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PROGRAMA No HECHOS DE LOS APÓSTOLES

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Academic year: 2021

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PROGRAMA No. 0359

HECHOS DE LOS APÓSTOLES

Cap. 4:1 - 24

Continuamos hoy nuestro estudio del capítulo 4 de este libro de los Hechos de los Apóstoles, que iniciamos en nuestro programa anterior. Como ya vimos, tenemos aquí la primera persecución de la iglesia y el poder del Espíritu Santo. Dijimos también que este capítulo 4 revela el resultado del segundo sermón de Pedro. Cinco mil hombres fueron salvados. Los apóstoles fueron arrestados y puestos en la cárcel por instigación de los saduceos, cuyo único motivo fue su proclamación de la resurrección de Jesucristo. Leamos, otra vez hoy, los primeros dos versículos de este capítulo 4 de los Hechos:

Hechos 4:1-2 “. . . la resurrección de entre los muertos.”

Quisiéramos resaltar aquí algo que es realmente sorprendente, si no lo ha notado ya.

¿Quiénes fueron los que encabezaron la persecución del Señor Jesús y que por fin lograron que fuera arrestado y puesto a la muerte? Fueron las autoridades religiosas, especialmente los fariseos. Ellos fueron los enemigos de Cristo cuando El estuvo en la tierra. Ahora, sabemos que más adelante algunos fariseos fueron salvados. Sabemos por ejemplo que Nicodemo fue salvo y que José de Arimatea probablemente era fariseo. Sabemos también que Saulo de Tarso era fariseo. Al parecer había muchos otros fariseos que llegaron a un conocimiento salvador del Señor Jesucristo. Después de que los fariseos habían acabado con el Señor Jesús, su enemistad y su rencor pasaron. Pero ahora tenemos a los saduceos

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quienes no creían en la resurrección y ahora son ellos los que se constituyen en los enemigos porque los apóstoles estaban predicando en cuanto a la resurrección de Jesucristo.

Permítanos explicar algo en cuanto a esto. El autor de estos estudios bíblicos el Dr.

Vernon McGee, nos dice que nunca se ha ocupado en ningún movimiento, ni en ningún intento de reforma para tratar de poner en orden las cosas en los pueblos o ciudades donde ha servido como Pastor. Nunca creía que le correspondía hacer esto. Por muchos años, dice él, le tocó servir como Pastor en una Iglesia ubicada en el centro de la ciudad de Los Angeles en California. En esa ciudad había algunas estrellas del cine que han sido famosas, pero, con el pasar del tiempo su fama se ha desvanecido. Muchas veces estas ex-estrellas se ocupan en alguna clase de obra de reforma social, después que su fama se opaca. Quizá lo hacen debido a alguna clase de reacción personal. Pues bien, cierta vez, dice el Dr. McGee una dama que en su día había sido estrella de Hollywood le llamó por teléfono y le pidió que sirviera en un comité que trataba de extirpar los vicios y abusos en el centro de la ciudad de los Angeles. El Dr. McGee le contestó que estaba de acuerdo en que había necesidad de que los vicios fueran extirpados, pero le dijo que sentía mucho, pero no podía servir en su comité. La dama quedó sorprendida y le dijo: “¿No es usted ministro? ¿No tiene interés en extirpar los vicios?” El Dr. McGee le contestó que sí, por supuesto. Que estaba muy interesado en eso, pero que no serviría en su comité porque no creía que así se hacían las cosas. Luego el doctor McGee le citó a esta dama unas palabras que le había dicho años antes el doctor Bob Schuller, quien dijo: “Somos llamados a pescar en el vivero, pero no para limpiar el vivero.”

Y amigo oyente, este mundo es un lugar donde pescar. Jesús dijo que nos haría pescadores de hombres y que debemos pescar en el mundo. No somos llamados a limpiar el vivero. Nuestra tarea, amigo oyente, es pescar y ver después que el pescado se limpie completamente.

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Hemos notado que los más grandes enemigos de la predicación del evangelio no son los cantineros. Los miembros de las cuadrillas de rufianes nunca son la principal preocupación contra el evangelio. ¿Sabe usted amigo oyente, quienes son los que más hostigan? Son los llamados líderes religiosos, los que sólo profesan ser seguidores de Cristo, pero quienes son realmente enemigos de la predicación del evangelio. Ellos son los peores antagonistas. No son los miembros de alguna cuadrilla de rufianes, sino estos religiosos de teología “liberal”. Ellos son los saduceos de nuestros tiempos. Ellos son los que niegan lo sobrenatural. Niegan la Palabra de Dios con sus labios y con sus vidas. Y es importante amigo oyente, que veamos esto.

Los saduceos de aquel entonces y los saduceos de nuestro tiempo tratan de incomodar a cualquiera que predique la resurrección. Y amigo oyente, note usted que ellos permiten que se predique acerca de Jesús. Permiten que uno diga que Jesús fue un individuo dulce y bueno, un tipo hasta miedoso. Y si usted lo hace así, pues, no se hallará en ningún apuro.

Pero se hallará en muchos apuros si usted predica a Jesucristo como el poderoso Salvador que vino a esta tierra, denunció el pecado y murió en la cruz por los pecados de los hombres, y luego resucitó en gran poder. Ese es el mensaje que aborrecen. Cuando los apóstoles lo predicaron, estos saduceos le llevaron ante el Sanedrín. Leamos los versículos 3 y 4 de este capítulo 4 de los Hechos:

Hechos 4:3-4 “. . . y el número de los varones era como cinco mil.”

Ahora, no olvidemos que todo esto ocurrió en el pórtico de Salomón, después que Pedro predicó su sermón. Si fueron salvados unos cinco mil hombres solamente, ¿cuántas mujeres y niños más creerían? Esta fue sin duda alguna una gran multitud de personas que se convirtió a Cristo en aquella ocasión.

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Nunca nos ha gustado criticar a Simón Pedro. No podemos menos que amarle. Y no hay la menor duda que Dios le usó de una manera grande y poderosa. Los versículos 5 y 6 de este capítulo 4 de los Hechos dicen:

Hechos 4:5-6 “. . . Alejandro, y todos los que eran de la familia de los sumo sacerdotes.”

Ya hemos visto antes a este grupo. También están aquí, y con toda su astucia, Anás y Caifás, los dos hombres que condenaron a muerte a Jesús. Ahora, el versículo 7 dice:

Hechos 4:7 “. . . o en qué nombre, habéis hecho vosotros esto?”

Notemos que Pedro y Juan son los que son traídos ante el Sanedrín. Esto ocurrió después que el cojo había sido sanado y Pedro había predicado su segundo sermón. El Sanedrín demanda entonces saber con qué poder y en qué nombre hacían ellos estas cosas.

Y veamos la respuesta de Pedro, aquí en los versículos 8 hasta el 12 de este capítulo 4 de los Hechos:

Hechos 4:8-12 “. . . dado a los hombres, en que podamos ser salvos.”

Ahora, fíjese usted que dice aquí que Pedro es lleno del Espíritu Santo. No dice que fue bautizado con el Espíritu Santo. El ya había sido bautizado con el Espíritu. Pero dice que Pedro fue lleno del Espíritu Santo, lo cual le capacitó para este servicio. Y a usted y a mi, amigo oyente, nos hace falta también la plenitud del Espíritu Santo. Esto es algo que debemos buscar; es algo que debemos querer devotamente. Pero, uno no se queda y espera el bautismo del Espíritu. Ellos tenían que quedarse y esperar el día de Pentecostés, día en que todos fueron bautizados en un cuerpo. En ese día sí fueron bautizados en el cuerpo

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que es la iglesia de Cristo. Pero, si usted viene a Jesucristo hoy amigo oyente, no tiene que esperar. Usted será bautizado con el Espíritu Santo y colocado en el cuerpo de creyentes, en el mismo momento en que usted es regenerado.

Ahora, notemos que hasta este momento, cada vez que Pedro abría su boca, metía la pata, como decimos. Pero, esta vez, Pedro tenía sus pies calzados con el apresto del evangelio de la paz. Es lleno del Espíritu Santo y habla lo que debe hablar.

Describe lo que le había ocurrido al cojo como un beneficio. Dice: “Nos estáis interrogando acerca del beneficio hecho y queréis saber de qué manera el enfermo haya sido sanado.”

Y Pedro sigue haciéndoles observar dos cosas en cuanto al Señor Jesús. La primera es que fue crucificado y que resucitó de los muertos. Y la segunda es que Jesucristo es la piedra. Jesús había dicho: “. . . sobre esta roca edificaré mi iglesia.” Ahora, ¿Quién es la roca? La Roca es Cristo mismo. ¿Quién es la piedra? ¿Es la Iglesia, o es Simón Pedro?

No. Ninguno de los dos. Es el Señor Jesucristo. El ha llegado a ser Cabeza del ángulo.

Esto ha sido hecho mediante la resurrección. Y fíjese usted que la resurrección es central en la predicación del evangelio.

Ahora, recuerde usted que la pregunta fue: ¿Con qué poder y en qué nombre habían hecho estas cosas? Y después de explicar la fuente del poder, Pedro ahora se refiere al nombre. Y dice en el versículo 12: “Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos.” Es decir que Pedro vuelve hasta el nacimiento de Jesús y a las instrucciones del ángel, allá en el capítulo 1 del evangelio según San Mateo, versículo 21, cuando el ángel habló con José y le dijo: “Y

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llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.” Amigo oyente, El es el Salvador.

Y Pedro deja en claro, y nosotros queremos dejarlo en claro también y acentuar el hecho de que cuando usted amigo oyente, acude a Jesucristo, usted viene a El para salvación. No hay otro nombre bajo el cielo. Cuando usted acepta ese nombre, significa que acepta a la persona que representa o sea al Señor Jesucristo. La ley no le puede salvar.

La religión tampoco le puede salvar. Una ceremonia tampoco puede salvarle. Solo uno, amigo oyente, el nombre de Jesús le puede salvar. Jesús es el nombre de aquella persona que bajó a esta tierra para salvar a Su pueblo de sus pecados. Cuando alguien acude a El por fe, esa persona se salva. No hay otro a quien acudir para poder obtener la salvación.

¿No es interesante que en la larga historia de este mundo, y entre todas las religiones del mundo, no se pueda hallar oferta alguna de una salvación segura? Alguien preguntó en cierta ocasión a un predicador en cierta iglesia que cree en la regeneración por medio del bautismo, y que enseña que uno necesita ser bautizado para poder ser salvo, alguien preguntó: “Mire, si me bautizo como usted dice: ¿Puede usted asegurarme, o puede asegurarme esa ceremonia de que soy salvo? Y el predicador respondió: “No.” “No le puedo garantizar de que sería salvo.” Amigo oyente, permítanos decirle algo hoy en día.

No hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que se pueda ser salvo. Si usted acude a El, entonces usted será salvo. Eso garantiza su salvación.

Y este fue también el mensaje de Simón Pedro, mensaje que dio mientras estaba lleno del Espíritu Santo. Fue un maravilloso mensaje que le dio al Sanedrín. Continuemos ahora con el versículo 13 de este capítulo 4 de los Hechos:

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Hechos 4:13 “. . . y les reconocían que habían estado con Jesús.”

Estos hombres no habían asistido a ningún seminario teológico. Pero, los hombres del Sanedrín notaron que ellos habían estado con Jesús. ¡Cuán maravilloso amigo oyente, es tener una vida que de algún modo u otro, dirija la atención de los demás hacia la persona del Señor Jesucristo! Continuemos con los versículos 14 y 15 de este capítulo 4 de Hechos:

Hechos 4:14-15 “. . . Concilio; y conferenciaban entre sí.”

¿Cree usted que por fin, al ver personalmente al hombre sanado, y después de haber escuchado la plática de Pedro, fueron acaso conmovidos? ¡No! De ninguna manera. Esto se observa al ver la forma como prosiguen en su conferencia. Ahora el versículo 16:

Hechos 4:16 “. . . moran en Jerusalén, y no lo podemos negar.”

Ni aún los saduceos de aquel entonces pudieron negar que un milagro había sido hecho.

Pero son los de teología liberal, los que viven en el siglo veinte, alejados por muchos años y por muchos kilómetros, quienes niegan la existencia de los milagros. Y quisiéramos decir aquí que si uno de ellos hubiera estado allí en aquel entonces, habría tenido mucha dificultad en negar el milagro. El señor Liberal de aquel entonces tuvo que decir: “No puedo negar lo que ha ocurrido.”

Hay muchas personas hoy en día, que dicen que si tan sólo les fuera posible presenciar un milagro, entonces creerían. Pero, eso no es verdad. Esta multitud aquí en el capítulo 4 de los Hechos había visto un milagro y no creyó. Y usted tiene la misma naturaleza humana que tenía aquella gente, amigo oyente. El creer no es un asunto de la mente. Lo

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que determina lo que creemos es nuestra voluntad y nuestro corazón. Es el corazón, lo que es tan perverso. No es que hace falta la evidencia. Es la condición del corazón humano la que tiene la culpa de que no tengamos suficiente fe. Ahora, note usted que estas autoridades continúan conspirando y dicen aquí en los versículos 17 y 18 de este capítulo 4 de Hechos:

Hechos 4:17-18 “. . . hablasen ni enseñasen en el nombre de Jesús.”

Ahora, los apóstoles tienen una respuesta lista para ellos. Note usted la respuesta de ellos en los versículos 19 al 22 de este capítulo 4 de los Hechos:

Hechos 4:19-22 “. . . este milagro de sanidad, tenía más de cuarenta años.”

Uno creería que el corazón de los hombres del Sanedrín habría sido enternecido por esto. Pero, no sucedió así, sino lo contrario, ya que sus corazones fueron endurecidos aun más. Consideremos ahora el poder del Espíritu Santo. Leamos los versículos 23 y 24 de este capítulo 4 de los Hechos:

Hechos 4:23-24 “. . . el cielo y la tierra, el mar y todo lo que en ellos hay.”

Notemos la escena aquí: Pedro y Juan han sido puestos en libertad y han regresado a la Iglesia. Y dan su informe. Tenemos aquí una descripción de una gran reunión de la Iglesia primitiva. Y creemos que nunca antes haya logrado la Iglesia un nivel tan alto, una condición tan espiritual como la que se describe en cuanto a esta Iglesia. Hallamos el secreto de esto en su oración. No es simplemente una oración cualquiera. Es un himno de alabanza. Dicen: “Soberano Señor, tú eres el Creador.” Amigo oyente, tememos que la

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Iglesia hoy en día, no esté tan segura de que el Señor sea Dios y Creador. ¿Está usted amigo oyente, seguro de eso? ¿Esta usted seguro hoy, de que Jesús es Dios? Eso tiene muchísima importancia. Y es precisamente aquí, donde la Iglesia ha perdido su poder.

Lamentablemente amigo oyente, nuestro tiempo se ha agotado, así es que tenemos que detenernos aquí. Pero continuaremos Dios mediante en nuestro próximo programa y contamos desde ya con su siempre fiel y valiosa sintonía. Será pues hasta entonces, que el Señor le bendiga muy ricamente.

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