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San Juan de la Cruz. La biografía *

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REVISTA DE ESPIRITUALIDAD 72 (2013), 291-300

NOTAS Y COMENTARIOS

San Juan de la Cruz. La biografía

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TEODORO POLO (Madrid)

Con este título tan rotundo, que indica voluntad de asentar cimien-tos sólidos en la vida de san Juan de la Cruz, se ha publicado, hace algunos meses, esta obra que presentamos en la Revista de Espiritua-lidad.

Su autor es José Vicente Rodríguez, carmelita descalzo, gran es-pecialista de la vida y obra del místico abulense. Es editor de las obras completas de san Juan de la Cruz en la Editorial de Espirituali-dad (la primera edición data del año 1957, se ha ido revisando y me-jorando a lo largo de los años hasta alcanzar la sexta actual del año 2009). El autor conoce a la perfección el texto sanjuanista, y su edi-ción crítica (acompañada de introducciones doctrinales de Federico Ruiz) es una referencia ya clásica para acercarse con garantía a los escritos de san Juan de la Cruz. Tiene también muchos estudios histó-ricos y doctrinales sobre el santo. Menciono solamente estos dos: San Juan de la Cruz, profeta enamorado de Dios (Madrid, Instituto de Espiritualidad a distancia, 1987), 100 fichas sobre san Juan de la Cruz (Burgos, Monte Carmelo, 2008)1. El autor, por tanto, no es un

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JOSÉ VICENTE RODRÍGUEZ, San Juan de la Cruz. La biografía, Madrid, San Pablo, 2012, 954 pp.

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La bibliografía de José Vicente Rodríguez es muy amplia. Imposible de enumerar en esta nota. No se ha limitado a escribir sobre san Juan de la Cruz. Ha escrito biografías del misionero carmelita Juan Vicente de Jesús María (1952, 1995), de Santa Teresa de Lisieux (1997), de la farmacéutica madrile-ña y mártir carmelita Elvira Moragas (1998), de los mártires carmelitas de

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advenedizo. Ha dedicado muchos años a estudiar con rigor y pasión al santo carmelita. Por ello el autor y sus escritos son plenamente fia-bles (así lo remarca el historiador Teófanes Egido en el prólogo de es-ta obra, al cual remitimos para ampliar otros datos de interés sobre el biógrafo). Tantos años de dedicación le han dado una familiaridad con el místico, que me atrevo a decir que san Juan de la Cruz es para él su compañero de camino, su acompañante cercano, o más aún: su guardián.

Nos encontramos con una biografía voluminosa (son más de 900 páginas). Podría calificarse como el fruto de un gran “corredor de fondo” que paciente e incansablemente, durante muchos años, ha ido caminando tras las huellas de san Juan de la Cruz y ahora ha llegado por fin a la meta, gozoso de ofrecernos esta biografía de su querido san Juan de la Cruz. Una biografía que se precie de seria no se puede escribir rápidamente o a la ligera. Se necesitan años de investigación, de documentación concienzuda, de búsqueda de datos y materiales en archivos y bibliotecas, de múltiples lecturas contrastadas. Al mismo tiempo se necesita un trabajo hermenéutico que sepa depurar y des-lindar los datos fiables de los que se alejan de la verdad histórica. En el caso de san Juan de la Cruz este doble trabajo es muy necesario, pues tenemos escasez de testimonios históricos sobre su vida y ade-más, tal como han apuntado algunos historiadores, la figura de san Juan de la Cruz ha sido manipulada o deformada biográficamente se-gún esquemas hagiográficos barrocos2. Estos dos aspectos los ha rea-lizado José Vicente Rodríguez. Ha pasado muchas horas en archivos en búsqueda de ese documento que aclarara lagunas que existen en la vida del santo. Al mismo tiempo ha realizado la labor interpretativa-crítica. Él no es un historiador de profesión y tal vez algunos puristas puedan achacarle que el valor que da a ciertas fuentes no se acomoda

Toledo (2007), etc. Su producción bibliográfica transciende los temas carme-litanos. No olvidemos su bello ensayo Miguel de Unamuno, proa al infinito (2005)

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Quien más ha insistido sobre este asunto es el historiador T. Egido. También J. L. Sánchez Lora. Sus trabajos son citados en esta biografía. Los valora, pero no acepta su radicalidad en ciertos puntos. Si para los dos histo-riadores las declaraciones de los testigos en los Procesos de Beatificación y Canonización apenas tienen validez histórica porque se acomodan a la finali-dad barroca de construcción de un modelo de santo, José Vicente los valora como material no desdeñable para conocer la vida real del santo.

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a las exigencias y metodología de la historia. Pero lo cierto es que Jo-sé Vicente no peca de ingenuo y sabe concederle a esas fuentes la fiabilidad que merecen. Esa criteriología la tiene muy clara cuando sabe ordenar cuidadosamente los materiales de los que uno se puede fiar para emprender la biografía sanjuanista. En las páginas 39 a 56 señala cuáles son esas fuentes a las que hay que recurrir. Evidente-mente sitúa en primer lugar -no podía ser de otro modo-, las propias noticias autobiográficas que aparecen en los escritos del santo3. Las otras son y en orden decreciente: los testimonios de santa Teresa, las actas de gobierno y declaraciones primeras de los testigos (anteriores a los procesos de beatificación y canonización que transmiten frescu-ra y cercanía con la vida del santo, y por tanto no se ajustan a los es-quemas esteriotipados de los procesos barrocos de santidad), los pro-cesos de beatificación y canonización (donde se deja sentir la retórica de la santidad de la época barroca) y otras fuentes o estudios. José Vicente ha sabido utilizar con gran maestría unas y otras para ofre-cernos un “dibujo biográfico” que se acerque lo máximo posible al personaje real e histórico de Juan de la Cruz. Insiste mucho José Vi-cente en no desdeñar los testimonios de aquellos que convivieron con el carmelita y que extraprocesalmente transmiten experiencias o vi-vencias del carmelita que después sería beatificado y canonizado. En esta biografía ocupan gran espacio esos primeros testigos oculares, confidentes muchos de ellos, de la propia vida de Juan de la Cruz: fray Juan Evangelista, por ejemplo, amigo y confesor del santo, pero también fray Jerónimo de la Cruz (para saber datos de su estancia en Baeza), o monjas como María de la Cruz (Machuca) que “recuerda puntualmente varías de las enseñanzas oídas a san Juan de la Cruz (p. 492), y muchos otros más que proporcionan detalles preciosos sobre la vida de Juan de la Cruz. Puede parecer excesiva la amplitud que se

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Es verdad que san Juan de la Cruz, a diferencia de santa Teresa, es muy parco a la hora de dar noticias de su propia vida, pero contamos con valiosí-simas referencias autobiográficas e históricas en sus cartas, en sus poemas, y también con alusiones indirectas en sus obras más doctrinales. José Vicente ha sabido detectar esas citas autobiográficas y las apunta a lo largo de esta biografía. Sin lugar a dudas la propia “experiencia” del santo está detrás de la exposición doctrinal y son sus escritos la mejor biografía. Adivinar esa bio-grafía secreta o interna es un trabajo que todavía está por hacer. Cfr. B.SESÉ,

Autobiografía secreta de san Juan de la Cruz: San Juan de la Cruz nº 46 (2011-2012) pp. 171-186.

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les concede, pero el testimonio de esta galería de personajes que vi-vieron muy cerca de él es imprescindible para aproximarnos a un Juan de la Cruz de carne y hueso4.

Preocupación del autor en esta biografía ha sido presentar un san Juan de la Cruz alejado de los estereotipos ascéticos que predomina-ron en los comienzos de la historiografía de la Orden. Las biografías modernas del siglo XX (la de Bruno, Silverio, Crisógono, Efrén-Otger) con mejor documentación corrigieron aquel rigorismo de los comienzos y presentaron un Juan de la Cruz “dulce, afable, alegre que así había sido” (p. 27). José Vicente Rodríguez ha querido “cons-truir un relato para presentar al auténtico fray Juan de Cruz” (p. 30), al “fray Juan integral” (p.31), a pesar de ser un personaje escurridizo. La declaración de santidad del fraile carmelita no debe ser impedi-mento para escribir la vida de tal personaje sin caer en los defectos de la hagiografía barroca. A la pregunta de si un santo puede tener bio-grafía y no sólo hagiobio-grafía responde afirmativamente.

Tenemos por tanto esta biografía que culmina los esfuerzos de es-te corredor de fondo que es José Vicenes-te. Hace ya algunos años él mismo sugería que todavía no teníamos esa biografía moderna que honrara la figura de san Juan de la Cruz, reconstruyera la hondura humana del santo y que, de alguna manera superara y completara la clásica del P. Crisógono del año 19465. Animaba a hacerla a la luz de las nuevas investigaciones históricas (sobre todo las surgidas en torno

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Los capítulos 16 y 21 que tratan de la estancia de Juan de la Cruz en Baeza y Granada están construidos mayoritariamente como una sucesión y acumulación de estos testimonios. Es verdad que rezuman inmediatez y reve-lan aspectos desconocidos de la personalidad de Juan de la Cruz, pero tam-bién es cierto que, a veces, cortan fluidez a la narración biográfica. No habría estado mal haber anotado el año en que se hace la declaración para darse cuenta de la proximidad de fechas entre la vida del santo y el año en que se hace la declaración.

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Cfr. JOSÉ VICENTE RODRÍGUEZ, P. Crisógono de Jesús y su vida de san Juan de la cruz: Archivum Bibliographicum Carmeli Teresiani nº 30 (1995) pp. 231- 277. En este artículo hacía valoración crítica de esta biografía (hagiografía para T. Egido), y apuntaba qué capítulos necesitaban de mejoras. Otros artículos se sitúan en esta misma línea: El avance de la biografía san-juanista en el siglo XX en S.ROS (ed), La recepción de los místicos. Teresa de Jesús y Juan de la Cruz (Salamanca, Universidad Pontificia, 1997 pp. 271-292; Ensayo de historiografía sanjuanista en D.ZUAZÚA (ed), Historio-grafía del Carmelo Teresiano (Roma, Teresianum, 2009) pp. 73-92.

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al IV Centenario de la muerte del santo en 19916. Decía entonces que debía ser un trabajo en equipo, de colaboración entre varios. La obra

Dios habla en la noche. Vida, palabra y ambiente de san Juan de la Cruz (Madrid, Editorial de Espiritualidad, 1990), donde la conjunción de texto e imágenes la hacen muy atractiva, publicación en la cual él colaboró, era un buen ejemplo y anticipo de lo que deseaba. Tal obra no ha llegado, pero mientras llega (si llega algún día) tenemos ésta, fruto de la madurez de su autor que es digna de todos los encomios7.

El hecho de que el autor de la obra sea carmelita descalzo le da a esta obra una impronta especial. Lo indica Luis Enrique Rodríguez-San Pedro Bezares en el epílogo: “José Vicente posee la ‘vivencia’ de la Orden carmelita y todo el amor por el personaje” (p. 917) ¿Qué quiere decir esto? Significa que esta biografía esta escrita por alguien cercano a la propia opción y experiencia de san Juan de la Cruz. La sintonía religiosa y afectiva con el personaje que biografía es grande y se nota en algunos pasajes del libro. Esto no es demérito del libro ni le quita objetividad, sino todo lo contrario. La vivencia es también condición de conocimiento para filósofos de la historia como W. Dilthey. Ella puede servir de clave de comprensión para ciertos as-pectos de la vida del santo. Por eso es de agradecer que José Vicente haya dado a luz esta biografía. Actualmente es la persona viva (junto quizás con E. Pacho y F. Ruiz) que mejor conoce a san Juan de la Cruz. Estaba llamado a hacerla: por preparación y sabiduría, por cer-canía, familiaridad con el personaje, y también, digámoslo claramen-te, por amor y cariño hacia su hermano de Orden.

El libro se halla estructurado en tres grandes bloques que respon-den a los tres grandes periodos biográficos de san Juan de la Cruz: el primero Juan de Yepes Alvárez (1542-1563) recorre los primeros

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La biografía de EMILIO MARTÍNEZ, Tras las huellas de san Juan de la Cruz. Nueva biografía (Madrid, Editorial de Espiritualidad, 2006) quiere ser esa biografía que tiene en cuenta las contribuciones de los historiadores con-temporáneos y que no se olvida de enmarcar la figura de Juan de la Cruz en los contextos históricos, culturales y religiosos en los que se movió.

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Se lamenta el autor en la p. 63 de no ser más joven y tener mayor prepa-ración para haber seguido profundizando en la vida del santo. Una queja que no compartimos pues sus muchos años y su mucha preparación confieren un carácter especial a esta biografía que corona la vida y el entusiasmo de José Vicente por divulgar la figura y doctrina de san Juan de la Cruz en múltiples campos (libros, artículos, conferencias, charlas…).

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años del santo, desde Fontiveros donde nace hasta la entrada en el noviciado en el Carmen en Medina del Campo; el segundo periodo;

Juan de Santo Matía (1563-1568) abarca los años de novicio en Me-dina y los años de formación universitaria en Salamanca, junto con el trascendental encuentro con santa Teresa que encauzó, de alguna ma-nera, sus inquietudes vocacionales; y por último la tercera, la más amplia del libro, titulada Juan de la Cruz (1568-1591), se abre con la fundación del monasterio de Duruelo, que dio origen a la Reforma de los Descalzos y se cierra con la muerte en Úbeda y el traslado de su cuerpo a Segovia. Estos tres bloques que forman el núcleo fuerte del libro vienen precedidos por una larga presentación, donde el autor explica las motivaciones que le han llevado a escribir esta biografía, analiza las hagiografías y biografías existentes, presenta las fuentes y la criteriología de las que se va a servir para hacer tal biografía, y adelanta ya una “silueta de Juan de la Cruz” que se va a ir explicitan-do y delineanexplicitan-do a lo largo del libro. Se cierra la biografía con un anexo a modo de resumen cronológico de la vida del santo, teniendo en cuenta tanto el marco religioso en que se movió como la propia trayectoria vital. En esta parte final se publican también unos apéndi-ces (una bibliografía selecta) y diversos documentos (p. ejemplo la carta de María de san José, quizás dirigida a san Juan de la Cruz, en donde expone su sentir sobre las tensiones que hubo en los comienzos de la Orden entre el P. Gracián y el P. Doria) que pueden esclarecer o iluminar aspectos de la vida de fraile carmelita8. La biografía se com-pleta con un prólogo del historiador Teófanes Egido y un epílogo del también historiador Luis Enrique Rodríguez-san Pedro Bezares, am-bos sanjuanistas de prestigio que avalan esta obra9.

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Es una pena que no haya un índice de nombres y lugares. Animo al au-tor a hacerlo para una segunda edición. Sería una gran ayuda para investiga-dores o para lectores que quieran seguir las pistas de los muchos personajes que aparecen en la biografía. Aprovecho esta nota para sugerirle también al autor proporcionar una bibliografía más amplia, que podía aparecer al final de los capítulos o bien al final.

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En el prólogo a la par que se elogia al biógrafo como gran conocedor sanjuanista se ensalza la obra como “excepcional” sin entrar en debate sobre si tenemos ya la biografía definitiva del carmelita o si todavía no hemos de-jado atrás las marcas de la hagiografía. El epílogo, rico en tantos matices, presenta la personalidad compleja y múltiple del santo y es muy esclarecedor para ahondar en aspectos que en esta biografía no hayan quedado resueltos.

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La biografía en sí misma consta de cuarenta capítulos10. Muy den-sos, repletos de información. Da la impresión de que el biógrafo no ha querido dejar nada fuera, y por eso da muchos detalles11. Conoce las últimas investigaciones históricas y les da cabida en la obra. Los grandes hitos del personaje biografiado son presentados con mucha exhaustividad y en algunas ocasiones amplía conocimientos novedo-sos (por ejemplo la estancia en Baeza).

Más arriba se señalaba que uno de las pretensiones del autor de esta biografía había sido presentar a (san) Juan de la Cruz en su hon-dura humana. Este es uno de los haberes positivos que merecen des-tacarse de este libro. Con frecuencia se ha deformado o distorsionado su personalidad. El “hombre celestial y divino” como atinadamente lo calificó Santa Teresa ha sido interpretado como el carmelita contem-plativo, duro, incluso cruel e insensible. Resaltar los valores humanos de fray Juan de la Cruz es uno de los objetivos conseguidos del libro; se pueden leer por ejemplo las pp. 21-22 para darse cuenta de ello. En ellas con gran maestría literaria se nos dan unos pinceladas que van dejando aflorar la silueta de una “personalidad variopinta y polivalen-te”. Estos breves apuntes logran ir integrando armónicamente los apa-rentes contrarios que aparecen en Juan de la Cruz. Un ejemplo: “Es un hombre que lo mismo hace de hortelano, que de peón de albañil. Compone los mejores versos de la poesía lírica española, lo mismo que hace un diseño de Cristo en la cruz, o va cantando y llenando el aire de coplas por los caminos, o gime como una paloma en la cárcel, de la que se fuga arriesgándolo todo […] Lo mismo funge de

exorcis-10

Los capítulos van narrando cronológicamente la vida del santo. Esta cronología se corta en el capítulo 23 para hablar del Juan de la Cruz viajero, y en los capítulos 36 al 38, poco antes de la muerte en Úbeda, para buscar “constantes de comportamiento en su vida” y presentar el magisterio oral y escrito del santo. Creemos que estos capítulos hubieran tenido cabida mejor al final como resumen de la personalidad tan rica y múltiple de fray Juan de la Cruz. Estas páginas, si bien no se pueden desvincular de la propia historia del santo, son más doctrinales que narración biográfica.

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A ciertas partes de la obra, según nuestro parecer, no les vendría mal cierto despojamiento (según propio espíritu sanjuanista). Por ejemplo el ex-curso ¿De estirpe judia? (pp. 72-73), la relación completa de las Reglas de los alumnos externos de la Compañía (pp.106-108), la detallada entrega por parte de Ana de Peñalosa de objetos de ornamento y de culto al convento de Segovia (pp. 597-598), etc. Aunque no debe asustar la cantidad de páginas de esta biografía, tal adelgazamiento contribuiría a una lectura más fluida.

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ta, que como si fuera pitagórico, escucha la música de los astros o dialoga con la fuente cristalina de la finca conventual” (p. 23-24). Es-tas páginas se deben completar con el capítulo 36 (“Materiales para una semblanza de san Juan de la Cruz. Constantes de comportamien-to en su vida) que pretende ofrecer los rasgos definidores de una per-sonalidad tan rica y esquiva. Este capítulo quiere huir de la construc-ción barroca de la santidad sanjuanista. Aparece como el hombre sen-cillo, humilde, sin dobleces, que al mismo tiempo que oraba y vivía en presencia de Dios ejercía la caridad con los enfermos, no sólo pro-porcionarles buenos alimentos en tiempos de penuria, sino animándo-los con la “terapias de la risa y de la música” (p. 412), el hombre de los silencios contemplativos y también el hombre de magisterio oral y de dirección espiritual… Estas páginas de gran finura quieren ser co-mo el resumen de una vida que es más que la sucesión de datos y fe-chas. La cronología no hace justicia a una vida; por eso José Vicente Rodríguez no se ha limitado a la mera enumeración sucesiva de hechos, sino que se ha atrevido a dar sentido e interpretación al “dra-ma interior” (en expresión de J. Baruzi) que sintió san Juan de la Cruz a lo largo de su vida. Esta biografía sabe combinar la biografía exter-na con la biografía interexter-na que siempre se nos quedara secreta y por decir, y a la que sólo podemos acceder por aproximaciones.

Y es que la figura de san Juan de la Cruz es pluriforme y muy rica en contenidos. El historiador Luis Enrique en el epílogo dice que po-dríamos encontrar cuatro dimensiones fundamentales en Juan de la Cruz, cuatro vectores que atraviesan su biografía: “el Juan de la cruz observante y ascético, despojado, apellido de la “cruz” que renuncia por amor de preferencia; el intelectual, el dialéctico razonable forma-do universitariamente entre la Escolástica y el Humanismo; el con-templativo con conocimiento y experiencia abisal; el lírico creativo, el poeta enamorado exclusivista y ávido, que canta su fascinación plástica y depuradamente. Nada más y nada menos” (p. 934). Efecti-vamente, nada más y nada menos. Son palabras muy bellas para defi-nir a alguien que escapa a esquemas, que no se deja atrapar en defini-ciones apresuradas o simplificadoras. Del propio Luis Enrique son es-tas palabras: “la propia figura de Juan de la Cruz se presta al descon-cierto y a la ambigüedad interpretativa, como si se nos escapara en una continua e incesante fuga.”Ni eso, ni eso otro” (p. 916). Alguien, por otra parte, que no encuentra fácil acomodo en los comienzos de la

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Orden que se movía entre una línea ascética contemplativa y otra más activa apostólica.

Esta “personalidad compleja y libre” ha dado lugar a interpre-taciones múltiples. La hagiografía del barroco nos dio un Juan de la Cruz asceta, milagrero, contemplativo ante todo. Las biografías mo-dernas dulcificaron esa imagen aunque no lograron superar los este-reotipos de entonces. (Jean Baruzi lo intentó en su obra del año 1924 y abrió caminos nuevos). Otras biografías más recientes se han movi-do más en el terreno de la ficción o novela histórica (me refiero a las de J. M. Javierre y Carlos Ros)12. La biografía de José Vicente quiere presentarnos un Juan de la Cruz cercano, y por ello ha entretejido su relato (una biografía tiene mucho de narración) con los testimonios de aquellos que le conocieron bien y cuyos testimonios no podemos des-echar como mera invención. No rehuye de la verdad histórica, pero quizás lo que más le ha interesado, y esto es una intuición de quien esto escribe, es atrapar la verdad existencial de un hombre que vivió una vida llena de contradicciones fecundas, es decir tratar de conectar con la verdad del personaje13. El interés de esta biografía radica en tratar de alcanzar la dimensión vivencial del biografiado14. José

Vi-12

Los historiadores han recelado de la biografía por considerarla un gé-nero impuro o híbrido entre la historia y ficción, es decir entre lo real y lo in-ventado. La biografía -según ellos- no tendría en cuenta las exigencias cientí-ficas de la historia que busca la veracidad de los hechos. Durante algún tiem-po se la consideró un género menor. Hoy día se esta produciendo un floreci-miento del “modo biográfico” de acercarse a los hechos pasados. Véase la obra de F.DOSSE, Le pari biographique. Ecrire une vie, Paris, La Decouver-te, 2001. Existe traducción castellana en Valencia, Universitat de Valencia, 2007.

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R.BARTHES distinguía entre el “effet de réel”, que sería el cometido de la historia, y el “effet de vecú” que sería la ambición del modelo biográfico. De ahí la importancia que tiene también en el género biográfico la retórica o la imaginación como recurso para lograr acercarse a las figuras pasadas. No olvidemos que la biografía es ‘escritura’ de una vida. Lo que sí es claro es que la biografía (en lo que puede contener de verosimilitud o ficción) no tiene la intención de agotar el sentido real de la historia. Verdad del personaje y verdad factual de la historia se complementan.

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Sin caer en la psicología, esta biografía quiere llegar al “ethos” perso-nal que subyace en la vida de Juan de la Cruz. Acaba de aparecer una biogra-fía de san Ignacio de Loyola que se sitúa en esta línea (cfr. E.GARCÍA H ER-NÁN, Ignacio de Loyola, Madrid Taurus, 2013).

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cente se ha atrevido con ese reto y nos ha ofrecido La Biografía de san Juan de la Cruz. Con este titulo valiente quiere dar carta de vali-dez a unos hechos históricos que navegaban en la ambigüedad. Lo suyo no se puede confundir con una novela histórica o una biografía novelada o literaria. No ha pretendido alejarse de la veracidad históri-ca, y ha hecho el esfuerzo de comprenderla para iluminar la verdad del personaje de la que hablábamos antes. Se le puede achacar que los contextos sociales, culturales y religiosos no estén muy tratados. Las exigencias científicas de una biografía histórica no pueden silenciar las estructuras económicas, sociales, demográficas… en las que se si-túa el personaje biografiado. No hubiera estado mal haberlas apunta-do.

La Biografía de José Vicente no quiere ser la definitiva. El mismo autor dice que está “sujeta a revisión y mejoramiento” (p. 62). Evi-dentemente en ella hay puntos discutibles, aspectos que se presten a otras interpretaciones (pienso ahora en el papel de Juan de la Cruz cuando era miembro de la Consulta, o su relación con Santa Tere-sa….)15, temas revisables en los cuales esta biografía no quiere ser la última palabra. Es una biografía honesta, que deja hablar tanto a Juan de la Cruz como a aquellos que trataron muy de cerca con él (los tes-tigos oculares que recogieron las frescas impresiones de aquel fraile que les sorprendía continuamente). Es una biografía sería que el lec-tor leerá con fruición, pues ese rigor crítico esta salpicado de humor hilarante que harán agradable la lectura de esta biografía de Juan de la Cruz “teonauta insigne”, que voló por las infinitudes divinas, pero que no se olvidó de vivir la caridad con todos (especialmente con los enfermos), ‘pájaro solitario’ y libre que cantó la ‘dichosa ventura’ de la unión con Dios y la supo comunicar a todos.

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Me pregunto: ¿fue tan “dócil novicio” (p. 172) fray Juan de la Cruz cuando la madre Teresa le explicó sus planes fundacionales? ¿Su tempera-mento contemplativo no chocaba con el espíritu más apostólico de la funda-dora? Por otra parte en el conflicto Doria-Gracián no es tan evidente el recha-zo de Juan de la Cruz a las posiciones de Doria en el ideal carmelitano (no así en su forma de actuar autoritario y sibilino). Las sugerencias de Luis Enrique en el epílogo para ir perfilando la personalidad compleja de Juan de la Cruz deberían ser tenidas muy en cuenta para futuras biografías.

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