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N EL PRINCIPIO ERA EL BANDOImitando la vieja costumbre de origen medieval de anunciar los acontecimientos por medio de ban- dos, el carnaval barranquillero fue popularmente promulgado por ese medio; siendo siempre muy cu- rioso el tradicional ceremonial del 20 de enero cuan- do en la plaza principal se daba a conocer lo dis- puesto por la autoridad. Posteriormente, después del anuncio, fue costumbre pasearse el bando una vez conocido el pregón. Distinguidas damas y ca- balleros en sus lujosos coches,
victorias, etc., recorrían las ca- lles principales de la población presididos por el bando y con- juntos populares de danzas, terminando el recorrido en la residencia de aquella que, a jui- cio de los organizadores, era es- cogida para presidir las festivi- dades. Poco a poco se fue olvi- dando esta tradición; limitán- dose al anuncio solamente, a los avisos de prensa y radio.
Este año, reviviendo la vieja costumbre, el alcalde, la sobe- rana del carnaval y candidatas populares, leyeron el decreto el 20 de enero en pleno Paseo de Bolívar, declarando oficialmen- te abierta la temporada.
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ASAPORTESA fines del siglo pasado, acostumbraban los or- ganizadores del carnaval proveer a la gente de un especial salvoconducto a manera de pasapor- te, el cual costaba un peso. Persona sorprendi- da en la calle que no mostrara el suyo, era pues- to preso y multado; con cuyo dinero se contri- buía para los gastos generales de la fiesta. Todo esto, naturalmente dentro de un ambiente de hu- mor y cordialidad.
Así era nuestro carnaval
Tradiciones y costumbres *
* Tomado de la revista Carnaval de Barranquilla, 1967.
Alfredo de la Espriella
Coronación de Leonor González MacCausland, 1949.
Archivo del Museo Romántico.
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SALTOSCostumbre muy generalizada como el propio signi- ficado en cualquier baile sin aviso oportuno. En Barranquilla fueron muy populares. Generalmen- te, las residencias de los presidentes del carnaval eran asaltadas por sus amigos, los que, en com- parsa a partir del 20 de enero, cuando se abría ofi- cialmente la temporada, sorprendían a sus dueños, muchas veces obligándolos a aceptar los cargos que ofrecían los organizadores de las festividades. Aun cuando ahora no es tan común ni tiene la gracia ni la ingenuidad de la sorpresa que tenían antes, por temporada se promueven asaltos, pero ya con la diferencia de que los dueños de una casa previa- mente avisados se preparaban así de un todo para el acto, perdiendo de esta manera su auténtico ca- rácter de asalto para convertirse en recepción.
L
AC
ONQUISTACostumbre tradicional de las danzas y de todos los conjuntos que participan en el carnaval de reu- nirse el martes en las horas de la tarde en un de- terminado sitio en pos de la conquista de las ban- deras, de manera que la que mayor número arre- batase, esa obtenía el premio. Antiguamente, esto ocurría en la plaza de Armas, en la 7 de Abril, en el parque El Centenario. Como quiera que les pre- mios los otorgan ahora el domingo de carnaval, la Conquista propiamente dicha ha perdido su tradi- cional característica. Muchas veces ocurrían des- órdenes, terminando en una verdadera batalla campal en la cual participaban todas las danzas, comparsas, y disfraces individuales.
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IÑATASHacia 1882 y poco más o menos hasta la época de la guerra civil de los Mil Días, había licencia para continuar celebrando carnaval las dos primeras semanas de Cuaresma. Siendo igualmente muy animados los bailes de los días jueves, sábados y domingos.
El último de todos era llamado precisamente de «Piñata». Refiere en sus crónicas Manuel Abello Palacio que «la Piñata» consistía en una vasija de barro pequeña forrada de papel de color y con cin- tas multicolores; estaba llena de dulces y con pa- lomas blancas dentro. Los caballeros elegidos para romperlas iban vendados, blandiendo un palo; el que lograba despedazarla le tocaba dar el baile.
Bando de 1949 *
Yo, rey Momo del barrio Abajo, ordeno y mando al carajo a todo aquel maretira que se las tira
de café con leche y se atreva... ¡eche!
a salir en pleno carnaval sin disfraz, careta, capuchón, máscara o antifaz.
Porque, sin ninguna contemplación mis “indios de trenza” los llevarán a la picota de la “vara santa”
donde pagarán caución y no los soltarán
hasta que sufran la condena y cancelen la pena
por faltarle el respeto a la tradición.
Porque, en esta tierra bochinchera, tampoco es que a cualquiera por más creído que sea se le va a permitir violar la ley de disfrutar
como se debe parrandear el carnaval de “la Arenosa”,
¡que no es cualquier cosa!
Así que, ya sabe la concurrencia, no tendremos clemencia
con ningún pelafustán
bien sea un badulaque de primera un macabí de segunda
o un mequetrefe de tercera.
Los convido a disfrutar el “salón burrero”
la “guacherna” y la “cumbiamba”
hasta el martes de “la conquista”.
Cuando se acaba la guachafita se agota el ron trompá
y enterramos a la maricaíta de Joselito Carnavá
en la plaza “7 de Abril”.
Yo, el rey Momo del carnaval, de mi tierra guapachosa cordial y generosa y ¡gracias mil!
* Fue en el carnaval de 1949, coronación de la reina de ese año, Leonor González McCausland, cuando por vez primera en el programa oficial que se llevó a efecto en el Teatro Murillo, Alfredo de la Espriella, autor del libreto El sueño del rey Momo, escribió el primer Bando a las soberanas de nuestras carnestolendas. En aquel espectáculo inspirado en las viejas tradiciones del carnaval de la Arenosa, dicho bando lo leyó el joven Humberto Jimeno Gon- zález, quien caracterizó el celebre personaje de la farsa barranquillera.
Yo, la reina del Carnaval de Barranquilla por la gracia de Momo, del pueblo coste- ño y Joselito Carnaval,
O
RDENO Y MANDO“
IPSOFACTO”:
Primero: Declárese en toda Curramba la Bella el estado de sitio carnavalesco.
Segundo: Amnistía general para los al- zados en copas.
Tercero: Tomar conciencia de lo que significa el carnaval como expresión au- tóctona de un pueblo que estimula sus tradiciones y respeta su folclor.
Cuarto: Consigna de mi imperio: el Dis- fraz. Todo aquel que cometa infracción de no llevar careta o capuchón que iden- tifique su originalidad, será puesto a las órdenes de los negros pintados y de los indios de trenza para que aprendan a res- petar.
Quinto: Créanse dos máximos galar- dones para la temporada: “Alcohólicos Epónimos” y “Mutuo Auxilio de Engua- yabados”.
Sexto: Que mis huestes sean dignas de la fiesta popular, contribuyendo con
su entusiasmo a demostrar al país, una vez más, que Barranquilla sabe cantar y sobre el yunque martillar.
Séptimo: A partir de la fecha quedan abiertas de par en par las cisternas de Gordolobo de palacio y mi viejo arsenal etílico a disposición de quien le pro- voque asaltar.
Octavo: Nombro grandes mariscales de campo a los danceros y cumbiamberos, y princesas de mi reino encantado, a las pilanderas y reinas de los zafarranchos en los barrios.
Noveno: Aquellos que se les sorprenda atentan- do contra la seriedad pública, dando malos ejem- plos con su sobriedad o contribuyendo con su jartera a la depresión del estado de carnaval legítimamen-
te constituido, por el voto jacarandoso del pueblo eufórico y soberano, se le impondrá la pena máxi- ma contra la tierra currambera, ceñida de agua y madurada al sol; tres días a medio palo, sin recur- so de “hábeas corpus carnavalescum”.
Décimo: Elévase a la categoría de delito público la corronchería y falta de civismo mientras dure la emergencia del estado de sitio carnavalesco.
Dado en mi palacio real de La Arenosa el 20 de enero, día de San Sebastián.
Ejecútese a la mayor brevedad, ¡pilas! ¡Viva el carnaval de Barranquilla!
Yo, la Reina.
Bando de 1980
Rey Momo de 1995, Enrique Salcedo (izq.)
Archivo del Museo Romántico
105 Yo, por la gracia de Momo
y con la venia de mi pueblo cordial, y currambero, so- berana del carnaval ba- rranquillero ordeno, man- do, dispongo y ejecuto:
Primera resolución: A preparar con todas las ar- mas de percusión tambo- res, flautas de millo, gai- tas y maracas la desmo- vilización y toma recur- siva de la ciudad para li- brar la gran Batalla de Flores y consolidar la vo- luntad de convivencia que tiene que reinar al ritmo de las cumbias, porros, mapalés y merecumbés de nuestro belicoso terri- torio folclórico de fama in- ternacional.
Segunda instancia: Uni-
forme de mi ejército de gala: el Capuchón. Santo y seña: el Antifaz. Trinchera general: la Plaza de la Paz. Líderes de la revolución de la risa y despar- pajo general: Marimondas del Barrio Abajo.
Tercera provocación: Mis tropas faranduleras de asalto y mis fieles compañeros de guachafita tie- nen mi apoyo farnofélico incondicional para liqui- dar todo el arsenal etílico de Palacio.
Cuarta obligación: Extradítense de mis territo- rios parranderos a todos aquellos majaderos, agua- fiestas, coralibes, payasos, mamertos, guacamayos, barbules y corronchos que no se disfracen duran- te el festejo popular, faltándole por esa causa el respeto al patrimonio oral e intangible de la hu- manidad. Un título legal que no es de simple papel de bla, bla, bla, sino un cartel internacional que honra la categoría de nuestra fiesta vernácula, la calidad de nuestro pueblo sano que la estimula y los méritos de la cultura cívica que la engalana con esta tradición autóctona, democrática y repu- blicana.
Quinta sugerencia: Ahora, por último, les hago una pregunta estratégica a manera de referéndum carnavalescum: Como quiera que este año el car- naval ha sido muy corto, ¿les parece bien seguir la lucha constante todo este año y el entrante pa- ra compensar el tiempo que nos toca para defen- der el prestigio de esta fiesta con la verraquera que sabemos?... ¿Sí?... ¿Lo aprueban?... Aproba- do por la sicopatía general y disoluta del pueblo currambero.
Sexta providencia: De ahora en adelante, quiero que le pongan todo el corazón de patilla y de me- lón a la fiesta para que este carnaval del centena- rio quede de ataque y todos lo pasemos de infarto.
Dado en mi Palacio de la convivencia popular.
Publíquese y cúmplase al pie de la botella. ¡Viva el pueblo barranquillero y mis tropas de asalto currambero!
Yo, la Reina.
Decreto bando del 2005
El Bando de Jaime Lallemand.
Archivo del Museo Romántico