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El Olvido que Seremos - Hector Abad Faciolince

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Academic year: 2020

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Héctor Abad Faciolince

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1

EN LA casa vivían diez m uj eres, un niño y un señor. Las m uj eres eran Tata, que había sido la niñera de m i abuela, tenía casi cien años, y estaba m edio sorda y m edio ciega; dos m uchachas del servicio —Em m a y Teresa—; m is cinco herm anas —Mary luz, Clara, Eva, Marta, Sol—; m i m am á y una m onj a. El niño, y o, am aba al señor, su padre, sobre todas las cosas. Lo am aba m ás que a Dios. Un día tuve que escoger entre Dios y m i papá, y escogí a m i papá. Fue la prim era discusión teológica de m i vida y la tuve con la herm anita Josefa, la m onj a que nos cuidaba a Sol y a m í, los herm anos m enores. Si cierro los oj os puedo oír su voz recia, gruesa, enfrentada a m i voz infantil. Era una m añana lum inosa y estábam os en el patio, al sol, m irando los colibríes que venían a hacer el recorrido de las flores. De un m om ento a otro la herm anita m e dij o:

—Su papá se va a ir para el Infierno. —¿Por qué? —le pregunté y o. —Porque no va a m isa. —¿Y y o?

—Usted va a irse para el Cielo, porque reza todas las noches conm igo. Por las noches, m ientras ella se cam biaba detrás del biom bo de los unicornios, rezábam os padrenuestros y avem arías. Al final, antes de dorm irnos, rezábam os el credo: « Creo en Dios Padre, Todopoderoso, Creador del Cielo y de la Tierra, de todo lo visible y lo invisible…» . Ella se quitaba el hábito detrás del biom bo para que no le viéram os el pelo; nos había advertido que verle el pelo a una m onj a era pecado m ortal. Yo, que entiendo las cosas bien, pero despacio, había estado im aginándom e todo el día en el Cielo sin m i papá (m e asom aba desde una ventana del Paraíso y lo veía a él allá abaj o, pidiendo auxilio m ientras se quem aba en las llam as del Infierno), y esa noche, cuando ella em pezó a entonar las oraciones detrás del biom bo de los unicornios, le dij e:

—No voy a volver a rezar. —¿Ah, no? —m e retó ella.

—No. Yo y a no m e quiero ir para el Cielo. A m í no m e gusta el Cielo sin m i papá. Prefiero irm e para el Infierno con él.

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y gritó: « ¡Chito!» . Después se dio la bendición.

Yo quería a m i papá con un am or que nunca volví a sentir hasta que nacieron m is hij os. Cuando los tuve a ellos lo reconocí, porque es un am or igual en intensidad, aunque distinto, y en cierto sentido opuesto. Yo sentía que a m í nada m e podía pasar si estaba con m i papá. Y siento que a m is hij os no les puede pasar nada si están conm igo. Es decir, y o sé que antes m e haría m atar, sin dudarlo un instante, por defender a m is hij os. Y sé que m i papá se habría hecho m atar sin dudarlo un instante por defenderm e a m í. La idea m ás insoportable de m i infancia era im aginar que m i papá se pudiera m orir, y por eso y o había resuelto tirarm e al río Medellín si él llegaba a m orirse. Y tam bién sé que hay algo que sería m ucho peor que m i m uerte: la m uerte de un hij o m ío. Todo esto es una cosa m uy prim itiva, ancestral, que se siente en lo m ás hondo de la conciencia, en un sitio anterior al pensam iento. Es algo que no se piensa, sino que sencillam ente es así, sin atenuantes, pues uno no lo sabe con la cabeza sino con las tripas.

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2

MI PAPÁ m e dej aba hacer todo lo que y o quisiera. Decir todo es una exageración. No podía hacer porquerías com o hurgarm e la nariz o com er tierra; no podía pegarle a m i herm ana m enor ni-con-el-pétalo-de-una-rosa; no podía salir sin avisar que iba a salir, ni cruzar la calle sin m irar a los dos lados; tenía que ser m ás respetuoso con Em m a y Teresa —o con cualquiera de las otras em pleadas que tuvim os en aquellos años: Mariela, Rosa, Margarita— que con cualquier visita o pariente; tenía que bañarm e todos los días, lavarm e las m anos antes y los dientes después de com er, y m antener las uñas lim pias… Pero com o y o era de una índole m ansa, esas cosas elem entales las aprendí m uy rápido. A lo que m e refiero con todo, por ej em plo, es a que y o podía coger sus libros o sus discos, sin restricciones, y tocar todas sus cosas (la brocha de afeitar, los pañuelos, el frasco de agua de colonia, el tocadiscos, la m áquina de escribir, el bolígrafo) sin pedir perm iso. Tam poco tenía que pedirle plata. Él m e lo había explicado así:

—Todo lo m ío es tuy o. Ahí está m i cartera, coge lo que necesites. Y ahí estaba, siem pre, en el bolsillo de atrás de los pantalones. Yo cogía la billetera de m i papá y contaba la plata que tenía. Nunca sabía si coger un peso, dos pesos o cinco pesos. Lo pensaba un m om ento y resolvía no coger nada. Mi m am á nos había advertido m uchas veces:

—¡Niñas!

Mi m am á decía siem pre « niñas» porque las niñas eran m ás y entonces esa regla gram atical (un hom bre entre m il m uj eres convierte todo al género m asculino) para ella no contaba.

—¡Niñas! A los profesores aquí les pagan m uy m al, no ganan casi nada. No abusen de su papá que él es bobo y les da lo que le pidan, sin poder.

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a veces, no había ni uno, y a que no éram os ricos, aunque lo pareciera porque teníam os finca, carro, m uchachas del servicio y hasta m onj a de com pañía. Cuando nosotros le preguntábam os a m i m am á si éram os ricos o pobres, ella siem pre contestaba lo m ism o: « Niñas: ni lo uno ni lo otro; som os acom odados» . Muchas veces m i papá m e daba plata sin que se la pidiera, y entonces y o no tenía ningún reparo en recibirla.

Según m i m am á, y tenía razón, m i papá era incapaz de entender la econom ía dom éstica. Ella se había puesto a trabaj ar en una oficinita por el centro —contra el parecer de su m arido— en vista de que la plata del profesor nunca alcanzaba para llegar a fin de m es y no se podía recurrir a ninguna reserva puesto que m i papá nunca tuvo ninguna noción del ahorro. Cuando llegaban las cuentas de servicios, o cuando m i m am á le decía que era necesario pagarle al albañil que había cogido unas goteras en el techo, o al electricista que había arreglado un cortocircuito, m i papá se ponía de m al genio y se encerraba en la biblioteca a leer y a oír m úsica clásica a todo volum en, para calm arse. Él m ism o había contratado al albañil, pero siem pre se le olvidaba preguntar, antes, cuánto iban a cobrar por el trabaj o, así que al final cobraban lo que les daba la gana. Si m i m am á hacía el contrato, en cam bio, pedía dos presupuestos, regateaba, y nunca había sorpresas al final.

Mi papá nunca tenía dinero suficiente porque siem pre le daba o le prestaba plata a cualquiera que se la pidiera, parientes, conocidos, extraños, m endigos. Los estudiantes en la universidad se aprovechaban de él. Y tam bién abusaba el m ay ordom o de la finca, don Dionisio, un y ugoeslavo descarado que hacía que m i papá le diera anticipos por la ilusión de unas m anzanas, unas peras y unos higos m editerráneos que j am ás llegaron a darse en la huerta de la finca. Al fin logró que pelecharan las fresas y las hortalizas, m ontó un negocio aparte, en una tierra que com pró con los anticipos que m i papá le daba, y progresó bastante. Entonces m i papá contrató de m ay ordom os a don Feliciano y a doña Rosa, los papas de Teresa, la m uchacha, que se estaban m uriendo de ham bre en un pueblo del nordeste, Am alfi. Sólo que don Feliciano tenía casi ochenta años, estaba enferm o de artritis, y no podía trabaj ar la huerta, por lo que las verduras y las fresas de don Dionisio se perdieron y la finca, a los seis m eses, estaba hecha un rastroj o. Pero no íbam os a dej ar m orir de ham bre a doña Rosa y a don Feliciano, porque eso habría sido peor. Había que esperar a que se m urieran de viej os para contratar a otros m ay ordom os, y así fue. Después vinieron Edilso y Belén, que allá siguen, treinta años después, con un contrato m uy raro que se inventó m i papá: nosotros ponem os la tierra, pero las vacas y la leche son de ellos.

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varias veces m i papá sacaba la cartera y les entregaba a los estudiantes billetes que j am ás le devolvían, y por eso alrededor de él había siem pre un enj am bre de pedigüeños.

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3

ANTES de entrar al kínder, a m í no m e gustaba quedarm e todos los días en la casa con Sol y con la m onj a. Cuando se m e acababan los j uegos de niño solitario (fantasías en el suelo, con castillos y soldados), lo m ás entretenido que se le ocurría hacer a la herm anita Josefa, fuera de rezar, era salir al patio de la casa a m irar los colibríes que chupaban las flores, o dar paseos por el barrio en el cochecito donde sentaba a m i herm ana, que se dorm ía en el acto, y donde m e llevaba a m í, de pie sobre las varillas de atrás, si m e cansaba de cam inar, m ientras la m onj a em puj aba el coche por las aceras. Com o esa rutina diaria m e aburría, entonces y o le pedía a m i papá que m e llevara a la oficina.

Él trabaj aba en la Facultad de Medicina, al lado del Hospital de San Vicente de Paúl, en el Departam ento de Salud Pública y Medicina Preventiva. Si no podía ir con él, porque tenía m ucho que hacer esa m añana, al m enos m e llevaba a dar una vuelta a la m anzana en el carro. Me sentaba sobre las rodillas y y o m anej aba la dirección, vigilado por él. Era un paquiderm o viej o, grande, ruidoso, azul celeste, m arca Ply m outh, de caj a autom ática, que se recalentaba y em pezaba a echar hum o por delante a la prim era lom a que encontraba. Cuando podía, al m enos una vez a la sem ana, m i papá m e llevaba a la Universidad. Al entrar pasábam os al lado del anfiteatro, donde se dictaban las clases de anatom ía, y y o le rogaba que m e m ostrara los cadáveres. Él siem pre m e respondía: « No, todavía no» . Todas las sem anas lo m ism o:

—Papi, quiero conocer un m uerto. —No, todavía no.

Una vez que él sabía que no había clases, ni m uerto, entram os al anfiteatro, que era m uy antiguo, de ésos con graderías alrededor para que los estudiantes pudieran ver bien la disección de los cadáveres. En el centro del salón había una m esa de m árm ol, donde se ponía al protagonista de la clase, igual que en el cuadro de Rem brandt. Pero ese día el anfiteatro estaba vacío de cadáver, de estudiantes y de profesor de anatom ía. En ese vacío, sin em bargo, persistía un cierto olor a m uerte, com o una im palpable presencia fantasm al que m e hizo tener conciencia, en ese m ism o m om ento, de que en el pecho m e palpitaba el corazón.

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ponía a dibuj ar, o al frente de la m áquina de escribir, a fingir que escribía com o él, con el dedo índice de las dos m anos. Desde lej os, Gilm a Eusse, la secretaria, m e m iraba sonriendo con picardía. Por qué sonreía, y o no sé. Tenía una foto enm arcada de su m atrim onio en la que ella aparecía vestida de novia casándose con m i papá. Yo le preguntaba una y otra vez por qué se había casado con m i papá, y ella m e explicaba, sonriendo, que se había casado con un m exicano, Iván Restrepo, por poder, y que m i papá lo había representado a él en la iglesia. Mientras m e contaba ese m atrim onio para m í incom prensible (tan incom prensible com o el de m is propios padres, que tam bién se habían casado por poder, y en las únicas fotos de su m atrim onio se veía a m i m am á casándose con el tío Bernardo) Gilm a Eusse sonreía, sonreía, con la cara m ás alegre y cordial que uno se pudiera im aginar. Parecía la m uj er m ás feliz del m undo hasta que un día, sin dej ar de sonreír, se pegó un tiro en el paladar, y nadie supo por qué. Pero en esas m añanas de m i niñez ella m e ay udaba a poner el papel en el rodillo de la m áquina de escribir, para que y o escribiera. Yo no sabía escribir, pero escribía y a, y cuando m i papá volvía de clase le m ostraba el resultado.

—Mira lo que escribí.

Eran unas pocas líneas llenas de garabatos:

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—¡Muy bien! —decía m i papá con una carcaj ada de satisfacción, y m e felicitaba con un gran beso en la m ej illa, al lado de la orej a. Sus besos, grandes y sonoros, nos aturdían y se quedaban retum bando en el tím pano, com o un recuerdo doloroso y feliz, durante m ucho tiem po. A la sem ana siguiente m e ponía de tarea, antes de salir para su clase, una plana de vocales, prim ero la A, después la E, y así, y en las sem anas sucesivas, m ás y m ás consonantes, las m ás com unes para em pezar, la C, la P, la T, y luego todas, hasta la equis y la hache, que aunque era m uda y poco usada, era tam bién m uy im portante porque era la letra con que em pezaba el nom bre de nosotros dos. Por eso, cuando entré al colegio, y o y a sabía distinguir todas las letras del abecedario, no con su nom bre sino con su sonido, y cuando la profesora de prim ero, Ly da Ruth Espinosa, nos enseñó a leer y escribir, y o aprendí en un segundo, y entendí de inm ediato el m ecanism o, com o por encanto, com o si hubiera nacido sabiendo leer.

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vez de ponerlo en alguna vocal (que adem ás siem pre resultaba ser una o), ponía todo el énfasis en la erre: parrrrrroco. Y m e salía grave, parróco, o aguda, parrocó, en todo caso nunca esdrúj ula. Mi herm ana Clara vivía burlándose de m í por este bloqueo, y siem pre que podía m e la escribía en un papel y m e preguntaba, con una sonrisa radiante: « Gordo, ¿qué dice aquí?» . A m í m e bastaba verla para ponerm e roj o y no poderla leer.

Exactam ente lo m ism o m e pasó, años después, con el baile. Mis herm anas eran todas grandes bailarinas, y y o tenía tam bién buen oído, com o ellas, al m enos para cantar, pero cuando ellas m e invitaban a bailar, y o ponía el acento del baile donde no era, con una arritm ia total, o con el m ism o ritm o de las risas de ellas cuando m e veían m over los pies. Y aunque llegó el día en que aprendí a leer párroco sin equivocarm e, los pasos del baile, en cam bio, m e quedaron vedados para siem pre. Tener una m adre es difícil; ni les cuento lo que era tener seis.

Creo que m i papá com prendió pronto que había una m anera para im pedirm e hacer alguna cosa definitivam ente: burlarse de m í. Si y o llegaba a percibir que lo que estaba haciendo podía parecer ridículo, risible, no volvería a intentarlo j am ás. Tal vez por eso celebraba, en m i escritura, hasta los garabatos sin sentido, y m e enseñó m uy despacio la m anera en que las letras representaban los sonidos, para que m is errores iniciales no produj eran risa. Yo aprendí, gracias a su paciencia, todo el abecedario, los núm eros y los signos de puntuación en su m áquina de escribir. Tal vez por eso un teclado —m ucho m ás que un lápiz o un bolígrafo— es para m í la representación m ás fidedigna de la escritura. Esa m anera de ir hundiendo sonidos, com o en un piano, para convertir las ideas en letras y en palabras, m e pareció desde el principio —y m e sigue pareciendo— una de las m agias m ás extraordinarias del m undo.

Adem ás, con esa pasm osa habilidad lingüística que tienen las m uj eres, m is herm anas nunca m e dej aban hablar. Apenas y o abría la boca para intentar decir algo, ellas y a lo habían dicho, m ás largo y m ucho m ej or, con m ás gracia y m ás inteligencia. Creo que tuve que aprender a escribir para poder com unicarm e de vez en cuando, y desde m uy pequeño le m andaba cartas a m i papá, que las celebraba com o si fueran epístolas de Séneca u obras m aestras de la literatura.

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4

MIS AMIGOS y m is com pañeros se reían de m í por otra costum bre de m i casa que, sin em bargo, esas burlas no pudieron extirpar. Cuando y o llegaba a la casa, m i papá, para saludarm e, m e abrazaba, m e besaba, m e decía un m ontón de frases cariñosas y adem ás, al final, soltaba una carcaj ada. La prim era vez que se rieron de m í por « ese saludo de m ariquita y niño consentido» , y o no m e esperaba sem ej ante burla. Hasta ese instante y o estaba seguro de que ésa era la form a norm al y corriente en que todos los padres saludaban a sus hij os. Pues no, resulta que en Antioquia no era así. Un saludo entre m achos, padre e hij o, tenía que ser distante, bronco y sin afecto aparente.

Durante un tiem po evité esos saludos tan efusivos si había extraños por ahí, pues m e daba pena y no quería que se burlaran de m í. Lo m alo era que, aun si estaba acom pañado, ese saludo a m í m e hacía falta, m e daba seguridad, así que al cabo de algún tiem po de fingim iento, resolví dej ar que m e volviera a saludar igual que siem pre, aunque m is com pañeros se rieran y dij eran lo que les diera la gana. Al fin y al cabo ese saludo cariñoso era una cosa de él, no m ía, y y o lo único que hacía era dej arlo hacer. Pero no todo fue burla entre m is com pañeros; recuerdo que una vez, y a casi al final de la adolescencia, un am igo m e confesó: « Hom bre, siem pre m e ha dado envidia de un papá así. El m ío no m e ha dado un beso en toda la vida» .

—Tú escribes porque fuiste un niño m im ado, un « spoiled child» —m e dij o una vez alguien que se decía am igo m ío. Lo dij o así, en inglés, para m ay or escarnio, y aunque m e dio rabia, creo que tenía razón.

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aunque no sé si existe el exceso en el am or. Tal vez sí, pues incluso hay am ores enferm izos, y en m i casa siem pre se ha repetido en son de chiste una de las prim eras frases que y o dij e en m i vida, todavía con m edia lengua:

—Papi: ¡no m e adores tanto!

Cuando, m uchos años m ás tarde, leí la Carta al padre de Kafka, y o pensé que podría escribir esa m ism a carta, pero al revés, con puros antónim os y situaciones opuestas. Yo no le tenía m iedo a m i papá, sino confianza; él no era déspota, sino tolerante conm igo; no m e hacía sentir débil, sino fuerte; no m e creía tonto, sino brillante. Sin haber leído un cuento ni m ucho m enos un libro m ío, com o él sabía m i secreto, a todo el m undo le decía que y o era escritor, aunque m e daba rabia de que diera por hecho lo que era sólo un sueño. ¿Cuántas personas podrán decir que tuvieron el padre que quisieran tener si volvieran a nacer? Yo lo podría decir.

Ahora pienso que la única receta para poder soportar lo dura que es la vida al cabo de los años, es haber recibido en la infancia m ucho am or de los padres. Sin ese am or exagerado que m e dio m i papá, y o hubiera sido alguien m ucho m enos feliz.

Muchas personas se quej an de sus padres. En m i ciudad circula una frase terrible: « Madre no hay sino una, pero padre es cualquier hij ueputa» . Yo podría, quizá, estar de acuerdo con la prim era parte de esa frase, copiada de los tangos, aunque lo cierto es que y o, de m adres, com o y a lo expliqué, tuve m edia docena. Con la segunda parte de la frase, en cam bio, no puedo estar de acuerdo. Al contrario, y o creo que tuve, incluso, dem asiado padre. Era, y en parte sigue siendo, una presencia constante en m i vida. Todavía hoy, aunque no siem pre, le obedezco (él m e enseñó tam bién a desobedecer, si era necesario). Cuando tengo que j uzgar algo que hice o algo que voy a hacer, trato de im aginarm e la opinión que tendría m i papá sobre ese asunto. Muchos dilem as m orales los he resuelto sim plem ente apelando a la m em oria de su actitud vital, de su ej em plo, y de sus frases.

Lo anterior no quiere decir que nunca nos regañara. Tenía un trueno en la voz cuando se ponía bravo, y daba puñetazos en la m esa si regábam os algo o si decíam os alguna estupidez durante la com ida. En general era m uy indulgente con nuestras debilidades, si las consideraba irrem ediables com o una enferm edad. Pero no era para nada condescendiente cuando pensaba que algo lo podíam os corregir. Com o era un higienista, no soportaba que tuviéram os nada sucio en el cuerpo, y nos obligaba a lavarnos las m anos y a lim piarnos las uñas en un ritual que parecía casi prequirúrgico. Odiaba, por encim a de todo, que no tuviéram os conciencia social ni entendiéram os el país donde vivíam os. Un día que él estaba enferm o y no iba a poder ir a la Universidad, se estaba lam entando porque m uchos estudiantes pagarían el pasaj e del bus e irían hasta el salón de clase para nada. Yo le dij e:

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Se puso pálido de la rabia:

—¿En qué parte del m undo crees que estás viviendo, en Europa, en Japón? ¿O te parece que aquí todo el m undo vive en Laureles? ¿No te das cuenta de que en Medellín hay barrios donde ni siquiera tienen agua corriente, y van a tener teléfono?

Recuerdo m uy bien otra de sus furias, que fue una lección tan dura com o inolvidable. Con un grupo de niños que vivían cerca de la casa (y o debía de tener unos diez o doce años), m e vi envuelto algunas veces, sin saber cóm o, en una especie de expedición vandálica, en una « noche de los cristales» en m iniatura. Diagonal a nuestra casa vivía una fam ilia j udía: los Manevich. Y el líder de la cuadra, un m uchacho grandote al que y a le em pezaba a salir el bozo, nos dij o que fuéram os al frente de la casa de los j udíos a tirar piedras y gritar insultos. Yo m e uní a la banda. Las piedras no eran m uy grandes, m ás bien pedacitos de cascaj o recogidos del borde de la calle, que apenas sonaban en los vidrios, sin rom perlos, y m ientras tanto gritábam os una frase que nunca he sabido bien de dónde salió: « ¡Los hebreos com en pan! ¡Los hebreos com en pan!» . Supongo que habrá sido una reivindicación cultural de la arepa. En esas estábam os un día cuando llegó m i papá de la oficina y alcanzó a ver y a oír lo que estábam os haciendo. Se baj ó del carro iracundo, m e cogió del brazo con una violencia desconocida para m í y m e llevó hasta la puerta de los Manevich.

—¡Eso no se hace! ¡Nunca! Ahora vam os a llam ar al señor Manevich y le vas a pedir perdón.

Tim bró, abrió una m uchacha m ay or, lindísim a, altiva, y al fin vino el señor César Manevich, hosco, distante.

—Mi hij o le va a pedir perdón y y o le aseguro que esto nunca se va a repetir aquí —dij o m i papá.

Me apretó el brazo y y o dij e, m irando al suelo: « Perdón, señor Manevich» . « ¡Más duro!» , insistió m i papá, y y o repetí m ás fuerte: « ¡Perdón, señor Manevich!» . El señor Manevich hizo un gesto con la cabeza, le dio la m ano a m i papá y cerraron la puerta. Ésa fue la única vez que m e quedó una m arca en el cuerpo, un rasguño en el brazo, por un castigo de m i papá, y es una señal que m e m erezco y que todavía m e avergüenza, por todo lo que supe después sobre los j udíos gracias a él, y tam bién porque m i acto idiota y brutal no lo había com etido por decisión m ía, ni por pensar nada bueno o m alo sobre los j udíos, sino por puro espíritu gregario, y quizá sea por eso que desde que crecí les rehúy o a los grupos, a los partidos, a las asociaciones y m anifestaciones de m asas, a todas las gavillas que puedan llevarm e a pensar no com o individuo sino com o m asa y a tom ar decisiones, no por una reflexión y evaluación personal, sino por esa debilidad que proviene de las ganas de pertenecer a una m anada o a una banda.

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5

CUANDO entré al kínder, con las reglas estrictas de la escuela, m e sentí abandonado y m altratado. Com o si m e hubieran m etido en una cárcel sin y o haber com etido ningún delito. Odiaba ir al colegio: las filas, los pupitres, la cam pana, los horarios, las am enazas de las herm anas ante una som bra de alegría o un atisbo de libertad. Mi prim er colegio. La Presentación —que era donde había estudiado m i m am á y donde estudiaban todas m is herm anas— tam bién era de m onj as. Era un colegio sólo para niñas, pero a los dos años de kínder, antes de la prim aria, dej aban entrar tam bién varones, aunque fuéram os una especie rara y m inoritaria. Es m ás, y o no recuerdo que entre m is com pañeras hubiera ningún hom bre, por lo que ese colegio de m onj as, para m í, era com o una extensión de la casa: m uj eres, m uj eres y m ás m uj eres, con una única excepción, en el bus, donde estaban el chofer y otro niño. Sólo en el bus m e tocaba al lado de otro niño. Los dos íbam os de cam isa blanca y de pantalones cortos, azul oscuro, en una de las bancas de atrás, y recuerdo que este niño, durante todo el tray ecto, desde que se m ontaba hasta llegar al colegio, se sacaba por un lado de los pantalones el pipí, y se lo sobaba y rascaba y estiraba sin cesar. Y lo m ism o al regreso, desde el colegio hasta que el bus lo dej aba en su casa. Yo lo m iraba atónito, sin atreverm e a decir nada, porque nunca entendí ese gesto, ni lo entiendo todavía, aunque no se m e olvida.

Todas las m añanas y o esperaba el transporte del colegio en la puerta, pero cuando la trom pa del bus asom aba por la esquina, el corazón m e tem blaba y y o salía despavorido para adentro.

—¿Para dónde va? —m e gritaba furiosa la herm anita Josefa, tratando de agarrarm e por la cam isa.

—Ya vengo. Voy a despedirm e de m i papá —le contestaba y o desde el prim er tram o de las escaleras.

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llegaría a ninguna parte, pero m i papá le contestaba con una carcaj ada: —Tranquila, herm anita, que para todo hay tiem po.

Esta escena se repitió tantas veces que al fin m i papá se encerró en la biblioteca conm igo, m e m iró a los oj os y m e preguntó, m uy serio, si realm ente no tenía ganas de ir al colegio todavía. Yo le dij e que no, y de inm ediato m i entrada al colegio se postergó por un año. Fue algo m aravilloso, un alivio tan grande que todavía hoy, cuarenta años después, m e siento liviano cuando lo recuerdo. ¿Hizo m al? Les aseguro que al año siguiente no quise quedarm e en la casa ni un solo día, ni nunca falté al colegio en adelante, salvo alguna enferm edad, ni en todos m is años de prim aria, bachillerato o universidad perdí nunca una m ateria. « El m ej or m étodo de educación es la felicidad» , repetía m i papá, quizá con un exceso de optim ism o, pero lo decía porque lo pensaba de verdad.

Si durante m i prim er año truncado de escuela m e dej ó casi siem pre el bus, y por m i culpa, al año siguiente no m e dej ó ni una vez. O, m ej or dicho, m e dej ó una sola vez, que nunca se m e olvidará. Recuerdo que a las pocas sem anas de entrar al m ism o colegio de religiosas, en ese segundo intento de destete, tuve un descuido por la m añana, m e quedé m ucho rato saboreando la y em a del huevo frito, y el bus se alej ó sin m í. Lo vi doblar la esquina, y aunque salí corriendo detrás de él, no m e oy eron gritar. Nadie en la casa se dio cuenta de que m e había dej ado el bus, y y o no quise volver a entrar, sino que resolví irm e a pie. El colegio de las Herm anas de la Presentación, donde hacía el kínder, quedaba en el centro, por Ay acucho, cerca de la iglesia de San José, donde hoy está el Com ando de la Policía. Me fui hasta la Avenida 33, por la carrera 78, donde nosotros vivíam os, y em prendí m i cam ino hacia el centro, con una vaga idea de la dirección.

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kilóm etros para llegar hasta el colegio de La Presentación, y en el cuarto de hora que duró el viaj e no nos dij im os ni una palabra m ás.

Esa tarde, después de que el señor Botero le puso la quej a de lo sucedido a m i m am á, recibí un largo regaño de parte de ella. Fui acusado de loco por querer irm e solo hasta el centro, sin saber siquiera el cam ino. Al cruzar el río, m e advirtió, hubieras llegado a Barrio Triste y ahí te habrías perdido sin rem edio y si no fuera por René Botero, un vecino de por la casa, no estarías contando el cuento. Más tarde m i papá, en vez de regañarm e, m e dij o otra cosa:

—Si alguna vez vuelve a dej arte el bus, cuando sea, por el m otivo que sea, y aunque sea culpa tuy a, m e pides a m í que te lleve, y y o te llevo. Siem pre. Y si no te puedo llevar, ese día no vas al colegio, y te quedas en la casa. Tam poco im porta; te pones a leer, y aprendes m ás.

Destetarm e de la casa fue un proceso larguísim o. A los 28 años, cuando m ataron a m i papá, y o todavía recibía de vez en cuando aportes de él, o de m i m am á, y eso que y a llevaba cinco años viviendo con m i prim era esposa, y tenía una hij a que y a daba sus prim eros pasos. Cuando, a los 23 años, m e fui detrás de m i novia italiana, Bárbara, a estudiar en Turín, le escribí a m i papá una carta preocupada por el hecho de que todavía m e tuviera que m antener. Aún conservo su respuesta, fechada el 30 de j unio de 1982 (y o m e había ido para Europa 15 días antes), que dice así:

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MI PAPÁ y y o nos teníam os un afecto m utuo (y físico, adem ás) que para m uchos de nuestros allegados era un escándalo que lim itaba con la enferm edad. Algunos de m is parientes decían que m i papá m e iba a volver m arica de tanto consentirm e. Y m i m am á, quizá por com pensar, trataba de preferir a m is cinco herm anas, y de tratarm e a m í con un rigor j usticiero (nunca inj usto para bien ni para m al, siem pre ecuánim e), dedicándoles m ucho m ás tiem po y atención a ellas que a m í. Tal vez el hecho de haber sido el único hij o varón, y el quinto de la casa, hay a provocado la predilección de m i papá, o quizá sea m ás bien al revés, m i predilección por él lo llevó a preferirm e, porque los padres no quieren igual a todos los hij os, aunque lo disim ulen, sino que en general quieren m ás, precisam ente, a los hij os que m ás los quieren a ellos, es decir, en el fondo, a quienes m ás los necesitan. Adem ás (nunca voy a decir que él era perfecto), en su predilección por m í, sobre todo en el hecho de que m e dedicara m ucho m ás tiem po de conversación seria y de enseñanza a m í, com etía un acto de inj usticia y de profundo m achism o con algunas de m is herm anas.

Los dem ás parientes, aunque no creo que el asunto les im portara m ay or cosa, tendían a ver todo esto con m alos oj os. La cuadra donde vivíam os estaba colonizada por la fam ilia Abad. Nosotros vivíam os en la esquina de arriba de la calle 34A con la 79; enseguida estaba la casa del tío Bernardo, después la del tío Antonio, y en la otra esquina, en la carrera 78, la casa de los abuelos paternos, Antonio y Eva, que vivían con una hij a viuda, la tía Inés, y con otra hij a soltera, la tía Merce, m ás otros parientes lej anos que se quedaban ahí por tem poradas: el prim o Martín Alonso, que venía de Pereira y era un artista hippie y m arihuanero que después escribió dos novelas am enas; el tío Darío, cuando su esposa lo abandonó; los prim os Ly da y Raúl, antes de casarse; los prim os Bernardo, Olga Cecilia y Alonso, que eran huérfanos, y otros así.

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las m ism as riendas de cuero del caballo que lo había tum bado, diez fustazos, « a ver si aprende a m ontar com o un hom bre» ni las veces que lo m andaba a los potreros, a m edia noche, a traer las bestias a la casa, inútilm ente, sólo para com batir su m iedo a la oscuridad « y tem plarle el carácter» . No había m im os ni caricias entre ellos, ningún asom o de condescendencia, y si se llegaba a alguna expresión de afecto fraterno, ésta estaba reservada para el últim o día del año, al final de la m arranada y la fritanga, y después de una tanda de aguardientes tan larga que conseguía ablandar el corazón. Todos, entre ellos, se trataban de Usted, y había com o una distancia cerem onial en su m anera de hablar. La expresión del afecto entre hom bres entraba en el terreno de la cursilería o de la m añeada, y sólo estaban perm itidas las grandes palm adas y los m adrazos, com o la m ay or m uestra cariño. La abuelita Eva decía que era « com pletam ente im posible educar niños sin el rej o y sin el Diablo» , y así se lo hacía saber a m i m am á, que no usaba ni lo uno ni lo otro. Mi abuelo a veces com entaba sobre m í: « A este niño le falta m ano dura» . Pero m i papá le respondía: « Si le hace falta, para eso está la vida, que acaba dándonos duro a todos; para sufrir, la vida es m ás que suficiente, y y o no le voy a ay udar» .

Si lo pienso bien, creo que el abuelo Antonio no era m enos consentido que y o, dij era lo que dij era. A veces y o pasaba a su casa los dom ingos, o los lunes por la tarde, a recoger la rem esa, que era un bulto de productos que él le traía de la hacienda en Suroeste a cada uno de sus hij os: y ucas, lim ones, huevos, quesitos envueltos en hoj as de bij ao, y sobre todo toronj as, m ontones de toronj as a las que m i abuelo les decía pam plem usas y les atribuía poderes m ilagrosos y sobre todo —m ás tarde lo supe— afrodisíacos. Yo llegaba por la rem esa y m uchas veces encontré a la abuelita Eva, arrodillada frente a él, quitándole los zapatos. Siem pre hacía lo m ism o, a m añana y tarde, cuando él volvía de la Feria de Ganados, donde trabaj aba com o interm ediario, o de su oficina de ganadero: se arrodillaba frente a él, le quitaba los zapatos y le ponía las pantuflas, com o en un rito rutinario de sum isión. La abuelita Eva tam bién tenía que sacarle la ropa por la m añana, y ponérsela encim a de la cam a, en el m ism o orden en que el abuelo se vestía: los calzoncillos, las m edias, la cam isa, los pantalones, la correa, la corbata, el saco y el pañuelo blanco. Y si algún día se le olvidaba sacarle la ropa —o la ponía en un orden equivocado— el abuelo se enfurecía y se quedaba en pelota gritando que qué se iba a poner ese día, caraj o, que qué podía esperarse de una esposa que ni siquiera sabía sacarle la ropa.

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si algo se hubiera roto en el pasado de am bos. Es m ás, creo que en la form a perfecta com o m i papá nos trataba, había una protesta m uda por el trato que él había recibido del abuelo, y al m ism o tiem po el propósito deliberado de j am ás tratar a sus hij os com o lo habían tratado a él. Cuando y o recogía la rem esa e iba saliendo con el bulto de y ucas, quesitos y pam plem usas, m i abuelito m e llam aba, « ¡M’hij ito, venga!» , sacaba un m onedero de cuero que llevaba en el bolsillo, em pezaba a resoplar m edio cerrando la boca, buscaba m eticulosam ente las m onedas m ás pequeñas, y m e entregaba dos o tres, sin dej ar de resoplar con una respiración angustiada: « Para que se com pre alguna cosa, m ’hij ito; o m ej or todavía, pa’ que ahorre» . El abuelito había ahorrado toda la vida y había hecho una cierta fortuna con su hacienda ganadera en Suroeste, y con anim ales que tenía repartidos a utilidad en fincas de terratenientes de la Costa. Cuando com pletó m il novillos de ceba hizo una gran fiesta con frisoles, aguardiente y chicharrones para todo el que se quisiera arrim ar. Cuando se m urió, nunca supim os dónde estaban sus m il novillos de ceba; m is tíos ganaderos, los que trabaj aban con él en la Feria de Ganados, dij eron que no eran tantos.

Tres o cuatro veces al año y o m e iba con el abuelito para La Inés, la hacienda ganadera que él había heredado de sus padres, en Suroeste, entre Puente Iglesias y La Pintada. Nos íbam os en una cam ioneta Ford roj a, al am anecer, con el tío Antonio al volante, y o en la m itad, y el abuelo en la ventanilla. Él llevaba un carriel de piel de nutria, hecho en Jericó, el pueblo donde habían nacido él y m i papá, y siem pre, en algún m om ento del cam ino, m e m ostraba el revólver de seis tiros que llevaba ahí adentro, « por si las m oscas» . El carriel tenía tam bién un bolsillo secreto donde escondía un bulto de billetes para pagarles la quincena al m ay ordom o y a los peones. Ésa era otra diferencia entre el abuelito y m i papá, pues m ientras don Antonio siem pre iba arm ado, m i papá detestaba las arm as y nunca en su vida las quiso ni tocar. Cuando en la casa había ruido de ladrones por la noche, m i papá iba al baño, cogía un cortaúñas y salía gritando: « ¡qué quieren, a la orden, qué quieren, a la orden!» . Y tam bién le picaba la plata en el bolsillo, por lo que nunca le vi faj os de billetes tan grandes. Yo le heredé, o le aprendí, la m ism a aversión por las arm as, y la m ism a dificultad para guardar la plata, aunque con propósitos m ás egoístas, sin esa sed de dar, pues prefiero gastárm ela que regalarla. En la casa de m i abuelo se decía que había dos tipos de inteligencia, la inteligencia « de la buena» , y « la otra» , que aunque no se dij era que era m ala, el j uicio quedaba im plícito, pues m ientras la inteligencia « de la buena» (la que tenían algunos de m is tíos y de m is prim os) era la que servía para conseguir plata, « la otra» sólo servía para enredar las cosas y com plicarse la vida.

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m ulas, un buey de carga, y un hato de bestias ensilladas. Ellos sabían que todos los j ueves tenían que estar ahí desde las diez de la m añana, o si no había viaj e, les m andaban razón por radio Santa Bárbara: « Se inform a al m ay ordom o de la hacienda La Inés en Palerm o, que este j ueves no salga a la carretera, porque don Antonio no va» . Cuando íbam os en el cam ino y o le preguntaba al abuelito Antonio en cuál caballo m e iba a m ontar, y él siem pre m e contestaba lo m ism o:

—En el Toquetoque, m ’hij ito, en el Toquetoque.

Lo raro, para m í, era que el Toquetoque tenía cada vez un paso y un color distinto, y vine a entender lo que decía m i abuelito m ucho tiem po después, cuando m e lo explicó el prim o Bernardo, que era algo m ay or y m ucho m enos ingenuo que y o:

—¡Bobo! El Toquetoque no existe. Lo que el abuelito quiere decir es que los niños no pueden escoger, sino que se tienen que m ontar en el caballo que les toque.

Nos quedábam os en La Inés hasta el sábado por la tarde y de día y o era feliz, ordeñando, m ontando a caballo, contando los anim ales con la punta del zurriago, viendo cóm o castraban terneros y potros, bañaban reses en baños de inm ersión para quitarles las garrapatas, untaban de azul de m etileno las ubres hinchadas de las vacas, o m arcaban novillos con hierros al roj o vivo. Tam bién y o m e bañaba, sin insecticida, en el chorro de la quebrada, una cascada com o de dos m etros a la que le decían « el chorro de Papá Félix» . Papá Félix era el abuelo de m i abuelo, y el chorro se llam aba con su nom bre porque, según la ley enda, él baj aba de Jericó dos veces al año, en Sem ana Santa y en Navidades, para darse su único par de baños anuales.

Todas esas diversiones diurnas m e encantaban, pero al caer la tarde, cuando la luz se iba y endo, m e invadía una tristeza sin nom bre, una especie de nostalgia por el m undo entero, m enos La Inés, y m e acostaba en una ham aca a ver caer el sol, a oír el chirrido desolador de las chicharras y a llorar en silencio m ientras pensaba en m i papá con una m elancolía que m e inundaba todo el cuerpo, al m ism o tiem po que el abuelito ponía el sonsonete devastador de una em isora de noticias (el Reporter Esso, la Cabalgata deportiva Gillette) que parecía atraer la oscuridad, y resoplaba de calor sentado en una silla en el corredor de la casa, m eciéndose interm inablem ente con el m ism o ritm o de m i desesperación.

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y tristes crepúsculos de La Inés, era m i papá.

Cuando volvíam os a Medellín, el sábado al anochecer, m i papá y a m e estaba esperando en la casa del abuelito Antonio. Me recibía con grandes carcaj adas, exclam aciones, besos atronadores y abrazos de asfixia. Después del saludo m e cogía por los hom bros, se ponía en cuclillas, m e m iraba a los oj os, y m e hacía la pregunta que m ás rabia le podía dar al abuelo:

—Bueno, m i am or, dim e una cosa: ¿cóm o se portó el abuelito?

No le preguntaba al abuelo cóm o m e había m anej ado y o, sino que era y o el j uez de esos paseos. Mi respuesta era siem pre la m ism a, « m uy bien» y eso atenuaba la indignación del abuelito. Pero una vez y o —un niño de siete años— levanté la m ano abierta al frente de m i cuerpo y la m oví de un lado a otro, en ese gesto que indica m ás o m enos.

—¿Más o m enos? ¿Por qué? —preguntó m i papá abriendo los oj os, entre asustado y divertido.

—Porque m e obligó a tom arm e la m azam orra.

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EL SUFRIMIENTO y o no em pecé a conocerlo en m í, ni en m i casa, sino en los dem ás, porque para m i papá era im portante que sus hij os supiéram os que no todos eran felices y afortunados com o nosotros, y le parecía necesario que viéram os desde niños el padecim iento, casi siem pre por desgracias y enferm edades asociadas a la pobreza, de m uchos colom bianos. Algunos fines de sem ana, com o no había clase en la Universidad, m i papá los dedicaba a trabaj ar en barrios pobres de Medellín. Recuerdo que en algún m om ento rem oto de m i infancia llegó a la casa un gringo alto, viej o, peliblanco, encantador, el doctor Richard Saunders, y decidió m ontar con m i papá un program a que él había adelantado en otros países de África y Latinoam érica. Se llam aba Future for the Children, Futuro para la Niñez. Este gringo bueno venía cada seis m eses y cuando entraba en la casa (se quedaba a dorm ir durante algunas sem anas) y o le ponía el Him no Nacional de los Estados Unidos para recibirlo. En m i casa había un disco con los him nos m ás im portantes del m undo, todos orquestados, desde las Barras y Estrellas y la Internacional hasta el Him no de Colom bia, que era el m ás feo de todos, aunque en el colegio dij eran que era el segundo m ás bonito del m undo, después de La Marsellesa.

El cuarto de huéspedes, en m i casa, se llam aba « el cuarto del doctor Saunders» ; y las sábanas m ej ores de m i casa, todavía m e parece verlas, unas sábanas de color azul pastel, eran « las sábanas del doctor Saunders» , porque sólo se las ponían a él cuando venía. Cuando el doctor Saunders estaba se sacaba la vaj illa buena, la de porcelana, las servilletas y los m anteles de lino bordados por m i abuela, y los cubiertos de plata: « la vaj illa del doctor Saunders» , « el m antel del doctor Saunders» y « los cubiertos del doctor Saunders» .

El doctor Saunders y m i papá hablaban en inglés y y o m e quedaba oy éndolos, em belesado en esos sonidos y palabras incom prensibles. La prim era expresión que aprendí en inglés fue «it stinks» , pues se la oí decir con nitidez al doctor Saunders, lo recuerdo m uy bien, m ientras cruzábam os el río Medellín sobre el puente de la calle San Juan. Se la dij o con un m urm ullo herido de indignación a un bus que arroj aba una bocanada densa y asquerosa de hum o negro exactam ente a la altura de nuestras narices.

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se excusó, porque, dij o, era una m ala palabra. —Algo así com o hediondo —m e dij o m i papá.

Así aprendí dos palabras al m ism o tiem po, en inglés y en español. Mi papá nos llevaba con el doctor Saunders a las barriadas m ás m iserables de Medellín (y m uchas veces sin él, cuando regresaba a su casa en Albuquerque, en Estados Unidos). Al llegar reunían a los líderes del barrio, y m i papá le servía de traductor para las propuestas de trabaj o com unitario que se les hacían para m ej orar sus condiciones de vida. Se j untaban en una esquina, o en la casa cural si el párroco estaba de acuerdo (no a todos les gustaba este trabaj o social), y les hablaba y les preguntaba m uchas cosas, problem as y necesidades básicas que m i papá iba anotando en una libreta. Debían organizarse, ante todo, para conseguir por lo m enos agua potable, pues los niños se m orían de diarrea y desnutrición. Yo debía de tener cinco o seis años y m i papá m e m edía con los niños de m i edad, o incluso con los m ay ores, para dem ostrarles a los líderes del barrio que algunos de sus hij os estaban flacos, m uy baj itos, desnutridos, y así no iban a poder estudiar bien. No los hum illaba; los incitaba a reaccionar. Medía el perím etro cefálico de los recién nacidos, lo anotaba en tablas, y tom aba fotos de los niños flacos y barrigones, con parásitos, para enseñarlas después en sus clases de la Universidad. Tam bién pedía que le m ostraran los perros y los cerdos, pues si los anim ales estaban tan fam élicos que se les veían las costillas eso quería decir que en las casas no sobraba ni un bocado y estaban pasando ham bre. « Sin alim entación, ni siquiera es verdad que todos nacem os iguales, pues esos niños y a vienen al m undo con desventaj as» , decía.

A veces íbam os m ás lej os, a algunos pueblos, y con nosotros iba tam bién, en ocasiones, el decano de Arquitectura de la Universidad Pontificia, el doctor Antonio Mesa Jaram illo, que se encargaba de enseñar a hacer con buena técnica los tanques de agua y a llevar tuberías hasta las casas, porque el agua potable era lo prim ero. Después venían las letrinas (« para la adecuada disposición de excretas» , decía, m uy técnico, m i papá) o si era posible los trabaj os de alcantarillado, que se hacían los fines de sem ana, por acción com unal. Más adelante seguían las cam pañas de vacunación y las clases de higiene y prim eros auxilios en el hogar, según un program a que se inventó m i papá con las m uj eres m ás inteligentes y receptivas de cada sitio, y que luego se llevaría a cabo en toda Colom bia con el nom bre de « Prom otoras rurales de salud» . En ocasiones nos recogía un bus de la Universidad e íbam os con todos los estudiantes de su curso, porque a él le gustaba que ay udaran y aprendieran al m ism o tiem po: « La m edicina no se aprende solam ente en los hospitales y en los laboratorios, viendo pacientes y estudiando células, sino tam bién en la calle, en los barrios, dándonos cuenta de por qué y de qué se enferm an las personas» les decía, m uy serio, desde la prim era fila del bus, em puñando un m icrófono.

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intestinales en todo el casco urbano, con tan buen resultado que las cañerías del pueblo se taquearon con la cantidad de lom brices que expulsaron en un m ism o día los cam pesinos. En m i casa se conservaba la foto de un tubo del alcantarillado obstruido por un nudo de lom brices que parecían un grum o de espaguetis m orados y negros.

El agua lim pia había sido una de las prim eras obsesiones en la vida de m i papá, y lo fue hasta el final. Cuando era estudiante de m edicina em prendió una cam paña de salud pública en un periódico estudiantil que fundó en agosto de 1945 y que dirigió durante poco m ás de un año, hasta octubre de 1946, cuando desapareció, tal vez porque si lo seguía publicando no se iba a poder graduar. Era un tabloide que salía cada m es y tenía un nom bre futurista: U-235. En uno de sus prim eros núm eros, en m ay o del 46 denunció la contam inación del agua y de la leche en la ciudad: El Municipio de Medellín, una vergüenza nacional, decía el titular de la prim era página, y añadía el subtítulo: El acueducto reparte bacilos de la fiebre tifoidea. La leche es impotable. El Municipio no tiene hospital. A partir de esas denuncias, sustentadas con cifras y exám enes de laboratorio, m i papá fue citado a un cabildo abierto en el Concej o de Medellín. Era la prim era vez que un sim ple estudiante era adm itido para exponer sus denuncias en un debate público, enfrentado a los funcionarios oficiales. Allí, frente al secretario de Salud, y durante dos noches consecutivas, hizo una exposición sobria, científica, que el secretario, incapaz de refutar, trató de capotear con insultos personales y argum entación rutinaria. Pero el triunfo intelectual era innegable y fue así com o, sólo con su palabra y con una serie de datos precisos, logró que poco después se em prendieran las obras para construir un acueducto decente para toda la ciudad (la sem illa inicial del cual todavía disfrutam os), con adecuados tratam ientos del agua y tuberías m odernas que no se m ezclaran con las aguas negras, porque el alcantarillado era viej o, de barro poroso, y por lo tanto contam inaba el agua potable.

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calificaron de incendiarias, no eran una j ugada política, com o tam bién dij eron, sino un profundo acto de com pasión por el sufrim iento hum ano, y de indignación por los m ales que se podían evitar con apenas un poco de activism o social. Así lo contó m i papá al historiador de la m edicina Tiberio Álvarez:

« Em pecé a pensar en la m edicina social cuando vi m orir a m uchos niños en el hospital, de difteria, y al ver que no se hacían cam pañas de vacunación; pensé en m edicina social cuando un com pañero nuestro, Enrique Lopera, se m urió de tifoidea, y la causa era que no le echaban cloro al acueducto. Mucha gente del barrio Buenos Aires, con sus m uchachas tan herm osas, am igas nuestras, tam bién se m orían de fiebre tifoidea y y o sabía que esto se podía prevenir con cloro al acueducto… Yo m e rebelé en ese periódico U-235 y cuando celebraron el Cabildo Abierto les dij e criminales a los concej ales porque dej aban m orir al pueblo de fiebre tifoidea, por no hacer un buen acueducto. Esto dio frutos, pues siguió una gran cam paña por el agua; Cam paña H20, se llam ó y a raíz de ella se m ej oró y com pletó el acueducto» .

Ley endo algunos editoriales del U-235 uno se da cuenta del fuerte influj o rom ántico que tenían los sueños de ese j oven estudiante de Medicina. En cada núm ero em prende una cam paña por alguna causa im portante y m ás o m enos im posible de alcanzar para un m uchacho de pueblo recién llegado a la capital de la provincia. Pero adem ás de sus propias ansias de luchar por ideales que iban m ás allá del egoísm o (o que tenían ese otro egoísm o incluso m ás profundo que consiste en querer convertirse en héroes rom ánticos de la entrega y el sacrificio), abría sus páginas a escritores que los estim ularan a seguir por un cam ino parecido.

Quizá el artículo m ás im portante que se publicó en el U-235 fue uno que apareció en el prim er núm ero del periódico. Estaba firm ado por el m ay or, y quizá el único filósofo que ha tenido nuestra región, Fernando González. Mi papá contaba que desde m uy j oven había leído al pensador de Otraparte, y que escondía sus libros debaj o del colchón de la cam a pues una vez que m i abuela lo había visto ley éndolos se los había tirado a la basura. Él m ism o había estado en Envigado pidiéndole al Maestro que le escribiera un artículo sobre la profesión m édica para el prim er núm ero de su periódico. González no se negó y creo que las recom endaciones que les hizo a los m édicos en esa ocasión se grabaron en la m em oria de m i papá com o con tinta indeleble. Lo que Fernando González recom ienda ahí fue lo que m i papá intentó practicar, y practicó, el resto de su vida:

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PARA m i papá el m édico tenía que investigar, entender las relaciones entre la situación económ ica y la salud, dej ar de ser un bruj o para convertirse en un activista social y en un científico. En su tesis de grado denunciaba a los m édicos-m agos: « Para ellos, el édicos-m édico ha de seguir siendo el pontífice édicos-m áxiédicos-m o, encum brado y poderoso, que reparte com o un don divino fam iliares consej os y consuelos, que practica la caridad con los m enesterosos con una vaga sensación de sacerdote baj ado del cielo, que sabe decir frases a la hora irreparable de la m uerte y sabe disim ular con térm inos griegos su im potencia» . Se enfurecía con quienes querían sim plem ente « aplicar tratam ientos» a la fiebre tifoidea, en lugar de prevenirla con m edidas higiénicas. Lo exasperaban las « curaciones m aravillosas» y las « nuevas iny ecciones» , que los m édicos daban a su « clientela particular» que pagaba bien las consultas. Y la m ism a revuelta interior la sentía contra quienes « sanaban» niños, en vez de intervenir en las verdaderas causas de sus enferm edades, que eran sociales.

Yo no recuerdo, pero m is herm anas m ay ores sí, que a veces las llevaba tam bién al Hospital San Vicente de Paúl. Mary luz, la m ay or, se acuerda m uy bien de una vez que la llevó al Hospital Infantil y la hizo recorrer los pabellones, visitando uno tras otro a los niños enferm os. Parecía un loco, un exaltado, cuenta m i herm ana, pues ante casi todos los pacientes se detenía y preguntaba: « ¿Qué tiene este niño?» . Y él m ism o se contestaba: « Ham bre» . Y un poco m ás adelante: « ¿Qué tiene este niño?» . « Ham bre» . « ¿Qué tiene este niño?» . Lo m ism o: « ham bre» . « ¿Y este otro?» . Nada: « ham bre. ¡Todos estos niños lo único que tienen es ham bre, y bastaría un huevo y un vaso de leche diarios para que no estuvieran aquí. Pero ni eso som os capaces de darles: un huevo y un vaso de leche! ¡Ni eso, ni eso! ¡Es el colm o!» .

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que la m edicina curativa individual, que era la única que querían practicar la m ay oría de sus colegas, en parte para enriquecerse y en parte para aum entar su prestigio de m agos de la tribu. Decía que los quirófanos, las grandes cirugías, las técnicas de diagnóstico m ás sofisticadas (a las que sólo tenían acceso unas pocas personas), los especialistas de cualquier índole o los m ism os antibióticos —por m aravillosos que fueran—, salvaban m enos vidas que el agua lim pia. Defendía la idea elem ental —pero revolucionaria, y a que era a favor de todo el m undo y no de unos pocos— de que lo prim ero es el agua y no deberían gastarse recursos en otras cosas hasta que todos los pobladores tuvieran asegurado el acceso al agua potable. « La epidem iología ha salvado m ás vidas que todas las terapéuticas» , escribió en su tesis de grado. Y m uchos m édicos lo detestaban por defender eso en contra de sus grandes proy ectos de clínicas privadas, laboratorios, técnicas diagnósticas y estudios especializados. Era un odio profundo, y explicable tal vez, pues el gobierno siem pre estaba dudando sobre cóm o repartir los recursos, que eran pocos, y si se hacían acueductos no se podían com prar aparatos sofisticados ni construir hospitales.

Y no sólo algunos m édicos lo odiaban. En general, su m anera de trabaj ar no era bien vista en la ciudad. Sus colegas decían que « para hacer lo que hace éste no se necesita diplom a» , pues para ellos la m edicina no era otra cosa que tratar enferm os en sus consultas privadas. A los m ás ricos les parecía que, con su m anía de la igualdad y la conciencia social, estaba organizando a los pobres para que hicieran la revolución. Cuando iba a las veredas y hablaba con los cam pesinos para que hicieran obras por acción com unal, les hablaba dem asiado de derechos, y m uy poco de deberes, decían sus críticos de la ciudad. ¿Cuándo se había visto que los pobres reclam aran en voz alta? Un político m uy im portante, Gonzalo Restrepo Jaram illo, había dicho en el Club Unión —el m ás exclusivo de Medellín — que Abad Góm ez era el m arxista m ej or estructurado de la ciudad, y un peligroso izquierdista al que había que cortarle las alas para que no volara. Mi papá se había form ado en una escuela pragm ática norteam ericana (en la Universidad de Minnesota), no había leído nunca a Marx, y confundía a Hegel con Engels. Por saber bien de qué lo estaban acusando, resolvió leerlos, y no todo le pareció descabellado: en parte, y poco a poco a lo largo de su vida, se convirtió en algo parecido al luchador izquierdista que lo acusaban de ser. Al final de sus días acabó diciendo que su ideología era un híbrido: cristiano en religión, por la figura am able de Jesús y su evidente inclinación por los m ás débiles; m arxista en econom ía, porque detestaba la explotación económ ica y los abusos infam es de los capitalistas; y liberal en política, porque no soportaba la falta de libertad y tam poco las dictaduras, ni siquiera la del proletariado, pues los pobres en el poder, al dej ar de ser pobres, no eran m enos déspotas y despiadados que los ricos en el poder.

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de burla Alberto Echavarría, un hem atólogo y com pañero universitario de m i papá, el padre de Daniel, m i m ej or am igo, y de Elsa, m i prim era novia.

En la Universidad tam bién lo criticaban y trataban de ponerle zancadillas para dificultarle la vida. Dependiendo del rector o del decano de turno, podía trabaj ar en paz, o en m edio de m il reclam os, cartas de recrim inación y sobresaltos por veladas am enazas de despedirlo de su cátedra. Aunque él todos esos ataques intentaba resolverlos, o al m enos olvidarlos con una carcaj ada, llegó un m om ento en que no bastaron las carcaj adas para conj urarlos.

De los m uchos ataques que recibió, m i m am á recuerda m uy bien el de uno de sus colegas, un prestigioso profesor de la m ism a Universidad, y director de la cátedra de cirugía cardiovascular, el Tuerto Jaram illo. Una vez, estando m i papá y m i m am á presentes, el Tuerto dij o m uy enfático, en una reunión: « Yo no respiraré tranquilo hasta no ver colgado a Héctor de un árbol de la Universidad de Antioquia» . Pocas sem anas después de que a m i papá, al fin, lo m ataran, com o tantos durante tanto tiem po habían deseado, m i m am á se encontró con el Tuerto Jaram illo en un superm ercado, y m ientras este recogía bandej itas de carne, se le acercó y le dij o, m uy despacio y m irándolo a los oj os: « Doctor Jaram illo, ¿y a está respirando tranquilo?» . El Tuerto se puso pálido, y sin saber qué decir dio m edia vuelta y se alej ó con su carrito de superm ercado.

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MI MAMÁ era la hij a del arzobispo de Medellín, Joaquín García Benítez. Ya sé que esta frase puede parecer una blasfem ia, porque los curas católicos —al m enos en esos años— practicaban el celibato, y el arzobispo era m ás célibe y riguroso que cualquiera de ellos. En realidad m i m am á no era la hij a, sino la sobrina del arzobispo, pero com o era huérfana, se había criado con él buena parte de su infancia y j uventud, y siem pre decía que tío Joaquín había sido com o un padre para ella. Nosotros vivíam os en una casa com ún y corriente por Laureles, pero m i m am á se había criado « en Palacio» con tío Joaquín, en la casa m ás grande y ostentosa del centro de la ciudad, el Palacio Am ador, según el apellido del com erciante rico que la había construido a principios de siglo para su hij o, tray endo los m ateriales de Italia y los m uebles de París. Una casona que com pró la Curia cuando se m urió el rico heredero, y la rebautizó « Palacio Arzobispal» . Tío Joaquín era grande y pausado, com o un buey m anso, hablaba con una erre gutural, a la francesa, y tenía una barriga tan prom inente que habían tenido que abrirle una m uesca circular a la cabecera de la m esa, donde él se sentaba, para que estuviera a sus anchas en el com edor.

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olas bravías del m ar Caribe por sus propias fuerzas.

Cuando se refería al palacio y al tío, m i m am á suprim ía los artículos y decía siem pre Palacio (uno podía oír las m ay úsculas), y Tío Joaquín. Por ej em plo, cuando ella y la cocinera, Em m a, hacían algo especial en la cocina, digam os un com plicadísim o helado de zapote, unos eternos tam ales santandereanos, unas laboriosas ensaladas de espárragos con j ugo de curuba, o un elaborado licor de m andarina que había que enterrar en tinaj as de barro durante cuatro m eses, m i m am á decía: « Ésta es una receta de Palacio» . Mi papá se burlaba:

—¿Por qué será que cuando éram os novios y vivías en el Palacio Arzobispal a m í lo m ás sofisticado que m e dieron fue dulce de m oras con leche? —Y soltaba su carcaj ada de siem pre.

El arzobispo, al final de su vida, fue perdiendo poco a poco la m em oria. A veces, en la catedral, se le iba el santo al cielo y se saltaba partes de la m isa o, todavía peor, después de la elevación, sin darse cuenta, se quedaba en blanco, daba vuelta atrás y volvía a em pezar: In nomine Patris et filii… En ese tiem po las m isas se oficiaban de espaldas a los fieles y se decían todavía en latín, porque eran los años anteriores al Concilio. Algunos feligreses sufrían por su pastor y otros se reían de él. Los curas que le ay udaban en la Arquidiócesis se aprovechaban de sus vacíos de m em oria. Una vez un secretario, que tam bién detestaba a m i papá, le pasó una carta para firm ar. Tío Joaquín firm ó el papel sin leerlo, porque confiaba en su subalterno y creía que era un docum ento rutinario. Resultó ser un com unicado en el que atacaban a m i papá por sus actividades en los barrios de Medellín, evidentem ente socialistas, y por sus artículos « incendiarios» en los periódicos, « llenos de m áxim as irreligiosas y opuestas a las sanas costum bres, aptas para destruir la m oral en m entes todavía carentes de j uicio, y tósigos m ortales e im píos que con su ánim o revoltoso incitan al levantam iento del pueblo y al desorden de la nación» .

Cuando m i m am á oy ó por radio el com unicado en « La Hora Católica» , em pezó a tem blar, con una m ezcla de rabia y de tem or. De inm ediato cogió el teléfono para llam ar a su tío y preguntarle por qué había firm ado ese ataque tan duro e inj usto contra su m arido. Tío Joaquín no tenía ni la m ás rem ota idea de lo que había firm ado. Aunque nunca estaba de acuerdo con lo que m i papá decía o escribía, pues él era un obispo de los chapados a la antigua, y m uy intransigente en todas las m aterias (prohibía películas porque se veía un tobillo, y vetaba, so pena de excom unión, la visita a la ciudad de actrices y cantantes), no iba a com eter la im pertinencia de am onestar en público a alguien que, bien m irado, era su y erno.

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retiró a la casa de m i abuela, con una honda sensación de fracaso y desconsuelo. El arzobispo, al salir, no tenía ni un peso, pues era uno de los pocos obispos que practicaban en serio los votos no sólo de castidad sino tam bién de pobreza, y por eso tuvo que irse a vivir donde m i abuela, hasta que un grupo de personas pudientes de Medellín le com praron una casa en la calle Bolivia, donde se fue a vivir con su herm ano y secretario, tío Luis. Y ahí, poco a poco, se fue olvidando de todo, hasta de su propio nom bre. La cabeza se le quedó en blanco, dej ó de hablar, y al cabo de poco tiem po se m urió, exactam ente un m es antes de que y o naciera, después de estar en perfecto silencio durante varios m eses.

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GRACIAS al arzobispo o, m ás bien, gracias a su recuerdo, podíam os contar con la m onj a de com pañía en la casa, la cual era un luj o que solam ente se perm itían las fam ilias m ás ricas de Medellín. Tío Joaquín había apoy ado la fundación de una nueva orden religiosa, la de las Herm anitas de la Anunciación, que se dedicaba al cuidado de los niños en el hogar, y por agradecim iento a ese apoy o inicial, la m adre Berenice, que era la fundadora y superiora del convento, enviaba a la casa, de balde, a la herm anita Josefa, de m odo que le ay udara a m i m am á a cuidar los hij os m enores m ientras ella m ontaba su oficina.

Mi m am á y la m adre Berenice eran buenas am igas. Se decía que la m adre Berenice hacía m ilagros. Cuando íbam os al convento, com o m i m am á sufría de j aquecas, la m adre Berenice le im ponía las m anos; se las dej aba apoy adas sobre la cabeza durante un rato y al m ism o tiem po m usitaba unos conj uros ininteligibles; m i herm ana m enor y y o nos quedábam os m irando esa cerem onia, atónitos, desde un rincón de su despacho, con m iedo de que saltaran chispas de sus dedos de un m om ento a otro. Mi m am á, por unos días, se curaba, o al m enos decía que se curaba de la m igraña. Años después la m adre Berenice se m urió, en olor de santidad, y en su proceso de beatificación m i m am á fue llam ada a dar testim onio de esas sanaciones m ilagrosas. Años antes de su m uerte, algunos fines de sem ana Sol y y o los pasábam os en el convento de las Herm anitas de la Anunciación; recuerdo los corredores interm inables, encerados y brillantes, el solar con la huerta, los brevos y los rosales, los rezos eternos e hipnóticos en el oratorio, el áspero olor a incienso y a esperm a de velones que picaba en la nariz. A m i herm anita, que tenía tres o cuatro años y parecía un ángel del Renacim iento con sus ricitos rubios y sus oj os verdiazules, la disfrazaban de m onj a y la ponían a cantar en la capilla una canción que se llam aba « Estando un día solita» y contaba el instante del llam ado celestial a la vocación religiosa. Cuarenta años después, ella todavía puede repetirla de m em oria:

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A pesar de este apostolado tem prano, m i herm ana Sol no se fue de m onj a — aunque tiene algo de eso en sus supersticiones piadosas y en sus fervores repentinos—, sino que es Médica, y epidem ióloga, y al oírla a ella a veces m e parece que vuelvo a oír a m i papá, pues ella sigue con su m ism o sonsonete sobre el agua potable, las vacunas, la prevención, los alim entos básicos, com o si la historia fuera cíclica y éste un país de sordos donde los niños todavía se m ueren de diarrea y desnutrición.

Tengo otro recuerdo m édico asociado a ese convento. Un conocido de m i papá en la Facultad de Medicina, ginecólogo, tenía un gran negocio m ontado gracias a los conventos fem eninos de Medellín. Según una teoría m ás o m enos peregrina que se había inventado, los úteros que no se usaban para la gestación producían tum ores: « la m uj er que no pare hij o, pare m iom as» . Y entonces se había dedicado a sacarles el útero a todas las m onj as de la ciudad, tuvieran m iom as o no. Mi papá, con una picardía que ni m i m am á ni el arzobispo ni la m adre Berenice aprobaban, decía que este doctor no hacía eso com o negocio, ni m ucho m enos, sino para evitar problem as con las anunciaciones de los ángeles o del Espíritu Santo. Y soltaba una carcaj ada blasfem a m ientras recitaba unas coplas fam osas de Ñito Restrepo:

Una monja se embuchó De tomar agua bendita Y el embuche que tenía Era una monja chiquita.

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CUANDO m i m am á se convenció de que con la plata del profesor, m enguada por su generosidad sin filtros, y am enazada cada rato por una destitución fulm inante de las directivas de la Universidad, era im posible sostener la casa, al m enos dentro de los niveles de buen gusto y buena com ida que había aprendido « en Palacio» , la m adre Berenice la apoy ó y le ofreció gratis una ay uda extra en la casa, para que m i m am á pudiera irse a trabaj ar tranquila: esa niñera m onj a, la herm anita Josefa, que se ocupó de Sol y de m í todas las sem anas, de lunes a viernes, m ientras m i m am á trabaj aba y hasta que los dos m enores entram os al colegio. Mi papá, con el inevitable sedim ento m achista de su educación, no quería que m i m am á se pusiera a trabaj ar, ni que adquiriera la independencia física y m ental que da ganarse la propia plata, pero ella logró im poner su voluntad, con ese carácter firm e y constante, m ezclado con una indestructible alegría de fondo que no ha dej ado nunca de acom pañarla hasta el día de hoy, y que la hacen una persona inm une a los rencores y a los disgustos duraderos. Luchar contra su firm eza vestida de alegría ha sido siem pre im posible.

A veces m i m am á tam bién m e llevaba a la oficina. Com o ella no tenía carro, nos íbam os en bus, o m i papá nos dej aba en Junín con La Play a, de paso para la Universidad. Mi m am á había instalado la oficina en un cuchitril dim inuto de un edificio nuevo, La Ceiba, que era la construcción m ás grande de la ciudad en ese m om ento, y nos parecía gigantesca. El edificio quedaba, y queda, en el centro, al final de la Avenida La Play a, al lado del edificio Coltej er. Subíam os hasta uno de los pisos m ás altos en unos ascensores Otis grandes, de hospital, que m anej aban unas ascensoristas negras herm osísim as, vestidas siem pre de un blanco inm aculado, com o enferm eras dedicadas a un oficio m ecánico. Me gustaban tanto que a veces m e quedaba horas en el ascensor, m ientras m i m am á trabaj aba, subiendo y baj ando al lado de las ascensoristas negras que olían a un perfum e barato que todavía hoy, en las raras ocasiones en que lo he vuelto a sentir, despierta en m í una especie de m elancólico erotism o infantil.

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