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El valor del

sufrimiento

Apuntes sobre el padecer y sus sentidos,

la creatividad y la psicoterapia

biblioteca de psicología

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EL VALOR DEL SUFRIMIENTO

Apuntes sobre el padecer y sus sentidos,

la creatividad y la psicoterapia

BIBLIOTECA DE PSICOLOGÍA DESCLÉE DE BROUWER

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Agradecimientos ... 15

Prólogo. Enrique Galán Santamaría ... 17

PARTE I LA CONMOCIÓN EN EL SUFRIMIENTO 1. La alquimia del pathos... 25

Introducción ... 25

Scintilla y consciencia creativa ... 31

Acerca de la configuración de esta obra ... 40

2. El sufrimiento en la mente y el cuerpo. Filosofía de lo integrativo... 45

La metáfora de la mente conductora ... 45

El habla del cuerpo sufriente... 48

El cuerpo del buen salvaje ... 50

El cuerpo como crisol... 53

Caos y creatividad... 57

Los inicios de la integración ... 59

Índice

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PARTE II

LAS CONSCIENCIAS DEL SUFRIMIENTO

3. La consciencia mágica... 65

La Gran Diosa. La consciencia unitaria ... 66

Narcisismo inicial ... 68

Patologías desde la cognición mágica ... 68

La pseudociencia mágica ... 70

Lo holístico ... 72

Ciencia y sincronicidad ... 73

Regresión, muerte y renacimiento ... 76

Resumen ... 79

4. La consciencia imaginal ... 83

Los dioses. La consciencia de lo poliforme y polisémico .... 83

La experiencia de lo intermedio ... 88

Síntomas, complejos y dioses ... 90

La sombra de la sospecha y la ingenuidad ... 93

La importancia de la personificación psíquica en el surgimiento de la psicología profunda ... 95

Arquetipo y desarrollo de la ciencia ... 98

Resumen ... 98

5. La consciencia yoico-mental ... 103

Dios y la única consciencia ... 103

La ley del padre... 107

El sufrimiento como agente externo ... 111

El yo heroico ... 115

Consciencia yoico-mental y el desarrollo de la ciencia ... 116

El yo en la psicología profunda ... 117

Resumen ... 120

6. La consciencia analítico-integrativa ... 125

La consciencia de la madurez y la complejidad ... 125

Orden y creatividad ... 128

Diagnóstico y escucha clínica ... 130

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La ciencia en la consciencia madura. Orden e interacción .. 134

Colaboración en la comprensión de la enfermedad... 138

Mis diferencias con lo transpersonal... 139

Resumen ... 140

PARTE III LA DEPRESIÓN Y SU HOSPEDAJE 7. Fundamentos psicodinámicos de la depresión ... 145

Psicoanálisis del síndrome depresivo ... 145

¿Qué es la depresión y cómo se manifiesta?... 147

Las formas de la depresión ... 149

Aspectos clínicos de la depresión ... 151

La libido en busca de objeto ... 154

El estado depresivo. Contacto y elaboración ... 160

La posición depresiva. Reparación e integración... 164

Resumen ... 167

8. La depresión como rito de paso ... 171

Una visión teleológica... 171

Crono-Saturno y la depresión ... 177

El complejo materno y la resistencia a la depresión ... 183

El yo heroico y su enemiga la muerte ... 193

El nuevo héroe, el que pregunta ... 198

Resumen ... 206

9. Depresión y creatividad. Una nueva relación con la Diosa... 209

Acerca de la posición receptiva ... 209

Llega el tiempo de la luna ... 212

La necesaria tensión en la gestación de lo creativo ... 218

La hierogamia de la luna y el sol... 221

El retorno del politeísmo imaginal ... 225

Eros y Psique en el acto creativo ... 232

El bendito impulso destructivo ... 236

La fertilidad de Dioniso, “el dos veces nacido” ... 242

Resumen ... 249

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PARTE IV

REFLEXIONES SOBRE EL PAPEL DE LA PSICOTERAPIA

10. Entre Apolo y Hermes ... 255

Orígenes de la psicoterapia profesional ... 255

Habla Apolo... 265

Habla Hermes ... 268

El camino intermedio ante el hecho psíquico ... 270

Resumen ... 271

11. Las herramientas de la psicoterapia ... 273

Introducción ... 273

Estructuras clínicas: Psicosis, e. limítrofe y neurosis ... 277

La dialéctica del proceso ... 282

La alianza terapéutica ... 283

Transferencia... 287

Contratransferencia ... 298

Interpretación y causalidad ... 302

Análisis del carácter ... 306

La interpretación de los sueños ... 310

Imaginación activa ... 317

Herramientas complementarias: Técnicas psicocorporales, psicoterapia en grupo, hipnosis y relajación ... 323

Estructura y herramienta terapéutica. Resumen y conclusiones... 334

PARTE V A MODO DE CONCLUSIÓN 12. EL Himno de la Perla ... 339

El texto ... 340

La misión de traer alma ... 342

Los ropajes de este mundo... 343

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La llamada del sí-mismo ... 346 El sueño final ... 348 ANEXOS Índice de nombres ... 355 Índice analítico ... 359 Bibliografía ... 365 ÍNDICE 13

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El sufrimiento es la materia prima de toda psicoterapia, que con-siste en trabajar pacientemente sobre él para transformarlo en auto-conocimiento. Un conocimiento experiencial de aquello que nos constituye como sujeto psicológico y, consecuentemente, en sujeto moral. Si nuestros actos son expresión palpable de la naturaleza pro-pia y de la capacidad concreta en cada momento para actuar sobre nuestro medio externo y mantener el contacto con el interior, la pato-logía que trata la psicoterapia afecta a esos tres referentes en su dife-rente nivel de complejidad. El enfoque psicológico centra su atención en el significado que tienen para el sujeto sus actos y estados psíqui-cos, expresado en el valor emocional que les presta y el lugar que ocu-pan en su discurso.

El libro de Javier Castillo se fundamenta en el cotidiano lidiar con el sufrimiento de los pacientes psíquicos. Muy consciente de la com-plejidad y responsabilidad de su trabajo como psicoterapeuta, sabe que todo instrumento conceptual es parcial y que sólo una visión amplia y multifocal puede acoger la enorme variabilidad del hecho clínico. En un primer libro, fruto de su tesis doctoral, Psicología

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psi-cología profunda articulando las vías freudiana, junguiana y reichia-na. En su siguiente publicación, Los sueños en la vida, la enfermedad

y la muerte (2005), amplía ese modelo, apoyándose en la historia de

las psicologías profunda, humanista y transpersonal, y lo aplica espe-cíficamente al sueño. Inaugura además una forma de investigación que utiliza también en esta obra. Consiste en analizar las imágenes que surgen en los relatos, sueños o la práctica de la imaginación acti-va tanto de sus pacientes como de él mismo, a veces como análisis de la contratransferencia, fundamentando sus hipótesis interpretativas en un buen conocimiento de la literatura pertinente.

El valor del sufrimiento humano tiene una utilidad didáctica muy

acusada. No sólo por la información sobre las diversas conceptuali-zaciones del sufrimiento en la psicología profunda y derivados, en sí muy útil, sino por el cuidado y detalle en la delimitación de los con-textos personales y colectivos necesarios para entender el significado de cualquier imagen espontánea de la psique individual y del com-portamiento correspondiente. Es decir, esta obra presenta tanto la teoría como la práctica de la psicoterapia de Javier Castillo.

El autor sólo pretende hacer explícitos los presupuestos teóricos puestos en juego en su labor asistencial. Presupuestos que surgen de la historia de la psicoterapia moderna inaugurada por Freud y diver-sificada en el siglo XX. Junguiano confeso, Castillo se sabe hijo de ese desarrollo y no descalifica ninguna corriente sino que ve la comple-mentariedad de todas ellas. Intenta ser justo con el esfuerzo de los diferentes tipos de profesionales –en la actualidad son más de 700 las formas de psicoterapia– y sabe que sólo puede dar fe de su específica perspectiva personal. Perspectiva construida a lo largo de tres déca-das de formación, trabajo clínico y organizativo en el ambiente pro-fesional de nuestro país.

No está de más recordar sumariamente la naturaleza de este ambiente profesional para calibrar el carácter de este libro. Em-pezando por la penetración del psicoanálisis y de las diversas psico-terapias en España. Es conocido que la primera edición internacio-nal de las Obras completas de S. Freud es la española, iniciada en 1920. Finalizaba con ello una etapa inaugural que comienza en 1893

EL VALOR DEL SUFRIMIENTO 18

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y que en esa veintena de años lleva a psiquiatras, médicos, juristas, psicólogos, pedagogos, dramaturgos, novelistas y cineastas a intere-sarse de forma entusiasta o crítica por la novedad que entonces supo-nía el psicoanálisis, en sus formulaciones freudiana, adleriana y jun-guiana. El desarrollo de la psiquiatría española después de la prime-ra guerprime-ra mundial experimenta una aceleprime-ración en la II República, período que supone para el psicoanálisis su implantación universita-ria, asistencial, académica y editorial.

La guerra civil desencadenada por la rebelión militar entierra entre sus escombros esa sólida neuropsiquiatría que articulaba neu-rología cajaliana, psicología experimental, psiquiatría kraepeliniana, psicología profunda y pedagogía psicológica. En el seno de la trágica diáspora hay bastantes psiquiatras, entre ellos el primer psicoanalis-ta español reconocido por la Asociación Psicoanalítica Internacional, Ángel Garma, o Emilio Mira y López, primer catedrático de psiquia-tría y autor del primer manual de psicoanálisis en España. En la pos-guerra, dominio profesional y académico de una psiquiatría militar y nacional-católica, que no cejó en atacar, más que criticar, a la psico-logía profunda; debacle de la industria editorial; prohibición de las obras de Freud… Un panorama pesimista que sólo aliviaba saber que el impulso tomado por el psicoanálisis antes de la guerra fructificaba en Argentina, cuya producción editorial sostendría las necesidades de España, y en Canadá.

Los esfuerzos inauditos de un pequeño grupo de psicoanalistas, entre ellos Juan Rof Carballo, a partir de los años cincuenta del siglo XX, alumbrarán en la década de 1960 una cierta organización profe-sional y la leve penetración social de la psicoterapia. La formación de psicoanalistas empieza a reglarse y van abriendo gabinetes de psico-análisis psiquiatras y psicólogos que han realizado un psico-análisis didác-tico, pertenezcan o no a las distintas asociaciones. El hito de este tiempo es la creación de una comunidad terapéutica psicoanalítica a finales de los años cincuenta. Los psicoanalistas de esa época, sobre todo psiquiatras, integraron en el sustrato freudiano todos los desa-rrollos psicoanalíticos, sin exclusión de escuelas. Críticos con la rigi-dez de las instituciones psicoanalíticas y abiertos a cualquier

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desa-rrollo en el ámbito de la psicoterapia, estos primeros profesionales tiñeron el psicoanálisis español de un carácter sincrético y plural, libre, que ha permanecido hasta hoy. Un psicoanálisis ajeno a la uni-versidad y la academia por orden ministerial.

En la década de 1970, cuando Javier Castillo inicia su formación, aparecen en la profesión las psicoterapias humanistas y, bien entra-da de décaentra-da, la renovación lacaniana. En la universientra-dad, sobre todo en las facultades de psicología, el psicoanálisis deja de ser negado, poco más. Los psicoterapeutas se van posicionando en las distintas corrientes y sus diversas didácticas, creándose un ambiente profesio-nal más sólido y diferenciado, más relacionado internacioprofesio-nalmente a partir de los renovadores años ochenta.

La formación de Javier Castillo ha ido al compás de su tiempo. Su análisis personal y didáctico le pone en contacto progresivamente con varios analistas de distintas escuelas: clásica, reichiana, lacania-na y junguialacania-na. Su interés por las psicoterapias humanistas, cuyas técnicas utiliza, le conduce naturalmente a la psicología transperso-nal, con conocimiento in situ de la vía chamánica. En ese tiempo ha sido uno de los impulsores de la organización profesional de la vege-toterapia reichiana y de la psicología transpersonal. Todo ello evi-dencia el carácter integrador de su psicoterapia.

En este libro, el autor quiere, “a partir de mi experiencia clínica exponer la forma de concebir las relaciones entre la mente y el cuer-po y su vinculación con el sufrimiento”. En su disertación, organiza-da en cuatro partes y una conclusión, Castillo va pasando revista a las formas y sentido del sufrimiento. Para ello establece un espectro de la consciencia (mágica, imaginal, yoico-mental y analítico-integrati-va) en el individuo y en la epistemología. Le sigue una consideración amplia de la depresión, desde presupuestos dinámicos, antropológi-cos y arquetipales, y de la psicoterapia que puede hacer del sufri-miento un autoconocisufri-miento. Corona este libro el análisis arquetipal del gnóstico Himno de la Perla.

Dentro de la escasísima producción editorial de la psicología ana-lítica original en nuestro idioma, centrada en estudios académicos

EL VALOR DEL SUFRIMIENTO 20

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más o menos eruditos de la obra de Jung, Javier Castillo introduce la dimensión clínica y la obra de los posjunguianos. No es poco. Queda ahora al lector internarse en las páginas que siguen y extraer sus pro-pias conclusiones.

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L

A CONMOCIÓN

EN EL SUFRIMIENTO

I

El que teme sufrir ya sufre el temor. (Proverbio chino)

Aquellos que han accedido al conocimiento no gozan de las simpatías de la multitud, de hecho ellos mismos la rehuyen; se les considera locos, son objeto de burlas, de odio y de des-precio y quizá llegue el día en que se les dé muerte. Sin embar-go el hombre piadoso todo lo soporta a pie firme porque posee el conocimiento.

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Estos sueños llamaron profundamente mi curiosidad, pues por más asociaciones personales que pudiera buscar con respecto al tema de las chispas de luz no surgía nada. Pasado un tiempo me vinieron a la cabeza algunas lecturas que había tenido años atrás y que habla-ban de unas chispas de luz. A partir de este recuerdo empecé a ampli-ficar7el motivo, para poder construir significados que me orientaran

acerca de la dirección en la que se estaba moviendo mi psique. Las luces que aparecían en mi sueño podían estar relacionadas con las imágenes descritas por la corriente filosófica-religiosa que fue conocida como Gnosticismo (Gnwstikismo&v conocimiento) y en la cual se resaltaba la descripción de fenómenos de luz.

Al comienzo de la era cristiana y durante los primeros siglos, en especial los dos primeros, surgieron multitud de doctrinas sectarias alrededor del nuevo culto religioso salvífico. Entre éstas encontramos un grupo que tenían en común el hecho de poner el énfasis en el conocimiento como medio de adquirir la salvación. Estas doctrinas adquirieron el título de Gnósticas pues sus fieles se hicieron llamar

gnósticos, “los conocedores”. Este conocimiento se presentaba como

eminentemente práctico, ya que el efecto sobre el alma del conocedor provocaba su trasformación, haciéndole compartir la existencia divi-na (en ello podemos ver antecedentes del pensamiento alquímico).

Llegados a este punto y antes de seguir con la amplificación podría ser interesante para el lector adquirir algunas nociones bási-cas de psicología profunda que le permitan ver qué sentido tiene para nuestra psique el que aparezcan motivos que, a simple vista, nada tie-nen de común con nuestra cotidianidad. Un lego en la materia podría pensar que el autor de este trabajo esta “alucinando” y que de unas lucecitas que igual vio en una película, de la cual no se acuerda, se remonta a los primeros siglos de la edad cristiana para buscar rela-ciones estrambóticas y encima que sirvan de materiales para escribir sobre el sufrimiento y la creatividad.

7. Siguiendo la interpretación junguiana de los sueños se debe utilizar la amplifica-ción mitológica en la medida en que las diferentes partes del sueño lo requieran, a menudo inducido por la falta de asociaciones personales o por la claridad del motivo mitológico.

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La psicología analítica plantea que, así como el ser humano posee una batería de instintos que le disponen a formas típicas de acción y que se repiten uniforme y regularmente, también es dueño de la posi-bilidad de desarrollar imágenes que seguirán las mismas pautas (imágenes arquetípicas), y que constituyen manifestaciones del inconsciente más profundo8. Estas imágenes se asocian al símbolo,

que a diferencia del signo no representan algo conocido y que, como indica el autor de temas analíticos Robin Robertson, precede a la comprensión consciente, es algo vivo, no una abstracción muerta que puede interpretarse literalmente.9

Entre estas imágenes podemos encontrar determinados objetos; el “falo ritual” y la figura del “Grial”, acontecimientos como “la muerte y la resurrección” y “la purificación-bautismo en el baño de agua”, o figuras como la del “viejo sabio” y “el mándala”. Imágenes que prác-ticamente, con unos vestidos u otros, encontramos en todos los cul-tos y tradiciones mitológico-religiosas, poseyendo un sentido simbó-lico para el ser humano.

Por tanto, podemos hablar de imágenes que pueden aparecer en nuestra psique sin que previamente hayan sido procesadas, siendo patrimonio de la humanidad como colectivo (inconsciente colectivo). Lejos de hablar de herencia en este caso, pues contradice las leyes de la evolución, podemos hablar de que nacemos con esquemas (arque-tipos) sobre los cuales se montan iconos imaginales en la medida que estos son activados. Como plantea otro de los escritores de temas jun-guianos, Anthony Stevens, el inconsciente colectivo y su matriz fundamental, el arquetipo, es una hipótesis científica perfectamente “compatible con el enfoque teórico adoptado por biólogos que estu-dian el comportamiento animal en entornos naturales”10. Las

espe-cies animales tienen un repertorio exclusivo de comportamientos adaptados al medio que son activados por una serie de señales que se relacionan con los denominados mecanismos de activación innatos que el animal hereda en su sistema nervioso central. Son como

LA ALQUIMIA DEL PATHOS 33

8. Jung, C.G., Las relaciones entre el yo y el inconsciente, Barcelona, Paidós, 1990. 9. R. Robertson, Arquetipos jungianos, Buenos Aires, Paidós, 1998.

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esquemas heredados que están preparados para activarse cuando se encuentran en el entorno estímulos apropiados y esto es muy similar a la concepción junguiana de arquetipo.

La presencia de imágenes arquetípicas se podría dar en momen-tos de transición en la vida (los rimomen-tos de paso que aún encontramos en determinadas cultos tribales) o ante acontecimientos vitales de una cierta importancia, cumpliendo, básicamente, un papel creativo y compensador. Estas imágenes dirigen a la psique hacia el enriqueci-miento, la integración y el sentido11. Esto se puede constatar ante

situaciones que provocan un impacto emocional grande, como la enfermedad o la muerte, o que requieren de energía y concentración, como el hecho de empezar a desarrollar un proyecto creativo.

Entonces mis luces, ¿pueden ser imágenes que provienen de esa matriz inconsciente colectiva a la que llamamos arquetipo? ¿Qué fun-ción o funciones pueden estar cumpliendo? ¿Acaso no podrían ser unos importantes estímulos para reflexionar acerca del padecer –como veremos después–?

Dando paso a la amplificación del motivo de las luces vitales (que como hemos indicado se da cuando no hay asociaciones personales) mediante lo que determinadas tradiciones dicen de ellas, puede hacerme reflexionar acerca de su papel simbólico en mi psique; en mi caso concreto el primer resultado es la activación de la creatividad, buscando la interacción entre las figuras de mi inconsciente y la refle-xión en mi consciencia (proceso dialéctico del cual doy buena cuen-ta en el desarrollo de escuen-ta obra).

El filósofo alemán Hans Jonas (1903-1993), discípulo de Husserl y de Heidegger, describe en su trabajo sobre la religión gnóstica aspec-tos de la imaginería de este culto, en donde encontramos la presen-cia fundamental de las partículas de luz. Así en referenpresen-cia al consi-derado drama del hundimiento del Hombre en la Naturaleza inferior como es descrito por la secta gnóstica de los setianos, Jonas nos dice:

11. Esta tendencia se relacionaría con el concepto junguiano de Individuación, que referiría a la psique la intencionalidad de dirigirse hacia el ideal arquetípico de totali-dad, favoreciendo el desarrollo de la personalidad individual.

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A causa de su naturaleza, la Luz brilla en la Oscuridad inferior. Esta iluminación parcial de la Oscuridad o es comparable a la acción de un simple rayo, por el hecho de proyectar un res-plandor tal, o, si surgió de una figura divina individual como la Sofía o el Hombre, es una forma proyectada en el medio oscu-ro, que aparecería allí como imagen o reflejo de lo divino (…) La Oscuridad es atrapada con ansia por el resplandor que apa-rece en medio de ésta o en la superficie de las aguas primor-diales, y, al tratar de mezclarse con ésta y de retenerla de mane-ra permanente, la armane-rastmane-ra hacia abajo, la envuelve y la rompe en innumerables pedazos. Desde entonces los poderes superio-res trabajan para recuperar estas partículas de Luz robadas (…) Su presa original queda dispersa por toda la creación en forma de “chispas”, es decir, de almas individuales12.

Entre los objetivos de este trabajo no estaría el de hacer una inter-pretación en profundidad de este material gnóstico, material impreg-nado del pensamiento alegórico muy propio de este tipo de sectas y que implica una buena dosis de complejidad. Lejos de ello me voy a limitar a retomar alguno de los aspectos que nos puede sugerir el tex-to y que coinciden con la materia de este trabajo.

El significado de las partículas de luz en el texto que describe Jonas hace referencia al concepto directo de almas individualizadas. El pensamiento gnóstico plantea la existencia de fragmentos de lo divino que estarían atrapados en la oscuridad de la materia, frag-mentos que deberían volver a juntarse para poder ascender (en re-ferencia al concepto de evolución espiritual), dejando atrás la cárcel donde están retenidos.

A partir de una lectura en donde podamos examinar este frag-mento como una metáfora del acontecer interior se abrirá la posibi-lidad de hablar de su sentido psicológico.

Podríamos decir que el eterno ruido de nuestro mundo externo, con nuestro trabajo, nuestras responsabilidades, nuestras inquietu-des y nuestros inquietu-deseos nos impide ver la luz de nuestro mundo

inter-LA ALQUIMIA DEL PATHOS 35

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no. Estamos rodeados de la oscuridad y la pesadez que nos impone la realidad de la materia. Una luz velada, la de nuestro interior, que Henry Corbin, estudioso de la mística sufi, define como “sol de medianoche”13. Un resplandor que a diferencia de la consciencia

exo-térica, atrapada en las preocupaciones externas, tendría mucho más que ver con la luz interior de la sabiduría divina. Y que desde la psi-cología analítica podría ser identificado con un primordio de cons-ciencia de los contenidos del inconsciente creativo y autorregulador que ayudan a forjar e iluminar nuestra alma.

Un ejemplo de estar atrapado en la “pesadez de la materia” lo podemos encontrar en consciencias extremadamente extravertidas que sólo conciben la salida a su sufrimiento a través de la victoria, sea mediante el remedio mágico, la visualización o el amor universal.

Recuerdo una paciente con un problema crónico en su espalda que le provocaba abundante dolor y sufrimiento. Había consultado a varios especialistas habiendo recibido prescripciones distintas, algu-nas incluso contradictorias, desde la operación, la rehabilitación sis-temática o el reposo absoluto. Empezamos el análisis con el material que proporcionaban sus sueños, material bastante rico que me hizo pensar que podíamos recorrer un camino bastante provechoso. Pero la paciente, de forma sistemática, buscaba remedios mágicos para hacer desaparecer su dolor que, por otro lado, en esa época no era muy intenso. Podían ser los grupos de curación, los pensamientos positivos o alguna pócima mágica bendecida por un santón. Cuando empecé a analizar su actitud como una resistencia ante un compro-miso para desvelar su mundo interno se negó a escuchar y decidimos de mutuo acuerdo interrumpir el análisis. Al cabo de un cierto tiem-po tuve noticias de mi ex-paciente y parecía que se encontraba bas-tante bien. Aunque seguía sin saber qué actitud adoptar frente a su dolor y sufrimiento, el hecho de haberse integrado en un grupo de “curación esotérica” le producía mayor tranquilidad. Lo explicaba diciendo que, por lo menos, en contacto con este grupo se sentía que-rida y alentada en la esperanza de “vencer su dolor”. Quizás, el hecho

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de buscar el abrazo del grupo y sus esperanzas mágicas, pudieran resonar con el abrazo a la diosa madre y el ánimo heroico extraverti-do que ésta le pudiera infundir14. El análisis pretendía infundir un

ánimo guerrero pero a partir del forjar el alma con la sabiduría de su mundo interior, con las partículas de su luz divina.

Jung, en su trabajo sobre Paracelso, identifica las partículas de luz con la lumen naturae, la “luz de la naturaleza”15. Partículas que, para

el psiquiatra suizo, fueron interpretadas en los orígenes del pensa-miento alquímico como la consciencia intuitiva, el saber inmediato que puede orientar al médico en sus prescripciones clínicas, un “cie-lo interior” que consigue orientarnos de la misma forma que las pre-dicciones astrológicas del cielo externo. También encontramos la calificación de chispa de luz, con su expresión latina scintilla

cons-cientiae o scintilla rationalis, en la teología escolástica medieval

tra-tando de ese saber intuitivo que, a diferencia de la consciencia común, sería infalible y que en el saber teológico haría referencia a la aprehensión de las verdades morales. En este sentido, encontramos una definición de este saber por primera vez en la filosofía estoica bajo el término griego syndéresis (sunth/rhsiv) cuyo significado es la intuición original de la norma moral. Esta representación fue intro-ducida en la religión cristiana por san Jerónimo con el significado de

scintilla conscientiae.16

Tanto en mi sueño, como en el texto gnóstico, las partículas de luz corren un riesgo, que en el segundo de los casos sería no salir de la prisión de oscuridad. Mis imágenes oníricas me trasportan a una rea-lidad en donde el peligro no es tan claro, aunque está muy presente. En mi sueño aparece una figura, el actor de la película

Cazafantas-mas, figura que puedo identificar como una sombra17 pues las aso-LA ALQUIMIA DEL PATHOS 37

14. A los gladiadores romanos muertos se les sacaba del ruedo a través de la “puerta de Ceres”, como forma de retornar a la madre que les había engendrado y exigido que realizaran tareas heroicas.

15. C.G. Jung, Sobre el fenómeno del espíritu en el arte y en la ciencia, Madrid, Trotta.

Obra completa vol. 15, 1999, pág. 21, § 29.

16. V. J. Bourke, Synderesis and Right Reason,The Monist, 1982, 66.

17. Sombra. Término empleado por Jung para describir los rasgos y actitudes que el

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ciaciones van hacia el papel que jugaba este cazador de espíritus en dicho film, en donde capturaba a los fantasmas y los intentaba rete-ner en una suerte de contenedores. Este hecho, traducido a la reali-dad psicológica, nos puede poner en contacto con esa tendencia tan generalizada del ser humano a retener, a controlar y evitar la incerti-dumbre de cualquier forma. Sin embargo la densidad de este perso-naje le impide entrar en la cueva adonde van a parar las vivas partí-culas de luz. Su excesiva corporeidad le impide penetrar en la gruta, lo que podemos interpretar como que su enorme anclaje en la reali-dad material le impide tener la sutileza y espontaneireali-dad que le per-mitiría seguir a la procesión de almas. Quizá, el conocimiento que me puede proporcionar la lumen naturae, el conocimiento inmediato del que hablaban los alquimistas y teólogos, no sería posible planificarlo ni controlarlo. Esto no quiere decir, probablemente, que no podamos crear las condiciones para llamarlo, aunque su aparición no dependa de nuestra voluntad.

Podemos preguntarnos acerca de nuestro padecer y llamar a nues-tras imágenes internas para que nos hablen de él, pero pretender tener la certidumbre de que no se va a sufrir es propio de la cons-ciencia infantil, no de la madura.

Las últimas imágenes oníricas se relacionan con una cueva o gru-ta, en donde van a parar las luces vivas. Como nos señala el especia-lista en simbolismo Juan Eduardo Cirlot “la cueva, gruta o caverna tiene un significado místico desde los primeros tiempos”18. Lugar de

nacimientos de dioses y héroes, lugar de santificación de imágenes y objetos poderosos, lugar de oración y meditación. Símbolo femenino por antonomasia que puede representar la matriz materna en los mitos de origen, renacimiento e iniciación de múltiples pueblos. Su sentido simbólico me coloca frente a la posibilidad de un embarazo. Un embarazo producto de la consciencia de la luz interna, del saber intuitivo de la lumen naturae y de la posición receptiva que recoge el brillo, como la embarazada recoge su futuro hijo, con pesadez, moles-tias, paciencia y en definitiva, con una cierta dosis de padecimiento.

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Recuerdo cómo en un trabajo corporal grupal donde yo había asistido como invitado se produjo una situación que me permitió reflexionar acerca del papel de la contención y la receptividad. Llegado un punto de mucha relajación, empecé a sentir un impulso muy fuerte que me dirigía a gritar. Comenté la situación, pues todo el mundo parecía estar muy relajado y no quería asustar a nadie, en un contexto que aunque vivencial era exclusivamente pedagógico. Entre risas me permití soltar el chillido y, la verdad, me salió de lo más pro-fundo del alma. Al momento me sentía muy relajado, a gusto y con-tento. Esa misma noche soñé en que asistía a un parto prematuro en donde nacía un niño muy pequeño. Probablemente, si hubiera con-tenido mi deseo y al mismo tiempo lo hubiera observado activamen-te, en vez de plasmarlo en la actitud extravertida del grito, habría dado pie a que surgieran imágenes que me hablaran de su sentido. Preferí “el parto prematuro”.

Esta experiencia podría ser muy válida como punto de reflexión acerca de los trabajos con el padecer. Al pensar en su expulsión inme-diata podemos evocar la imagen de la jofaina con agua, que al vaciar tirando el líquido por la ventana precipitaría también al niño que está en su interior. Podemos, aparentemente, librarnos del dolor median-te alguna expresión de descarga, o realizar algún ejercicio que nos relaje de forma intensa pero, cuidado, al mismo tiempo podemos evi-tar la posibilidad de profundizar y de facilievi-tar que surjan respuestas creativas ante el sufrimiento desde el interior de nuestra alma.

La segunda parte del sueño inicial continúa con una serie de imá-genes que me preparan para un combate. Estoy en el patio de la casa de campo de mi familia, practicando una suerte de ejercicios físicos-energéticos, preparándome para un combate con unos extraterres-tres que pueblan los tejados de la casa de campo. Al final mi sobrino pequeño sale por la puerta y estos pobladores de las partes altas lo raptan. Probablemente el sueño me está hablando de un peligro, el que mis futuros proyectos se vean “raptados” por mis pensamientos, por esa suerte de conceptos abstractos que pueblan las partes altas de mi cuerpo, mi cabeza. Aunque mis imágenes oníricas me devuelven a mi cuerpo el rapto se consuma. Esto indica una suerte de

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mientos muy ligados a la consciencia extravertida, esa consciencia que para el pensador gnóstico estaría atrapada en la oscuridad de las preocupaciones de cómo resolver de forma inmediata y eficiente los problemas.

Finalizando este apartado, cabría señalar cómo las imágenes que pueblan mi mundo de sueños me pueden estar hablando de la crea-tividad como un fenómeno no aprehensible, pero que se puede favo-recer con cierta actitud. Ese mirar hacia adentro, ese buscar la chis-pa o genio interior que nos oriente en nuestra vida puede incentivar a ese saber intuitivo que impulse nuestro camino hacia la indivi-duación.

En un mundo donde se condena la incertidumbre, en donde que-remos poner nombre a todos nuestros males para así, como buenos magos, tener la sensación de control de nuestras vidas, hablar de intuición y esperar a que imágenes, que aparecen cuando nuestra consciencia se ve modificada por el sueño, nos ayuden a crear nues-tras vidas suena peligroso y caótico.

Sin embargo, el proceso creativo puede ser un buen aliado a la hora de construir significados de nuestro padecer y así ir viendo cómo nuestras vidas van adquiriendo un cierto sentido.

Acerca de la configuración de esta obra

El trabajo de amplificación con la imagen de la chispa de luz es un buen ejemplo de cómo se puede atender al material psíquico inconsciente que proviene de las manifestaciones autónomas de los sueños o de la imaginación. Esta forma de trabajo se configura como una buena herramienta que va posibilitando que la conscien-cia se vaya enriqueciendo del material que proviene de nuestras pro-fundidades.

Comparto la visión junguiana del inconsciente como vehículo para compensar la unidireccionalidad de la consciencia, siendo capaz de aportar materiales sobre los cuales podemos construir creativamente significados. Con lo que podemos pensar que nuestro padecer se

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pue-de “cocer” (objeto pue-de introversión), como hacían los alquimistas, y aportarnos imágenes que nos puedan orientar acerca de cómo abor-dar el sufrir.

En el transcurso del siguiente trabajo voy a realizar un primer recorrido acerca de cómo, a partir de mi experiencia clínica, se fue-ron produciendo diferentes modificaciones en la forma de concebir las relaciones entre la mente y el cuerpo y su vinculación con el sufri-miento. Esta descripción que ya realicé en un trabajo19, publicado en

el 2000, aparece en este texto con ciertas consideraciones nuevas, ampliando la visión de lo que puede ser un acercamiento a la filoso-fía de lo integrativo.

En la segunda parte de este trabajo plasmo un camino a través de la historia de la consciencia, camino que nos puede evidenciar dife-rentes tipos de cognición, que marcan un estilo distinto en su rela-ción con el sufrir.

Para hablar de la consciencia he tomado como referencia a algu-nos autores (que irán apareciendo en los siguientes capítulos), que podríamos encuadrar o dentro de una línea junguiana o, en un senti-do más general, dentro de lo transpersonal. Aunque buena parte de las consideraciones en relación al desarrollo de la ciencia y la praxis clínica, en las diferentes etapas que he ido configurando, han sido inspirados en su totalidad por mi trabajo analítico.

Hablo de tres consciencias en el acontecer del desarrollo de la mis-ma; la mágica, la imaginal y la yoico-mental. Introduzco una cuarta, como un posible camino, entre otros, que se vislumbra como una concepción donde la cognición adquiere mayor complejidad e inte-gración. Este tipo de consciencia la denomino analítico-integrativa.

Soy consciente de que teorizar acerca de la consciencia puede suponer el riesgo de caer en una suerte de esquematismo y simplici-dad no deseable para una empresa que se presenta como sumamen-te compleja. Pero en un mundo en donde nos encontramos con múl-tiples recetas para combatir el sufrir se torna quizás necesaria la reflexión de esta problemática. Reflexión que se puede convertir en la

LA ALQUIMIA DEL PATHOS 41

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vía fundamental para poder trasparentar lo que se oculta en las dife-rentes formas de interpretar el sufrimiento, así como sus relaciones con el conocimiento, el significado y la imaginación.

Respecto de las limitaciones de esta exposición, quiero dejar cons-tancia de lo siguiente: El recorrido de la consciencia, desde los pri-meros vestigios del hombre primitivo hasta la consciencia sofisticada del hombre moderno, no tiene por qué ser producto de un plan esta-blecido, de un arquitecto celestial ni de un “Espíritu” hegeliano. En ese sentido, aunque realizo un análisis de la consciencia que sigue cierta linealidad, no puede excluirse el importante papel del “retorno al pasado” (tomado como punto de referencia para el progreso en el presente, no como una mera regresión utópica) en cuanto elemento fecundo que impregna la historia. Un ejemplo de ello lo podemos encontrar en el Renacimiento, donde el cultivo de la imaginación, tal y como se desarrolló en la antigua cultura greco-romana, se retoma en medio del paisaje esclerotizado de la Escolástica tardo-medieval. De ahí también el énfasis, puesto a lo largo de mi exposición, en el hecho de que las sucesivas fases por las que atraviesa la conciencia no suponen, sin más, un avance absoluto respecto de las anteriores; el sentido que toman, muchas veces excesivamente unidireccio-nal, muestra justamente las limitaciones que habría que tener pre-sente, limitaciones a las que el hombre moderno desea prestar tan poca atención. Observar el desarrollo de la Historia como un mero proceso de ganancias, sin tener en cuenta las pérdidas, sería inge-nuo. Por último, la teorización sobre períodos muy amplios de la his-toria de la humanidad, me impide pormenorizar y detallar muchos de los aspectos que acompañan al desarollo de lo humano, siendo, por tanto, necesario complementarlo con estudios más especializados, que nos permitan tener una visión de mayor amplitud y profundidad. En una tercera parte planteo el estado depresivo en tres de sus ver-tientes; la visión psicodinámica, la depresión como viaje iniciático y en su relación con el espíritu femenino. A partir de este enfoque integrati-vo esbozo cómo el padecer depresiintegrati-vo puede ser un impulso importan-te en el desarrollo de la creatividad y en el camino hacia la “totalidad”.

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En la última parte del libro realizo una introducción al abordaje psicoterapéutico y a sus instrumentos. ¿Qué papel juegan herramien-tas como la interpretación transferencial y el análisis de resistencias, la interpretación de los sueños y la imaginación activa, el trabajo psi-cocorporal y el análisis en grupo, junto con técnicas complementa-rias como la hipnosis o la psicofarmacología?

La tensión dialéctica que implica, de un lado la necesidad de un cierto diagnóstico, que ayuda a planificar el trabajo terapéutico, y del otro la necesaria espontaneidad en la intervención, que surge de la escucha del material inconsciente, necesitan una síntesis que favo-rezca un mayor conocimiento de las variables que intervienen en el sufrimiento humano.

Este sentir configurará las últimas reflexiones del presente tra-bajo.

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La metáfora de la mente conductora

Por nuestra forma actual de vivir, cuando tomamos consciencia acerca de la relación de nuestra mente y nuestro cuerpo y reflexiona-mos al respecto, tenereflexiona-mos, en una mayoría de casos, la sensación de ir en un coche, el cuerpo, con un conductor, nuestra mente. Cuando nos sentimos embargados por sentimientos o emociones que nos hacen padecer pensamos en que la “conducción” no es la más correc-ta, algo falla, no optimizamos nuestras capacidades o nuestras con-ductas son equivocadas (de esto da cuenta la psicología cognitivo-conductual). Eso no excluye que sintamos nuestro cuerpo con una cierta autonomía, pudiendo tener fallos, con algunas piezas gastadas o estropeadas e incluso llegado un día, como ocurre con las máqui-nas viejas, siendo irrecuperable y predestinado al desguace.

No siempre ha sido de esta manera; muchas de las culturas que nos anteceden veían una interacción recíproca entre el cuerpo y la mente, en donde, en un buen número de ocasiones, era “el cuerpo el que conducía”, siendo éste el depositario más profundo de los valo-res del alma y una buena orientación acerca de las causas que aque-jaban al dolor humano.

El sufrimiento en la mente y el

cuerpo. Filosofía de lo integrativo

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En los viajes que realicé a la selva amazónica en la década de los 90 pude comprobar, en varios de los rituales chamánicos que presen-cié, el importante papel del cuerpo como fuente de información para el chamán durante las prácticas de curación. El xapori, chamán

yano-mami, en un estado de trance llama a los hékuras, espíritus que

habi-tan en el pecho de los xaporis, siendo éstos a través del pecho del curandero los que imparten las ordenes dentro del ritual chamánico. Se trata de una sabiduría, la amazónica, que prima la sensación cor-poral como verdadero guía en el conocimiento y valoración de los diversos males que aquejan a los habitantes de estas selvas1.

En la cultura del denominado hombre civilizado encontramos –aunque en numerosos casos de forma encubierta– múltiples vestigios de estas prácticas consideradas por muchos como cargadas de supers-tición y engaño. Son numerosos los enfermos que consultan al curan-dero o sanador con la intención de encontrar alivio o curación para las enfermedades calificadas como crónicas o buscando respuesta ante sentimientos inespecíficos de sufrimiento, muchas veces etiquetados con el nombre de depresión. En los rituales de curación que se esta-blecen siguen siendo fundamentales las sensaciones corporales que embargan al sanador, constituyéndose en la materia prima de la que se extraerá los posibles criterios diagnósticos y de curación.

Como vemos, un conocimiento que se basa en el saber a partir del cuerpo, quizá un saber que usurpa la posición privilegiada en el pro-ceso de entendimiento de nuestra mente y que quizás también adquiera forma en el facultativo, que sin escapar a su ortodoxia cien-tífica, expresa no en pocas veces “esto me huele mal”; y cuando uno huele, se sabe, se está haciendo uso del cuerpo.

Estas primeras reflexiones me pusieron en contacto con “formas alternativas” de concebir las relaciones cuerpo-mente, así como con la fantasía de modificar las funciones que debían estar prefijadas para estas dos facetas del ser humano.

¿Sería posible hablar de un “entendimiento” o incluso de un “pen-samiento corporal”? ¿La mente podría llegar a estar sujeta a algún

1. Esta experiencia la recojo en el trabajo que desarrollamos varios autores en

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proceso infeccioso? ¿No serían, acaso, todas estas reflexiones vesti-gios del pensamiento mágico expresado en la actualidad en algunas “etnias primitivas” (como algunas tribus amazónicas) así como en el inconsciente del ser humano? Pero si lo encontramos en algunas civi-lizaciones actuales y también en el inconsciente del ser humano, ¿acaso no podríamos hablar de realidad, aunque ésta fuera subjetiva? Aún recuerdo cuando en mis primeros años de juventud escuché a un amigo de mi familia hablar de un pariente mío aquejado de una enfermedad terminal; decía de él: “Tiene mucho miedo y seguro que ese gran disgusto que tuvo le provocó el mal”. Miedo, disgusto, sufri-miento..., ¿acaso no son categorías que de alguna forma se relacio-nan más con mi mente que con mi cuerpo? Y el cuerpo... ¿no sería acaso como una máquina, en la cual se pueden fundir unos fusibles? Si fuera así, se trataría en definitiva de cambiarlos. ¿Qué sentido ten-dría el hablar de sensaciones de sufrimiento dentro de este contexto, donde el cuerpo-máquina simplemente se estropea?

Esta metáfora, la del cuerpo-máquina, muy extendida en ésta nuestra cultura, esta preñada de una buena sobredosis de racionali-dad y tecnología, y puede intentar presentar nuestras anteriores pre-guntas como pensamientos de juventud, quizás influidos por las supersticiones de nuestros mayores, o por el contrario formas distin-tas de entender las relaciones de nuestra mente con nuestro cuerpo a través del nexo de unión que pueden implicar los sentimientos, emo-ciones y afectos.

Desde siempre ha habido una consciencia popular en donde se ha sabido la importancia de “los sentimientos negativos” en el surgi-miento de determinadas enfermedades, así como la expresión de la felicidad como vacuna ante esas mismas enfermedades. Muestra de ello es el conocido refrán que dice: “cuando la gente canta su mal espanta”.Como si el cuerpo tuviera una cierta necesidad de armoni-zarse con la mente, como que la materia tuviera que llegar a un cier-to acuerdo con el alma; si no podría aparecer el desorden y su expre-sión, la enfermedad.

Estas creencias, quizás, han facilitado que importantes vestigios del animismo pre-racional sigan constelizándose (término junguiano

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análogo a activación) en nosotros y en nuestra cultura, la del saber objetivo. Podríamos bascular entre un biologismo mecanicista –en donde cualquier enfermedad y sus síntomas están ligados a fallos mecánicos– y una postura mágico idealista –donde todo depende de nuestra positividad y adecuación mental–. Desde esta última posi-ción, todo podría ser mental: yo me provoco la enfermedad, pero pensando positivamente me curo. La creencia en nuestro poder y la ausencia de negatividad mediatizaría nuestro cuerpo, permitiéndole “rebosar de salud” y evitar cualquier vestigio de sufrimiento.

Se ha de reconocer, que a un cierto nivel, esta filosofía popular tie-ne importantes puntos de realidad, pudiendo incluso reproducirse experimentalmente en los trances sugestivos, en donde vemos cómo muchas de las variables somáticas consideradas autónomas pueden ser moduladas por la simple creencia; creencia que, en muchos casos, puede ir acompañada de un importante quantum emocional. Este hecho lo pude comprobar de forma radical en el viaje que realicé a Haití en 1994, en donde pude constatar cómo el pretendido maleficio vudú oficiado por un sacerdote negro, el bokó, puede llevar a la muer-te de la persona fanática creyenmuer-te2.

Es indudable cómo en el movimiento entre la salud y la enferme-dad, y el sufrimiento asociado a éste, las variables emocionales que acompañan a determinadas actitudes mentales modularían nuestro cuerpo, convirtiéndose en pautas de importante influencia en esta interacción. Incluso en patologías mecánicas, como la fractura de determinados huesos producto de un accidente, el dolor puede ser potenciado o disminuido por la actitud mental del sujeto (buen ejem-plo de ello son las anestesias producidas por la hipnosis).

El habla del cuerpo sufriente

En la medida que comencé a desarrollar mi formación psicológi-ca se presentaron nuevas preguntas muy relacionadas con el lengua-je del inconsciente y su expresión en la interacción del cuerpo con la

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mente. Los años de formación psicoanalítica me pusieron en contac-to con una forma de concebir las relaciones cuerpo-mente dentro de una matriz de interacción en donde la complejidad se empezaba a convertir en uno de los elementos básicos. Empecé a pensar que el cuerpo y la mente se comunicaban con un nuevo lenguaje y que el sufrimiento que podía aparecer a través de cualquier síntoma somá-tico podía tenía un significado oculto.

La interacción cuerpo-mente bajo el discurso de la creencia y la sugestión daban paso al discurso del inconsciente. Así, el padre del psicoanálisis, Sigmund Freud (1856-1939), nos decía:

Un enfermo, al que actualmente tengo en tratamiento, se ha retirado de todos los intereses de la vida, absorbido por la pre-ocupación que le ocasiona el mal estado de la piel de su cara, pues afirma tener en el rostro multitud de profundos agujeros, producidos por granitos o “espinillas” que todos perciben. El análisis demuestra que hace desarrollarse en la piel de su rostro un complejo de castración. Al principio no le preocupaban nada tales espinillas y se las quitaba apretándolas entre las uñas, ope-ración en la que, según sus propias palabras, le proporcionaba gran contento “ver cómo brotaba algo” de ellos. Pero después empezó a creer que en el punto en que había tenido una de estas “espinillas” le quedaba un profundo agujero, y se reprochaba duramente haberse estropeado la piel para siempre con su manía de “andarse siempre tocando con su mano”. Es evidente que el acto de reventarse las espinillas de la cara, haciendo sur-gir al exterior su contenido, es en este caso una sustitución del onanismo. (…) Entre el hecho de extraerse una “espinilla” de la piel y una eyaculación existe muy escasa analogía, y menos aún entre los infinitos poros de la piel y la vagina. Pero en el primer caso “brota” en ambos actos algo, y al segundo puede aplicarse la cínica frase de que “un agujero es siempre un agujero”. La semejanza de la expresión verbal, y no la analogía de las cosas expresadas, es lo que ha decidido la sustitución”.3

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3. S. Freud, S. Lo inconsciente. Obras completas tomo VI, Madrid, Bibliotea Nueva, 1972, pág 2080.

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Una interacción en donde el cuerpo es utilizado como lugar de expresión del inconsciente. Un cuerpo lleno de posibles analogías, que invita a que los múltiples hilos del inconsciente emerjan forman-do un único tandem con las mismas fuerzas represivas que lo contie-nen; que es lugar de la obsesión y conversión; que nos habla de la sexualidad y de la castración, de placer y de sufrimiento.

El discurso freudiano no formaba un todo compacto, aunque su evolución era realizada desde una cierta lógica: el cuerpo utilizado como una metáfora, condicionado por los vestigios de la sexualidad infantil; condicionado por la toxicidad de la contención genital, apa-reciendo dentro del discurso de las neurosis actuales; lugar en donde se articula el duelo de dos grandes fuerzas mitológicas, Eros y Tánato. Esta orientación psicológica me permitió empezar a pensar en las relaciones cuerpo-mente desde una óptica dinámica, en donde las nociones de inconsciente y conflicto empezaron a adquirir una presencia fundamental. Podíamos empezar a escuchar el padecer desde la búsqueda de significado; no se trataba de optimizar sino de aprender.

El cuerpo del buen salvaje

Al mismo tiempo, mi formación en el campo de la sexología y mi trabajo en un centro público de planificación familiar, durante varios años, me pusieron en contacto con el pensamiento de ese gran pre-cursor de los dispensarios de educación sexual que fue Wilhelm Reich (1897-1957).

Dentro del nutrido grupo de psicoanalistas que arroparon el dis-curso freudiano pronto destacó uno; ese fue W. Reich, el joven psi-quiatra que, antes inclusive de haber acabado su licenciatura en medicina, empezó a dar sus primeros pasos dentro del psicoanálisis, preocupándose fundamentalmente por la vertiente técnica de esta joven ciencia. La técnica del Análisis de Carácter, recogida en la actualidad por un buen número de analistas, fue fruto de esta pro-funda preocupación por la pragmática del análisis. Su trabajo fue

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evolucionando, siguiendo la lógica del Análisis del carácter, desde la interpretación de los contenidos del inconsciente hasta la búsqueda de “la liberación de la emoción”.De aquí en adelante la inclusión del trabajo directo con el cuerpo era un mero problema de tiempo.

El surgimiento de una nueva metodología, la Vegetoterapia Caracteroanalítica, junto con la incesante denuncia de los métodos coercitivos que constreñían y reprimían la sexualidad natural del ser humano constituyeron las piedras angulares que sostuvieron el dis-curso reichiano de la coraza caractero-muscular. El cuerpo y la men-te se defendían de las agresiones exmen-ternas y de los miedos inmen-ternos, y esto a través de la rigidez del carácter y de las tensiones crónicas que constituían la coraza muscular. El hombre con su potencialidad natu-ral era castrado y entraba en un círculo masoquista. Existía “un cuer-po cuer-potencial”, representado cuer-por la mitología roussoniana, y que des-de este discurso podríamos des-describir como “el cuerpo des-del buen sal-vaje”. Así, Reich nos dice:

El organismo neurótico se prestaba en grado sumo a la com-paración con una vejiga tensa, periféricamente acorazada. Esa analogía peculiar entre un fenómeno físico y la situación carac-terológica, pasaba la prueba de la observación clínica. El enfer-mo neurótico se ha vuelto rígido en la periferia del cuerpo, reteniendo al propio tiempo la vitalidad “central” con sus exi-gencias. No se siente cómodo “dentro de su propia piel”, está “inhibido”. Está “imposibilitado de darse cuenta de sí mismo”, “rodeado” como por una pared, le “falta contacto”, se siente “tirante como si fuera a estallar”. Con todas sus fuerzas pugna por salir “hacia el mundo”, pero se encuentra “amarrado”. Más aún: está tan poco capacitado para afrontar las dificultades y desilusiones de la vida, y los esfuerzos para establecer contac-to con ella son tan dolorosos, que prefiere “retraerse dentro de sí mismo”. Es decir. a la dirección funcional de “hacia el mun-do, fuera del yo”, se opone otra dirección, “lejos del munmun-do, retorno al yo.4

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Las implicaciones prácticas que derivan de estos conceptos se fue-ron constituyendo en conceptos fundamentales de mi quehacer clíni-co. La mente y el cuerpo formaban una unidad funcional, y una de sus funciones fundamentales era la de mantener el equilibrio neuró-tico mediante la coraza caractero-muscular. Los peligros de los que nos podía prevenir la teoría reichiana eran muy reales, en concreto la posibilidad de que el análisis se convirtiera en un mero proceso de racionalizaciones. Había que rescatar a la emoción amordazada y esto sólo se podía llevar a cabo mediante el trabajo directo con el cuerpo real.

Aún recuerdo la liberación que supuso en uno de mis pacientes el simple hecho de sacar la voz. X era un sujeto con un significativo espasmo en la garganta, que facilitaba que este órgano estuviera expuesto a una continua somatización. Trabajando con un movi-miento expresivo, como se trabaja en Vegetoterapia, empezó a sacar la voz, ésta pronto se convirtió en un grito desesperado y en mani-festación de una significativa rabia. El espasmo cedió y hubo un importante progreso en la liberación de diversas pulsiones sádicas, muy tapadas, hasta ese momento, por un carácter extremadamente masoquista y un cuerpo excesivamente tenso.

El modelo reichiano enfatiza la idea de un cuerpo intoxicado (esta-sis energético), cuyas re(esta-sistencias se plasman en una coraza muscular, en sintonía funcional con la coraza caracterológica. Existe una causa de esta alienación caractero-muscular: la represión. Represión que hace que el hombre pierda contacto con sus instintos naturales y con la expresión espontánea de estos. El síntoma, desarrollado en el cuer-po o en la mente, expresaría la dificultad para ejercer la función natu-ral instintiva. El análisis tendría un fin: la liberación.

La importancia de la expresión es uno de los elementos funda-mentales que modulan buen número de técnicas terapéuticas en nuestros días; psicodrama, bioenergética, danzoterapia, etc., y que se configuró como uno de los principios fundamentales de mi quehacer clínico.

El psiquiatra Carlos Castilla del Pino plantea cómo la expresión de sentimientos es una exigencia del proceso emocional:

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“Y la función vinculante de los sentimientos no se cumpliría si lo sentimientos no tuvieran un segmento público, es decir, si no pudieran hacerse notar y ser notados. En ocasiones, a diferen-cia del que se queja de la notable repercusión sintomática de los sentimientos que experimenta, oímos la queja de quien carece de la suficiente expresividad”.5

Quien no posee la capacidad de conectar con su mundo emocio-nal y expresar de forma espontánea esto que acontece en el mundo interno se ve preso de un sufrimiento inútil y autodestructivo. Sufri-miento que puede ser liberado mediante la descarga y la expresión. Objetivo prioritario, éste, de las denominadas terapias psicocor-porales

El cuerpo como crisol

Al cabo de un cierto tiempo me fui dando cuenta de los impor-tantes límites de la visión “extravertida” tanto freudiana como rei-chiana, y aunque ambas partían de una mitología diferente, tenían en común vincular el síntoma al mundo de las relaciones objetales, aun-que en algunos aspectos de ambas teorías se pueda recurrir al con-cepto de “objetos internalizados”.La interpretación freudiana iría en el sentido de resignificar los vínculos iniciales del sujeto con su cons-telación familiar en relación con esas dos pulsiones que colocan la experiencia entre “el drama de la vida y la muerte”. Las herramientas reichianas pretendería facilitar la flexibilidad de la coraza caractero-muscular permitiendo la irrupción de la emoción amordazada por la represión familiar. Una interacción entre el cuerpo y la mente que colocaría al sujeto ante una realidad personal e histórica.

Mi experiencia personal y clínica me fueron determinando que podía existir una experiencia “más interna”, más introvertida, que diferenciándose del “padecer masoquista” podía contribuir a un obje-tivo más satisfactorio en el análisis del sufrimiento humano, una

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visión alquímica donde el cuerpo pudiera constituirse en un verda-dero crisol en donde “cocer” el padecer.

El estudioso de la alquimia Etienne Perrot escribe:

La paradoja de la gran obra es, en efecto, exigir de nosotros que llevemos una vida divinizada en un cuerpo de hombre y que hagamos de nuestra vasija de arcilla algo lo bastante amplio y sólido para contener este tesoro, o viceversa, que integremos el sí mismo, o sea, la energía infinita de la divinidad. Debemos, pues, resistir a toda tentativa de evasión y retener al espíritu por medio de nudos muy fuertes. Es lo que confiere su origi-nalidad e interés práctico a la formulación alquímica de la úni-ca obra interior.6

Recuerdo muy vivamente los primeros momentos de mi proceso analítico junguiano cuando mi analista me indicaba: “¡Cuidado!, a ver si al tirar el agua por la ventana tiras al niño que está en el reci-piente”. Lo que venía a decir “cuidado al intentar expulsar el sufri-miento mediante la expresión emocional, porque con ello también eliminas la posibilidad de desarrollar una actitud o proyecto nuevo que empieza a gestarse”.

A partir de esta simple indicación podemos empezar a extraer una serie de conclusiones que contrastan con el anterior discurso rei-chiano. El papel de la “contención” podría jugar un rol importante en la activación de lo que Jung consideraba “la función trascendente”, función responsable de la producción de imágenes arquetípicas; imá-genes, a su vez, portadoras de la simiente de la curación e individua-ción y que dotan a la vida de un profundo sentido espiritual.

Pasaría a un primer término el cuerpo como crisol, en donde “se cocerían” múltiples sentimientos, facilitando el sentido y la integra-ción. Se trataría de contener, no de reprimir, facilitando que las imá-genes pudieran acceder a la consciencia a partir del trabajo creativo, dotando al sufrir de un sentido que orientaría al sujeto humano en la vía de la maduración y la individuación. Las interacciones de la

men-6. E. Perrot, El camino de la transformación, Barcelona, Edicomunicación, 1992, pág 265.

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te y el cuerpo dejarían de ser estrictamente causales siendo mediati-zadas por el componente psicoide del arquetipo, por tanto, con la posibilidad de la expresión simultánea tanto en el plano de lo físico como en lo psíquico.

El físico David Peat nos lo expresa de esta manera:

Se puede construir efectivamente un puente entre los mundos interior y exterior y que la sincronicidad nos proporciona un punto de partida, dado que representa un pequeño defecto en la estructura de todo lo que hasta ahora hemos considerado como la realidad. Las sincronicidades nos ofrecen la posibili-dad de ver más allá de nuestros conceptos convencionales del tiempo y la causalidad, de los patrones inmensos de la natura-leza, de la danza fundamental que conecta todas las cosas y del espejo que está suspendido entre los universos interior y exte-rior. Con la sincronicidad como punto de partida, es posible empezar la construcción de un puente que atraviese los mun-dos de la mente y de la materia, de la física y de la psique.7

El cuerpo cargado de sentido; matriz donde interviene la psique viva con su mundo arquetípico; lugar de cocción, lugar de creación; en definitiva un inconsciente con una mayoría del material que no tiene que ver con lo reprimido, sino con un material que aún tiene que emerger y con el que se puede crear.

La teoría sexual que encontramos en Freud y que en Reich se vertiría en manifestación de la dominación de clase, en Jung se con-figurará sólo como “una pequeña parte” de sus postulados teóricos. Así este último nos dice:

Desgraciadamente, la comprensible sobrevaloración de la sexualidad por Freud lo condujo a reducir a la sexualidad tam-bién las transformaciones que corresponden a otras fuerzas anímicas, coordinadas con la sexualidad, acarreándole así el justificado cargo del pansexualismo. El defecto de la concep-ción freudiana radica en la unilateralidad a que tiende toda

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concepción mecanicista-causal, es decir, en la reductio ad cau-sam simplificante que, cuanto más cierta, más simple y más amplia sea, tanto menos fielmente se ajusta a la significación del material analizado y reducido”.8

Una interacción cuerpo-mente que vería modificada profunda-mente su relación. De una visión donde lo funcional y, por tanto, lo instintivo se configuraría en matriz definidora del proceso de repre-sión-liberación con una energía objetiva que sería reprimida o libe-rada, dentro del discurso reichiano, pasaríamos a una visión distinta, a una interacción en donde el sentido, la información que nos trans-mite el inconsciente, y que nos pertrans-mite compensar la unidirecciona-lidad de la vida consciente, se podría manifestar de forma sincronís-tica en el cuerpo y en la mente según el discurso junguiano.

La importancia que supuso la incorporación de las herramientas jungianas en mi trabajo analítico me fue permitiendo escuchar el inconsciente de mis pacientes no sólo como manifestación de la represión sino también como un consejero, consejero que me podía orientar acerca del cuerpo, la mente y las manifestaciones sufrientes de mis analizados. Aún tengo un recuerdo muy vívido de un pacien-te con muy poca tolerancia a lidiar con los sentimientos que se rela-cionaban con su inconsciente, entrando continuamente en momen-tos de pánico. Este paciente soñaba continuamente que tenía un hijo y este hijo enfermaba; no pasó mucho tiempo sin que se le detectara una enfermedad grave. Parece ser que el inconsciente nos daba vesti-gios de su futura enfermedad.

Me gustaría contar una breve historia, que he escuchado múltiples veces, historia que refleja una forma de concebir el mundo desde la sincronicidad, tan propia del mundo oriental y que a nosotros “cien-tíficos occidentales” nos puede ir muy bien para compensar la unila-teralidad de nuestra consciencia. La escuché por primera vez en mis primeros contactos con la meditación y que aparece en el trabajo del sinólogo Richard Wilhelm. La historia dice así:

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En cierto pueblo chino no había llovido durante varias sema-nas, cuando se buscó un hacedor de lluvia. Al llegar el ancia-no, se fue directamente a la casa que habían preparado para él y se quedó allí sin realizar ninguna ceremonia hasta que llegaron las lluvias. Al preguntarle cómo había logrado que cayese la lluvia, el anciano explicó que la causalidad no tuvo nada que ver. Al llegar al pueblo, el hacedor de lluvia se había dado cuenta de la ausencia de un estado de armonía y, por consiguiente, los procesos normales de la naturaleza no fun-cionaban según su diseño correcto. El hacedor de lluvia tam-bién se encontraba afectado, de modo que se retiró a su caba-ña para sosegarse. Cuando su armonía interna se recobró y el equilibrio se estableció de acuerdo con su patrón natural cayó la lluvia.9

Bella historia, sin duda, que en el marco del tema del sentido del padecer que estamos abordando, nos invita a ir más allá del plantea-miento causal a que nos tiene acostumbrada la ciencia occidental.

Caos y creatividad

En mi experiencia, se fueron dando ideas diferentes con relación a lo que es lo inconsciente, qué elementos se configuran como motor del sufrimiento y la conflictividad humana, y en cómo se relacionan el cuerpo con la mente; en definitiva: Freud, más Reich, más Jung... ¿sería el caos? En un momento de mi formación y desarrollo perso-nal me encontré con modelos diferentes, incluso contradictorios. ¡Qué cómodo hubiese sido seguir con una filiación específica que me diese un modelo coherente del acontecer clínico, una Biblia que me digera lo que es verdadero!

Recordando estos momentos me viene a la memoria un pasaje del trabajo de psicólogo John Briggs y el físico David Peat sobre la metá-fora del caos:

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Aunque los seres humanos tendemos a aborrecer el caos y a evi-tarlo siempre que nos sea posible, la naturaleza lo utiliza como medio adecuado para crear nuevas entidades, conformar acon-tecimientos y mantener la cohesión del universo. Esta revela-ción acerca del caos fue enunciada por los científicos hace más de treinta años y desde entonces ha constituido un campo de investigación permanente (...). Los sistemas caóticos están más allá de todos nuestros intentos de predecirlos, manipularlos y controlarlos. El caos sugiere que, en vez de resistirnos a las incertidumbres de la vida, lo que debemos hacer es aceptarlas. Y aquí es donde entra el segundo tema, la creatividad.10

Quizás sea necesario que la incertidumbre aumente en determina-dos períodetermina-dos de nuestra vida para que la creatividad pueda ser real-mente llamada; creatividad que en muchos casos duerme placida-mente y necesita el estímulo del caos para ser convocada. Bastante a menudo, nuestras pretendidas certidumbres acerca del mundo produ-cen distorsiones y decepciones acerca de la realidad. Y aún más, estas pretendidas verdades absolutas pueden acabar oscureciendo la auten-ticidad profunda de nuestra experiencia individual en la existencia.

Este hecho se torna en una realidad fundamental dentro de los modelos psicoterapéuticos, en donde el dogma adquiere una presen-cia continua dentro del corpus teórico. Ésta ha sido mi experienpresen-cia, cuando he pertenecido a diversas ortodoxias.

En un mundo postmoderno, dentro de una cultura del relativis-mo, sería correcto denunciar la palabra “verdad” como una palabra que ha sido utilizada como sinónimo de imposición. Una imposición que en muchos casos pasa por la violencia, caso de los fundamenta-lismos, pero no menos imposición cuando del chantaje emocional se trata.

El cuerpo sujeto a la mente todopoderosa; cuerpo sufriente que será recompensado en el paraíso; blanco de la somatización como expresión de la problemática infantil; intoxicado por obra de la cul-tura represiva; el cuerpo y la mente en una relación acausal pero

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cronística; relaciones todas ellas argumentadas por diversas doctri-nas que se dicen acreedoras del saber humano, pero que al mismo tiempo resisten a un nuevo nacimiento, que empezando en la diver-sidad caótica llega a la creatividad integrativa.

Pero ¿cómo podríamos hablar de integración y desde qué lugares?

Los inicios de la integración

Tenemos que reconocer en la obra y trabajo clínico de C. G. Jung, el hecho de haber sido uno de los iniciadores en los planteamientos integrativos dentro del campo de la psicología y la psicoterapia. En uno de sus trabajos nos dice, hablando sobre las diversas escuelas y sus ideas diametralmente opuestas:

De ahí que los partidarios de cada uno de estos puntos de vis-ta tiendan a considerar erróneas las opiniones de los demás para simplificar la situación. Pero un análisis objetivo de los hechos demuestra que cada uno de estos métodos y teorías hay que reconocerle cierta legitimidad, pues cada uno puede pre-sentar no sólo ciertos éxitos, sino también hechos psicológicos que su respectivo presupuesto demuestra (…) Cuanto más nos adentramos en la esencia de lo psíquico, tanto más nos con-vencemos de que la complejidad y diversidad de los seres humanos hace necesarios puntos de vista y métodos diferentes para responder a la multiplicidad de disposiciones psíquicas11.

En estas frases vemos cómo en los cimientos de la práctica analí-tica se revindica por igual posiciones aparentemente irreconciliables y se dan los primeros pasos hacia la integración. Aunque en la obra de Jung encontramos pocas referencias directas a cómo realizar esta integración vemos, sin embargo, determinados principios que la favorecen.

EL SUFRIMIENTO EN LA MENTE Y EL CUERPO 59

11. C.G. Jung, “Consideraciones de principio acerca de la psicoterapia práctica”. En

La práctica de la psicoterapia,Obra completa vol. 16, Madrid, Trotta, 2006, págs. 8 y 13,

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A la hora de enfocar los problemas que el sujeto trae a la consul-ta, desde el enfoque junguiano predomina una visión finalista que nos indica que los síntomas poseen un significado que nos guía hacia la individuación, compensando la unidireccionalidad de nues-tra consciencia. Pero este genio de la psicología no desdeña los enfo-ques reductivos-causales. Estos enfoenfo-ques señalan la responsabilidad de determinados acontecimientos en la historia del sujeto como determinantes en el origen de su problemática existencial, como plantea el psicoanálisis, la psicología adleriana o la terapia psico-corporal reichiana.

En 1986 el teórico de la consciencia Ken Wilber publica un traba-jo con el titulo Psicología Integral, trabatraba-jo que, desde mi punto de vis-ta, se convierte en uno de los primeros intentos de ordenar, relacio-nar e integrar los elementos teóricos clave que conforman las diver-sas vertientes terapéuticas. Éste nos escribe:

He intentado presentar un modelo espectral y global de la psi-cología; un modelo evolutivo, estructural, jerárquico y siste-mático al mismo tiempo, extraído tanto de las escuelas orien-tales como de las escuelas occidenorien-tales. Este modelo espectral del desarrollo de la conciencia constituye también, en mi opi-nión, un espectro de sus posibles patologías. Si el desarrollo de la conciencia atraviesa una serie de estadios, una “lesión” en un determinado estadio puede llegar a ocasionar un especial tipo de psicopatología. En tal caso, la comprensión de la naturale-za evolutiva de la conciencia, de sus estructuras, de sus esta-dios y de su dinámica general, constituirá un elemento indis-pensable para el diagnóstico y el tratamiento.12

Ken Wilber, teórico de la moderna psicología transpersonal, nos plantea cómo las diversas patologías y sus expresiones de sufrimien-to están en función tansufrimien-to de la intensidad de las agresiones que reci-be el sujeto como del estadio o fase en que se producen (hasta ahora nada distinto de la visión clásica psicoanalítica), pero en su

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