EDMUND P. CLOWNEY
EL
MISTERIO
SE REVELA
DESCUBRIENDO A
CRISTO EN EL
ANTIGUO
TESTAMENTO
EDMUND P. CLOWNEY
EL MISTERIO
SE REVELA
DESCUBRIENDO A CRISTO
EN EL ANTIGUO TESTAMENTO
©1998 por Edmund P. Clowney
Todos los derechos reservados, incluida la traducción Library of Congress Catalog Card Number: 88-62640 ISBN 0-87552-174-6
Las citas bíblicas utilizadas en esta publicación pertenecen a la Santa Biblia: Nueva
Versión Internacional (NIV), copyright © 1973, 1978, 1984, Sociedad Bíblica
Internacional; a menos que se indique lo contrario. Autorizado por Zondervan Bible Publishers. Otras versiones citadas: Versión Estándar Revisada (RSV), copyright 1946, 1952, 1971, División de Educación Cristiana del Consejo Nacional de Iglesias de Cristo de USA (NCC), uso autorizado, derechos reservados; Nueva Versión King
James (NKJV), copyright © 1979, 1980, 1982, Thomas Nelson, Inc., Publishers; y Versión King James (KJV).
Impreso en los Estados Unidos de América.
NOTA DE TRADUCCIÓN
Esta traducción fue realizada por encargo de Mission to the World, Iglesia Presbiteriana “Cristo Señor” de La Molina, como parte de su material de estudio – trabajo.
Con referencia a las citas bíblicas utilizadas en esta traducción, éstas corresponden con la Santa Biblia: Nueva Versión Internacional (NVI), 1999, Sociedad Bíblica Internacional; a menos que se indique lo contrario. Otras versiones utilizadas en correspondencia con el original son: Biblia de las Américas (BA), Versión Reina Valera Revisión 1995 (RVR); y Versión Reina Valera Revisión 1960 (RV); tomadas de www.biblegateway.com.
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CONTENIDOS
El Autor
Prólogo por J. I. Packer Introducción
1. El Nuevo Hombre 2. El Hijo de la Mujer 3. El Hijo de Abraham
4. El Heredero de la Promesa 5. El Señor y Sus Siervos 6. La Roca de Moisés 7. El Ungido del Señor 8. El Príncipe de Paz 9. La Venida del Señor Índice de citas bíblicas
EL AUTOR
Edmund P. Clowney enseñó teología práctica en el Seminario Teológico de Westminster desde 1952 hasta 1984, y sirvió como presidente del seminario de 1966 a 1982. Recibió un Th. B. (título en Teología) de Westminster, un S. T. M. (Maestría en Teología Sacra) de la Escuela de Divinidades de Yale, y un D. D. (Doctorado en Divinidades) del Wheaton College.
El Dr. Clowney, un educador visionario y líder eclesial, quizás es mejor recordado como el principal defensor y gestor de la predicación histórico-redentora en las últimas décadas. Sus libros incluyen
Preaching and Biblical Theology (Predicación y Teología Bíblica), Llamado al Ministerio, Doctrine of the Church (Doctrina de la Iglesia), y The Message of 1 Peter (El Mensaje de 1 Pedro).
PRÓLOGO
La Biblia es una unidad. Esta es, quizás, la más grande de todas las verdades sorprendentes que hay en ella. Consiste en sesenta y seis unidades, escritas durante más de cien años en medio de una amplia variedad de contextos culturales, por personas que básicamente trabajaron de manera independiente la una de la otra sin tomar en cuenta que sus libros se convertirían en las Sagradas Escrituras. Los libros son de todo tipo: prosa que llega a ser poesía, himnos que rayan en historia, sermones con datos estadísticos, cartas con liturgias, visiones espeluznantes con una canción de amor.
¿Por qué encuadernamos esta colección entre dos cubiertas iguales, la llamamos La Santa Biblia, y la tratamos como un solo libro? Una razón para hacer esto –una de muchas –es que la colección como un todo, una vez que empezamos a estudiarla, demuestra tener una coherencia orgánica que es simplemente sorprendente. Los libros escritos siglos atrás parecen haber sido diseñados con el expreso propósito de complementarse y aclararse entre sí. Existe desde el principio hasta el fin un personaje principal (Dios el Creador), una perspectiva histórica (la redención del mundo), una figura central (Jesús de Nazaret, que es el Hijo de Dios y el Salvador), y un sólido conjunto de armoniosas enseñanzas acerca de Dios y su santidad. Verdaderamente la unidad interna de la Biblia es milagrosa: un símbolo y una admiración, que desafía la incredulidad de nuestra era escéptica.
La teología bíblica es el nombre –sombrilla de aquellas disciplinas que estudian la unidad de la Biblia, hurgando en los contenidos de los libros, mostrando los vínculos entre ellos, y señalando el continuo torrente del proceso revelador y redentor que alcanzó su clímax en Cristo Jesús. La exégesis histórica, que estudia lo que el texto quiso decir e implicó para sus lectores originales, es una de estas disciplinas. Otra es la tipología, que investiga en el Antiguo Testamento muestras de la acción, presencia y mandato divino que alcanza su realización final en Cristo.
En estos dos artes, Edmund Clowney es un veterano y maestro, combinando en él mismo la sobriedad de una mente sabia y erudita con la exuberancia de un corazón cálido y adorador. El Misterio se Revela, un estudio del marco del Antiguo Testamento para comprender la figura de Jesús, es lo mejor de Clowney.
La importancia de este tema – el Antiguo Testamento señalando a Cristo – es grande, aun cuando por medio siglo los maestros bíblicos, posiblemente avergonzados por el recuerdo de aventuras demasiado fantásticas en la tipología durante el pasado, no han hecho mucho al respecto. (¡Su permanente importancia, podríamos decir, está acorde con su actual abandono!) Por esta razón, el admirable tratamiento del Dr. Clowney al respecto debe ser inmensamente valorado; llena un vacío, y suple una necesidad latente.
Espero que su corazón se conmueva, y su mente se aclare, cuando lea este libro.
INTRODUCCIÓN
“La Más Grande Historia Jamás Contada” –este título ha sido usado para la Biblia, y con justa razón. La Biblia es el libro de historias más grande, no sólo porque está lleno de historias maravillosas sino porque cuenta una gran historia, la historia de Jesús. Y, esa historia aún es narrada a miles de personas que la escuchan por primera vez -quizás en un departamento en Hong Kong, o en un dormitorio de alguna universidad Norteamericana.
Sin embargo, ¿en qué parte de la Biblia empieza esta historia, esta antigua historia? No en el pesebre de un establo en Belén, sino mucho antes. ¿Cuánto tiempo atrás? En el Evangelio de Lucas la historia comienza por lo menos un año antes del nacimiento de Jesús.
Un antiguo sacerdote, Zacarías, estaba en el altar del incienso en el Templo de Jerusalén. De pronto, él no estaba solo en el santuario. Un ángel vino junto a él: “No tengas miedo, Zacarías, pues ha sido escuchada tu oración” (Lc. 1:13). Entonces el ángel anunció a Zacarías que tendría un hijo, Juan. Lo sorprendente no era sólo que una anciana pareja sin hijos tendría uno, sino que su hijo sería un profeta. Habían pasado siglos desde que Dios habló por última vez a través de los profetas, pero Dios haría de Juan como el antiguo profeta Elías. Juan sería el precursor del Señor que había de venir.
Ciertamente el anuncio del ángel a Zacarías no era el principio para Lucas, incluso cuando él narró la historia desde aquel momento. El nacimiento de Juan cumplió una antigua profecía: “Estoy por enviarles al profeta Elías antes que llegue el día del Señor, día grande y terrible” (Mal. 4:5). Dicha profecía se encuentra en la última página del Antiguo Testamento. Sin embargo, ese tampoco es el principio.
Para descubrir el inicio de esta historia, debemos volver a leer acerca de Elías y observar cómo se preparó él para la llegada del Señor. ¿Cuánto tiempo atrás debemos ir para empezar en el verdadero principio? Lucas nos da una respuesta impresionante cuando presenta la genealogía completa de Jesús (Lc. 3:23-37). El linaje real se remonta a Zorobabel, Natán, David, a la tribu de Judá, luego a Abraham, luego a Sem, Noé, y Set, “el hijo de Adán, el hijo de Dios.”
Lucas nos hace comprender que la historia de Jesús empieza con la historia de la humanidad. Jesús era Hijo de Adán, el Hijo de Dios. Para seguir la historia de Jesús debemos comenzar por la primera página de la Biblia. En efecto, Juan, en la introducción a su Evangelio, nos remonta incluso más atrás: “En el principio ya existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios.” Juan testifica que Jesús es el Alfa y la Omega, el Primero y el Último, el Principio y el Fin de toda la historia (Ap. 22:13,16). Juan llegó a esta asombrosa conclusión sobre Jesús no sólo a partir de las palabras y hechos de los que fue testigo, sino porque él reconoció a Jesús como el Señor de la promesa, el Salvador de Israel.
Juan comienza su Evangelio con “En el principio…” para llevarnos hasta el verdadero inicio de la historia. Él escribe a fin de que nosotros creamos que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios (Jn. 20:31). Para comprender lo que Juan quiere decir, necesitamos estudiar algo que él sabía bien: la historia del Antiguo Testamento.
Cualquiera que haya escuchado desde niño las historias de la Biblia sabe que hay grandes historias en ella. Sin embargo, es posible conocer estas historias, pero ignorar la historia de la Biblia. La Biblia es mucho más de lo que William How dijo: “un cofre de oro donde se guardan las gemas de la verdad.” Es más que una desconcertante colección de oráculos, proverbios, poemas, indicaciones arquitectónicas, anales, y profecías. La Biblia tiene una historia central. Sigue el camino de un drama que se revela. El relato sigue la historia de Israel, pero no empieza ahí, ni contiene lo que uno espera de una historia nacional. La narración no ofrece tributo a Israel. Por el contrario, condena a Israel y justifica los juicios más severos de Dios.
Es el relato de Dios. Describe Su obra para rescatar a los rebeldes de su necedad, culpabilidad y maldad. Y en Su operación de rescate, Dios siempre toma la iniciativa. Cuando el apóstol Pablo reflexiona sobre el drama de la obra salvadora de Dios, dice reverentemente, “Porque todas las cosas proceden de él, y existen por él y para él. ¡A él sea la gloria por siempre! Amén” (Ro. 11:36).
Sólo la revelación de Dios podría mantener un drama que se extiende por miles de años como si éstos fueran días u horas. Sólo la revelación de Dios puede construir una historia donde el final se anticipa desde el inicio, y donde el principio rector no es la casualidad ni el destino, sino la promesa. Los autores humanos pueden crear ficción alrededor de un argumento concebido, pero sólo Dios puede moldear la historia en un fin último y real. El propósito de Dios desde el principio se centra en Su Hijo: “Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. Porque por medio de él fueron creadas todas las cosas en el cielo y en la tierra, visibles e invisibles… Todo ha sido creado por medio de él y para él” (Col. 1:15-16).
La creación de Dios es por Su Hijo y para Su Hijo; así como Su plan de salvación empieza y termina en Cristo. Incluso antes de que Adán y Eva fueran expulsados del Edén, Dios anunció Su propósito. Él enviaría a Su Hijo al mundo para traer salvación (Gn. 3:15).
Dios no cumplió Su propósito de repente. No envió a Cristo para que naciera de Eva cuando salió del Edén, ni escribió toda la Biblia sobre las tablas de piedra que le entregó a Moisés en el Sinaí. Por el contrario, Dios se mostró a Sí mismo como el Señor de los tiempos y las ocasiones (Hch. 1:7). El relato de la obra salvadora de Dios está enmarcado en épocas, en períodos de historia que Dios determina por Su palabra de promesa. Dios creó todo mediante Su palabra de poder. Él habló y todo fue hecho; ordenó y todo se levantó rápidamente. Dios dijo, “¡Que exista la luz!,” y la luz existió. Del mismo modo, Dios pronunció Su palabra de promesa. Esa palabra no tiene menos poder por estar en el tiempo futuro. Las promesas de Dios son seguras; se cumplirán en el tiempo señalado (Gn. 21:2).
Pero, aun cuando se trata de la historia de Dios, y la salvación es Su obra, los hombres y mujeres no son meros espectadores. Para estar seguros, hay veces en que al pueblo de Dios se le dice que permanezca firme y vea la salvación del Señor (Ex. 14:13-14). Pero Dios también les ordena dejar sus casas y convertirse en peregrinos, para ir por el desierto, y luchar contra hostiles naciones. La gracia de
Dios al liberarlos y dirigirlos los llama a la fe en Él, al compromiso de confiar con todo el corazón. Porque Dios promete lo que Él hará, Su pueblo puede confesar con júbilo que “la salvación viene del SEÑOR” (Jon. 2:9). Pero como Dios no hace todo lo que Él ha prometido de repente, la fe de Su pueblo es de calidad probada. Su anhelo se vuelve intenso. A veces la promesa parece no sólo distante sino ilusoria. Ellos caen víctima de la incredulidad y el llanto, “¿Está o no está el Señor entre nosotros?” (Ex. 17:7).
Los escritores del Nuevo Testamento nos recuerdan la realidad y la intensidad de la fe de los santos del Antiguo Testamento. El autor de Hebreos analiza sus torturas y triunfos, y concluye, “conforme a la fe murieron todos éstos sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, y creyéndolo, y saludándolo” (Heb. 11:13, RV).
Para animar y fortalecer a Sus afligidos santos, el Señor a menudo repetía Sus promesas. Mediante los profetas, Dios habló a Israel, denunciando el pecado de aquellos que se rebelaron, pero pintando cuadros cada vez más maravillosos de la bendición que había de venir. El apóstol Pedro reflexionó sobre el ministerio de aquellos profetas del Antiguo Testamento: “Los profetas, que anunciaron la gracia reservada para ustedes, estudiaron y observaron esta salvación. Querían descubrir a qué tiempo y a cuáles circunstancias se refería el Espíritu de Cristo, que estaba en ellos, cuando testificó de antemano acerca de los sufrimientos de Cristo y de la gloria que vendría después de éstos” (1 Pedro 1:10-11). Pedro nos dice que no sólo los profetas, sino también los ángeles celestiales anhelaban conocer los misterios del gran plan de Dios.
El drama de Dios no es una ficción en su lento desarrollo, o en su asombrosa realización. La historia de la Biblia es real, labrada en las vidas de cientos y miles de seres humanos. En un mundo donde la muerte reinó, ellos soportaron, confiando en la fidelidad de la promesa de Dios. Si olvidamos la historia central del Antiguo Testamento, también perderemos el testimonio de su fe. Dicha omisión elimina el corazón de la Biblia. Entonces las historias de la Escuela Dominical se cuentan como versiones adaptadas de las caricaturas dominicales, donde Sansón sustituye a Superman. El encuentro de David con Goliat se desvanece entonces en una antigua versión hebrea de Jack el Gigante Asesino.
No, David no es un chico valiente que no le teme al gran gigante malvado. Él es el ungido del Señor, escogido por Dios para ser el rey y liberador de Israel. Dios escogió a David como rey según Su propio corazón a fin de preparar el camino para el gran Hijo de David, nuestro Liberador y Defensor. La respuesta de David a las burlas de Goliat nos demuestra que David era un guerrero de fe: “Tú vienes contra mí con espada, lanza y jabalina, pero yo vengo a ti en el nombre del Señor Todopoderoso, el Dios de los ejércitos de Israel, a los que has desafiado” (1 Sam. 17:45).
Como David luchó en el nombre del Señor, su experiencia y su victoria tuvieron un significado que trasciende al combate inmediato. Él estaba seguro de la victoria porque sabía que Dios había llamado a Israel para ser Su pueblo. Él era el Dios de los cielos, pero también el Dios de los ejércitos de Israel.
David había sido ungido por el profeta Samuel. Él sabía que el Señor lo había llamado de su trabajo como pastor de las ovejas de su padre para ser el pastor de Israel. David cumplió un papel. Dios dio liberación a través de él, no porque él fuera valiente o por un tiro mortal con una honda, sino porque él fue escogido, y lleno del Espíritu de Dios. Luego cuando Dios prometió dar un reinado eterno a un Hijo de David, hizo ver que el reinado de David no era un fin en sí mismo, pero servía para preparar la llegada del gran Rey.
De este modo, el Antiguo Testamento nos otorga tipos que presagian el cumplimiento del Nuevo Testamento. Un tipo es una forma de analogía distintiva de la Biblia. Como todas las analogías, un tipo combina identidad con diferencia. David y Cristo recibieron poder y dominio real. A pesar de las amplias diferencias entre la majestad de David y Cristo, hay puntos de identidad formal que hacen significativa la comparación.
Sin embargo, es precisamente este grado de diferencia el que hace distintivos a los tipos bíblicos. Las promesas de Dios en la Biblia no ofrecen un retorno hacia una época dorada del pasado. El Hijo venidero de David no es simplemente otro David. Por el contrario, Él es tan grande que David sólo puede hablar de Él como su Señor (Sal. 110:1). Los eruditos bíblicos del tiempo de Jesús no comprendían esto. Ellos no podían responder a la pregunta de Jesús: “Si David lo llama ‘Señor,’ ¿cómo puede entonces ser su hijo?” (Mt. 22:45). Tanto Jesús como Sus adversarios sabían que el Mesías prometido tenía que ser el Hijo de David. Pero sólo Jesús comprendió por qué David en el Espíritu lo había llamado “Señor.”
La historia de Jesús, entonces, no comienza con el cumplimiento de la promesa, sino con la promesa misma, y con los hechos de Dios que acompañaron Su palabra. Cuando nos remontamos al principio de la historia, encontramos que el Nuevo Testamento no nos narra esto, porque ya lo leímos antes. Cuando vemos a los jueces que Dios levantó para liberar a Israel de sus opresores, comprendemos mejor a qué se refería Dios cuando dijo que se pondrá la justicia como coraza, y la salvación como casco, y que sería Él mismo el Juez y Salvador de Su pueblo (Is. 59:16-17). Cuando Dios redujo el ejército de Gedeón a sólo trescientos hombres, reconocemos que fue Él quien los liberó, no la fuerza de las armas. Cuando redujo aun más la fuerza de Israel a un hombre, Sansón, vemos que Dios los pudo liberar con un guerrero cuyas victorias en vida fueron coronadas por su victoria en muerte.
Al mismo tiempo, cuando volvemos hacia el principio de la historia, encontramos que las diferencias son abrumadoras: no sólo para nosotros, sino para aquellos que por la fe recibieron las promesas. El papel de Sansón como juez marcó en adelante la promesa de Dios de liberar a Israel de todos sus enemigos, pero el comportamiento de Sansón estuvo muy por debajo de su llamamiento. Efectivamente, Sansón fue hecho juez casi a pesar de él mismo. Sus liberaciones a veces provenían de situaciones graves que él mismo provocaba cuando perseguía a las mujeres filisteas en lugar de los ejércitos filisteos.
Sin embargo, cuando estuvo ciego y burlado en el templo de Dagón, Sansón murió como un juez, bendecido por el Señor. Se puso de pie apoyando sus manos contra las columnas del templo, las cuales descansaban en bases de piedra. Luego
oró con amarga ironía para vengarse de los filisteos, a pesar de que sus últimas palabras fueron “¡Déjame morir con los filisteos!” En su muerte, el sagrado escritor nos narra, destruyó más que en su vida. Aquí la Palabra nos muestra que Dios puede obrar Su liberación incluso mediante la muerte de Su poderoso juez.
Las fallas y pecados de Sansón, no menos que sus victorias, son parte de la historia, porque muestran que uno más grande que Sansón había de venir si las promesas de Dios iban a realizarse. Sansón sólo mantuvo la pureza externa del voto nazareo (e incluso rompió ésta al final); la verdadera e interna pureza aparecería en el Juicio final de Israel.
El propósito de este libro no es narrar toda la historia desde el principio. ¡Hay un Libro que hace esto! Por el contrario, su objetivo es seguir la línea del argumento, mencionar episodios clave, y ofrecer una guía para la historia que subyace a todas, de modo que podamos ver al Señor de la Palabra en la Palabra del Señor.
1
EL NUEVO HOMBRE
La primera Palabra escrita provino de la mano de Dios mismo: Dios escribió Su ley sobre dos tablas de piedra (Ex. 31:18). Aquella escritura comienza diciendo: “Yo soy el SEÑOR tu Dios…” (Ex. 20:2).
Dios se identificó a Sí mismo ahí en el Monte Sinaí como el Dios de Israel. Sin embargo, el Dios de Israel no era una deidad tribal. Él era también el Rey de las naciones y el Dios de la creación. Su vida y su culto no estarían regidos sólo por la ley, incluida en la revelación de Dios a Israel, sino por mucho más. Para conocer al Señor su Dios, Israel tenía que conocerlo a Él como el Creador. Para conocer su llamamiento, el pueblo necesitaba saber la historia de su padre Abraham, y su llamamiento. Asimismo, para ellos era esencial conocer el dominio de Dios sobre las naciones: las naciones que serían bendecidas a través de la nueva nación surgida del hijo de Abraham.
El primer libro de Moisés empieza a narrar la historia que conduce al llamamiento de Israel y a su éxodo de Egipto. Es el libro de las “generaciones,” que describe no sólo las historias de los padres de Israel, sino que pone su llamamiento en el contexto de las relaciones de Dios con toda la raza humana desde el tiempo de la creación. Aun cuando toda la tierra era Suya, Israel fue el pueblo escogido de Dios, Su preciosa posesión. Sin embargo, el llamamiento de Israel no fue por su solo bien. Ellos fueron escogidos de entre las naciones, a fin de que llevaran testimonio a éstas. Para ello, Israel necesitaba confesar al Dios que llamó a Abraham, salvó a Noé, y puso a Adán en el paraíso.
A imagen de Dios
“Dios creó al ser humano a su imagen; lo creó a imagen de Dios. Hombre y mujer los creó” (Gn. 1:27). En una forma literaria bellamente diseñada, el primer capítulo del Génesis conduce al clímax de la creación: Dios creó al hombre y a la mujer a Su imagen. Toda la mitología de las naciones queda descartada. La humanidad no se origina en un proceso de cópula divina ni a partir de la sangre de un dios sacrificado. Un hombre no es un pedazo de un dios, ni mitad dios y mitad bestia. Por el contrario, Adán y Eva son creación de Dios, pero que lleva Su semejanza. El hecho de que ellos son creación de Dios está perfectamente claro. Su creación no está asignada a un día diferente en la obra divina: animales y hombres son igualmente hechos en el sexto día de la creación.
Si la primera pareja es bendecida y se le ordena ser fructífera y multiplicarse, tal como lo fueron los peces del mar (Gn. 1:22,28), ambas son criaturas con capacidad para multiplicarse. La naturaleza de la creación humana se enfatiza más cuando el segundo capítulo continúa la descripción de las “generaciones” de los
cielos y de la tierra: esto es, lo que la mano de Dios hace brotar del mundo que Él creó. La tierra hace brotar criaturas vivientes ante una orden de Dios, pero el hombre, también, proviene de la tierra. Dios forma a Adán del polvo de la tierra, y Eva es formada del cuerpo de Adán.
Por otro lado, ambos capítulos enfatizan la distinción de esta criatura humana. En el capítulo uno, la creación del hombre sigue una determinación divina: “Hagamos al ser humano a nuestra imagen y semejanza…” (Gn. 1:26). La mención del Espíritu de Dios en el inicio del capítulo sugiere que aquí Dios consulta con Él mismo, no sólo de la forma en que un hombre podría dirigirse a sí mismo, sino en la misteriosa riqueza del divino ser. En el segundo capítulo, la extraordinaria distinción de la creación del hombre se muestra por primera vez en el especial cuidado de Dios para formar al hombre del polvo. Más allá del toque de las manos de Dios está el soplo de Sus labios. En una figura de íntima sociedad, Dios sopla en la nariz del hombre el aliento de vida.
El hombre es una criatura, porque es hecho por Dios. Pero es una criatura única, porque es hecho a imagen de Dios. El término “imagen” se utiliza más adelante en el Antiguo Testamento para describir a los ídolos. Dios prohíbe a los hombres hacer imágenes para adorarlas, incluso imágenes de hombres hechos a la imagen de Dios. El hombre es hecho, no sólo a imagen de Dios, como si la imagen divina fuera reproducida en el hombre, sino que, el hombre es hecho como la imagen de Dios. Él es como Dios.
Nuevamente el relato del Génesis se contrapone a las convicciones de las naciones. Las mitologías raciales separan a una tribu o un pueblo como descendiente de los dioses. Los mitos reales enseñan que sólo el rey es hecho a imagen de los dioses. Un texto cuneiforme señala, “El padre del rey, mi señor, era la imagen de Bel, y el rey, mi señor, es la imagen de Bel.”i En Génesis, sin
embargo, la humanidad es creada a la imagen de Dios, “lo creó a imagen de Dios. Hombre y mujer los creó” (Gn. 1:27).
Hecho a la imagen de Dios, la naturaleza del hombre y su papel son únicos en la creación. El hecho de que el hombre comparta vida orgánica y física con toda la creación animada lo califica para representar a esa creación ante Dios. A través del hombre las alabanzas de la creación física pueden dirigirse a Dios. La humanidad, el clímax de la creación, tiene un papel que cumplir. El hombre media entre el Creador y el mundo creado del cual es parte. En el hombre Dios puede relacionarse con Su creación personalmente. Dios habla al hombre, y con labios humanos el hombre responde por la creación de la cual es la cabeza.
Ya que el hombre representa la misma gloria de Dios en forma creada, él también tiene dominio sobre la creación. La imagen que porta el hombre se une a su potestad sobre la creación (Gn. 1:26-27). La encantadora historia de Adán colocando nombres a los animales no se cuenta sólo para la alegría de los niños. Ésta indica el llamamiento de Adán por Dios para comprender las formas de la creación y ordenarlas. Por tanto, esto también muestra de manera contundente que ningún animal, por más leal que sea al hombre, puede ser su compañero o estar a su altura.
Todos conocemos una relación en la cual uno difiere del otro, pero demuestra un parecido extraordinario. A menudo decimos que un niño es la misma imagen de su padre. Las Escrituras señalan que cuando Set nació de Adán y Eva, Adán “engendró un hijo a su semejanza, conforme a su imagen” (Gn. 5:3, RV). Dado que esto se registra luego de la caída en el pecado, y que el capítulo reafirma la creación de Adán conforme a la imagen de Dios, algunos han concluido que la imagen se perdió en la Caída, y que lo restante ya no es la imagen de Dios sino sólo el tenue reflejo de aquella imagen en Adán. En el mismo libro del Génesis, sin embargo, se establece el valor de la vida humana al hacer mención de la creación del hombre a imagen de Dios (Gn. 9:6; cf. Jue. 3:9).
Dado que la imagen de Dios en algún sentido continua distinguiendo al hombre de los animales, podemos asumir que Set a imagen de Adán es también a imagen de Dios. Por esta razón, Lucas encontró el origen de la genealogía de Cristo en Set, el hijo de Adán, el hijo de Dios. El énfasis en Génesis está puesto sobre la continuidad de la imagen, a pesar de la Caída. Set, el hijo, es a la imagen de su padre, y Adán es a la imagen de Dios. La implicancia sobre la cual Lucas atrae la atención es clara: Adán, como el portador de la imagen y semejanza de Dios, puede ser llamado el hijo de Dios. Al mismo tiempo, en Génesis es Set, y no Caín, de quien se dice que porta la imagen de su padre, Adán. Es el linaje de Set, y no de Caín, el cual recibe la promesa de Dios; en aquel linaje se hace realidad la verdadera filiación.
¡Qué espléndida figura es Adán en el relato del Génesis! Siendo formado por Dios y hecho a Su semejanza, es colocado en el paraíso que Dios creó, y que abundaba en la riqueza de la vida creada: animales que correteaban, árboles cargados de frutos, cielos despejados y soleados o cargados de neblina. El primer hombre es el señor de todo; mediante él la creación alza sus ojos al Creador y proclama alabanzas a Dios. Adán es el cultivador del huerto, libre para explorar su riqueza y desarrollar el mundo más allá. Hay oro en Havila. Grandes ríos riegan el huerto y fluyen de él.
La libertad de Adán parecía tener sólo una limitación. Dios le señaló un árbol en el huerto del cual él no debía comer. Una limitación más pequeña que esa habría sido difícil de imaginar. Todos los frutos del Edén eran suyos para disfrutarlos. Todos los árboles eran suyos para cultivarlos, todos los animales suyos para asignarles un nombre y dominarlos. Sin embargo, Adán, el hijo de Dios, estaba siendo probado en su obediencia a su Padre y Creador. Él, el primer hombre, deparó el destino de todos sus descendientes, para él fue el papel central. Él fue el padre de aquellos que nacerían a su imagen; representó la raza de aquellos que provendrían de él. Su rectitud pasaría más allá de su inocencia original al probar su obediencia. Él conocería la diferencia entre el bien y el mal al escoger el bien. Sería confirmado como el justo hijo de Dios, libre de comer del árbol de la vida para siempre.
Pero Adán estaba solo en el paraíso. Dios formó de su propio costado una mujer para estar con él, su compañera y ayuda. Al papel de Adán como la cabeza de la creación se añadió una nueva función de dirección en relación con la mujer que era hueso de sus huesos y carne de su carne. Juntos, ellos, podrían ser fructíferos y llenar la tierra que era suya para poseerla.
Incluso antes de narrar la historia de la Caída, el relato del Génesis nos prepara para el papel que Jesucristo jugaría en el plan de salvación de Dios. La figura de Adán en los albores de la historia humana nos recuerda que Dios se relaciona con la humanidad personalmente. Adán sirvió como representante del hombre. Cristo vino como el segundo Adán (Ro. 5:12-21; 1 Cor. 15:22) –no como una divina ocurrencia tardía, sino como El Escogido desde la fundación del mundo para manifestar todo lo que la imagen divina en el hombre puede implicar.
Antes de empezar la historia de la redención, se encuentra ante nosotros la única figura de Adán, el portador de la imagen de Dios. Él recibe el mandato y la promesa de Dios incluso antes de que Eva le haya sido entregada. Todo esto tiene un sentido, no sólo para el principio de la historia humana, sino para su culminación. Adán, el representante del hombre, nos prepara para Cristo. Cristo es más que un sustituto de Adán, un suplente, por así decirlo, que triunfa donde Adán fracasó. Cristo es la Omega, el fin de la historia humana y de la humanidad creada, y también es el Alfa, el verdadero Adán, Cabeza de la nueva y verdadera humanidad. Él es “la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación” (Col. 1:15), porque Él no sólo es el Príncipe de la creación; Él es también el Creador. Su imagen excede infinitamente la de Adán, porque como el Hijo eterno, Él es uno con el Padre. Finalmente, la relación filial creada en Adán sólo puede reflejar la más grande del modelo divino. El apóstol Pablo se regocija porque la filiación que obtenemos en Cristo excede por mucho la que perdimos en Adán (Ro. 8:14-17).
Por esta razón, también, Dios prohibió al pueblo de Israel que haga imágenes de Él mismo para adorarlas (Dt. 4:15-24). Ellos fueron advertidos no sólo de adorar ídolos que representaran a otros dioses, del mismo modo se les recordó que ellos no vieron forma alguna cuando Dios habló desde el Sinaí, y que no debían intentar representar al verdadero Dios.
Esto no significa que no puede haber una representación de Dios; después de todo, Dios hizo al hombre a Su imagen. Pero significa que el hombre no es libre de inventar una imagen para rendirle culto, ni siquiera una réplica de la imagen que Dios hizo: el hombre mismo. En el plan del tabernáculo entregado a Israel en el desierto, el arca del pacto representó el mismo trono de Dios. La tapa de oro de esta arca era el propiciatorio, el lugar donde Dios era entronizado en medio de Israel. Las representaciones de los querubines con las alas extendidas acompañaban el trono. Pero sobre el trono no había imagen alguna. Sólo la luz de gloria de la Shekinah representaba la presencia de Dios para Israel.
¿Esto parece extraño? Dios hace al hombre a Su imagen, pero el hombre no puede reproducir esa imagen como el centro de su adoración. Por supuesto, Israel tenía que aprender que Dios es un Espíritu invisible, no un ser material. Pero había una razón más poderosa. Dios exigió un monopolio sobre Su propia autorevelación. Él aparecería ante los hombres como Él quisiera, no como ellos pudiesen imaginar. El sitio vacío sobre el arca estaba reservado para el Único que había de venir.
Cuando Felipe le dijo a Jesús, “Señor, muéstranos al Padre y con eso nos basta,” Jesús respondió, “¡Pero, Felipe! ¿Tanto tiempo llevo ya entre ustedes, y todavía no me conoces? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo puedes
decirme: 'Muéstranos al Padre'? ¿Acaso no crees que yo estoy en el Padre, y que el Padre está en mí? ” (Jn. 14:8-10).
Jesús no rechazó la adoración de María cuando ella lo ungió antes de Su muerte (Jn. 12:1-8). No es idolatría llamar a Jesús “Señor.” En efecto, los cristianos son aquellos que invocan el nombre del Señor Jesús en sus cultos (1 Cor. 1:2). Ellos reconocen que hay Uno que lleva la imagen de Dios en la carne humana y ante cuyos pies podemos rendirnos en adoración (Col. 2:9; Ap. 1:17). Quien honra al Hijo, honra al Padre. Juan escribe de Jesucristo, “Éste es el Dios verdadero y la vida eterna. Queridos hijos, apártense de los ídolos” (1 Jn. 5:20-21).
Adán se encuentra como una figura que nos dirige a Jesucristo. El Nuevo Testamento también percibe el sentido figurativo en la historia de la formación de Eva. El apóstol Pablo se remonta al relato de la creación para enseñar sobre la correcta relación entre los maridos y sus esposas. Ya que Eva fue tomada del cuerpo de Adán, él debía cuidar de ella por cuanto era su propia carne. La hermosa historia de la creación enseña no sólo que el matrimonio es una unión de dos que se convierten en uno, sino que los dos son hechos de uno. Ambos se pertenecen mutuamente. Pero cuando Pablo escribe acerca de esto en su Epístola a los Efesios, no sólo habla sobre Adán y Eva. Él pasa inmediatamente a hablar acerca de Cristo y la iglesia:
El que ama a su esposa se ama a sí mismo, pues nadie ha odiado jamás a su propio cuerpo; al contrario, lo alimenta y lo cuida, así como Cristo hace con la iglesia, porque somos miembros de su cuerpo. "Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su esposa, y los dos llegarán a ser un solo cuerpo." Esto es un misterio profundo; yo me refiero a Cristo y a la iglesia.
(Ef. 5:28-33)
Pablo cita el mandato del Génesis, pero lo aplica a los maridos y sus esposas precisamente porque se relaciona con Cristo y la iglesia. ¿Pablo está creando simplemente una alegoría, una analogía imaginaria pero artificial, o existe aquí una conexión más profunda? ¿La institución del matrimonio en el relato de la creación puede ser un tipo de la relación entre Cristo y la iglesia? Sí, porque el principio respecto del matrimonio enunciado en Génesis 2:20-25 se cumple en Cristo. El compromiso de íntima unión creado en el matrimonio debe tener prioridad sobre los vínculos que nos unen a otros. Un hombre debe dejar a su padre y a su madre para unirse a su esposa.
En Génesis el mandato sigue las palabras de Adán (“hueso de mis huesos y carne de mi carne”). El mandato de Dios se basa en Su acto de creación. La relación entre marido y mujer es exclusiva. El amor que los une es necesariamente un amor celoso; esto es, un amor que se rompería con el adulterio. Este principio se establece nuevamente en los Diez Mandamientos, cuando Dios entrega Su ley del pacto a Su pueblo redimido. Aquel mandato, “No cometerás adulterio,” no es simplemente para promover una vida familiar estable en la sociedad israelita. Es para definir un amor especial e intenso que va más allá del mandato de amar al prójimo.
Este es el principio que Dios mismo invoca cuando Él se revela a Sí mismo ante Israel. Dios es un Dios celoso; Su nombre es “Celoso” (Ex. 34:14). Él demanda de Israel exclusivo amor, el amor celoso para el cual el matrimonio es un tipo y símbolo. Su pueblo debe amarlo a Él con todo su corazón, con toda su alma, con toda su fuerza, y toda su mente.
A través de la historia de Israel, el pueblo fue culpable de adulterio espiritual. Consideremos a Salomón, el magnífico rey en el apogeo del poder y bendición de Israel. Él construyó el Templo de piedra y cedro y lo revistió de oro. Dedicó este Templo al servicio del Señor, a fin de que el pueblo acudiera a orar, y Dios los escuchara.
Pero ahora veamos a Salomón ascendiendo al Monte de los Olivos, muy cerca al este del monte del Templo. Está escogiendo un lugar para un santuario que sería construido en la cima de la montaña. Ahí se encuentra Salomón: puede ver el oro resplandeciente del Templo del Señor bajo los rayos del sol, pero ahora está preparando la dedicación de un santuario para Quemos, dios de los moabitas. Salomón ha llegado hasta aquí por una habilidad política para gobernar, llena de sabiduría mundana, pero vacía de fe. Él ha traído seguridad a Israel haciendo tratos con las naciones vecinas y consolidándolos en alianzas maritales. Construye el santuario de Quemos, no para él mismo, sino para una de sus esposas moabitas. Sin embargo, cuán directa y desvergonzadamente desafía él la ley de Dios y al Dios celoso de Israel, que había advertido a Su pueblo de destruir todos los altares de Canaán, “Porque no te has de inclinar a ningún otro dios, pues Jehová, cuyo nombre es Celoso, Dios celoso es” (Ex. 34:14, RV).
Pero Dios contiene Su juicio y llama a Israel al arrepentimiento. A través del profeta Óseas Él muestra lo maravilloso del amor divino hacia la esposa adúltera. No obstante, al final el juicio del Señor debe caer sobre el impenitente Israel.
Cuando Jesús vino a reunirse Él mismo con el pueblo de Dios, se reveló a Sí mismo como el Novio, viene a reclamar a Su iglesia como a Su novia. La figura no es accidental. No es que Dios viera desde el cielo para distinguir alguna relación humana que pueda probar ser un símbolo apropiado de Su amor. La realidad es muy diferente. Cuando Dios creó a Eva del cuerpo de Adán, Él estaba proporcionando los medios por lo cuales podríamos prepararnos para comprender el gozo de un amor exclusivo. Sólo de esa manera podríamos estar preparados para asimilar algo de la ardiente intensidad del amor divino: amor que no tiene rival alguno, porque Dios es un Dios personal, y Su amor por Su pueblo es personal.
La mayoría de las religiones del mundo podría construir un santuario a Quemos casi sin dificultad. La religión politeísta siempre puede agregar un dios más. En el panteísmo, dios es todo, de modo que Quemos es sólo otro nombre para el espíritu infinito. En el hinduismo, Brahma es el absoluto impersonal, y Quemos podría añadirse sólo como otra parte de una fase politeísta que facilita el camino para aquellos que aún no están preparados para ir directamente a la montaña. Incluso el deísmo, con su concepción de un creador remoto, puede llegar a la conclusión de que éste puede aproximarse en muchas maneras. Ciertamente,
esa deidad distante no se incomodaría con celos si lo llamáramos Quemos, o adoráramos a Quemos en su ausencia.
El exclusivo vínculo entre Dios y Su pueblo es un tema principal del Antiguo Testamento, pero llega a su máxima expresión en el Nuevo. “No hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres mediante el cual podamos ser salvos” (Hch. 4:12). “Celos” y “fervor” son dos traducciones para un solo término tanto en hebreo como en griego. El celo santo de Dios arde dentro del misterio de la Trinidad. El celo del Hijo por Su Padre es igual al celo del Padre por Su Hijo.
Cuando Jesús limpió el Templo de los vendedores que lo habían convertido en un mercado, Él demostró Sus celos por la santidad de la casa de Dios, pero también por la beatitud de la casa de Dios como la casa de oración para todas las naciones. Jesús estaba celoso por la gracia redentora de Dios simbolizada en el Templo. Esos celos provocaron que Él no sólo levantara el látigo, sino que desnudara Su espalda para ser azotado. Sólo por el celo de Su amor, el amor celoso del Padre por Su pueblo podría ser satisfecho. Su celo por la casa de Dios lo consumió, incluso en la cruz. “Destruyan este templo,” dijo Jesús, hablando de Su cuerpo, “y en tres días lo levantaré” (Jn. 2:17,19, RV). Es el celo del amor de Dios en Cristo que reclama a la iglesia como la novia del Señor.
Probado como el Hijo de Dios
Cuando la Biblia coloca a Adán ante nosotros en el principio del relato dado al pueblo redimido de Dios, nosotros ya estamos apuntando al segundo Adán que habría de venir. En la creación de Eva, y en el amor de Adán por Eva como hueso de sus huesos y carne de su carne, Cristo también se revela en Su amor celoso por la iglesia. El apóstol Pablo comparte ese amor de Cristo: “El celo que siento por ustedes proviene de Dios, pues los tengo prometidos a un solo esposo, que es Cristo, para presentárselos como una virgen pura” (2 Cor. 11:2).
La prueba de Adán en el huerto apunta hacia la prueba de Cristo, aunque la desobediencia de Adán hace un contraste en el paralelo. Mateo, Marcos, y Lucas hablan de la tentación de Cristo en el desierto. En el relato de los Evangelios sobre la tentación, hay una referencia subyacente a la prueba de Adán en el huerto.
La prueba de Cristo ocurrió al principio de Su ministerio. Fue el Espíritu Santo quien llevó a Cristo hasta el desierto: el Espíritu del Padre que vino sobre Él en Su bautismo –es decir, el Espíritu de Su Hijo. “Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia” (Lc. 3:22, RV). Adán fue probado a fin de ser confirmado en su relación filial. Del mismo modo, Jesús fue probado en su condición de hijo. Él fue probado como el Hijo Mesiánico, el cual también era el único y amado Hijo del Padre: el divino Hijo encarnado. Su encuentro con Satanás fue una prueba de fuego. Cristo invadió el mundo caído donde Satanás pretendía hacer valer su derecho sobre los reinos de los hombres. Ahí Él combatió al “príncipe de este mundo.”
Sólo cuando veamos cómo el Génesis nos remite a los Evangelios, apreciaremos también cómo los Evangelios nos remiten al Génesis. La tentación de Cristo principalmente nos da un ejemplo sobre cómo deberíamos enfrentar esto.
Las tentaciones que Satanás usó contra Jesús, con seguridad, no fueron las tentaciones que usaría contra cualquier pecador.
Ciertamente Satanás no encuentra necesario ofrecer todos los reinos del mundo a cualquier pecador. Él puede conseguir más pecadores sin ofrecer tanto. Tampoco Satanás nos tentaría a probar nuestros poderes para obrar milagros. No, las tentaciones de Satanás para Jesús estuvieron dirigidas a Su conciencia de que Él era el Hijo divino, y de que Él había venido para hacer la voluntad de Su Padre. Satanás se propuso hacer dudar a Jesús sobre la bondad de Dios. Con ese mismo objetivo tentó a Eva: “¿Es verdad que Dios les dijo que no comieran de ningún árbol del jardín?” (Gn. 3:1). Exageró grotescamente la prohibición divina en el Edén al insinuar que Dios estaba increíblemente despreocupado por las necesidades humanas, y rechazaba el progreso humano.
En el desierto, podría parecer que Satanás tuvo una tarea mucho más fácil. Eva y Adán no tenían carencias; Jesús estaba al borde de la inanición. Dios había puesto a Adán y a Eva en el huerto; Él condujo a Jesús hasta el desierto. Sin embargo, Satanás no se dirigió a Cristo tan directamente. Él no le dijo, “¿Dios realmente te trajo a este desierto para dejarte morir aquí?”
Por el contrario, él sólo sugirió que Cristo procurara por Él mismo, ya que al parecer Su Padre no estaba procurando por Él. Al mismo tiempo, Satanás sugirió que al procurar por Él mismo, Jesús podría despejar cualquier duda sobre Su propia identidad. Jesús había oído la voz del cielo declarando que Él era el Hijo de Dios. Satanás cuestionó aquella palabra. “¿Lo dijo Dios?” se escuchó un eco en el desierto que provenía de la voz de la serpiente en el huerto.
Jesús rechazó esa tentación usando la Palabra de Dios, citada en Deuteronomio. Jesús no sólo cumplió el papel del segundo Adán, el verdadero Hijo de Dios. Él también era el verdadero Israel, Hijo de Dios. Del mismo modo, Israel había sido probado en su condición de hijo luego de que Dios dijo al Faraón, “Ya te he dicho que dejes ir a mi hijo, para que me sirva” (Ex. 4:23, RV). Dios condujo al pueblo de Israel por el desierto durante cuarenta años, para probarlos, para ver si ellos aprendían que el hombre no vive sólo de pan, sino de toda palabra que procede de la boca de Dios (Dt. 8:2-3). Las palabras de Dios a Israel fueron dirigidas desde el Sinaí en los Diez Mandamientos; fueron dirigidas también para guiar la marcha de Israel, cuando levantaban su campamento o montaban sus tiendas siguiendo la palabra del Señor (Ex. 17:1).
Jesús hizo lo que el pueblo de Israel no hizo. Cuando sintieron hambre, ellos no confiaron en la palabra de Dios. No sólo dudaron de la bondad de Dios; la desafiaron, y menospreciaron el maná de Su provisión. Pero Jesús, a diferencia de Adán e Israel, fue obediente como el verdadero Hijo de Dios. Él vivió por la palabra de Dios: no sólo el precepto escrito, sino la voz de Su Padre desde el cielo, y la voluntad del Padre que lo condujo hasta el desierto.
Luego de fracasar en su primera tentación, Satanás llevó a Jesús hasta el pináculo del Templo y lo instó a lanzarse hacia abajo. La tentación invitaba a Jesús a cambiar fe por espectáculo. Esto tenía más fuerza de lo que podríamos reconocer, porque Satanás citó un salmo que claramente contenía la promesa de
Dios a Su Mesías (Sal. 91:11-12). Jesús formó Su vida como el único en quien las Escrituras se cumplieron. Satanás ahora no estaba pidiendo a Jesús que desobedeciera las Escrituras, sino que las cumpliera. En realidad, Satanás estaba haciendo esta proposición en nombre de la fe, pero sugería que Jesús carecía de fe si rechazaba poner a prueba a Dios. Con seguridad, si Él no saltaba, debía ser porque no podía creer que los ángeles lo levantarían antes de que Él cayera en el pavimento del Templo.
Por supuesto, hay una notable diferencia entre esta tentación y la propuesta de que Eva comiera del fruto prohibido. En el jardín, Satanás había contradicho directamente la palabra de Dios: “¡No es cierto, no van a morir!” (Gn. 3:4). Pero al hablar con Jesús, Satanás, lejos de contradecir la palabra de Dios, parece invitar a Jesús a creer en ella y actuar según ella. Sin embargo, la fe no es demandar que Dios demuestre, de una vez por todas, si Sus promesas son ciertas. Esto no es recibir la prueba que Dios manda; es más bien poner a prueba a Dios.
Adán y Eva tentaron a Dios al desafiarlo, por así decirlo, a llevar a cabo Su castigo ya advertido por la desobediencia. Satanás quería que Cristo desafiara la fidelidad de Dios de una manera mucho menos directa, pero quería que el mismo tipo de duda actuara en Él. No habría otra razón para saltar desde el techo del Templo excepto determinar, de una vez por todas, si Dios mantendría Su promesa. A Eva, Satanás le dijo esencialmente, “Come, no es cierto que vayas a morir – porque Dios te ha mentido.” A Cristo le dijo, “Salta, no morirás –a menos que Dios te haya mentido.”
Satanás tenía una tentación más, presentada como la última en el Evangelio de Mateo. Él llevó a Jesús hacia lo alto de una montaña, le mostró todos los reinos del mundo en su esplendor, y le prometió hacerlo rey sobre todos ellos –si Jesús se postraba ante él y lo adoraba como el único autorizado para disponer de ellos. Nuevamente, el paralelo con la tentación en el jardín es sorprendente. Adán había recibido la potestad sobre el mundo por Dios: éste era su legítimo llamamiento. Sin embargo, Satanás sugirió que era posible una potestad mucho mayor, una en la cual la majestad de Adán y Eva asumiría un carácter distinto, una gloria que ellos difícilmente podrían imaginar. Ellos podrían llegar a ser como Dios: no pequeñas criaturas inocentes puestas deliberadamente en el jardín de Dios, sino poderosos rivales para Dios mismo, que poseyeran el conocimiento que Dios mismo posee del bien y del mal.
Cuando Satanás obtuvo esto, Dios ya no fue adorado, sino envidiado; no fue servido, sino frustrado. El hombre podía ser su propio dios, construir su propio dominio, poseer el mundo no como servidor de Dios sino como un monarca absoluto. El Tentador, por supuesto, creó la suposición de que él era el amigo y defensor del hombre; que él intervino para liberar al hombre de la explotación de Dios y abrir para él el destino que deseara.
Las implicancias de la tentación son evidentes, sin embargo. Si Adán y Eva no hubiesen sido primero cegados por sus propios deseos, ellos habrían cuestionado la autoridad de la serpiente. ¿Quién era esta criatura que llamaba mentiroso a Dios? ¿Qué nueva relación sería el resultado de hacer caso a la serpiente en lugar del Creador? Si la serpiente ofrecía hacerlos rivales de Dios,
¿cuáles eran sus propios deseos? Es suficientemente evidente que Adán y Eva no podían rechazar la palabra del Señor sin volverse cautivos de la palabra del Demonio. Satanás no pidió abiertamente a Adán que le rindiera tributo, pero obviamente ese fue el resultado de su éxito. Al obedecer a la serpiente, Adán y Eva se hicieron amigos de Satanás y enemigos de Dios.
Cuando tentó a Jesús, Satanás siguió la misma estrategia, pero nuevamente el desenlace se explica en la naturaleza y llamamiento de Jesús como el verdadero Hijo de Dios. Como el heredero de todos los reinos del mundo, y Señor de los principados y poderes, Satanás mantenía a las naciones sujetas a su voluntad. Para Jesús, recibir Su propia potestad en seguida obviamente significaría evitar el sufrimiento y la muerte que Él sabía era Su llamamiento dado por del Padre. Satanás pretendió que Jesús podía recibir Su herencia intacta al precio de un pequeño reconocimiento a él como Otorgante.
Malcolm Muggeridge sugirió que si la tentación debiera ser representada en el mundo contemporáneo, Satanás se acercaría a Jesús a través de los medios, ofreciéndole las horas de máxima audiencia en la televisión para proclamar Su mensaje a todo el mundo, con un pequeño reconocimiento. Al principio y al final del programa estaría la acostumbrada línea de créditos: “Este programa llegó a ustedes gracias a la cortesía de Empresas Lucifer, S.A.”
Jesús rehusó la oferta de Satanás, y procedió a demostrar una autoridad que éste no había ofrecido: la autoridad para ordenar a Satanás que se marchara. La analogía con el pecado de Adán se presenta en total contraste. Adán deseó una autoridad mayor de la que Dios le había otorgado, y heredó vergüenza y muerte. Él sería rival de Dios y por lo tanto se colocó a sí mismo contra Dios, poniéndose de parte del Enemigo. Jesús deseó servir a Su Padre, y heredó una potestad que va más allá de los sueños de Adán o de Satanás: una potestad que no rivaliza con el Reino de Dios, sino que es una con Su Reino.
A la derecha del Padre, Jesucristo, el Dios-hombre, ejerce total juicio y dominio sobre toda la creación. Incluso antes de Su exaltación a la derecha del Padre, Jesús en la tierra demostró divina autoridad. No sólo podía hablar con poder divino, sino que podía sanar con alivio divino. Echó fuera demonios, porque había atado al hombre fuerte, Satanás, en singular combate, y se impuso sobre él (Mt. 12:24-30).
2
EL HIJO DE LA MUJER
Triunfador como el Hijo de la Mujer
Donde se encuentra Adán al principio de la historia humana, vemos a Jesucristo. Él es el Hijo, que lleva la imagen de Su Padre. Vence la tentación, y Su condición de hijo es probada en obediencia. La mentira de Satanás es maravillosamente rechazada en Él. La serpiente había dicho a Adán y a Eva, “Ustedes serán como Dios.” Ellos creyeron en esa mentira y por tanto regresaron al polvo del cual provenían. Lejos de probar la gloria con el fruto prohibido, la primera pareja probó el miedo y la vergüenza.
Pero en Jesús, la promesa de la creación del hombre a imagen de Dios recibe la realización de la gloria celestial. La voluntad de Dios desde el principio era que el hombre fuera como Él, no en rebelión sino en unión con Cristo. La creación del hombre a imagen de Dios no sólo hizo posible la Encarnación; era el propio diseño de Dios según Su propósito de la Encarnación. La creación de Adán, la formación de Eva, la prueba en el jardín –todo nos prepara para Jesucristo.
No sabemos en qué manera Dios habría tenido Su imagen en el hombre a través de Cristo, si Adán y Eva no hubiesen desobedecido. Seguramente Adán como un hijo obediente habría llegado a conocer al Hijo amado. Pero sí sabemos que el pecado humano no frustró el plan de Dios. En efecto, el triunfo de Dios a través de Cristo sobre el pecado es tan glorioso que nos lleva a concluir que fuera del pecado, tal increíble amor y misericordia en el corazón de Dios nunca podría haber sido demostrado. Casi podemos simpatizar con Agustín, quien exclamó, “¡Felix culpa!” (¡Afortunada transgresión!).
La maravilla de la victoria de Dios sobre el pecado en Cristo apareció inmediatamente después de la Caída. Adán y Eva sintieron vergüenza delante de Dios, así como el uno del otro. Hicieron de las hojas de los árboles su pantalla para tratar de ocultar su sexualidad del otro y sus personas de la presencia de Dios. Pero la obra de sus manos no podía restaurar la unidad que alguna vez conocieron con el otro, ni sus obras podían protegerlos del juicio de Dios. Dios los vio en el jardín y ellos tuvieron que responder a los llamados de Su voz.
Se instituyó la escena de un juicio. Dios hizo preguntas sobre su transgresión. Pero, luego, ellos vieron un refugio detrás de otra pobre pantalla: las excusas por las cuales cambiarían la culpa. Adán culpó a Eva, convirtiéndose en su acusador en lugar de su defensor. En el proceso, él también culpó a Dios. “La mujer que me diste por compañera me dio de ese fruto, y yo lo comí” (Gn. 3:12). Eva, a su vez, culpó a la serpiente: “La serpiente me engañó, y comí.”
No fue el arrepentimiento, sino el miedo y la evasión lo que marcó la respuesta de los pecadores en el Edén. El Juez, habiendo investigado el caso, pronunció Su sentencia. Empezó con la serpiente, a quien señaló el testimonio de Eva; luego juzgó a Eva, y finalmente a Adán. Lo que es bastante sorprendente en el juicio de Dios es su moderación y misericordia. La pena por la desobediencia era la muerte, pero Adán y Eva no cayeron muertos al pie del árbol. Para ser exactos, la pena, en realidad, fue: “Polvo eres, y al polvo volverás” (Gn. 3:19). Pero antes de aquella terrible sentencia, el Señor pronunció palabras de esperanza.
La serpiente fue juzgada antes que Eva y Adán, y el juicio sobre ella cambió todo. Dios cambiaría todo. Si bien Eva se había hecho amiga de Satanás y enemiga de Dios, Dios daría un giro a la situación. Sembraría la enemistad entre el hombre y Satanás, mas no entre Dios y el hombre. La soberanía de la palabra de Dios resplandece a través de la promesa. Aunque en tiempo futuro, es la palabra del poder de Dios, el Dios que puede dar vida a los muertos, y llamar las cosas que no son como si ya existieran (Ro. 4:17).
Específicamente, fue la mujer y la descendencia de ella quienes fueron hechos enemigos de Satanás a través de las generaciones de conflicto que habrían de seguir. No sería Adán sino la futura descendencia de Adán la Enemiga de Satanás. Los términos del oráculo no aclaran si la simiente prometida de la mujer sería su primer hijo o una larga línea de sus descendientes. Adán parecía comprender que la promesa de Dios implicaba un cumplimiento de la responsabilidad de poblar la tierra, porque llamó a su mujer Eva, “vida,” como la madre de todo ser viviente (Gn. 3:20). Dicho nombre contrasta con la sentencia de muerte que Dios había dictado, pero no como un desafío sino como un reclamo de Adán por la promesa de Dios. Eva, también, habló por la fe cuando nació su primer hijo: ella había dado a luz un varón con la ayuda del Señor. (Gn. 4:1 podría traducirse, “He tenido un hijo varón: el Señor.”)
La promesa de Dios fue más allá de una declaración de enemistad entre la simiente de la mujer y la descendencia de la serpiente. Habría un resultado decisivo: la cabeza de la serpiente sería aplastada, y el talón del hombre sería herido. La figura corresponde a la maldición de la serpiente; corresponde a la aversión del hombre por las serpientes ponzoñosas. Pero como la serpiente no es sólo una bestia del jardín sino una portavoz de Satanás, entonces, también, el juicio va más allá de la experiencia del hombre con las mordeduras de serpiente hacia la realización final de esta profecía: el conflicto y la victoria donde el Hijo de la mujer sufriría, pero la serpiente sería aplastada.
Pablo sostiene esta interpretación cuando escribe a los romanos cristianos, “Muy pronto el Dios de paz aplastará a Satanás bajo los pies de ustedes” (Ro. 16:20). La victoria de Cristo sobre Satanás traerá victoria al pueblo de Dios: los
planes de Satanás serán totalmente frustrados. Juan narra las palabras de Jesús en la víspera del Calvario: “El juicio de este mundo ha llegado ya, y el príncipe de este mundo va a ser expulsado” (Jn. 12:31). Pablo se regocija en el triunfo de Dios en la cruz sobre todos los “principados y potestades,” las fuerzas demoníacas del reino de Satanás (Col. 2:15, RV).
La suprema ironía del Calvario es que la aparente victoria de Satanás fue su derrota. El libro de Apocalipsis describe a Satanás no sólo como una serpiente sino como un gran dragón rojo, plantado delante de aquella mujer que está a punto de dar a luz, “para devorar a su hijo tan pronto como naciera” (Ap. 12:4). Aunque el propósito de Satanás fracasó cuando Jesús escapó de la matanza de los niños de Belén, ordenada por Herodes, parecía que Satanás conseguía sus fines en el Gólgota. Ante las burlas inspiradas por Satanás, Jesús fue colgado en la cruz en aparente desesperanza y allí murió.
Pero Jesús no sólo se levantó de entre los muertos y fue exaltado a la derecha de Dios (Ap. 12:5; Hch. 2:32-33); Él fue vencedor en Su propia muerte. Fue Su muerte la que expió el pecado, cumplió con las exigencias de la ley, y trajo salvación a los pecadores. A través de la muerte de Cristo, Dios desarmó las potestades y poderes, triunfando sobre ellos mediante la cruz (Col. 2:15). En la sombra de la cruz, Jesús podía decir, “Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado fuera” (Jn. 12:31, RV).
Jesús se impuso por Su vida así como por Su muerte. Él cumplió el llamamiento dado a Adán. El mandato para Adán y Eva era señorear la tierra. El dominio de Adán ahora es ejercido por Cristo. Como siempre en la obra de la salvación, la realización sobrepasa de lejos las expectativas que despierta la promesa. Cristo ejerce un dominio mucho más grande que aquel otorgado a Adán. Él es Señor, no sólo de este planeta, sino del cosmos.
El Señorío de Cristo se ejerce con una sinceridad e inmediación que refleja Su poder divino, así como Su autoridad como el segundo Adán. Él puede mandar al viento y al mar y ellos le obedecen. Los peces llenan las redes a Su voluntad; el agua se convierte en vino; una pieza de pan en Su mano calma el hambre de una multitud. Ya que Jesús no usa medios tecnológicos para manifestar Su supremacía sobre la creación, podemos dejar de apreciar cuán absoluta es dicha supremacía. Nos podemos maravillar ante la conquista técnica del hombre sobre el mar y el aire, pero nadie es capaz de caminar sobre el agua como Jesús lo hizo, mucho menos ascender al trono del Padre.
Jesús también cumple el mandato hecho a Adán de llenar la tierra. Pablo usa los términos de llenar así como dominio para describir el presente Señorío de Jesucristo (Ef. 1:20-23; 4:10). Jesús no viene simplemente a rescatar al hombre de las profundidades de su perdición. Él viene a cumplir por nosotros el llamamiento de nuestra humanidad. El suyo es el perfecto y dominio final del hombre sobre el cosmos. Él, el segundo Adán, puede decir, “Aquí me tienen, con los hijos que Dios me ha dado” (Heb. 2:13; Is. 8:17f).
Una gran multitud que ningún hombre puede contar se reúne desde cada tribu y pueblo en el nombre de Jesús. Él que llena todas las cosas con Su poder
reúne la plenitud de Israel y de las naciones en el día de Su gloria (Ro. 11:12,25; Ap. 7:9). Su cumplimiento del llamado de Adán no hace vano nuestro servicio. Por el contrario, sólo porque Él ha cumplido el llamamiento del hombre nuestra obra puede valer la pena, porque nuestra comunión es con Él. Su victoria es nuestra esperanza. En humildad, no en arrogancia, recibimos del Señor victorioso un renovado llamamiento para hacer Su voluntad a este mundo.
La Simiente Escogida
La gran promesa de Dios permanece. La “simiente” de la mujer aplastará la cabeza de la serpiente; la rebelión del hombre será anulada. Esta promesa otorga significado a los capítulos siguientes del Génesis. La frase “Estas son las generaciones de…” marca la estructura del libro, llevándonos desde la humanidad como la “generación” del cielo y la tierra hasta los descendientes de Jacob, su “generación.”
Veamos la lista de “generaciones” en el Génesis: el cielo y la tierra (Gn. 2:4); Adán (5:1); Noé (6:9); los hijos de Noé (10:1); Sem (11:10); Taré, el padre de Abraham (11:27); Ismael (25:12); Isaac (25:19); Esaú (36:1,9); Jacob (37:2). El propósito del énfasis en las generaciones es que Dios no ha olvidado Su promesa. La línea señalada de los descendientes de la mujer debe continuar. A través de la oscura y sangrienta historia del pecado y la violencia humana, Dios continúa la línea de la promesa.
Esa promesa existente implica una continua separación. La separación aparece en seguida, porque Dios está complacido con la ofrenda de Abel, no con la de Caín. Ardiendo de celos, Caín asesina a su hermano Abel. La sorprendente tolerancia de Dios es evidente otra vez, como lo fue en el Jardín del Edén. Caín es perdonado, aunque es llevado al exilio, tal como Adán y Eva fueron expulsados del jardín.
Los descendientes de Caín son registrados. Su progreso en tecnología y urbanización es descrito. Pero a pesar de su revelación del potencial de la creación de Dios, ellos siguen siendo rebeldes. Desarrollaron la metalurgia, la poesía, y la música, pero el fruto de esta cultura es el himno de Lamec: la canción de la espada, que celebra las amenazas del primer militarista del mundo (Gn. 4:23-24).
El Génesis no presenta la descendencia de Caín como un libro de “generaciones.” La narración pasa en cambio a Set. Dios da otro hijo a Adán y a Eva. Éste levanta otra tradición en la humanidad a diferencia de la violencia urbanizada de la línea de Caín. El nombre de “Set” está vinculado al significado del verbo establecer, o poner. Dios ha puesto otra simiente en el lugar de Abel (Gn. 4:25). Este es el verbo usado en la promesa de Dios: “Pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya” (Gn.3:15, RV). El eco de la palabra sustenta nuestra interpretación de que Eva no se regocija simplemente por tener otro hijo que reemplace a Abel, sino que es la promesa de Dios la que está en discusión, y la fidelidad de Dios la que es reclamada.
La división, el juicio, y la bendición continúan a través de las secciones de “generación” del Génesis. La línea de Set está corrupta, quizás por los matrimonios
mixtos con la línea de Caín. La maldad y violencia humana alcanzan tal profunda degradación que Dios interviene con el juicio del gran diluvio. Aquella separación cataclísmica de la humanidad reduce la historia a las generaciones de Noé, y de sus hijos. Nuevamente, los tres hijos se dividen. Dios bendice a Sem con notable amplitud: Él debe ser alabado como el Dios de Sem. Su hermano Jafet llegará a morar en las tiendas de Sem, probablemente para compartir la bendición que él goza. Las generaciones de Sem son entonces las que siguen en el relato.
La división aparece nuevamente cuando los descendientes de Noé se unen en la construcción de la ciudad y la torre de Babel. Como en los días de los cainitas, la ciudad es construida, no para la gloria de Dios sino para exaltar el nombre del hombre. Otra vez Dios juzga. Para contener el crecimiento de la maldad totalitaria en una humanidad unida, Dios trae confusión de lenguas sobre los habitantes del lugar. Las naciones se dividen, y esta división provee el trasfondo para el recuento de las generaciones de Taré, la historia de Abraham y sus descendientes.
Claramente, el libro de Génesis ofrece un recuento de “generaciones” que va desde la creación hasta la identidad de los descendientes de Jacob en Egipto. Sin embargo, la historia no es una mitología fantástica de una raza superior. El pueblo de Israel no es una alternativa, sino que es el escogido. Sus pecados y fracasos son descritos con doloroso candor. El punto central no está en las hazañas de los antepasados, sino en la fidelidad de Dios, quien llamó a los antepasados a fin de que Su promesa no fuera invalidada. La extensión del vasto panorama se mueve hacia una realización más allá del éxodo, a una redención que alcanzará a las naciones.
El término “simiente” es ambiguo en hebreo: se puede referir a los descendientes como grupo colectivo, o a un descendiente individual. El Génesis no resuelve específicamente esa ambigüedad. Pero como muestra ante nosotros la línea de antepasados e hijos, con seguridad muestra un segundo Adán, una Simiente que es puesta como Set, llamada como Noé, escogida como Sem, y de bendición para toda la tierra como la Simiente de Abraham.
3
EL HIJO DE ABRAHAM
La Promesa - Juramento
Abram, un hombre anciano, caminó en la oscuridad bajo los grandes árboles donde estaban instaladas sus tiendas. Aunque era rico, vivía como nómada, sin poseer una tierra fija en el campo donde sus ganados y rebaños pastaran.
Él llegó a un claro más allá de su campamento y se detuvo a mirar el esplendor del cielo, la oscura extensión palpitando con el brillo de las innumerables estrellas. Su vida había sido prolongada y difícil. Él fue un ciudadano de Ur en su juventud, una ciudad con grandes riquezas en los llanos de Mesopotamia. Pero junto a su padre él había dejado Ur por Jarán, un lugar muy al norte. Cuando su padre murió, Abram y su sobrino Lot dejaron Jarán, siguiendo las rutas de las caravanas alrededor de la Media Luna Fértil hasta la tierra en donde sus tiendas estaban colocadas ahora.
Abram pudo hacer memoria sobre un lejano viaje a Egipto que casi hubo terminado en un desastre familiar. De vuelta en su tierra, resolvió una amarga disputa entre sus pastores y los de Lot, ofreciéndole a Lot que escoja entre la montaña y el valle para pastar. Lot escogió el valle, y la ciudad de Sodoma. Pero cuando los ejércitos invasores capturaron a Lot, junto con los residentes de Sodoma, Abram se conmovió rápidamente. Haciendo uso de su considerable séquito de sirvientes como un impresionante cuerpo, rescató a Lot y al resto de los cautivos. Él pudo haber añadido a su propia riqueza una parte sustancial del botín que rescató, pero se negó a tocar algo de aquello.
¿Qué llenaba los pensamientos de Abram mientras estaba mirando fijamente los cielos? No eran los recuerdos de su batalla, ni visiones de la riqueza que había rechazado. Abram estaba en comunión con Dios. Su corazón había llevado una gran carga por décadas. Él y su esposa, Sarai, no tenían hijos.
La historia de Abraham no nos presenta una biografía completa. Ésta se enfoca donde el corazón de Abram lo hizo: en la promesa de Dios. Dios había llamado a Abram a dejar su hogar y la casa de su padre e ir tras la tierra que Él le mostraría. Abram debía ser separado de Ur, e incluso de sus parientes en Jarán. Él debía marcharse, no como parte de una migración de gente, sino como cabeza