JOSÉ SILVIO BOTERO
Postmodernidad
y familia
INTRODUCCIÓN
El título de este libro puede llamar la atención: Posmodernidad y familia. Hacia una nueva pedagogía familiar. ¿Qué tiene que ver la posmodernidad con la familia y con una nueva pedagogía? ¡Ciertamente mucho! Son tres realidades que hoy se presentan estrechamente relacionadas. Alguien aseguró que la familia es la única institución que ha logrado superar todos los embates de la historia porque, en alguna forma, ha sabido adaptarse a las circunstancias.
¿Cómo entender este adaptarse? No se trata de un plegarse totalmente a las exigencias de un determinado período de la historia; lo que se quiere afirmar es que la familia en cada momento ha hecho discernimiento acerca de los valores a asimilar y de los antivalores a reprobar. Ésta es precisamente la tarea que la familia debe llevar a cabo al presente: discernir cuáles son los valores humanos y cristianos de la posmodernidad, cuáles los antivalores, para poder cumplir cabalmente la misión de “personalizar” y de “socializar” a las nuevas generaciones de hombres y mujeres de hoy.
Juan Pablo II en la exhortación apostólica Familiaris consortio aludió al “protagonismo” que la familia debe asumir al presente: “Las familias deben crecer en la conciencia de ser ‘protagonistas’ de la llamada ‘política familiar’ y asumirse la responsabilidad de transformar la sociedad; de otro modo las familias serán las primeras víctimas de aquellos males que se limitaron a observar con indiferencia” (n. 44).
La presente obra gira en torno a tres aspectos: la familia como sujeto llamado a operar una transformación; la posmodernidad como el clima en que se encuentra la familia del tercer milenio; y Introducción
El título de este libro puede llamar la atención: Posmodernidad y familia. Hacia una nueva pedagogía familiar. ¿Qué tiene que ver la posmodernidad con la familia y con una nueva pedagogía? ¡Ciertamente mucho! Son tres realidades que hoy se presentan estrechamente relacionadas. Alguien aseguró que la familia es la única institución que ha logrado superar todos los embates de la historia porque, en alguna forma, ha sabido adaptarse a las circunstancias.
¿Cómo entender este adaptarse? No se trata de un plegarse totalmente a las exigencias de un determinado período de la historia; lo que se quiere afirmar es que la familia en cada momento ha hecho discernimiento acerca de los valores a asimilar y de los antivalores a reprobar. Ésta es precisamente la tarea que la familia debe llevar a cabo al presente: discernir cuáles son los valores humanos y cristianos de la posmodernidad, cuáles los antivalores, para poder cumplir cabalmente la misión de “personalizar” y de “socializar” a las nuevas generaciones de hombres y mujeres de hoy.
Juan Pablo II en la exhortación apostólica Familiaris consortio aludió al “protagonismo” que la familia debe asumir al presente: “Las familias deben crecer en la conciencia de ser ‘protagonistas’ de la llamada ‘política familiar’ y asumirse la responsabilidad de transformar la sociedad; de otro modo las familias serán las primeras víctimas de aquellos males que se limitaron a observar con indiferencia” (n. 44).
La presente obra gira en torno a tres aspectos: la familia como sujeto llamado a operar una transformación; la posmodernidad como el clima en que se encuentra la familia del tercer milenio; y la pedagogía, la estrategia a emplear para cumplir su misión como “personalizadora” y “socializadora”.
Los doce capítulos se proponen ofrecer una reflexión relativamente amplia a través de unos temas que ponen de presente la variada problemática que afronta la familia hoy, los recursos pedagógicos a tener en cuenta y el “protagonismo” humano y cristiano que la familia está llamada a realizar. A cada uno de los capítulos se ha añadido un anexo en vista a complementar la reflexión con el aporte de algún autor destacado que escribe respecto al tema propuesto.
Esta obra está pensada en función de los padres de familia que están inquietos por saber cómo sortear el problema tan complejo de la educación de los hijos en este contexto de posmodernidad; así como también a las “escuelas de padres de familia” que se han organizado para ayudarse mutuamente en los momentos particularmente difíciles; igualmente los agentes de pastoral (sacerdotes, educadores, seglares comprometidos, etc.) encontrarán aquí elementos útiles para el trabajo pastoral en favor de la familia.
Trabajar en favor de la familia es “construir el futuro de la humanidad” como sugirió Juan Pablo II en diversas ocasiones. Ya antes de él, el concilio Vaticano II se había pronunciado en formas diversas acerca de la familia, al afimrar que esta es “escuela de humanismo” (GS 52), que es “célula primera y vital de la sociedad” (AA 11), que es “la primera escuela de virtudes sociales” (GE 3). Y de los padres de familia afirmó también que son “los primeros predicadores y educadores de la fe” (AA 11).
1
Síntomas de la postmodernidad en la familia
Un autor español afirmó que “somos posmodernos sin darnos cuenta”. Éste es un síntoma alarmante de nuestra sociedad: aspirar un tipo de aire sin tomar conciencia de si es conveniente o nocivo. Éste es el problema de los padres de familia posmodernos: ¡no saben cómo actuar! Están confusos porque el cambio los ha cogido por sorpresa. Un mensaje de aquellos que aparecen en Internet reportaba una descripción de la forma como se siente “la nueva generación de padres de familia”:
Parece que en nuestro intento por ser los padres que quisimos tener, pasamos de un extremo a otro. Así que somos los últimos hijos regañados por los padres y los primeros padres en ser regañados por los hijos. Los últimos que tuvimos miedo a nuestros padres y los primeros que tenemos miedo a nuestros hijos. Los últimos que crecimos bajo el mando de los padres y los primeros que vivimos bajo el yugo de los hijos.
¿Cuál es el motivo para esta consternación? Muchos padres de familia no son conscientes del paso que se ha operado de la época de la modernidad a la postmodernidad, lo que implica una serie de mutaciones en el ambiente social. E. Gervilla ha catalogado una serie de cambios de la modernidad a la postmodernidad: Modernidad Postmodernidad Lo absoluto Lo relativo La unidad La diversidad Lo objetivo Lo subjetivo El esfuerzo El placer Lo fuerte Lo “light”
Pasado / futuro Presente
La razón El sentimiento La formalidad El humor La certeza El agnosticismo1.
El contraste entre las dos generaciones –la de los padres y la de los hijos– es notable: los padres de familia de una cierta edad crecieron y fueron formados en el clima de la modernidad: la ley, la razón, la autoridad, eran los criterios que prevalecían hace unas décadas; el esfuerzo, la abnegación, el carácter fuerte y bien templado eran objetivos que los padres proponían a los hijos; se miraba al pasado en función del futuro; lo sagrado, la razón, la certeza eran parámetros que guiaban la educación.
Hoy, en cambio, están primando otros valores. Las nuevas generaciones parece que han renunciado a la tradición de sus padres y optan por un nuevo estilo de vida: ya no es “lo absoluto” sino “lo relativo” lo que prevalece; un “relativo” que los jóvenes lo formulan con la expresión “depende de...”. No es la norma establecida por la autoridad la que determina el quehacer, sino el subjetivismo, lo que cada uno quiera hacer y decidir; no es el pasado o el futuro el que modera y proyecta, sino el presente, el instante concreto que se vive; no es la razón sino el sentimiento el que mueve la voluntad a actuar; y ahora es el placer el que impulsa y no el deber.
Este cambio tan radical ha desencadenado lo que suelen llamar la “crisis de generaciones”; el mismo mensaje de Internet a que se aludió anteriormente comenta:
Lo peor es que somos los últimos que respetamos a nuestros padres y los primeros que aceptamos que nuestros hijos no nos respeten. En la medida en que el permisivismo reemplazó al autoritarismo, los términos de las relaciones familiares han cambiado en forma radical para bien y para mal. En efecto, antes se consideraban “buenos padres” a aquellos cuyos hijos se comportaban bien, obedecían a sus órdenes y los trataban con el debido respecto. Y “buenos hijos” eran aquellos que eran formales y veneraban a sus padres. Pero en la medida en que las fronteras jerárquicas entre nosotros y nuestros hijos se han ido desvaneciendo, hoy “buenos padres” son aquellos que logran que sus hijos los amen, aunque poco los respeten.
Un autor español, refiriéndose a la “explosión de una contracultura”, hace un diagnóstico de la situación presente:
• Con nuestros autoritarismos arbitrarios y nuestros abusos de fuerza, tanto sociales como familiares, ha quedado desprestigiada la autoridad.
• El liderazgo, apoyable en la validez de las utopías, nos lo ha cuestionado la crisis de la modernidad en la cultura y la mediocridad e hipocresía en la familia.
• Sin poder que controle y sin liderazgo que oriente, las fuerzas primitivas de las generaciones (lo elloico) han explotado, quedando a su arbitrio...
• Todos los investigadores de la familia –sociólogos y psicólogos– coinciden en afirmar que la familia sólo tiene todavía plena fuerza en la etapa de la primera socialización...; el grupo de los iguales –los colegas– y la cultura con sus medios de masa se encarga del resto.
García Forero, hablando desde la perspectiva de los padres de familia, acerca de los conflictos de la familia actual, afirmaba:
En la familia hay un sentimiento de miedo ante el crecimiento de nuestros hijos que supone nuevos problemas y nuevos desconciertos. Desconcierto al no saber el tipo de autoridad que es posible ejercer; en ese vacío la tolerancia y la permisividad son el camino más cómodo. Se ha llegado a una pérdida de actitudes y de proyecto familiar común, de estilo de vida; los hijos huyen de la casa: la mayoría de los intereses, estímulos, conocimientos y diversiones les llegan de fuera de la familia.
El sociólogo G. Pastor, como también P. Beltrao, llama “despotenciamiento” al fenómeno que afecta a la familia: la pérdida de una serie de funciones que antes se le reconocían: educación, salud, trabajo, deporte, economía, etc. A la familia se le reconocen hoy como funciones propias la socialización del niño y la dimensión afectiva a nivel de la pareja; de las funciones institucionales se ha pasado a las funciones personales; ya no interesa la consecución de metas sociales sino sólo individuales o psicológicas.
Los estudiosos de la posmodernidad señalan como una de las consecuencias del paso de la modernidad a la posmodernidad la aparición del hombre light, de un hombre “débil”, superficial. “Se trata de un hombre sin vínculos, sin compromisos, en el que la indiferencia estética se alía con la desvinculación de casi todo lo que lo rodea. Un ser humano rebajado a la categoría de objeto, repleto de consumo y bienestar, cuyo fin es despertar admiración o envidia”, escribe E. Rojas, autor que ha subrayado el sentido que hoy se da al término light:
Es la palabra mágica que hoy está de moda y con la que se trata de vender una serie de productos de menor valor energético para conseguir una línea esbelta, por ejemplo: la coca-cola sin cafeína, la cerveza sin alcohol, el tabaco sin nicotina, la sacarina o el queso sin grasa (...). Lo light lleva implícito un verdadero mensaje: todo es ligero, suave, descafeinado, liviano, aéreo, débil y de bajo contenido calórico; podríamos decir que estamos ante el retrato de un nuevo tipo humano cuyo lema es tomarlo todo sin calorías.
R. Cuadrado añade algunos detalles más a este retrato:
La persona light tiene, ante todo, un pensamiento débil, y le faltan principios; se preocupa sólo por lo práctico y lo inmediato; su lema es pasarla bien en cada momento; se instala en el relativismo afirmando que “todo vale igual”; camina sin finalidad y sin proyectos y, por lo mismo, todo para ella es espontáneo y permisivo; piensa y obra con mentalidad consumista: “Tener más para consumir
más”; es como el telespectador con mando a distancia, que cambia constantemente de canal, sin saber lo que hay en cada uno y buscando no se sabe qué.
La cosa no para aquí; un hombre light no es más que el comienzo de una cultura light, de una sociedad light. Un autor italiano –Gianfranco Morra– proyecta las consecuencias más allá todavía: un hombre débil es el inicio de una pareja débil, de una familia débil, de una sociedad débil, de una política débil, de una escuela débil, de una educación débil, incluso de una Iglesia débil.
Estas diversas manifestaciones y consecuencias del hombre light las estamos experimentando ya: prueba de esto es la “permisividad” que se está difundiendo a diversos niveles, como reacción contra una educación autoritaria, legalista, rigurosa. La tolerancia, que en otro tiempo tuvo mala prensa porque equivalía a debilidad, a complicidad, hoy ha cambiado de signo: es una actitud de respeto de frente al pluralismo de razas, de culturas, de cosmovisiones... Del permisivismo al relativismo no hay más que un paso; de hecho, Benedicto XVI en estos primeros años de su pontificado ha llamado la atención repetidas veces sobre la amenaza del relativismo moral en nuestro tiempo.
No todo es malo en la posmodernidad; en su intento de corregir los abusos y errores de la modernidad se colocó como la “antípoda” de ésta; de ahí la contraposición de los valores de una y otra, como anota Gervilla. Las nuevas generaciones han querido rescatar algunos valores que la modernidad no tuvo en cuenta, como el placer, el sentimiento, lo subjetivo, la diversidad, etc.
A nivel de familia-institución también se debe dejar en claro algún aspecto positivo:
Esas funciones, aparentemente individuales, puede ser que cumplan al mismo tiempo una importante misión social; es decir, que la familia moderna satisfaga necesidades psíquicas de sus miembros pero que con ello esté contribuyendo, al mismo tiempo, a resolver un decisivo problema colectivo como es el de la integración y estabilidad social.
Contraponer valores fue una tentación de las épocas pasadas por razón de la dicotomía de la cultura griega que privilegiaba los valores espirituales y menospreciaba los valores temporales; éste es otro motivo de la crisis de generaciones a que ya se hizo alusión. En este sentido, las nuevas generaciones están dando un aporte positivo a nuestro tiempo.
Por esta razón, los padres de familia deberán superar el tipo de pedagogía de antaño bastante marcada por el autoritarismo y dar paso a una nueva pedagogía. N. Galli hace referencia a este propósito a la pedagogía “democrática” que busca el “justo medio” entre el autoritarismo y el “lezeferismo” (permisividad):
Metodológicamente, la dificultad consiste en elaborar y llevar a cabo un concepto pedagógico de autoridad capaz de suscitar y dilatar la autonomía del menor, en lugar de comprimirla y anonadarla. En la familia, la autoridad no se
proclama; y quien la pretende, no la obtiene. Por esto hay que concebir la autoridad como ayuda, como acto gratuito de amor.
Galli pone de presente el problema que se experimenta hoy:
Mientras por un lado ha ocasionado el abandono casi general de los modelos autoritarios, típicos de una mentalidad rural y patriarcal, por otro no ha sido capaz de sustituirlos por otros más idóneos para responder convenientemente a las exigencias de los hijos en desarrollo. La desorientación de los padres, llamados a actuar en una edad de profundas transformaciones estructurales y en un mundo “acelerado”, siempre movible en lo que toca a los “individuos”, a las masas y a las situaciones, se ha concretado en conductas ampliamente tolerantes y de tendencias libertarias, dejando a los adolescentes prácticamente a merced de sí mismos.
Posmodernidad y globalización están estrechamente relacionadas; la primera se diría que sirve de “caldo de cultivo” para la segunda. La globalización con su afán de impulsar la economy society está promoviendo la “cultura del consumo”: producir para consumir; ningún proyecto, ya sea social o político, privado o público, local o internacional, profesional o asociativo, puede prescindir de lo económico.
Como para la modernidad, también para la globalización el joven es personaje central, fundamental. En la sociedad globalizada la televisión, el recurso a Internet, a los juegos electrónicos, es algo que apasiona al adolescente, al joven. En la revista Opinión del diario colombiano El Tiempo (agosto de 2008) aparecía este comentario de una psicóloga:
Si bien reconocemos que la tecnología hace parte del mundo actual, empleada adecuadamente ha traído muchos beneficios en el campo educativo y es fuente de información y de entretenimiento; también se ha convertido en un problema cuando los niños abusan de ella. Y se exceden por diversos motivos: a la población infantil va dirigida una gran cantidad de programas, tanto de televisión como de juegos electrónicos, que capturan fácilmente su atención. Algunos padres colocan televisores en cada habitación, compran muchos juegos electrónicos a sus hijos y creen que “lo mejor es que se ocupen en estas actividades en cambio de no hacer nada”.
Son padres que no establecen límites o no pueden estar a menudo con sus hijos. Por otro lado, la continua exposición a mensajes publicitarios impulsa a las familias a “estar a la moda” y a la adquisición de toda clase de juegos, a lo cual también contribuye la presión del grupo de amigos. Son los padres los que tienen que fijar un límite desde que el niño es pequeño pero, desafortunadamente, no lo hacen a tiempo y desconocen los perjuicios que causa el exceso de utilización de estos medios en el desarrollo físico, en los procesos mentales y en la socialización de sus hijos.
obesidad, conductas agresivas y violentas, limitación del juego espontáneo, libre y creativo, tensión y ansiedad, disminución del rendimiento escolar y, a veces, no logran comunicarse en la vida cotidiana y prefieren refugiarse en el contacto que les ofrecen los juegos electrónicos.
¿Qué sugerencias se pueden hacer a los padres de familia de frente a las consecuencias de la posmodernidad? Los autores plantean diversas posibilidades. En primer lugar, E. Gervilla propone tres pautas en relación con tres características de la posmodernidad: educar en el relativismo, educar en el presente, educar en el individualismo hedonista y narcisista.
El impacto del relativismo de la posmodernidad sobre la ética del joven se puede detectar en cuatro aspectos: el afán de vivir el presente dejando de lado el pasado porque éste ya no existe más, y descartando el futuro porque no interesa elaborar proyectos para el porvenir; sólo le interesa el “hoy” inmediato; el individualismo que lo lleva a poner el propio bienestar por encima de los intereses de los demás; el hedonismo o búsqueda del placer a toda costa y la carencia de sentido crítico que lo coloca dentro de la masa anónima de la presente sociedad.
Educar en el relativismo es educar para vivir en el politeísmo y pluralismo y, en consecuencia, educar para la tolerancia y para vivir en la secularización, pero evitando caer en los polos opuestos que la modernidad subrayó al acentuar el eficientismo, la obsesión por el rendimiento y la tecnificación. De otra parte, la posmodernidad está abonando la debilidad, la desorientación, la afectividad. Sólo una educación sólida y basada en principios y valores firmes, pero al mismo tiempo flexible y tolerante, llegará a ser educación para todos; fortaleza en el qué (contenidos de la educación), pero debilidad y flexibilidad en el cómo (realización práctica).
“La posmodernidad nos ha mostrado la importancia del ‘presente’ como el mejor modo de vivir la realidad”, afirma Gervilla. Desafortunadamente, para el joven posmoderno el “pasado” ya no es memoria, y menos aún memoria significativa; el futuro, alejado del horizonte vital, no constituye una preocupación. Prescindir del antes y del después, con sus ventajas e inconvenientes, es quitar al ser humano una dimensión fundamental, singular, distintiva y diferenciadora de otros seres.
La educación debe ser integral, no sólo en referencia a toda la persona (alma y cuerpo), sino también en relación al contexto histórico en que se halla el ser humano (pasado, presente y futuro). Centrarse sólo en el “presente” es como quien mira al cielo por una claraboya: está reduciendo al máximo la posibilidad de contemplar todo el panorama.
Educar en el individualismo hedonista y narcisista es educar en la afectividad y el sentimiento, en el placer inmediato, en la novedad. La posmodernidad ha dado relieve al cuerpo humano, a la estética, a la dietética, valores que la modernidad
había descuidado; ciertamente la modernidad con su racionalismo había mutilado la persona en detrimento del sentimiento. Todo lo que signifique exclusión conlleva mutilación y, por tanto, es un mal consejero en materia de educación.
La educación en familia exige saber combinar la exigencia del esfuerzo con el relajamiento necesario y oportuno; aun las máquinas necesitan un espacio de tiempo para enfriarse después de que han estado en funcionamiento; es necesario conciliar la exigencia de la ley con el ejercicio de la libertad, pues la misma libertad humana, tan ansiada entre los jóvenes, queda atrofiada sin el hábito del esfuerzo. “La educación, escribe Gervilla, es la carrera de una persona (animal racional/pasional) necesitada lo mismo del placer que del esfuerzo para llegar a la meta”.
La educación en esta época de posmodernidad requiere un esfuerzo por parte de los padres y también por parte de los hijos; es una tarea comunicativa. Por parte de los padres, supone un esfuerzo por conocer a fondo a los hijos, tomarlos en serio como personas y quererlos de verdad; necesitarán los padres preparación y competencia buscadas con inquietud y en formación permanente.
Los hijos son también parte del encuentro familiar; también a ellos se les ha de exigir una serie de actitudes ineludibles para comunicarse adecuadamente con sus padres; habrá que pedirles una buena dosis de comprensión, confianza, diálogo, respeto y amor. Habrá que pedirles que no vean a la familia como un locus (lugar) para vivir o como una instancia de la cual se espera recibirlo todo, viendo a sus padres no tanto como “servidores”, sino primordialmente como personas.
En síntesis, la pedagogía que los padres de familia deben tener presente hoy, al intentar educar a sus hijos en un clima de posmodernidad, supone la integración de los valores de la modernidad con los valores de la posmodernidad; querer excluir unos u otros es romper la dialéctica de la existencia humana que conlleva la exigencia de conciliar radicalidad y flexibilidad.
Saber conciliar razón y sentimiento, esfuerzo y relajación, lo absoluto con lo relativo, lo objetivo con lo subjetivo, la unidad con la diversidad, etc. Cualquier solución adialéctica que se intente dar en el campo de la educación significará desconocer las múltiples polaridades de la persona humana; equivale a ignorar que la vocación del hombre implica tener en cuenta que tiene los pies puestos sobre la tierra y al mismo tiempo tiene la mirada vuelta al cielo.
Anexo
Modernidad y posmodernidad: “el mismo perro con distinto collar”
Si lo que antecede es cierto, si lo descrito es básicamente reflejo de la realidad, entonces lo sensato parece cambiar. Cuando la realidad no satisface urge separar. Pero en lugar de cambiar poniendo remedios, la modernidad quiere disimular sus
dolencias y, como si tuviera miedo a enfrentarse con ellas, hace todo lo posible por ignorarlas. De este modo se engaña a sí misma, y no contenta con ello, se empeña en cambiar el nombre sin cambiar la realidad; abandonando sus viejos hábitos indumentarios y cambiando el collar, piensa haber cambiado el perro. El viejo collar denominado modernidad ha sido sustituido por el collar de marca posmodernidad. ¿Quién no ha oído lanzar al vuelo esas campanas de la supuesta posmodernidad? Y qué diferentes, empero, éstas a las otras campanas de Zaratustra, por mucho que nos desagradaran.
Pues bien, ni hemos abandonado los planteamientos de la ilustración ni de posmodernidad cabe hablar, a no ser en el sentido moderno que, para ser plenamente modernos, exige ser posmodernos, al modo como el nuevo jabón es posterior al anterior pero a la vez más nuevo; una modernidad sustituye a la otra dentro de la misma modernidad, todo es resultado de la cuestión hegeliana aufhebung, donde suprimir es elevar y conservar (...).
Pero ¿cuáles son los caracteres que se atribuye doña posmodernidad? Aunque es muy difícil señalar esos caracteres –todo el mundo habla y habla, pero no sabemos bien de qué habla cuando se refiere a la posmodernidad– tal vez podría decirse que el posmoderno defiende:
• La irrelevancia de Dios para la vida de los hombres. • La decadencia del humanismo como filosofía.
• Y, como síntesis, la desaparición del cristianismo.
Los sustitutos de esa terna ya los hemos analizado y se limitan, por su parte, a lo siguiente:
• Veneración por lo epicúreo. • Instalación en el paréntesis. • Entronización del consenso.
(Tomado de: Díaz, Carlos. Escucha postmoderno. Paulinas, Madrid, 1985, pp. 31-32).
2
La familia en la “tercera ola”
Puede parecer extraño el título de este capítulo; responde a la obra de un escritor “futurista”, A. Toffler: La tercera ola. Es un acercamiento al problema de los “modelos alternativos” de pareja-familia: La razón radica en el hecho de no poder analizar una historia ya bastante larga. Debemos concentrarnos en un período especial como es el elegido: el paso de la modernidad a la posmodernidad. Y dentro de este marco señalado, subrayar la crisis de la pareja-familia y la perspectiva de futuro. No nos quedaremos en una mera constatación del ser de la familia hoy, sino que se debe aludir también al “deber ser”. Al emplear la expresión “modos alternativos” no se quiere entender la expresión como si fuera igual a “modelos facultativos”.
Los investigadores se han interesado en estudiar algunas experiencias alternativas de familia. “Por un mero afán innovador o por desilusión de la propia familia, por intereses políticos de reformas o por un ideal social de progreso, por principios de mejoramiento moral, religioso, psicológico o comunitario, tanto filósofos como sociólogos especularon desde antiguo proyectos utópicos sobre sociedades perfectas en las que nuevas formas de familia solucionarían problemas individuales y colectivos”, escribe Gerardo Pastor Ramos.
Este sociólogo señala algunas de estas formas alternativas: el proyecto de “ciudad comunista” de Platón, las “comunas” de data reciente, el kibbutz israelita, las comunidades religiosas, la familia soviética. Levy-Strauss, citado por Borghi, niega la existencia de un único modelo de familia y pone el acento sobre la extrema diversidad de formas que la institución familiar ha asumido en los distintos tipos de sociedad.
Más que historia de la familia, los autores han hecho la historia del matrimonio. La familia era contemplada más que todo como el desarrollo sociológico de la pareja humana. Al hacer referencia a una serie de modelos se deben tener en cuenta los diversos factores determinantes: matriarcado, patriarcado, endogamia, exogamia, los mitos orientales sobre la “dualidad sexual” orientados a subrayar la
unidad y la fecundidad de la pareja humana, la naturaleza, la propiedad, etc. Hoy se habla también del “filiarcado”.
Alguien podría atribuir los cambios de la familia a lo largo de la historia a un fatalismo sociológico, lo que no es justo. La familia no evoluciona por fuerza del azar, no está a la deriva según la rosa de los vientos. La familia continúa buscando el modelo que se ajuste mejor al genuino sentido humano. De aquí que los modelos alternativos de matrimonio y familia deben ser contemplados, no en forma estática sino dinámica, es decir, en actitud de convergencia hacia un modelo que realice al máximo el ideal auténtico que la pareja debe buscar.
Sobre el futuro de la familia no han faltado augurios pesimistas: en 1927 J. Watson se permitía predecir que después de cincuenta años no existiría el matrimonio; Terman pronosticaba que en el futuro ninguna joven llegaría virgen al matrimonio; David Cooper anunciaba hace unas décadas “la muerte de la familia”; Zorokin, citado por P. Beltrâo, afirmaba que teniendo en cuenta que las cifras del divorcio siguen creciendo, se llegaría a eliminar la diferencia entre el matrimonio y las relaciones sexuales ilícitas, de tal modo que la familia no sería más que “un parqueadero nocturno”.
Estos augurios no se han cumplido a la letra. El mismo Cooper debió reconocer posteriormente que “la familia no muere, al contrario la familia se renueva”. No obstante los cambios que ha debido soportar a lo largo de muchas centurias y los interrogantes que muchos autores se han planteado, la familia ha llegado al tercer milenio. Con esto está demostrando su capacidad de adaptación a las mutaciones que le han sobrevenido. Es una ley de vida que lo que no se adapta, muere. La familia cambia según el tipo de sociedad en que se encuentra inserta. Nos preguntamos entonces con Rudolf Siebert: ¿la familia se está esterilizando o se está reestructurando?.
Marciano Vidal explica por qué la familia goza de un cierto grado de adaptabilidad a las circunstancias:
La familia es una institución primaria, y por lo tanto, perenne; está sometida a variación continua, debido al influjo que sobre ella ejercen las transformaciones sociales; para conseguir su finalidad humanizadora la familia precisa realizar un permanente “ajustamiento” de su estructura y de sus funciones en relación con las variaciones socio-históricas”.
Fernández del Riesgo escribe:
La explicación de la organización y universalidad de la familia hay que buscarla no tanto en una exigencia de tipo biológico, como en la misma naturaleza de la sociedad, y en la capacidad que ésta tiene para adoptar medidas de cara a su propio ajuste adaptativo y a su supervivencia.
¿No será un signo de esta supervivencia de la familia el hecho de que muchas instituciones quieran ampararse bajo el techo del término “familia”? Se habla de la “familia de las naciones”, de la “familia educativa”, de la “familia religiosa”, de la
“familia sindical” y de los diversos tipos de pareja que hoy conocemos, que también quieren llamarse familia. Esto es lo que se detectaba en el “proyecto de derechos de la familia” elaborado en Viena en vista a la Conferencia Mundial de El Cairo (1994).
La familia ha evolucionado, y tal vez en este último siglo mucho más que en toda la historia precedente. A una cierta estabilidad de la familia contribuyó el énfasis que se hacía a la institución, al bien común. Hoy, en cambio, se subraya fuertemente el interés del individuo. Esto explica por qué se destaca el paso de la “familia fuerte” a la “familia débil”. Cuando decimos familia fuerte nos referimos a la familia tradicional (familia extensa o familia nuclear) que en buena medida mantenía una cierta unidad y estabilidad, para distinguirla de la familia débil de nuestro tiempo, caracterizada por la diversidad de modelos alternativos que han echado a perder la unidad y la estabilidad de otro tiempo.
Queriendo centrar lo más posible el tema del presente capítulo, señalaremos el impacto que afronta la familia que, como un sándwich, como un emparedado, como algo que se halla entre dos fuegos, como quien nada entre dos aguas, soporta el influjo de la modernidad y de la posmodernidad. La situación es compleja porque, de una parte, la familia tradicional y la familia nuclear coexisten en la sociedad actual; de otra parte, hay una cantidad de nuevos modelos de familia que surgen como consecuencia del influjo de la posmodernidad.
Son dos mentalidades en contraposición que dan lugar a afirmar que la familia es duradera y frágil al mismo tiempo. Se intenta presentar no tanto la diversidad de modelos de familia, que todos conocemos en alguna forma, cuanto las causas que ocasionan esta variedad de tipos de familia.
¿Qué factores han determinado este paso de la familia “fuerte” a la familia “débil”? Fundamentalmente son tres: la fragmentariedad, el individualismo hedonista y la ruptura de las dos dimensiones de la pareja humana, la unidad afectiva y la fecundidad; tres causas que explican, en buena medida, la reacción de la posmodernidad contra la modernidad. Cada una de estas causas alude a elementos que la modernidad acentuaba unilateralmente.
La fragmentariedad de la familia es un hecho. Ya no se habla de modelos sucesivos de familia, como sucedía con la familia tipo patriarcal y la familia nuclear que responden al paso de la cultura agraria a la cultura industrial, y que en muchos lugares pueden coexistir. A. Toffler comenta el paso de la familia nuclear a la que él llama la “tercera ola”. Esta tercera ola es otro modelo diverso, una diversificación de tipos de familia. Se trata de una verdadera multiplicación progresiva de modelos.
Los escritores hablan ya de la “familia fragmentada”. Y no sólo por razón de la variedad de modelos de familia que van surgiendo, sino también porque cada modelo en sí mismo sufre este fenómeno de la fragmentariedad, por motivos de edad, trabajo, religión, emigración, etc.
Los diversos modelos de familia derivan de consideraciones distintas: sea el modelo pedagógico (familia autoritaria, familia permisiva, familia democrática); sea el tipo de familia en razón de la legitimación social (unión consensual, sea de tipo cultural, ideológico o situacional), matrimonio civil, matrimonio religioso, divorciados vueltos a casar; sea con fundamento en la generación (generación natural, adopción o mediante los diversos métodos que ofrece la biogenética); sea por la forma de organizarse (familia patriarcal-extensa, familia nuclear o reducida, familias monoparentales, familias reconstituidas con sus 26 variantes, la familia de los llamados “singles”, la “pareja-gay”, etc.
Un nuevo modelo comienza a aparecer en la panorámica familiar: es la llamada “familia alargada del joven-adulto”; se trata del joven que prolonga su permanencia en casa de los padres gozando de las ventajas del joven y del adulto. La expresión típica de este “joven adulto” es “vivamos de nuestros padres hasta que podamos vivir de nuestros hijos”. En Italia los llaman ‘mamones’. De aquí que los estudiosos de la familia hablan ya del “filiarcado”.
Toffler comenta el hecho de la fragmentariedad de la familia diciendo que “estamos saliendo de la era de la familia nuclear para entrar en una nueva sociedad caracterizada por la diversidad de vida familiar”. A este propósito recoge la opinión del sociólogo Jessie Bernard, quien afirma que “el aspecto más característico del matrimonio en el futuro será precisamente la diversidad de opciones abiertas a personas diferentes que desean cosas diferentes de sus relaciones sexuales”.
¿Cuáles son las causas de esta fragmentariedad? Una primera causa es la ruptura con el mundo moderno, fuertemente anclado en la autoridad-razón, en la fuerza de la institución, en la relación de pasado-presente-futuro, en la hegemonía del varón (esposo y padre), en la unidad religiosa, en una legislación centrada en el bien común de la sociedad, en el “conservadurismo”, en la eficiencia, etc.
Con el rompimiento de la cosmovisión moderna, se opera lo que Luis González–Carvajal designa como “la oscilación del péndulo”, que explica de este modo:
Resultaba, sin duda, exagerado aquel ascetismo profano. El hombre moderno caminaba siempre con la mirada puesta en la meta, sin ser capaz de detenerse a disfrutar del paisaje. Por eso era necesario aprender a vivir el “aquí” y “ahora”. Pero parece como si la posmodernidad se hubiera ido al otro extremo, desvalorizando completamente el trabajo, el mérito y la emulación.
Las consecuencias de la modernidad son diversas; las encontramos en la forma como la posmodernidad ha querido reaccionar contra la modernidad. El énfasis al sentimiento como rechazo al predominio de la razón; la fijación sólo en el presente, pues al hombre posmoderno no le interesa recordar el pasado y menos aún programar el futuro; con el acento al sentimiento se abre un espacio a la
mujer que ahora hace la oposición al machismo tradicional; como consecuencia del rechazo al autoritarismo y a la eficiencia en el trabajo ahora prevalece el permisivismo y el aprecio por el tiempo libre que ha dado origen a la “cultura del ocio”.
La misma unidad religiosa que caracterizó a la modernidad ahora se ha roto, abriendo así la puerta al pluralismo que estamos observando: un cierto mercado de los dioses, o una religiosidad a la carta; el pluralismo de formas de concebir la vida y la sociedad ha abierto la puerta al relativismo de los valores humanos; la posmodernidad valora exageradamente la “edad joven” dejando de lado al adulto y al anciano; valora el paso de compromisos “definitivos” a compromisos “blandos”. Todo esto está desencadenando el debilitamiento social en diversos aspectos, y con ello se está operando una adolescentización de la sociedad.
El individualismo hedonista es la segunda causa que ha provocado el paso de la familia “fuerte” a la familia “débil”. “A nadie escapa, escribe Secundino Movilla, que las corrientes posmodernas quieren poner de relieve la primacía del sujeto. Es la afirmación del “yo” que, de una parte, reivindica para el sujeto la libertad y la capacidad de decidir, y de otra parte, le repliega hacia posturas narcisistas”.
La modernidad al sobrevalorar la institución, y con ella la imposición de la razón y del objetivismo, ha dado lugar a la reacción en favor del subjetivismo, del sentimiento, del valor de la experiencia, porque “todo pasa a través de lo que vivo y siento”, escribe Ana María De Donini. Mientras en la modernidad se concibió al hombre, como homo faber, como homo sapiens, ahora en la posmodernidad se le define como homo ludens, como homo sentimentalis. González-Carvajal comenta que el Homo sentimentalis no es simplemente el hombre que siente, puesto que cualquier hombre siente, sino el hombre que valora el sentimiento por encima de la razón”.
Queriendo la posmodernidad corregir el olvido a que la modernidad había relegado al sujeto, al individuo, ha invertido el conflicto: del objetivismo/subjetivismo estamos pasando al subjetivismo/objetivismo. A propósito del homo sentimentalis, es sintomático el hecho de que el adolescente de nuestro tiempo es un ser hambriento de afecto y de ternura; además concibe la vida de pareja y de familia como un lugar especial donde se respira este ambiente de valoración del sentimiento y del afecto.
El individualismo o subjetivismo comporta unas consecuencias que merecen la atención. En un contexto subjetivista ya no cuenta la verdad como tal sino mi verdad. En virtud de esta orientación, “cada uno puede construir su edificio conceptual sobre la base lógica que mejor le resulte, es decir, sobre la forma de lenguaje que razonablemente considere más apta con tal de mantener la coherencia interna (…). La cuestión de la verdad no dice relación ni adecuación ni correspondencia a la verdad objetiva, sino la coherencia interna con un sistema lógico que nos sirve para situarnos en la realidad, pero del cual no podemos ni
siquiera dar razón”.
Subjetivismo, opción por mi verdad, y relativismo axiológico están muy emparentados, porque “si bajo un punto de vista metafísico los valores son absolutos, desde una visión psicológica y sociológica son siempre relativos”. “El racionalismo extremo sobrevaloró la razón al hacer de ésta la diosa rectora de la vida y, por lo mismo, se idolatró el saber científico sin tener en cuenta sus limitaciones y peligros (…). La educación posmoderna ha constatado el fracaso del racionalismo, del absolutismo cientista, del dogmatismo religioso… como incapaces de una orientación axiológica que lleve a los seres humanos y a la sociedad a una mayor felicidad. En consecuencia, la nueva educación caminará por las sendas del pluralismo, la debilidad, la desorientación, el escepticismo, la secularidad, la afectividad”.
Una consecuencia del individualismo es querer borrar las diferencias que distinguen a los seres humanos. Un signo es la tendencia al “unisex”. La posmodernidad al acentuar la “mismidad”, borrando las diferencias, ¿no estará abriendo camino a la cultura “gay”? Con la posmodernidad parece que se pretendiera cancelar la diferencia biológica y cultural que distingue al varón de la mujer.
La cultura actual está generando una cierta homogeneización en las formas de vestir, de trabajar, de convivir entre el hombre y la mujer; cada vez se presta menos atención a la complementariedad de que está dotada por naturaleza la relación de varón-mujer. No sólo se hacen desaparecer las funciones diversas del varón y de la mujer, sino que se va hacia una situación que se caracteriza por la ampliación de márgenes de indeterminación, muy susceptible a las interpretaciones subjetivas. Existe una verdadera tendencia a la homologación sexual. Pierpaolo Donati, distinguido sociólogo italiano, da una voz de alarma contra el peligro de “la homologación entre varón y mujer que es un riesgo que hay que evitar”.
El subjetivismo se revela con expresiones muy sencillas pero explícitas: “No me nace…”, “sí me nace…”, “depende…”. Son algunas de las fórmulas con que los jóvenes responden a las preguntas que se les hace, expresiones que revelan la espontaneidad, la provisoriedad, el énfasis que hacen al presente, la simpatía por los “compromisos blandos”, características de la posmodernidad.
Cuando los autores aluden al subjetivismo o individualismo hedonista, se refieren al énfasis que la posmodernidad hace al placer. Date la buena vida es el título de una de las obras de Fernando Savater. Un título que está en consonancia con la llamada “cultura del ocio” o del “tiempo libre”, con el aire de fiesta, con la “industria de la diversión” que están en boga.
Es posible afirmar que este individualismo hedonista y narcisista ha llegado a forjar la nueva definición del hombre como homo ludens. Una manifestación muy concreta de dicho hedonismo narcisista es el culto al cuerpo que el hombre
posmoderno le tributa. Escribe Bartolomé Bennassar:
Hemos pasado del desprecio ascético del cuerpo al aprecio místico del mismo. Frente a espiritualismos, ascetismos, exclusiones y represiones triunfa el cuerpo deportivo, sano, bello y fuerte. El antiguo mens sana in corpore sano se trueca por el posmoderno corpus sanum in mente sana. (…) Frente a opresiones y represiones culturales, padecidas principalmente por la mujer, frente a condicionamientos culturales de roles con incidencia en mi cuerpo, se vive una “des-represión” notable.
El relativismo es consecuencia del acento que la posmodernidad hace al sujeto, al individuo. No valorándose más la institución que abonaba al conglomerado social, la unidad y estabilidad de la comunidad, ahora se subraya el sujeto, pero considerado aisladamente, por tanto, considerado como una pluralidad de individuos. El pluralismo ha roto la unidad de la verdad y ahora cada uno se construye su propia verdad, mi verdad, que corresponde a mi opinión. De aquí al relativismo sólo hay un paso, porque se llega a afirmar con facilidad el principio postmodernista de que “todo vale”.
“El relativismo tiene consecuencias muy graves incluso de tipo social y político. Si toda convicción moral vale igual que cualquiera otra, lo que se instaura es la ley del más fuerte sin posibilidad de apelación ética objetivamente válida”.
Es lógico que una cultura asentada sobre la base del individualismo hedonista y narcisista traiga consecuencias desastrosas para la familia. Un individuo a quien sólo interesa su propio bienestar y que cuenta con el otro tanto cuanto puede servirle a sus intereses, difícilmente podrá acoplarse a la vida de familia con una actitud de altruismo, de solidaridad y cooperación, de entrega generosa. El hombre posmoderno, tan amigo de los “consensos blandos”, no comulga con los compromisos definitivos. El hombre posmoderno es un individuo que se fija en el presente, en el “aquí” y “ahora”, en lo provisorio, lo demás no cuenta.
Un ejemplo claro es la actitud frente a la fidelidad conyugal: el hombre posmoderno no se preocupa por ser fiel a la palabra dada en el pasado; tampoco le interesa proponerse la fidelidad como proyecto de futuro, porque no comparte los compromisos definitivos; el hombre posmoderno sólo sabe conjugar el verbo “ser fiel” en presente, “aquí y ahora”, y esto condicionado por el proprio interés, por la propia conveniencia.
La ruptura de las dimensiones unitiva y procreativa de la pareja, para centrar todo el objetivo sólo en el placer, es la tercera causa de la familia “débil”. A partir del concilio Vaticano II el Magisterio de la Iglesia católica inculca que no se deben separar las dimensiones de la unidad y fecundidad de la pareja que el concilio expresó con aquel binomio de “unitivo y procreativo” (GS n. 51).
El culto al cuerpo, a que ya se hizo alusión, es un culto ególatra. Se entiende el cuerpo en función de mi persona, no en servicio y en bien del otro, y menos aún en función de la sociedad. Hasta hace poco tiempo la pareja humana estuvo
centrada en la misión de la procreación como un servicio a la vida, a la conservación de la especie humana. Era el tiempo en que prevalecía la institución. Quienes fueron fruto del baby boom en las primeras décadas del siglo XX, ahora son los promotores del baby dwon de la segunda mitad de siglo. Hoy el cuerpo está, al parecer, sólo en función del interés individualista, hedonista y narcisista. Ni siquiera la unidad conyugal, en cuanto compromete a la fidelidad, interesa.
El editorial de la revista española Razón y fe (marzo de 2000) señalaba varios motivos que justifican hoy una preocupación seria por una política de la promoción familiar:
Las consecuencias de la baja fecundidad se reflejan principalmente en la estructura económica y en el mismo modelo de familia. En algunos foros políticos y económicos se ha establecido una conexión de causa-efecto entre la disminución de población activa y la insuficiencia de capital social que asegure las pensiones. Junto a esta última consecuencia, la falta de experiencia de fraternidad aparece como particularmente significativa.
¿Con la política del “hijo único” no se agravará aún más este síntoma?
Todo lo anteriormente expuesto conduce a lo que llaman “proceso de posmodernización” que aplicado a la familia consiste en un conjunto de tendencias perceptibles, que parecen orientar la familia hacia un nuevo paradigma. Hay que entender aquí por “paradigma” un patrón, un método, una tendencia u orientación. Pierpaolo Donati habla del “paradigma utilitarístico” como la nueva normativa latente en la presente sociedad.
La mentalidad anti-life (mentalidad contra la vida), a que hacía referencia Juan Pablo II en Familiaris consortio (n. 30), en la Carta a las familias (n. 13) y en Evangelium vitae (n. 100), fue consecuencia de una presión externa a la familia; hoy es el resultado de una conciencia individualista y de pareja que se está creando por fuerza de la visión posmoderna hedonista y narcisista. Un buen ejemplo de esta visión nos la dan las parejas que vemos haciendo turismo por el mundo, paseándose con un perro. Con esta mentalidad contra la vida sería fácil encontrarse con avisos publicitarios como éste: “Se alquila casa para esposos con perro y gato, pero sin hijos”. Juan Pablo II, durante la celebración del Jubileo de las familias (Roma 14-15 de octubre de 2000), subrayó que la familia y la vida son valores que pertenecen a la gramática fundamental de la convivencia humana entre los pueblos.
La familia, como se ha podido constatar, se encuentra entre dos aguas: la modernidad y la posmodernidad. Continuar en la postura de “oscilación del péndulo” no es una actitud válida. Mejor es asumir la actitud que nos representa “la espiral”, una actitud que se esfuerza por integrar las aporías que se encuentran en conflicto: razón y sentimiento, institución e individuo, absoluto y relativo, uno y múltiple, etc. La imagen de la espiral nos sugiere la forma de
proyectar el futuro de la familia. Hay que dejar claro que la posmodernidad no es mala en sí misma. Lo malo radica en la unilateralización que ha hecho de determinados valores.
Ante el panorama que se ha descrito anteriormente, surge una pregunta: ¿la sociedad continuará haciendo historia por este camino? Se siente la necesidad de replantear esta situación. La sentencia de Juan Pablo II en Familiaris consortio nos pone en la dirección de la convergencia: “La Iglesia ofrecerá a todas (se está refiriendo a las familias que se hallan en situaciones difíciles) su ayuda desinteresada, a fin de que puedan acercarse al modelo de familia que ha querido el Creador ‘desde el principio’…” (n. 65).
“Nunca existió una familia eterna”, afirma M. Vidal. Y añade a continuación, citando al sociólogo Salustiano del Campo:
La comprensión de lo que es una familia hoy en nuestras sociedades occidentales exige desprenderse de anteojeras reaccionarias o ultraprogresistas, porque no sirven. La familia que va a sobrevivir no es la eterna con que algunos sueñan, porque su origen es muy reciente y es, sencillamente, un tipo particular dentro de las que existen”.
La pareja-familia de hoy se halla frente a una doble alternativa: de una parte, algunos han formulado pronósticos pesimistas (D. Cooper, Watson, Terman, Zorokin) que hacen pensar en un “fatalismo sociológico”: que determinadas tendencias sociales determinen inexorablemente el futuro de la pareja–familia. No será así. De otra parte, hay derecho a prever un futuro mejor. Martínez Cortés alude a una “sociología del sujeto” que atribuye al “agente humano la posibilidad de modificar el contexto en el que vive; no ser mero elemento paciente de un cambio social o cultural”.
M. Vidal, analizando los “factores constitutivos y los rasgos definitorios de la familia postmoderna”, señala algunas características a base de las cuales es posible reconstruir el futuro de la pareja-familia: una familia “autopoyética”, una familia “relacional”, una familia “mediadora”.
Por cuanto es una familia “autopoyética”, posee la capacidad para auto-organizarse:
La privacidad, el sentimiento, la libertad prevalecen sobre lo público, la racionalidad, lo establecido. El modelo relacional pone de relieve no sólo la función de la familia en cuanto “lugar” en el que se comunican las personas, sino también en cuanto “fuerza creadora” de personas en relación. La reinstitucionalización de la familia en la esfera pública hace que la familia posmoderna se convierta en “mediadora”: por la familia transitan y se comunican las diversas generaciones sus experiencias, sus sabidurías, sus ilusiones y sus rebeldías.
Un futuro mejor para la pareja-familia no es obra de un automatismo. Un futuro mejor será fruto de la acción que se lleve a cabo en favor del sujeto
humano. La familia, como institución, se revela tremendamente frágil; por tanto, no podrá apoyarse en el orden establecido, en la ley o la costumbre, sino en la decisión de las personas. De ahí que la atención que se preste a las personas, propiciando su madurez, será la que dará base a una nueva perspectiva.
Juan Pablo II, en Familiaris consortio, había puesto de presente la necesidad de promover el ‘protagonismo de la familia’: “Las familias deben crecer en la conciencia de ser protagonistas de la llamada ‘política familiar’, y asumirse la responsabilidad de transformar la sociedad; de otro modo, las familias serán las primeras víctimas de aquellos males que se han limitado a observar con indiferencia” (n. 44).
En síntesis, no hay que discurrir demasiado para descubrir el futuro de la pareja-familia: frente a la tendencia despersonalizante, en alguna forma, y desocializante del fenómeno de la posmodernidad; la pareja-familia deberá asumir la tarea que le corresponde por naturaleza: ser factor de personalización y de socialización.
Proponer la convergencia de los diversos modelos de pareja-familia existentes al presente, es promover en las parejas el cultivo de unos determinados valores humanos y cristianos: amor fiel, unidad y fidelidad, solidaridad y responsabilidad, diálogo y comprensión recíproca, etc. Las diversas y múltiples formas de construir pareja desarrollan más o menos ciertos valores, pero no los agotan. Sólo un esfuerzo generoso y progresivo logrará cultivar aquellos valores que hacen de la verdad humana y cristiana la vida de pareja.
Anexo
Amar no es asfixiar. ¡Pilas, padres de familia!
Los padres “sobreprotectores crean y crían hijos inseguros de todo y de sí mismos. Menos dinero y más amor. Dos cosas: una mala y otra buena. Comencemos hoy con la mala para rematar en otra ocasión con la maravilla de ser padre y madre. En una escuela indígena del Vaupés leí: “Primero hay que educar a los padres, luego a los maestros y, si queda tiempo, a los hijos”. Tal es el orden.
El panorama es oscuro hoy más que nunca, porque se enseñan matemáticas, literatura, etc., pero no se enseña a ser padres, y tener hijos hoy es una empresa muy arriesgada, si se mira cómo está este mundo para criarlos: droga a la orden del día y hasta en los colegios, emisoras con desvergonzados programas sobre sexo y cuyos directivos proclaman que les gusta el porno y que tienen problemas sexuales, hogares desbaratados y un largo etcétera... Lord Rochester escribía: “Antes de casarme tenía seis teorías sobre la forma de educar a los niños. Ahora tengo seis niños y ninguna teoría”.
Pero mostrar afecto no es ahogarlos en afecto como hacen hoy tantísimos padres sobre-protectores. Pretenden liberarlos de todos los peligros y los condenan al peor de todos, la inseguridad. Los padres sobreprotectores crean y crían niños inseguros de todo y de sí mismos. Como educador conozco muchísimos casos de muchachos cuya vida ha sido desgraciada por culpa de estos padres que no los amaban, sino que los asfixiaban de amor.
Nietzsche decía que esos padres más que amar al hijo, se aman en el hijo. Son muchachos incapaces de enfrentarse al amor en la vida; para esto se necesita plantarse como hombre frente a una mujer para amarla; pero el miedo de la inseguridad, el fantasma de la madre que quiere estar en todo, arruinan hasta el amor. Hay padres que, con la mejor intención pero con pésimos resultados proclaman que no quieren que su hijo sufra lo que ellos sufrieron. Está bien: no los envíen descalzos a la escuela como ellos tuvieron que ir cuando estaban en el campo, pero enséñenles que no todo es regalo en la vida, que las cosas hay que ganarlas, que el dinero no se encuentra debajo de las piedras.
Estos padres convierten a sus hijos en tiranos. Casos, y muchos, los hemos visto en los muchachos que piden y piden, y ahogan a los padres de tal manera que ya no pueden satisfacer tantas exigencias. Otros padres confiesan paladinamente: “Yo conozco a mi hijo”. Pobres, los únicos que conocen bien a los muchachos no son ellos, ni tampoco los maestros, sino sus amigos. Entonces, cuando por desgracia o por lo que sea, es cada vez más frecuente que los muchachos incursionan en la droga; al advertírseles a los padres, éstos generalmente se encolerizan y lo niegan.
“Yo conozco a mi hijo y mi hijo me dice que eso es falso”. Padres ingenuos, que no saben que los que se inician en la droga y los adictos son mentirosos, lo niegan todo. Ese amor mal entendido de los padres los lleva a cerrar los ojos ante la realidad y las evidencias hasta que estalla el problema, y entonces ya es tarde. Y los niños pequeños, que bobos no son, saben manejar muy bien a sus padres. Entre las cosas sumamente sencillas que hasta los niños saben manejar, están sus propios padres.
Alguien con razón decía: “Ser padre es muchas veces negarse a pensar con la cabeza y sólo razonar con el corazón y éste no razona y, además, es traicionero. Padres, amor sí, pero con la cabeza también. Menos dinero y más amor verdadero”.
3
Eclipse de la figura del padre y de la madre
Diversos autores europeos se han encargado de desarrollar en libros y en artículos de revistas el título de este capítulo. Autores como J. P. Sartre, F. Kafka, S. Freud, experimentaron este “eclipse” de la figura del padre. El título del artículo surgió a raíz de una encuesta hecha en el norte de Italia en la década del 1980-1990; se preguntaba a dos mil jóvenes entre los 15 y 25 años, a cuál de estas seis personas (papá, mamá, hermanos (as), amigos(as), sacerdote o educador) se solían dirigir en el caso de buscar un consejo o la solución de un problema.
Al tabular las respuestas de la encuesta se obtuvo este resultado: 36% se dirigen a los amigos(as); 27% a los hermanos(as); 19% a la madre, 10% al sacerdote, 5% al educador; sólo el 3% busca al padre. El resultado desconcierta un poco o mucho. Incluso la cifra de jóvenes que van a la madre en búsqueda de una orientación es muy baja, si se tiene en cuenta lo que ha representado la madre en la sociedad tradicional.
Se habla con razón de “eclipse” de la figura del padre y también de eclipse de la figura de la madre. Una primera causa la podemos detectar en el paso de la familia autoritaria a la familia “lezeferista” (permisiva); en la familia autoritaria, el padre tenía un derecho (casi absoluto) sobre la esposa-madre y los hijos, incluso en algún tiempo, derecho de vida y de muerte. Con la crisis de la autoridad, el esposo y padre se ve despojado de su autoritarismo y cae al pavimento de la igualdad entre personas.
Esta caída ha hecho que el esposo y padre se ponga al margen de la familia, porque se siente acomplejado, inútil, sin oficio: la esposa le exige compartir la autoridad en familia, los hijos le piden diálogo; y él no ha sido educado para vivir en este nuevo contexto social. De verdad, el contexto social ha cambiado radicalmente: el cambio de “paradigma” es un hecho.
organización:
• Masculinidad = paternidad. • Paternidad = autoridad.
• Autoridad = comunidad (familia).
Una concepción biologicista muy elemental creía que toda generación humana terminaba en un hijo-varón; si, por casualidad, la generación traía una mujer al mundo, se pensaba en un hombre-fallido. De aquí que se diera al “macho” la prioridad y la prevalencia en la sociedad; por esta razón el “machismo”, del que ha adolecido la sociedad por muchos siglos, perduran hasta el momento en que se hace el descubrimiento del óvulo en la mujer, que cambia totalmente la cosmovisión. Kari E. Børresen habla de “la antropología y del androcentrismo”.
El “paradigma” tradicional ha cambiado totalmente. Unos nuevos binomios dan base a una nueva perspectiva:
• Amor = relación. • Relación = encuentro.
• Encuentro = comunidad (familia).
Ya no es desde la genitalidad como se explica la estructura de la sociedad y de la familia, sino desde el amor humano. Tradicionalmente se definía al ser humano como “animal racional”; la sexualidad se consideraba más como genitalidad, en relación con los animales. Hoy se define al hombre (varón-mujer) desde una perspectiva teológica, como lo sugirió Juan Pablo II en su primera carta encíclica Redemptor hominis (1979): “El hombre no puede vivir sin amar: no se comprende a sí mismo, su vida no tiene sentido si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta”(n. 10).
Según sea la estructura desde la cual se conciba la paternidad (desde la genitalidad o desde el amor humano), dependerá el tipo de relaciones que se establezca entre esposos y entre padres e hijos: un modelo de relación funcional (institucional) o un tipo de relación personal (humanizante). En la relación funcional es posible suprimir al ‘otro’; en la relación personal, en cambio, el “otro” es un valor insustituible.
Otra razón del “eclipse” de la figura del padre y de la madre puede hallarse igualmente en la concepción de padre: de qué tipo de padre se trata: ¿del padre biológico?, ¿del padre afectivo o psicológico?, del padre simbólico o ¿socio-cultural?. A. Milano afirma que la figura de padre que se cuestiona hoy es la del padre socio-cultural. ¿Qué significa “ser padre” para la cultura de nuestro tiempo? Dostoievski había afirmado que “padre no es tanto el que te engendra; padre es el que te engendra y se hace digno”.
Estos diversos factores han contribuido al “desprestigio de la paternidad”. J. A. Ríos González –psicólogo español– explica el prestigio de la paternidad como una paternidad “desconocida”, como una paternidad “aplastada”, como una
paternidad “asesinada”, como una paternidad “culpabilizada”.
Cuando el autor se dedica a explicar cada uno de estos calificativos lo hace poniendo de presente algunos factores especiales: por ejemplo, la intensidad de la relación padre-hijo durante el primer año de vida del niño; un caso sintomático a este respecto es la situación del padre ante el niño en la fecundación heteróloga asistida: este tipo de intervención genera un debilitamiento de la función simbólica más que en la función real.
La división de funciones, que en la familia patriarcal tuvo un notable influjo, contribuyó a crear un cierto distanciamiento entre padre-hijo; el padre permanecía en la periferia de la familia, mientras que la madre se mantenía en el centro, dentro del hogar. “La madre congela en su frigorífico personal o familiar algunas informaciones que la convierten en el miembro más poderoso del sistema familiar”, escribe Ríos González. El hecho de que el padre ejerciera la dimensión de la autoridad y la madre la de la benignidad hacía que el hijo se confiara más en la madre que en el padre. De ahí que el autor se refiera a una paternidad “aplastada”.
La teoría psicoanalítica empleó la figura del “asesinato del padre”; con dicha figura se quería representar al padre como alguien que limita las ansias de libertad, de autonomía, de independencia, que reclama el niño en la medida en que camina hacia la madurez. “Destronar al padre y, de modo colateral, a cuantos representan o simbolizan lo que encarna el padre (educadores, maestros, dirigentes, figuras de la autoridad o poder...) es un objetivo fundamental de la dinámica que apoya esta teoría”.
Hoy es normal que el psicoterapeuta, al analizar el conflicto psicológico de una determinada persona, quiera conocer el ambiente familiar; Ríos González escribe:
La razón es muy sencilla, en el afán de pasar del enfoque lineal (sólo el paciente es causa de sus males) al enfoque circular o sistémico (lo que le sucede al paciente tiene algo que ver con el sistema familiar), hay un intento de buscar factores explicativos de la aparición de un síntoma. (...) Los padres, enseguida, se sitúan en la actitud de quien espera ser acusado. La paternidad, al menos en el plano de muchas familias, está terriblemente culpabilizada.
Los diversos epítetos que Ríos González da a la paternidad (desconocida, aplastada, etc.) tienen algún fundamento: lo dice él mismo: la mayoría de las peticiones de ayuda vienen hechas a través de las madres; la mayoría de los padres varones se manifiestan poco comprometidos con los conflictos de los hijos; hay muchos padres varones amenazados que renuncian a misiones paternales de primera magnitud, por no “enfrentarse” al hijo con el inevitable y desagradablemente necesario deber de poner límites; hay hijos que pueden más, mucho más, que el padre, lo que lleva a claudicaciones en áreas exigidas por la normal jerarquización.
madre. La revista italiana Noi genitori e figli (Nosotros padres e hijos) reportaba en un fascículo (1999) cuatro caricaturas del padre: el papá “sombra” que no encuentra un momento libre para pensar en su familia; el papá “amigote” que teme actuar como padre y prefiere comportarse como amigo del hijo; el papá “duplicador” que intenta “clonar” al hijo para que sea como él; el papá “excelencia” que tiene el complejo del “padre eterno”. Junto a éstas se puede aludir también a algunas caricaturas de la madre: mamá “general”, la mamá “mar de lágrimas”, la mamá “sin autoridad”.
Otro problema que está causando crisis en las familias es la diversidad de modelos de familia que en la posmodernidad se están haciendo más frecuentes cada día; los estudiosos de la sociología de la familia aluden a muchos; entre otros, enunciemos algunos: uniones consensuales, divorciados vueltos a casar, viudos(as) con familias recompuestas, madres solteras, padres con hijos por adopción, parejas gay, parejas con hijos “probeta” (por fecundación artificial), etc.; a estos modelos añadamos las familias tipo patriarcal o nuclear, y tantos otros modelos que los nuevos tiempos van suministrando. La pluralidad de padres o de madres dentro del hogar, se comprende, hacen que también se debilite la concepción de la paternidad.
No obstante toda esta problemática, “Papá y mamá son todavía necesarios”, es el título de un artículo muy sugestivo. Se trata de la reflexión de un psicopedagogo que afirma que todos entramos en contacto con el mundo a través de la familia, sea buena o mala; sirviéndose de experiencias clínicas (“depresión anaclítica” y “hospitalización”) pudo demostrar que la ausencia del padre, y sobre todo de la madre en los primeros años de vida del niño, le afecta gravemente. De aquí que concluya afirmando que “la familia, cualquiera que sea la forma y la cualidad, como también la falta de la familia, es decisiva en la escritura de los primeros capítulos de nuestra historia”.
Esto puede afirmarse igualmente de la familia en el plano religioso. Testimonio de esta aseveración es la obra de M. Cabada quien ha recogido la experiencia de otros profesionales en este campo. El niño intuye en sus padres algo de “divino”; en dos momentos diversos alude al paso de “la vivencia paternal a la divinidad” y al “Dios vivido en el amor paternal”. “En la concepción del niño, escribe Cabada, los padres están aureolados con esta trinidad de perfecciones (omnipotencia, omnisciencia, perfección moral), entre las cuales cabría decir que la tercera, es decir, la perfección moral, entendida como bondad total, es la que más está cargada de valor afectivo”.
Estas dos últimas referencias (el atacamiento psicológico del niño a sus padres en la infancia y la dimensión religiosa del niño) serían suficientes para introducir el tema de la necesidad de superar la crisis de imagen del padre y de la madre, y postular la recuperación de una nueva imagen de padre, de madre; siendo los padres de familia necesarios para la personalización y socialización del hijo,