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El lobo de Gubbio

(Un cuento de hadas para la gente moderna)

A Francisco le encantaban los bosques, no por puro sentimentalismo poético, sino porque en ellos, y en toda la naturaleza, veía un reflejo de la vida. Todo estaba allí—lo bueno y lo malo, el peligro y el refugio, la violencia y la paz. Así es que no menospreciaba el peligro para los habitantes de Gubbio. Después de todo, un lobo es un lobo y no era tan ingenuo como para confundir un lobo con un perro.

Desde que oyó la noticia del lobo de Gubbio, Francisco sintió compasión por el lobo. Hay algo de lobo en toda la naturaleza, esa hambre voraz, esa caza impaciente, ese mostrar de los colmillos, tan simbólico de todo lo salvaje y violento en todos nosotros. Pero en el lobo veía, no tanto al cazador, sino al que era cazado. Todo el mundo tenía miedo a los lobos y nadie los quería. Francisco veía en los ojos de los lobos un miedo, una mirada de ser acorralado, una furia y hostilidad que quería devorar todo lo que se le acercara a fin de vengarse de su propio mal y enajenación. Los lobos, después de todo, eran como la gente, si se les tenía miedo, se les condenaba al ostracismo y si se les excluía, acababan por convertirse en lo que más se temía. La cuestión de Gubbio, sin embargo, era aun más interesante para Francisco, porque no se trataba de una manada de lobos obligados a andar unidos por razones de seguridad y fuerza. Éste era un lobo solitario. Un desertor de la manada, que se las arreglaba por su cuenta. Solitario, empujado por el pánico a la rabia y a la violencia, Francisco pensó en Caín, huyendo al este del Edén, marcado, un intruso, aislado de la sociedad.

Francisco sabía que tenía que ir a Gubbio para comunicarse de alguna manera con este lobo tan extraordinariamente valiente. ¡Si el lobo solamente reconociera la admiración de Francisco y dejara que Francisco le probara que lo aceptaba como una de las tantas creaturas de Dios que eran salvajes y furiosas! Sin duda este lobo preferiría la aventura y la utilidad a pertenecer a la soledad del bosque y de las calles obscuras. Preferiría la luz que acompañaba el respeto de los hombres a las sombras que poblaban su miedo.

Así es que Francisco salió una vez más de Asís por el camino montañoso que llevaba a Gubbio. Tan pronto como entró en la ciudad oyó el murmullo de los rumores que corrían sobre el lobo. Eso, en sí, habría bastado para enfurecer a cualquier creatura. Se alegraba de que el lobo no pudiera entender el habla humana, porque recordaba lo desolado y oprimido que él se había sentido al principio cuando cambió su manera de vivir y sus vecinos de Asís se habían burlado de su túnica burda, de su barba, de su apariencia tosca. Se sentía más hermano del lobo que de los aterrados vecinos de Gubbio. Antes de que la murmuración creara más miedo e ira, tendría que hacer algún gesto grandilocuente. Así es que Francisco caminó valientemente a la plaza y empezó a

predicarle a la gente acerca del mandato de Jesús de amar a todas las creaturas de Dios. Luego, en el medio del sermón, mencionó de paso que al entrar en la ciudad había oído rumores de un lobo salvaje que se sabía que entraba en la ciudad de vez en cuando y mataba niñitos. Todo el mundo se puso a gritar al mismo tiempo, asegurándole que “sí, sí,” que eso era muy cierto.

Luego, en un momento de bravata del que se arrepintió inmediatamente después de que lo hubo dicho, pues le asustó a él mismo, les preguntó si alguien sabía dónde quedaba la madriguera del lobo, que le gustaría ir a ver a ese lobo y probarles al lobo y a todos que el amor no tenía nada que ver con el miedo.

La gente del pueblo estaba pasmada y algunos hombres toscos se echaron a reír a mandíbula batiente. Francisco estaba acostumbrado a esas reacciones, así es que nada más esperó hasta que la gente en la plaza se hubo tranquilizado. Luego una mujercita muy robusta se adelantó, y escupiendo a los pies de un hombre que era tan grande como un buey, dijo que ella llevaría a Francisco a las afueras de la ciudad para mostrarle dónde estaba la madriguera del lobo. Nadie se rió. El hombre grandote se puso rojo de rabia. Francisco se inclinó hacia la mujercita como si fuera una condesa y ella modestamente le hizo una cortesía al tomar a Francisco de la mano. Los dos se abrieron paso a través de la muchedumbre y subieron la calle que llevaba a las puertas de la ciudad, en dirección al santuario de San Ubaldo.

Ya para entonces el gentío había recuperado su calma. Los hombres sobre todo estaban furiosos por haber parecido cobardes ante sus esposas y sus hijas que habían formado una fila detrás de Francisco y de la mujer, así es que ellos también empezaron a caminar hacia las puertas de la ciudad.

En verdadero estilo italiano, la ira se le pasó pronto a la gente del pueblo y todo el mundo parecía compartir el alboroto de la procesión como si fueran en una gran peregrinación. Francisco estaba gozoso, aunque todavía un poco molesto por su imprudente desafío de encontrarse con el lobo. Como siempre, cuando estaba un poco nervioso, se puso a cantar y pronto toda la multitud también cantaba una vieja marcha marcial.

Pronto llegaron a un recodo del camino y la mujer señaló una enorme roca que sobresalía horizontalmente por encima de la madriguera a unos 500 metros de distancia. “Debajo de eso,” dijo orgullosamente y la mujer se acercó más a Francisco. Para sí, ella se había convertido en la heroína del pueblo. Estaba decidida a no abandonar su puesto junto a Francisco. Éste la consideraba una mujer singular, una impresionante matrona que se habría peleado con toda la multitud para protegerlo sin esperar nunca ni una palabra de agradecimiento. Francisco estaba convencido de esto y quería que ella compartiera cualquier gloria que resultara de esta escapatoria atrevida, de modo que le pidió que lo acompañara a la cueva.

La mujer aceptó sin pestañear, se recogió la falda y miró con desprecio al hombre que se había reído de ella en la plaza. Francisco y la mujer, cogidos del brazo, se pusieron en marcha y la muchedumbre se detuvo, rascándose la cabeza y encogiéndose de hombros. El hombre que parecía un buey se puso a hacer apuestas y pronto la gente

estaba apostando allí en medio del campo.

Entre tanto Francisco y la mujer se acercaban a la roca. De repente, sin previo aviso, oyeron detrás de ellos un sordo gruñido y unos golpes en el suelo. Dando la vuelta, Francisco vio al lobo que venía corriendo hacia ellos para embestirlos. Francisco hizo la señal de la cruz, primero sobre la mujer que estaba petrificada de miedo, y luego sobre el lobo. Respiró profundamente y empezó a caminar lentamente hacia él. El lobo caminó más despacio y luego se detuvo abruptamente.

Francisco siguió caminando. El lobo echaba espuma por la boca y gruñía de una manera amenazadora. La muchedumbre silenciosa no se movía. Francisco se paró a una distancia prudente del lobo y lo miró con tanta bondad como pudo dadas las circunstancias. La furia brillaba en los ojos del lobo; apretaba las mandíbulas y la baba caía al suelo. Francisco no se atrevía a moverse ahora que estaba cara a cara con el lobo. Se mantuvo inmóvil y trató de aparentar calma. Luego dijo sencillamente y con voz baja y tranquila. “Hermano lobo.” El lobo se tranquilizó en una aparente respuesta a las palabras de Francisco. El lobo lo miraba a él y más allá de él, a la mujer que se hallaba como congelada en el mismo lugar, con la boca abierta, las manos entrecruzadas en una actitud que no se sabía si era de oración o de defensa.

Francisco volvió a hablar: “Hermano lobo, en el nombre de Jesús nuestro hermano, he venido hasta ti. Te necesitamos en la ciudad. Esta gente ha venido conmigo para pedirte, poderoso animal feroz, que seas el guardián y el protector de Gubbio. En cambio te ofrecemos respeto y albergue por todo el tiempo que vivas. En prenda de esto te ofrezco mi mano.”

Alargó la mano Francisco. El lobo parecía tranquilo, pero permanecía inmóvil, escudriñando a la gente con sus grandes ojos sanguinolentos. Luego, lentamente, caminó hacia Francisco y levantó la pata y la puso en la mano caliente y segura de él. Los dos permanecieron en esta posición por mucho tiempo y lo que se dijeron el uno al otro Francisco nunca se lo reveló a ningún ser viviente.

Por fin, Francisco se agachó y puso su brazo alrededor del cuello del lobo. Luego él y su nuevo hermano caminaron mansamente hacia la valiente aldeana y los tres caminaron al frente de la muchedumbre admirada y silenciosa de regreso a Gubbio.