Espero que este capítulo te ayude a ilustrar rápidamente cómo operan algunas experiencias en diversas partes del mundo. La educación es una de mis obsesiones, por su importancia en la formación de valores para enfrentar la vida, desde todo punto de vista.
Por muchos años padecí un sistema educativo con demasiado énfasis en la propaganda política, que no enseñaba nada en materia de inteligencia emocional. En la escuela primaria, desde cuarto grado, crecí repitiendo la consigna “Pioneros por el comunismo, seremos como el Che”. La coreé
demasiado tiempo, sin saber exactamente quién era el Che, ni tampoco qué significaba ser comunista, de izquierdas, derechas o liberal. Es lógico que un niño de esa edad no lo entienda, por lo que resulta contraproducente una educación tan politizada, un adoctrinamiento como ese. De ahí que los poemas que aún conservo de esos años formativos primarios, sean de temas políticos y no de lo que un niño de cualquier lugar del mundo tendría como
fuente creativa en su imaginación. No solo sucede en Cuba, sino en muchos otros países, incluso en algunos democráticos, donde la educación se plantea como una batalla ideológica para sembrar ideas uniformes.
En este punto me pregunto nuevamente: ¿qué habría sido de nuestra generación si hubiésemos aprovechado aquel preciado tiempo en aprender sobre las emociones, en vez de repetir lemas sobre polémicas figuras políticas? Y que conste: no creo en soluciones mágicas, pero sí en la sedimentación del esfuerzo, en el grano de arena diario y en el perfeccionamiento de nuestros sistemas de enseñanza. Solo recogeremos lo que seamos capaces de sembrar. Todo ello sin olvidar el papel de la familia, porque a veces entregamos toda la
responsabilidad a la escuela, omitiendo nuestros deberes como tutores de vida. Como explica la profesora Esther García Navarro, si hay un entorno donde es imprescindible que se dé el desarrollo de competencias emocionales, es el de las familias, porque “los fuertes lazos emocionales entre padres e hijos hacen necesario que unos y otros puedan aprender a ser emocionalmente inteligentes, con el objetivo de conseguir vivir todos con mayor bienestar”.
García Navarro recuerda a Sócrates (“conócete a ti mismo”) para indicar que el desarrollo de las competencias emocionales comienza por uno mismo. Es evidente que los padres son “modelos de comportamiento para sus hijos”. La experta propone que los adultos conectemos varias veces al día con nosotros mismos, para detectar qué estamos sintiendo en esos momentos. Sugiere la siguiente guía, que me parece adecuada para todos:
•
¿Cómo me siento?•
¿Por qué me siento así?•
¿Cómo estoy manifestando lo que estoy sintiendo?•
¿Esta emoción me ayuda ahora mismo?•
¿Qué estrategia puedo aplicar para mantenerla? O bien: ¿qué puedo hacer para cambiarla y sentirme mejor?El siguiente paso, explica la profesora, es ayudar a nuestros hijos a detectar cómo se sienten, a conectar con ellos mismos desde temprano.
Podemos resumir el capítulo citando una entrevista a Daniel Goleman en la red educativa Tiching.com. El maestro de la inteligencia emocional considera que los mejores cursos sobre el tema son los que se desarrollan “desde muy pequeños y hasta que los estudiantes están listos para ir a la universidad”. Su teoría apunta a “estrategias de involucración de los estudiantes y las familias, aunque también sirven de ayuda a los profesores para que incorporen estas habilidades”.
A la pregunta de si los
programas de
alfabetización social y emocional estaban obteniendo tan buenos resultados, por qué no se incluían en los planes de estudios, Goleman responde: “El mundo académico ha estado siempre centrado en las capacidades intelectuales y de razonamiento y las emociones se consideran una interferencia, algo que
no resulta útil para la comprensión de los contenidos académicos. Pero son igualmente importantes”.
“No incidir en las emociones es una percepción anticuada, ya que cuanto mejor entendemos cómo funciona el cerebro, obtenemos más información que corrobora que el estado de nuestras emociones es, en realidad, el que determina la capacidad para razonar y aprender. Por lo tanto, son indispensables para el aprendizaje de los estudiantes”, asegura.
De mi libreta de apuntes
1. Identifica cuáles son las principales emociones que prevalecen en tus hijos, sobrinos, vecinos, alumnos u otros niños y adolescentes de tu entorno.
2. Ponte frente a un espejo, junto a tus hijos, e imita diferentes rostros relacionados con las principales emociones. Ponles cara a todas. Identifícalas y repasa cuáles has sentido ese día y por qué.
3. Utiliza las películas citadas anteriormente para sembrar el mensaje de las emociones en los más pequeños de la casa. Ayúdalos a comprender quiénes son los personajes, cuáles
son sus características y por qué tienen problemas.
4. Pregunta en el colegio de tus hijos sobre los planes de enseñanza en materia de inteligencia emocional. Habla con los maestros. Interésate por las notas de tus hijos en ciencias y humanidades, pero también por cómo gestionan las emociones en clase, cómo reaccionan a los problemas y cuál es su nivel de empatía.
5. Si no es viable el plan escolar, por ausencia de asignaturas o por falta de voluntad institucional para implementarlas, toma el control de la educación emocional de tus hijos y familiares. Empieza por las películas, los dibujos animados y los ejemplos de la cotidianidad; pero también hay abundante bibliografía sobre el tema. La biblioteca siempre será una excelente opción.