QUE LOS BUENOS NO HAGAN NADA
© Federico Suárez, 2005 © Ediciones RIALP, S.A., 2014
Alcalá, 290 - 28027 MADRID (España) www.rialp.com
ISBN eBook: 978-84-321-4107-2 ePub: Digitt.es
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Índice
Preámbulo
1. Que los buenos no hagan nada 2. Evangelizar hoy
3. ¿Qué es la Historia?
4. Tres consejos de Menéndez Pelayo a los historiadores 5. Siervo bueno y fiel
6. Fe y saber
7. Poesía y realismo en el matrimonio 8. La honradez intelectual
9. Las dos caras del silencio 10. Entre la teoría y la experiencia 11. Universidad y religión
12. Lecturas y lectores
13. Crítica, críticos y criterios 14. Preguntas sin respuestas 15. El derecho a la información 16. La crítica y los buenos modales 17. La Universidad agonizante 18. Elogio de la censura
19. Creyentes sin complejos 20. Los «modelos»
21. Los arquitectos de la nueva Babel 22. Tres libertades
23. Historiadores y ensayistas 24. Superstición
29. Cosas
Preámbulo
El consejo de un compañero de la Universidad y entrañable amigo ha sido la causa de que se hayan recogido aquí en un volumen estos pequeños ensayos. «Para que no se pierdan», dijo.
No es que tengan la más mínima importancia, de manera que si se perdieran tengo por seguro que, no ya la Humanidad, pero ni siquiera el reducido círculo de amigos quedaría afectado en absoluto; sin embargo, como la mayor parte se escribieron por si alguien los leía y le hacían reflexionar aunque fuera un minuto, al fin he seguido el consejo porque me parece que no hay ningún mal en ello.
He puesto al principio el que da título al volumen, pero he respetado en los demás el orden cronológico (más o menos), quizás influido por la profesión, pues en Historia, el antes y el después es importante. Además, nada mejor para seguir la evolución del pensamiento que guardar el orden en que se fueron reflejando en los ensayos las preocupaciones a medida que fueron tomando cuerpo. Esto último, naturalmente, va dicho en general, porque en este caso concreto no creo que el pensamiento tenga entidad como para que valga la pena interesarse por su evolución.
1. Que los buenos no hagan nada
Cuando Edmund Burke, el gran político y primer crítico de la Revolución Francesa, escribió que «lo único necesario para el triunfo del mal es que los buenos no hagan nada», sin duda dijo una gran verdad. No parece que se requiera una inteligencia particularmente despierta para hacerse cargo de que si el mal no encuentra oposición ni resistencia acaba siempre por imponerse.
Pocos y distraídos
Lamentablemente hay, a veces, épocas en la historia, y nos encontramos en una de ellas, en las que el oscurecimiento de la razón lleva a negar, o a poner en duda al menos, incluso los principios más elementales y más generalmente probados por la experiencia de muchas generaciones. Por supuesto, hay que evitar que el mal triunfe, sí, y en esto hay conformidad; pero ¿qué es lo malo, qué es el mal? Hoy, por ejemplo, no se acepta universalmente que el divorcio, la homosexualidad o el aborto sean un mal; tan no se acepta, que hay gobiernos que han legislado en el sentido de hacer la práctica del divorcio, de la homosexualidad o del aborto tan legal como la práctica de la fidelidad al vínculo (hasta que la muerte los separe), el uso natural del sexo o el respeto a la vida.
Claro está que esto es un hecho que ya de por sí tiene un alto valor demostrativo de lo actual que resulta la afirmación de Burke. Si ha sido posible el triunfo del mal hasta el punto de ser elevado al mismo nivel que el bien es, sin duda, porque los «buenos» no han hecho por evitarlo gran cosa de su parte, o quizás nada. O acaso porque, si había «buenos», eran pocos, o estaban distraídos, o ni siquiera sabían que hubiera que hacer algo; o si lo sabían, no sabían qué, o quizá no podían hacerlo. En todo caso, y fuera ello lo que fuere, el hecho es que el mundo de hoy, a juzgar por lo que se ve, se oye y se vive, da la impresión de un triunfo del mal.
El triunfo del bien
Si viviera ahora, en estos tiempos, Donoso Cortés, y pudiera contemplar el panorama que ofrece el mundo —el sudeste asiático, y Camboya, y los regímenes socialistas oprimiendo hasta casi la asfixia a centenares de millones de hombres, y la descomposición de la sociedad en los países occidentales, y el abuso de los poderosos, y la miseria de los pobres, y el desprecio de los valores morales, y sobre todo la tremenda confusión de las mentes—, si contemplara todo este descorazonador espectáculo, es muy probable que no se asombrara demasiado, si bien se afligiría mucho. Él había afirmado, hace ya más de un siglo, que en el mundo el mal vence naturalmente al bien, pues el triunfo del bien sobre el mal en este mundo no es natural, sino sobrenatural.
Y aunque su afirmación causará hoy, probablemente, tanto escándalo como el que causó en su tiempo a hombres que apenas creían en nada, excepción hecha del progreso indefinido, sin embargo, él podía defenderla con un cierto fundamento no desprovisto de peso. Pues si la naturaleza real del hombre está herida por el pecado original, de modo que los efectos de esta herida persisten en el hombre aun después de que aquel pecado haya desaparecido por la recepción del bautismo, y actúan como un peso en el alma, de manera análoga a como lo hace la ley de la gravedad respecto a los cuerpos físicos (si es que se permite expresarlo de este modo gráfico, aunque no del todo propio), entonces, el hombre abandonado a su naturaleza caída propende al pecado por su inclinación al mal; y es la gracia —la sobrenaturaleza— la que corrige el defecto innato de la naturaleza.
No es que sea imposible, absolutamente hablando, al hombre sin vida sobrenatural obrar el bien, algún bien. ¡Claro que es posible! El peor malvado es capaz de compadecerse de un niño, y nadie, ni el más vicioso y mendaz de los hombres puede pasar mucho tiempo sin hacer algo naturalmente bueno, tan bueno como decir una verdad. Pero no se trata de eso, sino de lo contrario. Sin un especial auxilio de la gracia divina ningún hombre puede permanecer mucho tiempo sin caer en alguna especie de pecado, siquiera sea venial. Sólo la Virgen María —enseña la Iglesia— fue, por especial y singular privilegio de Dios, la única criatura que jamás cometió pecado. Así que, después de todo, no dejaba Donoso de apuntar en dirección correcta cuando atribuía el triunfo del mal en el mundo a la ausencia de la gracia
La oposición de los buenos
Sin duda Donoso Cortés era menos optimista que Burke. Este, al menos, hacía depender el triunfo del mal de la pasividad de los buenos, con lo que parece indicar que si se opusieran al mal, éste no triunfaría. Bien es verdad que tampoco afirmó el triunfo del bien, ni siquiera el triunfo de los buenos. Donoso, en cambio, no dejaba ninguna puerta abierta en el ámbito natural al triunfo del bien ni aún mediante la acción o la actividad de los buenos.
Posiblemente ambos, Burke y Donoso, tienen su parte de razón. Partiendo de la base (poco discutible, por otra parte) de que es más fácil destruir que edificar, ceder ante la tentación que combatirla, dejarse llevar por la corriente que nadar contra ella, no entraña grave dificultad comprender que Burke tenía razón: el mal siempre triunfa si los buenos no hacen nada.
Los buenos... Evidentemente, para que los buenos hagan algo lo primero que es imprescindible es que, verdaderamente, sean buenos. No convencionalmente buenos, con esa clase de bondad (si es que se le puede llamar bondad a eso) que tienen algunos personajes de las novelas de Bernanos o Mauriac, la bondad típica de los respetables —y casi siempre despreciables— «bienpensantes»; no «buenos» según un patrón artificial que la sociedad en la que se desenvuelven reconoce, sino buenos de verdad.
Decía Th. Merton que un hombre muerto por un enemigo está tan muerto como si le hubiera matado un ejército entero. Para no ser bueno no es preciso estar infamado con todos los vicios: basta tan sólo con uno. Un hombre ejemplar en su actuación pública y adúltero en su vida privada no es un hombre bueno. Un hombre leal con sus amigos y sucio en sus negocios no es un hombre bueno. Un hombre mendaz, o difamador, o avaro, o codicioso, o injusto, o desleal, o perjuro, no es un hombre bueno, y tampoco un hipócrita, o un borracho. Entonces ¿cuántos hombres buenos, realmente buenos, hay en el mundo? ¿Quién es el hombre que puede afirmar de sí mismo que es verdaderamente bueno? ¿Cuántos de ellos, cuántos santos pueden juntarse en el mundo en una determinada época? ¿Cien, doscientos, un millar, cinco mil?
Pues no cabe duda, entonces, de que si estos hombres cambian el mundo, es por obra de la gracia que actúa en ellos; si tan pocos son capaces de hacer que el bien triunfe sobre el mal hasta el punto de originar una tan profunda transformación como sería mudar la mentalidad de centenares de millones de hombres, sin duda habrá que achacarlo no a la fuerza natural de convicción que poseyeran, sino a la eficacia de esa fuerza sobrenatural que se llama gracia y que muestra el poder de Dios.
Los diques de la marea
Aquí es Donoso quien acierta. Pues si el mal es tan sólo una consecuencia del pecado, sólo combatiendo sin tregua al pecado, sólo oponiéndose a él en todo momento y circunstancia es el modo adecuado de impedir el triunfo del mal, y si no de poderse llamar «bueno» un hombre, sí al menos de obrar como tal. Y al pecado no se le vence con medios sólo naturales ni, por tanto, al mal.
También acertó Burke al señalar la pasividad, la dejadez, la nula combatividad y el desinterés de los «buenos» —de los que todavía saben distinguir entre el bien y el mal y desean el primero y no el segundo— como una de las causas y no de las menos importantes, de que el mal vaya inundando, como una marea negra y viscosa, zonas cada vez más amplias de la vida personal y social. Quizá el pesimismo de Donoso no estaba tan injustificado, ni la acusación de Burke se limitara tan sólo a una aguda ingeniosidad. Alguien hace el mal, y el resto se lo permite.
2. Evangelizar hoy
En enero de 1973 la revista Palabra publicó una entrevista que me hizo su director, el periodista José Miguel Pero-Sanz. Hacía muy poco tiempo que se había publicado mi tercer libro de espiritualidad, La Puerta angosta, dirigido a los universitarios y escrito a raíz del Mayo francés (1968), y ésta fue la ocasión para la entrevista.
P.—Sus libros de lectura espiritual van, si no me equivoco, por las quince ediciones, y varios han sido traducidos a otros idiomas; al parecer está preparando la publicación de otras obras en línea semejante*. ¿Qué explicación puede tener esa aceptación de la vida espiritual en una sociedad ganada por las prisas, y en la que los estímulos de todo tipo no parecen dejar tiempo a la reflexión?
R.—No lo sé. Siempre ha habido gente interesada en este tipo de lecturas. Supongo que se deberá, en estos tiempos tan revueltos, a que existe interés, por parte de los que buscan a Dios, en alimentar sus mentes con libros que les ayuden a conocer mejor a Jesucristo, el Evangelio y la vida de la gracia; un interés lo suficientemente grande como para perder quince o veinte minutos diarios leyendo esta clase de libros, porque incluso con prisas es una cantidad de tiempo que se puede encontrar sin grave trastorno. Al fin y al cabo, no se puede vivir toda la vida del catecismo aprendido en la infancia, so pena de correr el riesgo de quedar en un notorio subdesarrollo intelectual por lo que se refiere al conocimiento de la propia fe.
Vida interior
P.—Concretamente, en un mundo que reclama nuestra atención porque son muchas las cosas que —también como cristianos— debemos atender, ¿qué lugar corresponde a lo que suele llamarse «vida interior»?
R. El primero de todos. Bueno, si es que por vida interior entendemos vida de la gracia. En este sentido, un cristiano sin vida interior —es decir, sin vida sobrenatural —, es un cristiano que no vive. Es un muerto.
En otro sentido, un cristiano que tenga vida sobrenatural pero que no se cuide de alimentarla, se expone a perderla. Igual que un hombre que no se nutre, se va debilitando progresivamente; cada vez tendrá menos resistencia a los gérmenes patológicos, menos defensas, y puede llegar un momento en que sea ya incapaz de sostenerse en pie. Y hasta puede morir de inanición.
Un cristiano sin vida interior es como un gas de escasa y débil presión en contacto con otro de presión muy alta. Estamos metidos en medio del mundo, y como nuestra presión interior no sea mayor que la del ambiente en que nos movemos, entonces el ambiente nos puede, se nos mete dentro, nos influye, nos configura según sus módulos y criterios, desde las ideas hasta las costumbres o la sensibilidad. Uno se acaba vaciando de Cristo, y el vacío es llenado por el mundo. Entonces no tiene ya nada que hacer, ni siquiera por ese mundo que le circunda y al que debe salvar, porque todo lo que puede ofrecerle es lo que el mundo le ha metido dentro. No puede darle nada que él no tenga ya.
Creo que a algo de esto se refería San Pablo cuando decía: «¡No queráis ser conformados por este mundo!» Un cristiano, o está conformado por Jesucristo o no es nada como tal cristiano, porque si la sal pierde su sabor...
A mí me parece que, o se toma la vida interior en serio, o uno se acaba muriendo. Y me parece que éste es el más importante problema que los cristianos deberíamos plantearnos.
P.—La expresión «con toda tu mente» usted la ha expuesto alguna vez como una invitación al estudio profundo del mensaje cristiano. ¿No le parece que existe un cierto desprecio hacia las cuestiones de tipo doctrinal?
R.—Creo que sí. Verá: todos tendemos a lo más fácil. Estudiar requiere más esfuerzo que leer; soñar o imaginar resulta más cómodo que pensar. Una investigación requiere más trabajo, aunque menos ingenio, que una interpretación.
Luego hay que contar con que se tiende, también, a estar al día. Continuamente salen ensayos y un ensayo es fácil de leer, tiene mucho más de opinión que de pensamiento riguroso. Pero no todos los días, ni todos los años, aparece un buen
asimilar. A veces, incluso estudiar. Hoy predomina la información: resúmenes, dossiers, condensaciones, y todo ello abarcando un campo extenso y variado. Se tiende a la extensión, no a la profundidad, me parece.
Quizá por eso hoy los libros pasan de moda con tanta facilidad como rapidez, y muchos no aguantan una segunda lectura. En cambio, cuando un libro tiene realmente doctrina, se relee muchas veces, se consulta. Mi impresión es que hoy la mente del hombre medio se alimenta más de opiniones que de verdades.
Catequesis de adultos
P.—¿Y qué temas considera que deberían ser hoy objeto especial en una catequesis de adultos?
R.—A mi juicio, los temas que hoy deben ser objeto especial en una catequesis de adultos son las verdades de la fe cristiana, tal y como la Iglesia las ha conservado y transmitido con su Magisterio infalible. Para un adulto es sumamente importante conocer bien aquello que profesa creer, y conocerlo de un modo adecuado a su desarrollo mental de adulto.
Dentro del conjunto de la doctrina cristiana, parece conveniente desarrollar — supuesto el conocimiento básico de las verdades de fe— aquellos puntos más relacionados con sus peculiares deberes o más combatidos o difuminados en el ambiente en que viva. Ejemplo de lo primero podía ser la insistencia en el cumplimiento de los deberes profesionales (mencionando el peligro de faltar, incluso gravemente, a la justicia por bajo rendimiento, y todo el asunto de las comisiones, regalos, sobres, etcétera, etcétera); de lo segundo, el sacramento de la confesión o la castidad en el matrimonio... y fuera de él.
En todo caso, lo más importante es la fidelidad a la doctrina. La catequesis no tiene por objeto la exposición de teorías, orientaciones o interpretaciones, sino la enseñanza de las verdades necesarias para la salvación, la doctrina de Jesucristo. No se trata, pues, de ingenio, sino de fidelidad, porque lo que uno tiene que enseñar es el contenido de la revelación tal como la enseña la Iglesia, no una particular interpretación de las verdades de la fe. Mutilarla omitiendo lo que a uno le parece que el mundo de hoy no va a admitir, desvirtuarla interpretando ciertas verdades, no como el Magisterio infalible lo hace, sino de acuerdo con modernas filosofías o experiencias para hacerlas más inteligibles a la mentalidad del mundo, limar las aristas a lo que se juzga demasiado duro con el fin de atraer a los incrédulos, eso no me parece que sea propiamente catequesis.
El «hombre actual»
P.—Los planteamientos de tipo pastoral suelen aludir con frecuencia a la «figura del hombre actual». Como historiador que conoce a fondo la evolución de los tiempos, ¿le parece que las inquietudes e intereses profundos del hombre de hoy son peculiares? En su caso, ¿qué rasgos lo caracterizarían?
R.—Por de pronto, y si he de hablar con sinceridad, mi impresión es que, por lo general, cuando se habla de «hombre actual» la referencia parece hacerse a los filósofos, científicos, técnicos, ejecutivos, intelectuales y artistas. No al hombre de la calle, a la mayoría, a la gente corriente que carece de humor, y hasta de tiempo, para dedicarse a la problemática de esto o aquello, o a juegos intelectuales.
No me parece que el «hombre actual» que contemplan los planteamientos pastorales sea el padre de familia, el albañil o el fontanero, ni el ama de casa, la modista o el dependiente de comercio, ni siquiera el obrero de una fábrica. Menos aún el hombre que vive en el campo, en un medio rural. Creo que nos dejamos influir demasiado por la imagen, un tanto abstracta, que los teóricos nos presentan del «hombre actual».
Por lo demás, me parece que las inquietudes y los más profundos intereses del hombre de hoy son los de todos los tiempos. Al fin y al cabo, el hombre es siempre sustancialmente el mismo, y lo que en el fondo de su ser le inquieta son las preguntas esenciales y definitivas. Hasta el menos inteligente de ellos sabe que tiene que morir. Entonces, ¿qué sentido tiene la vida? ¿Para qué el mundo? Uno se muere, y después ¿qué es de él? ¿Qué ocurre entonces? Esto preocupó siempre, y sigue preocupando. Dios nos reveló las respuestas a estas preguntas, enseñando a los hombres lo que no sabían y cerciorándoles de lo que algunos privilegiados por su talento filosófico habían llegado a descubrir.
Creo que cualquier planteamiento pastoral debe tender a mostrar estas verdades del modo más sencillo, claro y fiel, atendiendo no a las características accidentales que recubren a los hombres en cada época, sino a lo esencial y permanente que hay en ellos.
Jesucristo
P.—¿Qué diría del interés por Jesucristo que parece extenderse entre la juventud de todo el mundo? ¿Y qué opinión le merecen movimientos tales como los de «Jesucristo Superstar», etc.?
R.—De esto tan sólo conozco lo que he leído, así que me temo que mi opinión no tiene mayor fundamento que cualquier otra.
Jesus Christ Superstar creo que no pasa de ser un espectáculo, probablemente un negocio y, a lo que sé, una falsificación. He oído decir que el espectáculo está montado por los mismos que hicieron Hair; de ser así, es buen elemento de juicio para cualquiera que busque un criterio a que atenerse. No parece que esta figura de Jesucristo tenga nada que ver con el Hijo Unigénito de Dios que se hizo hombre y nació de María Virgen. Particularmente me produce un gran malestar ver cómo se juega con las cosas santas. Utilizar al Salvador (o a los apóstoles, o a los santos) como un medio para expresar uno sus propias ideas sin el más mínimo respeto a la fe, ni a los datos históricos tan siquiera, me parece que no puede hacer bien a nadie.
Lo otro, la llamada Jesus Revolution, es cosa distinta. La concentración masiva de personas que oyen canciones y se emocionan, o se exaltan, o se desmayan, no tiene particular significación, aunque en esta ocasión esté flotando en el ambiente el nombre de Jesucristo. Quiero decir que los Beatles, o Elvis Presley, por ejemplo, han conseguido resultados análogos, y los «hippies» del festival «pop» de Wodstock, o de la isla de Wight. Ignoro si tiene este movimiento un contenido doctrinal, y si lo que creen de Jesús es lo que Él mismo reveló.
Claro que Dios puede valerse de estas cosas para acercar a los hombres a la Verdad, porque nos quiere mucho y es muy bueno. Quizá en el fondo de toda esta Jesus Revolution esté la actitud anímica que, casi instintivamente, busca en Jesús un punto de esperanza cuando todas las que los hombres ofrecían se han revelado como callejones sin salida. El tiempo se encargará de hacer ver si es así, o si no pasa de una suerte de nueva religión en competencia con todas las que están surgiendo en nuestros días.
P.—Es frecuente que a la hora de enfocar algunas cuestiones —incluso dogmáticas— se hagan preguntas del estilo «¿qué le dice a usted el sacramento de la Penitencia?, ¿quién es para usted Jesucristo?, ¿qué significa para usted el infierno?...» ¿Podría comentar un poco ese sistema de acceder a los temas cristianos?
R.—No creo que por este sistema se logre ningún resultado, a no ser que se pretenda que sean negativos, en cuyo caso me parece un sistema excelente; el más
La razón es sencilla: las cosas son como son, independientemente de la subjetiva apreciación de cada uno. Si lo que uno opina está de acuerdo con la realidad, muy bien; si no lo está, mal asunto. Ante preguntas que se refieren a verdades, si uno sabe, dará las respuestas adecuadas; si no sabe, y además no se calla, probablemente dirá tonterías. Existen verdades objetivas, y si «mi verdad» no está de acuerdo con la realidad, no es tal verdad aunque sea mía: es un error. Creo que es fácil de comprender que Dios nos reveló realidades, no teorías. Lo que uno opine carece de importancia, porque la opinión no modifica la realidad; lo importante es que uno conozca la verdad, lo que es. No se trata de opiniones, sino de conocimiento. Yo no he visto que se pregunte a la gente su opinión sobre los cromosomas, o qué significa para el entrevistado la teoría de la relatividad.
El subjetivismo es el procedimiento más sencillo para llegar a la más caótica confusión en cualquier terreno, excepto, quizá en el arte. Si al menos después de cada respuesta errónea se le enseñara a cada uno lo que debe saber...
Ambientes intelectuales
P.—En algunos de sus libros usted se dirige quizá de modo especial a universitarios e intelectuales (entre quienes también discurre buena parte de su actividad). ¿Cuál piensa que es el modo de que a esas personas «les llegue» el mensaje cristiano?
R.—Me parece que plantea la cuestión desde un ángulo no del todo a mi gusto. No creo mucho en la eficacia de los métodos en sí, al menos en este terreno. Dios no hace acepción de personas y, en mi opinión, un intelectual no es una especie de ente aparte en lo que se refiere a problemas fundamentales.
Por ello, creo que el modo de que les llegue el mensaje de Cristo no es esencialmente diferente del que habría que emplear, pongo por caso, con jugadores de fútbol. Cuando se quiere obtener un resultado deben ponerse los medios adecuados. Y desde el momento en que lo que se busca es un efecto sobrenatural, parece de sentido común que deben emplearse medios sobrenaturales, en especial oración y mortificación. El talento, la cultura y todo lo demás puede influir, pero no es demasiado importante. Si Dios no abre el corazón del que escucha, vana es la palabra del que habla, porque se pierde con relación a aquel que escucha; y para que Dios abra el corazón del oyente a la gracia, la oración y la penitencia son armas poderosas. Al Cura de Ars le dieron un resultado sensacional.
Claro que hay que poner los medios humanos, pero sería una grave equivocación pensar que el fruto, si se da, se debe a determinado método, a la habilidad o al talento. Esto es cosa que, cuanta más experiencia se tiene en el apostolado, más claro se ve.
Ministerio sacerdotal
P.—Usted dedica mucho tiempo al quehacer intelectual (obras de investigación histórica, docencia universitaria, libros de espiritualidad). ¿No añora de algún modo la actividad ministerial directa, como sacerdote?
R.—No mucho. O mejor dicho: nada. No se puede añorar aquello que se posee. Tengo, gracias a Dios, el suficiente trabajo sacerdotal para que la actividad profesional me resulte una distracción.
Entiendo que en un sacerdote lo primero y más importante es el ministerio, no su profesión civil, de modo que si ésta le impidiera el trabajo sacerdotal y hubiera que elegir, debería sacrificar la docencia o la investigación en servicio de las almas.
No puedo negar que la investigación histórica, la reconstrucción del pasado tal como lo permiten las fuentes, es una tarea apasionante y formativa, por lo que debe ejercitarse la paciencia, la tenacidad, el amor a la verdad, la humildad de estar corrigiendo constantemente los propios errores, o la aceptación de que los corrijan los demás... Pero, con todo, la realidad pasada es ya cosa muerta. Fue como fue y no hay quien lo remedie, y lo único que se puede hacer es ir modificando nuestro conocimiento para que cada vez sea más verdadero. Enseñar a los universitarios es también una gran tarea: ir formándoles en rigor de pensamiento, en acercamiento a la verdad (que es acercarse a Dios)... Y con todo, saber mucho sobre las Cortes de Cádiz o la política exterior de Napoleón III no parece que sea fundamental en la vida.
En cambio, métase en un confesonario. Aquí son personas vivas, con problemas reales que pesan sobre sus hombros hasta casi aplastarles, a veces angustiadas, otras como dormidas, o como enfermas por dentro. Y cada uno es único: no se les puede tratar en serie. Escuchar, comprender, dar un poco de luz, aliviar la carga que llevan, abrir horizonte, curar, dar un poco de esperanza... ¡Esto sí es cosa viva! Y dar a conocer el Evangelio, tan real, tan vivo, tan de hoy y de todos los tiempos, y mostrarles al Señor, verdadero Dios y verdadero hombre; no una entelequia, o un personaje del pasado, sino vivo, en cuerpo y alma y divinidad, lo que habló y lo que hizo.
Creo que muy pocas cosas en la vida pueden llenar a uno tan profundamente como esta ayuda que Dios permite al sacerdote prestar a sus hermanos los hombres.
gente. Hay quienes saben llegar prodigiosamente a los niños y, en cambio, no saben cómo acertar con gente mayor. Por lo demás, parece bastante claro que en la administración de los sacramentos es lo mismo una persona que otra; pero en la predicación del Evangelio y en la dirección espiritual hay que acomodarse a la mentalidad de los que oyen y a su grado de instrucción, y aquí es donde entra la especial disposición que uno posea.
3. ¿Qué es la Historia?
Desde los años sesenta se extendió por las universidades españolas una interpretación marxista de la historia, a la que se llegaba, como por un plano inclinado, a través de la historia económico-social que requería métodos nuevos. No hubo –yo no la conocí– reacción que pusiera las cosas en su sitio, de modo que escribí La historia y el método de investigación histórica. En 1976, la periodista Mercedes Eguíbar, me entrevistó para La Escuela en acción.
P.—Hoy está muy en boga el cultivo de la historia económica y de la historia social. ¿Cree usted que acabarán desplazando a la historia tradicional?
R.—Para poder contestar necesitaría definir primero lo que se entiende por historia tradicional. Si con esta expresión se quiere designar la historia que se ha venido haciendo antes de que apareciesen las nuevas tendencias, o la que se hace ahora y no es económica o social, no veo ningún motivo para que sea desplazada o sustituida. Si se hubiera demostrado que era una historia falsa, o que sus métodos conducían a resultados erróneos, o que con ellos era imposible averiguar la realidad histórica, habría una razón de peso para abandonarla y buscar otro modo para conocer el pasado. Pero, hasta hoy, que yo sepa, nadie ha demostrado semejante cosa, y hasta me parece que toda la historia que sabemos, o casi toda, la debemos a los historiadores tradicionales, pues la aportación de las nuevas tendencias es muy pequeña.
Es verdad que la historia tradicional no es toda la historia; pero si a eso vamos, tampoco es toda la historia la historia económica y la social. Personalmente, en este punto, no creo que la historia económica o la social hayan superado a la que ahora llaman historia tradicional.
P.—En efecto, quizá no la hayan superado, pero en todo caso, de lo que no se puede dudar es de que están mucho más de acuerdo con nuestra época.
R.—Como poder, sí se puede dudar, pero no seré yo quien lo haga. Creo, en efecto, que posiblemente la historia socioeconómica va más de acuerdo con nuestra época, pero eso carece de importancia. Lo que se pide a una disciplina científica no es que esté de acuerdo con una determinada época, sino que enseñe la verdad. Lo
poco que esté o no a tono con la época; y si lo que enseña es falso, ninguna época podrá hacer de ella una ciencia.
Por lo que se refiere a las nuevas tendencias de la historia, mi impresión es que llevan todavía poco tiempo de existencia para poder valorar sus resultados en orden a su contribución al conocimiento histórico. De todas maneras, me parece que tendrán que desprenderse de un cierto lastre del tipo de ciencias del presente, si quieren que su aportación quede en algo más que en simples interpretaciones del pasado en función del presente y con vistas al futuro. O que no pase de ser sólo una moda.
P.—Por lo que acaba de decir parece como si no estuviera muy convencido de que la renovación del método histórico hubiera sido beneficioso para la renovación de la historia. ¿Es así?
R.—Una vez más habría que aclarar antes el sentido que se da a cada término. Se renueva lo que está viejo y, por lo tanto, ya no sirve. Ahora bien, ¿ha demostrado alguien que hubiera envejecido el método histórico y se hubiera vuelto inservible? ¿Ha demostrado alguien que para renovarlo fuera necesario tomar prestados los métodos de la economía y la sociología?
Un método es un procedimiento para averiguar la verdad de algo. Si un método no sirve para averiguar la verdad de lo sucedido, para reconstruir un retazo del pasado, entonces no sirve desde el punto de vista histórico; si no sirve para poder averiguar lo sucedido con un mínimo de certeza o seguridad, entonces, ni siquiera se puede llamar método.
Si con un método, el que sea, a lo más que se puede llegar es a formular hipótesis, a plantear problemas, a valorar teorías explicativas, o a construir modelos, personalmente no me inclino a utilizarlo, porque no me lleva a un conocimiento cierto y verdadero de algo real. Sólo me lleva a hipótesis, problemas, teorías y modelos. Pero un conocimiento hipotético no es un conocimiento cierto; un conocimiento problemático es un conocimiento inseguro, una teoría o un modelo pueden servir para explicar un acontecimiento. Pero ¿cómo podemos saber que tal explicación es la verdadera? Sinceramente, creo que los nuevos métodos acabarán beneficiando a la historia, pero hoy por hoy no sabría decir cómo, ni en qué. No se deben menospreciar, pero, a mi juicio, el hecho de ser nuevos no les confiere una especie de virtualidad que los haga necesaria o infaliblemente útiles para la reconstrucción histórica.
científico significa, en primer lugar, que ese conocimiento es verdadero. No hay ciencia de lo falso.
Pero no es suficiente que haya verdad para que haya ciencia. Un conocimiento puede ser verdadero y, sin embargo, no ser científico: cualquier hombre capaz de ver puede afirmar que lo que tiene delante es un árbol, y su conocimiento es verdadero; con todo, no se dice que tenga un conocimiento científico. Un niño que sepa que existen los ángeles tiene un conocimiento verdadero, pero no científico. Es necesaria otra nota para que pueda hablarse propiamente de ciencia, algo que distinga un conocimiento científico de un conocimiento vulgar, intuitivo o de fe, y ese algo es la demostrabilidad. Un conocimiento es científico cuando se demuestra que es verdadero. Tal es la sencilla definición que un físico, Pascual Jordan, da de la ciencia: verdad demostrable.
Por tanto, la historia es científica en la medida en que sea verdadera y pueda demostrar la verdad de sus afirmaciones. Respecto a los nuevos métodos, sin regatearles ninguno de sus méritos, mi impresión es que lo que hasta ahora han conseguido es una mayor abstracción. Si esto es mejor o peor que la concreción de la historia, según los métodos viejos, es cuestión que llevaría mucho tiempo dilucidar y en la que no entro.
P.—Usted acaba de decir que la palabra historia se utiliza en sentido ambiguo. ¿Cómo la definiría usted?
R.—No me crea capaz de definirla. Ocurre con algunas cosas lo mismo que decía Pieper que ocurre con la palabra fe. Se lo voy a leer: «¿quién decide lo que hay que entender por fe?, ¿a quién corresponde juzgar cuál es el verdadero significado de esa y de otras palabras fundamentales del lenguaje de los hombres? Nadie, naturalmente; ningún individuo, en todo caso, por genial que sea, puede precisar y determinar algo semejante. Ya está de antemano determinado. Toda discusión ha de partir de eso ya dado para siempre. Es de suponer que Platón, Aristóteles, San Agustín, Santo Tomás, sabían bien lo que hacían cuando comenzaban por inquirir siempre el lenguaje usual».
Así, no se trata de determinar qué es historia, sino de descubrir lo que este vocablo expresa desde siempre. A lo que yo veo, las notas que siempre han existido en la palabra historia son éstas: hechos verdaderos, pertenecientes al pasado, relevantes. Si no han ocurrido, verdaderamente no son nada: sólo imaginarios, y no son objeto de historia; si todavía son del presente, pueden ser objeto de ciencias del presente, pero no de la historia (el relato de un contemporáneo es una fuente histórica, un testimonio, no propiamente historia), y si no es relevante carece de entidad histórica; no es objeto de la historia cualquier acontecimiento anodino que
P.—¿Es usted partidario de una historia comprometida?
R.—No más que de una botánica comprometida o una química comprometida. En mi opinión, un historiador —como un botánico o un físico— y en general, todo científico, sólo puede estar comprometido con la verdad. Porque si no es para averiguar la verdad de las cosas, ¿qué objeto puede tener la investigación? Se puede, claro está, utilizar como arma o como propaganda, y por desgracia es un caso que se da. Pero entonces no se puede hablar de ciencia.
P.—Entonces ¿usted cree posible la objetividad histórica?
R.—Veamos. Existe objetivamente el pasado histórico, pues las cosas sucedieron de un modo determinado, y eso no hay quien lo cambie. Si hay fuentes históricas, podemos conocerlo, y nuestro conocimiento puede ser objetivo. Cuando digo que puede ser objetivo, quiero decir que el concepto que forma la mente puede corresponder exactamente al objeto real. Cuando no es así, cuando no corresponde, no es que no haya conocimiento objetivo, es que no hay verdadero conocimiento.
Ahora bien, no todo se conoce con la misma objetividad y el mismo grado de certeza: la existencia de Felipe II es un conocimiento tan objetivo que la coincidencia es general; pero no lo es tanto la personalidad de Felipe II; aquí el conocimiento es más subjetivo y por ello no tan unánime. Precisamente, por lo fácil que es dar interpretaciones subjetivas es por lo que debe cuidarse no sólo la crítica de las fuentes, sino el rigor y la precisión en el uso de los datos, porque el peligro de suplir con la imaginación lo que las fuentes no dicen es constante.
P.—Usted no parece muy partidario de interpretaciones. Si estoy en lo cierto, ¿puedo preguntarle por qué?
R.—Mi impresión es que lo que está claro no necesita interpretación de ninguna especie. Se interpreta lo que es oscuro, pero nada garantiza que la interpretación que se da sea la verdadera o la única posible. Personalmente, y cuando se me ha planteado el problema, he preferido dar los datos que se conocen y confesar mi ignorancia, es decir, dejar planteado el problema en lugar de darlo por resuelto mediante una hipótesis plausible. Creo que así no confundo a nadie (en una ocasión sí confundí, de modo que en eso estoy de vuelta) y ahorro trabajo a los que vengan detrás; al menos no tendrán que molestarse en examinar mi hipótesis, para ver si se tiene en pie. Se encontrarán con el problema planteado y buscarán nuevas fuentes, en lugar de seguir dando interpretaciones combinando posibilidades a base de los mismos y escasos datos.
4. Tres consejos de Menéndez Pelayo a los
historiadores
En la introducción a la segunda y definitiva edición de la Historia de los Heterodoxos españoles, Menéndez Pelayo escribió lo siguiente: «el primer deber de todo historiador honrado es ahondar en la investigación cuanto pueda, no desdeñar ningún documento y corregirse a sí mismo cuantas veces sea menester».
Al escribir Menéndez Pelayo historiador, parece referirse propiamente al que investiga algún retazo del pasado. La palabra historiador resulta hoy demasiado general, pues se puede aplicar a todo el que escribe de historia; y así comprende tanto al que redacta un libro de texto para el bachillerato, como al que da la visión global de una época o un reinado valiéndose de lo que otros historiadores han escrito; lo mismo al que compone un ensayo interpretando de modo distinto lo ya dicho sobre un período determinado como al que, valiéndose de las fuentes, trabaja en aclarar un hecho oscuro, en dar a conocer algo que es desconocido, en rectificar un conocimiento erróneo, plantear un problema nuevo o resolver uno ya planteado.
Y parece que Menéndez Pelayo se refirió a este último tipo de historiador (es decir, al que investiga, no al que recopila, divulga o interpreta), porque evidentemente no se puede pedir a un historiador general (al que trata un extenso período) que profundice en las fuentes o que no desdeñe ningún documento. No se le puede exigir porque es tan amplia la materia que resulta prácticamente imposible. Lo que sí se puede y se le debe pedir es que utilice las más recientes monografías y que incorpore sus resultados después de haberlas estudiado, porque si realmente quiere proceder con honradez, no debe dar una versión de los hechos que ha sido ya rectificada.
Búsqueda y reflexión
1. Ahondar en la investigación requiere, en primer término, buscar. La historia se escribe sobre los datos que proporcionan las fuentes, y las fuentes suelen encontrarse en las bibliotecas (si están impresas) o en los archivos (si son documentales). No se puede esperar llegar a conocerlas si no se consultan, si no se pierde el tiempo (a veces, mucho tiempo, aunque en realidad no se pierde) examinando un legajo tras otro, siempre a la búsqueda de los papeles que debe haber en alguna parte, siguiendo indicios hasta hallar, por fin, el núcleo que permite un sensible avance.
Claro que esto no es siempre fácil, a no ser para quienes vivan en lugares donde hay archivos importantes. No todos pueden desplazarse con facilidad y pasarse un período de tiempo largo indagando, a veces sin resultado positivo. De aquí que una de las tareas más beneficiosas para la investigación histórica sea la publicación de fuentes, o al menos de índices detallados de fondos documentales, es decir, poner a disposición de cualquier historiador, por escasos que sean sus medios y por aislado que se encuentre, un conjunto de documentos fundamentales para la investigación de un tema, junto con referencias a otros fondos ya localizados, a bibliografía especializada, etc.
Si se piensa lo que supuso la publicación por Migne de la Patrología para el desarrollo de los estudios de Patrística, o los Monumenta Germaniae para la historia medieval, o lo que podría significar para el estudio del siglo xix español tener a mano, editados, los despachos de los nuncios que se sucedieron a lo largo de la centuria, es fácil hacerse una idea de la importancia que tiene este punto.
Desde luego no se puede afirmar que esto, la paciente indagación en los archivos o bibliotecas, sea una tarea cómoda, ni rápida; por el contrario, suele ser larga. Quizás por eso siempre amaga el peligro de preferir los trabajos brillantes a los trabajos sólidos. El peligro es mayor al principio, porque la gente joven tiene (o suele tener) cierta impaciencia por labrarse un nombre, y los periódicos no suelen conceder tanta atención a un estudio especializado de investigación histórica, que sólo interesa a algunos pocos entre los que se dedican a estos estudios, como a otro género de escritos a los que suelen llamar «obras de creación». Así tiene que ser, creo. Se comprende perfectamente que un libro acerca del Manifiesto de 1814 tenga muy poco de sugestivo para el público en general, a no ser que uno consiga convertirlo en
pasar algunos ratos amargos, estar a punto de echarlo todo a rodar, antes de que de alguna parte llegue la ayuda económica que permita dedicar algún tiempo a la investigación, o financie la publicación de fuentes. Indagar en un archivo, siguiendo pistas con la tenacidad de un rastreador, para al final encontrar algunos papeles inconexos que dejan unos huecos por los que podría pasar Napoleón con sus ejércitos, no es muy alentador, hay que reconocerlo. Pero si uno no se siente con ánimo para eso, mejor que se dedique a otra cosa, porque de lo contrario caerá, casi seguro, en la tentación de lo fácil, que a veces es lo chapucero, aunque tenga gran semejanza con las obras de creación.
De una cosa podemos estar seguros: la historia no se inventa. Está en las fuentes, o en los papeles, y éstos se hallan en los archivos, en las hemerotecas o en las bibliotecas; y como es lógico no se encuentran si no se buscan.
Pero profundizar en la investigación es también reflexionar. No se trata sólo de buscar fuentes en los archivos cuando las publicaciones no bastan; se trata también de buscar los datos en las fuentes, y aquí es donde entra la reflexión o indagación cuidadosa. Hay que leer con cuidado, con detención, calibrando cada frase y, a veces, cada palabra. Aquí la lectura rápida, pasando la vista en sentido diagonal por cada página para, de una ojeada, captar el sentido general (como parece ser el procedimiento que se aconseja a los muy ocupados, que deben estar informados de multitud de asuntos), es inútil, y peor aún, perjudicial. No niego que puede ser útil y harto recomendable para un investigador si tiene el loable deseo de estar al día de todo cuanto se publica y se refiere de algún modo a la materia sobre la que trabaja, porque entonces es un buen procedimiento para desembarazarse con agilidad y rapidez, y hasta con gracia, de la multitud de ensayos, divulgaciones para uso del gran público que desea tener cultura, generalizaciones superficiales con títulos sugerentes, o interpretaciones que aspiran a ser profundas; en fin, de todo ese género de literatura histórica en que tanto abundan hoy las librerías, incluido el reportaje sobre el pasado.
Un documento, una fuente historiográfica, debe leerse sin prisa, porque es muy fácil que muchos datos pasen inadvertidos, sobre todo si el investigador no está constantemente buscando respuesta a las incógnitas que tiene planteadas y para cuya solución acude a los documentos. Incluso quien no es un aprendiz, sino un investigador ya experimentado, puede constatar que, con frecuencia, al tener que releer un documento, o un texto ya utilizado, descubre datos o sentidos que en la primera o segunda lectura se le habían pasado por alto. Así tiene que ser, pues cuanto más se ahonda en la investigación y mayor y más profundo conocimiento se tiene del tema que se investiga, más fácilmente se descubre lo valioso de datos,
Selección y rigor
2. Lo de no desdeñar ningún documento tiene su importancia. Ocurre, y así se puede leer en libros de metodología histórica, que a veces se habla de que una de las operaciones que debe realizar un investigador —o un historiador— es seleccionar el material. Y es cierto, sólo que si no se hace muy bien entraña grandes riesgos. No, claro está, cuando el desnivel que hay entre el valor de dos documentos (o de dos docenas) es patente. No entrañaría riesgo alguno en el momento de la selección desechar un oficio en el que Castillo y Ayensa —por ejemplo— agradeciera el envío de un ejemplar de la Guía de Forasteros y acusara recibo, pero sería, en cambio, una ligereza que diría muy poco a favor de su competencia, que el historiador pasara por alto, sin dedicarle mayor atención, una carta del mismo Castillo en la que diera cuenta de las gestiones realizadas por él en Roma para que se publicaran amplias reseñas del Ensayo de Donoso Cortés. Tanto para la investigación como para una colección de fuentes, la preferencia por el segundo documento resulta obvia. Pero sin olvidar que el primero es también un dato, y que incluso en su aparente futilidad, puede llegar a tener valor.
Pero me parece que lo que Menéndez Pelayo quiere decir es otra cosa. Si sobre un punto que se está investigando hay veintidós documentos en general coincidentes, y cuatro discordantes, pero tan auténticos y dignos de fe en principio como el resto, es claro que no pueden dejarse de lado sin más razón que la de no estropear el cuadro armónico que presentan los veintidós papeles restantes. Por este procedimiento de eliminación se puede falsear documentalmente la historia, esto es, dar una visión del pasado muy documentada, pero con sólo la parte de los documentos que coinciden en la misma versión.
Creo que fue Pascal quien dijo que para comprender a un autor era necesario concordar los contrarios. No los términos contradictorios, porque una cosa no puede ser y no ser al mismo tiempo y en el mismo sentido, pese a Hegel, sino los contrarios. Creo que algo parecido sucede con la historia, y en este caso, si un investigador lo es de verdad, y quiere hacer una honrada reconstrucción de un retazo del pasado, no puede menos de tomar en consideración todos los datos. No importa que alguno, o algunos, de ellos no encajen; no importa tampoco que no sea capaz de encontrar la solución. Él debe dejarlos consignados, porque quizá, a la vista de los
Las cosas sucedieron de una manera determinada. El trabajo del historiador consiste (al menos, así me lo parece a mí), partiendo de las huellas que lo sucedido dejó, en mostrar cómo esas cosas sucedieron, qué es lo que realmente ocurrió. Desdeñar un documento discordante —siempre partiendo de la base de que sea auténtico— es eliminar un dato de la realidad ocurrida. En otras palabras: es mutilarla. Claro que es posible que tal documento, aun siendo auténtico, no tenga un contenido verdadero, y entonces nos hemos encontrado, quizá, con alguien mal informado; o tal vez con que hubo alguien que tuvo empeño en falsificar la verdad, lo que no deja de ser realmente interesante. Y averiguar el porqué de esta falsedad no deja de ser una parte de la investigación de la verdad histórica. Ahora bien, si el autor del documento estuvo mal informado, entonces sí es un documento que puede dejarse de lado. Pero jamás se podrá decir que se ha desdeñado.
Supongo que una de las cosas por las que el trabajo del investigador es lento, y debe ser paciente, es que tiene que estar razonablemente seguro de que posee conocimiento de las fuentes más esenciales, ya que es casi de todo punto imposible asegurar en ningún caso que las conoce todas: evidentemente, cuanto más cercana a nuestros días esté la parcela que cultiva tanto más dificultades encuentra en abarcarlas, porque la cantidad de papel escrito que se produce es cada vez mayor. Acaso sea ésta una de las razones por las que una investigación a fondo requiere o un tema muy concreto, o un largo período de tiempo si el tema es amplio: el adagio de que lo que se gana en extensión se pierde en profundidad, creo que es aquí, y en este aspecto, plenamente aplicable.
Corrección y crítica
3. Lo de corregirse a sí mismo cuantas veces sea necesario es harina de otro costal, aunque, si se mira bien, resulta una verdad casi de sentido común. Saint Exupery escribió: «¿Qué es escribir, sino corregir? ¿Qué es esculpir, sino corregir? ¿Has visto modelar la arcilla? De corrección en corrección surge el rostro, y el primer toque del pulgar era ya una corrección del bloque de arcilla. Cuando fundo mi ciudad, corrijo la arena. Después corrijo la ciudad. Y de corrección en corrección marcho hacia Dios».
Lo normal es que cuando se ha acotado un período, un tema o un personaje, una parcela de la historia como objeto de investigación, a medida que se conoce más documentación se sabe más. Y como toda nueva luz arroja nuevas sombras, nuevos problemas van surgiendo a medida que avanzamos en el conocimiento de la época o el tema que se estudia. Un nuevo documento que aparezca es suficiente para que haya que rectificar una afirmación hecha anteriormente. Y así, de corrección en corrección se va caminando hacia el conocimiento de la verdad histórica. Unas veces podemos ser nosotros mismos quienes hallemos los datos que rectifican anteriores conclusiones; otras veces será el fruto de las investigaciones de otros quienes aporten nuevos elementos que modifican lo establecido por nuestra investigación.
Así es como poco a poco se van aclarando las cosas. Por eso, si uno no es capaz de soportar sus propias limitaciones es muy problemático que llegue realmente a trabajar bien. La razón es algo maravilloso, pero capaz, sin embargo, de error. Unas veces por inadvertencia, otras por carencia de datos, o quizás por falta de atención al utilizar los que se tienen, el hecho es que la equivocación no sólo es posible, sino algo que de hecho se da. Y si no se es lo suficientemente humilde para reconocer que la inteligencia, además de limitada, es falible, entonces muy difícilmente se puede llegar a hacer algo que valga la pena.
Ser humilde en este caso significa tener conciencia de dos cosas: de que uno no lo sabe todo y de que se puede equivocar. Cuando un hombre cree que lo sabe todo, cuando está demasiado seguro de sí mismo, de su propia suficiencia y visión de las cosas, entonces ha llegado a la incapacidad para aprender nada. Y si se cree infalible, se agarrará a sus propios errores con la desesperación de un náufrago antes que admitir que se ha equivocado. Ambas cosas son tan eficazmente malas que pueden
crítica desfavorable sea a la persona con ocasión del escrito que publica. Ni nuestro trabajo ni nosotros somos mejores porque hablen bien, ni peores porque hablen mal. Las cosas —y las personas— son como son delante de Dios, y todo lo demás carece de importancia.
Uno debe intentar trabajar bien y con honradez, sin considerar como una humillación pedir un consejo, una aclaración, una ayuda, en el caso de que no vea algo claro. La censura previa (esto es, someter al buen juicio y conocimiento de otras personas un trabajo, antes de darlo a imprenta) no es nada humillante, a no ser que uno se considere tan superior a los demás que crea perfecta su obra tan sólo porque la ha hecho él. El concepto que habitualmente se tiene de la censura hace que la palabra suene sucia, como si fuera una tarea ejercida por incompetentes, ideólogos y fanáticos, y cuyo único resultado fuera secar talentos en flor. Y sin embargo, tengo la experiencia de que si en alguna ocasión hubiera seguido este camino, hubiera corregido antes lo que otros hubieron de corregirme después.
Por lo demás, si un investigador es realmente honrado consigo mismo, sabrá que puede equivocarse, y entonces nunca se sentirá demasiado contrariado, si, efectivamente, comprueba que así ha sido. Podrá quizá dolerle el modo como se lo digan, pero no el hecho de que se lo hagan ver.
Pero si somos humildes, siempre aprenderemos algo de las críticas que hagan de nuestro trabajo, y con ello es fácil que nos enriquezcamos un poco más. Ahora bien: si por defender nuestro punto de vista, o nuestro maltratado prestigio, nos enzarzamos en estériles polémicas, me temo que, además de la paz, perderemos el tiempo, porque lo que está en juego ya no es la verdad, sino el amor propio. El resultado entonces puede ser enemistad, no colaboración en la tarea de avanzar un poco más en el descubrimiento de la verdad histórica.
5. Siervo bueno y fiel
«Yo no conocí ni vi a la Madre Teresa de Jesús mientras estuvo en la tierra, mas agora que vive en el cielo la conozco y veo casi siempre en dos imágenes vivas que nos dejó de sí, que son sus hijas y sus libros, que, a mi juicio, son también testigos fieles, y mayores de toda recepción, de su grande virtud (...). Porque los frutos que cada uno deja de sí cuando falta, esos son el verdadero testigo de su vida, y por tal le tiene Cristo cuando en el Evangelio, para diferenciar al malo del bueno, nos remite solamente a sus frutos: de sus frutos, dice, los conoceréis».
Estas palabras las escribió Fr. Luis de León encabezando la edición de las obras de Santa Teresa, apenas cuatro años después de su muerte. Son oportunas aquí porque todo el que no haya conocido ni visto a Mons. Escrivá de Balaguer, pero que quiera, sin embargo, formarse una opinión de él, hacerse una idea de su personalidad sobrenatural y humana, tendrá que recurrir a los frutos visibles que ha dejado tras de sí en la tierra al fin de su vida mortal. Porque son estos frutos los que dan testimonio de la calidad del árbol, y son frutos que no necesitan ser interpretados porque por sí mismos hablan —igual que hablaba siempre Mons. Escrivá, como buen aragonés— alto y claro.
Quienquiera que con buena voluntad examine la huella que ha dejado Mons. Escrivá de Balaguer de su paso por el mundo hallará, sin gran esfuerzo, la virtud y la santidad de un sacerdote que vivió sin otra meta ni otra ambición que amar a Dios con obras y de verdad, y esto hasta extremos asombrosos. Un primer testimonio de este amor son los miles de hijos e hijas de todo oficio y condición, de todas las razas, naciones y lenguas, de todas las edades y temperamentos, a quienes contagió su pasión por la gloria de Dios y la salvación de las almas, además de un desbordante amor a Jesucristo y a la Virgen María, a la Iglesia y al Papa, y que siguen humilde y alegremente sus pasos luchando día a día por servir un poco mejor a Dios y a los demás. Y este es un testimonio por el que se conoce sin engaño la mucha gracia que
Rosario, y matiza la sencilla, y a la vez profunda, contemplación de los misterios de
gozo, de dolor y de gloria; la doctrina tersa, asequible —y también igualmente provechosa— a todos, lo mismo al teólogo que a la atareada madre de familia, que se derrama en Es Cristo que pasa como una fuente de agua limpia que nunca se agota. Y el caudal inmenso de amor —doctrina y vida— que ha dejado en tantos otros escritos, testimonio perdurable de su solicitud por la formación de sus hijos y por asegurar la fidelidad al espíritu de la Obra.
Esos frutos, sin embargo, que dan a conocer la calidad del árbol, no bastan para dar una idea del mismo árbol, que es más que el fruto. Él era más, mucho más, que sus libros. Ningún libro podía contener toda la riqueza de una inteligencia y un corazón como los suyos, ni dar idea cabal de su calidad o de su santidad. Aquel de sus hijos que con mayor intensidad ha poseído su espíritu, el que mejor le conoció y más compenetrado estuvo con él, el que le ha sucedido al frente del Opus Dei, don Álvaro del Portillo, ya lo observó en 1973 en las palabras de presentación a Es
Cristo que pasa; el calor humano, la sinceridad inmediata que cautiva, su entrega
total a los que le escuchaban, su empeño en que cada uno convirtiera lo que oía en oración personal con Dios. Y su «realismo cordial, nada ingenuo y, a la vez, nada pragmático. Un sentido común poco común. El buen humor que aflora siempre, una alegría contagiosa, la de un hijo de Dios».
No. Ni sus libros ni sus hijos, aun cuando den testimonio de su gran virtud y de su entrega a Dios, pueden suplir, sin embargo, el conocimiento personal. Los que le vieron y oyeron, y sobre todo los que le trataron, pudieron percibir un algo que no se puede suplir ni siquiera con la imaginación: el bonus odor Christi, que obraba en cuantos le trataban como una influencia bienhechora que sosegaba el alma y la hacía entrar en deseos de purificación y de amor de Dios.
Si la santidad de un hombre radica en su voluntad, Mons. Escrivá de Balaguer fue un santo: durante toda su vida no tuvo otra voluntad que hacer la de Dios, y la tuvo muy fuerte; nada ni nadie, ningún obstáculo, ninguna incomprensión, ni desengaño, ni calumnia, ni sufrimiento, ni enfermedad, pudo desviarle de lo que vio ser el querer de Dios. Durante once años estuvo esperando ver lo que Dios quería que hiciese de su vida, buscando con la oración y la penitencia la manifestación del designio de Dios sobre él. Sabiamente conducido por la gracia, dócil a la acción del Espíritu Santo, se encaminó al sacerdocio por creer que de esta manera aseguraba mejor el servicio que Dios esperaba de él, aunque seguía sin saber. Con el sufrimiento del que quiere y no sabe todavía, con humildad, oración y penitencia, once largos años, hasta que llegó la hora de Dios. Y el 2 de octubre de 1928 Dios le dio a conocer su voluntad.
abrumadora, podía convertirse en una fuente de incomprensiones, obstáculos y sufrimientos como para desanimar al más valiente. Y si, por último, se piensa que tamaña empresa se le pidió a un joven sacerdote de 26 años, sin medios, ni dinero, ni influencias, entonces quizá se pueda vislumbrar la cantidad de gracia de Dios, de fe en la omnipotencia divina, de esperanza en las promesas de Dios y de amor a las almas que había en su joven corazón.
Todos los que tuvieron la gracia de conocerlo un poco de cerca saben hasta qué punto tuvo clara conciencia de su propia vocación. El contraste, casi violento, entre la impresionante magnitud de la empresa y la no menos impresionante ausencia de medios humanos, la desproporción entre lo que se le pedía y lo que él por sí podía, es lo que desde el principio, y hasta el último minuto de su vida, le hizo ver que la Obra era, efectivamente y sin el más leve resquicio de duda, Opus Dei, Obra de Dios, no obra suya. Ni por un solo momento permitió que se oscureciera la conciencia de que él sólo era un instrumento del que Dios había querido servirse, «quizá —solía decir— porque no había encontrado otro más inútil». Jamás su humildad dejaba pasar la ocasión de sentar bien claro que él había sido más estorbo que otra cosa, un instrumento «inepto y sordo» —así se calificaba— con el que Dios había tenido tantas delicadezas, tanta paciencia, tanta solicitud, que cuantas veces lo consideraba (y era tan a menudo que son muchos los que pueden atestiguarlo) se sentía, a un tiempo, abrumado por el peso del amor de Dios y desbordante de agradecimiento, de amor y de júbilo por la inmensidad de la misericordia divina con los hombres.
Sufrió mucho, pero siempre supo llevar el sufrimiento con alegría. In laetitia,
nulla dies sine cruce, solía escribir al comenzar el año en la primera página de la
epacta. Aceptó con gozo la carga que el Señor depositó sobre sus jóvenes hombros (¡y con qué humildad, con qué ternura, con qué orgullo de padre agradecía a sus hijos cualquier pequeñez —que él calificaba de servicio—, y la fe que habían tenido en él!), dedicó toda su vida al cumplimiento de la voluntad explícita de Dios: hacer el Opus Dei, y ello hasta el extremo de que, sin exageración de ninguna especie, se puede afirmar que su vida era la Obra, y en verdad que de tal modo lo fue que gastó en ella todos y cada uno de los días de su existencia. Todo su esfuerzo, todo su talento, todo su tiempo («sólo tiene valor el tiempo que gastamos en el servicio de Dios», decía) estuvo dedicado a mostrar su amor a Dios cumpliendo la tarea que le había sido encomendada por Él, sin ahorrarse fatiga alguna («si mi viaje sirve para
obispo de Aquisgrán —que le conoció— llamó latitudo cordis es, quizá, lo que mejor caracteriza sus últimos años: un ensanchamiento del corazón, como si se agrandara día a día, con una capacidad de amor cada vez más grande, cada vez más aquilatada, cada vez más evidente. Aquellos a quienes Dios concedió la gracia de verle y escucharle en las agotadoras jornadas de lo que muy bien puede denominarse su «catequesis universal», pudieron comprobar hasta qué punto empleó hasta el fin sus fuerzas en enseñar a todos los tesoros del corazón de Dios; cómo sabía llegar, con su voz fuerte y cálida, cordial y llena de matices, al corazón y a la cabeza de los que le escuchaban; cómo se notaba su amor inmenso, incontenible, a Dios cuando hablaba de su misericordia y de su amor por los hombres, cuando mostraba la riqueza de los sacramentos, cuando se pasmaba ante la grandeza de Dios creador y de Dios redentor, pero sobre todo, de «un Dios que perdona continuamente, un Dios con corazón de padre y de madre, que no nos guarda rencor por haberle ofrendido...»
«¡Es una maravilla!», exclamaba. Y cuando mostraba los tesoros del sacramento de la confesión, y del amor humano, limpio y noble que es santificado por el sacramento del matrimonio, y de cómo debíamos de ser sinceros, y comenzar y recomenzar nuestra lucha todos los días, y aplicarnos a hacer bien las cosas pequeñas, ordinarias, y a ser niños delante de Dios, y a tener un amor entrañable a la Virgen (¡qué maravillosamente sabía hablar de Ella!), y a pedir por los sacerdotes y no dejarlos solos (¡y cómo se le escapaba el corazón cuando hablaba del sacerdocio!). Era como una fuente inagotable, y en verdad que, si de la abundancia del corazón habla la boca, la riqueza de su conocimiento de Dios, y de las cosas de Dios, o que miran a Dios, fue grande y no, ciertamente, producto de los libros. Era vida vivida, resultado de gracias correspondidas; solía decir que no era «más que un sacerdote que sólo hablaba de Dios». Y se veía que le conocía y le amaba, y era un conocimiento y un amor que se desbordaban con espontaneidad, con ternura, con fuerza, con humor, siempre a propósito, sin cansar jamás, y siempre con el mismo resultado, el que experimentaron los discípulos de Emaús: «¿Acaso no nos ardía el corazón cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» (Lc. 24, 32). Pues este era, precisamente, el efecto: unos deseos inmensos de ser mejores, de acercarse a Dios, de limpiar el corazón; deseos de hacer algo por los demás, de ayudarles a encontrar la paz y el sosiego del alma; deseos de trabajar por la Iglesia, de ayudar al Papa —rezando por él— a llevar el peso de las almas; de querer a la Virgen, de lealtad, de fidelidad, de fortaleza, de salvar a todos.
Nos pedía con frecuencia la limosna de nuestra oración «para ser bueno y fiel», y esto nos conmovía: verle a él, que nos lo había enseñado todo, que nos lo había
amor con amor se paga. Él se definía a sí mismo como «un pecador que ama a Jesucristo con locura»; pienso que le podemos aplicar las palabras que Dios dijo en I Sam. 2, 35: «Yo me suscitaré un sacerdote fiel, que obrará según mi corazón y según mi alma». Así fue: un sacerdote fiel, que obró siempre según el corazón de Dios, y cuya vida no fue otra cosa que el cumplimien-to de la obra que Él le había encomendado.
6. Fe y saber
En una de sus charlas a los universitarios católicos de Oxford, decía R. Knox que las definiciones dogmáticas, con la precisión y cuidado con que estaban formuladas por la Iglesia, venían a ser para nosotros en el camino de la vida lo que a los navegantes las boyas puestas en la desembocadura de un río. Señalan los límites entre los cuales se puede navegar con seguridad y sin miedo; fuera de ellos, siempre existe el peligro de tropezar con algún banco de arena y encallar. Mientras el pensamiento discurre dentro del camino señalado tan cuidadosamente por la Iglesia, se puede avanzar tranquilo y a buena marcha; salirse puede ser (y en ocasiones, según muestra la experiencia, lo es) peligroso y, de hecho y para más de uno, mortal.