Un contraste que había intrigado a Francisco toda su vida era la gran felicidad aparente de algunos pecadores públicamente conocidos, y la tristeza que velaba la cara de tantas almas piadosas. En Asís había hombres y mujeres que él conocía, que vivían con una gran exuberancia y falta de preocupación, que irradiaban entusiasmo por la vida y que “pecaban” con gran regocijo y desenfreno, sin parecer dolerse de nada del pasado y abrazando el presente con alegría. Francisco jamás había creído que fueran tan grandes pecadores como la gente lo suponía, e instintivamente era atraído por estas sencillas celebraciones de la vida. Podía comprender por qué Jesús se había asociado con
pecadores y publícanos si se parecían en algo a estos hombres y mujeres de Asís. Muchas veces eran más honrados y básicamente mejores que algunas almas piadosas que conocía. Quizás hubiera un gran abismo entre la piedad y la bondad. La piedad es externa sobre todo, mientras que la bondad reside en el corazón. También, ¿no se podría decir que la alegría y el entusiasmo por la vida, como la caridad, absuelven de una multitud de pecados? Francisco veía que la diferencia entre la piedad y la bondad se manifestaba bastante claramente en sus frailes. Los más santos de entre ellos no eran únicamente piadosos. Embromaban y se reían y tomaban la vida mucho menos en serio que lo que se suponía que los santos debían hacer. Y Francisco los amaba por ser así. Liberaban a la Fraternidad de esas personalidades melancólicas de cuya bondad nunca dudaba, pero cuya tristeza era una carga en una comunidad de frailes.
¡Si sólo todos los frailes pudieran tener un toque de Fray Junípero, el payasito de Dios! Era un verdadero tónico perpetuo para Francisco, sobre todo en momentos difíciles, o cuando tendía a tomarse demasiado en serio. Fray Junípero era lo que Francisco trataba de ser, un símbolo vivo de la alegría de amar a Dios.
Ni tampoco era Junípero tan ingenuo como algunos suponían. Es cierto que era cándido, sin artificio, pero por esta misma razón podía corregir a los frailes mejor que nadie, pues ninguno de ellos podía ofenderse de lo que decía. ¡Y sí que los corregía!
Francisco se acordaba muy claramente de un incidente que él no había presenciado, pero que le habían contado. Fray Junípero se había quedado con unos frailes cuyo Guardián era un superior bastante severo, aunque competente y práctico. Una tarde, durante el descanso de la siesta, Junípero había dado una limosna bastante profusa a un mendigo que se había presentado a la puerta de la cabaña. El buen Guardián regañó fuertemente a Fray Junípero por ser tan pródigo con los bienes que se habían pedido de limosna con tanta humildad para esta pobre comunidad de frailes.
A media noche el Hermano Guardián sintió que alguien lo tiraba de la túnica; con los ojos medio abiertos, vio a Fray Junípero sonriendo de oreja a oreja y ofreciéndole al Guardián un gran cuenco de caldo muy caliente. El Guardián estaba furioso, pero antes de que pudiera decir palabra, Junípero anunció de una manera desarmante, “Hermano Guardián, noté cuando me estaba regañando esta tarde que su voz estaba un poco ronca. Este caldo, con el gran trozo de mantequilla que le puse, hará maravillas para su garganta y su pecho.” El Guardián, que no tenía nada de tonto, comprendió inmediatamente lo que Junípero estaba tratando de hacer y los despidió a él y el caldo tan severamente como pudo. Pero a Junípero, buen competidor para este hombre, no se lo quitaba uno de encima tan fácilmente, así es que le dijo al Guardián todavía soñoliento y enojado: “Bueno, Hermano Guardián, si usted no quiere tomar este caldo, de ninguna manera podemos dejar que se desperdicie en una comunidad tan pobre como ésta. Si no tiene inconveniente, ¿me puede sostener el cuenco mientras yo me tomo el caldo?”
Y con esto, Fray Junípero puso el cuenco caliente entre las manos del sorprendido Guardián y se puso a tomar el caldo con tremendo entusiasmo y ruido. El Guardián estaba tan desconcertado que se echó a reír por la situación tan ridicula en la que se había dejado meter. Los dos hombres acabaron tomando el caldo juntos y alternando
cuentos de lo serios que algunos de los frailes se estaban poniendo.
De todos los cuentos de frailes, a Francisco le gustaba más éste. Les contaba este incidente a los novicios y luego decía, “¡Oh, si sólo tuviéramos todo un bosque de juníperos como éste!” Y con esto Francisco recogía su túnica y se echaba a correr por el bosque, gritando y haciendo sonar sus talones desnudos mientras que los pobres novicios se quedaban boquiabiertos, escandalizados por esta manera disparatada de actuar del “gran” Padre Francisco, que los había inspirado por su pequeñez y fervor a dejarlo todo y a seguir al Cristo pobre de los Evangelios. Los que se echaban a reír y seguían a Francisco eran los que permanecían en la Fraternidad.