacerlo con la mayor desgana.

-Sólo tienes que quedarte al lado de Yuri y evitar que otras lagartas se le acerquen. Esas asquerosas harían lo que fuera para quitármelo... -suspiró su amiga, llevándose una mano al estomago-. Te lo juro, no vuelvo a comer langosta. Llevo todo el día vomitando.

Rosalind se miró al espejo y también sintió náuseas. De verdad no quería hacer eso. No le gustaba el estilo de vida amoral de Sable y, además, tendría que salir del café antes de la hora y perder las propinas con las que daba un empujoncito a su salario. Pero su trabajo, aunque mal pagado, incluía una habitación y eso era

importante porque los apartamentos en la costa española eran cada día más caros y ella tenía que contar cada euro.

Dinero. La necesidad de conseguirlo dominaba su existencia, haciéndola trabajar diez horas diarias, sin tiempo para nada más. Desde luego, no tenía tiempo para

arreglarse y salir de juerga.

Sable, por supuesto, pensaba que era tonta.

-Con lo guapa que eres, deberías vivir como una princesa. En serio, si salieras conmigo tus preocupaciones desaparecerían. Hay tíos como Yuri por todas partes, forrados de dinero y deseando pasarlo bien. Si te animaras un poco...

«Animarse un poco» quería decir acostarse con hombres ricos, como hacía Sable. Pero eso no era para ella. Nunca podría serlo. La idea le daba repugnancia. Pero su amiga no tenía problemas para vivir de su cuerpo.

Rosalind se sintió avergonzada. Le debía muchos favores a Sable, que la había rescatado cuando estaba totalmente desesperada. No tenía derecho a condenarla.

(3)

Ni tenía derecho a no hacerle aquel favor, pensó mientras tomaba el bolso. Por muy poca gracia que le hiciera.

César Montárez arrugó el ceño al ver el grupo que rodeaba la mesa de black jack. -Yuri Rostrov -murmuró el hombre que estaba a su lado-. Drogas, extorsión, tráfico de armas... ¿quieres que siga?

Su jefe negó con la cabeza.

-Vamos a sacarlo de aquí. Dame tiempo y luego hazte visible... pero no demasiado, ya sabes.

El jefe de seguridad de César Montárez asintió con la cabeza. Era una rutina que usaban a menudo para deshacerse de clientes indeseables.

-No le hará gracia. Está ganando. César se encogió de hombros. -Peor para él.

Le gustaría tratar con aquel gánster como se merecía, con los puños. Basura como Rostrov no era bienvenida en El Paraíso, por mucho dinero que dejasen en las mesas de juego. Pero esos métodos eran inapropiados para un casino de lujo. Mejor librarse de canallas como Rostrov sin destrozar el decorado...

César se acercó a la mesa de black jack, deteniéndose antes para saludar a algunos clientes y diciendo los consabidos piropos a las elegantes damas que se jugaban millones cada noche.

Mientras saludaba a un ex jugador de golf profesional que insistía en hacer negocios con él, miró por encima de su hombro al hombre que era su objetivo. Rostrov y su grupo dominaban una de las mesas de black jack. El gánster estaba gritando de alegría al ganar otra mano y su grupo lo jaleaba. Iban, como siempre, rodeados de chicas guapas y, como siempre, demasiado pintadas.

Otra razón para echar a Rostrov de allí. Las chicas como ésas tampoco eran bienvenidas en el casino. Las mujeres guapas eran buenas para el negocio porque los ricos querían verse rodeados de jóvenes bellezas, pero César no tenía intención de dejar que el casino se llenara de chicas que vendían su cuerpo para vivir.

Por guapas que fueran. Como aquélla...

César miró a una de las que iba con el grupo de Rostrov. Era mucho más guapa que las demás. De hecho, era una de las mujeres más guapas que había visto nunca.

Una pena.

Su belleza natural quedaba arruinada por la cantidad de maquillaje que llevaba encima y por el horrible vestido de Jamé plateado. Uno de los amigos de Rostrov le había pasado un brazo por los hombros y, al hacerlo, el escote del vestido se abrió, dejando al descubierto medio pecho. La chica no se había dado cuenta... aunque si se hubiera dado cuenta, le daría igual. Si le importaran esas cosas no iría con gánsters como Yuri Rostrov.

(4)

Hora de librarse de ella. Hora de librarse de toda aquella basura. Despidiéndose del golfista, César se acercó al indeseado grupo.

Rosalind intentaba dejar de temblar, pero el tal Gyorg estaba pegado a ella como una lapa. La gruesa mano del hombre estaba sobre su hombro, manoseándola... y

haciéndola sentir náuseas. Cuando Yuri Rostrov ganó otra mano, Gyorg exclamó algo en su idioma, apretándola más fuerte.

«Por favor, tengo que salir de aquí», pensó Rosalind.

Cuando le presentaron al grupo de rusos en el vestíbulo del hotel supo que iba a pasar un mal rato.

Pero no podía decirle que no a Sable.

Y ésa era la razón por la que estaba allí, dejándose manosear. Por eso intentaba sonreír cuando sonreían los demás, mientras contaba los minutos hasta que acabase aquella tortura.

En silencio, se repitió a sí misma el consejo de Sable: «Sólo tienes que sonreír y ser amable con todos».

Y eso era lo que pensaba seguir haciendo. Sonreír y ser agradable. Sonreír y ser agradable.

Hasta que aquella noche infernal terminase de una vez por todas.

Ni siquiera podía hacer lo que Sable le había pedido: mantener a las otras chicas alejadas de Yuri. Las dos se habían lanzado sobre él como fieras y a él no parecía importarle en absoluto.

Mientras intentaba no respirar el olor de la asquerosa colonia de Gyorg, vio que el crupier estaba mirando a alguien que se acercaba a la mesa.

Y se quedó de piedra.

Era español, de eso no había duda. Moreno, de ojos oscuros y largas pestañas, tenía un rostro auténticamente masculino. Era alto, más de metro ochenta, con esa gracia felina que poseían tantos de sus compatriotas. Pero, ¿tendrían todos esa piel morena que recordaba a los árabes, esa nariz aquilina, esos pómulos altos? ¿Esa boca esculpida, tan sensual?

Rosalind sintió un cosquilleo en el estómago. Había visto muchos hombres guapos desde que llegó a España, pero nunca se había quedado mirando a uno boquiabierta.

Y no era sólo su belleza masculina lo que la atraía. Tenía un aspecto duro, peligroso incluso, una expresión que parecía decir: «Conmigo no se puede jugar». Era uno de esos hombres a los que todo el mundo saludaba con respeto y deferencia. Y con los que las mujeres querían irse a la cama...

¿En qué demonios estaba pensando? No se puede mirar a un hombre y, cinco segundos después, pensar en acostarse con él, se dijo Rosalind.

Pero con él sí.

No. Sólo era un hombre muy guapo, nada más. Además, no estaba para pensar en hombres. Lo único que tenía que hacer era sobrevivir a aquella noche sin salir

(5)

corriendo.

El español le dijo algo a Yuri en voz baja, con expresión seria. -... no está en mis manos -le oyó decir, mirándolos a todos.

Rosalind vio que Yuri Rostrov se ponía tenso y que otro hombre, con aspecto de guardaespaldas, se acercaba a ellos.

El español sacó un papel del bolsillo de la chaqueta, habló brevemente en español con el crupier y luego anotó una cantidad.

-Regalo de la casa -le dijo a Yuri-. Puede cobrarlo en caja.

César sabía que Rostrov lo aceptaría. Le costaba dinero sacarlo del casino, pero merecía la pena. Era un precio pequeño por echarlo de allí... y lo consiguió diciéndole que la policía española tenía detectives de paisano en el casino porque sospechaban de un negocio de lavado de dinero negro.

Rostrov asintió, como él había esperado, y le hizo un gesto a sus acompañantes. César miró entonces a la chica del vestido plateado. Ojalá no lo hubiera hecho. De cerca era aún más guapa. Tenía el rostro ovalado, la nariz delicada, los labios perfectos y los ojos de color verde esmeralda.

Y en cuanto a su cuerpo...

Para ser mujer, era alta, pero no de esas que parecen un saco de huesos. Tenía curvas, demasiadas quizá para aquel vestido tan descarado. Aunque así había tenido el placer de ver sus pechos.

El cuerpo de César reaccionó ante aquel pensamiento, pero intentó controlarse. El no tenía interés en chicas como ésa. Ella y las demás pasarían de unas manos a otras durante toda la noche.

Rosalind se puso colorada aunque, bajo el pesado maquillaje, seguramente ni se notaría. El español la estaba mirando y sabía exactamente lo que vería: una chica fácil.

Lo que más le molestaba era que no podía culparlo por ello. ¿Qué otra cosa podía pensar viéndola con aquellas otras chicas cuyos nombres ni conocía pero que,

evidentemente, solían ir al casino con hombres ricos para ver lo que sacaban? Rosalind apartó la mirada, nerviosa.

Yuri se levantó entonces y, con él, el resto del grupo. Una de las chicas lo tomó del brazo, preguntando qué pasaba, pero él no contestó. Fueron a la caja y esperaron mientras Yuri recibía un montón de billetes.

Tanto dinero... Rosalind no podía apartar la mirada.

Mientras salían del casino, se dio cuenta de que el español no dejaba de mirarlos. Debía ser el detective o el jefe de seguridad, pensó. Quizá le había advertido a Yuri que alguien lo estaba buscando. Fuera lo que fuera, el «novio» de su amiga no parecía querer quedarse allí.

Cuando salieron del casino hacía fresco. Aún no había llegado la primavera y Rosalind sintió un escalofrío.

-Yo te daré calor -sonrió Gyorg, mostrándole un diente de oro mientras le pasaba un brazo por los hombros.

(6)

sus ojos dejaba bien claro lo que quería. Rosalind no contestó. Intentó sonreír, pero la sonrisa se le quedó congelada.

Entonces vio al español en la puerta del casino, mirándolos. Y su expresión no era muy amistosa.

Una limusina negra apareció entonces como por ensalmo. -¿Dónde vamos?

-Al hotel -contestó Gyorg-. A la suite del señor Rostrov. Hay una fiesta allí... una fiesta privada.

Rosalind se apartó. Aquel hombre parecía pensar que le pertenecía.

-Nos meteremos en el jacuzzi -dio Gyorg entonces-. Y yo te frotaré la espalda. Ella se quedó helada, sin saber qué hacer.

César le dio las gracias al aparcacoches y subió al deportivo, suspirando. La noche le había dejado un mal sabor de boca. Había conseguido que los gánsters se fueran del casino, pero no le gustaba la idea de que fuesen por allí.

Miró entonces la puerta del casino... ¿Cuántos años le había costado levantarlo? Sin embargo, y gracias a todos sus sacrificios, en menos de doce años se había

convertido en uno de los mejores de la costa. Doce años trabajando para dejar de ser un estudiante sin blanca y convertirse en un hombre de negocios.

Aunque tuvo suerte; la costa mediterránea española se había convertido en un boom para turistas de mochila y para los que frecuentaban su casino, los que iban con mucho dinero y se lo gastaban en lujosas fiestas, en yates o en la mesa de black jack. César pasó por delante del hotel, que también era de su propiedad. Al lado, las mansiones donde los millonarios tenían atracados sus yates y donde jugaban al golf.

El hotel El Paraíso daba mucho dinero, como el de Mallorca y el de Andalucía. César quería ampliar aún más el negocio, en Menorca quizá o en las islas Canarias. 0 quizá en la Costa de la Luz, en el Atlántico, incluso en el norte, donde la aristocracia inglesa se había jugado su dinero a principios del siglo XX.

España seguía siendo una meta para los turistas del norte de Europa, deseosos de sol. El turismo había llevado prosperidad y la vieja España, la que se separó de Europa por culpa de un dictador que permaneció en el cargo durante cuarenta años, había desaparecido para siempre, aunque mantenía muchas de sus tradiciones.

La historia era algo que siempre lo había fascinado... incluso durante un tiempo pensó ser profesor. Pero enseguida se dio cuenta de que le gustaba ganar dinero. Y tuvo más éxito del que hubiera podido imaginar. Ahora el dinero lo perseguía a él.

Y las mujeres. Especialmente las del norte de Europa, que se volvían locas cuando llegaban a España. Pero al menos antes, cuando era camarero, sabía que él era la

atracción, no su dinero.

Desde que se hizo rico las cosas cambiaron por completo.

César apretó el acelerador, con gesto cínico. Recordaba su sorpresa al descubrir que un hombre con dinero podía tener todas las mujeres que quisiera. La costa estaba

(7)

llena de chicas guapas en busca de hombres ricos. Cualquier hombre rico. Gordo, viejo, daba igual.

Descubrir que, para ellas, su cartera era más importante que él mismo le abrió los ojos.

Pero había aprendido rápidamente y ahora era lo suficientemente cínico como para elegir entre ellas a las más guapa. Y siempre había dónde elegir.

¿Siempre sería así?, se preguntó entonces. ¿Un desfile de mujeres guapas en su vida? César sonrió. No podía quejarse. La mayoría de los hombres envidiaría esa suerte.

Además, algún día sentaría la cabeza. Aunque no sabía cuándo. En cierto modo, su mundo era un mundo vacío. Pocos matrimonios duraban porque los ricos solían cambiar de esposa a menudo. Entonces pensó en sus padres, muertos los dos, que habían trabajado toda su vida como funcionarios. Cuando les dijo que no quería ser profesor les dio un disgusto, pero un verano trabajando en una inmobiliaria les abrió los ojos.

Sus padres habían vivido lo suficiente como para ver que su hijo se convertía en un próspero hombre de negocios, pero su padre estaba eternamente preocupado por los riesgos y su madre lamentaba que no se hubiera casado. Habían muerto los dos en un accidente de coche cinco años antes, dejándolo solo en el mundo. Y César dedicó todas sus energías desde entonces a construir El Paraíso.

Su único respiro, un palacete del siglo XVIII en las montañas, alejado de la costa, donde viviría cuando, por fin, decidiera sentar la cabeza.

Aunque tenía otra diversión: las mujeres. En aquel momento no salía con nadie; la última había sido una nórdica divorciada, increíblemente original entre las sábanas. Ella le había dejado claro que no le importaría convertirlo en su segundo marido, pero César no estaba dispuesto. Ilsa Tronberg estaba enamorada de su dinero, no de él.

Intentaba esconderlo, claro, pero lo supo desde el principio. Aunque no fuera como aquellas chicas que colgaban del brazo de Rostrov, su objetivo era el mismo.

Entonces recordó a la chica del vestido plateado... Una pena. Había algo peculiar en ella, algo que le habría gustado explorar... si no fuera una de esas mercenarias. Además, en aquel momento estaría revolcándose con alguno de esos gánsteres... o con todos.

César pisó el freno al llegar a una intersección. Aunque era más de medianoche, había tráfico en ambas direcciones. El Paraíso estaba a ocho kilómetros del pueblo, pero en medio había muchas urbanizaciones y hoteles. Para llegar al palacete tendría que hacer lo que iba a hacer en unos minutos, tomar dirección norte.

Pero entonces algo llamó su atención. 0, más bien, alguien. Automáticamente, levantó el pie del freno, sorprendido.

Rosalind hizo un gesto de dolor. Se había quitado los zapatos y caminar descalza era muy desagradable. Aunque era peor caminar sobre aquellos tacones de doce centímetros. La raja de la falda le resultaba conveniente en ese momento, pero le

(8)

quedaban muchos kilómetros por delante.

Estaba furiosa. No con Yuri Rostrov y su pandilla, sino consigo misma. Por muchos favores que le debiera a Sable, acostarse con aquel tal Gyorg no estaba en el

programa.

Cada vez que lo pensaba le daban náuseas.

Por supuesto, se había negado a entrar en la limusina. A Yuri no le hizo gracia, claro, pero Rosalind insistió en que quería volver a casa. Y, afortunadamente, Rostrov la dejó en paz.

No había llevado dinero para un taxi y era demasiado tarde para tomar el autobús... y si alguien paraba para llevarla, no sería por razones altruistas.

En ese momento, un coche se detuvo a su lado, pero Rosalind ni siquiera lo miró. «No te pares», se decía a sí misma. «Si te habla, ni lo mires».

De todas formas, sujetó uno de los zapatos por la punta. Si era necesario, usaría los tacones como arma. Rosalind se puso tensa al ver por el rabillo del ojo que un hombre salía del coche. Era un hombre alto, de esmoquin. Y el coche era un deportivo.

Los coches de lujo no eran raros en la costa, pero aquel modelo parecía el más lujoso de todos. Bajo, brillante, era casi como un coche de carreras.

«No te pares, sigue andando...» -¿Señorita?

Aquella voz le resultaba familiar.

Era el español del casino, el que le había dado dinero a Yuri. Y allí estaba, en medio de ninguna parte a la una de la mañana.

-¿Quiere que la lleve a algún sitio?

Había cierto tono de ironía en su voz y eso la molestó. Después de todo, era evidente que una mujer caminando a esas horas con un vestido de noche no lo haría por dar un paseo.

-No, gracias.

-No sea tonta -dijo él entonces, tomándola del brazo. -¡Suélteme o le doy un taconazo! -exclamó Rosalind. El la soltó de inmediato.

-No se ponga así. Si va al pueblo, puedo llevarla. -¿Por qué?

Cuando lo miró de cerca se le encogió el estómago. Era guapísimo. Había muchos hombres guapos por allí, pero aquél... aquél la atraía como no la había atraído ningún otro. Normalmente le gustaban los españoles, pero algo en aquel hombre le hacía tener pensamientos muy poco sensatos.

-Digamos que al casino no le haría un favor que le pasara algo. Tendríamos que contestar muchas preguntas de la policía...

-¿Cómo sabe quee he estado en el casino? -preguntó ella.

-¿De dónde podría venir? No hay otro sitio por aquí que atrajese a una mujer como usted. Además, la he visto antes. Dígame una cosa, ¿por qué no se ha ido con sus amigos? ¿La limusina no era suficientemente grande?

(9)

-Sí, pero no me apetecía ir -contestó ella.

-¿No eran de su gusto, señorita? -sonrió entonces el español, irónico.

-Mire, detective o lo que sea, déjeme en paz. Estoy cansada y sólo quiero irme a dormir.

Rosalind iba a darse la vuelta, pero al hacerlo se clavó una piedra en el pie. -Se va a hacer daño -le advirtió él-. Si tuviera un poco de sentido común

aceptaría mi oferta. Créame, conmigo no corre peligro. Pero no todos los que paran al ver a una chica guapa lo hacen con buenas intenciones. Además, no creo que encuentre un coche más rápido que el mío.

Rosalind miró el deportivo.

-Muy bien, se lo ha prestado su jefe y quiere lucirlo, ¿no? Me alegro por usted. Pero entonces se le ocurrió pensar que si era el jefe de seguridad del casino podría confiar en él. No iba a comprometer su trabajo asaltando a una turista, ¿no? Y estaba tan cansada, le dolían tanto los pies...

Cojeando, se acercó al coche.

-Café Carmen en la calle de las Américas, en el puerto viejo. Y vaya deprisa, si no le importa.

Capítulo 2

EL ESPAÑOL abrió la puerta del coche, esperó a que estuviera sentada y se colocó tras el volante. Estaba muy serio, como si no le hubiera gustado nada su tono.

«Pues peor para él», pensó Rosalind.

Ella no le había pedido que parase. Además, había pasado la peor noche de su vida. Y si hubiera subido a esa limusina... Rosalind sintió un escalofrío.

-¿Qué pasa?

-Nada -contestó ella, sin mirarlo. Pero, por el rabillo del ojo podía ver su mano sobre el volante. Tenía los dedos largos y las uñas bien cortadas. La manga blanca de la camisa hacía contraste con lo bronceado de su piel. Le hubiese gustado mirarlo bien, pero sólo era un hombre que la llevaba a casa, alguien del equipo del casino que no quería ningún escándalo.

-Un consejo, señorita... -¿Sí?

-Los hombres como Rostrov son peligrosos. Y le advierto que su vida no le

importa nada. Si, por casualidad, oyera usted algo sobre algunos de sus «negocios», no dudaría en quitársela de en medio...

-¿Qué?

-Ya me ha oído -contestó el español-. Los gánsters como Rostrov son así. -¿Gánsters?

-¿No le gusta la palabra?

-¡Yuri Rostrov no es un gánster! -protestó Rosalind-. Es un hombre de negocios que se ha hecho rico desde que cayó el sistema comunista.

(10)

-Sí, claro, con tráfico de drogas, de armas... Ella lo miró como si estuviera loco.

-¿De verdad es usted tan ingenua? -¡Yo no sabía que fueran gánsteres!

¿Sería sincera?, se preguntó César. Si era así, se alegraba de haber parado. Ninguna mujer vestida así debería ir sola a esas horas por la carretera. Pero, ¿había parado sólo por caballerosidad?

De cerca, aquella chica era guapísima... a pesar del maquillaje y el vestido. Pero incluso así le gustaba.

-¿De qué conoce a esos delincuentes? -preguntó Rosalind entonces. -Conozco a todos los que van al casino.

-Ah, claro. Es su trabajo. Detective o jefe de seguridad, ¿no?

César apartó una mano del volante y abrió la guantera, de la que sacó una tarjeta.

César Montárez. Inmobiliaria El Pacuso, leyó Rosalind.

-Conozco absolutamente a todos los que entran en mi casino, señorita. Tenemos una base de datos, algo necesario en este negocio. Algunos, como nuestro amigo Yuri Rostrov, se gastan un dinero de origen desconocido y que llama la atención de la policía. Tales jugadores no son bienvenidos en mi casino.

-¿El casino es suyo?

-Soy propietario del casino, el hotel y los chalés de El Paraíso.

-Pensé que era un detective o algo así -murmuró ella, sorprendida-. Y que le habían prestado el coche.

-No, es mío. ¿le gusta? -No está mal.

El hombre soltó una carcajada. No sabía por qué, pero había algo en su aparente falta de interés por un deportivo que costaba doscientos mil euros que le hacía gracia.

Además, una chica como ésa, que prácticamente llevaba un precio grabado en la frente...

Entonces, ¿por qué no parecía interesada? ¿Y por qué no se había quedado con Rostrov y sus acompañantes?

-¿Por qué no se fue con Rostrov?

-Porque no soy tan tonta. Puede que no supiera que es un gánster, pero no soy tan mema como para meterme en un coche con él y sus amigotes.

-Pensé que era para eso para lo que salía con ellos.

Rosalind apretó los labios. Muy bien, pensaba que era una fresca. Era normal, al verla con aquel vestido.

-Pues no. Estaba con ellos porque... porque le estaba haciendo un favor a la novia de Yuri Rostrov. Está mala y no quería que alguna lagarta le quitase el novio, así que yo estaba ahí para evitarlo. Cuando él y sus amiguitos quisieron seguir la fiesta en privado yo dije que me iba a mi casa. No les hizo gracia y acabé caminando.

(11)

-Los taxis cuestan dinero, señor Montárez.

-Ah, claro, y a usted sólo le gusta gastarse el dinero de los demás -sonrió él. -No tiene ningún derecho a decir eso. No me conoce de nada -replicó Rosalind. -La costa está llena de chicas buscando hombres que se gasten dinero en ellas -dijo, encogiéndose de hombros.

-Pero yo no soy una de ellas.

-Si no quiere que la gente piense eso, le sugiero que no vista de esa forma. Y que no salga con gente como Yuri Rostrov.

-Ya le he dicho que estaba haciéndole un favor a mi amiga. -Ya.

-Mire, señor Montárez, soy una ingenua, de acuerdo. Pero no soy ese tipo de chica... aunque usted lo crea.

-Pues entonces no vuelva a hacerle favores a esa amiga suya.

-No lo haré, desde luego. Pero que lo haya hecho no me convierte en una chica fácil, así que deje de mirarme con esa cara. Yo no le he pedido que me lleve a casa y no le he pedido que me dé una charla. Créame, no pienso volver a ver a Rostrov y no pienso volver a entrar en su precioso casino. Si iba a decirme que no volviera por allí, puede ahorrárselo.

El hombre la miró, sorprendido.

-Es una pena que no quiera volver por.el casino -dijo entonces.

Sus protestas eran tan vehementes que tenía que creerla. Y si no se acostaba con Rostrov y su pandilla... se alegraba mucho más porque entonces sí le interesaba.

Rosalind lo miró, sorprendida. ¿Quería que volviera al casino? ¿Por qué?

Habían llegado al pueblo y se dirigían al puerto, a través de las calles estrechas. Mientras doblaba una esquina, él le sonrió y a Rosalind le dio un vuelco el corazón. Tenía una sonrisa... hacía que le temblasen las piernas.

No había nada cínico o irónico en esa sonrisa, además. Sólo era... sexy.

-Me gustaría que volviera a mi casino, pero esta vez como invitada mía, señorita... -Rosalind Foster.

-Señorita Foster -murmuró él, con un fuerte y sensual acento español.

Aquélla había sido la peor noche de su vida, le dolían los pies de caminar descalza y, sin embargo, estaba pasando algo... era como si un chorro de champán recorriera sus venas.

Y todo por el hombre que iba sentado a su lado, el hombre más guapo que había visto en su vida.

Que acababa de decir que le gustaría volver a verla. Desgraciadamente, sólo podía darle una respuesta. -Me temo que no será posible.

César la miró, perplejo. Las mujeres no lo rechazaban... a menos que estuvieran haciéndose las duras, como parte del ritual de algunas mujeres para sentir que no

(12)

acababan en la cama al primer intento.

Pero siempre acababan en la cama. En su cama. Y aquélla también lo haría.

Aunque se mostrase indignada, había visto que lo miraba por el rabillo del ojo. Y aunque su dinero ahora hacía que las mujeres estuvieran más interesadas por él, también sabía que aquella tensión no tenía nada que ver con su cuenta bancaria.

El vestido, obsceno pero aceptable en aquel momento, dejaba al descubierto un escote estupendo. Sí, le gustaría volver a verla. Desde luego que sí.

Muchos hombres no necesitaban conocer en absoluto a una mujer para irse a la cama con ella. Ni muchas mujeres. Algunos se conformaban con un par de copas antes de disfrutar de las caricias más íntimas. Pero él prefería un poco más de sutileza. Le gustaba disfrutar del proceso de seducción, sabiendo cuál sería el resultado.

Pero con aquella chica...

No le importaría nada que la jornada fuese más corta.

Se sentía tentado, más tentado que nunca. Hacía tiempo que no veía a una mujer tan guapa y descubrir que no se acostaba con aquel gánster la hacía aún más atractiva.

Y cuanto antes le quitase aquella atrocidad de vestido, mejor.

Poco después llegaron a la calle de las Américas. No podía entrar con el

deportivo porque era una calle muy estrecha. Podía ver el letrero del café Carmen, un típico bar para turistas, pero no le apetecía dejar allí el coche. Aunque seguramente podría, porque la calle estaba llena de ellos, algunos aparcados en la acera. Por supuesto, podría decirle que recogiera su cepillo de dientes para ir a su casa...

¿Iría? Seguro que podría convencerla, pensó. A los treinta y cuatro años, había aprendido a saber cuándo una mujer estaba interesada en él.

Y Rosalind Foster lo estaba.

Le había molestado que la confundiera con una chica fácil... y eso también podría ser muy erótico. Rosalind Foster lo miraba con deseo, estaba seguro.

Pero, ¿debía disfrutar del placer esa misma noche o de la anticipación de ese placer? Ambas posibilidades lo atraían.

-Puede dejarme aquí -dijo ella entonces.

César sonrió. Las chicas inglesas eran especialistas en usar ese frío tono británico. Era una forma de decir «no me toques», aunque luego, cuando las tocabas, ellas estaban deseandolo. Si aquella rosa británica no quería que la tocase se comería el proverbial sombrero.

No, era algo mutuo, seguro. Y no había razón para no disfrutar de aquella atracción.

Cuando se volvió tuvo que contener el aliento. El aire del mar había alisado su pelo, que caía en ondas sobre su espalda. Y, a pesar del maquillaje, era increíblemente guapa.

-¿De verdad quieres irte? -preguntó él entonces, tuteándola.

Rosalind se puso tensa. Algo pasaba entre ellos, estaba pasando desde que él la invitó a volver por el casino...

(13)

Era como si hubiese caído una barrera, la barrera de que él la creyera promiscua. Y eso hizo que, de nuevo, Rosalind sintiera como si chorros de champán corrieran por sus venas. El desprecio que vio en sus ojos cuando estaba con Yuri había desaparecido. Ahora, lo único que veía en sus ojos era...

Deseo. Nada más.

Rosalind no era una experta, pero tendría que ser una tonta para no saber ver el deseo en los ojos de un hombre.

Y qué hombre...

El corazón le dio un vuelco, pero no tenía tiempo para eso. Que un hombre guapísimo la mirase con deseo era halagador, pero no había espacio para eso en su vida. Su vida estaba centrada en una sola cosa: ganar dinero. Hasta que pudiera librarse de la carga que llevaba sobre sus espaldas.

No tenía tiempo para un romance.

Ni siquiera con un hombre como César Montárez, que hacía que su corazón se acelerase.

Pero, ¿qué pasaría si se quedara?

Rosalind apretó los labios, intentando apartar la mirada. Y fracasando completamente.

Sabía lo que pasaría si se quedaba en el coche, que acabaría en su cama. ¡No! Eso era imposible, se dijo.

Sin embargo, sentía los ojos oscuros del hombre clavados en ella. Se le dilataron las pupilas y observó, fascinada, que a él le pasaba lo mismo. Podía respirar el aroma de su colonia, mezclado con el olor de los asientos de piel. Y el olor de su cuerpo, leve pero potente.

El tiempo parecía haberse detenido. -No puedo -dijo entonces-. No puedo.

-Inténtalo -murmuró César, metiendo la mano por debajo de su pelo-. Inténtalo. El beso fue un regalo. Rosalind cerró los ojos, como para olvidar lo que estaba haciendo y para saborearlo mejor. Sin saberlo, dejó escapar un suave gemido cuando él abrió su boca para introducir la lengua.

El tiempo se detuvo. Se detuvo hasta que él se apartó.

-Ese ha sido un buen intento -sonrió César, inclinándose de nuevo-. Pero la próxima vez puedes hacerlo mejor.

Rosalind se puso tensa. -¡No!

El rechazo fue claro. Absoluto.

César se quedó inmóvil. ¿Qué significaba eso? Sonaba sincero, demasiado sincero.

-Muchas gracias, pero tengo que irme -dijo ella entonces, a toda velocidad, buscando sus zapatos.

(14)

-No quiero que te vayas.

Era cierto, no quería. Había algo en aquella mujer que lo hacía desear no perderla.

La voz ronca del hombre era tan persuasiva, pero Rosalind tardó unos segundos en encontrar la suya:

-Eso es evidente. Pero si quería cobrarse el favor, debería habérmelo dicho desde el principio.

César Montárez se puso muy serio, pero a Rosalind le daba igual. Lo único que quería era salir de allí. Lo antes posible.

-Antes no parecías tener tanta prisa.

-Mire, ha sido un beso de buenas noches, de acuerdo. Gracias por traerme. Espero que esos gánsters no vuelvan por su casino. Yo tampoco lo haré, no se preocupe.

-¿Por qué?

-¿Por qué qué? -pregunto Rosalind, sorprendida. -¿Por qué no piensas volver al casino?

Seguía sujetando su muñeca y ella no tenía fuerzas para soltarse. Todavía no. -¿Por qué? Es evidente. No es el tipo de sitio al que yo suelo ir. No tengo dinero para jugar y ya le he dicho que no suelo salir con hombres como Yuri Rostrov.

-Me alegro. Porque el único hombre con el que quiero verla es conmigo, señorita Foster.

Le estaba tomando el pelo. Y eso la enfadó... y la excitó al mismo tiempo. -Da igual lo que usted quiera, señor Montárez, porque no va a conseguirlo -dijo Rosalind entonces, soltándose de un tirón-. No soy esa clase de chica. Sé que hay muchas inglesas que se comportan de esa forma, pero yo llevo tres años aquí y no me acuesto con cualquiera. Así que, gracias y buenas noches.

Salió del coche, indignada y, a la vez, sintiendo una absurda pena porque sabía que César Montárez nunca, jamás, volvería a cruzarse en su camino.

Mientras caminaba, sentía los faros del coche clavados en su espalda, como dos ojos vigilantes. Pero cuando entró en el portal y oyó que el deportivo arrancaba sintió... algo que no podría definir en aquel momento.

Que no quería definir.

Rosalind subió las escaleras intentando no recordar lo que había sentido al besar a aquel hombre.

-César Montárez. César Montárez -repetía Rosalind, disfrutando del sonido exótico de ese nombre.

Tan exótico como él mismo.

Mientras se quitaba el maquillaje, la imagen de César Montárez daba vueltas y vueltas en su cabeza.

Pero era absurdo. ¿Para qué pensar en aquel español que la había besado como nadie, qué había inflamado sus sentidos como ningún otro hombre?

(15)

Los hombres como César Montárez, que coleccionaban mujeres, no eran para ella. Además, en su vida no había tiempo para romances. Sólo para ganar dinero. Siempre ganar dinero...

Para poco a poco, semana a semana, poder pagar su deuda.

¿Cómo se había metido en aquel terrible lío? ¿Cómo era posible que debiese miles y miles de euros?

Rosalind levantó la barbilla. Volvería a hacerlo todo otra vez, sin duda. No lo lamentaba en absoluto.

Mientras se quitaba la sombra de ojos, sintió que las lágrimas corrían por su rostro. Lágrimas familiares ya. Lágrimas que borraban todos sus tristes pensamientos, su angustia. Que borraban incluso el recuerdo de César Montárez.

-¡Ros! ¿A qué demonios estás jugando? ¡Te pedí que cuidases de Yuri, no que se lo pusieras a Lena en bandeja de plata! ¿Cómo has podido traicionarme así?

Era Sable, claro. Rosalind sabía que se enfadaría cuando supiera que no terminó la noche con Yuri y su pandilla. Y, por supuesto, su amiga estaba frente a la barra del café, furiosa.

-Sí, bueno, me dijiste que Yuri se pasaba la noche en el casino y que luego me llevarían a casa, pero no fue así. De repente, salimos del casino y...

-¡Deberías haberte quedado con él!

-Iban a su hotel, Sable. Eso no era parte del trato y tú lo sabes. Sable apretó los dientes.

-Muchas gracias, Rosalind. Yuri pasó la noche con Lena y ahora ella me lo está restregando por la cara... Y yo no pienso perder a Yuri porque es mío.

Rosalind no dijo nada. Si no hubiera sido por Sable, no sabía qué habría sido de ella. Seis meses atrás, el banco la había amenazado con cargar un interés enorme sobre su deuda, un interés que le sería imposible pagar por mucho que trabajase. Estaba desesperada.

Y ella la había ayudado.

-Yo te prestaré el dinero sin intereses, ¿de acuerdo? Así podrás pagar al banco y devolverme el dinero cuando puedas.

Rosalind aceptó la oferta llena de gratitud, pero incluso pagándole mes a mes, iba a tardar años en condonar su deuda. Sable, por supuesto, pensaba que estaba loca por no aceptar el camino más fácil: dejar que algún tipo rico le diera dinero.

«No puedo creer que prefieras trabajar como una esclava cuando podrías solucionar el problema en unos días», le había dicho cien veces.

-¿No viste anoche lo que te estás perdiendo, Ros? -suspiró su amiga-. El Paraíso es un sitio fantástico. Una vez fui con otro tío, pero espero que Yuri me lleve esta noche... cuando me haya librado de Lena, claro.

Rosalind no quiso decirle que seguramente Yuri Rostrov no podría volver a pisar El Paraíso. ¿Sabría su amiga que Rostrov era un gánster?

(16)

Seguramente sí. Y seguramente no le importaba. Sable era así.

Lamentaba haberla decepcionado, pero ella no estaba dispuesta a hacer ciertas cosas.

El café se había llenado de clientes y Rosalind se concentró en su trabajo. Poco después, Sable le dijo que se iba al salón de belleza para ponerse divina antes de que Lena clavase sus garras en Yuri.

Aliviada, ella siguió trabajando. Pero mientras servía cafés, recordó de nuevo a César Montárez, el hombre más fabuloso que había conocido nunca, inclinándose hacia ella para besarla...

Se le escapó un vaso de las manos y cayó al suelo con un estruendo de cristales rotos.

Junto con aquel recuerdo.

César Montárez no era para ella.

Pero siguió apareciendo en sus sueños, dormida y despierta. Seguía pareciéndole fantástico que un hombre tan poderoso como César Montárez hubiese querido tener algo con ella, que la hubiera invitado a su casino.

«¿Y por qué quiere volver a verte?», se preguntó entonces. «Para acostarse contigo, nada más. Da igual que bese mejor que nadie, sólo quiere echar un polvo».

A Rosalind se le encogió el corazón. Pero era absurdo seguir pensando en él. Sin embargo, a pesar de todo, seguía soñando con él y la tentación de volver a verlo era casi insoportable.

«Podrías tomarte una noche libre para ir al casino, ¿no? Sólo para verlo una vez más. Sólo eso».

Pero el sentido común le dijo que era una tontería.

Sí, seguro, eso es todo lo que quieres. Mentirosa. Lo que quieres es mucho más que mirarlo y él también, así que no seas idiota».

Rosalind siguió barriendo el suelo del café antes de abrir. El señor Guarde pasaría por allí aquel día. Era el propietario de varios cafés en el pueblo y, aunque no tenía nada personal contra él, le daba rabia que, a cambio de la habitación en el piso de arriba, le pagase tan poco. Ella era una buena trabajadora, responsable y seria.

Pero debía serlo porque tenía sobre sus espaldas un montón de deudas.

Rosalind sonrió al recordar el deportivo de César Montárez. A saber el dineral que valdría, pero para él era sólo un juguete. ¿Cómo podía haber pensado que era un simple detective? El esmoquin de diseño debería haberle dado una pista... además de su aspecto imponente.

Otra vez estaba pensando en él...

«¿Es que no puedo quitármelo de la cabeza?», se preguntó.

«No. Y no quiero. Quiero seguir pensando en él, soñando con él, aunque es completamente absurdo. Aunque sé que si volviera a El Paraíso sería exclusivamente para acostarme con él».

(17)

«Pero lo pasaría bien», le dijo una traidora vocecita. ¿Y qué había de malo en pasarlo bien?

Que ella no podía permitírselo, se dijo Rosal ind a sí misma. La razón por la que seguía pensando en César Montárez era que así olvidaba sus problemas. Pero la única forma de solucionarlos era pagarle a Sable lo que le debía. No podía perder el tiempo pensando en un millonario español de ojos oscuros y largas pestañas...

Con un decidido golpe de fregona, Rosalind siguió limpiando el suelo.

Después de comer, cuando muchos españoles se estaban echando la siesta, Sable volvió al café. Rosalind estaba haciendo caja. Una pareja británica tomaba un refresco en la terraza, pero el interior del café estaba vacío.

Sable llevaba una faldita rosa cortísima, un top blanco y unas gafas de sol rodeadas de brillantitos sobre el pelo rubio teñido. Entró en el bar moviendo provocativamente las caderas. Lo hacía siempre, aunque no hubiese público.

-Hola. ¿Qué tal va todo?

-Bien... bueno, no del todo -suspiró su amiga, mirándola de una forma que no le gustó nada.

-¿Qué pasa? -preguntó Rosalind-. ¿No has podido librarte de Lena? Sable sonrió, mirándose las uñas que, por un momento, parecían garras. -Claro que sí.

Rosalind no se atrevió a preguntarle cómo.

-La cosa es que, aunque me he librado de Lena, sigo teniendo un problemilla. -¿Cuál?

-Yuri está enfadado por lo de la otra noche. No le hizo gracia que pasaras de él. La gente no hace eso, especialmente las chicas.

-Le dije que sólo había aceptado ir con . ellos al casino, nada más.

-Sí, ya, pero no le hizo gracia. A Yuri le gusta salirse siempre con la suya y tiene la impresión... -Sable soltó una risita-. Bueno, ya sabes cómo son los hombres. Tiene la impresión de que le hiciste quedar mal delante de los demás.

-Iban al hotel, Sable, al jacuzzi. Y por cómo me manoseaba el tal Gyorg, estaba claro cuál era su propósito. Ya sabes que yo no hago esas cosas...

-No te acuestas con nadie, desde luego -la interrumpió Sable-. Pero Yuri está enfadado y lo está pagando conmigo. Mira, me hace falta ropa nueva porque ya no tengo nada que ponerme y ahora ha cerrado el puño.

Rosalind apretó los labios.

-¿Y qué tiene eso que ver conmigo?

-Claro que tiene que ver. No quiero meter la pata con Yuri, Ros. Es un tío que sabe gastarse el dinero, por eso te envié con él el otro día. Lo que no sabía es que ibas a estropearlo todo.

-Sí, bueno, yo tampoco sabía que querrían meterse conmigo en un jacuzzi -replicó Rosalind-. Sé que te debo mucho, Sable, pero yo no puedo vivir como tú. Yo no soy así,

(18)

lo siento.

-Lo sé, lo sé. Admito que a mí el sexo me gusta mucho, siempre me ha gustado. Pero lo único que necesitas es un tío rico. Eso es todo. El te sacaría de este lío... y podrías pasarlo bien.

Habían hablado mil veces de aquello y la discusión siempre terminaba de la misma forma.

-No voy a acostarme con nadie para pagar mis deudas, Sable. La otra chica suspiró, irritada.

-Estás tirando tu juventud por la ventana, Ros. Trabajas como una esclava cuando podrías estar pasándolo en grande sin mover un dedo... Y no serás siempre tan guapa, te lo aseguro. Ahora hay un montón de chicas jovencísimas pisándonos los talones -dijo entonces, con expresión angustiada-. No puedo dejar que se me escape Yuri, así que... tienes que venir con nosotros esta noche.

-¡De eso nada! -Ros...

-Sable, no. No puedo. Lo siento, pero no quiero acercarme a Yuri Rostrov.

Quizá su amiga no sabía que Rostrov era un gánster. 0 quizá sí y se hacía la ciega. En cualquier caso, no quería explicarle cómo lo había sabido ella.

-Ya sé que te debo mucho, pero...

-No me lo debes a mí, se lo debes a Yuri. -¿Qué?

Sable apartó la mirada.

-Hace unos meses me dejé llevar cuando estábamos en el casino de Puerto Banús... y perdí mucho dinero de Yuri. A él no le hizo gracia, claro. Como no podía pagárselo, le conté que... en fin, que alguien me debía dinero a mí y él me dijo que le transfiriese la deuda. Así que, técnicamente, a quien le debes el dinero es a él no a mí.

-¿Le debo siete mil euros a Yuri Rostrov? -exclamó Rosalind, con voz temblorosa. Sable se encogió de hombros.

-No pasa nada. Tú sigue pagándome como hasta ahora y Yuri estará contento. Sólo te lo he contado para que sepas que nos conviene a las dos llevarnos bien con él. Por eso tienes que venir esta noche con nosotros. Él salvará la cara delante de los demás y dejará de estar enfadado conmigo. No te preocupes, podrás salir corriendo antes de medianoche.

Rosalind no estaba escuchando porque sólo podía pensar en una cosa: le debía siete mil euros a un gánster.

En su cabeza, oyó la advertencia de César Montárez: «Los hombres como

Rostrov son peligrosos. Y le advierto que su vida no le importa nada. Si, por casualidad, oyera usted algo sobre alguno de sus negocios, no dudaría en quitársela de en medio».

Le habría gustado soltar una carcajada histérica, pero no pudo porque Sable seguía hablando.

-Así que vendré a buscarte esta tarde. Luego nos reuniremos con Yuri y... -No puedo -la interrumpió Rosalind.

(19)

-¿Cómo que no?

-Que esta noche no puedo.

-Ros, puedes cerrar el café antes de la hora. Necesito tu ayuda, de verdad. Pero Rosalind era inmune a la impaciencia y la angustia en la voz de su amiga. Lo único que tenía claro era que por nada del mundo iba a salir con un gánster al que debía siete mil euros.

-No puedo -repitió, intentando encontrar una buena excusa-. Porque... esta noche tengo una cita.

Capítulo 3

ROSALIND podía sentir los nervios agarrados al estómago mientras salía del taxi y caminaba hacia la lujosa entrada del casino.

¿Se había vuelto loca?

Había sido un impulso, quizá un impulso absurdo lo que le hizo decirle a Sable que no podía salir con ella porque tenía una cita. Sable, de inmediato, quiso saber con quién y ella le contó que era alguien a quien conoció en El Paraíso.

-¿Es rico? -preguntó su amiga, con los ojos muy abiertos. Rosalind asintió.

-¡Genial! ¡Ros, éste podría ser tu golpe de suerte! Tú sal esta noche con ese tío y yo le diré a Yuri que a lo mejor puedes pagarle antes de lo previsto. Eso lo pondrá de buen humor. Por cierto, si quieres que te dé algún consejo sobre cómo calentarlo en la cama, pregúntame, soy una experta. Tengo un repertorio que te dejaría de piedra. Pero guárdalo para cuando lo necesites, ¿eh? Si ves que empieza a pasar de ti...

Rosalind escuchaba todo aquello intentando no decirle a su amiga lo que pensaba de ella.

-La verdad, siento mucha curiosidad por ese tío. Tiene que ser tremendo para que hayas aceptado salir con él. Juega bien tus cartas y puedes ganar mucho dinero, Ros. Primero engánchalo bien. No le dejes claro desde el principio que lo que buscas es el dinero... a estos tíos les gusta pensar que estás loca por ellos, aunque en la cama sean una pena. Estaría bien que le sacaras una buena cantidad para dársela a Yuri... Pero bueno, después de esta noche no tendrás que preocuparte. Quiere irse a Montecarlo, así que no te dará problemas.

-Ya -murmuró Rosalind, angustiada.

-Estoy muy contenta por ti. Ya verás lo bien que lo vas a pasar a partir de ahora... dinero, fiestas, ropa.

Ella no dijo nada. Debía estar loca para haberse inventado que tenía una cita con César Montárez.

¿Querría verla después de lo que pasó la otra noche? A lo mejor se había olvidado de ella por completo.

Rosalind se puso colorada al pensar en lo que iba a hacer: presentarse delante de un hombre que poseía un hotel y un casino, un hombre cuya imagen había aparecido en

(20)

sus sueños desde que lo conoció, y esperar que la dejase estar en el casino toda la noche como coartada para no tener que salir con Yuri Rostrov.

Sintió un escalofrío al pensar en el gánster. En realidad, la vergüenza de enfrentarse con César Montárez era el menor de sus problemas.

Pero mientras se aproximaba a la puerta del casino se dio cuenta de que, antes, iba a tener que enfrentarse con otro obstáculo: el portero.

-Perdone, señorita, ¿viene acompañada? -No, vengo sola.

-Lo siento, pero no pueden entrar mujeres solas en el casino.

-Tengo más de veintiún años -replicó ella, sorprendida. ¿Podría aquel hombre pensar que era menor de edad?

-Lo siento, son reglas de la casa no admitir a señoritas que vengan solas -insistió el portero.

Rosalind lo entendió entonces y se puso colorada.

Aquella noche no llevaba el descarado vestido que Sable le había prestado y pensaba que tenía una apariencia aceptable. Aquel vestido era lo único que le quedaba de los días en los que se gastaba dinero como si no existiera el día de mañana.

Pero el día de mañana había llegado y estaba allí mismo, delante de su cara. Sin embargo, el tul que rozaba sus rodillas la llevó a momentos más felices, mucho tiempo atrás, cuando paseaba alegremente por la costa española como si tuviera todo el derecho a estar allí.

Pero no había tiempo para recuerdos dolorosos. -Yo... estuve aquí la otra noche.

-Lo siento, señorita -insistió el portero, señalando un taxi. «¡No!», pensó Rosalind. No podían echarla antes de entrar.

-Espere un momento -dijo, sacando del bolso la tarjeta de César Montárez-. El señor Montárez me pidió que viniera. Me dio esto la otra noche.

-Un momento, por favor. ¿Cómo se llama? -Rosalind Foster.

El hombre sacó un móvil del bolsillo y marcó un número.

-La señorita Foster está aquí, señor Montárez... Sí, muy bien -dijo, antes de colgar-. Puede pasar, señorita.

Aliviada, Rosalind entró en el vestíbulo. Estaba mirando el elegante suelo de moqueta beige y los candelabros cuando lo vio en la escalera, guardando el móvil en el bolsillo.

César Montárez.

Se acercaba a ella, tan fabuloso como la primera vez, elegantísimo con el esmoquin, alto y tan, tan guapo.

Cuando se detuvo delante de ella, el corazón de Rosalind se aceleró. -Has venido.

No dijo nada más. No tenía que hacerlo.

(21)

euros... se evaporó.

Sólo miraba a César Montárez, que la miraba a su vez con una sonrisa en los labios, como si fuera justo la persona a la que había estado esperando.

-Sí -dijo Rosalind por fin. Era todo lo que tenía que decir.

El tomó su mano para llevársela a los labios, sin dejar de mirarla a los ojos. -Ven conmigo.

César se sentía triunfante. Triunfante y satisfecho. No se había equivocado. Aunque Rosalind había tardado dos noches en aparecer, dos noches en las que estuvo convencido de que en cualquier momento iba a mirar alrededor y la encontraría allí. Si no hubiera aparecido esa noche, habría ido a buscarla.

Pero estaba allí. César volvió a sentir la anticipación. Oh, sí, definitivamente la anticipación.

Se había hecho la dura. Y le parecía bien porque así había aumentado su apetito. Lo hizo esperar y también le parecía bien porque así. aumentaría el placer del festín.

Mientras iban hacia el bar, su aroma lo envolvió. No llevaba perfume, era su propio aroma personal, el olor de su pelo. Y en cuanto a su vestido, era como si nunca la hubiera visto con aquel horror de Jamé plateado. Aquella noche iba vestida como debía vestir siempre una mujer como ella. El color negro, el elegante corte del vestido, sin mangas, el pelo recogido en un moño que dejaba su rostro al descubierto... y aquella noche no llevaba apenas maquillaje, sólo brillo en los labios. Esos labios que serían suyos.

Pero todavía no. «La noche es joven», pensó. La saborearía. Saborearía el placer de dejar que su belleza lo tentase.

Y antes de la consumación había que observar ciertos rituales. -¿Champán?

Rosalind asintió con la cabeza. Era incapaz de decir nada. Su corazón latía hasta ahogarla y sólo tenía ojos para él.

César Montárez.

Que estaba sonriéndole.

«¿Qué me está pasando?». «¿Por qué siento esto?».

Pero no quería una respuesta. No quería pensar. Sólo quería que César Montárez volviese a mirarla y mirarlo a él durante toda la noche.

Embriagada, oyó cómo el camarero descorchaba una botella de champán y vio que César le ponía una copa en la mano.

-Gracias por venir esta noche.

Su voz era suave, como una caricia, pero Rosalind parecía haberse quedado sin palabras.

(22)

Sus ojos le decían eso.

-Tú también -contestó ella sin darse cuenta. César sonrió, como si la respuesta lo divirtiera.

-Entonces, creo que nos espera una noche maravillosa.

Y en sus ojos había más, mucho más que una sonrisa. Mucho, mucho más.

Se había convertido en otra persona, de eso estaba segura. La otra Rosalind, que había existido hasta que César Montárez bajó por la escalera y la tomó de la mano, había desaparecido por completo. Debía estar en alguna parte, entre las sombras, pero no la encontraba.

No encontraba su miedo, su revulsión ante el lío en el que se había metido con un gánster...

César Montárez sencillamente había hecho desaparecer a esa otra Rosalind. -¿Por qué me has hecho esperar tanto? -preguntó él entonces, su voz tan suave como una caricia-. No, déjalo, no digas nada. Estás aquí, eso es lo único importante.

«Sí», pensó ella, como flotando en una nube de felicidad. Eso era lo único que importaba. Nada más.

Desde luego, no la sórdida historia de su deuda con un delincuente. -¿No le estarás haciendo otro favor a tu amiga?

-No...

-Recuerdas lo que te dije de Rostrov, ¿verdad? Ella asintió con la cabeza.

-Yo no quiero saber nada de él -dijo, cuando pudo encontrar su voz.

-Me alegro. No es una persona recomendable. Aléjate de él... y de cualquiera que lo conozca.

Rosalind sintió miedo. «Díselo», pensó. «Dile por qué estás aquí». «Dile que has venido huyendo precisamente de Yuri Rostrov, porque venir aquí era una excusa para evitarlo. Dile que estás hasta el cuello de deudas».

Pero no podía decírselo. No le salían las palabras. No quería ver la expresión de César Montárez cuando se lo dijera. No quería su desprecio.

Aquella noche era un sueño, un breve sueño y no podía destruirlo.

¿Para qué? Sólo estaría allí una noche. Sable pensaba que había ido al casino para verse con un amante rico, pero no era así. Ella no era así, no podría serlo nunca. No, aquélla era una noche de Cenicienta para ella. Una manera de alejarse de Yuri Rostrov y disfrutar de la compañía de César Montárez. Y él parecía querer lo mismo.

Aquel hombre era suyo por una noche. Y luego volvería a la cruda realidad. Pero aún no.

César la llevó a una mesa de ruleta y le pidió que se sentara. -Elige un número y pon una de estas fichas.

Rosalind eligió uno al azar y vio que la rueda se ponía en marcha. No acertó, pero siendo César el propietario del casino, seguramente podía permitirse el lujo de perder

(23)

dinero.

El crupier volvió a pedir que hicieran juego y Rosalind puso una ficha en la fecha de su cumpleaños, pero volvió a perder.

-Ahora elige tú.

César puso la ficha sobre un número y, atónita, Rosalind vio que la rueda se detenía precisamente en el que había elegido.

-¡Mi turno! -exclamó, emocionada, colocando ficha. Aquella vez ganó y levantó su copa para brindar.

-He ganado, así que es hora de dejarlo.

-Una chica muy sensata. Ven -sonrió César, tomando su mano.

Seguía como flotando. No podía resistirlo, era como si todos sus problemas hubieran desaparecido.

Y no quería estropear el sueño, la única vez que podría estar con él.

Porquee eso era César Montárez, un sueño. No podía ser nada más que eso, una maravillosa fantasía, como esa película de Woody Allen, La rosa púrpura de El Cairo, en la que la estrella de repente alarga la mano para atraer a una espectadora a ese mundo de glamour.

Al día siguiente se enfrentaría con sus problemas. Pero no ahora.

-¿Rosalind?

-Perdona, no te he oído.

-Quiero enseñarte una vista preciosa -sonrió César, llevándola hacia la terraza. La vista del puerto era, desde luego, fantástica, con sus yates amarrados, el aire perfumado, las estrellas brillando en el cielo.

César estaba detrás de ella, acariciando sus brazos. Rosalind no se movió, no podía moverse. El universo entero parecía concentrado en aquellas manos masculinas que la hacían sentir escalofríos.

-¡César! ¡Por fin te encuentro!

La interrupción fue como una bofetada. César la soltó de inmediato. -Pat... me alegro de verte.

Un hombre se acercaba a ellos. Llevaba una elegante chaqueta blanca y un vaso de whisky en la mano.

-¿Has pensado en lo que te dije el otro día? -le preguntó, con acento irlandés. -Claro que sí -contestó César.

La propuesta de Pat O'Hanran parecía muy buena sobre el papel: un club de golf exclusivo que combinaría el prestigio de O'Hanran como deportista con el buen gusto de El Paraíso.

-Si te parece bien, iré mañana con mi arquitecto para echar un vistazo. -Estupendo. ¿A las doce?

(24)

-Perdona -dijo César cuando el hombre volvió a entrar en la sala. -No quiero monopolizarte -sonrió Rosalind.

-Pero lo haces. Y me gusta. Dime, ¿qué te apetece hacer ahora? ¿Quieres volver a jugar? ¿Prefieres quedarte aquí un rato, admirando el paisaje? ¿Quieres cenar?

-Me gustaría cenar algo, sí. -Estupendo -sonrió César.

«¿Qué estoy haciendo?», se preguntó Rosalind, sentada frente a César

Montárez en el restaurante del casino. Estaba lleno de gente, pero el maitre los llevó a una mesa apartada y era casi como si estuvieran solos.

La comida era soberbia. La terrina de marisco parecía derretirse en su boca, regada con un delicioso vino blanco. Hacía siglos que no comía así. No había vuelto a hacerlo desde... Pero no quería pensar. Aquella noche pasaría enseguida y, al día siguiente, tendría que lidiar con la realidad.

Pero aún no.

Rosalind le preguntó por El Paraíso, fascinada por el funcionamiento de un sitio como aquél. César le habló del turismo...

-Es una bendición y una maldición al mismo tiempo. Ofrece mucho, pero se lleva mucho también.

-Es una bendición para los británicos que no soportan el frío de Inglaterra -sonrió Rosalind.

-Llevas algún tiempo en España, ¿verdad? -Sí, casi tres años.

-¿Viniste aquí de vacaciones? -Algo así. Vine con una persona... -¿Y sigues con ella?

-No, ya no -contestó Rosalind, apartando la mirada. César sonrió de nuevo.

La cena fue larga. En un par de ocasiones, Rosalind notó que alguna persona intentaba llamar la atención de César. Empleados o clientes, supuso. Pero, además de saludar a quienes se acercaban, César Montárez no dejó de mirarla.

Incluso cuando quien buscaba su atención era una rubia impresionante.

Estaba con otro hombre, pero mientras él pagaba la cuenta, se acercó a su mesa con un claro propósito.

-César, querido...

Tenía la voz ronca, con acento nórdico. Y llevaba un carísimo vestido de diseño italiano, muy escotado. Y un collar de diamantes.

(25)

-Hace siglos que no te veo -dijo la rubia, inclinándose para darle un beso en la mejilla. -Hola, Ilsa.

-Deberíamos vernos ahora que he vuelto a España. En el yate, solos. Como antes. -Últimamente tengo mucho trabajo, Ilsa -sonrió César.

Un par de ojos helados se volvieron hacia Rosalind, pero rápidamente pareció desecharla como competencia.

-Bueno, llámame cuando dejes de tener cosas que hacer -dijo la rubia-. Si sigo por aquí, podríamos vernos.

-Muy bien -contestó él.

Ilsa se volvió entonces hacia Rosalind.

-Que disfrutes de esta noche. No creo que haya más. Cuando se quedaron solos, ella intentó sonreír.

-Vaya...

-Lo siento -dijo César. -No es culpa tuya.

Además, la rubia no había dicho nada que ella no supiera. Aunque no iba a pasar la noche con César Montárez. Era un hombre guapísimo y extraordinariamente

encantador, pero apenas lo conocía.

«Lo conocerías por la mañana», le dijo una vocecita.

No, eso no podía ser. Pero sí podía quedarse un poco más, tomar otra copa, charlar un rato.

-Ilsa Tronberg es una mujer muy caprichosa. Se casó con un millonario, pidió el divorcio unos meses después y ahora está disfrutando de las rentas mientras decide a qué otro millonario le interesa enganchar.

Era un comentario muy cínico, pero a Rosalind no la sorprendió. Era lógico que lisa quisiera «engancharlo». No había muchos millonarios tan guapos como César Montárez.

Aunque a ella su dinero le daba lo mismo. No estaba con él por eso.

Por primera vez en su vida, se alegró de ser guapa. Porque sabía que, de no ser así, no estaría sentada allí, que César no se habría fijado en ella. Ni siquiera sabría que existía.

Y no estaría sonriéndole de esa forma. Y ella no estaría deseando tocar sus labios, para grabar esa sonrisa en su memoria.

-Pobrecilla -se oyó decir a sí misma. -¿Qué?

-No creo que sea muy feliz viviendo así -contestó Rosalind.

-La mayoría de las mujeres la envidian. Es guapísima, rica y joven. Tiene el mundo a sus pies.

Ella se preguntó si debía decir lo que pensaba: que, en su opinión, aquella chica no podía ser feliz si su objetivo era exclusivamente encontrar un millonario.

(26)

círculos, el dinero era lo único importante.

¿No le había contado mientras cenaban cómo empezó con un simple préstamo, cómo trabajó para construir el casino y todo lo demás? El dinero era fundamental para él.

Y lo último que quería era estropear la noche discutiendo sobre la felicidad o sobre cuestiones filosóficas.

-Pero tú no. Tú no estás a sus pies -sonrió Rosalind. -Nunca lo he estado.

«No, tú simplemente te has acostado con ella».

Era un buen recordatorio, o debería haberlo sido. El problema era que mientras esas palabras se formaban en su mente, se formaba también una imagen. No de la rubia lisa quitándose el vestido mientras César Montárez la observaba, sino de ella misma. Se veía bajando la cremallera del vestido negro, dejando que cayera al suelo mientras César la miraba...

Capítulo 4

R OSALIND se puso colorada. -¿En qué estás pensando?

No tenía que preguntar porque sabía la respuesta. La había sabido desde que la miró a los ojos. Y cada vez le resultaba más difícil no actuar. Pero la batalla era estimulante; le gustaba la idea de esperar antes de llevársela a la cama. Y como sabía que eso era exactamente lo que iba a pasar, podía obtener placer de la espera. Cuando llegase el momento sería más dulce.

Aparte de Pat O'Hanran, que había desaparecido de inmediato al darse cuenta de que estaba de más, e lisa Tronberg, a la caza de nuevo, aquella noche sus empleados habían entendido el mensaje y ninguno de ellos se acercó a molestarlo con cosas de poca importancia. César contrataba a los mejores y a los más discretos.

Porque aquella noche tenía cosas importantes que hacer.

Por ejemplo, disfrutar de cómo Rosal.ind Foster intentaba fingir que no pensaba en los placeres que los esperaban...

Su «No, en nada» casi lo había hecho reír. Estaba pensando en él y en lo que pasaría pronto, seguro. El sabía cuándo una mujer estaba excitada y Rosalind Foster mostraba todos los signos: el rubor de las mejillas, las pupilas dilatadas, el temblor en las manos...

César no podía dejar de sonreír. Pero, como un semental salvaje bajo un jinete maestro, su deseo empezaba a hacerse notar.

«Pronto», se dijo. «Pero aún no».

-Dime, ¿qué has visto de España desde que estás aquí? ¿0 sólo te gusta la costa? Aliviada por volver a temas mundanos, Rosalind suspiró.

-He estado en Granada, en Sevilla, en Jerez. Nunca he ido al norte, así que no conozco Madrid ni Asturias... Me gustaría ver los sitios donde se luchó contra las

(27)

tropas de Napoleón pero en fin... algún día lo haré. -¿Conoces algo de la historia de España?

Ella negó con la cabeza. Nunca había estudiado nada interesante, sólo cosas útiles. Como mecanografía y contabilidad. Pero allí estaba, en un casino de lujo, cenando con un hombre de lujo.

Y esa noche, no quería pensar en nada más.

-Siempre me han gustado las novelas históricas, especialmente de esa época... como a casi todas las mujeres, me encantan los uniformes -rió Rosalind-. Sí, sé que en realidad debió ser algo terrible para España, pero de todas formas... hay algo en esa época que me fascina.

-La guerra no es nada fascinante, Rosalind -sonrió César-. Y, lamentablemente, mucho después de esa guerra sufrimos una guerra civil que dejó heridas profundísimas en mi país. Pero cuando era estudiante, también a mí me fascinaba ese período de la historia y alguna vez soñé con ser como Don Julián Sánchez.

-¿Quién?

-Un guerrillero cuya única misión era echar a los franceses de España. Los guerrilleros eran usados por las fuerzas regulares como espías y una de las cosas más asombrosas que hizo Don Julián fue capturar al gobernador de Ciudad Rodrigo cuando estaba cazando y entregárselo al general Wellington por una cantidad de dinero.

Por un momento, la imagen de César Montárez ataviado como un guerrillero apareció en la mente de Rosalind.

-Yo te veo más vestido de árabe, con una de esas chitabas blancas...

-Veo que tienes una imaginación muy activa -sonrió César-. Intuyo que habrá... episodios interesantes entre nosotros. Y seguro que no me costaría encontrar una chilaba... si quieres verme con ella.

Rosalind volvió a ponerse colorada.

-Me haces sentir como un jeque árabe -rió él, apretando su mano-. Esos ojos bajos, ese rubor, esas promesas...

Ella tragó saliva.

«Tengo que irme. Esto se me está escapando de las manos».

-Creo que nunca había hablado de esa época de España con ninguna mujer -siguió César-. Al menos, no con una de menos de cincuenta años. Pero tuve una excelente profesora de historia en la universidad, una experta en la época de la Reconquista. Quizá inspirada por esa reina indómita, Isabel de Castilla.

Rosalind levantó la mirada.

-¿De verdad has estudiado historia? Pensé que habrías estudiado económicas o algo así.

-Cuando era joven el dinero me parecía aburrido. Desde entonces, he descubierto que tiene sus ventajas.

-Sí, ya lo veo -sonrió Rosalind.

Le parecía muy bien que la gente se hiciera rica con su trabajo o su talento. Y, después de todo, ella estaba disfrutando de eso por una noche. La cena debía costar

(28)

más de doscientos euros.

Pero no quería pensar en eso. No quería pensar en el dinero, que era la fuente de todos sus problemas.

-¿Quieres un café? ¿0 quizá prefieres una británica taza de té? -Un café, gracias. César se levantó.

-Hace una noche demasiado bonita para desperdiciarla entre cuatro paredes -dijo, tomando su mano.

-¿Dónde vamos? -Ven.

Seguramente la llevaría a una terraza, donde los invitados podían disfrutar del aire fresco. Pero en lugar de llevarla hacia el bar, César la llevaba hacia... los

ascensores. -Oye...

-Arriba hay otra terraza -dijo él al ver su expresión-. La vista es más hermosa. -Ah.

«Dile que. tienes que irte. Dale las gracias y despídete de una vez».

Oyó esas palabras en su cabeza, pero se sentía incapaz de pronunciarlas o de darle órdenes a sus piernas.

De modo que subió con él en el ascensor.

Un segundo después las puertas se abrieron y... Se quedó helada. Estaban en su apartamento.

Había un pequeño vestíbulo y luego un salón, espacioso, elegante, suavemente iluminado. Y solitario. Las puertas de cristal se abrían a una terraza enorme.

-Ven -dijo César, disimulando una sonrisa. Pronto diría que tenía que irse. Tomaría su café y daría el paso.

Y él también.

La terraza no daba al puerto, sino a un parque privado, de modo que el ambiente era más oscuro, más íntimo. El aroma de las buganvillas permeaba el aire. El ruido del casino no llegaba hasta allí.

-Es precioso -murmuró Rosalind.

-Sí -sonrió César. Era precioso. Su arquitecto había hecho un buen trabajo creando un apartamento sobre el casino, pero completamente aislado de él.

Rosalind oyó pasos y cuando se volvió vio a un camarero con una bandeja. -Gracias, Jaime.

El hombre desapareció poco después. -Siéntate, Rosalind.

«Sí, mejor», pensó ella. Después del champán y del vino, estaba un poco mareada. El café le sentaría bien.

César se sentó frente a ella y cruzó las piernas, colocando el tobillo sobre una de sus rodillas.

Era increíble. La viva imagen del latín lover.

Siguieron charlando sobre cosas sin importancia y, mientras hablaba, él se soltó la corbata. Había algo muy sexy en un hombre de esmoquin con la corbata suelta.

(29)

Seguía teniendo un aspecto muy sexy y elegante... y muy peligroso. «Chica, vete de aquí».

Pero no podía. Aún no. Aún tenía que terminar su café. Además, César estaba hablando de un viaje en barco que hizo a Canarias, viendo a los delfines...

Rosalind siguió tomando su café mientras se bebía sus palabras.

La taza estaba vacía y Rosalind la dejó sobre la mesa. Ningún reloj había dado la medianoche, pero tenía que irse. La noche había terminado, no podía alargarla más.

De modo que se levantó.

Inmediatamente, César hizo lo propio. -Tengo que irme.

-¿Por qué? -preguntó él, acercándose. -Porque sí.

-¿Porque tú no te acuestas con el primero que conoces? Rosalind se encogió de hombros.

-Sí.

-¿Por qué haces que las cosas parezcan feas cuando pueden ser tan bonitas? Tan bonitas como tú, Rosalind -sonrió él, acariciando su pelo.

La caricia hizo que sintiera un escalofrío.

-Eres preciosa. Y esta noche será preciosa si tú quieres. Esta noche está hecha para el deseo y hay deseo entre tú y yo.

-César...

-Si dices que no será mentira y tú no mientes, ¿verdad? No puedes decir que no tiemblas cuando te toco -musitó él entonces, besando su muñeca.

-No, por favor...

Pero César siguió besando su muñeca, sus dedos, sus hombros... hasta que le temblaron las piernas. Y cuando la tomó por la cintura casi se alegró porque estaba a punto de caerse.

Rosalind cerró los ojos cuando César inclinó la cabeza para besarla, decidida a disfrutar. Abrió la boca, dejando escapar un gemido. No tenía fuerzas para apartarse, no tenía fuerzas para decirle que no.

Y entonces se dio cuenta de que él estaba bajando la cremallera del vestido, sintió la palma de su mano, caliente, acariciando su espalda desnuda, desabrochando el sujetador.

Cuando la apretó contra sí, Rosalind sintió que la tensión desaparecía del cuerpo del hombre, como si la hubiera colocado exactamente donde quería.

Seguía besándola y ella le devolvía los besos uno por uno, sus pechos aplastados contra el torso masculino, tan cerca que podía sentir cada centímetro de su evidente erección.

El deseo la envolvió. Un deseo debilitador.

Referencias

Documento similar

Cedulario se inicia a mediados del siglo XVIL, por sus propias cédulas puede advertirse que no estaba totalmente conquistada la Nueva Gali- cia, ya que a fines del siglo xvn y en

De este modo se constituye un espacio ontológico y epistemológico a la vez, en el que cada elemento (cada principio) ocupa un lugar determinado en la totalidad, y desde ahí está

aprovechar mejor el agua, también comenzaremos a plantar productos que no necesiten tanta agua, así.. tendremos más para nuestro

Pero antes hay que responder a una encuesta (puedes intentar saltarte este paso, a veces funciona). ¡Haz clic aquí!.. En el segundo punto, hay que seleccionar “Sección de titulaciones

bilaterales y multilaterales suscritos y en la aprobación parlamentaria de las actuaciones prevista por nuestra legislación. La legitimidad de dichas acciones dependerá también

Volviendo a la jurisprudencia del Tribunal de Justicia, conviene recor- dar que, con el tiempo, este órgano se vio en la necesidad de determinar si los actos de los Estados

[r]

Es cierto que si esa persona ha tenido éxito en algo puede que sea trabajadora, exigente consigo misma y con los demás (eso sí son virtudes que valoro en