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El Analfabeto Emocional Spanis Ismael Cala

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Academic year: 2021

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Si el pesimismo y la inseguridad nos impidieron un ascenso personal o profesional, si el tráfico cotidiano saca nuestro monstruo interno de furia, si los celos nos dominan en las relaciones, y la impaciencia y la culpa son moneda corriente con nuestros hijos… es tiempo de actuar.

Con El analfabeto emocional, Ismael Cala nos propone huir de la victimización, dejando atrás

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miedos y creencias limitantes. Así tomaremos nuestras propias decisiones, teniendo en cuenta diferentes formas de pensamiento para vivir a pleno; sin modos reactivos ni frustraciones. “Entre más uno cultiva la inteligencia emocional, más desarrolla su propia confianza y transparencia, sobre la base de una intuición innata”.

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D

El día

en que aprendí a

leer

(de verdad)

La inteligencia emocional no es lo contrario de la inteligencia, no es el triunfo del corazón sobre la

cabeza. Es la única intersección de ambas. DAVID R. CARUSO

urante mucho tiempo he sido un analfabeto emocional, a pesar de haber estudiado dos carreras universitarias, de haber tomado varios cursos profesionales y de contar con una sólida educación familiar. En casa, mi madre y mi abuela me inculcaron valores humanos profundos,

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fundamentales para sobrevivir en un mundo difícil — y muchas veces cruel—, pero no consiguieron llegar más allá. Sencillamente, porque desconocían ese “más allá”, que no tiene nada que ver con la muerte. El nuestro era un hogar humilde, como la gran mayoría de los del pueblo donde nací y crecí. Mi abuela Annea era una mujer excepcional, con un carácter fuerte y convicciones muy firmes. Pese a haber perdido el equilibrio emocional desde muy joven, debido a la muerte de un hijo, Annea trabajó todo lo que pudo para sembrar en mí ciertos valores que provenían del sentido común y del cariño. Vivo inmensamente agradecido por haber contado con su apoyo y guía. Sobre todo, porque aquella era una sociedad complicada: la familia influía menos que el Estado cubano en la educación general de los niños y jóvenes. A pesar de las largas ausencias de mi padre, aquellas dos mujeres —madre y abuela—

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echaron sobre sus hombros la formación de nuestros valores. No hay que olvidar que en la Cuba comunista la religión estaba proscrita; la espiritualidad laica era innombrable en un país declarado oficialmente “materialista”. Por tanto, huérfanos de cualquier visión alternativa sobre el ser humano, solo nos quedaba la familia: un reducto en el cual se hablaban temas que no debíamos mencionar en otros lugares. El panorama que describo no significa que las sociedades con libertad religiosa absoluta, o que permitan un mayor papel de la familia en la educación, hayan solucionado el problema de la inteligencia emocional. No, porque en estas aparecen otros fenómenos que lo impiden.

MODULANDO MIS EMOCIONES

Desde los quince años, mi abuela —casi inconscientemente— empezó a modular mis emociones sobre un

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tema tan complejo como la muerte. Entonces, repetía a menudo que se moriría ese año; me obligaba a prepararme para cuando no estuviera. A esa edad, yo no imaginaba mi vida sin

ella pero, si lo analizo en la distancia, aquella angustia empezó a formar en mí una actitud frente a la muerte; una emoción perturbadora que me obligó a reflexionar, hasta conseguir las ideas que defiendo hoy. Sin embargo, mi abuela Annea, mi primera “maestra” de vida, cayó en la trampa emocional de convertirse en víctima, y nunca mitigó el dolor que le causó la pérdida de su hijo. Quiso vivir mientras estuve a su lado, en el hogar familiar, pero abandonó

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toda esperanza el día en que decidí construir mi propia vida. ¿Cuál habría sido su reacción si hubiese estado preparada emocionalmente para un momento inevitable? ¿Qué lecciones nos dejan la soledad autoinducida, la dependencia excesiva hacia los demás y las heridas eternamente abiertas?

Como he contado en alguna otra ocasión, mi familia ha estado marcada por el suicidio. Mi padre intentó quitarse la vida varias veces; yo tenía seis años cuando mi abuelo se ahorcó; mi tía Araceli tomó la misma decisión un tiempo después. Y todo esto ocurría en una fase compleja de mi formación como

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individuo. Algo andaba mal, y yo lo sabía, aunque me resultaba difícil entender por qué poseíamos una herencia genética tan cruel. Con mi abuela aprendí una condición emocional imprescindible: hay que huir de la victimización. Sin embargo, las soluciones no son cuestión de días, sino de un aprendizaje permanente.

Hay quienes desprecian la literatura inspiracional, casi siempre sin conocerla a fondo. Sobran en este mundo quienes afirman saberlo todo, absolutamente todo. Ilusamente, creen que no necesitan aprender nada más. Muchas veces los observo en conferencias, cursos y otras actividades. Llegan con ideas preconcebidas, colocan su estatus económico por encima de todo —como un puñetazo sobre la mesa—, esperando la rendición total de los demás e intentando medir la felicidad en millones. Quienes se comportan de tal modo tampoco se muestran muy

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dispuestos a compartir. Conciben el mundo desde su refugio de cristal, como si las posesiones materiales alcanzadas fuesen suficientes para apertrechar el espíritu. Presento estas observaciones desde el mayor respeto, con el ánimo de llamar la atención y siguiendo el sentido común. No me considero un maestro ni un gurú. Simplemente, he vivido y estoy aquí para contarlo. Puedo dar fe de mi transformación espiritual, de cómo he debido convertirme en un gladiador de la mente. No sé dónde estaría ahora mismo si me hubiera conformado con la inercia de eso que llaman destino. Ni la situación económica de mi círculo familiar, ni la realidad del país donde nací, ni las barreras con que uno se tropieza en cualquier lugar del planeta consiguieron hacerme desfallecer. Pero, reitero, la batalla por la subsistencia no termina nunca.

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Escribo este libro porque considero que el camino a la espiritualidad, a la libertad personal y a la inteligencia emocional debería comenzar en la infancia, para que familiares y maestros ayuden a reafirmar el potencial de niños y adolescentes. Hay muchos seres humanos rendidos a la frustración porque su voz fue silenciada en esas etapas tan complejas y determinantes del ser humano. El estímulo temprano permite un tiempo de maduración imprescindible para lograr el equilibrio de la autoestima; pero, si no fue posible que esto sucediera en las mejores condiciones, aún estamos a tiempo.

El aprendizaje es eterno. En la adultez podemos reparar algunos daños del pasado, con dedicación y paciencia. Pero el “milagro” solo se hará realidad si entendemos en qué tramo del camino estamos, si llegamos a comprender que el problema existe y, por

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supuesto, si nos proponemos crecer para solucionarlo. Como ya se ha visto, una instrucción escolar de calidad no es suficiente para formar seres humanos equilibrados. Es, sin dudas, una excelente base. Aprecio con satisfacción cómo mejoran los datos sobre alfabetismo educacional en el mundo, pero temo que no avanzamos mucho. A la par que progresamos en índices educativos y celebramos que un número mayor de personas tiene acceso a la educación, cuestionamos el modelo que excluye del sistema a la inteligencia emocional. Sencillamente, la vida es un todo, y como tal ha de abordarse. Formar hombres y mujeres no es únicamente instruir a ingenieros, carpinteros, médicos o comerciales. Eso es educarlos en una profesión u oficio. Para vivir, que es lo que hacemos la mayoría de los humanos antes, durante y después de trabajar, son necesarias más herramientas. Porque la vida es única e

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irrepetible, porque miles de personas convivirán con nosotros a través de los años, desde la escuela hasta el hogar de ancianos; porque, en resumen, la Humanidad necesita nuestro talento profesional, pero también pide a gritos otro modelo de convivencia.

Según datos de la UNESCO, en 2015 había en el mundo 757 millones de analfabetos; dos tercios de ellos, mujeres. No sorprende a nadie que la mayor concentración de población analfabeta se ubique en países muy pobres, como Níger, Benín, Burkina Faso, Afganistán, República Centroafricana, Haití y otros. En el caso de América Latina, la tasa de analfabetismo se redujo un 26%. La UNESCO considera que, si bien no se han alcanzado los objetivos en un 100%, sí ha habido un avance significativo. ¿Podemos decir lo mismo sobre el analfabetismo emocional en el mundo? Más allá de

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alguna encuesta, los datos son confusos y, probablemente, ningún organismo oficial esté interesado en medirlos con regularidad. Quizá los consideren menos relevantes o incluso difíciles de cuantificar; pero por más subjetivos que sean, cualquiera puede darse cuenta de la situación emocional a su alrededor, ya sea en casa, en el trabajo o en la escuela.

POR UNA ALFABETIZACIÓN INTEGRAL La UNESCO también repara en el papel de las nuevas tecnologías en la promoción de la alfabetización. Cita los teléfonos celulares y las tabletas como herramientas que generan un mayor reconocimiento de la importancia del proceso. Esto es excelente, porque de la tecnología debemos y podemos conseguir muchos beneficios, más allá de sus funciones puramente convencionales. Vivimos en un mundo hiperconectado, donde los emoticones

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sustituyen a los “te quiero” en la comunicación interpersonal. El avance tecnológico es un factor positivo para “aterrizar” la enseñanza de la inteligencia emocional y lograr propósitos en la vida. En estos tiempos es inevitable tomar conciencia de lo práctico y beneficioso que es dominar la tecnología, siempre con cuidado de no convertirnos en sus esclavos. Vivir acorde con los tiempos es saber aprovechar los adelantos en aras de la felicidad espiritual. Los artilugios que aparecen cada día no son malos ni buenos en sí mismos, sino que dependen del uso que les demos. En una tableta podemos leer libros, diseñar edificios, comunicarnos con los demás; pero también albergar juegos violentos, hackear al vecino o enviar emails malignos. Por otra parte, vivir atados a los gadgets como si fueran lo único que existe en la Tierra, tiende a distorsionarlo todo y conspira contra la propia

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esencia humana, contra nuestra riqueza interior. Una educación integral, que incluya la inteligencia emocional, también sería capaz de modular estos fenómenos, para que el equilibrio sea fuente de vida entre nosotros. Una alfabetización integral es una posible solución a muchos de los problemas que hoy agobian al mundo.

Recuerdo con bastante nitidez el día en que “oficialmente” aprendí a leer. En el primer año de la escuela primaria, un poco antes de finalizar el curso, se celebraba la denominada Fiesta de la Lectura. Se suponía que, a esas alturas, todos los niños ya podíamos leer textos breves. A pesar de mi timidez, siempre leí bastante bien. En esa edad, más que leer enlazábamos una palabra con

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otra, sin conseguir interpretar demasiado el texto que teníamos delante de nuestros ojos. ¿Leíamos? Sí. ¿Entendíamos? Depende. También es cierto que leyendo, estudiando, aunque sea letra a letra, comienzas a sacar tus propias conclusiones. El paso por la radio, a partir de los ocho años, indudablemente iluminó mi mundo onírico a través de los cuentos infantiles que dramatizábamos. Ya no se trataba solamente de leer, sino también de representar, interpretar. Aquí contaban los matices y las emociones de cada historia. Y todo muy bien explicado por esa maravillosa maestra que fue Nilda G. Alemán. Nosotros, recién salidos del cascarón, pero ya de pie frente a un micrófono, debíamos entender las historias y transmitirlas a través de la magia de la radio. Tales enseñanzas me dejaron una profunda huella, posibilitaron un acercamiento particular a las emociones a través de la actuación y

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la locución. El símil del primer curso escolar sirve para ilustrar el panorama de la inteligencia emocional. No basta con tener ojos, oídos, boca, nariz y manos para interpretar la realidad a través de las percepciones. En varias ocasiones caminé supuestamente hacia adelante, pero con orejeras que impedían comprender la magnitud de la vida a mi alrededor. No es fácil saber cuándo o cómo suprimir aquello que perturba tu entendimiento, si lentamente o de cuajo; muchas veces es complicado decidir si toca hacer una pausa, evaluar la situación o retomar el viaje. Esa especie de “iluminación” no suele ocurrir como un hecho fortuito, alejado de nuestras intenciones. Si conseguimos asirnos de la suficiente inteligencia emocional, podremos apartar la orejera y decidir un trayecto propio, con todos los matices al alcance de nuestra vista. Para ello, debemos valernos de una serie de herramientas y edificar una cultura de

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las emociones. Da igual si tenemos cinco años o cincuenta. No vale la pena lamentarnos por lo que no fue y ya nunca será. Aún podemos actuar. Y, sobre todo, contribuir a que otros seres humanos, que ahora transitan por su etapa más fértil, puedan contar más tempranamente con una mejor educación emocional. En ambos casos, estaríamos en presencia de la alfabetización total. Cada noche, cuando entrevisto a personalidades en mi programa Cala, en CNN en Español, puedo percibir perfectamente cuáles ideas, mensajes o actuaciones se corresponden con un ser humano inteligente, emocionalmente hablando. Estoy convencido de que muchos televidentes también pueden establecer las diferencias. Ojalá se multipliquen, de un lado y de otro, enlazando sentimientos, energía y vocación de servicio. ¡Hagámoslo posible!

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Capítulo I

El emocionante camino

hacia la felicidad

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J

Entendiendo

las

emociones

La vida emocional es como un gran río que fluye dentro de nosotros. MAHARISHI SADASHIVA ISHAM

amás olvidaré la triste historia de mi colega Alejandro, quien asesinó a su esposa Martha después de varios ataques de celos totalmente injustificados. Aún está en prisión. Quienes lo conocimos nos preguntamos cómo pudo cometer aquel crimen, si Alejandro nunca demostró una personalidad violenta o agresiva. Pronto nos dimos cuenta de que él no compartía todas sus inseguridades, que terminaron en los celos, en una codependencia enfermiza que desencadenó una ira descontrolada.

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No hay más que ver las estadísticas que se divulgan en todos los países sobre los llamados “crímenes pasionales”, que demuestran el desequilibrio emocional de quienes los ejecutan. Esta es una asignatura compleja. Quien la deje pendiente puede enfrentarse a repercusiones muy serias. Entre más años pasan, más difícil es aprender a manejarnos con nuestras parejas, hijos y con los demás seres con los que interactuamos diariamente.

La mayoría de los emails y mensajes que recibo, a través de redes sociales y otras vías, se centran en problemas parecidos a los narrados anteriormente. No solo sobre conflictos de pareja, sino también sobre los problemas del entorno que a cada cual le ha tocado vivir. Cada día compruebo la alta incidencia de la economía, la política y otros temas en la realidad de la gente. No es fácil para nadie responder a priori sobre problemas particulares en escenarios determinados, porque una parte de ellos no depende del afectado, sino de entes que lo superan. En poder y magnitud.

Sin embargo, el cambio que viene desde dentro es capaz de producir olas de transformaciones. Muchas veces estamos focalizados en todo, fundamentalmente en lo exterior, en todo lo que está

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alrededor, excepto en nosotros. El político norteamericano Nicholas Murray Butler decía: “Hay tres grupos de personas: los que hacen que las cosas pasen; los que miran las cosas que pasan y los que se preguntan qué pasó”. Aunque el hilo común de muchas cartas es la situación política, no debemos centrar el tema en esa cuestión, porque la trasciende completamente.

El camino es la creación de autoconciencia, que no es la colectiva, sino la que empieza por uno mismo. Dejar de responsabilizar a los otros, que es lo que hacemos casi todos los días, cuando reclamamos que nuestros gobiernos e instituciones sean mejores. Eso no está mal. Pero hay que priorizar el reclamo hacia nosotros mismos: tenemos que ser mejores, porque el cambio social comienza con el cambio interno de cada individuo, con una introspección. A veces hablamos de la iluminación y miramos hacia arriba, buscando a Dios o cualquier otra cosa; pero el viaje debe ser hacia el interior, sin que eso signifique renunciar a nuestras creencias.

¿Cómo hacer ese viaje? Pues empezando por admitir elementos básicos. El eminente psicólogo Guy Winch nos coloca frente al espejo al afirmar que sabemos cómo practicar la higiene dental desde los

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cinco años, pero nadie enseña a los niños sobre higiene emocional. En una de sus conferencias en TED, Winch nos llama a la reflexión al comparar actitudes muy comunes: “¿Cómo es que pasamos más tiempo cuidando nuestros dientes que nuestras mentes?”, pregunta. Y repara en que a veces decimos: “Oh, ¿estás deprimido? Quítatelo de encima, todo está en tu cabeza”. A continuación, advierte que a nadie se le ocurriría decirle lo mismo a alguien con una pierna rota: “Oh, simplemente sal a caminar, todo está en tu pierna”.

Las necesidades no satisfechas de la niñez, como explicaba el maestro ishaya Maharishi Sadashiva Isham, continúan manifestándose en nuestras relaciones adultas. “Como no hemos tenido la habilidad para comunicar nuestros deseos con claridad, todavía acarreamos una carga de deseos no cumplidos de nuestro pasado”. Maharishi consideraba que el intento de llenar el “vacío emocional” puede conducir a patrones adictivos o compulsivos como el consumo de drogas, alcohol, tabaco, comida, o a enfermedades; a relaciones positivas o negativas, o al desarrollo de la conciencia.

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sentido, el maestro ishaya describía la vida emocional de un modo completamente clarificador: “Es como un gran río que fluye dentro de nosotros”. Y advertía que cuando intentamos levantar una represa en un río, el agua ya no se mueve

libremente, sino que se estanca o busca otros medios para fluir. “Así como la rotura de la represa puede causar gran daño, del mismo modo la represión de sentimientos hace que nuestras emociones se conviertan en una fuerza amenazadora y destructiva”.

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Los seres humanos somos criaturas emocionales. Sin embargo, aunque las emociones se nos asignen por mandato divino, no es aconsejable dejarse arrastrar por la energía que desencadenan. Sustentar decisiones sobre arranques emocionales tiene poco de aconsejable y mucho de temerario. Dios nos crea con emociones, pero de nosotros depende someterlas, manejarlas correctamente y guiar toda su fuerza a favor de lo más positivo y hermoso de la vida.

Desde las edades más tempranas de la humanidad, filósofos, líderes espirituales y libros sagrados se dieron a la tarea de analizar el porqué de las emociones y sus influencias. Fueron muchos los que pretendieron descifrar su “misterio” y alertar sobre sus consecuencias.

Las emociones ejercen autoridad sobre las tres esferas que distinguen la existencia del ser humano: la material, la mental y la espiritual, y moldean en muchas ocasiones el nivel de paz y el bienestar de nuestra existencia. En lo corporal, son capaces de desatar reacciones químicas internas, que inciden directamente sobre la salud física y mental; mientras que en lo espiritual son capaces de dejar huellas imperecederas. Sobre todo, las negativas, que

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pueden arruinar las intenciones de lograr la felicidad.

La filosofía griega —profunda y eterna, colmada de eruditos— insistió durante siglos en la necesidad de atemperar los arranques emocionales. Sin embargo carecía de habilidades para tomar conciencia real de las emociones, propias o ajenas, y utilizarlas a favor del crecimiento personal y del desarrollo social, aprovechando su caudal de energías. Esta filosofía intentó desentrañar la manera correcta de encajar las emociones humanas en el centro de la realidad; también llamaba a su control y hacía esfuerzos por demostrar cómo despojarlas del carácter agresivo y poco armonioso que las distingue en su estado más primitivo. La capacidad

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para controlar las emociones, buenas o malas, ya probaba en aquel entonces el nivel de razón en un ser humano.

Pioneros: Platón y Aristóteles

En una fecha tan lejana como el siglo V antes de Cristo, el maestro y filósofo idealista griego Platón, afirma en su obra La República que “las emociones pueden afectar la razón, cuando se manifiestan en exceso”. Aconseja que las personas más experimentadas, los ancianos, “enseñen a los más jóvenes a descubrir el placer sin exageración”. Él comprendía que las emociones exacerbadas no armonizan con la realidad.

Como filósofo dualista, Platón asegura que el ser humano es un compuesto de cuerpo y alma, y considera al alma como el ser verdadero: el principio vital, la fuente del conocimiento. La divide en tres partes, cada una de ellas con funciones diferentes: la racional, fuente de la inteligencia; la irascible, fuente de pasiones y emociones, y la apetitiva, contenedora de los apetitos, deseos e instintos humanos. La armonía y la justicia, afirma Platón, se alcanzan cuando se logra que las tres partes caminen en la misma dirección guiadas por la razón, en búsqueda

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de lo verdadero y lo positivo. Cuando el hombre no armoniza estas tres partes —sigue diciendo— se convierte en esclavo de una, la cual marcará sus rasgos psicológicos. Ya en esa lejana fecha, este gran filósofo asegura que la relación “razón-emoción-deseo” define las características psicológicas del ser humano, su manera de actuar en la vida y delinea la espiritualidad. Por supuesto, la razón juega el papel dominante.

Aristóteles, algo más joven y discípulo de Platón, se distancia en varios aspectos del pensamiento de su maestro; pero igualmente le otorga a las emociones un sitio significativo cuando evalúa el comportamiento humano.

Según Aristóteles, “las emociones pueden transformar al individuo hasta tal punto, que este corre el riesgo de quedarse con el juicio afectado”. Asegura además que “las emociones pueden ser educadas y a la vez utilizadas a favor de una buena convivencia”, por supuesto, gracias a la razón y al pensamiento lógico, los encargados de su control. Aristóteles hace énfasis en las emociones negativas como el enojo y el miedo.

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pronunciada hace más de dos mil trescientos años, pero que por su lucidez y profundidad, mantiene una vigencia extraordinaria: “Enojarse es fácil, cualquiera puede hacerlo; pero enojarse con la persona correcta, con la intensidad correcta, en el momento correcto, de la forma correcta y por el motivo correcto, eso no es fácil en absoluto”. Estas palabras me recuerdan una anécdota de la que fui protagonista. El día de mi cumpleaños me antojé de hacerme mi propio regalo. ¡Hay ocasiones en la vida que ameritan demostrar cuánto se quiere uno mismo! Era un regalo costoso, un equipo electrónico de última generación. Hice los trámites por Internet y, aceptando la sugerencia de la joven que me atendió, me comprometí a recogerlo al día siguiente, o sea, el mismo de mi cumpleaños, a la una en punto de la tarde. Quien me atendió confirmó un par de veces: “Venga a la una, le tendremos todo listo”.

Planifiqué mi tiempo. Además de mi cumpleaños, era fin de semana y tenía otros compromisos. Ya había recibido varias invitaciones. No obstante, decidí tomarme unos minutos y buscar mi propio regalo. ¡Darme ese gusto!

Llegué a la tienda el día y hora convenidos pero, para mi asombro

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y disgusto, el equipo aún no estaba empacado. “Permanece en el almacén”, me dijo la empleada. Comencé a sentir frustración, no lo niego, y hasta cierto enojo, de lo cual, por suerte,

me percaté inmediatamente. La joven, al parecer, también percibió mi malestar, sonrió y me sugirió que recorriera el establecimiento. Lo hizo con el claro propósito de ganar unos minutos. ¡Minutos que iba a perder yo! Su sonrisa me pareció cargada de sarcasmo.

Recorrí la tienda, no tenía otra alternativa. Al cuarto de hora regresé al mostrador y aún, nada. Estaba a punto de dar riendas sueltas a mi frustración, combinada ya con un mayor nivel de

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enojo, pero no lo hice. Controlé ambas emociones en el último instante. La joven me dijo que iría al almacén y se marchó. Allí me quedé, en medio del bullicio del inmenso mercado, con mi frustración e ira contenidas.

En ese instante sonó mi celular. Un gran amigo me llamó para decirme que su esposa había dado a luz una niña, que todo había salido bien —era un parto de riesgo—. Me contó de la recién nacida, me dijo su nombre y me invitó a celebrarlo esa misma noche. Me contagió su felicidad.

Conversamos más de diez minutos. Durante todo ese tiempo, no me pasó por la cabeza el equipo electrónico, ni la tardanza, ni la joven dependienta. Cuando finalicé la comunicación, la vi llegar sonriente, se me acercó y me pidió que pasara por el mostrador para recoger el equipo. Cuando llegué, me percaté de que no solo estaba mi moderno aparato, muy bien empaquetado, sino que también me esperaba, sobre un carrito eléctrico, un señor dispuesto a llevarme la carga hasta el auto.

Sonriente, ella me volvió a pedir disculpas y me entregó un bono con un 15% de descuento, para mi próxima compra en la tienda. Su gesto me conmovió,

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volvió a sonreírme, noté que su sonrisa nada tenía de sarcástica. Todo lo contrario, era amplia, sincera y expresiva.

Es un hecho rutinario, pero deja a las claras lo bello y beneficioso que es controlar las emociones, sobre todo las dañinas. Si relaciono lo sucedido con la frase aristotélica, arribo a varias conclusiones.

Quizá me hubiera enfadado por el motivo correcto. Es cierto, perdí más de media hora en un día tan especial y comprometido para mí. Pero, ¿me hubiera enfadado con la persona correcta? ¿La joven dependienta era la verdadera culpable? ¡No lo sé! ¿Lo hubiera hecho en la forma y la intensidad correctas? ¡Tampoco lo sé! Cuando nos domina el enojo, no tenemos muy en cuenta la forma en que actuamos ni la intensidad de lo que decimos y hacemos. ¿Era el momento correcto para enojarme? ¡No! Era el día de mi cumpleaños, no tenía por qué contaminar mi espíritu con residuos nocivos de un enojo inútil. ¡Gané mucho controlando mi ira!

Si me hubiese dejado dominar por las emociones destructivas, doy por sentado que no hubiera disfrutado de tanta atención ni de las hermosas sonrisas de la joven y el señor que, muy

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cortésmente, me ayudó a trasladar el equipo hasta el auto. Y el bono del 15% de descuento brillaría por su ausencia.

He comprado otras veces en la misma tienda, pero no he utilizado el bono. Lo guardo en un lugar visible, para que me recuerde siempre cuánto de útil y hermoso encierra el hecho de poder controlar las emociones, sobre todo las que hacen daño, y

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cuántas cosas bellas y estimulantes nos regala la vida cuando no agredimos a los demás. Aristóteles nos alerta de que “las emociones pueden ser educadas y a la vez utilizadas a favor de una buena convivencia”. ¡Cuánta claridad de pensamiento, hace más de dos mil trescientos años!

Emociones, pasiones y religión

El gran maestro Sócrates también realiza una profunda reflexión en torno al amor y las emociones en el tratado El banquete, de Platón. De igual manera, el Estoicismo, una escuela filosófica griega creada trescientos años antes de Cristo, dedica especial atención a las emociones humanas. Los estoicos atribuyen la responsabilidad de los problemas del hombre precisamente a las emociones, “porque son causantes de juicios desacertados”. Séneca, otro grande de la filosofía antigua, condena la emoción porque, según dice, “puede convertir la razón en esclava”. No se requiere un análisis muy profundo para concluir que las emociones fueron uno de los objetivos primarios de la antigua filosofía griega. Estas cargaban sobre sus espaldas casi la total responsabilidad por todo lo negativo que exhala el comportamiento humano.

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En la Edad Media, etapa marcada por los preceptos de la Iglesia Católica en Occidente, la filosofía enfrenta como nunca la dicotomía alma-pasión. Según la Iglesia, el descontrol de las pasiones lleva al pecado y por ende al infierno. Prácticamente, emociones positivas como el gozo no tienen cabida. Por lo general, durante esta etapa las emociones son identificadas como “pasiones”. Era un término peyorativo, más adecuado a los intereses del clero, porque se consideraba que tanto las emociones —como las pasiones— eran el producto de un estado irracional en el ser humano, y debían ser combatidas por la razón. Por supuesto, la razón estaba en manos de la Iglesia.

Ya en la Edad Moderna, entre los años 1596 y 1650 desarrolla su trabajo René Descartes, quien escribe una obra clásica, Las pasiones del alma, en la que proyecta una visión dualística del ser humano, al que divide en cuerpo y mente. Considera las emociones como sensaciones y las llama también “pasiones”, al parecer, arrastrando el punto de vista medieval. Según su criterio, “las pasiones tienen lugar en la mente como pensamientos y en el cuerpo como percepciones”. Les concede el mismo espacio que a la razón, o sea, a la mente.

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¿Cuál es el principal efecto de las pasiones? “Es preciso observar —apunta Descartes— que el principal efecto de todas las pasiones en los hombres es incitar y disponer su alma a querer hacer las cosas para las cuales preparan al cuerpo. Por ejemplo, el miedo incita a huir; el valor, a luchar”. Otros filósofos trascendentes por su obra, posteriores o contemporáneos a Descartes, como Spinoza, Kant y Nietzsche, también trabajaron profundamente las emociones y sentimientos, e hicieron centro de su pensamiento toda la subjetividad de los seres humanos.

Todas las personas nos distinguimos por ser sujetos pensantes, aunque no tengamos la grandeza de Platón, Aristóteles o Descartes. A la par de pensantes, somos también seres emocionales y emocionables. Los grandes filósofos, los líderes espirituales y los libros sagrados de las religiones más profesadas, así lo confirman. Los pensamientos nos acompañan todo el tiempo, crean y proyectan ideas, nos fraguan como creaciones inteligentes; sin embargo, son grandes consumidores de energías. Constantemente pensamos y quemamos energías. Las emociones, por el contrario, son fuentes vitales de energías, capaces de cargar y recargar una y otra

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vez el intelecto y nuestro accionar. Más que consumir fuerzas como el pensamiento, las emociones las reproducen y nos empujan por la vida. Lo interesante viene dado en que es totalmente

descabellado intentar evitar el pensamiento, por muy consumidor de energía que sea, pues

abandonaríamos el más preciado de nuestros dones: la inteligencia racional. La razón es la encargada de maniatar y guiar todas las acciones que se desprenden de los impulsos emocionales. En la medida en que ejerce dominio sobre esos impulsos, somos mejores o peores seres humanos, armonizamos más o menos con la realidad que nos rodea.

Pero es aquí, en medio de esta acción de control emocional que ejerce la razón, donde la emoción revela su verdadera importancia y donde la razón deja al descubierto su debilidad. Es aquí donde la

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energía que desprenden los impulsos emocionales brota, se hace sentir y se convierte en algo útil e imprescindible —tanto como el pensamiento— para nuestro andar por la vida.

Sucede lo que llamo “el ciclo de la perfección humana”. El pensamiento consume energía, guía los impulsos emocionales en medio de la realidad; es cierto, pero estos impulsos emocionales recargan al pensamiento de la misma energía vital que necesita, para que este siga ejerciendo su dominio racional sobre las emociones y así continuar su labor de guía y moderador.

Es una maniobra de acción y reacción. Una depende de la otra, ni la emoción ni la razón tienen la preponderancia; el balance entre ambas es ineludible

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y de él depende que seamos o no mejores seres humanos. En sus manos también está el crecimiento o el enrarecimiento de nuestra espiritualidad. Nada tiene de loable que la balanza se mueva hacia uno u otro lado, porque si responder a las pasiones es malo,la razón exacerbada no lo es menos, pues tiende al exceso de valoración y al inmovilismo.

Hasta en los libros sagrados…

Gracias a esa inevitable relación entre lo material, lo emocional y lo espiritual es que a través de los siglos las emociones han sido tema de interés, no solo para especialistas de la salud corporal y mental, en especial psiquiatras y psicólogos, sino también para los más prestigiosos líderes espirituales. Además, se les dedica espacios señalados en los más importantes libros sagrados que sustentan la religiosidad universal, entre ellos el Corán y la Biblia. Las emociones, además, forman parte esencial de doctrinas como las de la Kabbalah judía.

Por lo general, todos los textos coinciden en que las emociones están vinculadas a la esencia más profunda del ser humano y rigen, de una u otra manera, nuestra espiritualidad. Estos libros vinculan las emociones con la acción conjunta de la mente y el

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corazón, intentan determinar los niveles de felicidad o infelicidad, así como las relaciones ásperas o armoniosas con nuestros semejantes y, sobre todo, con Dios.

El Corán, libro sagrado de la religión musulmana, hace un sugestivo enfoque de la salud, dentro del cual incluye las emociones. “Así como la vida religiosa es inseparable de la vida secular, la salud física, la emocional y la espiritual no pueden separarse”, expresa. Asegura que “cuando una de esas tres partes está lesionada o enferma, las otras dos también sufren”. Refiriéndose a las emociones, el Corán dicta: “Cuando una persona no está bien emocionalmente, no es capaz de cuidar de sí misma de forma apropiada, por cuanto tendrá su mente distraída de las realidades de la vida”.

El profeta Mahoma, a quien, según los seguidores del Islam, el Corán le fue dictado por el propio Dios (Allah), dijo que “el creyente fuerte es mejor que el creyente débil ante los ojos de Dios”. El principal significado de la palabra “fuerte” está relacionado con la fe y el carácter, pero también con la salud. “Nuestros cuerpos son un préstamo que nos hace Dios y somos responsables de su cuidado. Si bien la salud física y emocional es importante, la salud

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espiritual necesita ser la primera prioridad en nuestras vidas”.

Por ser un libro sagrado que rige las normas de conducta de la religión más profesada del planeta, la espiritualidad se yergue como el aspecto más importante, el esencial, para disfrutar de la protección de Dios (Allah). Pero, a la vez, le concede a la salud emocional el mismo espacio que le otorga a la física. Nos hace responsables de nuestro propio cuidado, porque vivimos en un cuerpo que es un préstamo de Dios.

Las emociones y la espiritualidad son inseparables en el Islam. Rumi fue un poeta musulmán erudito del siglo XIII. Su obra, traducida a numerosos idiomas, se caracteriza por intentar alcanzar la paz, la felicidad y la armonía a través de la palabra. En su hermosa manera de “decir”, Rumi rechaza emociones dañinas como el odio y la discordia.

En su poema “La casa de huéspedes”, se refiere a las emociones y a la necesidad que tenemos de ellas. Sin embargo, apunta que, a la vez que las dejamos entrar, debemos permitir que se retiren, como sucede con los huéspedes. Nunca convertirlas en parte de

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nosotros mismos. Es una forma profunda y estéticamente bella de reflejar cómo hemos de

enfrentar las emociones, seamos musulmanes o no. Su obra trasciende fronteras geográficas, religiosas y filosóficas. Dice el poema “La casa de huéspedes”:

E

sto de ser un ser humano

es como administrar una casa de huéspedes. Cada día una nueva visita, una alegría, una tristeza,

una decepción, una maldad, alguna felicidad momentánea

que llega como un visitante inesperado. Dales la bienvenida y acógelos a todos ellos, incluso si son un grupo penoso

que desvalija completamente tu casa. Trata a cada huésped honorablemente pues

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delicia.

El pensamiento oscuro, lo vergonzante, lo malvado, recíbelos en tu puerta sonriendo e invítalos a entrar.

Agradece a todos los que vengan

pues se puede decir de ellos que han sido enviados como guías del más allá.

Yalal ad-Din Muhammad Rumi

Es cierto lo que escribe Rumi en su hermoso poema. Los seres humanos somos como una casa de huéspedes de emociones. Estas deben entrar y salir. Les otorga un carácter celestial cuando afirma que han sido enviadas (las emociones-huéspedes) “como guías del más allá”; quizá las considera una prueba divina, destinada a evaluar nuestro comportamiento aquí en la Tierra. Rumi disfruta en su obra el misterio de las emociones.

En los tiempos de Abraham

Pasamos a otro texto sagrado, la Kabbalah, base de la Torah, que rige los caminos del judaísmo. Nos

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asombramos por la manera profunda y práctica como enfoca las emociones. No me considero un cabalístico; sin embargo, reconozco sus puntos de vista, destinados en lo esencial a explicar la realidad y la ley general que rige la naturaleza. La Kabbalah es una tradición mística judía, un antiguo sistema de conocimientos sobre el alma humana que algunos califican como una “tecnología espiritual primaria”, destinada a mostrar el camino del conocimiento y de la creación. Hay quienes le señalan características esotéricas y envuelven sus palabras en un halo de misterio.

Según sus seguidores, la sabiduría de la Kabbalah es la más antigua de todas, pues se remonta a los tiempos de Abraham, el patriarca de la religión hebrea, tres mil ochocientos años atrás. Abraham era un beduino de una tribu en Babilonia. De él se dice que descubrió la existencia de la divinidad, o sea, una realidad fuera de este mundo. Luego escribió un libro sobre la creación que, podría decirse, son las primeras escrituras sobre la Kabbalah. Siglos después, Moisés —un gran cabalista— escribe la Torah, el texto base del judaísmo.

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Hablo de textos escritos hace miles de años, pero que ya penetran en el mundo del intelecto y las emociones del ser humano. La Kabbalah tiene la certeza de dividir a los humanos en seres intelectuales y emocionales. Dios les asigna un cuerpo y un alma, y esta tiene que buscar la forma de poder interactuar con ese cuerpo. Para ello, Dios crea diez fuerzas —intelectuales unas y emocionales otras —, que determinan la personalidad, según el resultado de la relación alma-cuerpo. Trabajar por mantener balanceadas esas fuerzas es el objetivo, pero nadie es perfecto. Unos desarrollan más una, y así se define si su personalidad es más emocional que racional, o viceversa.

“El intelecto —según la Kabbalah — es el progenitor de las emociones”. Si queremos cambiar, modificar o controlar las emociones, hay que utilizar

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el intelecto. De acuerdo con nuestra capacidad intelectual, así son los sentimientos. Cuando pensamos, o como dicen los cabalistas, cuando tenemos la cabeza amplia, somos seres menos impresionables y menos revelamos nuestras emociones, porque estas se rigen por la mente.

“Todo lo que sentimos y hacemos ya lo pensamos antes, aun cuando afirmemos que es una acción impulsiva”, es otro precepto interesante de la Kabbalah. Las emociones, los impulsos y la entrega tienen que ver con el corazón, pero el intelecto está por encima de cualquier emoción, según esta teoría. Todas las emociones parten de un pensamiento, porque no existe una acción sin un pensamiento previo.

“Las personas que se enojan muy fácilmente demuestran que intelectualmente son pequeñas, y una persona con reacciones impulsivas puras está loca, porque es incapaz de imponer su intelecto”. “Los seres humanos no deben escuchar su corazón, no han de obedecer sus impulsos, deben escuchar la cabeza, por lo tanto, lo primero que una persona debe evaluar no son sus sentimientos, sino su razonamiento”, propone la Kabbalah.

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Según la escritura de Abraham, la raíz de todo mal está en el pensamiento, y se desarrolla cuando los sentimientos y las emociones gobiernan ese pensamiento. Entonces, el resultado de nuestra acción será negativo. El pensamiento para los cabalistas es igual a la conciencia. Cuando pensamos debidamente, dirigimos las emociones y las acciones. Esta es la única manera de asumir el control verdadero, y por tanto nuestra realidad será de luz verdadera.

La Kabbalah también aconseja: “Cuando se nos presente una situación complicada, no reaccionemos, no nos enojemos de inmediato, antes hagamos una pausa, observemos nuestros sentimientos y pensamientos; es bueno preguntarse en ese momento: ¿de dónde vienen estos impulsos? La respuesta nos permitirá actuar”.

Dicotomía entre el bien y el mal

La vida es un experimento permanente de emociones. Por esa razón estas han suscitado siempre el interés de grandes pensadores, idealistas o no. Las emociones han sido y son en la actualidad objeto de profundos análisis dirigidos, fundamentalmente, a conocer el motivo que las origina, así como sus

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consecuencias negativas o positivas, según la carga que llevan implícita. También se muestra un interés permanente en la necesidad del ser humano de controlar sus emociones, sin tener en cuenta si son buenas o dañinas. Ninguna emoción o sentimiento en exceso, aunque aparente ser positivo, es saludable. Una emoción fuerte dura segundos, explota en un abrir y cerrar de ojos cuando no se gerencia desde la fluidez de su identidad. Revienta en pleno rostro y es capaz de provocar consecuencias que pueden extenderse por largos períodos de tiempo y, en algunos casos, hasta toda la vida. Sin embargo, una emoción bien utilizada ilumina el espíritu; no lo opaca, lo expone a la luz.

Son sentimientos innatos de la naturaleza humana que enriquecen o empobrecen la vida, tú decides

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hasta dónde.

En el cristianismo las emociones van aparejadas con la vida misma, constituyen una manera de vivir la eterna dicotomía entre el bien y el mal, el gran “ser o no ser” de la existencia humana. Las emociones nos preparan para actuar como seres apasionados, enamorados de creencias y convicciones, pero a la vez pueden arrastrarnos al pecado, a cometer grandes errores, herir a los demás y, por supuesto, carecer de bienestar. Es por todo esto la necesidad que tiene cada creyente de conocer sus puntos débiles como ser humano, seleccionar apropiadamente sus pensamientos y actitudes, orar y pedirle a Dios cuando es preciso.

El amor, el gozo, la confianza, la bondad, la empatía, la felicidad, el agradecimiento y el perdón son emociones positivas, según el cristianismo. El miedo, el abandono, la tristeza, la ira, el remordimiento, el disgusto y el odio serían negativas. Cabe destacar que una emoción tan fuerte como la ira forma parte de los llamados “siete pecados capitales”. No se les llama capitales por la gravedad que encierran en sí mismos, sino por las consecuencias que pueden provocar. La ira descontrolada tiende a manifestarse a través de

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ofensas, violencia, desacato y otras acciones insanas, que pueden provocar daños en los demás, incluso la muerte.

Los cristianos suelen estimular el disfrute de emociones confortables, cargadas de bienestar, paz y felicidad, a través de la práctica religiosa, las oraciones y la lectura de la Biblia, su libro sagrado. Engrandecen el espíritu leyendo sus salmos, proverbios, historias de personajes y todo tipo de mensajes que se concentran en sus páginas. Cuando lo hacen, fluyen las emociones en positivo.

La Biblia también contiene varias historias cuyos personajes siguieron sus impulsos emocionales, con malos resultados para ellos y para los demás. Uno es Sansón, cuya vida está llena de emociones negativas muy fuertes. El libro de los “Jueces” narra que Sansón se encuentra con una joven filistea y, lleno de pasión, sin saber siquiera su nombre, decide casarse con ella. De ahí en adelante, su vida se convierte en un hervidero de emociones nocivas: el enojo, la violencia, el deseo sexual, la infidelidad, el capricho. Si nos detenemos y analizamos fríamente su manera de actuar, Sansón es un conglomerado de emociones y sentimientos en negativo; pero, precisamente por ello, es un personaje aleccionador.

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“Alégrate con los alegres y llora con los que lloran”, sugiere la Biblia. Su mensaje reafirma que nuestro regocijo, bienestar y estabilidad emocional no dependen de las circunstancias, sino de nuestra relación con Dios.

Elena de White, escritora cristiana estadounidense, deja bien definido que “la verdadera grandeza de un hombre se mide por el poder de las

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emociones que él domina, y no por las que lo dominan a él”. Tal afirmación nos concierne a todos, pues la vida es un constante ir y venir de emociones. Debemos estar preparados para enfrentarlas y sacarles provecho. Sin emociones no hay vida y, si la hay, no vale la pena vivirla.

Frutos del amor

“Un ser humano sin emociones es como un leño seco”, asegura Sri Sri Ravi Shankar, gurú indio y líder humanitario. En realidad, una persona que no sienta o padezca el rigor emocional —lo autogestione o no — es un ente vacío, una creación inexpresiva. Las emociones exteriorizan el “yo” más interno y descubren quiénes somos realmente, porque traspasan el aspecto físico y diseñan la más auténtica identidad.

Somos seres pensantes, pero ningún razonamiento —ni sus resultados— puede ser lúcido en medio de un sentimiento emocional fuera de control. Emociones y pensamientos necesitan compensarse entre sí. Una emoción no nos domina si el pensamiento es fuerte y está preparado para someterla y utilizarla, a favor de las conclusiones que se derivan de su razonamiento. Grandes filósofos,

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libros sagrados, líderes espirituales y pensadores de todo tipo lo confirman. También nos demuestran que las emociones, según la fuerza que despliegan a la hora de enfrentar el pensamiento, determinan nuestro andar por este mundo.

Sri Sri Ravi Shankar hace una afirmación que para algunos pudiera parecer atrevida, pero nos pone a pensar. Cuando la escuchamos por primera vez puede parecernos contradictoria, incluso irracional, pero tras la explicación de este gran gurú contemporáneo, nos damos cuenta de que nada tiene de descabellada.

Afirma Shankar: “El amor es responsable de todas nuestras emociones negativas. Si no hubiese amor en este planeta, no hubiese ningún problema tampoco. Nunca nadie se pondría celoso, nunca nadie sentiría avaricia, nadie se enojaría por nada. El enojo, la envidia, los celos, todas las emociones negativas que experimentamos, son frutos del amor”. Dicho así, sin una profunda reflexión a posteriori, es cierto que parece una locura. Pero te sugiero que, ante todo, analicemos el concepto tan amplio que este gurú tiene del término amor. Cuando lo hacemos, comprendemos que su aseveración nada tiene de

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desacertada. Para Shankar, el amor es una emoción, pero a la vez es más que eso. Es la base de toda existencia, “el amor —la más sublime de las emociones— va mas allá del ‘yo te quiero’ o ‘no puedo vivir sin ti’. No hay amor en la vida o por la vida, porque la vida es amor”.

Propongo una pregunta: ¿podemos vivir sin sentir amor por alguien o por algo? ¡Imposible! Entonces, si todo es amor, cuando amas la perfección, te enoja la imperfección; cuando amas a otra persona, surgen los celos; cuando el apego extremo te hace sentir amor por las cosas materiales, brotan la avaricia y la envidia. Dondequiera que haya energía de atracción hay amor, y donde hay repulsión también hay amor, solo que del lado opuesto.

“Las emociones integran nuestro yo más profundo, aunque sus causas provengan del exterior”. Define también Shankar que “todas las emociones negativas no son más que formas distorsionadas de amor”. “La ira es por amor, porque si amas lo perfecto, te enojas ante lo que, según tu punto de vista, consideras imperfecto”. “La codicia es por amor, porque amas a un objeto material mucho más que a la vida”.

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¿Qué es el odio?, pregunta Shankar. Y responde: “Odio es amor al revés, como el miedo también es amor, pero al revés”.

Los seres humanos, cuando disfrutamos de estabilidad e inteligencia emocional, encontramos la felicidad dentro de lo más profundo de nuestro ser, allí mismo donde nacen las emociones.

“Si hueles una fragancia muy rica, automáticamente los ojos se te cierran; si saboreas algo muy rico, también cierras los ojos y dices: ¡Ay, qué sabroso! Escuchando una buena música, los ojos se te vuelven a cerrar. ¿Por qué? Porque la fuente de la alegría está dentro. Vivimos falsamente pegados a todo lo del exterior, sostenemos la falsa idea de que el mundo nos dará una gran alegría; sin embargo, nosotros mismos podemos lograrlo porque

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la felicidad está en lo más profundo de nuestro ser”. ¡Allí mismo, donde surgen las emociones!

Desde dentro

El Dalai Lama, tibetano de nacimiento y formación, es uno de los líderes espirituales más influyentes. Coincide con Ravi Shankar en que las emociones surgen dentro de lo más profundo del yo interno, y las define como estados mentales. Por ese motivo, los procedimientos que utilizamos para manejarlas también deben brotar desde lo más profundo de nuestro ser. No hay otra manera de hacerlo, jamás pueden utilizarse “técnicas externas”, dice el Dalai Lama, para controlar las emociones. Como estados mentales que son, definen la forma en que sentimos y actuamos, y dicen mucho sobre quiénes somos.

Sin embargo, las emociones no son estados naturales de la mente. En el libro Emociones Destructivas, escrito por Daniel Goleman a raíz de un diálogo con el Dalai Lama, el monje tibetano afirma que “la posibilidad de la iluminación se basa en la idea de que las emociones oscurecedoras no forman parte intrínseca de la naturaleza esencial de la mente”.

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Lama: “las emociones destructivas interrumpen de inmediato la calma, la quietud y el equilibrio de la mente, mientras que las emociones constructivas no solo no perturban el equilibrio ni la sensación de bienestar, sino que, muy al contrario, los favorecen”.

Cuando las emociones se salen de control, la evaluación que podamos hacer de la realidad que nos rodea se enrarece, provocando que la mente no trabaje a tope o lo haga erróneamente, porque padece una carga emotiva que le impide razonar plenamente. “La mente es como un lingote de oro — dice el Dalai Lama—, no cambia su naturaleza por más siglos que pase enterrado en el fango. Todo lo que se precisa para poner de relieve su esencia es ir eliminando las diferentes capas que se han depositado sobre él. Por lo tanto, todo lo que se necesita para alcanzar la budeidad es un proceso de purificación y de acumulación gradual de cualidades positivas y de sabiduría”. Con la purificación, que no es más que el control emocional descrito en términos espirituales budistas, se logra alcanzar un estado de conciencia absoluta, que no da pie a la aparición de emociones oscuras y destructivas.

Sin embargo, existen emociones en positivo que pueden ser apoyadas y profundizadas por la

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inteligencia humana. El Dalai Lama pone como ejemplo la compasión, “un sentimiento alentado por la reflexión en torno a la necesidad de enfrentar el sufrimiento”. Este monje tibetano deja para la posteridad otra de sus enseñanzas, muy profunda y hermosa:

“La sabiduría es una flecha, la mente serena es el arco que la dispara”.

Las emociones aflictivas son enemigas eternas de la sabiduría y la principal fuente de sufrimiento en los seres humanos. Una vez desatadas, sin el control mental requerido, destruyen la paz interior, afectan la salud y las relaciones con los demás. “Todas las acciones negativas, como matar, especular y engañar —asegura el Dalai Lama— vienen de las emociones aflictivas. Por esa razón, ese estado emocional es nuestro enemigo, destruye la paz y la fortuna. Un enemigo exterior quizás un día pueda ser peligroso para nosotros, pero quizás al día siguiente pueda ser beneficioso; sin embargo, el enemigo interior siempre es destructivo y estará presente siempre dondequiera que vayamos”.

Del enemigo externo quizá podamos defendernos y hasta escaparnos, pero el interior va dondequiera

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que vayamos, incluso cuando meditamos. Ese es el punto, dice Dalai Lama. Debemos darnos cuenta de ese enemigo que llevamos dentro, y tomar el cuerpo, la mente y el corazón, hacerlos cómplices a los tres, y tratar de eliminar ese peligro. Según el budismo, nuestro ser humano es precioso por su inteligencia, por lo maleable que es, por los cambios que hace. Es precioso no solo por las emociones, sino también por la inteligencia y el razonamiento.

Admito que he luchado durante años por intentar percibir a tiempo cuando una emoción —buena o mala— comienza a afectarme. No aseguro que siempre la puedo dominar, pero estudio cómo identificarla, usarla, dejarla fluir; intento llevar a la práctica el magisterio del Dalai Lama. Mientras más fuerte es nuestro sistema inmunológico emocional, estaremos en mejores condiciones de hacer frente a

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la ira, el apego o los celos, en los momentos en los que estas emociones no nos aporten nada en positivo.

El solo hecho de percatarnos de los primeros signos que indican que vamos a ser víctima de una emoción fuerte, ya nos prepara para trabajar su llegada o, al menos, para gerenciarla con la mente serena y un estado de conciencia superior, si definitivamente hace su aparición. Y, si dejamos de ser unos analfabetos emocionales, incluso estamos en disposición de utilizar su caudal energético a nuestro favor. O sea, sacarle partido a esa emoción, por muy negativas que sean sus intenciones.

Emociones: ¿expresarlas o no?

Otro líder espiritual que brilló con luz propia en el siglo XX fue Osho. Nació en la India y murió hace ya varios años. Sus criterios lo convierten, hasta cierto punto, en una personalidad polémica. Sin embargo, tuvo una enorme cantidad de seguidores durante su vida y se han multiplicado después de su muerte. Osho tiene una obra muy extensa, de una profundidad fuera de lo común, y a veces algo compleja de asimilar para algunos.

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sobre todo cuando lo aqueja la enfermedad que provoca su muerte a los cincuenta y ocho años. No obstante, su armonía interna nunca desapareció. Escribió un libro titulado Las emociones. Libres del miedo, los celos y la ira, donde nos conduce hasta las raíces del tema: aprendemos cómo se desarrollan, la manera de lograr la calma interior y la sabiduría, incluso en situaciones difíciles.

Osho afirma que “las reacciones emocionales que nos dominan provocan estados de ánimo negativos que nos atormentan, nos colman de problemas y sufrimos consecuencias negativas que perjudican directamente nuestro bienestar”. Plantea una disyuntiva, en medio de la cual muchas veces nos vemos envueltos los seres humanos: ¿qué hacer con nuestras emociones? Si dejamos que se expresen, dice Osho, podemos lastimar a otros, pero si no las expresamos, nos lastimamos nosotros mismos. Nos aconseja una fórmula para eliminar la emoción, sin agredir y sin dañarnos nosotros mismos: la percepción.

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“Si se cobra conciencia de una emoción específica y debido a esa toma de conciencia la emoción se desvanece, es negativa, pero si al cobrar dicha conciencia nos identificamos con esa emoción, si se extiende y se convierte en nuestro propio ser, entonces, es positiva. La conciencia trabaja de forma diferente en ambos casos”, dice Osho. “Si se trata de una emoción venenosa, quedamos aliviados de ella a través de la percepción. Si es buena, feliz, extática,

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nos volvemos uno con ella, porque la percepción la profundiza”. En resumen: si algo se profundiza mediante la percepción, es algo bueno. En cambio, si la percepción lo disuelve, es algo malo.

“Aquello incapaz de permanecer en la conciencia es pecado, y lo que crece en la conciencia es virtud. La virtud y el pecado no son conceptos sociales, son realizaciones interiores. Les digo que incluso las emociones negativas son buenas, si son reales; y si son reales, poco a poco su misma realidad las transforma. Se vuelven más y más positivas, y llega un momento en que todo lo positivo y lo negativo desaparecen. Simplemente permanecemos auténticos: no sabemos lo que es bueno ni lo que es malo, no sabemos lo que es positivo ni lo que es negativo. Simplemente somos auténticos. Cuando somos auténticos, nuestras emociones son parte de nosotros mismos, las disolvemos según sus intenciones”. Profundas y geniales las conclusiones de Osho.

En Occidente también hay importantes líderes espirituales modernos. Uno de los más influyentes es Wayne Dyer, fallecido en 2015. Su obra es de una trascendencia extraordinaria, sobre todo el libro Tus zonas erróneas. Uno de sus capítulos está dedicado

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a las emociones, pero Dyer enfatiza las que él denomina emociones inútiles: la culpabilidad y la preocupación. ¿Por qué las considera así? ¿Por qué las califica como un par de grandes despilfarros o de dos zonas erróneas?

Según Dyer, la culpabilidad provoca que desperdicies momentos presentes, por estar inmovilizado debido a un comportamiento pasado; mientras que la preocupación es el mecanismo que te mantiene inmovilizado, pero al contrario, por alguna razón que está en el futuro y que a menudo es algo sobre lo que no tienes ningún control. Es como sentirse culpable de algo que aún no ha sucedido. “Aunque una está dirigida al futuro y la otra al pasado, ambas sirven al mismo propósito inútil de mantenerte inquieto o inmóvil en tu momento presente”.

Asegura también Dyer: “Hay dos días en la semana que nunca me preocupan. Dos días despreocupados, mantenidos religiosamente libres de temores. Uno de esos días es ayer… y el otro día que no me preocupa es mañana”. Esa es la única manera de evitar lo que él califica como “emociones inútiles”. “Aprende a vivir ahora, en el presente, y a no desperdiciar tus momentos actuales en

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pensamientos inmovilizantes sobre el pasado o el futuro. No hay otro momento en el que sea posible vivir más que el presente, el ahora, y todas tus preocupaciones y culpas tan inútiles se producen en el exclusivo momento presente”.

Sentir el cuerpo desde dentro

Otro importante líder occidental es Ekhart Tolle, alemán de nacimiento, pero con nacionalidad canadiense. Tolle es considerado por The New York Times como el autor de textos espirituales más leído de Estados Unidos, especialmente por su best seller El poder del ahora.

Él defiende la teoría de que la mente no es solamente el pensamiento, sino también las emociones, así como todos los patrones de reacción inconscientes de tipo mental-emocional. Le da forma a una idea muy original, relacionada con las emociones, que dice: “La emoción surge en el punto en que se encuentran la mente y el cuerpo. Es la reacción del cuerpo a su mente o un reflejo de la mente en el cuerpo”. Así lo ejemplifica: “Un pensamiento de ataque o un pensamiento hostil creará un aumento de energía en el cuerpo, al que llamamos cólera. El cuerpo se alista a luchar. El

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pensamiento que amenaza, física o psicológicamente, hace que el cuerpo se contraiga y adopte el aspecto físico de lo que llamamos miedo. La investigación ha mostrado que las emociones fuertes producen cambios en la bioquímica del cuerpo; estos cambios bioquímicos representan el aspecto físico o material de la emoción”.

“Cuanto más identificados estemos con el pensamiento, con sus gustos y sus odios, sus juicios e interpretaciones, es decir, cuanto menos presente esté como conciencia que observa, afirma Tolle, más fuerte será la carga de energía emocional, seamos conscientes de ello o no. Si usted no puede sentir sus emociones, si está desconectado de ellas, eventualmente las experimentará en un nivel puramente físico, como un problema o síntoma físico… Un patrón emocional inconsciente puede, incluso, manifestarse como un evento externo que aparentemente le sucede a usted. Por ejemplo, he observado que la gente que lleva dentro mucha ira sin ser consciente de ella y sin expresarla, tiene más posibilidad de ser atacada, verbal o incluso físicamente, por otras personas iracundas, a menudo sin razón aparente. Tienen una fuerte emanación de ira que ciertas personas reciben subliminalmente, y

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que dispara su propia ira latente”.

Tolle cree que si tenemos dificultad para sentir las emociones, empecemos por concentrar nuestra atención en el campo de energía interior del cuerpo. Sentir el cuerpo desde dentro, para ponernos en contacto con nuestras emociones. “Usted dice que una emoción es el reflejo de la mente en el cuerpo. Pero a veces hay un conflicto entre ambos: la mente dice no, mientras la emoción dice sí, o al contrario (…) Si hay un conflicto aparente entre ellos, el pensamiento será la mentira, la emoción será la verdad. No la verdad última sobre quién es usted, pero sí la verdad relativa de su estado mental en ese momento”, añade.

Durante una de sus tantas conferencias por el mundo, alguien le pidió un consejo para no dejarse abrumar por las emociones. En este caso, por el enojo, aunque podría aplicarse a otras emociones, sobre todo las que consideramos negativas. Tolle respondió: “Cuando el enojo llega, su campo energético de inmediato ocupa la mente y los pensamientos que surgen son un reflejo de ese enojo. El enojo provoca que tengamos toda una serie de pensamientos negativos. Cuando surge esta emoción, se debe tratar de tomar conciencia de que

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esos pensamientos emanan de ella. No es fácil, porque a veces surge de repente, pero es necesario reconocer que son pensamientos surgidos de esta emoción. No son pensamientos verdaderos, solo reflejan el campo energético del enojo. La cuestión consiste, y lo sugiero como un experimento, en tratar de mantenernos como observadores, como testigos de esos pensamientos producidos por el campo energético del enojo. Cuando digo testigo, es solo para tomar conciencia de esa energía, para no identificarnos al máximo con ella; es decir, estoy consciente, siento esta energía dentro de mí, pero, más allá de verbalizar, hay que verla y observarla”.

Mi maestro Deepak Chopra, otro de los grandes líderes espirituales de la actualidad, nos sugiere que antes de liberarnos del rigor de las emociones negativas, debemos identificarlas y hacernos responsables de ellas. Sus puntos de vista también apelan a la conciencia y a la identificación de la

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emoción.

“Ante todo, hay que sentir el cuerpo. ¿Qué es la emoción? La emoción es un sentimiento, por eso es una sensación del cuerpo. Cuando identificamos y le prestamos atención a esa sensación del cuerpo, rompemos su vínculo con el pensamiento y de inmediato se libera la emoción negativa. Hay otro proceso que es hacerse responsable cada uno de sus propias emociones, porque, si pensamos que nuestras emociones son responsabilidad de alguien más, entonces sería esa otra persona la que tendría que cambiar para que nos sintiéramos mejor, y eso podría llevar un largo tiempo”.

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He realizado un pequeño recorrido a través del tiempo para ilustrar la manera en que hombres iluminados han dedicado su talento al análisis de las emociones. Ellos han intentado descifrar ese misterio que las envuelve, “misterio” intacto aún en la actualidad, a pesar del desarrollo científico y técnico, que adquiere hoy más que nunca dimensiones increíbles. No podemos vivir sin experimentar emociones. Somos seres destinados a crearlas,

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