Antonio García y Bellido
LA ESPAÑA
DEL SIGLO PRIMERO
DE NUESTRA ERA
(SEGÚN P. MELA Y C. PLIIMIO)
Tercera edición
ANTONIO GARCÍA Y BELLIDO
Nació en Infantes (Ciudad Real) en 1903 y murió en Madrid en 1972. Cursó estudios universitarios en Madrid, donde se doc toró en Filosofía y Letras y, en 1931, ganó por oposición la cátedra de Arqueología Clásica de dicha Facultad. Realizó inves tigaciones en Grecia, Italia, Alemania, Austria, Hungría, Ingla terra, Egipto, Portugal, Norte de África, Oriente cercano y Europa nórdica. Fue miembro ordinario de la Rea! Academia de la Historia, director del instituto Español de Arqueología del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, miembro ordi nario del Instituto Arqueológico del Imperio Alemán y de l'Aca- demie des Inscriptions et Belles Lettres. Entre sus obras des tacan Fenicios y cartagineses en Occidente, La dama de Elche, Arquitectura ibérica, Hispania Graeca, Arte romano. Urbanística del mundo antiguo, Esculturas romanas de España y Portugal y Arte Ibérico en España. COLECCIÓN A U S TR A L que ya ha publi cado su España y tas españoles hsce dos mü años, (a «Geografía» d@ Strábon y Veinticinco esîmnpm d® 0a España antigua ofrece hoy su libro LA ESPAÑA'DEL SIGLO PR ÍM ERO DE NUESTRA ERA, trabajo que da una idea eminentemente justa de cómo era España hace veinte siglos, ayudando a su visión los mapas y las ilustraciones que acompañan el texto. En !a primera parte del libro se recoge todo lo que referente a España se haüa en la Chorograffa de Pomponium Mela y que es la descripción, en lengua latina, más antigua que existe de! mundo antiguo. Mela era español y escribió su libro a mediados del siglo i después de Jesucristo, resultando de gran valor des criptivo ÿ presencial sus noticias de esa Hispania «abundante en hombres, caballos, hierro, plomo, cobre, plata y oro». La segunda comprende e) texto total que a España dedicó Piinîo en su vasta obra Historia Natural, en la que los tomos lii y IV están ilenos de referencias a España, minuciosas y pintorescas, y de las que se entresacan en esta obra los detalles más variados, geográficos, climales, hasta costumbristas, con el arte y la
ANTON IO GARCIA Y BELLIDO
LA ESPAÑA
DEL SIGLO PRIMERO
DE NUESTRA ERA
[(SEGÜN P. MELA Y C. PUNIO) ; T E H C E F U E D IC IO N I
I
KSPASA-CALPE, S. A. MADRIDLA ESPAÑA DEL SIGLO PRIMERO DE NUESTRA ERA
COLECCIÓN AUSTRAL V '> 744
Ediciones especialmente autoritarias por el autor pnrn la COLECCIÓN A V S T H A L
Primera edición: 2,9- ,\ ¡ ¡ - I9á7 Segunda edición: 17 - / -1 97 7 Tercera edición: 2 0 - i Y - 1978 © Herederos de Antonio García y Bellido, 1947
Espasa-Calpe, S. A., Madrid, 1947 Depósito legal: M, 12.601— 1978
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Impreso en España Printed in Spain
Λ rallado de imprimir et día W de ahrit de 1.978 Tulleres gráficos de la Edihriul Espasa-Calpe. S. I.
I N T R O D U C C I Ó N
El hombre de cultura media suele estar, por lo común, suficientemente enterado de los rasgos más generales de la Historia Antigua, y ante todo de la de los griegos y romanos. Asi, también conoce las principales modalidades y vicisitudes de su cultura, sabe de sus artes y artistas, de sus filósofos y mora listas, de sus generales y gobernantes, de sus insti tuciones' y de sus literaturas. Quien más, quien me nos, tiene un concepto de lo que fueron Pericles, el templo griego, la tragedia, César, Homero, Virgilio o Tácito, pongo por caso. Pero ignoran casi en su totalidad la labor hecha por otras grandes mentali dades antiguas en campos algo apartados de la His toria, de las Artes o Bellas Letras. Nombres como los de Euclides, Plinio el Viejo, Estrabón, Hiparco, Ar- quimedes, Ptolomeo, etc., no les son, sin duda, des conocidos; mas, en general, se mueven dentro de sus memorias o sus conceptos sin hallar punto fijo de re sidencia, sin encontrar un encaje cronológico y
INTRODUCCIÓN
p acial en el cuadro de sus conocimientos sobre la cultura antigua. Son como impalpables fantasmas, como humos inaprehensibles. Si recurren a los libros al uso, tal vez hallen en un rincón de las Historias de las literaturas griega y romana una breve refe rencia a sus vidas y obras; pero es difícil que lle guen a gustar de sus obras mismas. Eso ocurre pre cisamente con los geógrafos.
Este lector medio que pongo por tipo se habrá pre guntado, empero, más de una vez por qué motivos el historiador o el arqueólogo puede afirmar que tal o cuál ruina es la de tal o cual ciudad antigua cuyo nombre dan sin vacilar, aunque sus restos estén aún vírgenes, sumidos en la tierra y cubiertos de polvo secular; o por qué razones estos mismos especialis tas dicen que en tal región habitaban los vettones, en tal otra los edetanos, en aquélla los grovi y en la de más allá los gigurri; o que estos montes se llama ban antes Oróspeda y el río que cruza por tal paisa je era conocido hace veinte siglos con el nombre de Sícoris, Tader o Callipus, pongo por caso. Y es que las fuentes de información de que se valen los his toriadores y arqueólogos para esclarecer estos y otros puntos son para el hombre de cultura media cosas recónditas, libros misteriosos que no se ven en los escaparates de las librerías ni se suelen en contrar fácilmente en las rebuscas — ¡tan fecundas
INTRODUCCIÓN
a veces/— hechas en los fondos Que atesoran, sin otro aprecio, por su parte, que el mero luerp, los llamados « libreros de viejo». Y, sin embargo, estos libros existen y pueden adquirirse, pero dado su carácter y su poco curso suelen permanecer en sus propios idiomas originarios; lo que quiere decir que para el público, en general, permanecen inéditos. Del jugo de estas ocultas flores no liban más que unas pocas abejas, que en sio aislada modestia ocul tan a veces paladares raros.
Sin embargo, no debiera\ ser así. Es preciso vul garizar aquellos textos antiguos más importantes en los que se hallan los más vetustos pergaminos de nuestra estirpe, las raíces históricas de nuestra existencia como nación, como núcleo étnico, como entidad cultural. Por ello, la Colección Austral ha dedicado, con muy buen acuerdo, dos tomos de sus series a vulgarizar los más importantes textos geo gráficos referentes a la España Antigua, y por ello, también, para que el lector se forme una ligera idea del valor relativo y absoluto de los textos que han servido de base a nuestras ediciones, haremos aho ra un ligero esquema crítico de las más importantes fuentes geográficas conocidas sobre la Peninsida Ibérica en la Antigüedad.
A seis núcleos podríamos reducir él conjunto más importante de noticias referentes a la geografía y
INTRODUCCIÓN
etnología antiguas de España. Estas seis fuentes informativas son las siguientes, enumeradas en or den cronológico: 1?, Avieno; 2?,Estrabón; 39,Mela; U9, Plinio el V iejo; 59, Ptolomeo, y 6?, los Hiñera- ríos. Prescindo de otros autores u obras que, aun que trataron de España, conocemos tan poco de ellos y de ellas■ que justifica aquí su omisión. Por
otro lado, parte de sus contenidos se encuentran en las obras de los autores citados. De éstos, excepción hecha de Estrabón y Ptolomeo, que escribieron en griego, los demás escribieron en latín. Veamos aho ra más de cerca, aunque brevemente, el contenido y valor de cada una de estas seis fuentes.
1Q Avieno (Avienus). Poeta latino del siglo IV de J. C. que escribió una descripción en verso de las costas mediterráneas de Europa (Ora Marítima). De esta obra sólo ha llegado a nosotros la parte re ferente a la Península Ibérica y poco más. Si su nombre va a la cabeza de los seis es porque, sin dar se cuenta exacta, utilizó para su redacción un viejo periplo o rotero griego (o púnico) datable en el siglo VI antes de J. C., que constituyó la base de su escrito. Por él conocemos la más vieja nomenclatu ra de las costas peninsulares y algo de los pueblos que habitaban en ellas. Es la fuente escrita cono cida más vieja sobre España y sobre todo el occi dente de Europa. Tiene el defecto de ser indirecta.
INTRODUCCIÓN
29 Estrábon (Strábon). Geógrafo griego que es- cribió en tiempos de Augusto (siglo I a. de J. C.) una geografía monumental en X V II libros (Geo-
graphiká). E l III trata exclusivamente de España.
Estrabón, que no estuvo en ella, utilizó como fuente informativa las obras de carácter geográfico, histó rico y etnográfico escritas por tres grandes sabios helenísticos que estuvieron en España y sobre ella escribieron, pero cuyas obras se han perdido para nosotros. Estos tres sabios fueron Polybios, Posei- donios y Artemídoros, que visitaron la Península, el primero hacia el año 133 — estuvo presente a la caída de Numancia — , y los otros dos hacia el año 100. La obra de Estrabón es la más amena e instructiva de las seis fuentes. Fué traducida por nosotros al castellano y publicada con densas anota ciones en el número 515 de la Colección Austral. A él remitimos para más detalles.
3Ç Mela. Pomponius Mela, español de naci miento, escribió, hacia mediados del siglo I después de Jesucristo, una obrita geográfica describiendo el mundo conocido. La llamó Chorographia. El texto íntegro de la parte referente a España lo tiene el lector en la primera parte de este tomito.
A9 C. Plinio (Plinius). Escribió una obra en X X X V I I libros sobre Historia Natural (Natura-
lis Historia). Su redacción llevóla a cabo
INTRODUCCIÓN
mente a la vida de Mela. En los libros III y IV tra ta concretamente de España; pero hay muchas otras noticias dispersas en los restantes. Es extra ordinariamente denso en nombres de ciudades y accidentes geográficos. Es por ello una obra más importante que la, de Mela y equiparable a la de Estrabón, aunque menos entretenida. El texto ín
tegro de lo referente a España lo tiene el lector en la segunda parte de este librito.
5? Ptolomeo (Ptolem aios). A mediados del si glo II después de J. C., escribe en griego un valioso libro, donde la geografía se ha convertido en un no menclátor de ciudades (unas 8.000), agrupadas en circunscripciones administrativas, y de las cuales ciu dades no se dice otra cosa que su nombre y el lugar que ocupa en el planisferio, señalado éste en grados y minutos con respecto a un meridiano y au n paralelo cero. Así, por ejemplo, dos ciudades hispánicas sitas aproximadamente en puntos extremos, tales como Lisboa y Tarragona, son citadas por Ptolomeo sim plemente así: Oliysipón, 5o, 10'; 4-0°, 15'. Tarrá- kon, 16°, 20'; U0°, f f i . Desde este punto de vista, las Tablas de Ptolomeo — su titulo exacto: Geogra-
phiké Hyphégesis, es decir, Indicatorio geográfi co —- tienen un valor mayor que las fuentes anterio
res, pero también mucho menos amenidad, por lo que este libro no será nunca una obra vulgarizable.
INTRODUCCIÓN
6Ç Los itinerarios redúcense para España a dos importantes: la parte correspondiente del llamado
Itinerarium Antoninianum, obra de suma impor
tancia para todo el orbe antiguo, redactada, al pa recer, hacia el año 300 de J. C. — su nombre alude, sin embargo, a Marcus Aurelius Antoninus, llama do Caracalla (196-217) — , y cuyo manuscrito más importante y viejo ( siglo VIII) se halla en la Bi blioteca del Escorial, y los cuatro vasos argénteos hallados en 1852 en las termas de Vicarello — no lejos de Roma, sobre el lago Bracciano — , la anti gua Aquae Apollinares, por la que son conocidos también como Vascula Apollinaria o vasos apolli-
nares. Estos cuatro vasos, que se conservan en
Roma-, en el Museo de la Villa del Papa Jidio («Villa Gkdia»), tienen la forma de un miliario
— hito que señalaba las distancias en las vías— y
se cree son exvotos arrojados a las fuentes termas les por algún viajero que iba de Gades (Cádiz) a las Aquae Apollinares en busca de una lograda salud- En sus cilindricas paredes están grabados los nombres y las distancias de las estaciones sobre la vía que conducía de Gades a Roma (1.8H millas romanas)<
Para que el lector se haga una idea de esta clase de documentos, reproduciremos tres nombres toma dos de cada una de estas fuentes itinerarias:
INTRODUCCIÓN
ITIN. ANT. VASC. APOLL.
Saguntum Valentia, . Sucronem m. p . ΧΧΠ Sucronem . m . p . XVI Valentiam m. p. XX Saguntum . XVI XV I XX
(m. p. ” milia passuum — milla romana = 1.478 m. Las distandae están dadas a partir de la posada- o estación anterior.)
A estas fuentes escritas legadas por la Antigüe dad han de añadirse las otras obtenidas por excava ciones o hallazgos sueltos, tales como las epigráficas, monetarias, iconográficas, monumentales, etcv etc., que constituyen distintas ramas de la Arqueología. Sobre ella y su u-so tratamos en la página 95.
Con este breve antecedente y con las anotaciones que acompañan a los textos de Mela y Plinio, el lector podrá alcanzar una idea bastante exacta de lo que era España hace veinte siglos. También le ayudarán mucho los dos mapitas que acompañan a esta edición, así como el resto de las ilustraciones.
N o t a . — La forma en que editamos a Es trabón (núme
ro 515 die esta Colección), con los comentarios fren te a la página del texto correspondiente, forma que fue tan bien acogida, íio ha podido aplicarse a éste por la estructura es pecial de los libros 111 y IV de Plinio. Para los nombres, la· grafía adoptada en el texto es la latina; en los comen tarios empleo indistintamente ésta o la vulgar española.
Am b i e n t e. — En 3a encomiástica descripción que Strábon hace de la Baetica nos dice, entre otras cosas, que esta región se hallaba ya en tiem pos de Caesar y Augustus muy avanzada en su romanización, hasta el punto dp haber perdido casi por entero el uso de su propio idioma para sustituirlo por la lengua del Latium (recuérdese Stráb., III, 2, 15). No es, pues, una casualidad que la Baetica fuese, entre todas las provincias del Imperio Romano, la primera en ofrecer a la cultura latina una falange destacada de políticos y hombres de letras. Ya en el siglo i a. de J. C. — es decir, un siglo después de iniciada su con quista— enseñaba en ella un maestro griego de fama, Asklepiádes de Myrleia, oriundo de la ciu dad bythinia de este nombre ; por la misma época, según cuenta Cicero, Metellus se distraía en Cor- duba con una caterva de poetas provincianos «de rudo y bárbaro acento». De la familia de los Bal- bus gaditanos salieron dos de los personajes más influyentes, políticamente, en la Roma de Caesar y de Augustus: el uno como confidente y como
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agente politico (como «secretario particular» diría mos hoy) de Caesar; el otro como militar y «afri canista» de primer orden, el mismo que en tiem pos de Augustus conquistó para el Imperio la re gión interior de la Tripolitanía y Cyrenaica, la ocupada por las tribus garamantes. Ambos — el tío y el sobrino — fueron por sus méritos y servi cios a la causa romana los dos primeros cónsules provinciales que hubo en Roma, y el segundo, además, el primer ciudadano no itálico que me reció los honores del triunfo tras sus victorias africanas del año 19. Por esta misma época co menzaron a venir al mundo en la Baetica otros personajes destinados a brillar en la Roma de los Doce Césares. Corduba fué quien dió a Lucanus primero, y luego a los dos Seneca: el retor uno, y su sobrino el trágico y filósofo, el que gobernó durante los años más felices del imperio de Ñero, el otro. Más lejos, en Bilbilis (Calatayud), a ori llas del Jalón, nacía, poco más o menos por estos mismos años, el gran poeta festivo Martialis, y hacia el año 35, no lejos de Bilbilis, en Calagurris (Calahorra), a orillas del Ebro, el retórico Quin tilianus. En el sur de la Península, en Gades
(Cádiz), veían la luz primera Columella y el geó grafo que ahora nos ocupa, Pomponius Mela. No mucho después, y a orillas del Guadalquivir, del
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Baetis famoso, tantas veces nombrado por Strábon, venía al mundo el gran Traianus, el primer empe rador no romano que tuvo Roma y uno de ios más conspicuos de todos, con justicia llamado en su tiempo el Oplimus Princeps.
Vid a y o b r a. -— Esta breve pincelada histórico cultural viene a cuento para enmarcar la persona lidad del geógrafo Mela, que sobre ser español de origen es a su vez uno de los que nos han lega do una descripción de la Península Ibérica que» aunque brevísima, es en extremo interesante, como ahora veremos. Pomponius Mela nació en un pue- blecillo cercano a Cádiz, en Tingentera, según con fesión propia, que consta en la misma obra que nos ocupa — «dique unde nos sumus Tingintera» (II, 96)— . Poco más sabemos del autor. Por mera lógica cabe afirmar que su obra, a la que bautizó con el título griego de Chorographia (es decir, des cripción de países o de tierras), debió ser redac tada en tiempo de Claudius, quien en el año 43 acometió la conquista de Britannia, a la cual alude Mela; ello vale tanto como decir que hubo de ser terminada acaso hacia el año 43 ó 44, con lo que concuerda también su estilo, que rememora de cer ca el propio de la época de Séneca. Si calculamos que Mela pudo escribir su opúsculo teniendo
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ta y cinco o cuarenta años, podríamos deducir como data aproximada para su nacimiento los úl timos años de Augustus.
Hemos dicho opúsculo, y eso es en realidad la obra De Chorographia de Mela; trátase en efecto de un epítome dividido en t o s libros, destinado sin duda a escuelas o a curiosos ávidos por tener una ligera idea del suelo que pisaban. Es una obra que hoy llamaríamos «escolar» o, todo lo más, de «divulgación». En todo caso, y pese a su poco mé rito relativo como obra científica, como esfuerzo personal, la Chorographia de Mela es la más anti gua descripción del mundo antiguo que poseemos en lengua latina. El lector tiene en el volumen 515 de esta serie la descripción que hizo Strábon de España medio siglo antes, y en el presente las que surgieron de las plumas de Mela y Plinius a mediados del siglo i de J. C. Es verdad que los propósitos de Mela son distintos de los de Strá bon; éste pretendía hacer una obra de conjunto con cierto valor, no sólo científico, sino también enciclopédico, en la materia, mientras que los fines de Mela se cifraban sólo en lograr un resu men fácil de adquirir o, glosando sus propias pa labras, ameno y ligero en su lectura, para lo cual da a su obrita no sólo ese tono retórico que la distingue, sino que introduce en ella historietas y
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anécdotas, con el fin de hacer más soportable la enumeración aburrida de tanto nombre geográfico.
Salvo las citas sueltas, breves siempre, disper sas en los tres libros de la Chorographia de Mela, lo referente a España se halla despiezado en cuatro partes: primero describe la costa del Mediterrá neo; luego,, al hablar de las islas del mismo, se ocupa de las Baleares; en tercer lugar describe las eostas del Atlántico, y en cuarto, al enumerar las islas de esta parte atlántica, se ocupa de Cádiz, que entonces (conviene recordarlo) era realmente una isla. Todo en la descripción de Mela es intere sante; pero lo es doblemente la enumeración, bas tante más detallada que en Strábon, de los acci dentes litorales del Noroeste y del Cantábrico, con la nomenclatura de sus tribus o pueblos. Sin duda, aquí Mela supo sacar mayor provecho que Strá bon a las crónicas o narraciones de las Guerras Cantábricas llevadas a cabo por Augustus el 19 antes de J. C., y de las cuales surgió un mejor co nocimiento de estas regiones que en Strábon son aún casi desconocidas.
La s f u e n t e s. — Arduo y problemático es y será siempre el problema de las fuentes de que se pudo valer el geógrafo español para redactar su opúscu lo De Chorographia, que a veces suele citarse con 21
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el título De situ Orbis, menos apropiado. Parece que una de las principales fué Cornelius Nepos, escritor coetáneo de Cicero y amigo de Atticus; es posible, empero, que no lo conociese directa mente, sino por intermediarios. También parece evidente la de Sallustius (86-35 a. de J. C .). Además es muy verosímil que se sirviese del famo so Mapa de Agrippa, hecho por encargo de Augus tus, y al que acompañaba un texto explicativo, de autor desconocido, titulado precisamente Choro
graphia, como el de Mela (pág. 10 1). Otro presun to autor-fuente debió ser Varro (116-27 a, de J. C .), que escribió De ora maritima y otros libros, aca so conocidos por Mela también, aunque a través de intermediarios. Se sospecha, con razón, que di recta o indirectamente conoció la obra de Strá bon, si no queremos creer que ambos utilizaron alguna fuente común.. En todo caso, el problema está aún lejos de hallarse resuelto. Sobre sus con comitancias con Plinius,, parece seguro que éste utilizó a Mela para la redacción de algunos de sus libros, al menos Plinius lo cita entre sus fuentes.
T r a n s m i s i o n e s , e d i c i o n e s y t r a d u c c i o n e s . — La obra de Mela la conocemos gracias al manuscri to vaticano número 4929, copia del siglo X, que ha sido el padre de los demás manuscritos
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servados. La primera edición fué publicada en Milán en 1441, mejorada luego en la edición de Vadianus (Basilea, 1522), A ella siguieron otras hasta las modernas, como la de C. Frick (Teubner, Leipzig, 1880), que ha servido de base para nues tra versión. Gomo traducciones citemos la de M. Huot (Didot, París, 1883), con texto latino y versión francesa, y la alemana de H. Philipp, I Mütelmeerlander (Leipzig, 1912). En España, Mela fué conocido de antiguo y comentado por nuestros humanistas muchas veces; entre los pri meros y más científicos estudiosos de Mela des tacó en el siglo XVI Fernán Núñez el Pinciano
(cfr. pág. 104), que hizo un magnífico trabajo so bre enmiendas y aclaraciones al texto de De süu
Orbis, publicado en Salamanca en 1543 y reimpre
so en 1582 por Plan tin, con los escolios de Hermolai Barbari. Otro de los comentaristas fué Pedro Juan Oliver, un erasmiano del siglo xvi; en 1644 hizo Iusepe Antonio González da Sala (1588-1654) un
Compendio geográphíco i histórico de el Orbe anti guo i descripción de el sitio de la T i e r r a según
traducción de Pomponius Mela, libro que fué reedi tado en 1780. El mismo González de Sala cita otra traducción de Mela aparecida un año antes que la suya y debida a Luis Tribal dos de Toledo, tra ducción que no hemos logrado ver. Uno de sus
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últimos vulgarizadores fué don Miguel Cortés y López, que Incluyó texto latino y versión espa ñola comentada en su Diccionario geográfico-
histórico de la España, Antigua (I, págs, 39 y si
guientes; Madrid, 1835), si bien sólo las partes concernientes a la Península, sin incluir las For tunatae Insulae y otros trozos relacionados con España, que nosotros incorporamos aquí por su relación más o menos directa con ella y su his toria.
P O M P O N I U S M E L A
REFERENCIAS A ESPAÑA CONTENIDAS
REFERENCIAS A ESPAÑA CONTENIDAS EN LA «CHOROGRAPHIA» DE POMPONIUS
MELA
I, 2... y más aííá del golfo Caspium se extienden log (I, comari, massagetae, cadusi, hyrcani e hiberi1. ..
I, 3... al fonda del [Mare] Tuscum2 está la Gallia3, y más lejas Hispania4; ésta se orienta en dos direc- ·ΐ ciones divergentes : al Occidente, y luego, por lar go trecho, al Septentrión ...
I, 5„ Se ha dicho que el AtlanticusG es el I océano que limita las tierras del Occidente, Si desde él se penetra en el Nuestro Hispania se encuentra a la izquierda y Mauretania 7 a la de recha, comenzando por aquélla E uropa1'1 ;y por ésta África ° . .. Más adelante [de Tinge] hay una ï
alta montaña que avanza frente a otra opuesta de Hispania; a aquélla llaman Abila, a ésta Calpe 10( y a una y otra Columnae Herculis u . Respecto a su nombre, dice la fábula que este mismo
Her-H , 84-86 M E L A
cules fué quien separó ambas cumbres, antes uni das por una cadena montañosa continua, y que por ello el Oceanus, hasta entonces contenido por esta mole montañosa, inundó los espacios que hoy ocupa12 ... . ...
II, 5. ... II, 84 Más allá [del río Leucata] siguen el país de los
sordoni ; el Telis y el Tichis, ríos menguados, pero terribles en sus avenidas 13 ; la colonia Ruscino ; la aldea de Eliberrae14, tenue vestigio de una ciudad antiguamente grande y floreciente ; y, final mente, entre los promontorios pirenaicos, el Por tus Veneris, muy recogido15, y el lugar Mamado Cervaria1C, que hace el fin de la Gallia.
I I , 85 II» 6 . De aquí [Cervaria] el monte Pyre naeus 17 avanza : primero, hasta ei Britannicum Oceanum18; después, volviendo su frente contra las tieiras, penetra en Hispania; luego deja su II, 86 parte menor a la derecha, conduce sin interrup ción sus flancos hasta introducirse profundamen te en toda la provincia y llegar a las costas que están cara a Occidente. Hispania está envuelta por la mar en todas sus partes, excepto por el lado que confina con las Galliae 19. En esta parte es muy estrecha, pero poco a poco se ensancha
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hacia Nuestro Mar y el Océano, a medida que avanza más y más hacia eí Occidente, donde al canza su mayor anchura. Es abundante en hom bres, caballos, hierro, plomo, cobre, plata y oro; y es tan fértil que, incluso en algunos lugares donde la falta de agua la hace estéril y pobre, produce, no obstante, el lino o el esparto20. II, 87 Divídese en tres partes: una se llama Tarraco
nensis, otra Baetica y otra Lusitania. La Tarra conensis, que limita por un extremo con las Gal liae y por otra con la Baetica y la Lusitania, se extiende por Nuestro Mar a lo largo de las cos tas que miran al Mediodía, y por el Océano- por la parte que mira al Septentrión 21. Las otras dos partes están separadas por el río Anas, de lo que resulta que la Baetica se asoma a dos mares : por el Occidente, al Atlanticum; por el Mediodía, al N uestro22* La Lusitania se extiende únicamente sobre el Océano, pero mientras uno de sus lados está expuesto al Norte, su frente lo está al Occi- IX, 88 dente 23. Las ciudades más florecientes del inte
rior fueron : en la Tarraconensis, Palantia24 y Numantia25, a las que hoy sobrepasa Caesarau- gusta2(5 ; en Lusitania, Emerita 27 ; en la Baetica, Hastigi 2S, Hispal29 y Corduba;í0. Y si sigues la costa, cerca de Cervaria hay una roca arrojada al u 39 mar por el Pyrenaeum31; luego el río Ticis, junto
U , 90-02 M E L A
a. R hoda32, y el Clodianum, junto a Em poriae33; después el Mons Iov is34, cuyo lado opuesto al Occidente presenta prominencias rocosas separa das por breves espacios que se alzan como esca lones, por lo que se le llama Hannibalis Scalae 36. íí, 90 Desde allí hasta T arraco44 hay ciudades peque
ñas ; Blande3G, llu ro 37, Baetulo 38, Barcino 39, Su- b u r 40, T olobi41 ; y ríos menguados : el Baetulo, al pie del Mons Iovis 3S, el Rubricatum, en la costa de Barcino 42, y el Maius, entre Subur y T olobi43. Tarraco es la ciudad más opulenta de entre las situadas en esta costa44 ; está bañada por el pequeño río Tulcis45, más allá del cual se en-II, 91 cuentra el ingente Hiberus 4C, que baña a Derto-
s a 47. A partir de aquí la mar penetra en las tie rras; pero éstas, introduciéndose luego con gran ímpetu, lo dividen en dos golfos por el promonto-II, 92 rio llamado Ferraria48. El primero, conocido por
el nombre de Sucronensis49, es mayor que el otro, y las aguas del mar irrumpen en él por una gran abertura que se va estrechando a medida que se interna en tierra; recibe las aguas de tres ríos poco importantes; el Sorobi [Saetabis]50, el Turia 61 y el Suero 52 ; entre las ciudades que bor dean sus costas, las más importantes son, sobre todo, Valentia 53 y la antigua Saguntum β4, célebre por el desastre que b originó su inquebrantable
M E L A II, 33-9G
fidelidad. El otro seno, llamado Illicitanus 5G, tie- Π, 93 ne las ciudades de Alione 56, Lucentia 57 e Illici58, de donde viene su nombre. En seguida las tierras avanzan sobre el mar y dan a Hispania una an chura mayor; pero en este tramo de costa nada II, 94 hay que merezca ser citado, hasta el comienzo de la Baetica, si no es Carthago G9, ciudad fundada por Hasdrubal, general carthaginés. En la costa que sigue [a Cartagena] hay ciudades sin renom bre alguno, cuya mención aquí no la justifica sino la correlación en la cita de los nombres. Urci, al fondo del golfo llamado Urcitanus co; dando a mar abierto, Abdera 01, SuelG2, E x63 [Salambi- n a ]64, M a e n o b a 65, MalacaCG, S a ld u b a 67, Lacip- p o68 y B a r b e s u l a A continuación la mar se II, 95 hace muy angosta, y las costas de Europa y A fri- ca se aproximan, formando los montes de Abila y Calpes10, que, como dijimos, co n stitu y en las Columnae Herculis 41 ; ambos entran casi por com pleto en medio del mar, sobre todo el de Calpes Éste tiene la particularidad notable de ser cón cavo; casi en medio del lado occidental hay una abertura que luego, aum entando su ensancha miento, se hace fácilmente practicable en casi toda su longitud. Más adelante se abre un golfo en el II, 96 cual está Carteia70, ciudad habitada por phoe
nices trasladados de Africa, que algunos creen 31
i l , 9 ?, 121-126 M E L A
es la antigua Tartesos71, y T in g e n te ra 72, de donde somos nosotros; a continuación Mellaría73, B ello74 y Baesippo75 están situ ad as sob re la orilla del Estrecho que sigue hasta el Iunonis Promunturium76. Éste toma hacia el Occidente una dirección oblicua sobre el Océano, haciendo frente a otro promontorio de A frica que hemos llamado Ampelusia17. Asi terminan las costas de Europa bañadas por el Mar Nuestro 6.
Η, θ7 II, 7. La isla de Gades7S, que sale a nuestro encuentro al pasar el Estrecho ...-II, 124) Las Paliares, en Hispania, se hallan frente a la
costa de la Tarraconensis ; distan poco entre sí, y se diferencian por el nombre de «mayor» y «me nor», que han tomado de sus respectivos tama ños 79. En la «menor» están ios «castella» de Jara no y M ago80, y en la «mayor» las colonias de
II, 125 Palma y Pollentia81. Ebusos se halla frente ai
promontorio llamado Ferraria, que se alza en el golfo Sucronensis, y tiene una ciudad de su mis mo nombre s3< Es fértil en granos, pero aun más en otro3 diversos productos. No hay en ella ani males dañinos, ni siquiera esas especies agrestes de condición mansa, pues no sólo no cría ningu no, sino que tampoco tolera los que allí se llevan. II, 126 En la parte opuesta está Colubraria 83, el recuer-
M E L A nr, i do de la cual me viene ahora, porque aunque es inhabitable por estar llena de toda clase de ser pientes dañinas, sin embargo, entrando en un lu gar previamente rodeado de tierra ebusítana, es grata y está libre de peligros; en efecto, las mis mas serpientes que en otros lugares suelen aco meter a todo el que encuentran, huyen asustadas al ver aquel polvo, bien sea por su presencia, bien por cualquiera otra causa repelente.
III, i. Hemos hablado de la costa de Nuestro ΠΙ, Mar y de las islas que contiene. Réstanos descri
bir el contorno de las tierras, cuyas orillas, como hemos dicho al comienzo, están bañadas por el Océano. Es un mar inmenso y sin fin, agitado por grandes mareas, pues así se llaman sus movi- mientes. Tan pronto inunda los campos como los deja en seco al retirarse a gran distancia. Y ello acaece, no una vez u otra, ni poco a poco, ni es una sacudida alternativa la que le impulsa con toda su fuerza, bien hacia una costa, bien hacia otra, sino que, por el contrario, después de ser lanzado de su centro y simultáneamente contra las costas, por opuestas que sean, continentes o islas, de nuevo las abandona para concentrarse y volver sobre sí mismo, y siempre con una violen cia tal que tan pronto hace recular los ríos más
H I . 2-4 M E L A
caudalosos, como arrastra tras sí animales terres-III, 2 tres o deja sobre la arena animales marinos. Aun no se sabe de cierto si elio es debido a que el mun do universo atrae y repele así a las aguas en to das partes per el esfuerzo de la aspiración, admi tiendo, con ciartos sabios, que el ¡mundo es un animal ; o, de otro modo, si tiene su origen en la existencia de ciertas cavernas del fondo de los mares, que absorben y expelen las aguas sucesi vamente; o bien si es la Luna la causa de estos movimientos extraordinarios. Lo que sí es cierto es que sus subidas y bajadas varían, no de ma nera uniformemente periódica, sino que, como sa bemos con certeza, la mar crece o decrece, según III, 3 el orto y ocaso [de la Luna] 84. Partiendo de aquí
[del Estrecho] y siguiendo por la derecha del que sale, ábrese el Mare Atlanticum 5 y la costa oc cidental de la Baetica, que a no ser por dos pe queños golfos, formaría una línea casi recta hasta el río Anas 85. Habítanla los turduli y los bastuliS6.
Ill, 4 En el primero de los golfos dichos hay un puerto llamado Gaditanum 87 y un bosque llamado Oleas tru m 88; luego el «castellum» E bora80, en la costa, y lejos de ella la colonia Hasta 90. A continuación hay un templo y un altar consagrado a Iuno91. En el mismo mar está el Monumentum Caepionis, alzado más bien sobre una roca que sobre una
M E L A ΠΙ. 6-8
isla92. El Baetis 03, que surge de ía región Tarra- ΙΠ , l conensis, atraviesa durante largo trecho casi por la mitad [de la Baetica], fluyendo desde que nace por un solo lecho ; mas a poca distancia del mar forma un gran lago, del que sale, como de una fuente, dividido en dos brazos, cada uno de los cuales es tan considerable como antes de su divi sión94. Luego, el segundo golfo se prolonga hasta la extremidad de la provincia, y contiene en sus orillas las pequeñas ciudades de O lintigi95 y Ona- lappa [¿Onoba y Laepa?] 0G, La L u sita n ia co- III, € onienza al otro lado del Anas; la parte que mira al Atlanticum forma primero una gran saliente en alta mar, tras de la cual retráese tanto, que la costa se recoge más que la de la Baetica. Esta saliente Π Ι, 7 se divide entre promontorios separados por dos golfos: el más cercano al Anas se llama Cuneus Ager, porque partiendo de una ancha base avan za poco a poco, aproximándose sus lados07 ; sigue el llamado Sacrum °8, y el más alejado tiene por nombre Magnum 09. En el Cuneus se hallan Myr tili 10°, Balsa101, Ossonoba 102 ; en el Sacrum, Lac- cobriga103 y el Portus H a n n ib a lis 104, y en el Magnum, E b ora 105. En cuanto a los dos golfos ΠΧ, 8 que los separan, en el más cercano está Salacia 10°, y en el más lejano, Ulisippo 107 y la desemboca dura del Tagus 108, río que produce oro y piedras as
I l l , 9-11 M E L A
preciosas. Allende estos p ro m o n to rio s, hasta la región más metida en las tierras» se abre una gran flexión sobre la cual están los antiguos turduli y las ciudades ds los t u r d u l i y dos ríos : el Mun da, que desemboca» aproximadamente, en medio del último promontorio no, y el Durius, que baña ÏÏS, 9 su pie in . El lado que sigue presenta durante al gún tiempo una costa derecha; luego penetra un poco; después avanza gradu alm en te, para vol ver a penetrar, prolongándose desde allí en línea recta, hasta el promontorio que llamamos Celti- ΪΠ, 10 cum m . Los celtici113 ocupan toda la costa; pero del Durius al primer entrante se hallan los gro- v i 114, a través de los cuales fluye el Avo U3, eí Celadus no, el Nebis m , el Minius 113 y el Limia, cuyo apelativo es el de O blivio110. Este entrante mismo contiene la ciudad de Lambriaca 12°, y re-
ΙΠ, XI cibe las aguas del L a e r o s121 y del U lla122. La parte saliente está habitada per los praesamar-ehi ,23, por entre los cuales corre el Tamaris 124 y el Sars 125, ríos cuyos cursos no se apartan mucho de sus nacimientos respectivos. El Tamaris desem boca junto al puerto de Ebora 12C, y el Sars cerca de una torre conocida por el nombre de Augus tus 12T. Más allá, en la extremidad de este tramo costero, residen los super tamarici 128 y los neri 129. Todo lo que acabamos de decir pertenece a las
M E LA ΠΙ. 12-1S
costas que miran al Occidente; luego la costa se ΙΠ, vuelve en toda su longitud hacia el Ncrte desde el promontorio Celticum 112 hasta el promontorio Scythicum iao. Hasta el solar de los cantabri m , la costa es casi recta, excepción de algunos cabos pequeños y de breves escotaduras; en ella se ha- ïlï, lian, primero, los artabri, que pertenecen todavía a la nación céltica132, y luego, al punto, los as- tures í33. Entre los artabri, un golfo de estrecha embocadura, pero de un amplio contorno, ofrece en su perímetro la ciudad de Adrobica 134, y re cibe cuatro desembocaduras de ríc-s, de las cua les dos son muy poco renombradas, incluso entre los mismos indígenas; por jas otras do‘S desaguan el Meaurus [Ducanaris] y el Ivia f Libyca j ir\, Entre el litoral de ios astures se halla la ciudad do Noega 138 y tres altares llamados Arae Sestianae, consagrados al nombre de Augustus, en una pen ínsula cuya región, antes nada noble, recibe de ellos fama hoy día ί3τ. A partir de un río al que ΪΠ, llaman Salia 13S, la costa comienza a retroceder gradualmente, y aunque ancha todavía, Hispa nia se estrecha cada vez más entre los dos mares; de tal modo, que por donde toca con ia Gallia es una mitad más estrecha que en la parte occiden tal. Allí están asentados los cantabri y los ‘var- ΠΓ, d u lli139; entre los cantabri hay algunos pueblos y
ITT, 41-46 M E L A
ciertos ríos cuyos nombres no pueden ser expre sados en nuestra lengua 14°. El Saunium riega el territorio- de [los concani] y los salaeni141 ; el Nam- aasa142 desciende por entre los avarigini143 y los orgenomesci144 ; el [?] Devales 145 ciñe a Tr i ti no y Bellunte [Tritium Toboricum] 140 ; el Aturia, a Decium î47? y el Magrada, ¿los de Oeason?148. Los vardulíi13S, que forman una sola nación, se extienden desde allí hasta el promontorio de la cadena pyrenaica, y terminan las Hispaniae.
III, 5... HI, 41 El río Cyrus y el Cambyses surgen de las faldas
del monte Coraxicus y sus fuentes son vecinas; ee alejan al punto y fluyen durante mucho espa cio a una gran distancia el uno del otro, a través de los h iberi1 e h y rca n i...
HÏ, 46 Π, 6* Cerca del litoral que acabamos de cos tear en el ángulo de la Baetica, se hallan mu chas islas poco conocidas y hasta sin nombre; pero, entre ellas, la que no conviene olvidar es la de Gades, que confina con el Estrecho y se halla se parada del continente por un pequeño brazo de mar semejante a un r ío 140. Del lado de la tierra firme es casi recta; del lado que mira al mar se eleva y forma, en medio de la costa, una curva,
M E L A IU . 47-00
terminada por dos promontorios, en uno de los cuales hay una ciudad floreciente del mismo nom bre que la isla, y en el otro, un templo de Hercules Aegyptius, célebre por sus fundadores, por su ve neración, por su antigüedad y por sus riquezas. Fué construido por los tyrii; su santidad estriba en el hecho de guardar las cenizas [de Hércules] ; los años que tiene se cuentan desde la guerra de Troia l5°. Sus riquezas son les productos del tiem
po. En Lusitania está Erythia 131, que, según nos iilt 47 informaron, fué la mansión de Geryones 152, y al
gunas [islas] más que no tienen nombres particu lares 153) aunque son tan fértiles que la semilla que en ellas se echa, al producir otras y renovarse a sí mismas de manera constante, basta para dar, por lo menos, siete cosechas seguidas, y a ve ces más ...
III, 9... Durante algún tiempo se dudó si del otro lado
[de África] había un océano, si daba la vuelta a
la tierra y si África se prolongaba sin límite entre ni, 90 las olas exhaustas; mas desde que el carthaginés
Hannon, enviado por los suyos a explorar nue vas regiones, penetró por el Estrecho en el Océa no, costeó una gran parte del África y se volvió, según cuenta, no por falta de mar que navegar,
III. 91-93 MELA
sino por carencia de víveres 154 ; y desde que un cierto Eudoxus, en tiempos de nuestros abuelos, librándo-e de la ira de Lathyrus, rey de Alexan dria, partió del Arabicus Sinus, cruzó el Océano y regresó, como asegura Nepcs, por Gades1S5, III, 91 se tienen algunas noticias sobre estas costas. Más
allá de las desiertas playas de que hemos hablado viven pueblos mudos que no pueden expresarse sino por gestos, unos con una lengua que no pro duce sonidos, otros sin lengua, otros con labios adheridos provistos sólo de un orificio bajo la nariz, a través del cual beben por medio de una caña ; cuando tienen ganas de comer, se dice tam bién que absorben uno a uno granos de frutos Π Ι, 92 que nacen silvestres, al acaso. Antes de la llegada de Eudoxus, el fuego les era hasta tal punto des conocido, que algunos de estos pueblos, maravi llados de él, estrechaban a las llamas entre sus brazos y ocultaban en su pecho las ardientes bra sas, hasta que el fuego, que tanto encanto les pro- ΙΠ , 93 ducía, Ies causaba dolor. Más allá forma la costa un amplio seno, en el cual hay una gran isla, que se dice está poblada tan sólo por mujeres de cuer po cubierto de pelos y que se fecundan por sí mismas, sin intervención de hombre alguno; ade más, son de una condición tan salvaje y feroz, que apenas bastan para sujetarlas los vínculos 40
M E LA in. s9-m más fuertes. Esto lo cuenta Hannon y ello está certificado por las pieles de algunas de ellas que mató y llevó consigo 150 ... ..
... Las Gorgades Insulae, en las que se dice estuvo antaño la mansión de las Gorgones, se alzan frente a esta tierra, que acaba en el pro montorio llamado «Hespérou Kéras» 15T.
III, 10. Más allá comienza la costa, que se vuelve hacia el Occidente, bañada por el Mare Atlanticum. La primera parte la habitan los ae- thiopes183; la, media, nadie, pues es una región con zonas abrasadas, otras cubiertas de arena y otras pobladas de reptiles 159. Enfrente de la zona abrasada están las islas en las que se recuerda haber morado las Hesperides1G0. En la región arenosa, el Atlas 10 1...
... Frente a él, las Fortunatae Insulae, cuyo suelo produce espontáneamente una gran cantidad de frutos, que crecen sin cesar y sirven de alimen to a sus tranquilos habitantes, más dichosos que los que viven en suntuosas ciudadeslü2. Hay en una de las islas dos fuentes que poseen particula ridades extraordinarias : las aguas de una de ellas dan al que las bebe una risa que se resuelve en la muerte ; las de la otra curan esta enfermedad lC3. Más allá, a partir de la región infestada de
ser-41 III, 99 ni, loo [II, 103 III, 102 ni, m
ΠΙ. 104 M E L A
pientes, se hallan, en primer lugar, los himanto- podes, cuyas flexibles y curvadas piernas les sir ven, según dicen, más para reptar que para an d a r 104; después, los pharusii, gentes que cuando la expedición de Hercules a las Hesperides eran ricos; pero ahora son incultos y no tienen sino rebaños, de los que viven 165. Más adelante se abren campos alegres y bosques amenos de limo neros y terebinthos, donde pululan los eiefan- Cir* 104 tes 366. El litoral de los nigritae y de los gaetuli, pueblos de vida nómada, tampoco estéril, ya que cría los múrices, que dan una púrpura excelente, tinte preciadísimo en todas partes 107 ...
FIN DE TODO LO QUE LA
«CHOROGRAPHIA» DE P. MELA CONTIENE SOBRE ESPAÑA Y LO RELACION ABLE CON ELLA
Fi g. l. — D iv is ió n a dm ini str at iva de E s p a ñ a en la é p o ca de Pl în io. P ro v in c ia s jr co n v e n to s iw ídioQs, co n la s c a b e z a s de es to s ú lt im o s .
COMENTARIOS AL TEXTO DE MELA
1. Hiberi se trata de los iberos del Cáucaso, de los que Strábon aventuró alguna idea de su parentesco; hoy día se asevera por algunos la efectividad de él ba sándose en concordancias lingüísticas entre ciertas len guas caucásicas y el vascuence, qua se supone, acaso con más verosimilitud, derivado del ibérico antiguo. Sobre la h de Hiberi, vide nota 4. 2. Es el Mar Ty rrhenico o Toscano, así llamado antiguamente por ba ñar las costas de Etruria o Tyrrhenia. 3. La Gallia, en singular, a veces también en plural (Galliae). Coin cide poco más o menos con la actual Francia y Bél gica. Llamábase así, por estar habitada de los galli o galos. 4. Hispania; así llamaban los latines a Es paña (("omprendiendo también Portugal), nombre esta derivado de aquél. Es, al parecer, de origen pánico y se cree alude a la abundancia de conejos, que tanto sorprendió a los mismos griegos y romanos. La h de Hispania es añadido romano, como lo ea en Hiberia (raro), en Hispalis, ele. Los griegos llamaron iberia a toda la Península. Como se ve por las líneas que han de seguir, la orientación de ia Península está mal con cebida, fi guiando sola como una masa triangular, uno de cuyos lados (el del Mar Mediterráneo) se orientaba
5-9 COMENTARIOS A MELA
de Este a Oeste y otro (el Atlántico) de Norte a Sur. El tercero formaba el istmo con Francia. El vértice prin cipal estaba en las Columnae Herculis (Gibraltar). Esta era también la imagen concebida por Strábon y, en ge neral, la dominante en toda la Antigüedad. Sin embargo, Mela, en II, 12, conoce el brusco cambio de dirección de la costa cantábrica con respecto a la portuguesa y gallega. 5, Mare Atlanticum u Oceanus Atlanticus, designaciones corrientes entre los latinos (de donde las nuestras), era, empero, conocido por 3os griegos más bien con los de Mar Exterior, Mar Grande, Mar Occi dental; con menos frecuencia se encentran también las de Okeanós y Atlantikós. Este último procede do Atlas, el gigante que luchó con Heraklés (Hércules), que moraba, según la leyenda griega, en el norte de África, en el Atlas, nombre también relacionado con el mito. Heraklés luchó con él en su expedición al Jardín de las Hespérides, sito en los extremos occidentales del mundo conocido. 6. El Mare Nostrum = Mar Nues tro, recibe nombre en contraposición al Exterior o At lántico. Los griegos también lo llamaban Mar Nuestro por la misma razón, y no tiene en ninguno de los casos un sentido posesivo, sino locativo, nacido por contra posición al externo o Atlántico. 7. Mauretania es lo que los griegos llamaron Maurousía. Del latín deriva el nuestro de Mauritania. 8. Europa, del mito grie go de Europe, divinidad oriental raptada por Zeus (Jú piter) y trasladada a nuestro continente a lomos de un toro, forma que tomó Zeus para engañar a la doncella. 9. ÁfTica es nombre latino, de uso exclusivamente latino, pues los griegos llamáronla siempre Libÿe.
COMENTARIOS A MELA 10-17
10. Abila (lo mismo que los griegos llamaron Abílix o Abÿle). Es el Dj. Musa, de Ceuta. Calpe, y también Cal pes, es ei peñón de Gibraltar. 11. Al Estrecho los grie gos lo llamaban Stélai Herakléous por suponer que fuá abierto por Heraklés y que aquí alzó dos columnas. De ello viene la designación latina de Columnae Herculis, que significa lo mismo. 12. Teoría antigua relacio nada con el origen del Mediterráneo y la apertura del Estrecho. 13. El río Licala es ubicable en la Nar bonense. Actualmente llevan este nombre un cabo, un río, una ciudad y una laguna grande sita entre Nar- bonne y Perpignan. El Telis (el Tet) y el Tichis (el Tech), ambos corren su corto curso entre Perpignan y la frontera hispanofrancesa de Port-Bou. En este breve tramo cíe costa habitaban los sordoni. 14. Ruscino y Elibcrrae (en Strábon Rhouskínion e Ilíbirris) son, respectivamente, una ciudad que en el siglo ix se lla maba Rosciliona (que dió nombre a esta región, Rose- llón), y otra que luego se llamó Helena, dei nombra de la madre de Constantinus, y es la actual Elna. 15. El Portus Veneris es el santuario citado por Strá bon on esta misma región con el nombre de Aphrodí- sion, o santuario de Aphrodite. Como estaba al pie de Pirineo, Strábon lo cita en otra ocasión como santua rio de Aphrodite Pyreanía. Aphrodite es la Venus lati na. De Portus Venetis deriva el actual de Port-Vendres. 16. Cervaria se conserva en el nombre de Cabo Cer bère y en el de la estación francesa de Cerbère, sita frente a la española de Port-Bou (en catalán lo que Puerto del Buey). 17. Los griegos llamaban Pyréne (en singular por lo común; a los Montes Pirineos. En
î s -2 6 COMENTARIOS A MELA
las proximidades del Cabo de Creus hubo antiguamente una ciudad de nombre Pyréne. Los griegos creyeron, o inventaron, que tal nombre derivaba de su voz pyr = fuego, creándose alrededor de esta falsa etimología la leyenda de que una vez se incendiaron sus bosques, ma nando plata fundida. Cuando los nombraban en plural llamábanlos Pyrenaioi. Los latinos tomaron del griego su nombre, Pyrenaeus, y en plural (tan raro como en griego) Pyrenaei. 18. Brittanicum Mare es aquí el Mar Cantábrico, 19. Como se ve, el carácter penin sular de España está claramente entendido. 20. Mela hace un breve y cálido elogio de España, semejante al que ya hicieron antes los griegos Poseidónios, Artemí- doros y el mismo Strábon, y luego harán Plínius y ïustinus, entre otros. El esparto crecía sobre todo en la región sita a espaldas de la costa de Cartagena (Pliniua la llama una vez Carthago Spartaria.) (Vide en Pli nius, X IX , 26 y sigs., una descripción de esta zona.) 21 La Tarraconense llegaba por la costa más al oeste de Almería, y por el interior comprendía casi la mitad de la Península, incluso Galicia, 22, La Bactica (griego Baitiké) era, por el contrario, algo menos que
la actual Andalucía. 23. La Lusitania comprendía
entonces el actual Portugal y pai'te de las tierras co lindan les por el Este; en cambio, la zona al norte del Duero era Gallaecia. Obsérvese la falsa orientación do Mela. 24. Palantia es Palencia. 25. Numancia, la heroica ciudad cuyas ruinas se están excavando desde hace más de un cuarto de siglo con óptimos resultados arqtieológicos. 26. Zaragoza, llamada así por su fun dador Caesar Augustus. Del nombre antiguo viene el 48
COMENTARIOS A MELA 27-41
niodei'no. 27. Mérida, en la provincia de Badajoz. Sus ruinas llevan excavándose desde hace un cuarto de siglo y constituyen hasta el día ios restos romanos más importantes de la Península (teatro, anfiteatro, cir co, templos, escultura, lápidas, etc., etc.). Fuá fundada por Augustus en el año 25 a. de J. C., para los vetera- nos de las guerras cantabras. 28. Écija (provincia de Sevilla). La h es parásita, como en Hispalis (vide
nota 4). 29. Sevilla. 30. Córdoba. 31« Ima
gen poética que debe aludir al Cabo de Creus. 32. El Ticis es el Ter o el Nuga; Rhoda es la colonia griega de Rhóde, que ha dado el nombre al pueblecillo y al Golfo de Rosas. Es curioso que la transformación del nombre primitivo ha venido a dar precisamente el significado, en castellano, de la palabra griega rhódos = rosa, 33. El Clodianus ha de ser el Fluviá. Emporiae, la antigua colonia griega de Empórion. De ella deriva el
nombre actual de la región: Ampurdán. 34. Eí
Montgó (Gerona), y no el Montjuich (Barcelona), pues Barcino se cita después. 35. Acaso el Montgrí, por su aspecto escalonado visto desde e! mar. 36. Bla-
nes. 37. Mataró. 38. Badalona. El río qu<2
cita luego, el Besos. 39, Barcino — Barcelona.
40. Sitges, probablemente. 41. Desconocida. Mela
ha citado de un tirón las ciudades costeras catalanaa hasta Tarraco o Tarragona. Todas ellas eran de poca importancia, incluso Barcino. A continuación Mela enu mera los ríos. El Baetulo ya hemos visto (38) que ea el Besos, del cual dice Mela que corre al pie del Mons lovis, es decir, del Montjuich, el monte y castillo que domina el puerto de Barcelona. No hay que confundir,
pues, estos dos montes consagrados a Júpiter; el uno estuvo (34) al sur del Golfo de Rosas y el otro en Bar celona. 42. El Llobregat, que desagua unos kiló metros al sur de Barcelona. 43. Tal vez sea eî
Foix, o acaso el Gayá; la duda estriba en desconocer exactamente qué eran las ciudades de Subur y Tolobi. 44. Tarragona, en efecto, debía de ser en tiempos de Mela una ciudad de bastante importancia. Era cabeza de la Tarraconense. Sus ruinas romanas son de gran interés, y los hallazgos sueltos, como esculturas, mo saicos, etc., son siempre de una excelente calidad, su perior a lo que se suele ver en el arte provincial roma-
no corrientemente. 45. Por fuerza el Francolí.
46. El Ebro; con h parásita (28). 47. Tortosa.
48. El Cabo de La Nao o el de San Antonio, en la provincia de Alicante. Llamóse Ferraria por las minas de hierro de que habla Strábon (III, 4, 6). 49. Su cronensis recibe nombre del río y ciudad de Suero (52).
Es el Golfo de Valencia. 50. Lectura dudosa.
61. Turia, como hoy. 52. Suero (griego Soúkron) ha dado Júcar. Strábon (III, 4, 6) habla también de
una ciudad del mismo nombre, hoy desconocida.
53. Valencia. 54. Sagunto. 55. Así llamado por
presidirlo la ciudad de Illici (58). 56. Alione (en griego Alonís o Alonaí), colonia massaíiota, una de las tres citadas por Strábon en estos parajes (III, 4, 6), es probablemente Benídorm. Las otras dos son Herae- roskopeíon (que Mela ya no cita) y Álcra Leuké, que di ó. 57. Lucentum o Lucentia (Mela). Ákra Leuké significa Promontorio Blanco, sin duda por el color de ia caliza de sus costas. Este promontorio era el actual
50
COMENTARIOS A MELA 53-73
Benacantil o Monte de Santa Bárbara, que domina la actual Alicante. La antigua estaba al norte de este peñón, en el actual Tosai de Manisps, donde se está excavando la ciudad romana. Alicante es la forma ára
be de Lucentum, como ésta es la latina de Leuké, 58. Illici o Ilici, Elche, colonia romana fundada en el siglo i a. de J. C. Sus ruinas, hoy en excavación, son interesantes por su cerámica y escultura, de tipo ibé- ricorromano. El busto de la Dama, hallado en 1898, es el mejor ejemplo de este arte mixto. Fué adquirido por el Louvre en el mismo año; pero en 1942 pasó del Louvre al Prado en virtud de un trueque de obras de arte y objetos históricos ajustado entre España y Fran-
cia. 59. Cartagena. 60. Urci, probablemente en
el lugar de la actual Almería, 61. Adra, en la costa de Almería 62. Sin localizar, probablemente cexca de Fuengirola (Val-de-Suel). 63. Ex y Sexi, Almu. ñécar, en la costa de Granada. 64. Es dudosa la
mención. Salambina pudo dar Salobreña. 65. Hacia
Vélez-Málaga, cerca de Mainake. 66. Málaga, la
principal de las tres colonias púnicas de esta costa; las otras dos, Ábdera y Sexi. Las tres acuñaron moneda en época ya romana y vivían de la pesca y las salazo nes. En tiempos de Mela eran factorías de poca impor tancia. 67. Desconocida. Según Plinius, este mis mo nombre lo llevó la primitiva Zaragoza, Pero en Mela la lectura Saiduba es dudosa, y Io de Plinius acaso fuese Saluita o algo parecido. 68. Es Alechipe, cerca de Casares, entre Málaga y Gibraltar. 69. Το» rre de Guadiario. 70. Al fondo de la bahía de Alge- ciras. 71. Véase aquí mismo, Plinius, comentario 162.
72-86 COMENTARIOS A M ELA
72. Comentario 166 a Plin. 73. Cerca de Tarifa, 74. Bolonia; despoblado cerca de Tarifa. Sus rui«
ñas han sido excavadas. 75. Barbate, 76. Debe
ser el Cabo Trafalgar (Akrotérion Héras de Piole» înatos). En él se alzaba un templo de dicha divinidad, 77. Es el Cabo Esparte!, junto a Tánger; ámpelos en griego significa viña, vid. 78. Gades es la forma latina. En púnico Gádir, y en griego Gádeira. La forma Cádiz deriva de la púnica (vide Stráb., III, 5, 3-10, y lo que luego dice Mela en III, 4, 6). 79, Antigua mente las Baleares eran sólo Mallorca y Menorca, ïbiza y Tormentera formaban el grupo de las Pityoús- sai, o Islas de los Pinos. De los nombres Maior y
Minor derivan los actuales. 80. lamno, Mago,
Mahón, acaso fundada por Magón cuando, tras la
caída de Gádir (206), se refugió con la escuadra en
Menorca. SI. Palma de Mallorca y Pollensa, res
pectivamente. En Pollensa van saliendo a la luz los restos de la ciudad romana aquí citada, 82. Ebu- ¡sos (Ibiza), vieja colonia carthaginesa constituida por una capital y multitud de aldeas de pescadores, dispersas por la pequeña isla. Las excavaciones han puesto al descubierto la riquísima necrópolis del Puig d’es Molins, perteneciente a Ebusos (capital), y otras más en otros puntos de la isla. 83. Colubra* ri a, llamada en los autores griegos Ophioússa o Isla de las Serpientes. Coincide con las leyendas que aquí cuen ta Mela. 84. Teoría de las mareas. Recuérdese lo
dicho en Strábon y sus comentarios. 85. Anas. Su nombre aun subsiste en el actual Guadi-ana, en árabe
Río Ana. 86. Turduli y bastuii, ya citados por