Mirando sobre su hombro hacia la plaza de la ciudad, Francisco se fijó en un caballero montado en un caballo de guerra, que platicaba con un muchacho que parecía estar maravillado contemplando al hombre galante que llevaba su armadura pulida y un jubón escarlata. ¡Cuántas cosas le volvieron a la memoria! Se vio a sí mismo en el muchachito de la boca abierta y recordó su fascinación con los caballeros que cabalgaban por las plazas de Asís, con el chasquido de caballos y el sonido de metal en el aire. Recordó que salía corriendo de la tienda de su padre y por la corta subida llegaba a la Piazza Commune y se detenía maravillado ante una vista tan gloriosa.
El caballero representaba todo lo que hubiera querido llegar a ser: valiente, pero cortés y amable; un enemigo temido en el campo de batalla y, sin embargo, un dulce protector de los débiles y desvalidos; feroz ante el mal que había que destruir y sin embargo benévolo y delicado ante las damas. Y se había ido a la guerra en una de las innumerables escaramuzas entre Asís y Perusa, el poderoso vecino del norte. Había salido de Asís con la seriedad de Carlomagno, encantado de ver la admiración y la envidia en los ojos de los jóvenes de Asís que lo veían pasar.
Pero toda esa pompa y ceremonia se habían desplomado en Ponte San Giovanni donde el ejército de Asís había sido derrotado y Francisco mismo fue hecho prisionero. Allí en el puente, a medio camino entre Asís y Perusa, vio por primera vez la verdadera cara de la guerra, y era fea y sin adornos, y no había gloria en ella ni siquiera para el que vencía. Y sin embargo, tan fuerte era el llamado de la caballería y del honor, que después de un año de prisión en Perusa y una larga enfermedad en su casa, salió otra vez con las fuerzas de Gualterio de Brienne. No obstante, no tuvo que volver a ver los desastres de la guerra, porque en Spoleto, a poca distancia de Asís, había tenido la Visión, el Sueño que había cambiado su vida. Y desde ese momento, su corazón ya rehusó hacer guerra y quería luchar por la paz. Esto exigía las mismas virtudes: el valor y la cortesía, la caballerosidad y la aventura, el honor y la vehemencia de un propósito. Pero ahora ya no era en la guerra donde se probaban estas cualidades sino en la conquista del corazón humano. Francisco comprendió que la verdadera batalla tomaba lugar en el interior de cada hombre, y que esta batalla, umversalmente ganada, suprimiría otras guerras para siempre. ¿Era esto una utopía? Por lo menos trataría de vivirla en su propio corazón y esperaba que otros siguieran su ejemplo.
Limitaba su campo de acción a las cosas minuciosas en vez de emprender campañas espectaculares; empezaba consigo mismo en vez de hacer frente a fuerzas exteriores y a gente extraña. Y rezaba para que algún día este muchachito en la plaza se hallara boquiabierto y alborotado al ver a un mendigo descalzo caminar del otro lado de la calle con ojos que relampagueaban con la victoria, y que llevaba ropa raída que brillaba con el esplendor de la pureza y de la pobreza de espíritu.
Para Francisco, los principios de la Fraternidad siempre habían sido los tiempos de Rivotorto. En esos días, todos los frailes vivían en una sola cabaña que había servido de establo, pasando allí desde los calores del verano hasta el otoño húmedo y fresco; y luego desde el frío del invierno hasta las lluvias de la primavera que hacían que el suelo y las paredes estuvieran siempre húmedos y el interior del cobertizo, mohoso. Esos eran los tiempos felices. Se hallaban tan apretados que Francisco tuvo que marcar con tiza en el techo el espacio que le correspondía a cada uno. Los frailes, entonces, dormían bajo su marca de tiza, más o menos, porque unos eran gordos y otros delgados, unos eran altos y otros, bajos. A nadie le importaba entonces y cualquiera de ellos hubiera dormido afuera en la nieve con mucho gusto, porque era tan grande el amor que sentían por el pobre Jesús de Nazaret.
Esa fue su luna de miel con la Dama Pobreza, y la Fraternidad nunca volvió a capturar el éxtasis de esos días. Francisco nunca pensaba en Rivotorto, como se llamaba ese lugar, sin llorar. Ningunos recién casados habían tenido jamás una luna de miel tan dichosa como la que tuvieron él y sus frailes allí en ese cochitril cerca del codo del río bajo el cielo de Umbría.
Todos se daban cuenta de que una luna de miel no dura para siempre, pero tenían la esperanza de que quizás ésta sí duraría. No fue así. Cuando más y más frailes entraron en la Fraternidad, la sencillez de Rivotorto se disipó y se estableció una estructura más rígida. Y cuando esta complejidad entró en los días idílicos de los bosques y de los campos, Francisco comprendió que debía ir a consultar con el Papa para que con su sabiduría y dirección les indicara qué era lo que debían hacer los frailes.
No era que sintiera la necesidad de estructurar esta nueva comunidad de hombres que se estaba formando alrededor de él, pero Francisco sí quería alguna especie de sanción oficial para su manera de vivir en la pobreza y deseaba alguna forma de protección eclesiástica para sus frailes. Porque en esos tiempos había bandas de reformadores y fanáticos que vagaban por el campo llevando a la gente sencilla por callejones sin salida en una ola de entusiasmo hereje. Francisco quería asegurarse de que él no era uno de esos extraños predicadores itinerantes cuyo mensaje servía sus propios fines, más bien que ser una predicación inspirada. Y la única fuente de certidumbre para él era la Iglesia de Cristo tal como estaba personificada en el Papa.
Francisco tenía por el Papa un respeto y temor reverencial que iban más allá del temor que gente de su época sentía por el poder y la influencia papales. Francisco veía en el Papa al representante de Jesús en la tierra. Creía que el Papa era la conexión personal entre Cristo y la humanidad. Para él, una aprobación pontifical querría decir una aprobación por Cristo mismo de su interpretación del Evangelio.
Iría inmediatamente a Roma, por el valle de Umbría, a la ciudad de Pedro. En Roma reinaba Inocencio III, la perspicaz cabeza de la Iglesia de Dios. Francisco comprendía, como todo cristiano de su tiempo, que por clara que sonara la voz de Cristo dentro de sí, no había ninguna seguridad de que fuera en realidad la voz de Dios a no ser que la Iglesia la aprobara. La corte de Roma era la que discernía los espíritus para cada cristiano del
siglo XIII.
Así es que Francisco y algunos de los frailes se pusieron en camino, saliendo de Rivotorto en su larga caminata a Roma.