Nihil Obstat: Rev. Hilarion Kistner, O.F.M.
Rev. Edward Gratsch
Imprimi Potest: Rev. Jeremy Harrington, O.F.M.
Provincial
Imprimatur: +James H. Garland, V.G.
Arquidiócesis de Cincinnati 16 de agosto de 1988
El nihil obstat y el imprimatur son una declaración de que se considera que un libro o folleto está libre de error doctrinal o moral. No implica que los que han otorgado el nihil
obstat y el imprimatur estén de acuerdo con el contenido, opiniones o declaraciones
expresadas.
La cubierta y el libro fueron diseñados por Julie Lonneman Ilustraciones de Lawrence Zink
Traducido del inglés por Alicia Sarre, R.S.C.J. ISBN 0-86716-205-8
©1994, St. Anthony Messenger Press Todos los derechos reservados
Publicado por St. Anthony Messenger Press Impreso en los Estados Unidos de América
Nota de la traductora
Quisiera expresar mi profundo agradecimiento a todas las personas que me ayudaron con esta traducción, especialmente al Dr. John Marambio.—Alicia Sarre, R.S.C.J.
Prefacio a la nueva edición
La colina detrás de la fortaleza que llaman la Rocca Maggiore está cubierta otra vez este año de ginestra, la retama que se encuentra por todas partes en Umbría. Todavía siguen extrayendo piedra rosada de la cantera ubicada en una ladera de esa misma montaña. Del otro lado del valle, donde el río Chiascio corre tranquilamente, hay un campo grande de amapolas que espero ver cada verano pero que siempre me sorprende por su esplendor en cuanto doblo por el camino que queda más allá del cementerio.
Es un día claro de principios de junio. Una brisa fresca sopla suavemente viniendo de la dirección del monte Subasio. Me detengo junto a una pequeña roca cerca de la entrada del cementerio y observo a través de otro valle la gran Basílica de San Francisco. Hay amapolas a mis pies, rojas con todo el sufrimiento de Francisco, el Poverello cuyo cuerpo yace enterrado bajo el peso de toda esa piedra. Me siento sobre una columna quebrada y recuerdo la primera vez que vi la Basílica desde aquí, hace dieciséis años, una fría y húmeda mañana de fines de marzo.
Desde donde estoy sentado sólo puedo ver a mi izquierda una de las torres de la Rocca Maggiore. Las últimas palabras de la Misa de hoy me vienen a la memoria: “… Angosta es la puerta y estrecho el camino que conducen a la salvación y pocos son los que dan con ellos.” (Mt. 7,14). La puerta angosta de Francisco era la puerta del lado opuesto de la ciudad donde yo estoy sentado mirando la torre occidental de la Rocca Maggiore. Por esa puerta salió, dejando atrás la seguridad de Asís, y bajó la colina hacia la colonia de leprosos que yacía no lejos de la iglesita de la Porciúncula, la Porcioncita, como se le llamó cariñosamente.
San Francisco, cuando escribí las páginas de este libro y aun ahora tantos años después, es para mí el hombre que salió por la puerta angosta de su ciudad, dejando atrás sus posesiones, a su padre y a su madre, a sus amigos y parientes, y empezó a vivir entre los leprosos una vida libre y sin trabas que transformó el fétido pantano al pie de Asís en un nuevo Edén, un paraíso del amor cristiano. Esa imagen ha permanecido conmigo y esa imagen hizo que fuera para mí una alegría escribir este libro.
Generalmente me cuesta trabajo escribir: las palabras son pesadas y es difícil ponerlas sobre la página. Sin embargo, Francisco: el Viaje y el Sueño fluyó fácilmente. Sentí, al escribir estas palabras, que era otro el que las escribía. Fue la experiencia más cercana que he tenido de la musa de la que hablan los poetas. Creo que Francisco mismo fue mi musa, que de él era la frescura de estas palabras, de esta visión. Y por lo tanto en esta nueva edición no he cambiado nada del Sueño original. Sólo he tratado de hacer el lenguaje más inclusivo y menos sexista. Cuando acabé de escribir estas palabras en 1972, no me daba cuenta de lo chovinista que era parte de mi lenguaje. Desde entonces he llegado a ser más sensitivo a un lenguaje inclusivo, don de esas otras musas, las mujeres en mi vida. A ellas y a María, la Madre de Dios, a Clara de Asís y a Teresita de Lisieux,
les dedico esta edición de Francisco: el Viaje y el Sueño. Murray Bodo, O.F.M.
Asís
Indice
Title Page Copyright Page Introducción Un viaje de sueños El Sueño El Sueño en Spoleto Un renacimiento La gruta Sobre la soledad La Dama PobrezaEncuentro con el leproso Este nuevo día
El crucifijo habla
Cuando se pierde a un padre Un hombre emancipado El heraldo del Gran Rey El bufón
Un viento en la cara El trovador
Las bodas místicas de Francisco El demonio y el ángel
Los frailes
Sobre la intimidad
Sobre la integridad y la sinceridad Sobre la guerra
Rivotorto
El Papa y el mendigo Sobre la Dama Clara Un hombre radical Sobre el amor fraternal Caldo caliente y santidad Sobre alondras y gorriones Una trinidad de pueblos El gozo perfecto
Una vieja historia de amor cortesano El lobo de Gubbio
Rúbricas en el aire
Caballero de la Mesa Redonda Una galería de retratos
Sueño de vuelo
Memorias del hijo de un tendero Sobre León y Francisco
Francisco ante el Sultán Sobre ciudadanos y mendigos Sobre constructores de monasterios La Navidad en Greccio
Trabajar con sus manos Sobre el amor
Descalzo en el lodo
Una apología por la penitencia El Hermano Asno
La lluvia en la montaña Viajes a tierras lejanas La Sagrada Eucaristía
De escondrijos en la montaña Las lluvias del monte Subasio De armadura y cota de malla Un canario silvestre
El Obispo Guido de Asís El Viaje y el Sueño Un junquillo de montaña Cambios en la Orden El montañés
Sobre las estaciones y el tiempo El monte Alvernia
El sueño del diablo
Himno al monte Alvernia Sobre la enfermedad Sobre la ropa
Un corazón partido
Una oración para toda clase de tiempo Secretos de un amor fiel
Mujer Corderito
Sobre la violencia La última ruptura En el camino
El contacto con Jesus La Hermana Muerte Postfacio
Introducción
Hay una extensa llanura en el centro de Italia, en la provincia de Umbría, que todavía exhala la paz de un hombre de espíritu libre y sin trabas, que nació en la pequeña ciudad de Asís en el año 1182. El mundo lo conoce como santo y poeta bajo el nombre del
Poverello, el pobrecito, Francisco de Asís.
Todavía hoy, al recorrer los campos de Umbría, la paz de San Francisco te penetra en el alma y vuelves a creer que la alegría perfecta es posible, aun para el hombre y la mujer modernos, si la buscan bajo las mismas condiciones que Francisco. A algunos de nuestros contemporáneos, el precio que él pagó podría parecerles demasiado alto, puesto que Francisco sólo consiguió la paz y la alegría por medio del desprendimiento perfecto.
¿Cuál es el contenido de este desprendimiento? Contestar a esta pregunta es lo que se propone este peregrino de Asís. La historia empieza y acaba con la muerte de Francisco. Lo demás consiste de recuerdos, y por lo tanto los incidentes son fragmentarios y no tienen un hilo continuo de narración. Espero que la unidad que el libro tenga, vendrá de Francisco mismo.
Estas páginas no son una biografía de San Francisco. Para esa clase de obra no tengo ni el talento ni el deseo de hacerlo. Sólo he tratado de compartir con ustedes una visión muy personal de San Francisco, y en el proceso de hacerlo, ha surgido un nuevo Francisco, un Francisco que yo no conocía.
Finalmente, quisiera expresar mi agradecimiento al Padre Jeremy Harrington, quien me pidió que escribiera este libro, al Padre Roger Huser, mi Ministro Provincial, quien me alentó mucho a lo largo del camino, y a todos mis hermanos Franciscanos cuyo buen ejemplo ha inspirado mi propio Sueño y ha hecho posible mi Viaje.
Un viaje de sueños
Yacía allí presa de su última fiebre, sintiendo flechas agudas de dolor que le atravesaban la espalda. Sabía que éste era el principio de lo que había soñado por tanto tiempo: “Señor, guía mi alma fuera de su cárcel.”
Más temprano ese día, sus frailes lo habían transportado aquí a esta capilla de Nuestra Señora de los Angeles, en la llanura al pie de la ciudad. Al bajar la empinada cuesta desde Asís, Francisco les había pedido que se detuvieran en la colonia de leprosos, para que desde allí pudiera bendecir su ciudad por última vez. Estaba casi ciego, pero creía poder ver la ciudad extendida ante él como un inmenso tapiz multicolor. Quizás tan sólo la viera con su espíritu.
Qué contraste entre la impresión de hoy y la de su juventud, cuando convaleciente ya de su larga enfermedad, había caminado tambaleándose por las colinas verdes, encontrando que ya no le elevaban el corazón. Sólo tenía veintidós años entonces. Había sido un día brillante y recordaba los techos que reflejaban el sol como colchas rojas, rosadas y blancas. Pero su belleza sólo lo había deprimido. El espíritu pesado de la melancolía lo tenía en sus garras y no comprendía, no quería comprender por qué.
La gente que se cruzaba con el joven Francisco mientras él subía penosamente la larga colina lo había reconocido y lo felicitaba porque ya se había recuperado. Y recordaba haber pensado cínicamente: Se están diciendo, “Allí va el hijo inútil de Pietro. Se ve bastante pálido y camina con dificultad. Pero, ¿por qué preocuparnos por él si está en mejores circunstancias que nosotros nunca estaremos? Por lo menos tiene un porvenir.”
Si tan sólo hubieran sabido lo vacío y lo desesperado que se sentía precisamente por ser el hijo de Pietro Bernardone, precisamente por ser rico, famoso y consentido. ¡Qué aburridísimo le parecía todo eso entonces! Y sin embargo, de alguna manera, cuando miraba la ciudad desde la cima del monte Subasio, era todavía lo suficientemente joven a los veintidós años para creer que le esperaba algún destino que haría que la hermosa ciudad se enorgulleciera de él. Dónde y cuándo le esperaba el mandato del destino, él no lo sabía, pero su sospecha más profunda era que acabaría por responder al llamado incesante de pertenecer a una orden de caballería, y hacerse caballero. Ése sería su futuro.
Recomenzaron los dolores de cabeza, de pecho y de espalda y Francisco despertó bruscamente de su ensueño. Tosió sordamente y aferró con más fuerza el crucifijo que tenía entre sus manos. El dolor empezaba a embotar todos sus sentidos y lentamente se deslizó una vez más hacia las memorias del pasado.
Volvióse a ver a los veintidós años, de pie en una colina afuera de su ciudad; ese día había experimentado la desilusión más grande de su juventud. Repentinamente, se había dado cuenta de que durante su enfermedad le había sucedido algo muy triste. De seguro
se habría desesperado entonces y habría abandonado la esperanza de jamás volver a ser feliz, si no hubiera sido por el Sueño. ¡Qué Sueño más extraordinario! Algunas semanas después de haberse sentido tan desalentado en la cima del monte Subasio, donde se preguntaba si sus breves veintidós años marcarían el fin de su juventud y de su vida, lo visitó el Sueño que cambió todo para siempre.
El Sueño
Francisco se movía de un lado para otro en su cama, forzando su mente, rogándole que tratara de dormir. “Deja de pensar. Mente, por favor, duérmete. Tengo que descansar, que dormir, o nunca me recuperaré de esta locura, de esta desesperación que me tiene en sus garras aquí en la obscuridad.” Se levantó y caminó por el cuarto de un lado a otro mientras se pasaba las manos por su enredada cabellera negra. “¿Qué me pasa? Esto es absurdo. ¿Por qué temblar y estar turbado cuando no hay nada que temer? Francisco, vuélvete a acostar. Descansa.”
Se dejó caer nuevamente en la cama y se acostó boca abajo, tratando de sentirse exhausto, pero no podía dormir. Toda la noche se revolvía en la cama, sudaba y se preguntaba por qué le era tan difícil conciliar el sueño. Se había sentido así desde su enfermedad y desde la extraña sensación de soledad que había experimentado al andar por las colinas de Asís ese primer día cuando atreviéndose a dejar su cama de enfermo, se había aventurado a salir a tomar un poco de sol. Ahora sus noches estaban llenas de terror; sólo de vez en cuando podía dormir un rato.
Por fin, cuando los primeros rayos del sol de la mañana empezaban a alumbrar su espalda desnuda, Francisco se durmió. Y fue entonces cuando tuvo el Sueño.
Fue conducido al gran salón de un Palacio espléndido, donde una Princesa resplandeciente, su novia, tenía su corte. Las paredes estaban cubiertas de escudos y de trofeos de victorias militares. Y cuando Francisco preguntó en voz alta quién era el Señor del castillo, una voz contestó: “Es la noble corte de Francisco Bernardone y de sus seguidores.”
Al despertarse, Francisco se sentía transformado. No era el mensaje del Sueño lo que lo maravillaba tanto, ni el anuncio de que sería un gran señor. No, era el hecho de que el Sueño había ocurrido, de que ahora su vida tenía una finalidad, algo por lo que valía la pena vivir. Su Sueño le traía una certitud, como si hubiera tenido una visión. De haberle presagiado el Sueño a Francisco la pérdida de su fortuna, de su posición social y la mendicidad, le habría agradado, porque aun así habría sabido qué camino seguir. Parecía que la idea de tener una meta y un propósito era mucho más importante que la dirección en que iría. Tendría algo que ver con su propia cualidad o con quién era él. Sobre todo quería decir que iba a alguna parte, a cualquier parte. La torpeza de su voluntad había desaparecido, el Sueño lo había librado de su propia voluntad paralizada.
Así pues, Francisco decidió llevar a cabo su Sueño, convencido de que lo que importaba era ponerse en camino. Recordaba con claridad la levedad de su corazón al
salir de Asís para unirse a los ejércitos de Gualterio de Brienne, el capitán normando que seguía triunfando al servicio del Papa Inocencio III. Sin embargo, los altibajos de su vida no serían cambiados tan fácilmente, ni por sueños ni por presagios. Llevaba sólo un día de camino cuando, en la ciudad de Spoleto, empezó a oír otra vez voces en la noche.
El Sueño en Spoleto
—Francisco, ¿es mejor servir al Señor o al siervo? —¡Oh, Señor!, al Señor, por supuesto.
—Entonces, ¿por qué tratas de convertir a tu Señor en un siervo? Y Francisco, que temblaba al reconocer la voz, exclamó:
—Señor, ¿qué quieres Tú que haga?
—Vuelve a tu casa, Francisco, y piensa en tu primera visión. Has visto sólo las apariencias y no el corazón de la gloria y de la fama. Tratas de hacer que tu visión encaje en tu propio deseo impaciente de Caballería.
Y Francisco, tembloroso y completamente despierto, comprendió ahora que había abarcado demasiado. Se dio cuenta de que la impaciencia lo había llevado a actuar con demasiada premura y que debía esperar, escuchar y purificar su corazón para oír palabras más profundas que las que se había imaginado. Había tratado de hacer que la voluntad de Dios sirviera su impaciente deseo de gloria. No había escuchado, verdaderamente.
El camino de regreso a Asís parecía temblar a sus pies. Como la figura de un caballero andante que vuelve solo a casa, parecía gritar: “Huyo del frente de batalla,” para que todo el mundo lo oyera. Pero no le importaban las miradas burlonas y el desprecio que notaba en la cara de los campesinos que lo miraban descaradamente. De cierto modo, así era como debía ser ahora. En realidad, debería ir a pie como ellos, y no debería estar montado en un magnífico caballo de batalla.
Retornaba a Asís por la vía romana Flaminia. Atrevidas y confiadas en el inmenso poder de Roma, legiones romanas habían marchado por este mismo camino. Se detenían y bebían del manantial sagrado de Clitunno, cerca de Foligno. Les pedían allí a las ninfas del agua que les fortalecieran en la batalla, que les dieran valor y victoria.
Al beber del agua clara del célebre manantial, Francisco perdió de su corazón el deseo de gloria, y la guerra y la victoria se convirtieron en palabras huecas que le rebotaban en el cerebro. Se sintió completamente vacío. Algo le decía que dejaba para siempre la vía romana.
Un renacimiento
La vuelta inesperada de Francisco de Spoleto fue la experiencia más terrible de su juventud. El desprecio absoluto que le mostraban los habitantes de Asís lo hizo ensimismarse. El rumor de su supuesta cobardía corrió por la ciudad como un fuego atizado por el viento. Algunos hasta sospecharon que dos años antes, cuando lo habían tomado prisionero en Ponte San Giovanni, en realidad se había rendido por miedo. Otros señalaban que su larga enfermedad después de su prisión en Perusa era, en verdad, culpa y remordimiento por su cobardía.
Pietro, su padre, estaba descorazonado. Quería mucho a Francisco y no creía que su hijo fuera un cobarde, pero le resultaba difícil explicar por qué su hijo había vuelto de Spoleto. Su madre, la Dama Pica, se afligía mucho por él y hubiera querido aliviar el secreto mal que le aquejaba, pero no sabía cómo hacerlo. Y el mismo Francisco trataba desesperadamente de explicar, pero solamente convencía más y más a sus padres de que todavía no había sanado del todo de la rara melancolía y desilusión de su enfermedad.
Francisco, consternado, caminaba por las calles de Asís. Vivía con un constante sentido de culpabilidad, preguntándose si sus mejillas estaban rojas de vergüenza. Sus amigos se encontraban lejos en el ejército de Gualterio de Brienne y entre los jóvenes aptos para el servicio militar, él era el único que se había quedado con las mujeres y con los niños y con algunos hombres mayores que ya habían probado su valentía en las guerras de antaño. Sin embargo, sabía que no podía volver al campo de combate, porque eso no serviría sino para desacreditarlo más como un cobarde que por fin había recobrado su valor.
Seguir los impulsos del corazón cuando todo el mundo está en contra de uno es la prueba más difícil para el espíritu humano. Y a Francisco le parecía que no podría sobrevivir esa prueba. Rezaba como nunca antes lo había hecho, suplicándole a Jesús que le dijera por qué le había ordenado volver a Asís. Pero no recibía ninguna respuesta.
Durante esos meses, largos y aterradores, Francisco iba a una pequeña gruta en la colina cerca del monte Subasio y trataba de reflexionar sobre lo que le ocurría. Se dirigió a la gruta todos los días hasta que se sintió como si fuera su casa, el único lugar donde se sentía a gusto. Y llegó a creerse un hombre que conocía las profundidades obscuras de la tierra. Fue allí, en el vientre de la tierra, donde por fin encontró la paz del corazón y el valor de volver a sentirse orgulloso de ser hombre. Fue allí donde volvió a nacer.
La gruta
liberación. El amparo protector de la obscuridad le facilitaba el balbucear secretos en el vacío, o gritar su dolor a las paredes húmedas y frías.
Cada día se le hacía más y más difícil salir de su gruta y enfrentarse a la dura luz del mundo que lo miraba fijamente. Mientras más y más adentro se metía en la gruta, tanto más protegido se sentía. En su oración le suplicaba a Jesús: “Déjame que me quede aquí; déjame que me esconda en el vientre de esta tierra húmeda.” Pero todos los días tenía que salir, por el pánico que le daba de que la luz no estuviera allí para cegarlo. Imploraba: “¡Oh vientre de la tierra, escóndeme de aquellos ojos que me hielan y me paralizan de miedo!”
Fue por fin allí, en esa gruta, donde Francisco encontró a Jesús y donde, al mismo tiempo, llegó a conocerse a sí mismo por primera vez. Hasta entonces, sus voces y sus sueños siempre le habían parecido venir del exterior, desde muy lejos. Sin embargo, durante las horas agonizantes que había pasado en la gruta, empezó a oír una voz dentro de sí mismo, una voz más profunda y más clara que era como descubrir una parte de sí mismo que él no sabía que existía. Cuanto más rezaba y se volvía a Cristo para pedirle inspiración, tanto más se hundía hacia una fuerza interior que le daba fortaleza y paz. Dejó de hablarles a las paredes desnudas de la gruta.
Al principio, esta búsqueda interior de sí mismo fue una mirada dolorosa y aterradora; se encontraba débil y pecador: este viaje era un buceo que hacía que se sintiera que se estaba ahogando en un lago vasto y sin fondo. Pero a medida que perseveraba en la oración, llegó por fin a algo como una caverna inmensa y profunda, en la cual el sonido de su propia voz parecía melodioso y profundo. En esa profundidad interior, Jesús le habló dulcemente e hizo que su corazón ardiera de amor. Después volvía a subir a la superficie renovado y alentado. Pero cada vez tenía que zambullirse de nuevo, lo cual le era doloroso y aterrador. Y cada vez tenía miedo de no poder volver a encontrar su caverna protectora.
Durante todo ese año después de haber oído la voz de Cristo en Spoleto, Francisco iba diariamente a la gruta afuera de Asís para sondear sus propias profundidades, tratando de traer a la superficie, de manera permanente, la paz interior que había encontrado. Por fin se dio cuenta de que la búsqueda de la caverna sería su jornada diaria, y si quería estar en paz, tendría que adentrarse profundamente en la oración todos los días de su vida. Ese pensamiento le dio gran alegría, porque había llegado a amar la búsqueda y el temor y la anticipación como parte de todo el proceso de orar y de escuchar a Cristo.
Sobre la soledad
Mirando desde una esquina de la plaza, Francisco podía ver la cara de la joven y se afligía al ver la tristeza de sus ojos. ¡Tan joven, tan bella y tan terriblemente sola en su angustia! Sólo podía ver la nuca de su amigo pero esto bastaba para darse cuenta de la expresión afligida del muchacho. Algo había ocurrido que hacía tensa la situación entre
ellos o dentro de ellos. Francisco conocía ese sentimiento que veía en los ojos de la joven, un sentimiento tan ahogado y oprimido bajo la apariencia externa de la muchacha que Francisco sintió la contracción en su propio pecho. Le dolía tanto el no poder ayudarla, pero habría sido de pésimo gusto que él se hubiera entremetido en sus asuntos, así que bajó los ojos y miró el empedrado de la plaza.
Casi inmediatamente su mirada volvió a posarse sobre la joven. Algún día, quizás pronto, Francisco podría encontrar lo que buscaba. No consistía en estar cerca, ni en tocar a otra persona, sino que tenía algo que ver con aquella joven y la necesidad que él sentía de alentarla, de sentir su cabeza sobre su hombro y saber que estaba contenta y que se sentía segura a su lado.
¿O era que, en verdad, pensaba en su propia seguridad? Creía que no era así, y “seguridad” no era la palabra exacta para expresar lo que le molestaba. Ahora que había oído esas voces y que esta nueva dimensión había entrado en su vida, se sentía solo. La única relación significativa en su vida era con sus voces y con sus sueños. Se habían convertido en el verdadero mundo, y lo que veía y oía y tocaba con sus sentidos iba desapareciendo y disolviéndose como si fuera humo. Hasta en su imaginación, la muchacha desaparecía tan pronto como ella apoyaba la cabeza en su hombro y, de nuevo, él se sentía solo otra vez.
Francisco se preguntaba si una verdadera joven, si esta muchacha, también se desvanecería si la tocara. O, si no, ¿cesarían sus sueños y sus voces? Tenía miedo de tocar a nadie. Los sueños habían triunfado, su sentido de soledad persistiría.
La Dama Pobreza
Francisco, separado de sus compañeros de adolescencia, parecía un caudillo patético, exiliado de su país por su propia voluntad. Permanecía en las esquinas de las calles y espiaba alrededor de los edificios añorando la vida sin cuidado de días de antaño. Solitario, sobre todo por las noches, ansiaba regresar a aquel tiempo y desechar sus sueños como si fueran las ambiciones de un idealista frustrado. Sin embargo, tan pronto como se encaminaba a reunirse con sus antiguos compañeros, un pánico se apoderaba de él y le hacía intuir que estaba tirando alguna joya o tesoro de belleza y valor incalculables. Y no lo podía hacer. Aunque ansiaba compañía, sentía en lo más íntimo de su ser que habría nuevos compañeros después del próximo sueño.
¿Y si no había ninguno? ¿Qué pasaría entonces? ¿Podría soportar esta soledad por una dama fantasma, la dama del Sueño original, la dama del Palacio del Sueño, una dama que en realidad él nunca había visto ni había tocado? Esta posibilidad le aterraba y lo hacía sentirse tímido e inseguro. Después de todo, él era el único que oía las voces y soñaba los sueños y ¿no había estado débil y enfermo por tanto tiempo? Quizás los sueños no fueran sino su fuerte deseo de ser apreciado que se encarnaba en un mundo de fantasía y de auto-engaño. Como el profeta Daniel, era un hombre de deseos, impaciente por satisfacerlos, embriagado con su propia importancia.
Ese pensamiento siempre lo hacía reír: ¡Un hombre importante, un caballero andante o héroe de Asís! ¿Quién había oído nombrar a Asís? Un pueblo del siglo XIII que colgaba precariamente de un costado del monte Subasio. Algún día la montaña se sacudiría y todo el pueblo rodaría hasta el fondo del valle.
Sin embargo, aunque trataba de hacerlo, no lograba librarse del Sueño, y las Voces se hacían mucho más reales que las de la gente misma que paseaba por la plaza. Se hubiera desesperado al oír el sonido persistente de las voces que resonaban en sus oídos, pero estas mismas voces le habían traído una paz inefable a su vida. Aun ahora, mientras vagaba por las calles desiertas, y miraba a través del túnel obscuro de la calle hacia la luz de la plaza lejana, la paz profunda que llevaba latente apaciguaba de alguna manera su sentimiento de soledad, de no tener a nadie con quien compartir sus sueños.
Al orar, era cierto que hablaba dulcemente con Jesús, pero eso no era lo mismo. Quería un compañero, un amigo a quien pudiera ver y tocar sabiendo que se le escuchaba y se le comprendía. Tal vez quisiera demasiado: paz interior en su corazón y el amor de Dios, y comprensión humana, todo a la vez. Pero ¿no había dicho Dios que no era bueno que el hombre estuviera solo? Algo que se agitaba en su interior—y que parecía venir en tonos sordos desde el principio del tiempo—decía que nunca sería y que nunca podría ser un ermitaño. El Evangelio, siempre la vida del Evangelio, lo conmovía. No sólo Jesucristo, sino Jesucristo y sus discípulos, Jesús de Nazaret y su pequeña banda de seguidores, dando testimonio todos juntos de la “locura” y del amor de Dios.
Un hombre solitario era una señal de amor inadecuada. La gente veía el amor en personas que se amaban, en personas cuyas relaciones recíprocas irradiaban un amor que sobrepasaba el amor humano. Una familia de hermanos, que se quisieran los unos a los otros y que dieran testimonio al mundo de que el amor es posible, sería como un renacer de la primitiva Iglesia que había llevado a los romanos a decir, “Miren cómo estos cristianos se aman los unos a los otros.”
Mas ahora él estaba solo, aislado. Lo que siempre lo había consolado y alentado, sin embargo, era que en su primer Sueño había visto muchos escudos en las paredes del castillo. De seguro que no todos eran suyos. Pertenecían a otros que algún día se unirían a él, a otros que caerían bajo el hechizo de su Dama. De su estadía en la gruta, sabía ahora que su Dama era simbólica del Cristo pobre, de la castidad, del valor y brío, de la caballería y de la virtud y de todo lo fino y espiritual. Más que nada, ella era la Dama Pobreza, y él tenía un deseo único: servir a esta Dama Pobreza, pues servirla era ser más rico que lo que nadie se pudiera jamás imaginar.
La Dama Pobreza era el símbolo de las paradojas del Evangelio: riqueza en la pobreza, vida en la muerte, fuerza en la debilidad, belleza en lo sórdido y raído, paz en el conflicto y en la tentación, plenitud en el vacío y, sobre todo, amor en el desprendimiento y en la privación. Todo lo duro, ella lo hacía blando y todo lo difícil, fácil.
Si la Dama Pobreza era auténtica, también cambiaría la soledad en compañía y en compartir, tan pronto como Francisco tuviera bastante valor para abandonarla por ella. Si entregaba a la Dama Pobreza su necesidad de amor y de compañía, ella se los devolvería. De esto estaba seguro. Sólo le faltaba obrar según esta convicción.
Encuentro con el leproso
Francisco recordaba la primera victoria de su nuevo corazón. Toda su vida se llenaba de pánico cada vez que se encontraba con un leproso. Y entonces un día, en el camino que bajaba de Asís, hizo una de esas cosas sorprendentes que sólo el poder del Espíritu de Jesús podía explicar. Extendió la mano y tocó a un leproso, cuya sola apariencia le causaba náuseas. Sintió que sus rodillas le flaqueaban y creía que no podría llegar al hombre que estaba parado humildemente delante de él. El olor a carne pútrida invadía todos sus sentidos como si estuviera oliendo también con los ojos y con los oídos. Empezaron a correr lágrimas por las mejillas de Francisco porque creyó por un momento que no podría hacerlo; cuando empezaba a perder su serenidad, tuvo que saltar materialmente hacia el hombre que se hallaba enfrente de él. Temblando, le echó los brazos al cuello y lo besó en la mejilla.
cuando había empezado a andar, se sentía feliz y confiado; se irguió con calma, el corazón lleno de amor por este hombre que estaba en sus brazos. Quería abrazarlo más, pero eso hubiera sido para satisfacerse a sí mismo, y tenía miedo de perder la libertad que acababa de encontrar. Bajó los brazos y sonrió, y los ojos del hombre brillaron en agradecimiento, así es que Francisco recibió más de lo que había dado. En el silencio de su mirada, ninguno de los dos bajó la vista, y Francisco se maravilló de que los ojos de un leproso pudieran ser tan hipnóticamente hermosos.
Este nuevo día
Este nuevo día. Este canto para volver a empezar. Esta armonía dentro de mí. Esta ligereza que siento.
Cuántas veces Francisco recordó esa primera liberación, ese sentimiento de renovación que llenaba todo su ser el día que besó al leproso. Las frustraciones acumuladas de toda su juventud, la lástima que se tenía, las dudas sobre sí mismo, la angustia, la melancolía de su enfermedad—todas salieron desbordadas de su corazón como si una gran represa se hubiera roto, y las amargas aguas acumuladas durante toda una vida corrieron para ser absorbidas por la tierra y para ser olvidadas para siempre.
Ese beso, ese alargar de los labios, por primera vez guió su corazón hacia alguien digno de ser amado, alguien que no era él mismo. Ese día empezó más bien a expirar el aire de sus pulmones que a aspirarlo, a exteriorizarse más bien que a ensimismarse, a actuar más bien que a pensar en actuar, a hacer en vez de pensar en hacer. Por fin había encontrado el valor de saltar sobre el abismo que lo separaba de su prójimo, de amar lo que temía que iba a exigir más de él que lo que podía dar.
Al continuar mirando al leproso, al pensar sólo en esta persona enfrente de él, se olvidó de sí mismo, se olvidó del abismo que se abría a sus pies y cruzó corriendo en línea recta al otro lado del vacío para alcanzar los brazos del amor y de la felicidad. Toda su vida trató de conservar esa percepción original del amor y de ponerla en práctica todos los días. Amar era mirar al prójimo a los ojos; y olvidando el vacío obscuro que existía entre los dos, y olvidando que nadie puede caminar en el vacío, empezar valientemente a atravesarlo, con los brazos extendidos para entregarse y para recibir a la otra persona.
En las últimas palabras a sus frailes, su Testamento, Francisco escribió: “Cuando yo vivía en el pecado, me era muy amargo ver a los leprosos; y el Señor mismo me llevó a ellos y los traté con misericordia. Y lo que antes me parecía amargo se me convirtió en dulzura del alma y del cuerpo". Todo estaba allí en esas palabras: el camino que llevaba al leproso era el Viaje; lo que le sucedió entonces fue la realización del Sueño.
El crucifijo habla
algo en el que el temor se mezclaba al respeto. Y hasta cierto punto este presentimiento le daba miedo. En el pasado había experimentado tantos altibajos que desconfiaba de toda exaltación. Sin embargo, sus sueños le infundían una certeza más cercana a la convicción y a la creencia que al sentimiento o a una simple impresión. Perdido en sus pensamientos, Francisco se acercó a la destartalada iglesita de San Damián. Titubeó por un momento y finalmente entró. Arriba del altar, vio el gran crucifijo bizantino con los ojos muy abiertos.
Como empujado por una fuerza interior, cayó de rodillas y se puso a orar intensamente: “Jesús, Señor mío, ¿qué quieres Tú que haga? Todos los días reflexiono sobre mi sueño en Spoleto y me pregunto si verdaderamente fuiste Tú quien me habló, o si no era más que mi entusiasmo por mi próximo bautismo de fuego como caballero. Señor, mis sueños me persiguen sobremanera. ¿Qué significan? ¿Por qué tengo estos sueños y oigo estas voces? ¿Qué clase de hombre soy yo, Señor?”
Francisco levantó la cabeza. Sus ojos dejaron de mirar el piso de piedra para tratar de penetrar los ojos del crucifijo que adquirieron súbitamente una gran profundidad, como si verdaderamente estuvieran vivos. Súbitamente todo el rostro de Jesucristo parecía animarse. Francisco tuvo miedo. Luego, como de un lugar distante y, sin embargo, viniendo indudablemente del crucifijo, una voz clara y resonante penetró el alma de Francisco: “Francisco, ve ahora y repara mi iglesia que, como ves, se está desmoronando.” Francisco estaba lleno de felicidad. Esperó para ver si oía más, y buscó y buscó en la faz del crucifijo, pero no notó ningún movimiento ni ninguna señal de que escucharía más palabras. Francisco permaneció transfigurado por mucho tiempo y le dio las gracias a Jesús una y otra vez por la clara petición que le había hecho. Empezaría a reconstruir la iglesia sin demora.
No se le ocurrió nunca a Francisco que Jesús le estuviera pidiendo otra cosa que la restauración de iglesias que se estaban derrumbando. Por lo tanto, salió corriendo de San Damián y empezó a recoger piedras para reconstruir iglesias en ruinas. Empezaría por San Damián. Toda su mente y toda su energía estaban enfocadas ahora en este proyecto único.
Su obediencia tan sencilla y tan sincera a sus sueños y a sus voces iba a ser la norma en la vida de Francisco y lo llevaría a una obediencia total y radical del Evangelio de Cristo.
Cuando se pierde a un padre
Francisco sabía que la prueba más difícil de todas sería el enfrentarse a la intransigencia de criterio de su padre. De alguna manera eran iguales; cada uno se empeñaba tercamente en lo que consideraba más importante en esta vida. Para Pietro era el poder y la influencia y la satisfacción del triunfo en el mundo de los negocios y del comercio. Para Francisco había llegado a ser la debilidad y la pequeñez y la pobreza de espíritu que paradójicamente le daban poder e influencia y satisfacían su espíritu. Si Francisco no podía encararse con su padre y resistirle, borraría todo lo que había logrado en la gruta.
Su padre había tratado de mil maneras de curarlo de sus “locuras” desde su vuelta de Spoleto, pero cuando Francisco vendió algunas telas y un caballo y le dio el dinero al sacerdote pobre de San Damián y luego se negó a volver a su casa, fue más de lo que Pietro podía tolerar. El peor agravio ocurrió cuando Francisco empezó a mendigar en las calles de Asís. Andaba harapiento y no cuidaba de su persona y la muchedumbre le silbaba, y se burlaba de que el hijo del comerciante más rico de Asís anduviera mendigando rocas para restaurar iglesias.
Un día cuando Francisco andaba pidiendo limosna en las calles y la muchedumbre lo estaba insultando más que de costumbre, pasó por el frente de la tienda de su padre. Pietro estaba lívido de vergüenza y de aflicción. Salió corriendo de la tienda, agarró a Francisco por el cuello y lo llevó al Obispo de Asís. Fue entonces cuando Jesucristo infundió valor en Francisco para enfrentarse con su padre.
Con mucha calma, Francisco se desnudó, y poniendo la ropa con gran reverencia a los pies de su padre, declaró en voz alta, “He llamado padre a Pietro Bernardone… Ahora diré Padre nuestro que estás en el Cielo, y ya no llamaré padre a Pietro Bernardone.” Todo había concluido entre ellos y Pietro se dio cuenta de que se había sobrepasado con el muchacho. Lloró amargamente por el hijo de su corazón, pero no sería él quien diera el primer paso hacia la reconciliación. Además, lo que Francisco había dicho era demasiado terminante y demasiado terrible para admitir respuesta. El Obispo cubrió a Francisco con su propio manto y Francisco salió de la corte episcopal más tarde ese día llevando una túnica pobre que le parecía más elegante y más hermosa que las galas más finas de Asís. El Sueño había triunfado.
Un hombre emancipado
¡El camino sinuoso y montañoso de Gubbio! ¡Cuántos buenos recuerdos tenía Francisco de sus muchos viajes a ese pequeño pueblo de San Ubaldo, que se parecía tanto a su propio Asís! Allí, había sido recibido con cariño por su amigo cuando ya no era bienvenido en casa de su padre. Fue en abril de 1207 que, habiendo dejado a su padre, salió de Asís para ir a Gubbio, vestido con una túnica de campesino.
Esa caminata a Gubbio cruzando la montaña boscosa y enmarañada a Valfabricca, fue para él como el primer paseo de Adán en el jardín del Paraíso. El cielo de abril estaba límpido y el sol brillaba en todo su esplendor; todavía había nieve en las grietas de la montaña y el aire fresco era suave y vivificante. Se sentía en completa libertad y toda la naturaleza parecía pertenecerle de nuevo; era tan distinto de aquel día después de su larga enfermedad cuando en su desaliento había vagado por las colinas de Asís.
lo que lo hacía sentirse seguro, de todo a lo que uno naturalmente se apega. No había anticipado este sentimiento de liberación, así es que su propia sorpresa hacía redoblar su gozo. Y se sentía tan feliz que hizo lo que había acostumbrado hacer en tiempos festivos: se lanzó a cantar una canción de los trovadores provenzales.
Francisco acababa de llegar a la cima de la montaña y estaba a punto de descender a Valfabricca cuando de repente oyó un crujir de hojas detrás de él. Volvió la cara mientras seguía cantando a voz llena y se encontró frente a frente con un jefe de bandidos. El hombre y la banda que estaba a su alrededor parecían más sorprendidos que el mismo Francisco. Luego Francisco los sorprendió más todavía cantando en alta voz, “Soy el heraldo del Gran Rey.”
Francisco se reía cada vez que recordaba la expresión en la cara de los bandidos. El jefe se encogió de hombros, se retorció el bigote y señalando su cabeza hizo pequeños círculos en el aire. Todos se echaron a reír, incluido Francisco, a quien habían cogido y tirado en una profunda grieta llena de nieve. Los bandidos estaban mucho más arriba que él, todavía riéndose a carcajadas y haciendo reverencias al alejarse agitando sus gorras en el aire. Francisco, entre tanto, estaba tratando de salir de la nieve, pero seguía cantando, tan divertido por el incidente como los salteadores. Al poco tiempo ya se estaba sacudiendo la nieve de su túnica y había vuelto al sendero de la montaña.
Su amigo en el pueblito de Gubbio se sorprendería de verlo, y tenía él tanto que contarle. Si sólo pudiera comunicarle aunque fuera un poco de la completa emancipación de espíritu que experimentaba ahora. Se dio prisa para llegar a Gubbio, temiendo que este sentimiento se le pasara antes de poder compartirlo.
“¿Francesco? ¡Francesco!”
Su amigo lo había visto bajar por el camino y lo había reconocido por su manera de andar, pero no por su túnica.
—Francesco, ¿qué disfraz llevas puesto?
—No es ningún disfraz, Federico. Es mi nueva vida y mi nueva libertad.
Al caminar juntos cogidos del brazo hacia la casa de Federico, Francisco le contó todo lo que le había sucedido desde esos primeros días cuando Federico lo acompañaba todos los días a la gruta cerca de Asís y lo esperaba afuera mientras él rezaba. Y mientras él hablaba, a Federico se le llenaron los ojos de lágrimas, y Francisco supo que había comprendido.
Su estancia en casa de su amigo fue muy corta, porque quería vivir con los leprosos de Gubbio. Pero Federico, en la única noche que pasó en su casa, hizo algo que Francisco siempre le agradecería: le dio a Francisco la túnica de ermitaño y la cuerda y las sandalias que iban a ser el hábito característico de los Frailes Menores durante toda la vida de Francisco y después.
Así es que Francisco, vestido ya como un ermitaño de Dios, salió de la casa de Federico por la mañana y fue a vivir con los leprosos de Gubbio, lavando sus llagas y dándoles los cuidados que necesitaban. Esos eran verdaderamente días idílicos y Francisco guardó siempre un lugar especial en su corazón para Federico y su pueblito de Gubbio, donde había saboreado tanta dulzura del alma.
El heraldo del Gran Rey
¡Cuántas caras hay en una muchedumbre! Caras por todas partes: caras que te miran, caras ensimismadas, caras alegres, caras preocupadas, caras distraídas, caras concentradas. Francisco hubiera querido atraerlas todas hacia sí, tenerlas en sus manos, mirarlas dulcemente a los ojos y decirles, “¡Paz y alegría!”
Ciertas caras parecían fijar sobre él miradas escudriñadoras. Caras, marcadas por la espera de todos aquéllos cuya jornada no tiene fin o que vagan por la vida sin sentido porque no encuentran nada que hacer, o si no, porque huyen de algo en vez de ir al encuentro de algo. Hacia todas Francisco sentía una gran compasión, porque no tenían ningún ideal y porque ese ideal habría tenido que venir del interior de sí mismos—donde todo era un árido desierto—o venir de alguien capaz de inspirarles su sueño.
Se preguntaba a veces si todo el mundo oía como él una Voz interior o si nada más oían voces humanas. Puesto que su Sueño parecía ser algo tan especial, entonces quizás él tendría que hacerse la voz de Cristo para que otros la pudieran oír. Tendría que hacerse el heraldo de Cristo, cantando a voz llena el Sueño glorioso que Dios había hecho para cada una de sus creaturas. Al caminar por los campos y por las calles del mundo entero, se imaginaría que tomaba cada cara de la muchedumbre anónima en sus manos para inculcarle esperanza y amor. Compartiría el Sueño con todos.
Así es que llevando puesta una túnica de sayal, ceñida a la cintura por una simple cuerda, y con una cruz marcada con tiza en el pecho y en la espalda, Francisco salió como un caballero finamente armado, que sostenía el escudo del Rey de Reyes. En su entusiasmo y alegría gritaba con voz llena, “Soy el heraldo del Gran Rey,” sin que le importara en absoluto que nunca se volvía caballero un heraldo y heraldo un caballero.
Francisco sonreía ahora, con lágrimas en los ojos, al pensar en lo loco que les debía haber parecido a todos los que le oían gritar, “Soy el heraldo del Gran Rey” y que luego lo veían pasar por el camino, un hombrecito, la imagen misma del bufón de la corte. ¡Qué hermoso era todo! Y aun ahora, al recordarlo, se sentía más fuerte y con ganas de ponerse en marcha otra vez, el Rey-Bufón-Heraldo-Amante del mundo.
El bufón
Le parecía a Francisco que, una vez que Jesús se había apoderado de su corazón, una palabra lo resumía todo y que esa palabra era “confianza.” Jesús confiaba en que él alcanzaría la perfección de su Padre Celestial. Algo sabía del valor de la confianza por haber trabajado en la tienda de su padre. Los clientes que venían a comprar una pieza de tela fina, la pagaban y le pedían que se la apartara hasta que ellos vinieran a recogerla. Confiaban en que él los reconocería y que les entregaría la tela sin ninguna dificultad. Ésa era una cierta clase de confianza, confianza en su honradez y en su memoria.
ramificaciones, de muchísima mayor importancia. El Hijo mismo de Dios le había hablado, le había pedido que restaurara su Iglesia. Comprendía ahora que esa petición incluía más que mezcla y ladrillos. Quería decir que él, Francisco, debía crear de nuevo en su propia persona la vida de Jesús sobre la tierra. Debía ser obediente a la Palabra de Dios, casto en su mente y en su corazón y de una pobreza total. ¿De qué manera reconstruiría esto la Iglesia de Dios? Todavía no lo sabía, pero pensaba que consistiría, como decía Pietro su padre, en ser un buen mayordomo. Como buen tendero, Pietro tenía la seguridad de que, tarde o temprano, los otros tenderos tendrían que seguir su ejemplo para sobrevivir la competencia. Si Francisco era un hombre santo, a la imagen de Cristo, aquellos que lo vieran eventualmente tendrían que examinar su propia vida a la luz de las enseñanzas de Jesús y seguir el ejemplo de Francisco.
Y esto era lo que le llenaba de temor. No quería que la gente se comparara con él sino con Cristo. ¿Se enorgullecería de ser santo? Quizás. Pero ése era el riesgo que tendría que correr. Jesús había puesto su confianza en él, y por la razón que fuera, esperaba que este pobre joven, hijo de un comerciante, fuera su íntimo amigo y confidente. Era como en toda amistad, pensaba Francisco. No la esperas, y cuando ocurre, la matas si la analizas demasiado. La amistad, y especialmente la de Dios, es un obsequio. La recibes con reverencia y agradecimiento; uno espera ser digno de la confianza de la persona que se abre a ti, que tiene el valor de atravesar el abismo de incertidumbre para llegar a ti, creyendo que tú, por tu parte, le dirás, “Yo también te quiero.” Evidentemente, Jesús debe haber sabido de antemano que le diría que sí, pero a Francisco todavía le parecía que ¡todo esto era tan maravilloso! Hasta en esta pequeña ciudad de Asís, pobre y orgullosa, el amor de Dios descendió y se filtró por las calles angostas hasta que lo sorprendió a él cuando doblaba una esquina, inconsciente de todo, perdido en sus propios pensamientos egoístas.
Las personas en torno a Francisco no podían sino notar cuánto habían cambiado sus pensamientos. Ahora casi siempre estaba absorto, perdido en algún pensamiento de Jesús. Sus pensamientos influían también su manera de ser. Cuando alguien lo miraba, era con una sonrisa extraña, con un gesto que decía, “Pobre Francisco, de seguro que se ha vuelto loco. Tonto, quizás, o quizás poeta, pero de seguro, loco.” Luego Francisco sonreía y decía, “Paz y alegría,” y se preguntaba si eso también sonaba raro. Desde su conversión, todo parecía salirle cómico y hasta sonaba un poco insincero. No sabía él por qué. Quizás era porque la gente no hace esa clase de cosas, yendo por todas partes alabando a Jesús, sonriendo y amando a las personas con sus ojos.
Francisco amaba a todo el mundo con sus ojos. ¿Lo notaban? Esperaba que sí. Y los otros, ¿no podrían también amar con sus ojos? Eso sería maravilloso y el ser considerado loco haría modesto el precio que tenía que pagar.
Esta idea satisfizo tanto a Francisco que corrió por la calle, subió rápidamente los empinados escalones que llevaban a la iglesia de San Rufino, se sentó a la puerta y se puso a saludar a todos los que entraban con un, “Paz y alegría.” Le parecía que la mayoría de las personas que él veía se molestaban; otras lo consideraban un loco inofensivo y sonreían de una manera condescendiente, y algunos guiñaban el ojo con un
gesto que decía, “Sígelo haciendo, Francisco; tarde o temprano estaremos contigo.” Y él apreciaba a los que le guiñaban un ojo.
Un viento en la cara
¡Oh, la alegría de corretear por los caminos en la primavera, con el viento soplándote en la cara y las alondras luciéndose con su vuelo! Francisco siempre se sentía con ganas de correr y de gritar en un día de primavera, sobre todo si acababa de volver de la montaña donde siempre todo estaba frío y húmedo. Tener todo el camino para ti era parte de la felicidad de estar libre, parte de la recompensa por el pesar de la separación de la sociedad cómoda que habías dejado. No tenías nada en el mundo por qué preocuparte y la naturaleza no era sino un jardín donde se podía juguetear.
Para Francisco, todo en él y en torno a él era un obsequio de su Padre Celestial. Como no esperaba nada, estaba agradecido de todo. Para él todo era razón de alegrarse, y le agradecía a Dios todo lo que existía. Estrechaba todo contra su corazón con el entusiasmo de un niño sorprendido por un juguete inesperado. El aire que respiraba, los sonidos que oía, los suspiros y perfumes de toda la tierra entraban en su alma agradecida por sentidos perfeccionados por el agradecimiento y la pureza de su corazón. Nada era malo, puesto que todo venía de Dios; el mal tiene su origen en el corazón humano que no quiere amar. Las pasiones, el egoísmo o el orgullo hacen que la persona no ame y esto es malo, pero nada ni nadie es malo en sí mismo.
Al encontrarse con personas en el camino o al saludarlas a la puerta de su casa cuando iba a pedir limosna, no podía ocultar la alegría que le causaba el hecho mismo de su existencia. Para Francisco cada persona era un hermoso regalo que alegraba su día con el misterio de su singular personalidad. Al correr por los caminos de Umbría en la primavera, quería gritarle a cada uno lo maravilloso que era vivir en el jardín de Dios. Quería decirles a los árboles y a las plantas, a los animales y a los pájaros, a los arroyos y a los ríos, a las colinas y a los valles, lo hermosos que eran, y cuánta alegría daban a los seres humanos y cuánta alabanza a Dios, solamente por estar allí y por celebrarse a sí mismos.
Y no se sentía ni inquieto ni preocupado por el ayer, el hoy, o el mañana porque Cristo estaba allí, y el universo residía en Él y Él residía en el Padre. Francisco ya no se preocupaba, no porque fuera un optimista ingenuo, sino porque por la oración y la penitencia se había vuelto un realista que veía la vanidad de todo lo que no es Dios, y en Dios y con Dios y por Dios veía la importancia de todo. Dios se hallaba en todas partes; la presencia divina infundía a la creación un poder y una gloria que hacían que todo brillara con belleza y bondad a los ojos de Francisco. El toque de la mano de Dios animaba todo lo que existía.
La ambición de Francisco era dejar en cada persona una actitud de celebración. Vivir con Dios, con cada hombre, con cada mujer, con cada niño, con todo lo que existía, presupone amor; y el amor traía la alegría, no la tristeza. Cuando una religión entristece,
entonces ha dejado de sentir con el corazón y se ha olvidado de las advertencias que Cristo les hiciera a los fariseos.
El verdadero culto, la verdadera celebración, en la mente de Francisco, era como corretear por los caminos en la primavera, con el viento soplándote en la cara y las alondras luciéndose allá arriba. Y tú levantabas los brazos y el corazón hacia Dios y gritabas, “Amén", aun cuando una tempestad te amenazaba.
El trovador
A Francisco le deleitaba cantar. Su espíritu encontraba en el canto una liberación; con él, la voz humana, tantas veces un órgano de egoísmo y de pecado, se hacía un instrumento de celebración. ¡Cómo se había emocionado oyendo las canciones de los trovadores franceses del sur de Francia que bajaban a Italia! Bernard de Ventadour, Pierre Vidal, Peirol d’Auvergne… Cada vez que uno de esos grandes cantores pasaba por Asís, Francisco lo imitaba por meses, divirtiendo a sus amigos y gozando de las alabanzas que prodigaban a su joven y hermosa voz.
A Francisco le gustaba tanto esta actuación que una vez, antes de su conversión, se había mandado hacer un traje de trovador a su medida. Y hacía muy buen papel a pesar de su pequeña estatura. Se ponía a andar y a actuar como trovador desde el momento en que se ponía su traje de trovador, con sus medias de varios colores, sus zapatos puntiagudos, la túnica con capucha y un laúd colgado a la espalda. Reflexionaba ahora sobre la influencia que su traje había ejercido sobre su manera de actuar. Había algo en la túnica sencilla que se puso el día en que abandonó la casa de su padre que cambió su comportamiento, del de un importante y vano trovador de Asís al de un insignificante cantor.
Pero su voz no se deterioró. En realidad, le sonaba más hermosa a Francisco porque ahora no trataba de impresionar a nadie, sino que sencillamente expresaba la alegría de su corazón por la belleza en torno suyo. Siempre que sentía una fuerte emoción, se lanzaba a cantar una canción de alegría y de alabanza. O si no, recordaba alguna de las canciones de los trovadores, cuya letra nunca tenía que cambiar, tan perfectamente se aplicaban a su Dama Pobreza. Una de Arnaut Daniel era su preferida:
Suavemente suspira el aire de abril antes de la llegada de mayo.
La alegría está en todas partes cuando aparece la primera hoja.
Y ¿voy yo a ser el único en desesperarme alejándome del amor?
Algo le contesta a mi corazón,
“Tus cuerdas también fueron extendidas para el éxtasis. Si no, ¿por qué se elevan sueños a tu alrededor
cuando el año está joven?”
¡Sí y mil veces, sí! A Francisco le encantaba esa imagen de sí mismo como un laúd cuyas cuerdas habían sido hechas para vibrar hasta el éxtasis. Quería detenerse en el
viento de una tarde de abril y dejar que el Espíritu Santo tocara sobre él para que todo el mundo oyera la belleza de su música. Y en cada estación del año trataba de ver que sus cuerdas estuvieran extendidas y moduladas para que la mano de Jesús tocara sobre él, su humilde instrumento, perfeccionado y hecho resonante por Jesús mismo.
Las bodas místicas de Francisco
A Francisco nunca le había sido difícil hablar del amor; hasta le gustaba cantarle al amor, antes de que Jesús le hubiera robado el corazón. Luego, sus relaciones se hicieron tan sagradas que todo amor se convirtió en un amor que no tenía otro nombre más que el de Jesús.
Cuando oía leer el Evangelio en la Misa, era Jesús quien le hablaba directamente al corazón; así es que cada palabra expresaba el amor. Bebía cada palabra para integrarla a su ser. Quería hacerse uno con el Verbo, hacer de la Palabra de Dios su propia palabra. Este Verbo de Dios se hacía su propio mensaje, porque Jesús es el Verbo y, al hacerse hombre, había encarnado su propio mensaje de amor. Él era la Palabra. Así es que cuando Francisco oía los Evangelios que se leían en voz alta, era como si Jesús le entrara por los oídos y llenara todo su ser con su presencia. La Palabra que escuchaba se encarnaba en Francisco mismo.
Las exigencias de Jesús eran duras, pero Francisco las aceptaba como súplicas de amor. Mientras más difíciles le parecían, tanto más contento se sentía de que Jesús se las exigiera. Era un privilegio que sobrepasaba cualquier regalo que amantes terrenales pudieran darse. El verdadero placer para Francisco era asolearse a la luz de la compañía de Jesús. Si el Señor no le hubiera pedido nada, se habría sentido despreciable y abandonado al igual que un caballero a quien no se le confiaba emprender grandes hazañas sino que debía satisfacerse con socorrer a los huérfanos y a las viudas mientras los grandes caballeros ganaban grandes batallas en regiones lejanas para asegurar el bienestar de su país.
Francisco sabía que Jesús lo amaba, precisamente porque le exigía tanto; lo más difícil eran las invitaciones que le hacía desde el principio hasta el fin de los Evangelios a que abandonase todo y a todos por Él. Pero entre más Francisco renunciaba a las posesiones materiales, tanto más se enriquecía. Esto le hacía sentirse estrujado y desbordante a la vez. Era como si Jesús quisiera que Francisco se desprendiera de todo para gozar de la alegría de volver a obsequiárselo. De esta manera, Jesús le seguía devolviendo a Francisco lo que éste le seguía ofreciendo a Él en primer lugar, y así continuaban tratando de superarse el uno al otro en generosidad; se comprendían y se estaban haciendo una misma carne de una manera que un hombre y una mujer jamás podrían duplicar. Y éste era amor como Francisco había esperado que fuera.
Así es que el celibato para Francisco no era algo estéril e infecundo, y de todos modos, él nunca pensaba en el celibato sino en la virginidad, lo que era más positivo y denotaba algo que uno escogía para el Reino más bien que algo que uno soportaba a
causa de su papel en la Iglesia. La virginidad traía la plenitud a Francisco porque al renunciar al matrimonio no se reducía como persona sino que crecía en su capacidad para amar a más y más personas. Circulaba en un mundo más amplio que la mera familia.
Además, su identificación con Jesús era tan absoluta y radical que Francisco tenía que ser virgen como Cristo. Era además la virginidad de Cristo la que hacía posible el amor total que le tenía, y viceversa. Y la paradoja en la vida de Francisco era que su amor exclusivo hacia Jesús era al mismo tiempo inclusivo hacia toda la humanidad. Una vez más, lo que había renunciado, Jesús se lo devolvía en cascadas de nuevas capacidades de amar y de dar. Así se renovaba en él el depósito de agua fresca y pura que se desbordaba en innumerables corrientes de atención, cariño y servicio a los demás. El agua viva que Jesús era pasaba a Francisco para hacer de él un depósito de amor generoso hacia todas las creaturas.
El demonio y el ángel
¡Y luego las tentaciones! ¡Cómo lo habían molestado al principio cuando se hallaba solo y la llamada de su antiguo hogar era tan fuerte para su corazón, atrayéndolo de nuevo a la seguridad de Asís! Pero él, como pudo, se quedó en la llanura situada más abajo de la ciudad, cuidando a los leprosos y esperando a que Jesús arrojara de su corazón al demonio que lo instigaba al mal. La mayor tentación era la de sentir lástima de sí mismo, preguntándose por qué a nadie le importaba lo que él hacía. Los leprosos sí eran agradecidos. Sabía eso, pero no podía esperar de esa pobre gente la amistad que necesitaba para sostenerlo en lo que hacía por ellos.
Así es que Francisco vivía en la oración. Se refugiaba completamente en Jesús y le pedía la gracia de sobrevivir esta prueba de abnegación. Al lavar diariamente las llagas de los leprosos, Francisco aprendió que el amor no era fácil, ni blando, ni sentimental como había supuesto que fuera. Diariamente recordaba que tenía que disciplinar sus propios sentimientos si iba a llegar a ser un instrumento de Dios. Poco a poco llegó a comprender que el amor mismo podía ser el demonio en su propio corazón, si por amor se entendía un sentimiento dulce y consolador que rebosaba en el corazón y hacía pequeños charcos de piedad en el alma. Y ese demonio era el más difícil de erradicar porque parecía y se sentía tanto como el verdadero amor.
Pero cuando la vida se hacía difícil, uno se sentía solo y no había ninguna recompensa por la entrega de sí mismo, entonces este demonio-amor se mostraba por lo que era en realidad, y uno se desviaba del sendero y abandonaba la Búsqueda. Jesús había dicho, “Nadie que pone la mano en el arado y mira para atrás es digno del Reino de los Cielos.” Francisco permaneció fiel a esta consigna hasta el fin de su vida, porque sabía lo que habría ocurrido de haber mirado hacia atrás durante esos primeros meses cuando estaba solo en el servicio de los leprosos en la pequeña colonia al pie de Asís. No hay panorama más hermoso en toda Italia que el que se ve desde este lugar: los edificios
rosados y marrones de Asís se aprietan unos con otros contra los contrafuertes verdes del monte Subasio, y ofrecen la imagen misma de la cordialidad y de la seguridad.
Pero Jesús sabía muy bien lo que el corazón de Francisco podía sobrellevar y le mandó a su ángel para consolarlo y sostenerlo. Ese ángel, como tantas veces sucedió en su vida, resultó ser una persona, el primer fraile que se unió a Francisco en el Viaje. Se llamaba Bernardo de Quintavalle, y ni él ni Francisco jamás miraron hacia atrás una vez que la Búsqueda hubo comenzado.
Los frailes
Cuando Bernardo de Quintavalle y los otros vinieron a él, Francisco se alegró de que su Viaje, comenzado cuando el Espíritu Santo se apoderó de su vida, no hubiera terminado, sino que un nuevo y más emocionante Viaje comenzara ahora.
Frailes Menores, porque fue el primer ciudadano rico de Asís en vender sus posesiones, dar el dinero a los pobres y entregarse completamente a la misericordia de Dios. Francisco recordaba de una manera muy vivida la noche que pasó en la casa del rico mercader, Bernardo de Quintavalle. Bernardo, fingiendo estar dormido, había pasado la noche mirando a Francisco en oración, y en la mañana le había dicho que había decidido renunciar a sus posesiones y seguir a Francisco en las huellas de Cristo.
Francisco se quedó completamente pasmado. Nunca, ni en sus esperanzas más extravagantes, se había imaginado que Dios contestaría tan pronto sus oraciones en las que pedía compañía en la pobreza y la búsqueda del Sueño. Pero no le mostró en seguida su alegría y consuelo a Bernardo. En vez de esto, Francisco le dijo que debían ir juntos a la casa del Obispo donde había un sacerdote pobre que diría Misa por ellos. Después le pedirían al sacerdote que abriera el libro de los Evangelios tres veces para ver lo que Dios les revelaría de su porvenir: si Bernardo debía seguir a Cristo como hermano de Francisco o no.
El corazón de Francisco siempre latía más de prisa cuando recordaba esas tres lecturas de los Evangelios:
“Si quieres ser perfecto, ve y vende tus posesiones y dáselas a los pobres…luego ven y sígueme.”
“No lleves nada en tu viaje, ni báculo, ni mochila, ni zapatos, ni dinero.”
“Quienquiera que desee seguirme debe de renunciar a sí mismo, tomar la cruz y seguirme.”
Con las palabras “nada para tu viaje” todavía resonándole en los oídos, Francisco le echó los brazos al cuello a Bernardo y lo besó en las mejillas. Y Bernardo salió, vendió todos sus bienes y les dio el dinero a los pobres. Luego, ambos, Francisco y Bernardo, mantuvieron ardiendo el Sueño al subir y bajar lado a lado las colinas y cruzar los valles de Umbría.
Sobre la intimidad
Descansando la cabeza en el hombro de Fray Maseo, Francisco recordaba la esquina de la plaza pública desde donde había visto a la muchacha de los ojos tristes. Se acordaba de haber dejado la plaza convencido de que la soledad era el precio que había que pagar por el Sueño. Sin embargo, desde el momento en el Palacio del Obispo Guido cuando había renunciado a su padre, en realidad nunca había estado solo. Ni había estado verdaderamente sin compañía desde que los frailes empezaron a venir a él. En efecto, muchas veces había deseado la soledad, disfrutar él solo del Sueño. Mas, después de cada estancia en la montaña, siempre había vuelto otra vez a sus frailes. Los necesitaba. Eran el obsequio que Cristo le había dado, porque Jesús lo comprendía a él, comprendía su temperamento, su necesidad de la presencia corporal de los frailes que le ayudaban a mantener y darle a su Sueño todo su significado de Sueño.
apaciguaban su espíritu cuando el miedo se apoderaba de él. Lo que llamaba “el miedo,” sin poder comprenderlo, lo invadía sin aviso previo y sin ninguna causa aparente. Era como el fantasma de la larga enfermedad de su juventud que volvía a obsesionarlo, a espantarlo para que se volviera a desesperar. Francisco recordaba con emoción las muchas veces que este miedo se le había venido encima durante los primeros meses después de su conversión, antes de la venida de Bernardo de Quintavalle. Bernardo rompió el hechizo del miedo o, por lo menos, su frecuencia.
Pero Maseo fue el que exterminó ese miedo. Resultó en la vida de Francisco una especie de San Jorge, un gallardo gigante que era el único que sabía vencer al demonio del miedo. La primera vez que Francisco notó esta cualidad en Maseo ocurrió un día de invierno cuando regresaban de haber estado pidiendo limosna en las calles de Asís. Las amas de casa, naturalmente, habían dado sus mejores porciones de comida al gallardo Maseo, que era alto y guapo y que en comparación hacía que Francisco se viera pobre y desmerecido. Francisco se alegraba de esto y su corazón brincaba de alegría al andar por el camino que llevaba a Nuestra Señora de los Angeles. De repente, al dar la vuelta a una pequeña colina, tropezaron con una recua de muías que procedían de Francia cargadas de telas nuevas destinadas a su padre para el próximo bazar de primavera. Sin advertencia alguna, el miedo se apoderó de Francisco y lo dejó frío y vacío por dentro. Trató de disimularlo, pero la emoción era demasiado fuerte y de repente echó a correr hacia el bosque. Maseo, pasmado ante su manera de actuar, y creyendo que era una de las travesuras de Francisco, lo siguió de cerca. Atravesaron el terreno enmarañado y penetraron en lo más espeso del bosque. Impulsivamente y de repente, Maseo alcanzó a Francisco, Io hizo tropezar y los dos cayeron en el suelo y empezaron a luchar. Maseo sujetó a Francisco contra el suelo; en ese momento se cruzaron sus miradas. Alarmado, Maseo se levantó mientras que Francisco se quedó allí, tendido en el suelo, tembloroso y llorando. Fue entonces que Maseo hizo lo que, de entre todos los frailes, sólo él podía hacer: se agachó y cogió a Francisco en sus brazos, lo llevó a una roca grande y seca, donde lo depositó sin decir palabra. Luego se sentó junto a Francisco, le puso un brazo alrededor de sus hombros, y se puso a tararear una canción provenzal. Francisco se dejó ganar por esta intimidad, y con la cabeza recargada en el hombro de Maseo, poco a poco se calmó. El Sueño volvió a resplandecer brillantemente en su corazón; el demonio huyó; Maseo lo había vencido.
Sobre la integridad y la sinceridad
Caminar bajo la lluvia por las angostas calles de Asís durante las tardes de primavera le traía gran paz a Francisco. Todo el mundo dormía la siesta y las calles estaban desiertas. Entonces la ciudad era suya, y jugaba al escondite con León y Maseo por el laberinto de calles y callejuelas, o si no, caminaba solo en la lluvia. Luego, a veces, cuando la lluvia había lavado y dejado limpia la piedra rosada, miraba con cariño la casa de su padre donde sabía que no hacía frío y que la buena comida y los excelentes vinos destilaban