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Siempre algo que hacer

In document El Analfabeto Emocional Spanis Ismael Cala (página 122-144)

Todos podemos formular una definición sobre la felicidad, aunque me atrevería a exigir una condición: que favorezca también a los demás, porque no vivimos solos en este mundo. Desde mi punto de vista, la felicidad es un estado emocional que disfrutamos los seres humanos en condiciones de paz interior y satisfacción personal. Sin embargo, siempre nos preguntamos si existe la felicidad completa. Paulo Coelho ha dicho que, después de convivir con todo tipo de personas: ricas, pobres, poderosas y acomodadas, en todos los ojos que se cruzaban con los suyos siempre le pareció que

faltaba algo. Sigmund Freud, el famoso psicoanalista, afirmó que “la búsqueda de la felicidad sería algo utópico pues, para que exista, no puede depender del mundo real, donde la persona puede tener experiencias como el fracaso. Por lo que lo máximo que el ser humano podría lograr sería una felicidad parcial”.

Dos talentos extraordinarios, de diferentes épocas y profesiones, plantean que la felicidad completa no existe. Y coincido en parte con ellos, porque soy enemigo de la comodidad, de la estadía en una cima determinada que te va dejando sin opciones: o bajas o te quedas ahí. No creces. Si en esta vida

tuviéramos la posibilidad de convertirnos en seres completamente felices, todo el tiempo, ¿con qué propósitos lucharíamos? ¿Cómo seguiríamos batallando por nosotros y por los demás?

Conseguimos un sueño y nos sentimos felices. ¡Excelente! Disfrutamos el momento de éxito, pero de inmediato debemos prepararnos para ascender a un nivel superior. “La dicha consiste en tener siempre algo que hacer, alguien a quien amar y alguna cosa que esperar”, decía el teólogo escocés Thomas Chalmers.

Conozco a varias personas con resistencia absoluta hacia la felicidad. Quizás ellas no sepan que padecen esta “enfermedad”, pero es evidente que reúnen todos los síntomas. Uno, específicamente, es un profesional de prestigio que consiguió salir de Cuba por vías bastante azarosas y hace algunos años vive en Europa. Técnicamente hablando, logró cultivar una mente prodigiosa, siempre halló trabajos bien remunerados y nunca le faltó nada. Esto último, desde el punto de vista material. Tampoco le escaseaban los buenos amigos ni el amor. Sin embargo, vivía un desequilibrio crónico, una especie de inadaptabilidad a todo. No resistía vivir más en Cuba, pero tampoco en los otros países donde se

radicó. ¿Por qué alguien que lo tiene todo, o casi todo, genera tales resistencias hacia la felicidad?

Un día me lo encontré en París. Parecía feliz, al menos exteriormente. Acaba de salir de un grave problema médico. Deseo firmemente que la fortaleza emanada de su recuperación sirva para indicarle un camino.

A veces, basta con darnos cuenta del problema para concientizarnos e intentar repararlo. Otras, lo aconsejable es la visita a un profesional de la psicología. Porque sabotear nuestra felicidad es la peor actitud que podemos desarrollar. Muchas veces, las causas de tal guerra contra nosotros mismos provienen de nuestro interior y son ajenas a cualquier fenómeno del entorno. No influyen el nivel socioeconómico, ni la situación política, ni los amigos, ni los colegas de trabajo, ni nada exterior. El problema está muy dentro, y nunca va a resolverse si no aceptamos que existe, si no actuamos para encontrar la razón profunda de nuestra batalla contra la felicidad. Hay en la mayoría de nosotros una resistencia a los finales felices. Aunque creemos que los anticipamos, en realidad estamos siempre dando lugar a la posibilidad del peor de los escenarios.

Una película reciente refleja de manera excepcional este problema en las sociedades occidentales. Se titula Héctor y el secreto de la felicidad y trata sobre un psiquiatra británico que lleva una vida muy acomodada, al igual que la mayoría de sus pacientes. Pero todos, incluyéndolo a él, sienten que sus almas están vacías. Entonces, se pregunta por qué los seres humanos no somos capaces de apreciar lo que tenemos. Héctor decide viajar por todo el mundo y averiguar qué hace feliz a la gente. Algunas de las verdades que va descubriendo en su peregrinaje son:

La felicidad es que te quieran tal y como eres

Mucha gente ve la felicidad solo en el futuro

Evitar la infelicidad no da la felicidad

La felicidad es una buena caminata entre hermosas montañas desconocidas

El error es creer que la felicidad es el objetivo

La felicidad es sentirse útil

El secreto de la felicidad consiste en hacer felices a los demás

Una buena manera de estropear la propia felicidad es hacer comparaciones

Para que la felicidad surja, hay que saber escuchar a los demás

¡Cuánta sabiduría, contada de una manera divertida, reflexiva y directa! Héctor viajó por China y África para buscar respuestas a sus dudas, pero existen muchos otros viajes (internos) para entender el camino del éxito y la felicidad. Por ejemplo, el libro Las tres claves de la felicidad, de la psicóloga María Jesús Álava, sugiere algunos pilares: “Perdónate bien, quiérete mejor y toma las riendas de tu vida”. Estoy totalmente de acuerdo con las tres afirmaciones, porque resumen un punto de vista en el que confío. Todas ellas han estado presentes en mi vida y he podido observar cómo inciden en los demás.

El libro muestra los resultados de un interesante estudio: la mayoría de los encuestados (45,6%) dice que lo más importante para la felicidad es “quererse a uno mismo”. Hace algún tiempo, daba la impresión de que no teníamos muy claro lo de querernos lo suficiente. O que, por lo menos, no lo admitíamos en

público, quizá porque estaba mal visto centrar la cuestión en nosotros mismos. Me gustaría aclarar que dicha posición no retrata una visión individualista, sino la necesidad de ordenar primero nuestra casa, para después crear caminos, autopistas y todo cuanto nos propongamos en las relaciones interpersonales.

Según el catecismo de la Iglesia Católica, los Diez Mandamientos se resumen en dos: “Amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”. Tal idea es recurrente en las prioridades de muchos: “después de Dios, nosotros”, “como a ti mismo”, “amarnos bien para amar mejor”.

Los cabalistas, por su parte, dicen que la idea de “amar al prójimo como a ti mismo” no se refiere al trato con los demás. Significa, según ellos, “tratar el alma, la parte eterna, la fuente del hombre”. Creen que si lo practicamos así, “desaparecerán todos los problemas, dolores y sufrimientos del mundo”. Más allá de las diversas interpretaciones sobre la cantidad de amor que debemos profesarnos, es evidente que los seres humanos ahora entendemos mejor tales beneficios.

encuesta, es “sentirse querido” por otras personas (17,2%) y la tercera, “tener el control” sobre nuestra vida (17%). Solo el 2% de los encuestados cree que, para ser felices, lo fundamental es “saber perdonarse”. Otro tabú, sin dudas, que debería analizarse más.

Perdóname que me extienda en el tema de la felicidad, pero siento que vale la pena abordarlo desde diferentes puntos de vista, incluyendo el de la gratitud. Un proverbio chino dice: “Cuando bebas agua, recuerda la fuente”.

La gratitud está muy relacionada con lafelicidad.

Según el monje católico benedictino David Steindl- Rast, “es la gratitud la que nos hace felices”. “Un mundo agradecido es un mundo de gente alegre”, asegura Steindl-Rast. ¡Cuánto bienestar y mutua alegría genera un gesto de agradecimiento o la palabra “gracias”, pronunciada con sinceridad, a quien nos brinda su apoyo material o espiritual sin esperar nada a cambio! No dudemos en hacer público nuestro agradecimiento y utilizar para ello hasta las redes sociales.

Otro grande, el médico Deepak Chopra, sostiene que la verdadera abundancia es la experiencia en la

que se satisfacen fácilmente nuestras necesidades, y nuestros deseos se cumplen espontáneamente. Coincido con el maestro en que vivimos la verdadera abundancia al sentir gozo, salud, felicidad, sentido de propósito y vitalidad en cada momento de nuestra existencia.

A Chopra lo conocí en una “Cumbre del Éxito”, en Venezuela. Juntos hemos trabajado en varios retos de meditación de 21 días. Para mí ha sido un honor prestar mi voz y mis sentimientos en la versión dirigida al público hispano. Justamente, en el primer reto, bajo el nombre de “Creando Abundancia”, el maestro habla de la ley del karma, que nos recuerda sembrar conscientemente las semillas de abundancia

y atenderlas con el máximo de bondad y cuidado. “Pronto disfrutará de los plenos frutos de sus decisiones basadas en el amor”, afirma.

Deepak pide que pongamos atención en nuestro corazón y nos preguntemos: “¿Traerá esta decisión realización y felicidad, tanto a mí como a quienes están afectados por ella?”. Y dice que hagamos esto todas las veces que enfrentemos una decisión que vaya a impactarnos a nosotros, o a quienes nos rodean.

Cierro, de momento, el análisis sobre la felicidad con una gran verdad en boca de Chopra: “Hay algunas personas que viven preocupadas porque no tienen lo suficiente de ciertas cosas, que creen necesarias para su felicidad y seguridad. Lo más probable es que su cuerpo multiplique estos sentimientos, enviándoles mensajes de molestia en forma de ansiedad, preocupación o estrés. Sin embargo, esto no tiene por qué ser así. Si aprendemos a confiar en la inteligencia del universo y a practicar una vida sin inquietudes, podremos vivir sin temores, sin preocupaciones y sin concentrarnos en las carencias que tengamos. Así podremos esperar únicamente lo mejor, y vivir nuestra vida en un lugar de verdadero gozo”.

El miedo

El propósito del miedo es mejorar tu conciencia, pero no detener tu progreso. STEVE MARABOLI

Esta emoción, como las restantes, presenta varias aristas. A veces nos paraliza, nos detiene, nos impide avanzar e incluso ver más allá de nuestras fronteras artificiales. Pero el miedo también es positivo, porque nos previene acerca de posibles peligros. Pienso ahora mismo en un evento y dos situaciones. Por ejemplo, conozco algunas personas con un irrefrenable miedo a volar en aviones. ¿Es una actitud justificada? Depende. Si la aviación es, estadísticamente, el sistema de transporte más seguro del mundo, ¿por qué despierta más temores que el resto?

La raíz del miedo a volar, en mi opinión, radica en la incredulidad. Tantos años después de los primeros aviones, aún nos preguntamos cómo es posible que despeguen y se sostengan en el aire, con centenares de personas y maletas encima. ¡Es un milagro de la

ciencia! Está comprobado que funciona, pero quienes lo aborrecen se niegan rotundamente a asimilarlo. Y muchos, como yo mismo, nos asombramos una y otra vez ante el milagro de volar.

El miedo a morir se entiende, pero es bajísimo el porcentaje de personas que resultan víctimas de accidentes aéreos. Las carreteras son, por goleada, el espacio donde más gente muere actualmente. Punto y aparte es el caso de algunas personas que no quieren volar luego de haber tenido una experiencia turbulenta en un avión. En tal situación, el miedo, el trauma y la fobia tienen una raíz vivencial que puede ser trabajada directamente.

Daniel Goleman define el miedo como “una aversión irracional hacia un peligro esperado”, porque cuando lo sentimos, “estamos anticipando algo que va a suceder y debemos prepararnos para enfrentarlo”. El experto en inteligencia emocional cree que el primer paso para superarlo es identificarlo y luego, tomar responsabilidad y reconocer que lo sentimos.

A veces me pregunto qué sería de mi vida personal y de mi carrera si hubiese estado entre quienes evitan subirse a un avión. Un apreciado

amigo, que por fin ha conseguido limitar su aversión, me dice que la clave está en la información. “A qué te refieres”, le pregunto. “A la información sobre el proceso de volar. Mientras más me informo en webs especializadas, preguntando a amigos de la aeronáutica y leyendo, menos miedo tengo a los aviones. No hice ningún curso con una aerolínea, pero llegué a entender el complejo proceso de seguridad que rodea a un vuelo comercial”, me dijo.

Es decir, identificó el problema y luego se propuso combatirlo. Uno no debe quedarse en la epidermis de las cosas, en el fatalismo de “tengo miedo, entonces no vuelo”. Porque, hoy día, no tomar aviones es prácticamente renunciar a entender el mundo. Sin pretender convertirnos en ingenieros aeronáuticos, podemos conocer las bases del “milagro” e iniciar un plan para transformar la situación.

Hay muchos otros miedos, quizá más subjetivos, pero igual de paralizantes. No es lo mismo temer a un león fugado del zoológico —una actitud irreprochable, desde el instinto de supervivencia— que al “qué dirán”, al fracaso, al rechazo, a la soledad o a hacer el ridículo. John F. Kennedy decía que “no deberíamos permitir que nuestros miedos nos impidan perseguir nuestras esperanzas”. ¡Cuánta razón! Ser valiente no es lograr la ausencia total de miedo, sino enfrentarlo y superarlo.

Una de las noches que más miedo he tenido en mi vida —casi evacúo en los pantalones— fue cuando tuve que hacer guardia con un fusil AKM. En Cuba, en mi etapa de estudiante, todos los universitarios debíamos internarnos 45 días en una unidad militar, antes de terminar la carrera. A mí me tocó hacer guardia en la cochiquera, el corral de los cerdos. Y mi mayor miedo era tener que usar el fusil. No temía a los ruidos, que eran constantes, pero era difícil diferenciar si los cerdos se movían o si alguien se acercaba a robar. Aquella era la posta más importante, porque los cerdos representaban una mina de dinero, en pleno año 1992, en una de las mayores crisis económicas de Cuba. Los jefes ponían énfasis en que era la misión más importante, y no

podíamos dormirnos en la guardia. Viví toda la noche en un ataque de pánico. Aunque ya había hecho prácticas de tiro al blanco, mi mayor temor era disparar a alguien.

Aquel miedo me paralizó. No lo inventé en mi mente; sin embargo, yo suponía y anticipaba lo que nunca pasó. No se acercó nadie a robar, pero el temor surgía como un instinto básico de supervivencia, además de la presión social del momento.

El miedo aparece por el cerebro de reptil que aún tenemos los seres humanos. El cerebro reptiliano —o primitivo— es responsable de la supervivencia. Ante una amenaza, como explica Jesús Yanes en su libro El control del estrés y el mecanismo del miedo, nuestra mente consciente pasa a un segundo plano, porque lo más importante es salvar la vida. Muchas investigaciones sobre el tema exponen que el cerebro tiene un estímulo de lucha o huida. Se llama fight or flight, “luchas o vuelas”. Se trata de enfrentarte o escapar. La función del miedo es hacernos tomar una reacción instintiva rápida. Todos los animales la poseemos.

Mi propia vida dio un giro, de la noche a la mañana, cuando me di cuenta de que el miedo era un

aliado y no un enemigo. Aún sigo teniendo miedo pero, como siempre digo en mis conferencias, valiente no es el que tiene ausencia de temor. La verdadera valentía está en identificar, enfrentar y gerenciar tus miedos, para que estos no gerencien tu vida.

El miedo a perder el control de la mente sigue siendo fundamental en mi vida, porque no le temo a la muerte. Tampoco tengo el miedo número uno y más común en el mundo. ¿Cuál es? Hablar en público. Hay otros que me gustaría señalar, porque están presentes en la vida de mucha gente, y son los miedos sociales: al rechazo, al fracaso, al “qué dirán”… Estos se resumen en lo que los seres humanos llamamos “miedo al ridículo”.

Jesús Yanes indica que el cerebro ha venido reaccionando sobre la supervivencia desde hace millones de años. Y, aunque ahora cambian los escenarios y protagonistas, la “mecánica cerebral” sigue siendo la misma: “Los bosques prehistóricos o las llanuras se han cambiado por las ciudades (…) Ahora los depredadores que amenazan nuestra vida tienen unos nombres diferentes: jefe, trabajo, hipoteca, problemas de pareja, terrorismo, fracaso escolar, atasco, miedo a la muerte”.

Todos los días uso, en positivo, el miedo a perder el control de mi mente. Es una especie de recordatorio de que debo cultivar la mente, el espíritu y el cuerpo para mi propio bienestar. Debo mantener el equilibrio y dedicar tiempo a la meditación. Ese miedo me mantiene en alerta positiva. No me paraliza, porque mis proyectos siguen adelante. Al contrario, ha logrado potenciarme tanto que todo lo que escojo y filtro, para colocar en mi mente, tiene una función nutritiva. Por ejemplo, solo leo novelas que alguien me haya recomendado. Solo consulto libros con mensajes de inteligencia sustancial para mi mente. Además de entretenerme, estos nutren mi alma, mi cuerpo o mi mente de manera positiva. No leo por leer. Por eso mis textos intentan ser lo que denomino “lectura con propósito, lectura con intención”. No son materiales para la distracción.

Para vencer los miedos que nos frenan, hay que reconocerlos y ser conscientes de nuestras debilidades. Hagámonos siempre una pregunta liberadora: si no tuviera miedo, ¿qué haría? Goleman sugiere que lo más importante es reconocer si nuestros miedos son justificados o imaginarios. ¡Deberías empezar a hacer una lista con ellos! ¡Toma papel y lápiz ya!

La ira

El que domina su cólera, domina a su peor enemigo. CONFUCIO

Siempre fui un niño tímido y, por tanto, nada agresivo. Sin embargo, hay situaciones que te transforman, y puedes pasar en segundos de la tranquilidad más absoluta a la ira total. Cómo controlar la ira ha sido una pregunta que probablemente nos hemos hecho todos los seres humanos. O, por lo menos, todos los seres humanos conscientes del papel de las emociones en nuestras vidas; mejor dicho, conscientes de superar el analfabetismo emocional, en donde muchos adultos pululan.

A los catorce años, cuando estudiaba en una escuela-internado, recuerdo que el bullying era asfixiante. Hasta que un día estallé y me enfrenté a todos. Ese ataque de ira me hizo comprender que aquel no era mi lugar, que debía asegurarme un cambio, lo más inmediato posible, y así sucedió.

Afortunadamente, la ira tomó caminos de catarsis, pero no de acciones negativas. Porque recuerdo perfectamente que pensé en lo peor si no me trasladaban de aquel terrible lugar. Gracias a Dios, mi madre acudió a mi reclamo y me permitió cambiarme de escuela, acción que agradeceré toda la vida.

La Asociación Española contra el Cáncer considera que algunas de las reacciones fisiológicas y comportamentales que desencadenan las emociones son innatas, mientras que otras pueden adquirirse. La ira, por ejemplo, está incluida entre las que se aprenden por “experiencia directa”.

El enfado parece ser el estado de ánimo más persistente y difícil de controlar, de acuerdo con Goleman. En su opinión, “el enfado es la más seductora de las emociones negativas, porque

el monólogo

alienta proporciona argumentos convincentes para justificar el hecho de poder descargarlo sobre alguien”.

La ira no es mala ni buena, pero se asocia con momentos en los que no la gestionamos bien. Esto se traduce en actos que traen graves consecuencias

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