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4. UN CŒUR SIMPLE DE GUSTAVE FLAUBERT: UNA MUESTRA ADMIRABLE DEL PATHOS ARISTOTÉLICO

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UNA MUESTRA ADMIRABLE DEL PATHOS ARISTOTÉLICO

Luisa Puig Centro de Poética Instituto de Investigaciones Filológicas Universidad Nacional Autónoma de México

Un cœur simple [...] l’absolue perfection de la prose, l’équilibre sans précédent des formes narratives, la transparence des architectures syntaxiques, la profondeur de l’émotion libérée par ce récit tranquille d’une pauvre vie sans histoire font de ce petit texte de trente pages l’une des plus belles illustrations littéraires

de la langue française.

Pierre-Marc de Biasi

El estudio de la argumentación incumbe toda la práctica dis-

cursiva. En efecto, autores como Perelman, Olbrechts-Tyteca,

Benveniste, Grize, Vignaux, Amossy, Maingueneau, Charau-

deau, por no citar más que a ellos, consideran que argumentar

no sólo es dar razones a favor de una tesis con una clara inten-

ción persuasiva, sino también, en una visión más amplia, bus-

car compartir con el otro nuestros puntos de vista. El discurso

literario no escapa entonces a esta “dimensión argumentativa”,

como la llama Amossy, puesto que muchas veces la literatura

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busca mostrar un fragmento de la realidad, dándole una cierta orientación, un determinado sentido.

1

En esta perspectiva, aplicaremos la noción aristotélica de pathos para mostrar cómo Flaubert imprime emotividad en su cuento Un cœur simple.

2

Esta historia trata de la vida de Félicité, una sirvienta iletra- da, trabajadora y fiel a su ama, Mme. Aubain, quien siempre la trató de acuerdo con su rango de empleada doméstica. Des- pués de una infancia triste (huérfana y maltratada), conoce a Théodore, un joven que intentó abusar de ella. Félicité se de- fiende por instinto y sentido del honor, pero acaba encariñán- dose con él y acepta casarse. El día de la boda le avisan que el joven optó por una mujer vieja y rica, y así evadir la conscrip- ción. Con una enorme decepción se va a Pont-l’Évêque y entra al servicio de Mme. Aubain, una persona poco agradable. Fé- licité se ocupa de todo en la casa e inmediatamente se encari- ña con los niños Paul y Virginie. Mme. Aubain decide enviar a su hijo a Caen a proseguir sus estudios. Félicité resiente su partida, pero se consuela llevando a la niña todos los días al catecismo. A su vez, Virginie entra al colegio de las Ursulinas en Honfleur, con lo que Félicité se queda, en sus propias pa- labras, miné (abatida, debilitada). Traslada entonces su amor a su sobrino Victor, quien se embarca en un largo viaje sin regreso, dado que muere en América de fiebre amarilla. Más tarde fallece también Virginie de una fluxión de pecho. Félicité vuelca entonces su cariño en un loro, regalo de Mme. de Lar- sonnière a Mme. Aubain, quien, para deshacerse del animal, lo da a Félicité. A consecuencia de una angina, Félicité pierde el oído y se aísla del mundo, percibiendo sólo la voz de su loro Loulou. Una mañana lo encuentra muerto. Es tal su dolor que Mme. Aubain le propone mandarlo disecar. Más tarde Mme.

Aubain también fallece y Félicité se queda sola en la casa que se va degradando sin que nadie se interese en comprarla. Con-

1 R. Amossy, L’argumentation dans le discours, p. 44.

2 G. Flaubert, Un coeur simple, pp. 589-622.

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trae una neumonía antes de la celebración de la fiesta de Cor- pus-Christi; las parroquianas deciden, no sin discutir, instalar uno de los altares de la procesión en el patio de Mme. Aubain.

La fiebre y la opresión en su pecho se intensifican y Félicité, llena de aflicción, no puede participar en los preparativos. Tie- ne entonces la idea de ofrecer su loro para adornar el altar de la casa; las vecinas no lo creen conveniente, pero el cura acepta.

Durante la procesión Félicité agoniza y en su último suspiro cree ver, en el cielo entreabierto, a un gigantesco loro planean- do sobre su cabeza.

El pathos aristotélico

En su Retórica, Aristóteles señala que el arte de persuadir me- diante el discurso incluye medios donde predomina lo afecti- vo y medios de orden primordialmente racional. Los primeros son el ethos y el pathos y los segundos corresponden con el logos, los argumentos, que son de dos tipos: el entimema y el ejemplo:

De entre las pruebas por persuasión, las que pueden obtenerse mediante el discurso son de tres especies: unas residen en el talan- te del que habla, otras en predisponer al oyente de alguna manera y, las últimas, en el discurso mismo, merced a lo que éste demues- tra o parece demostrar.

A propósito del pathos explica que:

<se persuade por la disposición> de los oyentes, cuando éstos son movidos a una pasión por medio del discurso. Pues no hacemos los mismos juicios estando tristes que estando alegres, o bien cuando amamos que cuando odiamos [...]. Y de ello trataremos en particular cuando hablemos de las pasiones.3

3 Aristóteles, Retórica, I, 2, 1356a.

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Roland Barthes caracteriza, con toda pertinencia, la mane- ra como Aristóteles concibe las pasiones. Para el crítico fran- cés el estagirita no las describe científicamente, sino a partir de las ideas que la gente se hace de ellas: “la ‘psicología’ retórica de Aristóteles es una descripción del eikos, de lo verosímil pa- sional”.

4

Así, continúa explicando Barthes, el término pathé se re- fiere a los afectos del destinatario como se los imagina éste (no a los del orador). Cada pasión se localiza en su habitus, es decir, a partir de las disposiciones generales que la favorecen, tomando en cuenta el objeto que produce lo que el individuo resiente y las circunstancias que suscitan su “cristalización”.

Barthes subraya que la profunda modernidad de Aristóte- les estriba en que su análisis viene a ser una sociología de la cultura de masas: cada pasión es lo que todo el mundo piensa de ella, es la intertextualidad pura. Para él “las pasiones son pedazos de lenguaje ya hechos, que el orador debe simplemen- te conocer con certeza”. Se trata de un conjunto de opiniones que constituyen “ese lenguaje general del otro”.

En el caso de Un coeur simple, la compasión es el sentimien- to en el que centraremos nuestra atención. Veamos entonces el habitus que para Aristóteles lo caracteriza. Su definición y las disposiciones generales que la favorecen:

Sea, pues, la compasión un cierto pesar por la aparición de un mal destructivo y penoso en quien no lo merece, que también cabría esperar que lo padeciera uno mismo o alguno de nuestros allegados, y ello además cuando se muestra próximo; porque es claro que el que está a punto de sentir compasión necesariamente ha de estar en la situación de creer que él mismo o alguno de sus allegados van a sufrir un mal y un mal como el que se ha dicho en la definición, o semejante, o muy parecido.5

<Se es compasivo>, además, sólo si se cree que existen personas honradas, porque el que a nadie considere así pensará que todos

4 R. Barthes, “L’ancienne rhétorique”, pp. 211-212.

5 Aristóteles, ii, 8, 1385b.

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son dignos de sufrir un daño. Y también, en general, cuando uno se halla en la disposición de acordarse de que a él mismo o a «al- guno» de los suyos les han acontecido cosas de la misma naturale- za, o en la de esperar que, igualmente a él, o a alguno de los suyos, les pueden llegar a suceder. (ii, 8, 1386 a)6

Las cosas y personas que son objeto de compasión y las cir- cunstancias que la suscitan:

Cuantas cosas resultan destructivas entre las que causan pesar o dolor físico, ésas son, en efecto dignas de compasión; y también cuantas provocan la muerte, así como todos los males grandes de que es causa la fortuna. Son <males> dolorosos y destructi- vos la muerte, las violencias para con el cuerpo, los malos tratos, la vejez, las enfermedades y la falta de alimento; son, en cambio, males cuya causa es la fortuna, la ausencia o la escasez de amigos (y por eso es digno de compasión el ser arrancado de los amigos y compañeros), la fealdad, la debilidad física, la invalidez, el que re- sulte un mal de aquello de que era justo que resultase un bien y el que esto suceda muchas veces, así como el que venga a producirse una cosa buena después de que ya se ha sufrido un mal —como

<le ocurrió> a Diopites, que una vez muerto recibió el regalo del rey—, y el que nunca ocurra nada bueno y, una vez que ocurre, no se disfrute. [...]

Pues, en general, hay que admitir aquí que las cosas que te- memos para nosotros, esas son las que nos producen compasión cuando les suceden a otros. [...] También es más digno de compa- sión lo que ha sucedido hace poco o lo que va a ocurrir inmedia- tamente, motivo por el cual <nos conmueven> incluso los signos, como, por ejemplo, los vestidos de quienes han sufrido el mal y todas las cosas de esta clase; e igualmente las acciones, las palabras y cuantas otras cosas proceden de quienes están en una situación de padecimiento, como, por ejemplo, de los moribundos. Pero so- bre todo nos inspira compasión el que personas virtuosas se en- cuentren en estos trances; porque todo esto, por aparecer cercano, provoca nuestra piedad y <tanto más> cuanto el padecimiento es inmerecido y se pone ante nuestros ojos.7

6 Ibid., ii, 8, 1386a.

7 Ibid., ii, 8, 1386a-1386b.

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El pathos en Un cœur simple

La vida de Félicité encarna sin duda los rasgos que llevan a la compasión. Sufrió infortunio tras infortunio, todos ellos muy

“destructivos” y “penosos”. Y este sentimiento se acrecienta al presenciar sus reacciones ante la desgracia y también al adver- tir su manera de ser, es decir, al delinearse su ethos: el amor, la bondad y ternura que de manera repetida e inagotable prodi- ga. Y es que las tres pruebas aristotélicas ethos, pathos y logos son inseparables y complementarias.

8

Veamos algunos ejemplos. Cuando conoce la noticia de que Théodore ya se casó:

Ce fut un chagrin désordonné. Elle se jeta par terre, poussa des cris, appela le bon Dieu, et gémit toute seule dans la campagne jusqu’au soleil levant.9

Cuando se entera del fallecimiento de su sobrino:

Mme. Aubain, qui comptait les mailles d’un tricot, le posa près d’elle, décacheta la lettre, tressaillit, et, d’une voix basse, avec un regard profond:

— C’est un malheur... qu’on vous annonce. Votre neveu...

Il était mort. On n’en disait pas davantage.

Félicité tomba sur une chaise, en s’appuyant la tête à la cloison, et ferma ses paupières, qui devinrent roses tout à coup. Puis, le front baissé, les mains pendantes, l’œil fixe, elle répétait par in- tervalles:

— Pauvre petit gars! pauvre petit gars!

8 “El éxito de cualquier argumentación depende de la manera como el dis- curso del orador (logos) toma en cuenta las disposiciones y características del auditorio (pathos) para interferir en ellas, habida cuenta de la manera como el orador resalta sus rasgos de carácter pertinentes (ethos).” Carrhilho, 1999, p. 51. La traducción es nuestra.

9 “Fue un dolor desmesurado. Se tiró al suelo, rompió a gritar, invocó a Dios y estuvo gimiento completamente sola en medio del campo hasta el amanecer.” Esta y las otras versiones en español del texto de Flaubert pro- vienen de la traducción de Consuelo Berges, Gustave Flauber, Un alma de Dios, pp. 63-83.

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[...] Elle retenait sa douleur, jusqu’au soir fut très brave ; mais, dans sa chambre elle s’y abandonna, à plat ventre sur son matelas, le visage dans l’oreiller, et les deux poings contre les tempes.10

Cuando vela a Virginie:

Pendant deux nuits, Félicité ne quitta pas la morte. Elle répé- tait les mêmes prières, jetait de l’eau bénite sur les draps, reve- nait s’asseoir, et la contemplait. À la fin de la première veille, elle remarqua que la figure avait jauni, les lèvres bleuirent, le nez se pinçait, les yeux s’enfonçaient. Elle les baisa plusieurs fois, et n’eût pas éprouvé un immense étonnement si Virginie les eût rouverts ; pour de pareilles âmes le surnaturel est tout simple. Elle fit sa toi- lette, l’enveloppa de son linceul, la descendit dans sa bière, lui posa une couronne, étala ses cheveux. Ils étaient blonds, et extraordi- naires de longueur à son âge. Félicité en coupa une grosse mèche, dont elle glissa la moitié dans sa poitrine, résolue à ne jamais s’en dessaisir.11

10 “Madame Aubain, que estaba contando los puntos de una labor de agu- ja, la posó a su lado, abrió la carta, se estremeció y, en voz baja, con una mirada profunda:

Es una desgracia... que te comunican. Tu sobrino...

Había muerto. La carta no decía más.

Felicidad se derrumbó sobre una silla, apoyando la cabeza en la pared, y cerró los párpados, que se le pusieron de pronto color de rosa. Después, inclinada la frente, las manos colgando, fijos los ojos, repetía a intervalos:

¡Pobre chiquillo! ¡Pobre chiquillo!

[...] Felicidad contenía su pena, estuvo hasta la noche muy valiente;

pero, ya en su cuarto, se entregó, boca abajo sobre el colchón, la cara en la almohada y los puños en las sienes.”

11 “Felicidad se quedó dos noches al lado de la muerta. Repetía las mis- mas oraciones, echaba agua bendita sobre las sábanas, volvía a sentarse, la contemplaba. Al final de la primera vela, observó que la cara se había puesto amarilla, los labios azulencos, la nariz afilada, los ojos hundidos. Se los besó varias veces; y no se habría asombrado mucho si Virginia los hubiera abierto;

para estas almas, lo sobrenatural es completamente natural. La lavó, la envol- vió en el sudario, la bajó al ataúd, le puso una corona, le extendió el pelo. Era rubio y extraordinariamente largo para su edad. Felicidad cortó un gran me- chón y guardó la mitad en el pecho, decidida a no desprenderse nunca de él.”

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Cuando muere Mme. Aubain:

Félicité la pleura, comme on ne pleure pas les maîtres. Que Ma- dame mourût avant elle, cela troublait ses idées, lui semblait contraire à l’ordre des choses, inadmissible et monstrueux. [...]

Dix jours après (le temps d’accourir de Besançon), les héritiers survinrent [...] Le fauteuil de Madame, son guéridon, sa chauf- ferette, les huit chaises, étaient partis ! [...] Félicité remonta les étages, ivre de tristesse.12

Los recursos que producen efectos pathémicos

Las emociones se manifiestan a través de una gran diversidad de índices verbales. El empleo de un léxico cargado de conno- taciones de diferente índole. El uso de interjecciones, de signos de entonación, de términos de tratamiento. Las figuras juegan un papel muy importante, así como el lenguaje en general y, sobre todo, las descripciones o narraciones sobre la situación o el objeto que suscita la emoción.

Para comenzar, el título ya trasluce, con una metonimia: un cœur, el aspecto que valoriza Flaubert en el personaje de su cuento. A su vez, el adjetivo lo delinea con mayor claridad.

De acuerdo con el diccionario, el sentido de simple es “Qui agit selon ses sentiments, avec une honnêteté naturelle et une droiture spontanée”.

13

El nombre de Félicité, en cambio, está cargado de una amarga ironía pero, como señala Vilcot,

14

tam-

12 “Felicidad la lloró como no se llora a los amos. Que la señora muriera antes que ella no le cabía en la cabeza, le parecía contrario al orden de las cosas, inadmisible y monstruoso.

[...] A los diez días (el tiempo necesario para acudir desde Besançon), llegaron los herederos [...]

¡Se fueron la butaca de la señora, su velador, su rejilla, las ocho sillas! [...]

Felicidad subió las escaleras, muerta de tristeza.”

13 Diccionario Le Petit Robert, 1970. “Que actúa de acuerdo con sus sen- timientos, con una honestidad natural y una rectitud espontánea.” [La tra- ducción es nuestra].

14 Jean-Pierre Vilcot, 1986.

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bién recuerda las palabras de Cristo: “Heureux les pauvres en esprit, car le royaume des cieux est à eux [...] Heureux les affli- gés car ils seront consolés”.

15

En esta narración el léxico emotivo es abundante. Un ejem- plo, el adjetivo monstrueux (monstruoso), como califica Fé- licité al hecho de que Mme. Aubain haya muerto antes que ella, posee connotaciones tanto afectivas como axiológicas.

Por una parte, de acuerdo con Kerbrat-Orecchioni,

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los ad- jetivos afectivos enuncian, al mismo tiempo que una propie- dad del objeto que califican, una reacción emocional del sujeto hablante a propósito de ese objeto. Por la otra, este adjetivo también posee una carga axiológica: el sujeto de enunciación formula un juicio de valor peyorativo en grado superlativo.

Pero no sólo Flaubert nos transmite vívidas emociones, Fé- licité también resiente una gran compasión por Victor, que ex- presa con el adjetivo epíteto y los signos de entonación: “Pau- vre petit gars! Pauvre petit gars!”.

Dos son las figuras que en particular suscitan aquí efectos pathémicos: la hipérbole y la hipotiposis. Las descripciones de Fontanier nos ayudarán a entender cómo lo hacen:

La hipérbole aumenta o disminuye las cosas con exceso, y las pre- senta muy por encima o muy por debajo de lo que son, con el objeto, no de engañar, sino de llevar a la verdad misma, y de fijar, por lo que dice de increíble, lo que hay que creer realmente.

La hipotiposis pinta las cosas de una manera tan viva y tan enér- gica, que las pone de cierta manera frente a los ojos, y hace de un relato o de una descripción, una imagen, un cuadro, o incluso una escena viva.17

15 “Bienaventurados los pobres en espíritu: porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los que lloran: porque ellos recibirán consola- ción.” (Mateo 5).

16 Kerbrat-Orecchioni, L’énonciation…, pp. 83 y ss.

17 P. Fontanier, Les figures du discours, pp. 125 y 390. La traducción es nuestra.

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Para conmover, es necesario mostrar aquello que resulta emotivo, ponerlo en escena; mientras más clara, más vívida, sea la descripción, mientras mayor sea la intensidad narrativa, mayor simpatía provocará en el lector. Después de que la nuera de Mme. Aubain vacía la casa, el sentimiento que provoca en Félicité esta visión es abrumador, al punto de que sube las esca- leras hasta su cuarto ivre de tristesse, expresión donde la metá- fora aunada a la hipérbole da cuenta de la enorme dimensión de esta emoción. También es extremo el chagrin désordonné, es decir, desmesurado, hiperbólico, que resiente Félicité cuando se entera de que Théodore la abandonó. Otro tanto cuando, des- pués de haber retenido su dolor todo el día, se echa en su col- chón boca abajo a llorar la muerte de su sobrino. En fin, igual es la ternura desbordante que muestra al amortajar a Virginie...

Félicité fallece el día de Corpus-Cristi, día dedicado al Espí- ritu Santo, objeto de su especial veneración:

À l’église, elle contemplait toujours le Saint-Esprit, et observa qu’il avait quelque chose du perroquet. Sa ressemblance lui parut en- core plus manifeste sur une image d’Épinal représentant le bap- tême de Notre-Seigneur. Avec ses ailes de pourpre et son corps d’émeraude, c’était vraiment le portrait de Loulou.18

Su muerte es dulce y hasta feliz:

Une vapeur d’azur monta dans la chambre de Félicité. Elle avança les narines, en la humant avec une sensualité mystique; puis fer- ma les paupières. Ses lèvres souriaient. Les mouvements de son cœur se ralentirent un à un, plus vagues chaque fois, plus doux, comme une fontaine s’épuise, comme un écho disparaît; et, quand elle exhala son dernier souffle, elle crut voir, dans les cieux entr’ou- verts, un perroquet gigantesque, planant au-dessus de sa tête.19

18 “En la iglesia, se quedaba siempre contemplando al Espíritu Santo, y ob- servó que tenía algo del loro. Su semejanza le pareció más manifiesta aún en una imagen de Épinal que representaba el bautismo de Nuestro Señor. Con sus alas de púrpura y su cuerpo de esmeralda, era el vivo retrato de Lulú.”

19 “Un vapor de azur ascendió en el cuarto de Felicidad. Adelantó la nariz aspirándolo con una sensualidad mística; luego cerró los ojos. Sus labios son-

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Pero su última visión al morir, acorde con su innata simpli- cidad es, como lo dice Flaubert, muy triste, digna igualmen- te de compasión. Concluyamos con una carta del escritor a Mme. Roger des Genettes, que echa luz sobre este relato:

L’histoire d’Un coeur simple est tout bonnement le récit d’une vie obscure, celle d’une pauvre fille de campagne dévote mais mys- tique, dévouée sans exaltation et tendre comme du pain frais. Elle aime successivement un homme, les enfants de sa maîtresse, un neveu, un vieillard qu’elle soigne, puis son perroquet ; quand le perroquet est mort, elle le fait empailler, et, en mourant à son tour, elle confond le perroquet avec le Saint-Esprit. Cela n’est nullement ironique comme vous le supposez, mais au contraire très sérieux et très triste. Je veux apitoyer, faire pleurer les âmes sensibles, en étant une moi-même. Hélas ! oui : l’autre samedi, à l’enterrement de George Sand, j’ai éclaté en sanglots, en embrassant la petite Au- rore, puis en voyant le cercueil de ma vieille amie.20

Bibliografía

Amossy, Ruth, L’argumentation dans le discours, París: Armand Co- lin, 2012, 2013.

Aristóteles, Retórica, Quintín Racionero (introducción, traduc- ción y notas), Madrid: Gredos, 1990.

reían. Los latidos de su corazón se fueron amortiguando uno a uno, más te- nues cada vez, más espaciados, como un manantial que se va agotando, como un eco que se va extinguiendo; y cuando exhaló el último suspiro, creyó ver en el cielo entreabierto un loro gigantesco planenando sobre su cabeza.”

20 “La historia de Un cœur simple es sencillamente el relato de una vida obscura, la de una pobre campesina devota y mística, dedicada sin exaltación y tierna como el pan recién horneado. Da su amor sucesivamente a un hom- bre, a los hijos de su ama, a un sobrino, a un viejo que cuida y luego a su loro;

cuando muere el loro, lo manda disecar y, al morir a su vez ella, confunde al loro con el Espíritu Santo. Esto no es de ninguna forma irónico como usted lo supone, sino al contrario muy serio y muy triste. Quiero apiadar, hacer llorar a las almas sensibles, siendo yo mismo una de ellas. ¡Por desgracia, sí!:

el otro sábado, en el entierro de George Sand, me solté a llorar, al besar a la pequeña Aurore, y luego al ver el ataúd de mi vieja amiga.” G. Flaubert, Un coeur simple, p. 684. [La traducción es nuestra].

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Barthes, Roland, “L’ancienne rhétorique. Aide-mémoire” en Com- munications, 16, 1970, pp. 172-229.

Carrilho, Manuel Maria, “Les racines de la rhétorique: l’Antiqui- té Grecque et Romaine”, Histoire de la rhétorique. Des Grecs à nos jours. Sous la direction de Michel Meyer (17-82), París: Le Livre de Poche, 1999.

Flaubert, Gustave, Un alma de Dios. Obras completas, tomo II, Consuelo Berges (traducción), Barcelona: Aguilar, 2004, pp.

63-83.

—, Un cœur simple. Oeuvres II, Édition établie et annotée par A. Thi- baudet et R. Dumesnil, París: Éditions Gallimard, 1979 [1952], pp. 589-622.

Fontanier, Pierre, Les figures du discours, Gérard Genette (intro- ducción), París: Flammarion, 1977.

Kerbrat-Orechioni, Catherine, L’énonciation. De la subjectivité dans le langage, París: Armand Colin, 1980.

La Santa Biblia. Antiguo y Nuevo Testamento, Nashville: Holman, 2008.

Vilcot, Jean-Pierre, Complexité d’Un Coeur simple. La transparence autobiographique. Consultado el 12 de julio de 2018, de Les Amis de Flaubert-Bulletin, número 68, 1986, p. 15, <http://

www.amis-flaubert-maupassant.fr>.

Referencias

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