Universidad de Sevilla
Máster Oficial de Escritura Creativa
Trabajo Fin de Máster
Convocatoria 2019-2020
PÁJAROS MIGRATORIOS
Modalidad: Creación
Déborah Pérez Marrodán
Vº Bº Tutor
Tutor: Juan Carlos Gil González
GIL GONZALEZ
JUAN CARLOS -
Firmado digitalmente
por GIL GONZALEZ JUAN
CARLOS - 52968137B
PÁJAROS
MIGRATORIOS
Agradecimientos
A papá; por rodearme de “bibitos” desde antes de que supiera pronunciarlos. Por enseñarme a ser rebelde con causa. Por ser la persona más valiente que conozco
A mamá; por ser mi primera lectora, la más honesta y la más fiel. Por sacar siempre defectos, por no conformarte nunca y, aun así, ser siempre mi mayor fan.
A Jamie Scott Ross, más que un profesor. Aunque ya no pueda decírtelo en persona, gracias por darme alas.
A Claudia, que apareció en mi vida en un máster de escritura…; por estar ahí cuando dudaba de todo, leerme, releerme y decirme siempre cómo mejorar.
A Juan Carlos Gil; por su guía e implicación. Por creer en mi proyecto y en mis habilidades desde el principio, a veces más que yo misma.
Finalmente, un reconocimiento especial a todas las personas que me han confiado sus historias, su dolor, sus miedos, sus victorias, su vulnerabilidad. Necesito que sepáis que sois mucho más fuertes, más valientes y más valiosas de lo que nunca podré reflejar con mis relatos.
Índice
PARTE I: TRABAJO CREATIVO. PÁJAROS MIGRATORIOS --- 9
Enero. Mi nombre no es Ester --- 11
Febrero. Aunque parezca mentira --- 20
Marzo. Identidad --- 25
Abril. Culpa del césped --- 32
Mayo. Cosas de niños --- 40
Junio. Singularidades de la flora --- 46
Julio. En pedazos --- 53
Agosto. Vacío --- 61
Septiembre. Ser humanos --- 67
Octubre. Cuenta atrás --- 73
Noviembre. Cicatrices --- 80
Diciembre. Lo que no cuenta el telediario --- 87
PARTE II: MEMORIA JUSTIFICATIVA --- 93
1. Alzar el vuelo. Punto de partida de la creación. Objetivos y fundamentos ---- 95
2. Trazar una ruta. Estructura de la composición --- 98
3. Buscar cobijo. Técnicas y estilos ensayados --- 102
3.1 Narradores --- 105
3.2 Tiempo --- 107
3.3 Espacio --- 109
4. Esquivar depredadores. Dificultades y soluciones --- 110
5. Anidar. Resultados --- 111
PARTE I:
TRABAJO CREATIVO
ENERO
Despierta un nuevo año. Bajo la escarcha, silente, florece la esperanza que un día creímos dormida. El germen de vida que mañana serán brotes tibios es hoy promesa intangible de primavera.
Mi nombre no es Ester
Aquel año no comenzó con un presagio de primavera. Verano y otoño se turnaron para crear una danza bella y absurda de incertidumbre, dolor y felicidad, que se prolongó hasta el final de aquel principio. Y es que esta es la historia que da inicio a todas las historias, porque es la historia del contador de historias.
El contador de historias era una chica, en realidad. Se llamaba, o quería llamarse, Ester, Ester Vallehermoso García, y esa fue la primera historia que contó. Era una chica como cualquier otra, frágil y fuerte a la vez, con poder para crear y soñar, con miedo de no ser suficiente, de fracasar, de caer. Ester Vallehermoso fue su primer personaje. Se dibujó a sí misma con otro rostro y otro nombre, se diseñó como la persona que siempre quiso ser: inmune a la derrota, sin miedo a su propia debilidad, con capacidad infinita de sobreponerse a todo y a todos, capaz de demostrarle al mundo irrebatiblemente que se equivocaba con ella, cada vez que fuese necesario.
Al margen de su propia percepción de sí misma, era una chica bastante normal, aunque no lo eran sus circunstancias. Todo comenzó muchos años atrás, cuando sus padres decidieron traerla al mundo de la forma más natural posible, eliminando toda intervención artificial que no fuese necesaria. Así empezó su nacimiento, en el calor de su hogar, con
la familia ayudada por una matrona sin mucha experiencia cuyos malos consejos acabaron boicoteando irremediablemente aquella primera misión antisistema.
La aventura no salió como sus padres esperaban. La niña venía con presentación posterior, lo que convierte el parto en una empresa larga y tediosa, hasta que el bebé se da la vuelta y está listo para salir. Tras muchas horas de espera, la matrona se agobió y todos con ella. Acabaron en el hospital, por supuesto, donde un médico muy seguro de sí mismo trató primero de practicar una cesárea contra la voluntad expresa de la madre y finalmente extrajo sin más a la pequeña a base de fuerza bruta y escasa profesionalidad. Ester sacó de aquello una cicatriz en el cuello, de los fórceps, que aún conserva, y su madre un problema en la matriz que a día de hoy sigue sufriendo.
Pasaron los años. Cuando las complicaciones de su nacimiento eran solo un mal recuerdo, sus padres debieron embarcarse en otra empresa aún más descabellada que un parto en casa: la educación sin escuela. Por supuesto, semejante atrevimiento fue un golpe de efecto en la familia. ¿Estaban locos? ¿Era realmente posible criar un niño sano mental y emocionalmente sin llevarlo a la escuela… nunca? ¿Trataban sus padres de experimentar con Ester alguna clase de práctica dañina que la conduciría a la más absoluta idiocia? Eran los últimos años del siglo XX: incluso la lactancia materna, cuyos beneficios para el bebé están hoy más que probados, seguía siendo cuestionada, tras el abandono masivo de esta práctica a mediados de siglo.
Algunos amagos de denuncia a los servicios sociales después, Ester cumplió los 6 años y no, no fue a la escuela. Ya sabía leer y escribir y, así, siguió aprendiendo, que no estudiando (son cosas muy diferentes), bajo la atenta mirada de sus rebeldes padres. En la biblioteca, de excursión por el campo, en los museos, en el parque… La “educación en casa” convirtió, para aquella niña, el mundo entero en una inmensa e intrigante escuela donde el conocimiento no se parecía en nada a memorizar los apuntes del próximo examen.
La sociedad puede cambiar mucho en solo una veintena de años. Desde el 94, las familias homeschoolers y unschoolers en España han pasado de ser apenas un puñado a contarse por miles. Durante la infancia de Ester, sin embargo, el miedo a que, como ya había ocurrido en algunos casos, los servicios sociales la separasen de sus padres para internarla en un centro de menores, por no asistir como el resto a los centros de enseñanza oficiales, hizo que la familia recurriese a la ocultación constantemente: todas las mañanas debían
hablar bajito, no salir a la calle, no asomarse a la ventana; por las tardes y en verano, sin embargo, eran libres. Jugaban, soñaban, descubrían y aprendían como el resto del tiempo, pero sin tener que disimularlo.
Por supuesto, no es fácil ocultar durante mucho tiempo que tus hijos no salen de casa cada mañana, cargados con una mochila que pesa más que ellos, soñolientos y algo amargados, camino a la escuela. En algún momento todo colapsa y la gente termina sabiendo, siempre termina sabiendo. Era entonces cuando la brecha con su entorno se tornaba especialmente insalvable.
Ester aprendió muy pronto que es “normal” que lo “raro” produzca rechazo y no curiosidad; que la mayoría tiene miedo de las minorías, que lo diferente se considera peligroso por alguna (sin)razón comúnmente aceptada, que cuesta el doble formar parte de una sociedad que reniega de ti. Para qué negarlo, a veces se sentía sola. No literalmente sola, tenía algunas amigas que iban y venían. Conocía a gente del vecindario, de la academia de idiomas, de la iglesia, de aquel campamento de verano o qué vivía a cientos de kilómetros de distancia, como aquella chica homeschooler de Barcelona, juntas a través de los años por cartas manuscritas llenas de flores de colores. Tenía a su familia, un hermano, primas… Y aún así…
Compartía poco con su entorno. En casa no hubo televisor hasta que Ester tuvo aproximadamente 14 años ni internet hasta sus 16, ella eligió con qué llenar su mundo. En cuanto a las modas, ni siquiera sabía lo que eran. Llegó a la adolescencia sin entender en absoluto por qué las niñas a su alrededor llevaban años pintándose y usando un sujetador que aún no necesitaban, nunca vio High School Musical o Hannah Montana, ni le interesó hacerlo, tampoco leyó Harry Potter ni jugó a Pokemon, le parecieron horribles los pompones estilo María Isabel y durante mucho tiempo le costó incluso comprender qué diantres veían tantas chicas en Justin Bieber.
A cambio, construyó su mundo a su manera. Quiso ser como Tintín, se imaginó bailando en los salones de Mansfield Park, descubrió con el Ramayana que le fascinaba la India y la cambió por Egipto cuando empezó a leer la historia tras sus tumbas milenarias, se aprendió de memoria la complicada vida personal de Herodes el Grande y un par de genealogías aleatorias por culpa de Flavio Josefo (y aún no se lo ha perdonado), recorrió París con Jean Valjean, fue Lucy I de Narnia página a página pero llegó a la Comarca con Peter Jackson, se enamoró de Aníbal Smith y de sus planes que siempre salían bien,
también del Capitán Trueno; se hizo adicta al misterio en el 221B de Baker Street y redescubrió los giros de guion con Edgar Wallace, tras lo cual pasó a rastrear concienzudamente la novela policíaca desde Donna Leon a Poe, pasando por Agatha Christie, Raymond Chandler o Mary Higgins Clark. Por el camino quiso ser también tres o cuatro personajes de Shakespeare y Dickens y odió con todas sus fuerzas a los bomberos de Bradbury y a aquellos niños de Golding…
Nunca supo lo que era la presión social, y a día de hoy le sigue costando reconocerla. Podía ser una adolescente, pero, como tampoco sabía muy bien lo que conllevaba eso, seguía llevando a cabo importantes misiones de espionaje con su hermano pequeño para descubrir el escondite de los regalos de Reyes, representando La comedia de las
equivocaciones con muñecos de Playmobil, inventando juegos de rol, claves de cifrado
en código morse y teatros cómicos caseros para los que, generalmente, ella ponía el guion y su hermano la gracia. De paso se aprendieron de memoria, sin darse cuenta, algún que otro acto, entero, de La venganza de Don Mendo, junto a muchas de las ocurrencias de aquel genial anarquista de Darío Fo.
Con sus padres, a la vez, hablaba de historia, de biología, de teología, de política e incluso de sexualidad si era necesario, como lo habían hecho siempre. Nunca supo tampoco lo que eran las “conversaciones de mayores” porque nunca hubo nada en lo que ella no pudiese participar. Discutió teorías sobre la caída de las Torres Gemelas, fue a las manifestaciones contra la invasión de Irak, se sacó un doctorado de salón en transgénicos y aditivos y, echando la vista aún más atrás, recuerda todavía breves escenas de aquella noche decepcionante en la que, con 5 años recién cumplidos, se quedó hasta tarde cerca de la radio, junto a su padre, para ver si el Efecto 2000 sumía o no el mundo en el caos. Escribir era uno de sus mayores placeres. Poesía, cuentos, proyectos de novelas que no terminaban de materializarse, mucha prosa dramáticamente poética y algún que otro artículo periodístico de opinión, muy indignado, que estuvo a punto de enviar a cierto diario rebatiendo punto por punto las tesis retóricas de una de sus columnistas. Si algo amaba, por encima de todo, era crear historias que conmoviesen el corazón de otros, como otros habían logrado conmover el suyo. Soñó tramas e ideas que un día prometió convertir en palabras, desde las aventuras de aquella chica perfecta que hubiese querido ser ella hasta la historia de cómo su padre se enfrentó armado tan solo con su conciencia al régimen de Franco (y venció), una novela policíaca con ese único giro de guion que Agatha Christie nunca llegó a escribir o alguna clase de fábula fantástica en la que los
árboles se levantarían contra los leñadores y pararían por fin la destrucción de los bosques. Todas ellas, junto a unas cuantas pesadillas sin demasiado sentido pero francamente imaginativas, quedaron apuntadas en un pequeño y ajado cuaderno de anillas.
Conforme se acercaban los años correspondientes a las etapas de Bachillerato y universidad, sin embargo, su carácter, ya de por sí algo melancólico, se fue convirtiendo en una trampa contra sí misma. Le ilusionaba la idea de ir a la universidad, pero, por más que miraba, no veía la forma en un futuro cercano.
El sistema educativo español no ofrece la posibilidad de acreditar tu nivel de formación si has estudiado por libre hasta que no alcanzas la mayoría de edad. La educación sin escuela, en este avanzado país, sobrevive en un limbo entre la alegalidad y la ilegalidad: la Constitución reconoce la libertad de enseñanza, pero la legislación inferior establece, por el contrario, la obligatoriedad de la escolarización. Si te educas de forma alternativa y logras durante todo el proceso esquivar la larga e increíblemente descarnada mano del sistema, lo más probable es que debas esperar a los 18 para sacarte primero el graduado de la ESO, después el del Bachillerato y solo entonces hacer, si lo deseas, la selectividad. Por mucho que tu nivel académico haya superado siempre el previsto estatalmente para tu edad, no hay un modo de que puedas hacer la PAU a los 18 como el resto de jóvenes si no has pasado antes por el recorrido oficial. A menos que…
Ester pasó unos años complicados tras cumplir los 14. Se obsesionó con el paso a la universidad, pero la única opción que veía lógica era entrar a un instituto antes de cumplir los 16 años y continuar a partir de ahí dentro del sistema. Había un problema, sin embargo. Sus conocimientos no eran equivalentes a los que se espera en un alumno de 3º o 4º de ESO y, de hecho, ni siquiera eran comparables. Si su formación se midiese en asignaturas, tendría sobresaliente en Clásicos de la Literatura y en lo que podríamos llamar Lengua Aplicada, tendría también Historia, bastante de Alemán, un poco de Violín, Canto, Matemáticas Básicas, algo de Griego Clásico, Artes Culinarias (por qué no), Teatro, Historia de las Religiones, otro poco de Filosofía, Escritura, mucha Psicología Práctica, Ecología, Relaciones Internacionales, Política Actual, Iniciación a la Herbología, una cosa intermedia entre Arquitectura y Albañilería (tras años acompañando a sus padres a reuniones relacionadas con esos temas), una suerte de Introducción al Razonamiento Deductivo e Investigación y otros muchos conocimientos aleatorios que nadie categorizaría como asignaturas y, sin embargo, probablemente preparan considerablemente más para la vida real que muchas de ellas.
Se frustró. Se planteó como meta estudiarse, rápidamente, todas las asignaturas oficiales, para situarse en el estándar oficial y entrar de una vez al maldito sistema escolar, sin carencias. Pidió a sus padres todos los libros de texto de 3º y 4º de ESO, pero se perdía en Química, se agobiaba en Matemáticas y se aburría en Lengua. Empezó a pensar que no era capaz, en vez de comprender que no eran las formas adecuadas. Sin darse cuenta, entró en una espiral autodestructiva y perdió por completo su propio respeto.
Había una salida, sin embargo. Poco después, sus padres la matricularon en un instituto a distancia estadounidense (país donde la educación sin escuela es perfectamente legal) en el que pudo alcanzar y acreditar un nivel de ESO, tanto a través de las asignaturas básicas como de otras tantas escogidas por ella, y avanzar finalmente hacia Bachillerato, High School, con un programa formativo adaptado a sus intereses y a sus campos de potencial. Por supuesto, no iba a ser tan sencillo. Cuando llegó el momento de pasar a la universidad, ya con el título extranjero en sus manos, llegó a su vez, también, la prueba de fuego: la convalidación. Aunque eso ella, entonces, no lo sabía. En realidad, seguía mentalmente atascada en la prueba de acceso a la universidad, a la que ya podía acceder con tan solo enviar su certificado de High School al Ministerio, antes de saber si se le concedía o no su convalidación a la titulación española equivalente, Bachillerato.
Por alguna razón que solo su mente conoce, decidió que no sería capaz de aprobar la selectividad y durante unos meses combinó las clases particulares enfocadas a los modelos de exámenes de la PAU con periodos de vagancia absoluta. Por fin, llegó el momento de presentarse al examen, el primero de su vida, que, “oh, sorpresa…”, aprobó. Por los pelos, porque no se dignó a empezar a estudiar hasta una semana antes, pero aprobó. Su mente había cambiado ya el primer día de aquella semana, pero su vida lo hizo en el preciso momento en el que llegaron las notas. Decidida a contar historias, poco después entró en Periodismo, convencida de dar lo mejor de sí, costase lo que costase, de esforzarse lo que fuese necesario, porque, ahora sí, era su principio, el de verdad, empezaba su verdadera aventura, escogida por ella y solo por ella, para la que llevaba toda su corta vida preparándose, porque aquella chica estaba segura de que el objetivo del trabajo no es recibir un pago a fin de mes, sino dedicarle parte de tu alma, disfrutarlo, aprender, crear, romper tus propios moldes y crecer.
Terminó la carrera con un premio a la excelencia académica y el mejor expediente de la promoción. A su vez, una llamada telefónica la informaba de que la convalidación que había pedido cuatro años antes le había sido denegada. El motivo principal: que, al no
haber estudiado el High School presencialmente, el Ministerio de Educación español consideraba que no era equivalente a un Bachillerato. Es curioso que, durante la conocida como crisis del coronavirus, el Ministerio de Educación español sí haya considerado, sin embargo, perfectamente viable y equivalente la formación a distancia, en cualquier nivel académico; sin preparación específica alguna de la mayoría de profesionales que se han visto abocados a impartirla de golpe y porrazo ni, menos aún, de los alumnos que han tenido que sufrir semejante descontrol.
A la denegación de la convalidación le siguió un nuevo intento de solicitud, a la desesperada, que incluía copia de premios y certificados de expediente de la carrera que acababa de terminar y cuyo título no podía siquiera solicitar porque su formación anterior a distancia “no era equivalente” a un Bachillerato. Sin la convalidación, tanto la selectividad que había aprobado como el grado en periodismo que acababa de terminar sería como si no existieran, porque había accedido al sistema universitario con la condición de que esa convalidación se produjese. No era la única en esa situación, otros chicos en España habían recibido denegada la misma convalidación estando a mitad de la carrera y, al no ser válida ya, por tanto, su PAU condicional, la universidad los había expulsado, sin más.
Meses de angustia después, ocurrió: tan discretamente como se la habían denegado la primera vez, se la concedieron aquella segunda, bendita vez. Una llamada más, un desapasionado “puede recogerlo cuando quiera” y su mundo dio un nuevo giro. No tendría que empezar de nuevo, podía conservar la selectividad, sus cuatro años de carrera, las notas, todo era suyo de verdad. Ester era, ahora sí, una graduada en la carrera que la habilitaba para ejercer la profesión que amaba, la que la había hecho crecer hasta lo insospechado, también en lo personal. Y es que esto se supone que es un secreto, pero la chica que ahora se acercaba a la gente por la calle, con un micrófono, para hacerles preguntas de actualidad, años atrás hubiese hecho cualquier cosa por no tener que llamar por teléfono a un desconocido. De chicos, solía pensar que su hermano y ella se habían repartido las cualidades, él era el actor carismático y ella la guionista en la sombra… Nunca es bueno tratar de encasillar nada en absoluto, menos aún las personalidades. Ester, además, no era ya más Ester. Podría decirse que hacía exactamente cuatro años y tres meses que era Déborah, Déborah Pérez Marrodán, una chica frágil y fuerte como cualquier otra, que había recuperado la confianza que un día perdió. Ya no necesitaba
refugiarse en otras historias que no eran la suya; en lugar de acudir a ellas para escapar de sí misma, lo haría ahora para prestarle su voz a quienes no la tuvieran.
Ese fue siempre el periodismo con el que soñé. Uno en el que mi voz sirviera para algo más que para llenar páginas o conseguir visitas en la web, uno en el que pudiera prestar esa voz a quienes la sociedad falló, hirió o no fue capaz de apreciar, uno en el que mi voz fuese la voz de quienes lo necesitasen. Descubrí que me importaba mucho menos la política que el corazón de las personas. Es tan sencillo para el alma humana llegar a desear la inexistencia… Es normal sentirnos solos, tristes y heridos en algún momento de nuestras vidas, pero si nadie nos tiende la mano, si nadie se sienta a nuestro lado, si nadie nos escucha y comparte nuestro dolor, entonces el dolor se convierte en algo crónico, una raíz de amargura que no solo nos autodestruye, sino que también daña a quienes nos rodean.
Todo en la vida circula alrededor del corazón humano. Incluso la política y las grandes fortunas, incluso ese mercado sin alma que juega con las vidas de la gente. Todo. Tras cada máquina, tras cada acción económica o estratégica no hay más que personas con un corazón más o menos negro, más o menos endurecido, más o menos humano... pero siempre frágil. Somos frágiles, todos y cada uno de nosotros. Cuanto antes lo aceptemos, antes podremos admitir que necesitamos a los demás, a Dios o a lo que sea en lo que descansemos el corazón. Y es que podemos elegir en qué roca apoyarnos, pero si algo es indudable es que necesitamos apoyarnos; somos dependientes de aquellos a los que abrimos el corazón, pero, a la vez, necesitamos llegar a esa dependencia. Solos, realmente solos, somos únicamente un hálito de vida que no encuentra significado.
Dicen que los seres humanos somos sociales por naturaleza, que está en nuestro diseño, en nuestro ADN. Tendemos a juntarnos y a imitarnos mutuamente, a perder incluso lo que nos hace únicos para encajar en el prototipo de moda o en lo comúnmente aceptado. Todos somos diferentes, pero a veces lo olvidamos voluntariamente para no perder el agarre de las personas que nos rodean, por miedo a ser dejados de lado, a no ser comprendidos, porque tenemos miedo de lo desconocido y miedo de que tengan miedo de nosotros si nos abrimos a lo desconocido.
Dicen también que contamos historias porque somos sociales; las usamos de forma colectiva para aprender, para entendernos los unos a los otros, para compartir sentimientos o vivencias que no nos atrevemos a expresar de otra forma. Utilizamos las
historias para contar nuestra fragilidad, también nuestra fuerza. Podemos dar y recibir ánimo a través de ellas y hacer hueco a realidades que nunca habíamos tenido en cuenta, podemos descubrir el dolor tras una mañana soleada de mayo y la belleza que se abre paso entre el viento helado de una noche de enero; podemos, en definitiva, abrir el corazón a otros corazones, a lo más profundo y oculto de ellos: comprender aquello que nos hace diferentes. Es así como un acto eminentemente social nos permite reivindicar lo oculto, lo que no dejamos traslucir naturalmente.
Esta es la misión del contador de historias, dar espacio a la individualidad, ser enlace entre octubres y agostos, entre junios y diciembres, entre una mañana soleada y el viento gélido de una madrugada invernal, acercarnos a realidades silentes, a fragilidades ajenas, que nos reconozcamos vulnerables y reconozcamos la vulnerabilidad de quienes nos rodean… hacernos, en fin, un poco más humanos.
Enero ha terminado ya y el resto del año alza ahora el vuelo lleno de sensaciones por descubrir y mundos por explorar. Como este calendario, la vida empieza siempre hoy, con cada amanecer, y esta contadora de historias en busca de su primavera migra ya hacia una segunda aventura. Si quieres acompañarme, tengo que advertirte sobre algo: no des por sentada la realidad, pero tampoco la ficción; es posible que un día te encuentres con uno de mis protagonistas y descubras que lo menos creíble era absolutamente cierto. El ser humano es así, impredecible; te lo aseguro.
FEBRERO
Mientras las gotas de lluvia dibujan en los charcos círculos concéntricos, en los hogares crepitan las chimeneas. Cuenta atrás, se acerca la primavera. Las familias se reúnen en torno a la madre para bendecir la próxima llegada de una nueva vida.
Aunque parezca mentira
Cuando la conocí pude ver enseguida que era una de esas personas que cambian el mundo. Al menos, su mundo.
Cambiar el mundo… Qué bien suena. Nos imaginamos grandes misiones humanitarias que salven la vida de cientos de niños en zonas de guerra, que trabajen sin descanso por la repoblación de los bosques perdidos o la conservación de especies en peligro de extinción en alguna selva ignota amenazada por la sobreexplotación… Expresiones genéricas, sin nombre ni apellido, sin rostro; fantasías. Cambiar el mundo… A veces no nos planteamos que nuestras ganas de “cambiar el mundo” son solo una excusa para no empezar por cambiar nuestro mundo.
Dania es una de esas personas que no necesitan excusas. Demasiado increíble para ser real y demasiado real para ser increíble, Dania lleva 29 años transformando, día a día, todo lo que la rodea.
Quienes la conocen suelen tener siempre una anécdota que contar y, normalmente, es una de esas que te hacen cosquillas en el corazón. Como esa ocasión en la que aprendió lenguaje de signos básico para echar un cable a una compañera con discapacidad auditiva con la que compartía unas clases…
Dania ha sabido siempre que era especial. Desde que tenía apenas 5 años su corazón ha latido con sones de baile. En concreto, de flamenco. Su familia apenas se lo explica: no lo lleva en la sangre, ni lo ha heredado en forma de genes con volantes y tacón. Simplemente, un día, brotó. La afición por la música y el baile que la ha rodeado a lo largo de su vida ha quedado en nada en comparación con su talento. Y es que todos lo dicen: Dania es arte por los cuatro costados.
Se le ilumina la mirada cuando habla de bailar. No sabe explicar cómo ni por qué, pero se le ponen los bellos de punta mientras analiza una actuación de la que se siente orgullosa: “Las muñecas, mira las muñecas”. Aun así, no le falta autocrítica, nota cada fallo. A mí, he de reconocerlo, me cuesta creer que haya un fallo en uno solo de sus pasos: fluye con la música, se desliza, sus manos revolotean, se cruzan, dibujan acordes. Le hago notar lo bonito que es verla moverse sobre el escenario. Ella sonríe con fuerza y aprieta la mano junto al corazón. “Me sale de aquí, de aquí”.
Ha bailado en televisión varias veces, acompañando a concursantes que se presentaban en ‘Yo soy del sur’, un conocido formato musical andaluz, y, de alguna forma, incluso las miradas del jurado que debía evaluar la actuación de los cantantes no podían evitar quedarse prendidas en ella. No es solo pasión: como ya he apuntado, Dania no tiene excusas. Dos días por semana practica durante horas en su academia, la Escuela de Danza y Flamenco Hermanas Villaú. Si un paso no le sale como quisiera, se lo lleva a casa hasta domarlo y hacerlo suyo. Lo practica una y otra vez en su habitación y, después, busca también tutoriales para aprender nuevos estilos de forma autodidacta, porque para Dania nada es nunca suficiente. Lleva bailando desde los 5 años, y no solo flamenco o sevillanas. Se atreve con la salsa, la bachata, con ritmos de tango… Todo es poco para un corazón que es sencillamente feliz al ritmo de la música.
Otros dos días semanales los dedica a trabajar con la compañía, Danza Mobile. Con ella, Dania hace teatro, cuentacuentos, toca instrumentos o participa en eventos de biodanza. Con una memoria envidiable, aprenderse un guion no le resulta complejo. Después de participar en un curso de formación donde se dio contenido relacionado con biología, memorizó todo lo que pudo encontrar sobre anatomía, hasta dejar impresionados a los profesores sin siquiera pretenderlo. Así es Dania: no pasa por la vida de refilón, siempre deja huella. A la vez, se impregna, absorbe sensaciones, experiencias, conocimientos; disfruta de cada aventura sin dejar por ello de implicarse al máximo, de poner esfuerzo y tesón de su parte para sacar continuamente lo mejor de sí misma y de los que la rodean.
Cuando actúa no tiene vergüenza ni timidez. Respeta demasiado lo que hace como para dejarse distraer en esos momentos con otras preocupaciones. Ni siquiera se puso nerviosa cuando la invitaron a participar en varios espectáculos con la ROSS, la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla, o cuando le dijeron que bailaría en televisión, para toda Andalucía. Tampoco cuando lo hizo en la Bienal de Flamenco hispalense o en un concurso nacional que sus compañeras y ella quedaron muy cerca de ganar. Menos aún cuando tiene que declamar, cuando interviene en presentaciones de libros o en los espectáculos de cuentacuentos en los que participa, con los que ha recorrido diferentes centros cívicos llevando un mensaje de inclusión, respeto y solidaridad bajo un pequeño universo portátil de colores y fantasía.
De alguna forma, mientras me cuenta todo eso, no soy capaz de encontrar en ella un solo matiz de presunción o de egocentrismo. Tiene mucho que contar y guarda en una carpeta pequeños recuerdos de cada experiencia, que va enseñando conforme habla, pero lo hace con toda naturalidad, sin afectación alguna, como quien cuenta una historia curiosa que le sucedió ayer camino del trabajo…
Hablando con ella me siento un poco más cerca del secreto de la felicidad. No de ese concepto naif de felicidad mal entendida que no comprende problemas ni dificultades. No de esa utopía color de rosa en la que nada nos sacude cuando menos lo esperamos y la vida sale según lo planeado. Me refiero más bien a esa felicidad sencilla, contagiosa, que revoluciona todo lo que toca sin que haya un motivo evidente para ello. Me refiero a esa clase de felicidad que sigue ahí a través de las dificultades, de la carga de trabajo, de los días que se hacen cuesta arriba, de los imprevistos… No puedo evitar ver reflejado en Dania ese sentimiento. Tal vez sea tan sencillo, o tan difícil, cómo encontrar lo que amas más que nada, lo que te completa, y dedicarle tu vida. Tal vez haga falta además algo especial, una sonrisa tatuada en el código genético que te empuje a ver siempre el vaso medio lleno, a no conocer límites ni barreras; que te predisponga a mirar no solo tus problemas, sino también los de los demás, que te permita luchar cada día por ser tu mejor tú sin perder nunca ese brillo en los ojos.
Efectivamente, Dania es la clase de persona que aprende sin pensarlo dos veces lenguaje de signos para comunicarse mejor con una persona con discapacidad auditiva. También la que interviene si sus compañeros tienen una disputa para tratar de calmar los ánimos, la que ayuda a todo el que se lo pide y a quien no, la que todos se sienten orgullosos de
tener cerca porque hace más bonito el mundo de quienes la rodean. Honestamente, a veces Dania resulta demasiado perfecta para ser real.
Como la perfección no existe, Dania tiene también sus puntos flacos. Cantar “no es lo suyo”, reconoce entre risas, tampoco montar en bicicleta (más risas), y cursó la ESO con adaptación curricular, para realizar después un programa de formación en tareas administrativas muy alejado de su pasión por todo lo relacionado con la expresión artística. Recién salida del instituto, sus prácticas las realizó en otro centro en el que no conocía a nadie, aunque podría haber optado por seguir en el suyo. Para Dania, aunque sean pequeños, los retos siempre son bienvenidos. De esa etapa, como del resto, no tiene más que buenos recuerdos. Hacer fotocopias, ayudar con esto o aquello, hacer un paréntesis para tocar la flauta para los alumnos de música o reponer los rollos de papel higiénico en los baños… Dania habla de todo con la misma sonrisa con la que lo hace del baile o de su último cuentacuentos. Cada paso, cada aprendizaje, cada experiencia vivida es un motivo de satisfacción.
Fiel a su forma de ver la vida, nunca rechaza una oportunidad, nada le da miedo. Tampoco se queda sentada a esperar que lleguen: Dania permanece siempre en continuo movimiento. Como le gusta el deporte, lleva un tiempo practicando pádel; forma parte también del grupo joven de su Hermandad del Perdón y recorre con ella la ciudad cada Martes Santo; se deja invitar a cada aventura, a cada “¿te apuntas?”; una de sus últimas andanzas la ha vivido subida a una pasarela, porque ¿por qué no? Dania es cada día una Dania nueva, que sabe más de sí misma, de lo que ama y de lo que la hace feliz, de lo que le divierte, de cómo crecer, de cómo superarse y de cómo superarse la hace crecer. Y es que, si una palabra puede llegar a definir a Dania, esa es superación.
Los límites son algo muy subjetivo. A menudo nos creemos los que otros nos dibujan, otras veces somos nosotros los que los diseñamos y nos escudamos en ellos para no caminar más allá de lo conocido, de lo cómodo o de lo fácil. Conforme creces, hay siempre una serie de cosas que alguien, ya sea uno mismo u otra persona, está convencido de que no podemos hacer. No siempre tenemos el valor necesario para desafiar esas creencias.
Hace unos meses invitaron a Dania al evento que realizó su instituto, el IES Cristóbal de Monroy, con motivo de su cincuenta aniversario, junto a médicos, abogados y otros profesionales destacados en diversos campos que compartieron aulas y de los que ahora
estas se sienten orgullosas. Lo que la directora buscaba al invitar a Dania, sin embargo, no era una lista de sus éxitos laborales. Aunque Dania habló, al igual que el resto, de su trayectoria y sus logros, lo que todos escucharon fue una historia sobre cómo ignorar por completo cada idea preconcebida que pretenda limitarnos. Una historia sobre cómo trabajar cada día no por ser mejor que nadie, sino por crear una versión mejor de uno mismo. Sin creer en fronteras, ni en barreras infranqueables, sin creer en nada que pueda hacernos dejar de creer en nosotros mismos.
Dania nació pesando apenas 1,6 kg.. Sus padres se encontraron de repente ante una situación que no habían imaginado y para la que no estaban preparados. “Dania nació con muchos problemas”, asiente la madre cuando recuerda aquellos tiempos. Entonces la salud de la pequeña les hizo ponerse en lo peor y ahora que no tienen que temer por ella tan solo quieren seguir disfrutando de su felicidad. Dania no tardó mucho en desarrollarse y dejar atrás las complicaciones de su nacimiento. Aun así, siempre la ha rondado alguna clase de estigma, como si los demás, bienintencionados en su mayoría, supiesen mejor que ella hasta dónde puede y hasta dónde no puede llegar.
Si se tratase de otra persona, tal vez se habría dejado llevar. Tal vez habría dejado que las ideas preconcebidas y una compasión mal entendida la atasen a una forma de vivir la vida que no era la suya. Tal vez habría asumido el papel que le otorgaban los límites que otros le habían dibujado. Tal vez se habría diluido en lo que el resto esperaba de ella. Si se tratase de otra persona.
Dania no es así. Sus padres le enseñaron a encontrar por sí misma sus límites, a despecho de la opinión ajena, y, una vez encontrados, a desafiarlos. Hoy no pueden más que sentirse orgullosos de ella. Sus ganas de aprender, su afán de superación y su pasión por lo que hace son solo una cara de la moneda. Si algo he aprendido de Dania es que es exactamente la clase de persona que lo cambia todo; que trastoca el mundo que la rodea hasta hacerlo más habitable, más humano.
Y es que Dania es, efectivamente, una de esas personas que sí cambian el mundo. Al menos, su mundo.
MARZO
Comienza a salir de nuevo el sol y las praderas se tiñen de verde. Engañado por la calidez incipiente, un capullo ha tratado de florecer antes de tiempo. La noche, fría aún, lo ha cubierto de escarcha.
Identidad
Nací española. Al menos, eso dice mi carnet de identidad. Qué o quién soy en realidad es algo difícil de decidir.
Supongo que todo comenzó cuando me quité el velo por primera vez. Tenía 15 años y había empezado a usarlo solo dos años antes, con cierto aire de orgullo. En aquel entonces me gustaba el sentido de pertenencia que me daba; como los chicos que llevaban la mochila de su equipo de fútbol o las fans de este o aquel cantante, yo también podía ser parte de algo más, distintivo, propio. Por supuesto, nunca habría dicho algo así delante de mis padres. Para ellos, aunque ya entonces no eran muy religiosos, el significado era mucho más profundo: origen, tradición, espiritualidad, valores…
Como a tantas otras, nunca me obligaron a llevar el velo, pero todavía recuerdo muy bien el día que les conté que había decidido quitármelo. “Si te niegas a ti misma, no eres nada”, dijo mi padre. No volvimos a hablar sobre el tema.
Había tenido suerte en mi instituto. Ahora sé que otras chicas musulmanas han sido, incluso recientemente, expulsadas por vestir el hiyab en clase, pero yo no era consciente de ser afortunada. Es comprensible, ¿cómo llamar suerte a que los compañeros con los que llevas años compartiendo el día a día te miren de repente como si no te conocieran, como si estuvieran viendo a un ser extraterrestre? ¿Suerte tener que escuchar a una
profesora hacer en clase continuas alusiones al islam con tono peyorativo, mientas me lanzaba miradas indignadas? “Alguna alumna se empeña en convertir España en Arabia Saudí, pero esto se arregla con un buen jamón ibérico y un poco de cultura, que para eso está el instituto”, llegó a decir. “Es broma, ni el jamón ibérico puede arreglar algunas cosas”. Nunca se me olvidará. En privado me señaló que estaba haciendo sentir incómoda a la clase, que debería tener más respeto por el país que me había dado la oportunidad de estudiar.
Así empezó todo. De sentirme orgullosa de mi marca de identidad pasé a aborrecer poco a poco todo lo que me hacía diferente. Empecé a tener verdadero pavor a no estar a la moda en esta o aquella tontería, a no conocer el último éxito musical; aunque no era una de mis aficiones, iba al cine cada vez que podía para estar preparada por si surgía alguna película reciente en la conversación. Quería demostrarles que era como ellos, que podía estar a la altura. Empecé a odiar profundamente esa solitaria sensación de ser la rara. No era la única, por supuesto. Había un chico gordito en mi clase al que siempre le metían restos de bocadillos en la mochila cuando no miraba. Observándolo, me alegraba tanto de ser delgada y era tal mi miedo a darles otra razón para mirarme mal, que despreciaba al pobre muchacho profundamente. Una vez dije en voz alta, cuando sabía que me escucharían, que preferiría morirme antes que ser como él. No logré disfrutar mucho la aprobación que logré con aquello de varios de mis compañeros, durante el resto de aquel recreo, porque vi al chico esconderse en una esquina del patio, limpiándose los ojos. Creo que yo le gustaba.
A mí nunca llegaron a hacerme bullying, probablemente me tenían algo de miedo. La mayoría se conformaba con hacer chistes de “moros” y no acercárseme mucho. Dicho así, probablemente parezca poca cosa, pero dolía.
Luego pasó lo inevitable. Empezó a gustarme mucho un chico de la clase, por primera vez. No era nada especial: guapo, hablador, deportista, un poco creído, simpático aun así, y con un talento especial para parecer siempre un poco por encima de todo. Ah, y pasaba olímpicamente de mí. Un cliché.
Me dediqué más de medio curso a tratar de llamar su atención, pero nada funcionaba; simplemente, era como si yo no existiese en absoluto. Lo achaqué a todo lo que me hacía diferente, a mi origen, al hiyab... Llegó un punto en el que odiaba ponérmelo cada mañana, así que decidí dejar de hacerlo. Seguía siendo musulmana, no tenía grandes
dudas respecto a mi fe y lo que creía correcto, pero me esforzaba cada día en no tenerlo muy presente, en dar prioridad a encajar en una sociedad que no me tendía la mano si, a cambio, yo no le entregaba el hiyab.
El primer día que llegué al instituto sin él no me reconocieron. Cuando, a media mañana, el rumor había corrido de clase en clase y todos estaban enterados, empezó lo que yo tanto había esperado. Fui muy feliz ese día, como no creo que vuelva a serlo nunca: por fin tenía un sitio en su pequeño mundo. “Estás muy guapa”, “¡qué cambio!”, “vaya rizos”, “tienes que plancharte el pelo, verás que bien te queda”, “qué valiente”, “has sido muy valiente”; de repente mis compañeras tenían mil y un trucos de belleza que enseñarme, sabían cómo disimular ese lunar, cómo aparentar unos ojos más grandes… A uno de los muchachos lo escuché decir algo como “no, si va a resultar que estás buena y todo” y me guiñó un ojo. Nunca un chico se había atrevido a hablarme así cuando llevaba el hiyab. Permanecí algo desconcertada, con una sonrisa boba y orgullosa, durante varios días, mientras veía cómo mi posición en el grupo cambiaba y todo se reorganizaba a mi alrededor. Incluso el chico que me gustaba empezó a mostrar interés en mí, como varios otros. Ni siquiera me hice la difícil y empezamos a salir.
Fue bonito, en su momento. Creo... Lo nuestro no duró mucho. Un día le pregunté qué pensaría si volviese a ponerme el velo y me respondió que él no salía con bichos raros. No sé por qué no rompimos en ese momento, pero tampoco tardamos mucho en hacerlo. Será ingenuo, pero solo después de aquello me di cuenta de que nunca le había gustado como persona.
En Bachillerato llegué a un punto de inflexión con mi familia. No había renegado del islam, no de Allah, al menos, pero seguí aborreciendo progresivamente todas y cada una de las señas de identidad que me vinculaban al país de origen de mi familia, Libia, o a sus tradiciones. Dejaron de gustarme los platos típicos que mi madre había aprendido de la suya y que hacíamos en las celebraciones, oculté que hablaba árabe e hice que mis amigas me llamasen Nadia en vez de Najwa, mi nombre.
A día de hoy nadie, excepto mis padres, me conoce como Najwa, y creo que muchos de mis amigos ni siquiera saben que en mi DNI me llamo de forma diferente a como me llaman ellos. Hace un par de años descubrí que Najwa es también el nombre de una reconocida actriz española y de una famosa escritora y académica libia, pero era tarde ya para recuperar esa parte de mí. Me he acostumbrado a ser Nadia.
Aprendí, sin embargo, que es aún más difícil que la gente te acepte cuando no te aceptas tú a ti misma, y mis esfuerzos por vivir como una española de pleno derecho tampoco se pueden considerar del todo exitosos. Si, por alguna razón, debo decir mi nombre real o el origen de mi familia, la gente suele mostrarse muy sorprendida, “parecías española…”. ¿Parecía? Soy española. He nacido aquí. Hablo tu lengua. ¿Parecía? Soy española… ¿No? Tampoco yo estoy segura. Pese a todo, mi historia, mis raíces, mis apellidos, parte de mi familia sigue estando en la otra orilla del Mediterráneo. ¿Qué soy en realidad? Ni siquiera he pisado Libia, no sé cómo son sus ciudades, ni sus gentes, no sé nada de ellos. He ido deshaciéndome de cada detalle que me vinculaba a mi origen, como si de un lastre se tratase. ¿Qué soy entonces?
Estudié Turismo. Pensé que así sería más fácil aceptar que formo parte, de alguna forma, de más mundos que el resto, pero nunca lo es. En mi trabajo llevo una placa que pone “Nadia Mohamed” (no he podido evitar el apellido) y en los pocos meses que llevo me han preguntado ya un par de veces si me costó mucho adaptarme a Occidente, qué pienso de los problemas de la mujer en el mundo islámico (“tú que lo has vivido”), y me han felicitado en una decena de ocasiones por lo bien que hablo español. Yo sonrío con cara de circunstancias, “he nacido aquí”.
Últimamente tengo menos claro que nunca quién soy, a qué pertenezco o cuál es mi papel. Empiezo a entender a mi padre, su enfado, hasta qué punto me he negado a mí misma para poder formar parte de una sociedad que sigue tratándome como extranjera, que sigue mirándome con recelo. Echo de menos las comidas de mi madre, la ilusión de aquellos primeros días con el velo, las leyendas libias que me contaba mi abuelo cuando era niña; echo de menos mis raíces.
Estos días he vuelto a ir a la mezquita, buscando probablemente una conexión con lo que he perdido, con la parte de mí que he dejado de lado, como un defecto desagradable que se oculta para mejorar tu imagen social. La semana pasada, saliendo, una chica de mi edad aproximadamente, con el velo, se acercó a saludarme. Había notado que estaba empezando a ir y me dio la bienvenida; por lo visto hay otra familia libia y dice que les haría mucha ilusión conocerme. Me da vergüenza que sepan los años que llevo sin tocar el Corán.
Desde entonces he quedado un par de veces con la chica para tomar un café y charlar. Ha sido extraño. Dice que me entiende muy bien. Se llama Fátima, es española, casada con
un marroquí desde hace un par de años. Me ha contado que cuando se puso el velo por primera vez, en su casa estuvieron a punto de pegarle. Proveniente de una zona deprimida, tuvo problemas con el alcohol y, tras una paliza de su anterior pareja, estuvo a punto de suicidarse. Nunca había creído en nada, pero el islam le enseñó un mundo más allá de su vacío y le dio motivos para vivir.
Dice que, desde entonces, solo quiere saber más sobre cómo ayudar a otras personas al igual que a ella la ayudaron. Como española, siente también responsabilidad por la situación de los musulmanes en otros países, muchos destrozados a causa de la ambición desmedida y el egoísmo occidental. Supongo que tiene razón, ellos han obligado a tantos de nosotros a salir de sus hogares y ahora ni siquiera podemos conservar los pocos pedazos de nuestra cultura que nos quedan, si queremos “encajar” en su mundo.
No sé qué debería hacer. Cada vez que me miro al espejo y veo mi pelo, recuerdo todo lo que he ido borrando de mí y de mi vida para no ser diferente, para no ser el bicho raro, incómodo, peligroso. A veces desearía ser peligrosa, para que se arrepintieran de todo lo que lloré cuando salía del instituto cada tarde sintiéndome una apestada.
Escuchando a Fátima me he dado cuenta de cuánto echo de menos mis raíces. Dice que va a presentarme a gente que ha pasado por lo mismo que yo, que no es tarde para volver la mirada al islam y reivindicar nuestros derechos; que los que nos han hecho sentirnos miserables por ser diferentes deberían pagar por ello. No voy a llevarle la contraria; llevo demasiado tiempo sintiéndome miserable como para fingir que no me gustaría hacérselo pagar a alguien.
Ayer volví a quedar con ella, aunque no llegué a verla. Al llegar a la zona de la mezquita, donde solemos encontrarnos, había coches de policía por todas partes y Fátima no me cogía el teléfono. Pregunté a un par de personas si sabían lo que estaba pasando, pero no parecían tenerlo muy claro. Hoy ha salido en las noticias la detención de varios enlaces del Daesh aquí. Fátima no ha vuelto a cogerme el teléfono.
La mezquita es un caos ahora. He tratado de acercarme hoy, para tratar de enterarme mejor de la situación, pero unos gamberros estaban tirando pintura en la entrada. Me han gritado “puta mora” y otras cosas que no he llegado a entender. No he tenido valor para enfrentarme a ellos y me he vuelto a casa.
Siento tanta rabia, tanta impotencia. Era la primera persona que me hacía sentir bien con mis orígenes en muchos años. Trato de no pensarlo mucho, pero en el fondo creo que me hubiese gustado saber lo que podía contarme. Estoy cansada de escuchar solo la mitad de la historia, me hubiese gustado escuchar la otra mitad.
Es curioso, acabo de recordar algo. Una de las veces que nos vimos, medio en broma, me pidió que anotase un número de teléfono “por si un día necesitas hablar y no estoy yo”. Bueno, si alguna vez en mi vida he necesitado desesperadamente hablar con alguien, es hoy. Me duele la cabeza, llevo horas dando vueltas en mi salón, si doy una más voy a volverme loca. ¿Debería llamar? No soy ingenua, sé a qué pertenece ese número de teléfono; si lo hago no habrá vuelta atrás.
He marcado y borrado ya tres veces el número en el móvil. Ojalá tuviese alguien a quien pedir consejo ahora mismo, pero me he ido deshaciendo a lo largo de estos años de todos en los que podría confiar para algo así, mis amigos no saben nada del islam o de mi cultura. Si solo hubiese podido entrar hoy en la mezquita… Sé que alguien me hubiese ayudado… ¿No? Estoy tan harta de estar tan sola… Si solo tuviese…
La llamada da tono un par de veces y luego, al otro lado de la línea, una voz masculina, grave, cálida, me responde en español.
—¿Sí?
Me doy cuenta de que he pulsado uno de mis contactos en marcación rápida en vez de teclear el número que me dio Fátima.
—Papá… Perdona, he marcado sin… Te… Hace tiempo que no hablamos. ¿Cómo estás? Te echo de menos.
—¿Najwa?
Respiro durante unos segundos antes de responder. Najwa; es un nombre bonito. Hace tanto que no veo a mis padres que me había olvidado de lo bien que sonaba.
—¿Najwa? ¿Estás bien?
Soy Najwa. Claro que lo soy. Un nudo amargo en la garganta me recuerda lo mucho que lo había echado de menos. A él, a su voz cálida pronunciando mi nombre, a mi propio nombre…
ABRIL
Los parterres se llenan de pequeñas flores que amenazan derrocar a los rosales. La exuberancia repentina nos hace olvidar los otoños ajenos, mientras bailamos al ritmo del viento en torno a nuestro propio sol.
Culpa del césped
Juan José se levanta todas las mañanas a las 06:25 de la mañana, con tiempo suficiente para acercarse al quiosco de la esquina a por El Periódico de Aragón, ducharse, comer algo y salir hacia su trabajo. A Juan José le gustan las rutinas. Nunca tarda más de siete minutos en ducharse, y eso solo si hace frío y le apetece estar más tiempo bajo el agua templada, no demasiado caliente. Desayuna siempre cereales con leche de avena, porque no digiere bien la lactosa. Además, su médico le ha recomendado que no tome mantequilla, por el colesterol, así que nada de tostadas. No se considera parte del fenómeno “healthy” que triunfa en las redes, pesa un poco más de la cuenta y tiene casi cincuenta, tampoco le gustan las modas. Sin embargo, trata de cuidarse. Sabe que la dieta tiene mucho que ver con el estado de salud y no le gusta nada estar enfermo: es demasiado activo para estar en cama. Esa es también la razón de que no le importe echar la mayor parte del día en la oficina, donde acaba de conseguir un nuevo ascenso.
—Mamá, mira. Hablan del trabajo de papá en el periódico. —Miguel es el hijo pequeño de Juan José. Tiene solo 8 años, pero le encanta leer. Mientras desayunan ojea el periódico y busca la información deportiva, imitando a su padre. Es el mimado de la familia. Llegó cuando nadie lo esperaba, pero ahora no se imaginan la vida sin él.
—Deja eso, Migue, cariño. Termínate las galletas, vais a llegar tarde al cole. —Roser, esposa de Juan José desde hace casi 18 años, es una mujer bajita que parece
continuamente sobrepasada por la situación—. Pepe, ¡termina de peinarte de una vez! Por favor, no entiendo qué haces con tanta laca.
El hijo mayor, Pepe, está en plena adolescencia. Desde la cocina se escucha la pelea que mantiene en el cuarto de baño con el secador y demás artilugios. Su objetivo: el tupé años 50 modalidad “soy casi peligroso” que arrasa en el instituto.
—Mamá, sale el jefe de papá en el periódico. De verdad, ¡mira! —Migue continúa pegado a las páginas de internacional, tratando de entender el titular que encabeza la sección—. ¿Qué es una bomba de ra…? Raci…
—Dame eso, niño, —gruñe su padre—. No deberían poner esas cosas así, en los periódicos. Lo puede leer cualquier crío.
—Tú no deberías dejar que el niño cogiera el periódico, tan chico. Esas cosas son para mayores, Migue, —interviene la madre mientras unta un poco de crema de chocolate sobre la tostada de Pepe, que sigue haciendo uso del bote de laca—. ¡Pepe, o vienes o te quedas sin desayunar!
—Papá, ¿tú matas gente?
—Pues claro que no. Qué tontería, —responde Juan José torciendo el gesto.
—¡Miguel! —Roser se escandaliza y le quita el periódico de las manos a su marido—. Esto va a la basura ahora mismo. ¡Pepeee!
INTERNACIONAL
UN NEGOCIO SANGRIENTO
La masacre de ayer en Yemen lleva la misma firma que
las últimas bombas de racimo españolas
X. / Zaragoza. La información más reciente procedente de Yemen prueba
Son casi las 6 de la tarde. Juan José juega con las llaves del coche mientras echa un vistazo por la ventana de su despacho. La mañana ha sido especialmente lenta, casi como el resto de la tarde. Al menos, después del almuerzo, un problema en la cadena de montaje de una pieza lo ha mantenido ocupado durante un par de horas. A eso se dedica: Juan José resuelve problemas. Evalúa la situación, propone una solución y presenta un informe. Es un trabajo sencillo, pero no todos son capaces de hacerlo. Juan José es bueno, muy bueno. Siempre sabe qué proponer y cómo hacerlo. Ahorra dinero a la empresa y facilita el trabajo de los empleados. Todos ganan.
Juan José se ha ganado el respeto que le muestran en la empresa. Es la mano derecha del jefe y normalmente está muy satisfecho con su trabajo, pero hoy no. Tal vez porque la jornada ha estado inusualmente tranquila o porque tiene ganas, por una vez, de volver a casa. Sabe que no ha hecho todo lo que podría para evaluar correctamente el problema de montaje y, aunque no ha cometido ningún fallo, no está orgulloso. Cuando trata de concentrarse se le entrecruza el titular de esta mañana y piensa en lo que tendría que haber dicho. ¿“Negocio sangriento”, dar de comer a su familia? ¿Cómo pueden acusarle de algo así? Culpable es quien aprieta el gatillo, quien lanza la granada, no quien la fabrica, no él. Nunca le ha puesto una mano encima a nadie… Es un trabajo más.
Por fin, el smartphone vibra: 18:00. Hora de volver a casa. Por el camino, disfruta del tacto del volante y la palanca de cambios de su todoterreno. Cuando algo le preocupa, conducir siempre acaba por relajarle. Las curvas trazadas perfectamente, derecha, izquierda, izquierda de nuevo, le devuelven su sensación de control. Dieciséis minutos después se detiene ante la puerta del garaje de casa. Con un poco de suerte, los niños seguirán en extraescolares y podrá ver sin interrupciones ese concurso de la tele. Aparca, entra en casa, se descalza, abre una bolsa de snacks teóricamente saludables y se arrellana en el sillón. El programa acaba de comenzar y uno de los concursantes ya ha fallado tres preguntas seguidas, probablemente pierda.
Fase final. Una chica nerviosa se lleva el bote. El público aplaude y cae confeti. Juan José consulta la hora en su smartphone, intranquilo. Deberían estar ya en casa, nunca se quedan
tan tarde. Hace más de un cuarto de hora que Roser tendría que haberlos traído del colegio. Zapea sin decidirse a ver nada. Entrevistas a políticos, un documental sobre la vida del escarabajo pelotero, reposiciones de series… Un sonido agudo y corto le indica la llegada de un mensaje. “Calles cortadas por asfaltado, llegamos más tarde”. Juan José hace un gesto de contrariedad y vuelve a poner en marcha el mando. Más series, un documental sobre la comida rápida; noticias.
Una tras otra, una sucesión de imágenes grabadas en vertical y con mala calidad desfilan tras la pantalla. Campamentos de refugiados, niños esqueléticos tendidos sobre una manta raída, labios resecos, madres que lloran con un pequeño cuerpo en los brazos, ojos con una sombra de muerte que miran directamente a la cámara…
Clic. Juan José apaga el televisor, incómodo. Basta de drama por hoy. No es culpa suya. No lo es. Camina hasta la cocina arrastrando las babuchas. Un día desagradable. Todavía hace calor, así que abre el refrigerador y extrae una cerveza. La abre, vuelca su contenido en un vaso grande y se sienta de nuevo en el sillón, esta vez con el portátil. Ha decidido que dará una vuelta a ese informe. Le apetece trabajar. Sin el jaleo de los niños la casa está demasiado vacía, le vendrá bien concentrarse. Tal vez la clave esté en sustituir definitivamente la máquina que falla por el sistema manual, en lugar de dedicar más presupuesto a arreglarla. Se les están agolpando los plazos de entrega.
GUERRA CIVIL EN YEMEN
EMERGENCIA HUMANITARIA
Save The Children cifra en 85.000 los niños yemeníes
menores de cinco años muertos por malnutrición severa
X. / Saná. El conflicto armado que asola Yemen ha dejado al país al borde
de la hambruna, que se ceba con los más pequeños. Mientras sus padres mueren bajo fuego enemigo, ellos lo hacen por falta de alimento (…)
La cena transcurre sin sobresaltos. Juan José y Roser discuten sobre la necesidad de contratar a otro jardinero. Ella es partidaria de una renovación completa: cambiar el césped y replantar el seto de la entrada, los troncos son ya demasiado leñosos y ha perdido frondosidad en los últimos meses. Los chicos, por su parte, discuten por el mando del televisor.
—¡Mamááá! Pepe no me deja poner los dibujos. —¡Mentira! Te he dicho que después te los pongo.
—¡Pepe! Por favor, —interviene la madre tras una acalorada declaración sobre las bondades del césped noruego—. Dale el mando a tu hermano, tendrías que estar estudiando ya. No vayas a acostarte a la una. Migue, cariño, ¿quieres más puré? Pepe, deja de jugar con los canales. ¡Que le des el mando a tu hermano!
Algunos minutos de tira y afloja más tarde, Migue consigue poner por fin los dibujos animados y se acurruca en el sofá, con las rodillas pegadas al cuerpo y la clara intención de no despegarse de la pantalla mientras no sea imprescindible. No transcurre mucho hasta que se queda dormido. Su padre lo lleva a la cama y, con Pepe en su habitación, quedan solos en el salón Roser y Juan José.
—He estado pensando… ¿Cres que…? —Roser titubea.
—¿…Mm? —Su marido contempla ensimismado el teclado de su ordenador, para romper después a teclear rabiosamente durante unos segundos.
—¿Cres que…? Bueno, sé que está todo manipulado y… Pero… ¿Y si el periódico tuviera parte de razón?
—¿Razón en qué? —Juan José levanta la cabeza con gesto de contrariedad, —Es solo que… Bueno… Si nadie vendiera armas nadie las usaría…
—¿Qué eres ahora, una de esas pacifistas que creen en los unicornios? —Juan José se ha puesto, de repente, algo rojo.
—Claro que no —Roser retrocede y cambia de táctica—. Solo digo que… Bueno… Tal vez no tendrían por qué vendérselas a esa gente.
—Qué estupidez. ¿Cuándo compras un cuchillo te hacen un cuestionario antes de vendértelo? ¿Matará usted a su padre con él, señora? Ridículo…
—En el periódico venían fotos horribles…, —se estremece.
—¿Y son culpa mía? ¿Eso es lo que estás tratando de decir? —El color de Juan José ha subido algún tono más.
—Claro que no, no he querido decir eso… —Roser retrocede de nuevo mientras reúne nerviosamente unas motas de polvo de la mesa.
—Mira, no tengo tiempo para esto. Tengo que trabajar. El césped noruego hay que pagarlo —gruñe mientras vuelve a aporrear el teclado de su portátil.
Roser se levanta y pasa un paño con limpiacristales sobre el cristal de la mesa. Por fin, se sirve una copa de vino y se sienta en el sillón, frente a su marido.
—Cariño, mañana no te olvides de comprarle a los niños las equipaciones para la extraescolar nueva.
Juan José asiente con la cabeza sin mirarla y continúa escribiendo. Roser lo observa teclear unos minutos y luego pone la televisión. Cambia el canal de dibujos animados, el de telenovelas, la teletienda… Y llega al canal de noticias.
Esta vez no son niños. Roser se queda petrificada durante unos segundos mientras observa cómo un hombre trata de extraer el cadáver de una mujer de entre los escombros. Detrás siguen cayendo las bombas. El cámara corre y la imagen se balancea rítmicamente. Un estampido. Otro. Pasa junto a un chico joven tendido en el suelo, con la cara y la ropa ensangrentada.
GUERRA CIVIL EN YEMEN
Nuevos bombardeos han sembrado de muerte Saná
dejando varias víctimas civiles y decenas de heridos
X. / Saná. Las fuerzas aliadas de Arabia Saudí han atacado zonas
residenciales y un parque de la capital en medio de la tregua acordada con las diversas facciones en conflicto, en una guerra que, según Acled, ha dejado ya más de 60.000 muertos en el país más pobre de África (…)
En el refugio, nadie se siente a salvo. Tal vez porque no es realmente un refugio. Todos esperan que las bombas no alcancen ese punto de la ciudad, más alejado y sin objetivos militares, pero saben que la guerra no siempre tiene lógica. Al menos, no para ellos. El lugar está repleto, aunque cada vez menos. La semana pasada un hombre perdió a su esposa y a su hijo en el bombardeo de un mercado. Ahora no quiere ir al refugio cuando los aviones comienzan a sobrevolar Saná. Dice que su lugar está con ellos y todos saben que, aunque sobreviva, siempre se culpará por no haber podido protegerlos. El último bombardeo ha dejado solo a un chico de unos 10 años. Su hermano mayor era el único familiar que le quedaba en la ciudad. Desde que lo perdió trabaja en lo que puede o busca comida en la basura.
Los heridos o mutilados se cuentan por cientos. A una mujer joven, de poco más de veinte años, le falta una pierna. Para caminar se ayuda de las muletas y de su hija mayor, que a sus siete años tiene la mirada de un adulto.
—Mamá, Ahmed no está aquí. —Un niño se abre paso entre la gente hacia su madre, asustado.
—¿Ha visto a mi hijo? Venía conmigo… ¿Ha visto usted a mi hijo?
En el suelo otra madre trata de amamantar a su hijo, pero su cuerpo no produce leche suficiente para alimentarlo. El pequeño se pega al pecho delgado y seco de ella. Hace días que no come.
Clic. Hora de irse a acostar. Roser apaga el televisor mientras reflexiona sobre lo que acaba de ver. Definitivamente hay que replantar ese seto. El programa de jardinería que ha encontrado tras pasar rápidamente por el canal de noticias ha conseguido convencer incluso a su marido. Perfectamente explicado. Mañana buscará esa web que han mencionado. Tal vez venga información sobre tipos de césped. Roser recoge los platos que quedaban en la encimera, se deshace de las sobras y pone el lavavajillas en marcha. Debería haberlo puesto después de comer, pero estaba nerviosa por el tema del periódico. No tenía que haber dicho nada del tema. Los periodistas lo confunden todo. Y después ese canal de noticias… Por suerte solo fueron unos segundos los que tardó en cambiar de canal y su marido apenas se dio cuenta. Un verdadero descubrimiento ese programa de jardinería. Ha apuntado variedades, mejor fecha para plantar y posibles alternativas al boj. De todos modos, le gusta el boj, pero siempre hay que estar prevenidos. Nunca se sabe cuándo puede haber otra plaga, como con los picudos rojos y las palmeras. El ciprés enano también queda bonito. ¿Por qué hay tantos setos bonitos? Roser se agobia con las decisiones de su jardín y se sirve una copa más de vino mientras mira por la ventana. Hay que ir pensando en cambiar el perímetro de la piscina, la imitación de madera ya no se lleva.
MAYO
Los niños esperan ansiosos la llegada del verano, juegan en la tierra, sobre las flores aplastadas. Hay una serpiente oculta cerca de los columpios, hoy ha envenenado las risas. Manos infantiles han arrancado los pétalos de las amapolas.
Cosas de niños
Rubén tiene 10 años y un montón de amigos. No se le dan muy bien las asignaturas, pero hay que tener en cuenta que es un niño hiperactivo. Día sí, día también, Rubén llega a casa con la ropa sucia y algún que otro moratón; todos saben que es un “trasto”. Últimamente se centra cada vez menos y los profesores están preocupados: ha dejado por entregar los últimos trabajos. Está repitiendo 4º de EGB, la actual Educación Primaria, pero sus padres, que lo conocen, saben que es inteligente. Cuando algo consigue atraer su atención o se propone una meta concreta, nadie lo supera. Sin embargo, esto ocurre cada vez con menos frecuencia. También le cuesta abrirse, incluso con su madre. Desde hace tiempo ya no cuenta nada en casa de sus amigos o de los profesores e, incluso, se niega a que lo acompañen papá o mamá al salir de clase. Dice que es mayor para eso. Corre el año de 1994.
Han pasado dos años. A duras penas, Rubén ha conseguido llegar a 6º curso y se prepara para pasar al instituto; definitivamente no le gusta nada estudiar. Al menos, se consuelan sus padres, es un buen chico. Hoy Ana María, su madre, ha salido temprano del trabajo y ha ido a buscarlo al colegio. Normalmente Rubén vuelve solo, ya que su escuela está al lado de casa y, aunque viven en Madrid, están en un barrio residencial muy tranquilo. En su zona, todos se conocen. Cuando Ana María ha llegado a la calle por la que regresa su hijo, se ha topado con una escena estremecedora: un chico delgadito, “poca cosa”, camina
mientras trata de sostener las tres enormes mochilas que carga: una a la espalda, otra en el brazo derecho y otra más en el izquierdo. Detrás de él, varios muchachos ríen y se dan codazos cómplices: le han obligado a llevar sus mochilas hasta sus casas. El chico que se tambalea bajo unos veinte kilos de mochilas escolares no es otro que Rubén.
Dos años de abusos físicos y humillaciones continuas se ocultan tras la escena que Ana María acaba de ver. Ninguna de las señales que, hoy, resulta fácil asociar con una situación de acoso escolar, había conseguido destapar la verdadera historia de Rubén. “Caídas” constantes, golpes, moratones que aparecen sin explicación aparente, bajo rendimiento en los estudios, introversión al hablar del colegio… Para su familia y conocidos es tan solo un niño hiperactivo, algo “trasto”, al que no le gustan los estudios. La realidad es que, desde que tuvo que repetir 4º de EGB, con tan solo 10 años, sus nuevos compañeros le esperan todos los días al salir de clase para pegarle, en proporción de veinticinco a uno. Porque pueden. Rubén cuenta por fin a su madre que varios profesores llevan ridiculizándole delante de sus compañeros desde que comenzó la EGB, se ríen de él con otros chicos, comentan en clase reuniones privadas mantenidas con Ana María o le bajan los pantalones en público para pegarle como “castigo”.
Hace mucho tiempo que Rubén ha dejado de preguntarse por qué. Cuando sus compañeros le abren la puerta del servicio donde está haciendo sus necesidades para insultarlo o llamarle “guarro”, ya no le extraña. Ha llegado a creer que es normal, incluso justo. A su madre le dice que son sus amigos, que no se preocupe. Tiene miedo de que le digan que es por su culpa, de que lo castiguen, de estar haciendo algo malo. Cuando, pocos días después de haber contado en casa la verdad, en el comedor del colegio sus “amigos” le dicen, ante la mirada impasible del profesor, que le pegarán una paliza a la salida si no les besa las plantas de los pies, Rubén vuelve a plantearse no decir nada a sus padres. Es otra vez Ana María quien, al ver nuevos moratones en los brazos de su hijo, consigue que le cuente lo sucedido.
Han pasado veintidós años desde aquello y ni él ni sus padres han olvidado ningún detalle. Aunque aquel niño, que se echó a llorar cuando sus padres le dijeron que iría a un instituto diferente del de sus “amigos”, es ya un adulto, las cicatrices siguen doliendo y el pasado no ha dejado de pasarle factura. Rubén no logró pasar la ESO, el fantasma de lo que había tenido que vivir le hizo alejarse de los estudios hasta los 28 años, cuando finalmente reunió el coraje necesario para presentarse al examen y sacar el Graduado Escolar. A punto de obtener el título de Bachiller, puede echar la vista atrás y decir que, gracias a sus