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BOLETIN DEL INSTITUTO ESTUDIOS ASTURIANOS

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D I P U T A C I O N P R O V I N C I A L D E O V I E D O

BOLETIN DEL INSTITUTO

D E

ESTUDIOS ASTURIANOS

(SUPLEMENTO DE CIENCIAS)

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Páginas

Singularidad bio-espiritual del hom bre, por, M. C rusafont Pairo 3 V iaje botánico de D urieu por A sturias, em prendido en el año 1835, de Jacques G ay, traducción y notas, por, José A n to n io Jau-regui, S. J. ... ... 31

Sobre la term ogravim etria de carbones asturianos, por, José

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D I P U T A C I O N P R O V I N C I A L D E O V I E D O

BOLETIN DEL INSTITUTO

D E

ESTUDIO S A STU RIAN O S

(SUPLEMENTO DE CIENCIAS)

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SINGULARIDAD BI0-ESP1RITUAL DEL HOMBRE

PO R

M. CRUSAFONT PAIRO

(C áted ra de P aleontología. U niversidad)

Mi prim era alusión a la singularidad del hombre, definido como “este desconocido” po r Alexis C arrel y como “paradoja” por el P. T eilhard de Chardin, podría llevar como lema básico esta prem isa: “El hom bre, este ser, que tanto piensa y da que p en sar”.

No quiero e n tra r en el tem a que encabeza estas líneas sin hacer hincapié en este te rrib le defecto que tanto impide la construcción de la “Jeru salén te rre stre ”, como dice felizmente un autor, que es el desconocimiento del hom bre por el hombre. E sta nefasta incapacidad para el conocimiento propio y ajeno que provoca todos los males de nuestra época y de las ante­ riores. Un au to r tan m aterialista o, por decir mejor, tan posi­ tivista como Sillm an, califica al hom bre como “este genio idio­ ta ” o “este cobarde heroico”, refiriéndose en prim er lugar, a su especial condición de ap titu d para la técnica e incapacidad p ara la com prensión y am or al prójim o y, en segundo, por su “agresividad” am parada en sus condiciones de fácil escapatoria al peligro. Sin llegar a estas calificaciones que nos parecen

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de la palabra, es evidente que existe en el hom bre algo que “todavía” no funciona como es d e b id o ; en una palabra que la H um anidad está aún inm atura en su propio proceso de evo­ lución.

Al e n tra r ya en el planteam iento del tem a enunciado, diga­ mos que aún aceptándose por una gran m ayoría de paleontó­ logos y de paleantropólogos el hecho de la evolución del cuerpo hum ano a p a rtir de un ser p reex isten te (que sería el “b arro de la tie rra ” de la expresión bíblica) y que, por lo tanto, el Hom bre, desde el punto de vista biológico no es un epifenóm eno en el cortejo histórico de la vida en ascención estru ctu ral, tenem os que reconocer la existencia en él de una serie de singularidades ya incluso dentro del campo de lo p u ram en te físico-químico y biológico de su entidad, que luego seguirán m ucho m ás m ar­ cadas todavía en el terreno de su espiritualidad en la cual, con todo, habrá de m arcar su im pronta el m ism o influjo evolutivo que llevó a cabo su eclosión en el m undo de los vivientes.

En realidad, la singularidad del H om bre como ser esp iritu al viene condicionada hasta cierto punto, aunque im portante, por sus singularidades biológicas y ésta es la cuestión que más nos interesa hacer resaltar.

Y ello porque es el resultado de las m ás m odernas investi­ gaciones sobre lo que se ha dado en lla m a r el “H om bre to tal”. El uso de la palabra “singularidad” ya nos vino sugerida por el P. T eilhard de C hardin (1955) y precisam ente fué el ilustre jesuíta francés quien más insistió en la interacción esencial en tre el cuerpo y el alm a desde el p u n to de vista científico.

La tendencia del H om bre hacia la lib ertad en e! sentido m ás am olio de la palabra, com prende tam bién su liberación dentro del terreno de lo puram ente biológico y po r lo que a ello respecta, no hace más oue re d u n d ar el cam ino seguido por los V ertebrados desde los Peces hasta los M am íferos y dentro de éstos, los Prim ates.

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-En la evolución de los Vertebrados (comprobada de una ma­ nera casi perfecta en la actuailidad gracias a los inmensos “stocks” de fósiles de que se dispone) vemos esta vía abierta “hacia la libertad” físida traducida en muchísimos aspectos de su ascensión estructural, o lo que es equivalente, de su pro­ greso biológico, concepto éste que no está desmentido ni por el más acérrimo de los positivistas.

Desde los Peces, pasando por los Anfibios y los Reptiles para llegar a los Mamíferos, y en el interior de esta últim a Clase por los P rim ates hasta llegar al Hombre, encontramos una serie de fenómenos correlativos, extraordinariam ente im­ portantes y numerosos de los cuales destacaremos aquí solo aquellos que más nos interesan para no ser prolijos. La “li­ beración” con respecto del ambiente (independización, al fin y al cabo) viene dada por la adquisición de grados más perfec­ tos de organización de los diversos sistemas corporales de cada Clase: en el de la reproducción ñor la protección progresiva de los huevos y disminución correlativa de su número, así como por la reducción de la prole cuya supervivencia se halla gra­ dualm ente más y más garantizada, hasta el extrem o de desa­ rrollarse el embrión dentro del seno de la m adre y hasta las ciudados postnatales. Paralelam ente, la “libertad” se canonista m ediante el perfeccionamiento del sistema nervioso, sobre todo central (cerebro), a través del orogreso de cerebralización (vía de “complejidad-conciencia” del P. Teilhard) con el oroeresivo aum ento de tam año del mismo, con la mayor superficie de los hemisferios m ediante progresiva circunvolución que llega a su máximo exponente en la extravasación exagerada del te- lencéfalo (telencefalización) oue en el Hombre llega a recubrí..1

el llamado “territorio central” o “ínsula” ; este aumento de su­ perficie compensa el desarrollo del volumen endocraneano que se haría excesivo para las porprociones armónicas del cuerpo. Otro de los caminos de “libertad” biológica viene indicado, a través de la historia de los Vertebrados por la aligeración pro­

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gresiva del cuerpo por pérdida de elem entos exoesqueléticos, por la perfección de las articulaciones que perm iten m ovim ien­ tos m ás precisos y controlados.

Todas estas consideraciones sin em bargo, tienen una aplica­ ción general a la Evolución de todos los V ertebrados agrupados en sus Clases que se van jerarquizando estru c tu ra lm e n te a lo largo del curso biológico y este cam ino de independización se hace más claro y más perfecto dentro del O rden de los P rim a ­ tes, en la Clase de los M amíferos, que son los anim ales con je ra r­ quía superior dentro de los C raniados (anim ales con cráneo, equivalentes a V ertebrados).

Todo lo dicho h asta aquí no hace sino p re p a ra r el terren o para el advenim iento del H om bre en la cum bre del proceso de la E v o lu ció n ; dentro de las directrices indicadas h asta ahora, el H om bre no hace más que llev ar hasta el m áxim o los proce­ sos de superioridad estru c tu ra l cuyo desarrollo hem os seguido a través del curso evolutivo del ciado de los V ertebrados. D e­ jando aparte la cuestión del alm a que es la m áxim a singularidad del Hom bre, por lo dicho h asta aquí apenas difiere de los A n­ tropom orfos o Póngidos.

Llegados a este punto preciso de n u estras consideraciones debem os ahora e n tra r en las peculiaridades q u e distinguen al H om bre de sus parientes actuales más próxim os y situarlo de m anera exacta en el cuadro de la Evolución, resaltando con ello sus singularidades cada día más acentuadas y que le dan una “fisonomía” biológica particular.

Es cierto que el H om bre tiene un gran núm ero de sem ejan­ zas con los A ntropom orfos actuales y la frase “el H om bre des­ ciende del m ono”, no es más q u e una expresión convertida en vu lg ar de este parentesco evidente. T anto por el esqueleto, descontado proporciones e n tre los huesos, como por su fisiolo­ gía, por su bioquím ica, por sus enferm edades, m uchas de ellas comunes, por sus grupos sanguíneos análogos, por su parasitolo­ gía ex terna e interna, incluso aún po r las afinidades sexuales, el

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-Hom bre es indudable que se halla en las vecindades sistem áti­ cas del orangután, del chim pancé, del gorila, del gibón. Sin em bargo, po r lo que ahora sabemos, este parentesco no es tan cercano como h asta ahora nos había parecido. Y al fin y al cabo esto es lo que ya podía preverse dado que estábam os com paran­ do dos fines de línea evolutiva: la de los Homínidos y la de los Póngidos, y lo que debíamos de hacer era com parar a los prim e­ ros hom bres verdaderos, traspasado el Rubicón que separa a la anim alidad de la H um anidad (según expresión feliz de S ir Ar- th u r K eith) con sus ancestrales prehom ínidos, o sea con los P ri­ m ates que dieron lu g ar a los prim eros hombres.

La tendencia más generalizada acerca de la ascendencia del H om bre es aquella que consideró a la H um anidad como des­ gajada en tiem pos relativam ente recientes, C uaternario, del tron­ co de los antropom orfos, según fué expresada principalm ente por W einert (1932) y seguida por un gran núm ero de paleon- tropólogos. E ra a base de esta idea que se tom aron mucho más en cuenta las sem ejanzas del H om bre con los Póngidos que sus diferencias. Las singularidades de las cuales nos va­ mos a ocupar en este artículo no hacen m ás que d estru ir aquel concepto y acercarnos, po r curiosa paradoja al punto de vista expresado po r el mismo D arw in (1871) aún en una época en que los descubrim ientos de hom bres fósiles eran casi nulos. He aquí la frae del famoso científico inglés, reportada por Hürze- ler (1960): “E stam os m uy lejos de saber con certeza cuándo el el hom bre se separó de la ram a de los C atarrinos: no obstante

pudo suceder en u n período tan rem oto como él Eoceno...” (Ya

se verá más adelante el po r qué de haber subrayado la frase últim a de esta cita).

El “redescubrim iento” del Oreopiteco <Oreopithecus

bam-bolii gervais) por nuestro querido colega y amigo el Doctor

H ü rzeler del “N aturhistorisches M useum ” de Basilea, es decir la caracterización de este P rim ate, descubierto por aquel p a­ leontólogo francés alrededor de 1872 en una m ina de lignito del

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tras p ara el establecim iento de la sòlida singularidad de la ram a hum ana. Las peripecias del ilustre paleontólogo suizo po r las m inas de Toscana, sobi^e todo en la localidad de Baccinello, tu ­ vieron am plio eco en la prensa m undial y sus aserciones acerca de la natu raleza prehom ínida d e aquel P rim a te provocaron apasionadas polémicas. La p rim era comunicación de H ürzeler a una reunión internacional de especialistas (tuvo lu g ar en Sa- badell el año 1954 y en ella, a p esar de disponer por entonces de un caudal de restos m ucho menos num eroso, aún no culm i­ nado por el afortunado hallazgo del esqueleto en tero de 1958, sostuvo ya su criterio de considerar al Oreopiteco como a un P rim ate diferenciado de los Póngidos y que anunciaba ya a 10 m illones de años de distancia (Mioceno) las tendencias de la hominización física. De esta m anera venía a corroborarse según el au to r y sus seguidores el esquem a filogenètico intuido por D arw in y esquem atizado d efinitivam ente por O sborn en 1927 en contra de la m anera de ver de W einert (fig. 1). De acuerdo con estas ideas la separación en tre Póngidos y Homínidos, dentro de la superfam ilia H om inoidea de Simpson, sería m ucho m ás antigua que el Mioceno y se hundiría en los tiem pos eocénicos (Fig. 2).

Es así como venía a señalarse la singularidad esencial, no ya de la especie hum ana sino la de toda la ram a de los Homínidos, com prendiendo en ella no sólo a los H om bres verdaderos sino a sus ancestrales típicam ente prehum anos y se destacaban los ca­ racteres diferenciales en tre los com ponentes de la fam ilia d e los Póngidos o A ntropom orfos y de la de los Hom ínidos dentro del Orden de los Prim ates. A p a rtir de este m om ento entram os ya, pues, en el enorm e cortejo de singularidades que h ab rán de dis­ tin g u ir dentro del haz de este O rden de M am íferos a los seres que lentam ente irán preparando la hom inización física buscando la form ación de un cuerpo apto p ara el advenim iento del alm a, separándose cada vez más, a p a rtir de una época todavía no

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O U B O Jfl F ig . l. A la iz q u ie r d a , e s q u e m a d e la F il o g e n ia d e lo s P r im a t e s , se n W e in e r t , 1 9 3 2 d e r e c h a , se g ú n O s b o r n , 1 9 2 7 . (D o H ü r z e le r , 1 9 6 0 )

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cisada de la historia biológica pero que debe rem ontarse quizás a la base del Eoceno, de sus más “próxim os” parientes, los Pón- gidos. Pero así como la ram a de estos últim os nos es re la tiv a ­ m ente bien conocida, con sus dos líneas evolutivas de H ilobáti- nos (Gibones) y Pónginos a trav és de los eslabones m arcados por un lado p o r los géneros Propliopithecus, L im nopithecus,

Pliopithecus, Sym phalangus y por otro, con Proconsul, D

ryopít-hecus, Sivaptiryopít-hecus, Hispanopitryopít-hecus, etc., y Gorilla, Pongo y

P a n ; la de los Hom ínidos es aún poco definida en sus estadios prehum anos con el único rep resen tan te del Or'eopithecus que adem ás representa con toda seguridad u n a línea que no conduce directam ente al “stock” propiam ente hum ano con los A ustralo- pitecos, los Pitecántropos, los N eandertalianos y los pre-sapiens

y sapiens.

A parte de otros caracteres, que no vam os ahora a d e ta lla r aquí, H ürzeler se basa en una p articu larid ad de la dentición que por sí sola basta para d iferen ciar esencialm ente las dos ram as de Póngidos y Hom ínidos: se tra ta del heterom orfism o de los prim eros en contra del hom eom orfism o de los segundos. Sabido es que existe reducción prem olar típica en los C atarrinos supe­ riores en los que quedan sólo dos prem olares. En los Póngidos el prim ero es unicúspide y el segundo bicúspide, es.d ecir que la m olarización de las piezas de esta serie está m enos avanzada que en los Homínidos en los cuales ambos prem olares son bicúspides (con este mismo nom bre son llam ados en Odontología). Este ca­ rá c te r diferencial se p resenta ya a p a rtir del m om ento en que podemos com parar los m iem bros de am bas ram as de Hominoi- deos, es decir desde el Mioceno medio y adem ás el hetero m o r­ fismo es visible ya en los Póngidos m ás antiguos que el m ás p ri­ m itivo de los Homínidos, es decir el Oreopiteco (fig. 3).

* * *

Querem os ahora detenem os en o tra d e las singularidades h u ­ manas, aunque encuentre su réplica en otros P rim ates pero no

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Anthropomorphes

Pangidés Hominidés

Gibbons Ponginés

Homme

Fig. 2.—Ensayo de un árbol genealógico para los Hominoideos. A.—Edad absoluta en millones de años.

Q.—C uaternario.

a.—Form as heterom orfas documentadas. b.—Form as homeomorfas documentadas.

c.—Fases no documentadas, necesitadas por la lógica. d.—Hipotético.

(De Hürzeler, 1962)

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en los Antropom orfos. Si es cierto que en estos últim os la opo- nibilidad e n tre el p u lg ar y los dem ás dedos es la característica de los Catarrinos, no se realiza en tre las yem as del aquel dedo con la de los otros, dado el caso de que el p u lg a r está acortado y su y e­ ma no puede alcanzar las otras, co­ sa q u e parece e sta r en relación con la vida arbórea, es d ecir con la bra- quiación. En los H om ínidos existe opinibilidad e n tre las yem as y el contacto de la cara p la n ta r de las falanges term inales del p u lg a r y del índice, q u e perm ite lo que nues­ tro querido colega Dr. V alverde llam a la “presa de precisión”, que si en los albores de la H u­ m anidad fue quizás algo esencial com o adaptación al sem illi- vorism o y a no hay que decir la grandiosa im portancia que tuvo más tard e en el progreso técnico al p e rm itir precisiones m ecá­ nicas de gran finura y control (Figs. 5 y 6). La form ación de la mano en el hom bre adem ás ha implicado, con su re la tiv a p rim i­ tividad por el núm ero de dedos y su arm ónica proporcionalidad, un instrum ento m agnífico p ara el lenguaje gestual, com plem

en-Fig. ¿.— P re m o la res a n te rio re s de la m an d íb u la, lad o m esial. A la izq u ierd a, Oreopithecn s bambolii G ervais, y a la d e­ recha, chim pancé (D e H ürze-

ler, 1959) SOUS-ORDRE

r

A nt hr op om o r p h e _________A____________ S U P E R - F A M I L L E Pongoidea _____A ---FAMILLE s o u s-f a m i l l e Hylobatidaa P o n g id a o _____A____ GoriUtftae Pongma» Horninoidaa A Oroopithecidao

r

Homínida* ________A A u stra lo p ite c i, .n a e H om iruna#

Fig. 4.— A rreg lo sistem ático d e la F ilogenia d e los A n tropom orfos, según el p u n to d e v ista de H ü rz e le r. 1962.

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to del oral, así como u n ex tra o rd in a rio órgano de com plejos m e­ canism os p alan cares que p e rm ite n su utilización como unas v e rd ad eras m áq u in as de precisión. De otro lado, la evolución h u m an a del pie e ra necesaria a la estación vertical, como la conform ación y evolución de la m ano había sido consecuencia

de la m ism a. En efec­ to ¿I alarg am ien to de la región m etatarsia- na, el contacto de al­ gunos huesos tarsales con el suelo tra je ro n como consecuencia el hacho de que los pies, perdiendo en p a rte su condición prensil, fue­ ran los eficaces sopor­ tes del peso del cu er­ po erecto del hom bre. P o r lo q u e se re fie re a la posición del cuerpo hum ano nos es in te re sa n te h a c e r n o ta r algunas p artic u la rid ad e s q u e nos parecen im p o rtan tes resp ecto del proceso anatóm ico q u e tuvo lu g ar en los an cestrales del H om ­

bre, es d e c ir en los P re- hom ínidos en com para­ ción con lo que vem os en los A ntropom orfos. Al re a liz a rse la ad aptación a la v ida estric ta m e n te te rre s tre , p ro p ia d e los

TT , . , , Fig. 6.—Presa de precisión humana

(Se-om im os en con rapo g^n y a'lV€rcje modificado de Napier). sición a la a rb ó rea d e la

m ayoría d e los dem ás P rim ates, e n tre los cuales se cu en tan los Póngidos, debieron o c u rrir una se rie de cam bios concom itantes y co rrelativ o s a la p érd id a <Ja la braquiación típica arborícola. Le- ro i-G u rh an ha sistentizado de esta m an era y d e form a teórica el

Fig. 5.— P re s a d e “ p re c isió n ” en Pón g id o s (S eg ú n V a lv erd e , m o d ificad o de N ap ier).

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proceso de erección del h o m b re : la vida exclusivam ente terres­ tre tra jo consigo la necesidad de lib e ra r las m anos del servicio locomotor. Al separarlas del suelo adquirieron las transform acio­ nes propias de pasar a ser un instrum ento de prensión y de m a­ nipulación. De m anera correlativa, la presa de los alim entos po r vía m anual debía de tra e r como consecuencia el acortam ien­ to del hocico, y la tendencia al levan tam ien to del tronco a la em igración del foram en m a g n u m desde la p a rte p o sterio r del cráneo hacia la p a rte inferior. O tra consecuencia correlativa a estas dos transform aciones e stru ctu rales e ra la dism inución del plano basal, lo que había de provocar, p o r com pensación alo- m étrica, un aum ento de la globosidad de la caja craneana. La aparición de un tabique nasal prom inente, típica de los H om í­ nidos, facilitaba tam bién la visión binocular.

P artim o s de la base, que nos parece p erfectam en te n o rm al y lógica, de que la erección del cuerpo hum ano tuvo lu g a r; es decir, que el H om bre bim ano procede d e seres cuadrúpedos y además, de que esta erección es un acontecim iento relativ am en ­ te reciente en la historia evolutiva de los M am íferos en gene­ ral y de los P rim ates en p articu lar. Digamos que de acuerdo con las ideas de H ürzeler al respecto, el Oreopiteco debió de ser un Prehom ínido con una erección todavía poco m arcada, parecida quizás, aun no perteneciendo a la fam ilia de los Pón- gidos, a la de estos últim os. L a defin itiv a estabilización del cuerpo de los Hom ínidos en estación bípeda vertical, seg u ra­ m ente fue más ta rd ía en el curso evolutivo.

Según unas ideas recien tem en te em itidas po r el firm ante en colaboración con el médico Dr. M allafré de Sabadell, parece que algunos datos de Patología osteológica h u m ana vienen a apoyar estos puntos de vista. E stas ideas fueron expuestas en una nota reciente (C rusafont e t M allafre, 1936) y, en re su ­ men, pueden concretarse en lo siguiente: se sabe que en el hom bre existen cuatro cu rv a tu ra s compensadas, de la co­ lum na v erteb ral que sirven p ara m a n te n e r el equilibrio v e rti­

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cal de u n a m a n e ra p erfe c ta, en una especie de acción de m uelle. L a c u rv a tu ra lu m b a r es convexa hacia d e la n te y p e rm ite el le­ v a n ta m ie n to d e la cabeza y d el tronco. Se tra ta , pues, d e una p a la n c a de la m a y o r im p o rta n c ia en los m o v im ien to s de la p a rte

su p e rio r del cuerpo. E l p u n to fi­ jo de estos m ovim ientos d'a con­ ju n to de la colum na, q u e coinci­ de con el cen tro de g rav ed ad del c u erp o h u m ano, se h a lla situ ad o hacia la p a rte su p e rio r de la p e l­ vis v hacia la reg ió n p o ste rio r cerca de la co lu m n a m ism a, E n rela c ió n con este hecho, d ife ­ ren cial con resp ecto de los Pón- gidos, cuya estación es sólo se- m ie re c ta y p rá c tic a m e n te cu a­ d rú p e d a (la estació n b íp ed a te m ­ p o ra l les p ro d u ce fa tig a ), y en los cuales la c u rv a tu ra dorso-lum ­ b a r es cóncava, im p o rta su b ra ­ y a r la cu estió n re fe rid a a la fre-

A B cu'aneia d e c ie rta s en fe rm e d ad e s

Fig. 7. G orila (A) y Hombre (B) óseas sobre todo e n u n a región en estación bípeda. Los ejes y la a • j » j i i

., , , , , p riv ile g ia d a de la colum na

s itu a c ió n d e los c e n tro s d e g ra v e

-dad, están representados por las v e r te b r a l: I03 esp ecialistas en líneas y puntos, respectivamente T ra u m a to lo g ía o b serv an m u v a En rayado, la cavidad cerebral. m e n u d o (DOSeem os un as estadís- Nótense las diferencias de

curva-tura entre las columnas vertebra- ticas d em o stra tiv a s de W agan- les. (Según F. Weidenreich, 1946). h a u ssr, 1962) la form ación de

h e rn ia s discales so b re la p a rte p o ste rio r d e las v é te b ra s, q u e p ro d u c e n u n a irru p ció n ve- rru c o sa de • los núcleos pulposos del m enisco, h e rn ia s que c o m p rim e n las raíces de la cuarta y q u in ta lu m b a r y la prim era sa cra (a veces sólo está afe c ta d a una d e las v é rte b ra s, p ero la m a y o r fre c u e n cia se o b serv a sobre la q u in ta lu m b a r o la p ri­

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m era del sacro). Este hecho entresacado de la Patología parece, pues, en efecto venir en apoyo de la débil consolidación relativa

de la región vertebral, en su parte posterior en relación con la anterior (en el estado cuadrúpedo, la inferior) y a reforzada desde mucho tiem po atrás en el curso de la evolución por el

Fig. 8.—La curvatura de la columna vertebral y la posición y tamaño de la pelvis en el chimpancé y en el Hombre, adultos. (De Schultz, 1957).

La flecha indica le región crítica de lesiones tratada en el texto. hecho mismo de la estación cuadrúpeda que com porta la posi­ ción horizontal de la columna.

Otro de los casos de Patología hum ana que parece realm ente confirm ar los puntos de vista deducidos del anterior nos viene proporcionando por la observación de un accidente mecánico del sistema circulatorio. Se trata de una de las form as de obstruc­

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-ción del duodeno producida p o r el cierre del compás arterio- m esentérico, ram a de la aorta, que produce como consecuencia una estenosis de la p a rte a lta d el tubo digestivo. Lo que en re a ­ lidad resu lta sugestivo, es e l tipo m ism o de la cura de urgencia aplicada a ieste accidente m e­ cánico y que consiste en colo­ car al sujeto afectado en una posición decúbito-prono aunque no estirado, sino apoyándose en las ex trem id ad es superiores e inferióles,o sea una actitud “cu ad rú p ed a”. De esta m anera, el com pás se ab re y la obstruc­ ción cesa in m e d ia ta m e n te ; es entonces cuando se puecia ini­ ciar .el tratam ien to propiam en­ te dicho tendente a reforzar la bifurcación arterio-m esentéri- ca. Todo este proceso sugi'are que la separación angular, a la que acabam os de h acer refe­ rencia, no ha ad quirido todavía, en el curso de la erección dei cuerpo hum ano, la rigidaz o fijeza necesaria p ara e v ita r el ac­ c id en te o b stru ctiv o duodenal, indicado m ás arriba.

Fig. 9.—Esquema de propor­ ción de gorila y Hombre. (Se­

gún Kálin, 1952).

P a ra lleg ar a o tra de las m ás im portantes singularidades del H om bre tendrem os que referirn o s a la cuestión del desarrollo progresivo del sistem a nervioso central, o sea de lo que llam a­ m os im p ro p iam en te cerebro (el cerebro es solo una p a rte del sistem a central), a trav és de la evolución de los V ertebrados. Es in d u d ab le que ha existido un aum ento de la talla de este sistem a c e n tra l y una m ayor com plicación del mismo. Tanto, o m ás im portante, resu lta considerar la m ayor superficie de

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los hem isferios cerebrales como el volum en mismo de la caja craneana. La obtención de una m ayor cantidad d e substancia gris se hizo a base de una complicación, fisuración y circunvo­ lución de los hem isferios, m ás que por un aum ento del volu­ men, dado el hecho de que si solo hub iera tenido lu g a r este últim o fenómeno, p ara llegar a obtenerse un cerebro con ta n ta superficie como el del H om bre se hab ría necesitado un cráneo de proporciones desm esuradas, im propio para el equilibrio alo- m étrico de las proporciones corporales.

Sabido es que en el Eoceno los hem isferios cerebrales de

Fig. 10.—P erfiles v e n tra le s d e las regiones lu m b a r y sa c ra y el p ro m o n ­ torio de la colum na v e rte b ra l, en el ch im p an cé y en el H om bre.

(De Schultz, 1950).

todos los O rdenes de M am íferos euterios o placentarios poseían una estru c tu ra y un estado evolutivo sem ejante, y que desde aquellas épocas se inició una especie de form idable m aratón para alcanzar cerebros de más en más com plejos en organización lo que se tradujo' en el aum ento del volum en cerebral y en el paso de la lisiencefalia del Eoceno a una lobencefalia progresiva. El proceso de telencefalización es característico con una con­ centración de las funciones nerviosas en esta región an terio r del cerebro y con un progresivo desarrollo del neopalio en re ­

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-lación con el rinencéfalo. Este proceso de perfeccionamiento en­ cefálico se halla reflejado en todos los Ordenes de Mamíferos aunque el “tem po” sea absolutam ente diferente. Por otra parte la telencefalización no es sinónima de “éxito evolutivo” más que correlativam ente a otros factores, es decir, en conformidad con otras organizaciones anatómicas. Miss Edinger, eminente paleoneurólogo del H arvard College de Cambridge (U. S. A.) ha puesto en guardia a los paleobióiogos acerca de las dema­ siado simples concepciones por lo que respecta al volumen cere­ bral y su relación con la inteligencia. Ante todo, este progreso del volum en y de la organización encefálica de telencefaliza­ ción debe seguirse dentro de una misma línea evolutiva y no querer com parar encéfalos de una línea con los de otra. Por otra parte, ha señalado el peligro que comporta sacar conclusio­ nes precipitadas aplicadas a la evolución de los Mamíferos so­ bre un considerable núm ero de filogenias que se extienden so­ bre un período de alrededor de 100 millones de años, conside­ rando un solo factor, enormemente variable en las diversas lí­ neas como es el tam año relativo y sobre un solo órgano, el encé­ falo, cuya complejidad es extraordinaria y cuyo funcionalismo está aún sujeto a investigaciones de gran alcance en Neurofi- siología.

Sin embargo, cuando nos colocamos dentro del Orden de los Prim ates nos hallamos ante un grupo, como dice el P. Teilhard muy acertadam ente, de “pura y directa cerebraliza- ción”, indicando con ello que en este Orden la especialización se realiza esencialmente mediante el progreso del celebro, dado el hecho de que por lo que se refiere a sus estructuras esqueléti­ cas se mantuvo primitivo, ofreciéndosele así la posibilidad de una poliadaptación y de un ecumenismo que no podían t e n e r aquellos otros Mamíferos cuyas adaptaciones rígidas de su esqueleto les inm ovilizaban dentro de determ inados nichos ecológicos. Quizás sería por ello explicable el hecho comprobado de la extinción, y por lo tanto de la incapacidad de progreso evolutivo

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real y de “salida” a un perfeccionamiento máximo, de algunos grupos de Mamíferos cuyo estado de telencefalización fué tan alto casi como el del Hombre.

Para dem ostrar el peligro de aplicar demasiado a ciegas las “leyes” relativas al volumen y desarrollo del encéfalo y sobre todo cuando se hacen comparaciones incorrectas, Edinger cita el caso de que la invasión de las lampreas (Agnatos con encé­ falo pequeño y poco evolucionado) en el Lago Michigan desde 1946 a 1954 redujo la cantidad de truchas cobradas, con encéfalo mayor y más evolucionado, desde cinco millones y medio de li­ bras a tres libras solamente.

Sólo las líneas de Póngidos y Homínidos, los más altos Primates, podían tener posibilidad de éxito evolutivo completo por darse la combinación realm ente curiosa y extraordinaria de la primitividad esquelética con la telencefalización progre­ siva. Pero el éxito estaba reservado a la ram a de los Homínidos solamente y ello por otra notabilísima singularidad: en la lí­ nea humana únicamente ha habido no solo un aumento del volumen absoluto a través del progresivo aumento de la talla corporal (siguiendo la ley de Cope y Déperet observada en tantos Mamíferos), sinó también y por excepción, un aumento del volumen relativo. He aquí otra singularidad del Hombre que nos dará mucho que pensar y que sobre todo nos ilustrará, quizás, acerca de este único “paso del Rubicón” reservado solo a la Humanidad.

* * :jc

Otra de las singularidades humanas a considerar es la del lenguaje articulado, propio para expresar ideas abstractas. Es cierto que existe un lenguaje animal, formas de expresión y entendimiento entre los individuos de una misma especie, tan­ to en Invertebrados como en Vertebrados, pero no se trata de un lenguaje propiamente dicho, de una fórmula de inventariar con nombres a las cosas que nos rodean y de expresar, gracias a

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este form idable código vocal, todos los pensam ientos que se nos ocurran. Esta singularidad es realm ente bio-espiritual puesto que se tra ta de u n a función de base fisiológica pero que nece­ sita de condiciones especiales, anímicas y de inteligencia, pro­ pias al H om bre como tal. El lenguaje viene a revelarse desde el punto de vista puram ente fisiológico como una acti­ vidad “p a rásita” que utiliza órganos que tienen prim ordial­ m ente o tra finalidad: pulmones, laringe (no absolutam ente necesaria), cavidad bucal, labios. Sin embargo, el lenguaje pro­ piam ente dicho, necesita estar bajo control cortical en el encé­ falo en las condiciones que este encéfalo ha encontrado como asiento del espíritu. Es cierto, pues, que la aparición del len­ guaje articulado en función de la inteligencia y de las faculta­ des aním icas y “creadoras” del hombre, ha marcado la carac­ terística esencial que separa a éste del animal, asegurándole con ello la m ayor v en taja al trad u cir form alm ente, expresiva y gráficam ente sus ideas y trasm itirlas a sus descendientes, constituyendo una form a de herencia especial que hace aumen- ta r en proporción geom étrica el progreso de las trasm isiones de generación a generación, fuera del sistem a herencial cromo- sómico.

A través de las consideraciones que preceden hemos visto ap arecer de m anera gradual la singularidad del Hombre partiendo de una base ya puram ente biológica para e n tra r en unos dom inios en que no es posible ya separar la singularidad anatom o-fisiológica de la espiritual. Sin embargo, era intere­ sante señ alar aquellas particularidades básicas biológicas que nos sugieren ya desde una pasado rem oto la existencia de una línea evolutiva p a rticu lar p ara el Hombre, que adquiere así una “significación” m ás acentuada dentro del m undo de los se­ res vivientes. El aum ento progresivo y paralelo del volumen absoluto y relativo del encéfalo, en contraste con la línea de los Póngidos, nos parece esencialm ente sugerente. Sería intere­ sante observar si en el desarrollo ontogenético de los Póngidos

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actuales en cuyas edades tem pranas la inteligencia puede ser comparada a la de un niño de su misma edad, p ara detenerse y “frustrarse” en un dintel determ inado hacia los cuatro o cin­ co años, existe al principio el mismo paralelism o que luego quedará truncado, es decir, que hasta los cuatro o cinco años hubiera en ellos el aum ento absoluto y relativo p ara desde entonces detenerse éste último. Las experiencias llevadas a cabo por Kohler, por Katz y tantos otros en los jóvenes póngi- dos dem uestran a la saciedad que en las edades tem pranas existe una especial capacidad va en los chimpancés y oranguta­ nes que luego se detiene bruscam ente. Incluso se llegó a h a­ cer aprender algunas palabras muy lim itadas en núm ero pero que a veces eran confundidas en su significado, y las deficien­ cias que m anifestaron estos anim ales de experiencia en cuanto al lenguaje eran más parecidas a las que se presentan en en fer­ mos afectos de afasia como consecuencia de un traum atism o cerebral que a las oue s'e m anifiestan en los débiles mentales. ¿Puede ello sugerir que esté de acuerdo con un estado de or­ ganización encefálica en el que faltaran o estuvieran atrofiados los centros especiales de integración?

* * *

Una de las mayores y más trascendentales singularidades de la H um anidad consiste en el fenómeno llam ado por el P. Teilhard de la convergencia. El ilustre jesuíta francés nos en ­ seña de Qué m anera esta convergencia puede acentuar ciertas características típicas de la organización progresiva del siste­ ma nervioso. En la cum bre evolutiva de los Invertebrados en­ contramos a los Insectos con un sistema nervioso que es el más evolucionado dentro de aquel grupo de anim ales sin vértebras: la presencia en ellos de glanglios cerebroides así nos lo de­ m uestra. Aparecen con ello ciertas tendencias que nos anun­ cian de m anera muy im perfecta, claro está, aquellas que serán típicas del Hom bre: la socialización, la división del trabajo, la

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Fig. 11.—C om posición filética del g ru p o hum ano, en la hipótesis de una e s tru c tu ra “ en e sc a m a s” (según T e ilh a rd de C hardin).

H. R h.—H o m b re de R o d esia; H. N d.— H om bre d e N e a n d e rta l; H. S t.— H o m b re d e S te in g e im ; H. S w.— H o m b re de S w anscom be; Eo. Eoanth-ropus', H. sol.— H o m b re d e S olo; S in .—S in á n tro p o ; P ith.—P itecán tro p o

(y M e g a n tro p o ); M o d j.—H om bre de M o djokerto; H. cap.— H om o

ca-p en sis (B room . 1949); A u stra l.—A stralopitécidos.

O b sé rv e se : l.° L a com posición d e la h o ja p ite c a n tró p id a considerada aq u í com o d an d o la olave e s tru c tu ra l del siste m a e n te ro ; y 2.° El re ­ pliegue so b re sí m ism o del grupo sapiens b ajo el efecto de socialización

“ (in flo rescen cia”)- 1, 2, 3, 4, hojas v irtu a le s (razas).

E. E., lín ea “ e c u a to ria l”, se p a ra n d o en la “ in flo rescen cia”, un a zona in fe rio r e x p a n sw a y u n a zona su p erio r com presiva.

r., p u n to crítico in fe rio r de reflex ió n in d iv id u a l; R.. p u n to crítico supe­ rio r (c o n jetu rad o ) de reflexión colectiva.

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existencia de castas, etc. Sin em bargo, estas tendencias queda­ ron “fosilizadas” y no pudieron p ro sp erar po r causa de la di­ vergencia típica de todos los grupos de anim ales con la excep­ ción del H om bre que converge hacia una sola especie, dentro de un solo género y dentro de una sola fam ilia. Las tendencias de “participación” hacia un fin común y único, de socialización, de especialización individual dentro del progreso colectivo, etc., m arcarán esta característica de la H um anidad de m anera inde­ leble a constituirse como una especie de hiperorganism o cuyos órganos serían las asociaciones hum anas organizadas a d eterm i­ nados fines de interés colectivo y cuyas células serían los in­ dividuos mismos de la especie h u m a n a ; todo ello acentuado ahora por el sentido de responsabilidad, y de m oral colectiva que le da la reflexión a la luz del espíritu. Es indudable que la felicidad hum ana, la perfección de la H um anidad ha de venir po r estas tendencias que se esbozan ya de m anera biológica por las exigencias m ism as de la convergencia, es decir, de una finalidad única, com ún a todos los hom bres: solidaridad, con­ fraternización, am orización y osmosis entre las conciencias para descargarse de su lastre individual de “sed de infinito” y la n e ­ cesidad de com unicación anímica, para com batir la angustia e x iste n c ia l: la filantropía, etc. Los M ercados Comunes, las or­ ganizaciones como la Unesco, etc., no hacen sino e stim u lar las v entajas d e la solidaridad entre los hom bres sin descu id ar en esta hipersooialización la exaltación del v alo r personalizante, huyendo claro está de las sociedades-horm igueros (léase co­ m unas) en las que el hom bre se em pequeñece individualizán­ dose. P o r otra parte, la religión hoy no está ya considerada co­ mo un residuo de los m itos antiguos (aún cuando los ritu ales puedan ser confundidos con aauellos) sinó como lo que nosotros llam aríam os Filosofía de la bondad, gracias a la cual se ex altan las virtudes precisam ente m ás centradas en el conocim iento del Hom bre por el Hom bre, ap arte de la necesidad de un Polo o r­ denador desde fuera capaz de b a rre r los efectos perniciosos de

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la jerarquización puram ente terrestre en la que los egoísmos son los enem igos básicos de la socialización “am orizante” para decirlo con un adjetivo del propio P. Teilhard de Chardin.

E ntrados ya en este dom inio de la singularidad más típica­ m ente esp iritu al del H om bre no quisiéram os pasar por alto las polém icas habidas e n tre los m aterialistas que consideran al esp íritu hum ano como hijo de la m ateria( y con ello consti­ tuyendo una m etafísica de m ateria) o los transcendentalistas que lo señalan como infundido por Dios. El alma hum ana es indudablem ente lo que confiere al Hom bre su m áxim a singu­ laridad y ello era dem asiado obvio para que lo señalaram os en el proem io de este artículo. P ara nosotros el alm a fué solo po­ sible cuando encontró un “vehículo” apropiado, es decir un en­ céfalo suficientem ente organizado para que esta alma pudiera desenvolverse y m anifestarse. A pesar de nuestro monismo mo­ derno, consideram os que dentro dei todo alma-cuerpo, la p ri­ m era conserva su independencia por m ás que por el momento no nos sea posible científicam ente dem ostrar la posibilidad de la existencia de las las alm as separadas de sus cuerpos.

Sin embargo, la Ciencia nos proporcionó ya hoy algunos datos en contra del excesivo d etern in ism o que supone la idea de que el espíritu sea hijo de la m ateria. Este determ inism o sería contrario a la libertad individual y el Hombre no sería responsable de sus actos. Demasiado esclavo de sus quimis- mos, de sus características horm onales, de su andam iaje m a­ terial, el H om bre estaría a la deriva, a merced de los rígidos dictados de su propia constitución biológica. Los modernos es­ tudios de G enética hum ana, reportados por nuestro ilustre colega Dr. José Pons (1962), tienden a dem ostrar que algunas características m entales y precisam ente aquéllas que considera­

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mos como más ligados a nuestro concepto del espíritu, como los valores éticos, sociales y morales, resultan ser en sus variacio­ nes, independientes dei genotipo y no tienen más que una débil base cromosímica. Al referirse a ellos el Dr. Pons afirm a lo siguiente: “La acción del am biente no es igualm ente efectiva en las distintas características corporales sino que desde los no inflúidos prácticam ente hasta los que lo son más, existe una completa gradación, siendo im portante destacar que los carac­ teres psíquicos aquí considerados (y que ya hemos citado más arriba) figuran precisam ente en tre los rasgos más modificados, lo que evidencia la suma im portancia que para la sociedad tie­ ne un adecuado am biente ético y cultural y por ello la existen­ cia de una componente genética en ciertos aspectos de psiquis- mo, no es incompatible con la libertad hum ana”.

De estas consideraciones entresacam os conclusiones que pueden ser realm ente trascendentales para el conocimiento del Hombre y para el concepto que tenemos de su espíritu. Es ex­ traordinariam ente notable el hecho de que determ inadas “vir­ tudes” o cualidades hum anas no tengan una tan rígida compo­ nente genética y que dependan, pues, mucho más de la voluntad individual y del am biente m oral y ético en que se vive. Ello nos llevaría a la necesidad quizás de una reconsideración de cuáles son las cualidades espirituales, o sea de las típicas del alma en contra de las facultades propiam ente biológicas y más determ inísticas, cuyo origen podría ser más lejano que el propio advenimiento de la Humanidad, al mismo tiempo que se des­ tierra en nosotros la idea del irrevocable determ inism o freu- diano o lombrosiano que hace al Hombre esclavo de su biología, para ganar el concepto de libertad o de libre albedrío típico del espíritu humano.

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Sin falsos rubores que entorpecerían en nuestro caso la consideración de algo que singulariza al hombre por este cami­ no de la complementación de sus peculiaridades biológicas y espirituales, no queremos term inar sin hacer alusión a una de las m ás nobles funciones de la Humanidad y que es el eco y la respuesta a la llam ada evangélica del “Creced y multiplicaos”. He aauí un aspecto que no acostumbra a ser considerado en los libros y que no hemos encontrado al hablarse de las carac­ terísticas esenciales de la evolución humana. La adquisición del bipedismo que tantas consecuencias de orden anatomo-fisio- lógico había provocado, según dijimos más arriba, llevó también a la nobilización del acto sexual. Este, ahora, se convierte de simple función reproductora en abrazo, en entrega amorosa simbolizada por unos brazos que nos sostienen, como en todo acto humano, en nuestro camino por la Tierra. Se entrelaza ahora el concepto biológico y el más espiritual del Amor gracias a unas características de base anatómica que singularizan al Hombre por el camino de la perfección en todas sus actividades, puesta la m ira en lo más alto para llegar a sus designios más quintaesenciados.

En el fondo, aquí no tenemos sino otra consecuencia de la posición erecta de! cuerpo, indispensable ahora a la fórmula procreadora típica y desbestializada del hombre, como lo fue la liberación de la mano para convertirse en útil necesario y, al propio tiempo, en elemento de expresión, en lenguaje gestual, en persuasión hecho gesto, en amorosa caricia.

He aquí como, pues, como de la mano de las primeras mani­ festaciones de esta vía de singularidad esencial de la línea hu­ mana, de aquellas manifestaciones que radicaron en principio en el fondo biológico del ser, ya en la fase prehomínida antes de atravesar el um bral del espíritu, hemos llegado a este en­ sam blaje extraordinario de la singularidad del Hombre dentro

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de este todo arm ónico de su e s tru c tu ra b io e s p ir itu a l que le con­ fiere el g rado m ás alto en la escala de los seres y le convierte en la flo r de la E volución como re su lta d o y com pendio de una h isto ria v ita l fa n tá stic a y como ex p resió n del re to rn o al seno del E sp íritu del oual salió todo cu a n to existe.

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VIAJE B O T A N I C O D E D URIEU P O R ASTURIAS,

E M P R E N D ID O E N EL A Ñ O 1835 (1)

(DURIAEI ITER ASTURICUM BOTANICUM. ANNO 1835 SUSCEPTUM) DE

JACQUES GAY

TRADUCCION Y NOTAS POR JO S E A N TO N IO JA U R EG U I, S. J. I N T R O D U C C I O N

D espués de Clusio, m uchos son los que se dirigieron con fines botánicos a la P en ín su la Ib é rica: T o u m efo rt, A ntonio y B ern a rd o de Ju ssieu , L oefling, H offm ansegg, L ink, Webb, etc. P o ste rio rm en te, cuando estalló la g u e rra napoleónica, varios

(1) La presente versión castellana reúne los fragmentos que J. Gay, distinguido botánico suizo naturalizado en Francia, publicó en latín a lo largo del año 1836, en los Annales des Sciences Naturelles, Botanique, sér. 2, 6: 113-137; 213-225 (se ha de tener en cuenta que desde la página 209 hasta la 224, por errata evidente, la numeración vuelve a introducir el 1 en las centenas); 340-355. Esta fuente documental —relativamente poco accesible a una gran parte de aquellos a quienes interesa— es muy digna, por su contenido científico, de que la conozcan de manera más di­ recta cuantos han de utilizarla y lo hacen a través de recopilaciones. Su

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m ilitares aficionados a la Botánica —de Bory y León D ufour entre ellos— m archaron a España y recorrieron sus provincias. Hace poco, además, algunos alumnos de Farm acia incorporados al ejército francés estuvieron estacionados largam ente en Cá­ diz y trajero n de allí gran cantidad de plantas desecadas. Por este mismo tiempo Salzm ann recorría cuidadosam ente Motril, Málaga y G ibraltar.

No fueron menos diligentes en el estudio de la flora patria los eruditos diseminados por la Península, bien que no en bas­ tante núm'ero para llevar a cabo tal empresa. Brotero dio a luz una flora lusitana metódica, sin tener, por desgracia, un cono­ cim iento com petente de las plantas de Linneo ni de las propias de P ortugal (por lo demás, era em inente su talento botánico). D entro de los límites de España, Asso realizó un buen estudio de las plantas de A ragón; Pourret, de C ataluña y G alicia; Ca- vanilles, de V alen cia; Lagasca, de Murcia, Castilla la Nueva, León y A sturias; Rojas Clemente, de Andalucía.

R euniendo todas las contribuciones científicas de los cua­ tro últim os siglos, quedan conocidas en su m ayor p arte las especies de la Península y bosquejada la sistem atización gene­ ral. F alta mucho, con todo, para que se llegue al conocimiento perfecto del país m ás rico de Europa. De ninguna m anera pueden contarse en tre las regiones exploradas la m ayor parte de las provincias de España y P ortugal por el hecho de h ab er­ las atravesado una o dos veces, de paso, algún que otro

botá-in te r é s lo cal e botá-in clu so lite r a r io (re p ro d u c ire m o s a q u í a lg ú n q u e o tro p a ­ s a je d el o rig in a l, p a r a q u e p u e d a ju z g a rs e ta m b ié n d e G a y com o e s tilis ta la tin o ) re c o m e n d a b a n , ad em ás, la p u b lic a ció n d e q u e h a q u e rid o e n c a r ­ g a rs e h o y el I. D. E. A.

E l P . M a n u e l L aín z, S. J ., a q u ie n h e d e a g ra d e c e r q u e m e h a y a b r in ­ d a d o la o p o rtu n id a d p re s e n te d e s e r u n poco ú til a la S c ie n tia a m a b ilis y d e co n o cer n u e v o s asp e cto s d e la tie r r a a s tu r ia n a s a b o re a n d o la s b e­ llís im a s d e sc rip c io n e s de G ay, m e re s p a ld ó a sim ism o e n la ta r e a con los im p re sc in d ib le s co n sejo s té c n ic o s.— N o ta de l t r a d u c to r (las del a u to r v an p re c e d id a s en las p á g in a s sig u ie n te s d e sim p les a sterisc o s, p o r c a re c e r d e n u m e ra c ió n c o rre la tiv a en su tra b a jo ).

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-nico entendido. ¡Y varias todavía están completamente intac­ tas en los tiempos actuales! Mucha verdad es que los desiertos de Libia y las más apartadas regiones de Asia son más cono­ cidos que estas provincias hispánicas. Sobre todo, nadi'e se ha tomado aún el trabajo de reunir en un solo cuerpo, en una flora completa de España, las especies que españoles y extranjeros descubrieron a lo largo de siglos.

M ientras exista laguna tal, no poseeremos un conocimiento preciso del área geográfica de muchas especies ni podrá pensar­ se en publicar una flora de toda Europa. Y añádase a lo dicho que no pocas plantas, ya conocidas desde tiempos remotos, se dan escuetam ente por españolas, siendo así que su localidad concreta, en España, o bien se ignora completamente o es muy dudosa. Todas ellas serán, para mí, científicamente obscuras y problem áticas m ientras no se conozca por testimonio de los herborizadores cuáles son sus localidades, cuál su área y su com portam iento en el suelo español.

¡Marchad a España, recoried España todos los que os afa­ náis por perfeccionar el conocimiento de la flora europea y tenéis dinero, tiempo y energías de juventud!

* * *

Movido por tales razones, el ilustre Durieu de Maison- Neuve (a quien designaremos en adelante, para abreviar, con el vocablo latinizado Duriaeus) (2), m ilitar retirado (officier en disponibilité) domiciliado en Blanchardie, cerca de Ribérac en el departam ento de la Dordogne, donde cultivaba las tierras paternas, se propuso contribuir activamente a la supresión de una laguna como la que España suporte en materia botánica e iniciar su tarea en Asturias, la provincia más descuidada. Su edad y fuerzas todavía en la plenitud, su falta de

preocupacio-(2) En la traducción escribim os siem pre Durieu. Sobre otras grafías del apellido, algunas de trascendencia nom eneiatural. cf. Journ. Bot., Lond. 67: 107.

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nes m ayores y la pequeña experiencia que an terio rm en te h a­ bía adquirido ya de España, daban ánim os a nuestro hombre, versado tiem po hacía en las cuestiones botánicas y. en con­ junto, aptísim o para la empi'esa. Es de saber que había tom ado p arte en la expedición de 1823 y conocía el idioma y las cos­ tum bres de España. No obstante, siendo tal ap titu d cosa clara, no hubiera resultado posible su frag ar los gastos de tan largo v iaje sin detrim en to da sus m odestas disponibilidades. Pensó que fácilm ente solucionaría la dificultad si recogiese cu arenta m uestras de cada una de las p lantas m ás im portantes e h i­ ciese otros tantos herbarios para ser cedidos a precio m uy m ó­ dico, no buscando en ello ganancia, en modo alguno, sino el resarcirse tan solo de las inversiones hechas.

Con este plan inició el año pasado su p rim e r viaje a España y le dio rem ate felizm ente. A su regreso m e envió las criptó- gam as vasculares y fanerógam as, indeterm inadas, para su e stu ­ dio. Al mismo tiem po tuvo a bien confiar a de Borv las algas y a M ontagne las restantes criptógam as.

Dichos pteridófitos y esperm atófitos, en conjunto, ascienden a 531 (*), de los cuales tan solo 275 se publicaron [en la exsic- cata], ya que había recogido m uchas especies vulgares con el exclusivo fin de darm e una idea de la flora total de A sturias. V inieron algunas de m uy grande interés, aun estando ya des­ critas, y más especies nuevas de las que uno hubiera esperado de región tan próxim a. De las nuevas o mal conocidas tra ta re ­ mos en otra publicación, m ás extensam ente.

Se impone, ante todo, n a rra r el viaje mismo (que fui el p ri­ m ero en aconsejar y prom over). Ni D urieu ni yo pensam os en hacerlo h asta que, term inada la composición tipográfica del trabajo, no poco trabajoso, que había tom ado sobre mí, sus in­ teresantísim as cartas vinieron a sugerirm e uno u lterio r: tales cartas, llenas de observaciones finísim as y m uy dignas de ser

(*) S o b re éstas, D u rieu recogió a lg u n a s m ás q u e n o he visto. Al ser m en cio n ad as en el re la to q u e sigue llev an la indicación no insta.

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conocidas, exigen, a mi juicio, que no se pierdan esos logros de su au to r benem érito. Por consiguiente hube de instarle con toda clase de razones y preguntas, por carta (él está en la Dordogne y aún no le conozco personalm ente), a que me com­ pletase los anteriores escritos y me precisase, para su publica­ ción, todas las cuidadosas observaciones y recuerdos que toda­ vía conservaba en su memoria. Pude reunir al punto, como consecuencia, una riquísim a docum entación que, puesta en or­ den y elaborada por mí cuidadosam ente, vino a dam os un me­ diano folleto descriptivo de todo el viaje.

Dispuse aún al escribir de otra buena fuente de informacio­ nes. P o r aquellos días se hallaba en P arís el ilustre Conde de Toreno, que hacía poco fuera M inistro de Hacienda Pública en España, varón relevante entre los proceres españoles por su ra ra erudición y, sobre todo, m uy com petente en todos los te­ mas relacionados con Asturias, como nacido en Oviedo, de no­ bilísim a fam ilia asturiana (Queipo de Llano) y propietario de m uy extensas fincas en aquel país. No dudé en dirigirm e a este señor en busca de consejo. Recibido con gran cortesía, pude ap ren d er m uchas cosas del mismo, que am plían o corrigen las notas de D urieu.

I. TRAVESIA MARITIMA

En los últim os confines de la Francia oceánica, junto a San Ju a n de Luz, se abre al am paro de una fortaleza el pequeño puerto denom inado Le Socoa. H asta él tuvo que llegarse Durieu, después de buscar vanam ente en Burdeos y Bayona un navio que se dirigiese a A sturias; y habiendo1 hallado em barcación el día 2 de mayo d e 1835, hizo la travesía hasta el famoso puerto cantábrico de Pasajes. Allí estaba fondeada una flotilla france­ sa, vigilando las costas de C antabria por causa de la guerra civil. En seguida consiguió del com andante otra pequeña em ­ barcación para dirigirse a S an tan d er; pero una fuerte m areja­ da les impidió llegar a su destino, viéndose la chalupa obligada a buscar refugio en el puerto de Castro Urdíales, donde quedó

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n u e s t r o v ia je r o . A los p o c o s d ía s p u d o e m b a r c a r n u e v a m e n t e e n u n a t e r c e r a n a v e c illa y, p o r fin , e l 18 d e m a y o d e s e m b a r c a ­ b a e n G ijó n .

A n te s d e l l e g a r a l p u e r t o d e C a s tr o , y a h a b ía to c a d o e n la m a y o r p a r t e á a la s p o b la c io n e s m a r í t i m a s d e C a n t a b r i a y d e la p r o v in c i a d e S a n t a n d e r : S a n S e b a s t iá n , L e q u e i tío , B ilb a o . P o r t u g a l e t e , S a n to ñ a . E n to d o s lo s p u e r t o s d e a r r i b a d a e x p l o ­ ró á v i d a m e n te lo s a l r e d e d o r e s ; m a s c o m o t e n í a e l p a p e l s e c a n ­ te e m p a q u e t a d o y e s tib a d o , n o p u d o t r a e r s e d e a l lí m á s q u e u n a s p o q u í s i m a s p l a n t a s . J u n t o a l p u e r t o d e P a s a j e s , e l 6 d e m a y o , v io p o r v e z p r i m e r a y c o le c tó L i t h o s p e r m u m p r o s t r a t u m L o is., q u e h a b ía d e s e r le d e s p u é s f ie l c o m p a ñ e r o d e to d o e l v ia je . E n S a n t o ñ a , p r o v i n c i a d e S a n t a n d e r , c o n te m p ló e l 11 d e m a ­ y o i n n u m e r a b l e s h u e r to s c o n C i t r u s L i m o n i u m (* ) y se a d m ir ó g r a n d e m e n t e a l v e r la s c e r c a s r e v e s t i d a s d e E r i n u s a l p í n u s . A s i­ m is m o e r a n o r n a m e n t o d e ta le s m u r o s P h a g n a l o n t r i c e p h a l u m C a ss. y S a x í f r a g a t r i f u r c a t a S c h r a d .

(*) No solo en S a n to ñ a , sin o ta m b ié n , a u n q u e m ás e sc asam en te, se c u ltiv a con é x ito en C a s tro C itru s L im o n iu m , lo cu al p a re c e q u e se les h a p a sad o p o r a lto a todos los carpólogos y geógrafos. E n el in te rio r de E sp a ñ a no se d a n in g u n a especie de C itrus. C asi todo el lito ra l ib érico a b u n d a en ellos, ta n to la costa m e d ite rrá n e a y d el E stre c h o d e G ib ra lta r como la d e l O céano A tlán tico . Todo el m u ndo sa b e q u e P o rtu g a l e n te ro es fe racísim o en C itru s y qu e no les c ie rra el p aso el río M iño, lím ite de la n a c ió n : el gén ero p e n e tra en G a licia y, sig u ien d o la co sta a tlá n ­ tica, to d as sus especies lleg an fu rtiv a m e n te p o r Vigo y P o n te v e d ra h a s ta P a d ró n , casi a m ed ia la titu d en a q u e l re in o (Conf. L ab o rd e, Itin. d escr. Esp. II. 1808. p. 207. Q uer, Fl. Esp. III. 1762. p. 183. B ory, G u id e du voy. en Esp. 1823. p. 404;, de d o n d e no p a sa C itru s A u ra 7 itiu m (que p ro d u c e n a r a n ja s dulces). En cam bio, sigue a d e la n te C itru s v u lg a ris (q u e p ro d u ce n a r a n ja s am a rg a s), d e l q u e n o pocos e je m p la re s fru c tifi­ can en los h u e rto s d e L a C o ru ñ a y q u e a d o rn a , p la n ta d o en doble h ile ra , u n la rg o cam in o d e acceso a c ie rta fin ca r u r a l s itu a d a ju n to a l pueblo de B ergondo. T a m b ié n C itru s L im o n iu m se c u ltiv a en la c o m arca de El F e rro l (según te stim o n io d e R am ó n d e la S ag ra, q u ien , com o g a ­ llego d e L a C o ru ñ a, conocía p e rfe c ta m e n te el asu n to ). S in em bargo, p a re c e q u e am b a s esp ecies se d e tie n e n allí, no p a sa n d o h a cia el in te rio r de G alicia. F a lta n , al m enos, te stim o n io s fid ed ig n o s d e u n a u lte rio r pe­ n e tra c ió n .

Referencias

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