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I am Sherlocked

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Academic year: 2020

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Dirigido por Consuelo Gómez

Esteban Peña Fernando Uhía

Universidad de los Andes Facultad de Artes y Humanidades

Artes Plásticas

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(6)

Contenido

(7)

I.

Sherlock Holmes y John Watson

II.

Palacio mental

Finale.

Consumir es ser

Bibliografía

Bibliografía de imágenes

3

7

13

17

19

(8)

ALGA! — GRITÓ HOLMES mientras hacía rápidos gestos con su mano — ¡Váyase! Necesito ir a mi palacio mental.

John volteó la mirada con disgusto. Colocó su copia de The Telegraph sobre su sillón y tomó su taza de té. Se dirigió a la pequeña cocina, cada vez más abarrotada por los instrumentos de laboratorio de Sherlock, y se limitó a terminar su bebida. Debía admitir que estaba familiarizado con las extrañas prácticas de su compañero. El palacio mental es una técnica de memoria, similar a un mapa mental, en el que se traza un mapa en una determinada ubicación — real o imaginaria — sobre el que se depositan los recuerdos. Para llegar una memoria específica, tan sólo se necesita hallar un camino de vuelta a ésta. Siempre que Holmes necesitase usarla, Watson debía abandonar el cuarto.

El detective paseaba rápidamente sus manos frente a su pecho. Frente a él sostenía, trasladaba y descartaba palabras e imágenes invisibles. Uno tras otro, los trazos y los colores quedaban suspendidos en el aire o se evaporaban de vuelta al rincón donde permanecen almacenados. Sherlock se deslizó cautelosamente entre sus pensamientos hasta que se topó con el recuerdo con aquella oración con la que suele jactarse frente a sus enemigos: el sentimiento es un defecto químico que se encuentra en el lado perdedor. Sonríe levemente. Sabe que las emociones, en especial el amor, se oponen a la razón fría y pura que valora sobre todas las cosas. Sentía desdén por ellas, y esa sensación le ocasionaba cierto placer.

— Hay que proseguir — se dijo mientras descartaba el pensamiento con la mano.

Retorno a los pasillos de su mente, pero por un giro equivocado, se dirigió directamente a un retrato de John. Miró fijamente al médico y supo que él era el único cuya amistad y lealtad era capaz de redimir su naturaleza ególatra, odiosa, cínica. Incluso ridícula. Además, estaba seguro de que el antiguo médico del ejército lo salvaba con frecuencia y lo apartaba cada vez más de la agobiante acedia que lo abrumaba.

La obsesión de Watson por el razonamiento deductivo y el talento para el espionaje de Sherlock habían opacado las buenas cualidades que poseía. El detective se consideraba a sí mismo como el idiota más ignorante, grosero y desagradable que cruzaba caminos tan sólo con los más infortunados. Pero John no era así. Más que un sobreviviente a la guerra, de sus profundas heridas, él era el ser humano más valiente, amable y sabio que había conocido. Era el mejor hombre que había conocido. Era parte de su familia.

— John es indispensable — susurró.

Sherlock necesitaba retomar el control. Necesitaba una ruta de escape.

— Hermano mío — murmuró el mayor de los Holmes.

— ¿¡Ahora qué!? — Sherlock se detuvo y miró fijamente a Mycroft con desprecio. Él era el único de sus parientes que frecuentaba su palacio mental. Su presencia, por lo general fastidiosa e indeseable, era imprescindible para el detective.

Particularmente cuando no encontraba una salida.

Sólo un estúpido se atrevería a actuar despectivamente frente a Mycroft Holmes quien, probablemente, era el individuo más poderoso de Inglaterra. Bastaba su presencia para sentir el peso de su poder, el delicado control que ejerce sobre su entorno, y su fuerte influencia.

— ¿Se ha perdido en este ridículo palacio mental? — preguntó Mycroft con menosprecio. — No cabe duda que soy el inteligente.

— Solía pensar que era un idiota.

— Solíamos pensar que usted era un idiota. Por lo menos, hasta que conocimos a otros individuos. Ambos sabían que éste particular oficial del gobierno tenía un razonamiento deductivo más desarrollado que el de su hermano. Entre ellos, Mycroft era el ganador. No obstante, sus capacidades — significativamente mejores que las de Sherlock — eran subutilizadas cuando él delegaba sus responsabilidades.

— ¿Alguna vez se ha preguntado si hay algo malo con nosotros? — cuestionó Sherlock.

Mycroft se limitó a observar.

Cuando estaban juntos — especialmente mientras discutían o sostenían una batalla de deducción — se tenía la impresión de que en cierta forma, no eran muy diferentes. Al igual que Sherlock, el oficial era un sujeto cínico y poco sociable que tenía un cierto gusto por el sarcasmo. Sin embargo, su mirada vacía y el toque tóxico y amenazador de sus palabras revelaban su naturaleza tan disimil.

Mycroft era, probablemente, uno de los hombres con la mayor seguridad en sí mismos que poseían una infinita capacidad de auto control. Además, tenía una resistencia mental y una fortaleza difícilmente equiparables.

Su desapego emocional, un aspecto familiar para sus colegas, era inquietante. La hostilidad de su carácter llegaba, inclusive, a manifestarse con su hermano menor. No obstante, a diferencia de cualquier otro individuo, Sherlock era aquello que más valoraba. Cuando requería de su protección tomaba cualquier medida, sin importar lo extrema o inortodoxa, estaba justificada.

— Recuerde, hermano querido. Preocuparse no es una ventaja.

El detective le dio la espalda a Mycroft y caminó sin un rumbo premeditado. Su hermano lo seguía parsimoniosamente.

— Usted tiene la mente de un científico o de un filósofo, pero ha elegido ser un detective. ¿Qué podemos deducir de su corazón? — preguntó Mycroft — También... recuerdo que alguna vez usted quiso ser pirata. — Sonrió.

Sherlock sabía que, en esencia, Mycroft estaba en lo correcto. Por lo menos, en lo que se refería a cuestiones de lógica. Mas, el detective sabía que detrás de su aparente hostilidad, él era extraordinariamente emotivo. Algunos diría que su aspecto más impresionante no eran sus capacidades mentales, sino su corazón.

Suspiró y levantó la cabeza con la intención de dirigirse a su hermano, pero él ya había desaparecido. Su lugar había sido ocupado por una mujer que se movía con sutileza. Caminaba por el espacio como si nunca hubiera abandonado

su mente. Su voz distante, inaudible, hacía imposible el desciframiento del mensaje. Pero Holmes sabía que era lo mejor. Así debía permanecer.

Eurus, la hermana menor de Sherlock y Mycroft, no volvería a salir de la instalación penitenciaria Sherrinford. La decisión había sido tomada durante su infancia por Rudy, el hermano del Sr. Holmes, y secundada por Mycroft. Ella era un peligro para sí misma, sus parientes, los funcionarios de la prisión y la sociedad. El tormento y la pena que podrían ocasionar sus acciones erráticas habían afectado a Sherlock y a su familia desde hace más de 20 años. Barbarroja había desaparecido sin dejar rastro y de la mansión de los Holmes sólo quedaban los cimientos.

El lamentable reencuentro entre los hermanos habría dejado, por lo menos, a unos padres sin sus tres hijos, y a un Estado sin su gobernador o primera dama. Tanto Mycroft como Sherlock sabían que si Eurus salía de su celda de cristal, reprogramaría la mente de quien quisiese, dominaria el sitio de su estancia, y volvería a matar de nuevo.

Holmes se acercó a su hermana y la tomó del brazo. Caminaron juntos, en profunda parsimonia, por los viejos recuerdos de Euros. Cada paso que tomaban los alejó de la playa, las canciones indescifrables, y los dibujos que retrataban la muerte de Holmes. Se dirigieron a una puerta y ella lo soltó, dejándolo solo en el cuarto mientras se desvanecía.

— ¿Me extraño? — repetía una voz que resonaba sobre las paredes. — ¡No se alarme! ¡Aquí estoy! — ¡Aunque sigo bastante aburrido, Sherlock!

La cólera invadió al detective. Las frecuentes

reuniones con James Moriarty, el único genio y asesor criminal que había existido, exasperaban su carácter inestable. Un vistazo de quien había considerado su compañero de juegos era el impulso que Jim necesitaba para empezar a retorcerse en su camisa de fuerza e intentar, una vez más, liberarse de sus cadenas.

Su fuerte obsesión por Sherlock repercutía en los rápidos y poco controlados movimientos de sus ojos. ¿Acaso estaba él bajo el control de su contraparte? ¿Era una de las fichas de su juego, al igual que las innumerables organizaciones e individuos que habían requerido de sus servicios? ¿Trascendía su poder a los confines de su mente? — ¿No considera que las personas corrientes son adorables? ¡Como John! — preguntó Jim.

La idea de John portando una bomba sobre su pecho mientras seguía las órdenes de Moriarty, bajo la amenaza de ser explotada en cualquier momento, cundió a Holmes de pánico. Esa había sido tan sólo la primera ocasión en que la vida de su mejor amigo estaba en peligro. Una de las muchas veces que estaba seguro que fallaría en protegerlo.

— ¡Usted! ¡Usted jamás sintió dolor! ¡¿Por qué?! — gritaba Sherlock.

El hombre que se revolcaba sobre el suelo era la imagen exacta de el psicópata manipulador, el sádico asesino, el líder cínico con extraordinaria inteligencia que había sido el asesor criminal en vida. Los rastros de su violencia y de la tortura que propagó durante años se mantenían vigentes en los recuerdos del detective.

— Siempre va a sentir el dolor...

Pausó con el exclusivo propósito de aumentar la ira de su juguete. Deseaba profundamente verlo

sucubir ante él. Anhelaba alimentar su ego. Ni por un segundo sentiría remordimiento por la agonía que le causaba a su némesis.

— ... pero no tiene que temerle. ¡Ya se lo había mencionado antes!

Moriarty acabó con su vida de un disparo. Su suicidio fue el modo de terminar con su tedioso e interminable aburrimiento y la mejor alternativa para tener a Sherlock en su dominio: con su muerte no encontraría una salida ni una forma de proteger a sus amigos. Las siguientes etapas de su plan se habían desarrollado durante años, y quizá, nunca pararían.

— Dolor. Corazón roto. Pérdida. — escupió James. Holmes se alejó, cerró la puerta y cayó de rodillas. Lloraba.

Una mano se posó sobre su hombro, y pudo sentir la comprensiva mirada de su amiga mientras intentaba darle consuelo.

— Mary... — fue el nombre que pronunció el detective.

— Mi chico del Baker Street — sonreía — ¿por qué no llevas puesta tu gorra?

Él miraba detenidamente a la Sra. Watson mientras repasaba una y otra vez la dulzura de sus gestos. Desde que lo conoció fue de su agrado, y ni por un instante dejó de ver lo mejor en él. Sherlock había dudado de ella alguna vez. Desde sus primeras deducciones sabía que mantenía mucha información encubierto. Aquella mujer era astuta e inteligente; una estratega competente con memoria prodigiosa; de excelente puntería y

sincronización perfecta. Habilidades extraordinarias que fueron favorables para su equipo de asesinos a sueldo. Con el paso del tiempo y luego de haber puesto la información en descubierto, tanto él como el Sr. y la Sra. Watson habían tomado la determinación de mantener en secreto lo que había sucedido. Sin embargo, su pasado la persiguió hasta su muerte.

— Le fallé a John. Te fallé a ti...

Lentamente, se volvió en su hermana mayor. Una persona que lo cuidó y, en última instancia, sacrificó su vida por él. Detuvo una bala para evitar que lastimaran a Holmes de nuevo, y para impedir que su esposo perdiera a su amigo dos veces. La alegría, la bondad y el cariño de Mary prevalecerían en su mente. Así como la visión que tenía de él y su amigo: un drogadicto que resolvía casos para mantenerse intoxicado y a un doctor que no volvió de la guerra. Un punto de inicio de quién realmente podían llegar a ser. De igual manera, le había dado un nuevo sentido a su existencia pues ella le había encomendado la protección de su familia.

La Sra. Watson hizo un gesto con su cabeza, indicándole que debía mirar detrás de ella. Su rostro se diluyó entre los cuartos del 221B y sus palabras se inundaron con el llanto de una niña. Rosamund había despertado, y tanto Sherlock como John se abrían paso para ayudarla. Quizá había perdido su muñeco, tenía frío o quería compañía. La razón realmente no importaba. Su ahijada lo necesitaba.

Mientras se acercaba a Rosie el frío de una duda interminable recorrió su cuerpo. Al salvar su vida, Mary le otorgó un valor. Un valor que no sabía cómo utilizar.

(9)

ALGA! — GRITÓ HOLMES mientras hacía rápidos gestos con su mano — ¡Váyase! Necesito ir a mi palacio mental.

John volteó la mirada con disgusto. Colocó su copia de The Telegraph sobre su sillón y tomó su taza de té. Se dirigió a la pequeña cocina, cada vez más abarrotada por los instrumentos de laboratorio de Sherlock, y se limitó a terminar su bebida. Debía admitir que estaba familiarizado con las extrañas prácticas de su compañero. El palacio mental es una técnica de memoria, similar a un mapa mental, en el que se traza un mapa en una determinada ubicación — real o imaginaria — sobre el que se depositan los recuerdos. Para llegar una memoria específica, tan sólo se necesita hallar un camino de vuelta a ésta. Siempre que Holmes necesitase usarla, Watson debía abandonar el cuarto.

El detective paseaba rápidamente sus manos frente a su pecho. Frente a él sostenía, trasladaba y descartaba palabras e imágenes invisibles. Uno tras otro, los trazos y los colores quedaban suspendidos en el aire o se evaporaban de vuelta al rincón donde permanecen almacenados. Sherlock se deslizó cautelosamente entre sus pensamientos hasta que se topó con el recuerdo con aquella oración con la que suele jactarse frente a sus enemigos: el sentimiento es un defecto químico que se encuentra en el lado perdedor. Sonríe levemente. Sabe que las emociones, en especial el amor, se oponen a la razón fría y pura que valora sobre todas las cosas. Sentía desdén por ellas, y esa sensación le ocasionaba cierto placer.

— Hay que proseguir — se dijo mientras descartaba el pensamiento con la mano.

Retorno a los pasillos de su mente, pero por un giro equivocado, se dirigió directamente a un retrato de John. Miró fijamente al médico y supo que él era el único cuya amistad y lealtad era capaz de redimir su naturaleza ególatra, odiosa, cínica. Incluso ridícula. Además, estaba seguro de que el antiguo médico del ejército lo salvaba con frecuencia y lo apartaba cada vez más de la agobiante acedia que lo abrumaba.

La obsesión de Watson por el razonamiento deductivo y el talento para el espionaje de Sherlock habían opacado las buenas cualidades que poseía. El detective se consideraba a sí mismo como el idiota más ignorante, grosero y desagradable que cruzaba caminos tan sólo con los más infortunados. Pero John no era así. Más que un sobreviviente a la guerra, de sus profundas heridas, él era el ser humano más valiente, amable y sabio que había conocido. Era el mejor hombre que había conocido. Era parte de su familia.

— John es indispensable — susurró.

Sherlock necesitaba retomar el control. Necesitaba una ruta de escape.

— Hermano mío — murmuró el mayor de los Holmes.

— ¿¡Ahora qué!? — Sherlock se detuvo y miró fijamente a Mycroft con desprecio. Él era el único de sus parientes que frecuentaba su palacio mental. Su presencia, por lo general fastidiosa e indeseable, era imprescindible para el detective.

Particularmente cuando no encontraba una salida.

Sólo un estúpido se atrevería a actuar despectivamente frente a Mycroft Holmes quien, probablemente, era el individuo más poderoso de Inglaterra. Bastaba su presencia para sentir el peso de su poder, el delicado control que ejerce sobre su entorno, y su fuerte influencia.

— ¿Se ha perdido en este ridículo palacio mental? — preguntó Mycroft con menosprecio. — No cabe duda que soy el inteligente.

— Solía pensar que era un idiota.

— Solíamos pensar que usted era un idiota. Por lo menos, hasta que conocimos a otros individuos. Ambos sabían que éste particular oficial del gobierno tenía un razonamiento deductivo más desarrollado que el de su hermano. Entre ellos, Mycroft era el ganador. No obstante, sus capacidades — significativamente mejores que las de Sherlock — eran subutilizadas cuando él delegaba sus responsabilidades.

— ¿Alguna vez se ha preguntado si hay algo malo con nosotros? — cuestionó Sherlock.

Mycroft se limitó a observar.

Cuando estaban juntos — especialmente mientras discutían o sostenían una batalla de deducción — se tenía la impresión de que en cierta forma, no eran muy diferentes. Al igual que Sherlock, el oficial era un sujeto cínico y poco sociable que tenía un cierto gusto por el sarcasmo. Sin embargo, su mirada vacía y el toque tóxico y amenazador de sus palabras revelaban su naturaleza tan disimil.

Mycroft era, probablemente, uno de los hombres con la mayor seguridad en sí mismos que poseían una infinita capacidad de auto control. Además, tenía una resistencia mental y una fortaleza difícilmente equiparables.

Su desapego emocional, un aspecto familiar para sus colegas, era inquietante. La hostilidad de su carácter llegaba, inclusive, a manifestarse con su hermano menor. No obstante, a diferencia de cualquier otro individuo, Sherlock era aquello que más valoraba. Cuando requería de su protección tomaba cualquier medida, sin importar lo extrema o inortodoxa, estaba justificada.

— Recuerde, hermano querido. Preocuparse no es una ventaja.

El detective le dio la espalda a Mycroft y caminó sin un rumbo premeditado. Su hermano lo seguía parsimoniosamente.

— Usted tiene la mente de un científico o de un filósofo, pero ha elegido ser un detective. ¿Qué podemos deducir de su corazón? — preguntó Mycroft — También... recuerdo que alguna vez usted quiso ser pirata. — Sonrió.

Sherlock sabía que, en esencia, Mycroft estaba en lo correcto. Por lo menos, en lo que se refería a cuestiones de lógica. Mas, el detective sabía que detrás de su aparente hostilidad, él era extraordinariamente emotivo. Algunos diría que su aspecto más impresionante no eran sus capacidades mentales, sino su corazón.

Suspiró y levantó la cabeza con la intención de dirigirse a su hermano, pero él ya había desaparecido. Su lugar había sido ocupado por una mujer que se movía con sutileza. Caminaba por el espacio como si nunca hubiera abandonado

su mente. Su voz distante, inaudible, hacía imposible el desciframiento del mensaje. Pero Holmes sabía que era lo mejor. Así debía permanecer.

Eurus, la hermana menor de Sherlock y Mycroft, no volvería a salir de la instalación penitenciaria Sherrinford. La decisión había sido tomada durante su infancia por Rudy, el hermano del Sr. Holmes, y secundada por Mycroft. Ella era un peligro para sí misma, sus parientes, los funcionarios de la prisión y la sociedad. El tormento y la pena que podrían ocasionar sus acciones erráticas habían afectado a Sherlock y a su familia desde hace más de 20 años. Barbarroja había desaparecido sin dejar rastro y de la mansión de los Holmes sólo quedaban los cimientos.

El lamentable reencuentro entre los hermanos habría dejado, por lo menos, a unos padres sin sus tres hijos, y a un Estado sin su gobernador o primera dama. Tanto Mycroft como Sherlock sabían que si Eurus salía de su celda de cristal, reprogramaría la mente de quien quisiese, dominaria el sitio de su estancia, y volvería a matar de nuevo.

Holmes se acercó a su hermana y la tomó del brazo. Caminaron juntos, en profunda parsimonia, por los viejos recuerdos de Euros. Cada paso que tomaban los alejó de la playa, las canciones indescifrables, y los dibujos que retrataban la muerte de Holmes. Se dirigieron a una puerta y ella lo soltó, dejándolo solo en el cuarto mientras se desvanecía.

— ¿Me extraño? — repetía una voz que resonaba sobre las paredes. — ¡No se alarme! ¡Aquí estoy! — ¡Aunque sigo bastante aburrido, Sherlock!

La cólera invadió al detective. Las frecuentes

reuniones con James Moriarty, el único genio y asesor criminal que había existido, exasperaban su carácter inestable. Un vistazo de quien había considerado su compañero de juegos era el impulso que Jim necesitaba para empezar a retorcerse en su camisa de fuerza e intentar, una vez más, liberarse de sus cadenas.

Su fuerte obsesión por Sherlock repercutía en los rápidos y poco controlados movimientos de sus ojos. ¿Acaso estaba él bajo el control de su contraparte? ¿Era una de las fichas de su juego, al igual que las innumerables organizaciones e individuos que habían requerido de sus servicios? ¿Trascendía su poder a los confines de su mente? — ¿No considera que las personas corrientes son adorables? ¡Como John! — preguntó Jim.

La idea de John portando una bomba sobre su pecho mientras seguía las órdenes de Moriarty, bajo la amenaza de ser explotada en cualquier momento, cundió a Holmes de pánico. Esa había sido tan sólo la primera ocasión en que la vida de su mejor amigo estaba en peligro. Una de las muchas veces que estaba seguro que fallaría en protegerlo.

— ¡Usted! ¡Usted jamás sintió dolor! ¡¿Por qué?! — gritaba Sherlock.

El hombre que se revolcaba sobre el suelo era la imagen exacta de el psicópata manipulador, el sádico asesino, el líder cínico con extraordinaria inteligencia que había sido el asesor criminal en vida. Los rastros de su violencia y de la tortura que propagó durante años se mantenían vigentes en los recuerdos del detective.

— Siempre va a sentir el dolor...

Pausó con el exclusivo propósito de aumentar la ira de su juguete. Deseaba profundamente verlo

sucubir ante él. Anhelaba alimentar su ego. Ni por un segundo sentiría remordimiento por la agonía que le causaba a su némesis.

— ... pero no tiene que temerle. ¡Ya se lo había mencionado antes!

Moriarty acabó con su vida de un disparo. Su suicidio fue el modo de terminar con su tedioso e interminable aburrimiento y la mejor alternativa para tener a Sherlock en su dominio: con su muerte no encontraría una salida ni una forma de proteger a sus amigos. Las siguientes etapas de su plan se habían desarrollado durante años, y quizá, nunca pararían.

— Dolor. Corazón roto. Pérdida. — escupió James. Holmes se alejó, cerró la puerta y cayó de rodillas. Lloraba.

Una mano se posó sobre su hombro, y pudo sentir la comprensiva mirada de su amiga mientras intentaba darle consuelo.

— Mary... — fue el nombre que pronunció el detective.

— Mi chico del Baker Street — sonreía — ¿por qué no llevas puesta tu gorra?

Él miraba detenidamente a la Sra. Watson mientras repasaba una y otra vez la dulzura de sus gestos. Desde que lo conoció fue de su agrado, y ni por un instante dejó de ver lo mejor en él. Sherlock había dudado de ella alguna vez. Desde sus primeras deducciones sabía que mantenía mucha información encubierto. Aquella mujer era astuta e inteligente; una estratega competente con memoria prodigiosa; de excelente puntería y

sincronización perfecta. Habilidades extraordinarias que fueron favorables para su equipo de asesinos a sueldo. Con el paso del tiempo y luego de haber puesto la información en descubierto, tanto él como el Sr. y la Sra. Watson habían tomado la determinación de mantener en secreto lo que había sucedido. Sin embargo, su pasado la persiguió hasta su muerte.

— Le fallé a John. Te fallé a ti...

Lentamente, se volvió en su hermana mayor. Una persona que lo cuidó y, en última instancia, sacrificó su vida por él. Detuvo una bala para evitar que lastimaran a Holmes de nuevo, y para impedir que su esposo perdiera a su amigo dos veces. La alegría, la bondad y el cariño de Mary prevalecerían en su mente. Así como la visión que tenía de él y su amigo: un drogadicto que resolvía casos para mantenerse intoxicado y a un doctor que no volvió de la guerra. Un punto de inicio de quién realmente podían llegar a ser. De igual manera, le había dado un nuevo sentido a su existencia pues ella le había encomendado la protección de su familia.

La Sra. Watson hizo un gesto con su cabeza, indicándole que debía mirar detrás de ella. Su rostro se diluyó entre los cuartos del 221B y sus palabras se inundaron con el llanto de una niña. Rosamund había despertado, y tanto Sherlock como John se abrían paso para ayudarla. Quizá había perdido su muñeco, tenía frío o quería compañía. La razón realmente no importaba. Su ahijada lo necesitaba.

Mientras se acercaba a Rosie el frío de una duda interminable recorrió su cuerpo. Al salvar su vida, Mary le otorgó un valor. Un valor que no sabía cómo utilizar.

(10)

Sherlock Holmes

y John Watson

L AIRE SE había disuelto en una noche de angustia. Sin él, el cuarto se había llenado con una profunda sensación cortopunzante. El ardor de los rasguños mandaban corrientes de ácido a través de sus venas, y los golpes de los casquillos resonaban sobre las paredes. John tan sólo podía observar. Estaba inmóvil. Podía sentir cómo se desintegraba. ¿Acaso ésto estaba sucediendo de nuevo? Bajo el riesgo de redescubrir sus cicatrices abiertas, abrió lentamente los ojos. La luz era tenue y suave... incluso cálida. Hace poco había regresado a Londres, y era la primera vez que vivía en Baker Street. Sin embargo, se sentía extrañamente habituado a su pequeña alcoba.

Los gritos del Mayor Sholto, la imagen de los hombres escondidos debajo de los escombros, y el olor a hierro que inundaba Afganistán se desvanecían en los sigilosos pasos de Sherlock. John estaba seguro de que Holmes, más que el mejor — y tal vez el único — detective asesor de Inglaterra, era un personaje atípico. Una criatura que no habita el mismo mundo dos veces. En su andar, cada vez más pausado, se percibía el peso del éxtasis del nuevo caso por resolver. El día anterior Sherlock había convidado a John para que fuese su acompañante. Sabía que le atraería la idea de tener un poco más de problemas. Sin duda alguna, el Dr. Watson aceptó la oferta. Ambos sabían que su experiencia como médico de la armada sería una herramienta útil para el detective.

La mujer de rosa, como fue apodada aquella mujer de abrigo rosado que yacía fría y húmeda

sobre el suelo, habría fallecido pocas horas antes. Siendo éste el cuarto suicidio — o por lo menos, era así como lo tildaban los medios — que ocurría bajo circunstancias similares, el oficial Lestrade optó por apoyarse en las habilidades de Sherlock Holmes. El detective posó su mirada sobre la dama y al poco tiempo, John pudo ver su impasible certeza. Según Sherlock, el color de su vestimenta indicaba que ella trabajaba para los medios. El mal estado de su anillo, a comparación de sus otros accesorios, era la evidencia de un largo y amargo matrimonio. Además, su interior claro y pulido indicaba que ella dejaba de usarlo con frecuencia. Es decir, que era un adúltero en serie. Las pequeñas gotas sobre su pierna habrían provenido de las salpicaduras de una maleta. Los detalles, aparentemente infinitos, se detuvieron con un llamado a John.

— ¿Qué cree usted, Dr. Watson?

— Fue asfixia, probablemente — respondió. Luego de desmayarse, se ahogó en su propio vómito. No puedo oler a alcohol, así que debió tener un ataque. Posiblemente fueron drogas.

— Usted sabe qué sucedió. Ha leído los periódicos. — Pues... ella es la cuarta suicida.

Holmes se levanta vertiginosamente, y camina ansioso por la habitación.

— Lestrade, ¿dónde está la maleta? — pregunta mientras baja los escalones.

— Sher, nosotros no vimos algún morral o algo que se le parezca — contesta Lestrade, sin entender lo que estaba ocurriendo.

— Son asesinatos, — afirma Sherlock mientras salía

ALGA! — GRITÓ HOLMES mientras hacía rápidos gestos con su mano — ¡Váyase! Necesito ir a mi palacio mental.

John volteó la mirada con disgusto. Colocó su copia de The Telegraph sobre su sillón y tomó su taza de té. Se dirigió a la pequeña cocina, cada vez más abarrotada por los instrumentos de laboratorio de Sherlock, y se limitó a terminar su bebida. Debía admitir que estaba familiarizado con las extrañas prácticas de su compañero. El palacio mental es una técnica de memoria, similar a un mapa mental, en el que se traza un mapa en una determinada ubicación — real o imaginaria — sobre el que se depositan los recuerdos. Para llegar una memoria específica, tan sólo se necesita hallar un camino de vuelta a ésta. Siempre que Holmes necesitase usarla, Watson debía abandonar el cuarto.

El detective paseaba rápidamente sus manos frente a su pecho. Frente a él sostenía, trasladaba y descartaba palabras e imágenes invisibles. Uno tras otro, los trazos y los colores quedaban suspendidos en el aire o se evaporaban de vuelta al rincón donde permanecen almacenados. Sherlock se deslizó cautelosamente entre sus pensamientos hasta que se topó con el recuerdo con aquella oración con la que suele jactarse frente a sus enemigos: el sentimiento es un defecto químico que se encuentra en el lado perdedor. Sonríe levemente. Sabe que las emociones, en especial el amor, se oponen a la razón fría y pura que valora sobre todas las cosas. Sentía desdén por ellas, y esa sensación le ocasionaba cierto placer.

— Hay que proseguir — se dijo mientras descartaba el pensamiento con la mano.

Retorno a los pasillos de su mente, pero por un giro equivocado, se dirigió directamente a un retrato de John. Miró fijamente al médico y supo que él era el único cuya amistad y lealtad era capaz de redimir su naturaleza ególatra, odiosa, cínica. Incluso ridícula. Además, estaba seguro de que el antiguo médico del ejército lo salvaba con frecuencia y lo apartaba cada vez más de la agobiante acedia que lo abrumaba.

La obsesión de Watson por el razonamiento deductivo y el talento para el espionaje de Sherlock habían opacado las buenas cualidades que poseía. El detective se consideraba a sí mismo como el idiota más ignorante, grosero y desagradable que cruzaba caminos tan sólo con los más infortunados. Pero John no era así. Más que un sobreviviente a la guerra, de sus profundas heridas, él era el ser humano más valiente, amable y sabio que había conocido. Era el mejor hombre que había conocido. Era parte de su familia.

— John es indispensable — susurró.

Sherlock necesitaba retomar el control. Necesitaba una ruta de escape.

— Hermano mío — murmuró el mayor de los Holmes.

— ¿¡Ahora qué!? — Sherlock se detuvo y miró fijamente a Mycroft con desprecio. Él era el único de sus parientes que frecuentaba su palacio mental. Su presencia, por lo general fastidiosa e indeseable, era imprescindible para el detective.

Particularmente cuando no encontraba una salida.

Sólo un estúpido se atrevería a actuar despectivamente frente a Mycroft Holmes quien, probablemente, era el individuo más poderoso de Inglaterra. Bastaba su presencia para sentir el peso de su poder, el delicado control que ejerce sobre su entorno, y su fuerte influencia.

— ¿Se ha perdido en este ridículo palacio mental? — preguntó Mycroft con menosprecio. — No cabe duda que soy el inteligente.

— Solía pensar que era un idiota.

— Solíamos pensar que usted era un idiota. Por lo menos, hasta que conocimos a otros individuos. Ambos sabían que éste particular oficial del gobierno tenía un razonamiento deductivo más desarrollado que el de su hermano. Entre ellos, Mycroft era el ganador. No obstante, sus capacidades — significativamente mejores que las de Sherlock — eran subutilizadas cuando él delegaba sus responsabilidades.

— ¿Alguna vez se ha preguntado si hay algo malo con nosotros? — cuestionó Sherlock.

Mycroft se limitó a observar.

Cuando estaban juntos — especialmente mientras discutían o sostenían una batalla de deducción — se tenía la impresión de que en cierta forma, no eran muy diferentes. Al igual que Sherlock, el oficial era un sujeto cínico y poco sociable que tenía un cierto gusto por el sarcasmo. Sin embargo, su mirada vacía y el toque tóxico y amenazador de sus palabras revelaban su naturaleza tan disimil.

Mycroft era, probablemente, uno de los hombres con la mayor seguridad en sí mismos que poseían una infinita capacidad de auto control. Además, tenía una resistencia mental y una fortaleza difícilmente equiparables.

Su desapego emocional, un aspecto familiar para sus colegas, era inquietante. La hostilidad de su carácter llegaba, inclusive, a manifestarse con su hermano menor. No obstante, a diferencia de cualquier otro individuo, Sherlock era aquello que más valoraba. Cuando requería de su protección tomaba cualquier medida, sin importar lo extrema o inortodoxa, estaba justificada.

— Recuerde, hermano querido. Preocuparse no es una ventaja.

El detective le dio la espalda a Mycroft y caminó sin un rumbo premeditado. Su hermano lo seguía parsimoniosamente.

— Usted tiene la mente de un científico o de un filósofo, pero ha elegido ser un detective. ¿Qué podemos deducir de su corazón? — preguntó Mycroft — También... recuerdo que alguna vez usted quiso ser pirata. — Sonrió.

Sherlock sabía que, en esencia, Mycroft estaba en lo correcto. Por lo menos, en lo que se refería a cuestiones de lógica. Mas, el detective sabía que detrás de su aparente hostilidad, él era extraordinariamente emotivo. Algunos diría que su aspecto más impresionante no eran sus capacidades mentales, sino su corazón.

Suspiró y levantó la cabeza con la intención de dirigirse a su hermano, pero él ya había desaparecido. Su lugar había sido ocupado por una mujer que se movía con sutileza. Caminaba por el espacio como si nunca hubiera abandonado

su mente. Su voz distante, inaudible, hacía imposible el desciframiento del mensaje. Pero Holmes sabía que era lo mejor. Así debía permanecer.

Eurus, la hermana menor de Sherlock y Mycroft, no volvería a salir de la instalación penitenciaria Sherrinford. La decisión había sido tomada durante su infancia por Rudy, el hermano del Sr. Holmes, y secundada por Mycroft. Ella era un peligro para sí misma, sus parientes, los funcionarios de la prisión y la sociedad. El tormento y la pena que podrían ocasionar sus acciones erráticas habían afectado a Sherlock y a su familia desde hace más de 20 años. Barbarroja había desaparecido sin dejar rastro y de la mansión de los Holmes sólo quedaban los cimientos.

El lamentable reencuentro entre los hermanos habría dejado, por lo menos, a unos padres sin sus tres hijos, y a un Estado sin su gobernador o primera dama. Tanto Mycroft como Sherlock sabían que si Eurus salía de su celda de cristal, reprogramaría la mente de quien quisiese, dominaria el sitio de su estancia, y volvería a matar de nuevo.

Holmes se acercó a su hermana y la tomó del brazo. Caminaron juntos, en profunda parsimonia, por los viejos recuerdos de Euros. Cada paso que tomaban los alejó de la playa, las canciones indescifrables, y los dibujos que retrataban la muerte de Holmes. Se dirigieron a una puerta y ella lo soltó, dejándolo solo en el cuarto mientras se desvanecía.

— ¿Me extraño? — repetía una voz que resonaba sobre las paredes. — ¡No se alarme! ¡Aquí estoy! — ¡Aunque sigo bastante aburrido, Sherlock!

La cólera invadió al detective. Las frecuentes

reuniones con James Moriarty, el único genio y asesor criminal que había existido, exasperaban su carácter inestable. Un vistazo de quien había considerado su compañero de juegos era el impulso que Jim necesitaba para empezar a retorcerse en su camisa de fuerza e intentar, una vez más, liberarse de sus cadenas.

Su fuerte obsesión por Sherlock repercutía en los rápidos y poco controlados movimientos de sus ojos. ¿Acaso estaba él bajo el control de su contraparte? ¿Era una de las fichas de su juego, al igual que las innumerables organizaciones e individuos que habían requerido de sus servicios? ¿Trascendía su poder a los confines de su mente? — ¿No considera que las personas corrientes son adorables? ¡Como John! — preguntó Jim.

La idea de John portando una bomba sobre su pecho mientras seguía las órdenes de Moriarty, bajo la amenaza de ser explotada en cualquier momento, cundió a Holmes de pánico. Esa había sido tan sólo la primera ocasión en que la vida de su mejor amigo estaba en peligro. Una de las muchas veces que estaba seguro que fallaría en protegerlo.

— ¡Usted! ¡Usted jamás sintió dolor! ¡¿Por qué?! — gritaba Sherlock.

El hombre que se revolcaba sobre el suelo era la imagen exacta de el psicópata manipulador, el sádico asesino, el líder cínico con extraordinaria inteligencia que había sido el asesor criminal en vida. Los rastros de su violencia y de la tortura que propagó durante años se mantenían vigentes en los recuerdos del detective.

— Siempre va a sentir el dolor...

Pausó con el exclusivo propósito de aumentar la ira de su juguete. Deseaba profundamente verlo

3

del edificio — cada uno de ellos. No estoy seguro qué hicieron, pero sé que lo son. ¡Tenemos un asesino en serie! ¡Me encantan! Siempre hay que esperar a que cometan un error, y nuestro asesino ya lo hizo. ¡Se llevó la maleta!

La conversación prosiguió hasta que Sherlock cruzó la salida. Watson, extrañado, vacila sobre su siguiente movimiento. ¿Era éste, tal vez, el primer trabajo que realizaban juntos? ¿Se involucraría en los siguientes casos?

sucubir ante él. Anhelaba alimentar su ego. Ni por un segundo sentiría remordimiento por la agonía que le causaba a su némesis.

— ... pero no tiene que temerle. ¡Ya se lo había mencionado antes!

Moriarty acabó con su vida de un disparo. Su suicidio fue el modo de terminar con su tedioso e interminable aburrimiento y la mejor alternativa para tener a Sherlock en su dominio: con su muerte no encontraría una salida ni una forma de proteger a sus amigos. Las siguientes etapas de su plan se habían desarrollado durante años, y quizá, nunca pararían.

— Dolor. Corazón roto. Pérdida. — escupió James. Holmes se alejó, cerró la puerta y cayó de rodillas. Lloraba.

Una mano se posó sobre su hombro, y pudo sentir la comprensiva mirada de su amiga mientras intentaba darle consuelo.

— Mary... — fue el nombre que pronunció el detective.

— Mi chico del Baker Street — sonreía — ¿por qué no llevas puesta tu gorra?

Él miraba detenidamente a la Sra. Watson mientras repasaba una y otra vez la dulzura de sus gestos. Desde que lo conoció fue de su agrado, y ni por un instante dejó de ver lo mejor en él. Sherlock había dudado de ella alguna vez. Desde sus primeras deducciones sabía que mantenía mucha información encubierto. Aquella mujer era astuta e inteligente; una estratega competente con memoria prodigiosa; de excelente puntería y

sincronización perfecta. Habilidades extraordinarias que fueron favorables para su equipo de asesinos a sueldo. Con el paso del tiempo y luego de haber puesto la información en descubierto, tanto él como el Sr. y la Sra. Watson habían tomado la determinación de mantener en secreto lo que había sucedido. Sin embargo, su pasado la persiguió hasta su muerte.

— Le fallé a John. Te fallé a ti...

Lentamente, se volvió en su hermana mayor. Una persona que lo cuidó y, en última instancia, sacrificó su vida por él. Detuvo una bala para evitar que lastimaran a Holmes de nuevo, y para impedir que su esposo perdiera a su amigo dos veces. La alegría, la bondad y el cariño de Mary prevalecerían en su mente. Así como la visión que tenía de él y su amigo: un drogadicto que resolvía casos para mantenerse intoxicado y a un doctor que no volvió de la guerra. Un punto de inicio de quién realmente podían llegar a ser. De igual manera, le había dado un nuevo sentido a su existencia pues ella le había encomendado la protección de su familia.

La Sra. Watson hizo un gesto con su cabeza, indicándole que debía mirar detrás de ella. Su rostro se diluyó entre los cuartos del 221B y sus palabras se inundaron con el llanto de una niña. Rosamund había despertado, y tanto Sherlock como John se abrían paso para ayudarla. Quizá había perdido su muñeco, tenía frío o quería compañía. La razón realmente no importaba. Su ahijada lo necesitaba.

Mientras se acercaba a Rosie el frío de una duda interminable recorrió su cuerpo. Al salvar su vida, Mary le otorgó un valor. Un valor que no sabía cómo utilizar.

(11)

Título: Sherlock

Dirección: Paul McGuigan, Nick Hurran, Coky Giedriyc, Euros Lun, Toby Haynes, Jeremy Lovering, Colm McCarthy, Douglas Mackin-non, Benjamin Caron, Rachel Talalay

Producción: Mark Gatiss, Steven Moffat, Beryl Vertue, Rebecca Eaton, Bethan Jones, Sue Vertue, Diana Barton, Kathy Nettleship, Charlotte Ashby, Elaine Cameron, Susie Liggat, Zakaria Alaoui

País: Reino Unido

Año: 2010

-Duración: entre 85 y 90 minutos

Idioma original: Inglés

Género: Ficción detectivesca y misterio

Distribuidora: BBC

Productora: Hatswood Films, BBC Wales, WGBH

Guión: Mark Gatiss, Steven Moffat, Steve Thompson

Adaptación: Basado en los relatos de Sherlock Holmes escritos por Sir Arthur Conan Doyle

Música: David Arnold, Michael Price

Reparto (principal): Benedict Cumberbatch, Martin Freeman, Una Stubbs, Rupert Graves, Louise Brealey, Mark Gatiss, Andrew Scott, Amanda Abbington

Datos generales

L AIRE SE había disuelto en una noche de angustia. Sin él, el cuarto se había llenado con una profunda sensación cortopunzante. El ardor de los rasguños mandaban corrientes de ácido a través de sus venas, y los golpes de los casquillos resonaban sobre las paredes. John tan sólo podía observar. Estaba inmóvil. Podía sentir cómo se desintegraba. ¿Acaso ésto estaba sucediendo de nuevo? Bajo el riesgo de redescubrir sus cicatrices abiertas, abrió lentamente los ojos. La luz era tenue y suave... incluso cálida. Hace poco había regresado a Londres, y era la primera vez que vivía en Baker Street. Sin embargo, se sentía extrañamente habituado a su pequeña alcoba.

Los gritos del Mayor Sholto, la imagen de los hombres escondidos debajo de los escombros, y el olor a hierro que inundaba Afganistán se desvanecían en los sigilosos pasos de Sherlock. John estaba seguro de que Holmes, más que el mejor — y tal vez el único — detective asesor de Inglaterra, era un personaje atípico. Una criatura que no habita el mismo mundo dos veces. En su andar, cada vez más pausado, se percibía el peso del éxtasis del nuevo caso por resolver. El día anterior Sherlock había convidado a John para que fuese su acompañante. Sabía que le atraería la idea de tener un poco más de problemas. Sin duda alguna, el Dr. Watson aceptó la oferta. Ambos sabían que su experiencia como médico de la armada sería una herramienta útil para el detective.

La mujer de rosa, como fue apodada aquella mujer de abrigo rosado que yacía fría y húmeda

sobre el suelo, habría fallecido pocas horas antes. Siendo éste el cuarto suicidio — o por lo menos, era así como lo tildaban los medios — que ocurría bajo circunstancias similares, el oficial Lestrade optó por apoyarse en las habilidades de Sherlock Holmes. El detective posó su mirada sobre la dama y al poco tiempo, John pudo ver su impasible certeza. Según Sherlock, el color de su vestimenta indicaba que ella trabajaba para los medios. El mal estado de su anillo, a comparación de sus otros accesorios, era la evidencia de un largo y amargo matrimonio. Además, su interior claro y pulido indicaba que ella dejaba de usarlo con frecuencia. Es decir, que era un adúltero en serie. Las pequeñas gotas sobre su pierna habrían provenido de las salpicaduras de una maleta. Los detalles, aparentemente infinitos, se detuvieron con un llamado a John.

— ¿Qué cree usted, Dr. Watson?

— Fue asfixia, probablemente — respondió. Luego de desmayarse, se ahogó en su propio vómito. No puedo oler a alcohol, así que debió tener un ataque. Posiblemente fueron drogas.

— Usted sabe qué sucedió. Ha leído los periódicos. — Pues... ella es la cuarta suicida.

Holmes se levanta vertiginosamente, y camina ansioso por la habitación.

— Lestrade, ¿dónde está la maleta? — pregunta mientras baja los escalones.

— Sher, nosotros no vimos algún morral o algo que se le parezca — contesta Lestrade, sin entender lo que estaba ocurriendo.

— Son asesinatos, — afirma Sherlock mientras salía

ALGA! — GRITÓ HOLMES mientras hacía rápidos gestos con su mano — ¡Váyase! Necesito ir a mi palacio mental.

John volteó la mirada con disgusto. Colocó su copia de The Telegraph sobre su sillón y tomó su taza de té. Se dirigió a la pequeña cocina, cada vez más abarrotada por los instrumentos de laboratorio de Sherlock, y se limitó a terminar su bebida. Debía admitir que estaba familiarizado con las extrañas prácticas de su compañero. El palacio mental es una técnica de memoria, similar a un mapa mental, en el que se traza un mapa en una determinada ubicación — real o imaginaria — sobre el que se depositan los recuerdos. Para llegar una memoria específica, tan sólo se necesita hallar un camino de vuelta a ésta. Siempre que Holmes necesitase usarla, Watson debía abandonar el cuarto.

El detective paseaba rápidamente sus manos frente a su pecho. Frente a él sostenía, trasladaba y descartaba palabras e imágenes invisibles. Uno tras otro, los trazos y los colores quedaban suspendidos en el aire o se evaporaban de vuelta al rincón donde permanecen almacenados. Sherlock se deslizó cautelosamente entre sus pensamientos hasta que se topó con el recuerdo con aquella oración con la que suele jactarse frente a sus enemigos: el sentimiento es un defecto químico que se encuentra en el lado perdedor. Sonríe levemente. Sabe que las emociones, en especial el amor, se oponen a la razón fría y pura que valora sobre todas las cosas. Sentía desdén por ellas, y esa sensación le ocasionaba cierto placer.

— Hay que proseguir — se dijo mientras descartaba el pensamiento con la mano.

Retorno a los pasillos de su mente, pero por un giro equivocado, se dirigió directamente a un retrato de John. Miró fijamente al médico y supo que él era el único cuya amistad y lealtad era capaz de redimir su naturaleza ególatra, odiosa, cínica. Incluso ridícula. Además, estaba seguro de que el antiguo médico del ejército lo salvaba con frecuencia y lo apartaba cada vez más de la agobiante acedia que lo abrumaba.

La obsesión de Watson por el razonamiento deductivo y el talento para el espionaje de Sherlock habían opacado las buenas cualidades que poseía. El detective se consideraba a sí mismo como el idiota más ignorante, grosero y desagradable que cruzaba caminos tan sólo con los más infortunados. Pero John no era así. Más que un sobreviviente a la guerra, de sus profundas heridas, él era el ser humano más valiente, amable y sabio que había conocido. Era el mejor hombre que había conocido. Era parte de su familia.

— John es indispensable — susurró.

Sherlock necesitaba retomar el control. Necesitaba una ruta de escape.

— Hermano mío — murmuró el mayor de los Holmes.

— ¿¡Ahora qué!? — Sherlock se detuvo y miró fijamente a Mycroft con desprecio. Él era el único de sus parientes que frecuentaba su palacio mental. Su presencia, por lo general fastidiosa e indeseable, era imprescindible para el detective.

Particularmente cuando no encontraba una salida.

Sólo un estúpido se atrevería a actuar despectivamente frente a Mycroft Holmes quien, probablemente, era el individuo más poderoso de Inglaterra. Bastaba su presencia para sentir el peso de su poder, el delicado control que ejerce sobre su entorno, y su fuerte influencia.

— ¿Se ha perdido en este ridículo palacio mental? — preguntó Mycroft con menosprecio. — No cabe duda que soy el inteligente.

— Solía pensar que era un idiota.

— Solíamos pensar que usted era un idiota. Por lo menos, hasta que conocimos a otros individuos. Ambos sabían que éste particular oficial del gobierno tenía un razonamiento deductivo más desarrollado que el de su hermano. Entre ellos, Mycroft era el ganador. No obstante, sus capacidades — significativamente mejores que las de Sherlock — eran subutilizadas cuando él delegaba sus responsabilidades.

— ¿Alguna vez se ha preguntado si hay algo malo con nosotros? — cuestionó Sherlock.

Mycroft se limitó a observar.

Cuando estaban juntos — especialmente mientras discutían o sostenían una batalla de deducción — se tenía la impresión de que en cierta forma, no eran muy diferentes. Al igual que Sherlock, el oficial era un sujeto cínico y poco sociable que tenía un cierto gusto por el sarcasmo. Sin embargo, su mirada vacía y el toque tóxico y amenazador de sus palabras revelaban su naturaleza tan disimil.

Mycroft era, probablemente, uno de los hombres con la mayor seguridad en sí mismos que poseían una infinita capacidad de auto control. Además, tenía una resistencia mental y una fortaleza difícilmente equiparables.

Su desapego emocional, un aspecto familiar para sus colegas, era inquietante. La hostilidad de su carácter llegaba, inclusive, a manifestarse con su hermano menor. No obstante, a diferencia de cualquier otro individuo, Sherlock era aquello que más valoraba. Cuando requería de su protección tomaba cualquier medida, sin importar lo extrema o inortodoxa, estaba justificada.

— Recuerde, hermano querido. Preocuparse no es una ventaja.

El detective le dio la espalda a Mycroft y caminó sin un rumbo premeditado. Su hermano lo seguía parsimoniosamente.

— Usted tiene la mente de un científico o de un filósofo, pero ha elegido ser un detective. ¿Qué podemos deducir de su corazón? — preguntó Mycroft — También... recuerdo que alguna vez usted quiso ser pirata. — Sonrió.

Sherlock sabía que, en esencia, Mycroft estaba en lo correcto. Por lo menos, en lo que se refería a cuestiones de lógica. Mas, el detective sabía que detrás de su aparente hostilidad, él era extraordinariamente emotivo. Algunos diría que su aspecto más impresionante no eran sus capacidades mentales, sino su corazón.

Suspiró y levantó la cabeza con la intención de dirigirse a su hermano, pero él ya había desaparecido. Su lugar había sido ocupado por una mujer que se movía con sutileza. Caminaba por el espacio como si nunca hubiera abandonado

su mente. Su voz distante, inaudible, hacía imposible el desciframiento del mensaje. Pero Holmes sabía que era lo mejor. Así debía permanecer.

Eurus, la hermana menor de Sherlock y Mycroft, no volvería a salir de la instalación penitenciaria Sherrinford. La decisión había sido tomada durante su infancia por Rudy, el hermano del Sr. Holmes, y secundada por Mycroft. Ella era un peligro para sí misma, sus parientes, los funcionarios de la prisión y la sociedad. El tormento y la pena que podrían ocasionar sus acciones erráticas habían afectado a Sherlock y a su familia desde hace más de 20 años. Barbarroja había desaparecido sin dejar rastro y de la mansión de los Holmes sólo quedaban los cimientos.

El lamentable reencuentro entre los hermanos habría dejado, por lo menos, a unos padres sin sus tres hijos, y a un Estado sin su gobernador o primera dama. Tanto Mycroft como Sherlock sabían que si Eurus salía de su celda de cristal, reprogramaría la mente de quien quisiese, dominaria el sitio de su estancia, y volvería a matar de nuevo.

Holmes se acercó a su hermana y la tomó del brazo. Caminaron juntos, en profunda parsimonia, por los viejos recuerdos de Euros. Cada paso que tomaban los alejó de la playa, las canciones indescifrables, y los dibujos que retrataban la muerte de Holmes. Se dirigieron a una puerta y ella lo soltó, dejándolo solo en el cuarto mientras se desvanecía.

— ¿Me extraño? — repetía una voz que resonaba sobre las paredes. — ¡No se alarme! ¡Aquí estoy! — ¡Aunque sigo bastante aburrido, Sherlock!

La cólera invadió al detective. Las frecuentes

reuniones con James Moriarty, el único genio y asesor criminal que había existido, exasperaban su carácter inestable. Un vistazo de quien había considerado su compañero de juegos era el impulso que Jim necesitaba para empezar a retorcerse en su camisa de fuerza e intentar, una vez más, liberarse de sus cadenas.

Su fuerte obsesión por Sherlock repercutía en los rápidos y poco controlados movimientos de sus ojos. ¿Acaso estaba él bajo el control de su contraparte? ¿Era una de las fichas de su juego, al igual que las innumerables organizaciones e individuos que habían requerido de sus servicios? ¿Trascendía su poder a los confines de su mente? — ¿No considera que las personas corrientes son adorables? ¡Como John! — preguntó Jim.

La idea de John portando una bomba sobre su pecho mientras seguía las órdenes de Moriarty, bajo la amenaza de ser explotada en cualquier momento, cundió a Holmes de pánico. Esa había sido tan sólo la primera ocasión en que la vida de su mejor amigo estaba en peligro. Una de las muchas veces que estaba seguro que fallaría en protegerlo.

— ¡Usted! ¡Usted jamás sintió dolor! ¡¿Por qué?! — gritaba Sherlock.

El hombre que se revolcaba sobre el suelo era la imagen exacta de el psicópata manipulador, el sádico asesino, el líder cínico con extraordinaria inteligencia que había sido el asesor criminal en vida. Los rastros de su violencia y de la tortura que propagó durante años se mantenían vigentes en los recuerdos del detective.

— Siempre va a sentir el dolor...

Pausó con el exclusivo propósito de aumentar la ira de su juguete. Deseaba profundamente verlo

del edificio — cada uno de ellos. No estoy seguro qué hicieron, pero sé que lo son. ¡Tenemos un asesino en serie! ¡Me encantan! Siempre hay que esperar a que cometan un error, y nuestro asesino ya lo hizo. ¡Se llevó la maleta!

La conversación prosiguió hasta que Sherlock cruzó la salida. Watson, extrañado, vacila sobre su siguiente movimiento. ¿Era éste, tal vez, el primer trabajo que realizaban juntos? ¿Se involucraría en los siguientes casos?

sucubir ante él. Anhelaba alimentar su ego. Ni por un segundo sentiría remordimiento por la agonía que le causaba a su némesis.

— ... pero no tiene que temerle. ¡Ya se lo había mencionado antes!

Moriarty acabó con su vida de un disparo. Su suicidio fue el modo de terminar con su tedioso e interminable aburrimiento y la mejor alternativa para tener a Sherlock en su dominio: con su muerte no encontraría una salida ni una forma de proteger a sus amigos. Las siguientes etapas de su plan se habían desarrollado durante años, y quizá, nunca pararían.

— Dolor. Corazón roto. Pérdida. — escupió James. Holmes se alejó, cerró la puerta y cayó de rodillas. Lloraba.

Una mano se posó sobre su hombro, y pudo sentir la comprensiva mirada de su amiga mientras intentaba darle consuelo.

— Mary... — fue el nombre que pronunció el detective.

— Mi chico del Baker Street — sonreía — ¿por qué no llevas puesta tu gorra?

Él miraba detenidamente a la Sra. Watson mientras repasaba una y otra vez la dulzura de sus gestos. Desde que lo conoció fue de su agrado, y ni por un instante dejó de ver lo mejor en él. Sherlock había dudado de ella alguna vez. Desde sus primeras deducciones sabía que mantenía mucha información encubierto. Aquella mujer era astuta e inteligente; una estratega competente con memoria prodigiosa; de excelente puntería y

sincronización perfecta. Habilidades extraordinarias que fueron favorables para su equipo de asesinos a sueldo. Con el paso del tiempo y luego de haber puesto la información en descubierto, tanto él como el Sr. y la Sra. Watson habían tomado la determinación de mantener en secreto lo que había sucedido. Sin embargo, su pasado la persiguió hasta su muerte.

— Le fallé a John. Te fallé a ti...

Lentamente, se volvió en su hermana mayor. Una persona que lo cuidó y, en última instancia, sacrificó su vida por él. Detuvo una bala para evitar que lastimaran a Holmes de nuevo, y para impedir que su esposo perdiera a su amigo dos veces. La alegría, la bondad y el cariño de Mary prevalecerían en su mente. Así como la visión que tenía de él y su amigo: un drogadicto que resolvía casos para mantenerse intoxicado y a un doctor que no volvió de la guerra. Un punto de inicio de quién realmente podían llegar a ser. De igual manera, le había dado un nuevo sentido a su existencia pues ella le había encomendado la protección de su familia.

La Sra. Watson hizo un gesto con su cabeza, indicándole que debía mirar detrás de ella. Su rostro se diluyó entre los cuartos del 221B y sus palabras se inundaron con el llanto de una niña. Rosamund había despertado, y tanto Sherlock como John se abrían paso para ayudarla. Quizá había perdido su muñeco, tenía frío o quería compañía. La razón realmente no importaba. Su ahijada lo necesitaba.

Mientras se acercaba a Rosie el frío de una duda interminable recorrió su cuerpo. Al salvar su vida, Mary le otorgó un valor. Un valor que no sabía cómo utilizar.

(12)

ALGA! — GRITÓ HOLMES mientras hacía rápidos gestos con su mano — ¡Váyase! Necesito ir a mi palacio mental.

John volteó la mirada con disgusto. Colocó su copia de The Telegraph sobre su sillón y tomó su taza de té. Se dirigió a la pequeña cocina, cada vez más abarrotada por los instrumentos de laboratorio de Sherlock, y se limitó a terminar su bebida. Debía admitir que estaba familiarizado con las extrañas prácticas de su compañero. El palacio mental es una técnica de memoria, similar a un mapa mental, en el que se traza un mapa en una determinada ubicación — real o imaginaria — sobre el que se depositan los recuerdos. Para llegar una memoria específica, tan sólo se necesita hallar un camino de vuelta a ésta. Siempre que Holmes necesitase usarla, Watson debía abandonar el cuarto.

El detective paseaba rápidamente sus manos frente a su pecho. Frente a él sostenía, trasladaba y descartaba palabras e imágenes invisibles. Uno tras otro, los trazos y los colores quedaban suspendidos en el aire o se evaporaban de vuelta al rincón donde permanecen almacenados. Sherlock se deslizó cautelosamente entre sus pensamientos hasta que se topó con el recuerdo con aquella oración con la que suele jactarse frente a sus enemigos: el sentimiento es un defecto químico que se encuentra en el lado perdedor. Sonríe levemente. Sabe que las emociones, en especial el amor, se oponen a la razón fría y pura que valora sobre todas las cosas. Sentía desdén por ellas, y esa sensación le ocasionaba cierto placer.

— Hay que proseguir — se dijo mientras descartaba el pensamiento con la mano.

Retorno a los pasillos de su mente, pero por un giro equivocado, se dirigió directamente a un retrato de John. Miró fijamente al médico y supo que él era el único cuya amistad y lealtad era capaz de redimir su naturaleza ególatra, odiosa, cínica. Incluso ridícula. Además, estaba seguro de que el antiguo médico del ejército lo salvaba con frecuencia y lo apartaba cada vez más de la agobiante acedia que lo abrumaba.

La obsesión de Watson por el razonamiento deductivo y el talento para el espionaje de Sherlock habían opacado las buenas cualidades que poseía. El detective se consideraba a sí mismo como el idiota más ignorante, grosero y desagradable que cruzaba caminos tan sólo con los más infortunados. Pero John no era así. Más que un sobreviviente a la guerra, de sus profundas heridas, él era el ser humano más valiente, amable y sabio que había conocido. Era el mejor hombre que había conocido. Era parte de su familia.

— John es indispensable — susurró.

Sherlock necesitaba retomar el control. Necesitaba una ruta de escape.

— Hermano mío — murmuró el mayor de los Holmes.

— ¿¡Ahora qué!? — Sherlock se detuvo y miró fijamente a Mycroft con desprecio. Él era el único de sus parientes que frecuentaba su palacio mental. Su presencia, por lo general fastidiosa e indeseable, era imprescindible para el detective.

Particularmente cuando no encontraba una salida.

Sólo un estúpido se atrevería a actuar despectivamente frente a Mycroft Holmes quien, probablemente, era el individuo más poderoso de Inglaterra. Bastaba su presencia para sentir el peso de su poder, el delicado control que ejerce sobre su entorno, y su fuerte influencia.

— ¿Se ha perdido en este ridículo palacio mental? — preguntó Mycroft con menosprecio. — No cabe duda que soy el inteligente.

— Solía pensar que era un idiota.

— Solíamos pensar que usted era un idiota. Por lo menos, hasta que conocimos a otros individuos. Ambos sabían que éste particular oficial del gobierno tenía un razonamiento deductivo más desarrollado que el de su hermano. Entre ellos, Mycroft era el ganador. No obstante, sus capacidades — significativamente mejores que las de Sherlock — eran subutilizadas cuando él delegaba sus responsabilidades.

— ¿Alguna vez se ha preguntado si hay algo malo con nosotros? — cuestionó Sherlock.

Mycroft se limitó a observar.

Cuando estaban juntos — especialmente mientras discutían o sostenían una batalla de deducción — se tenía la impresión de que en cierta forma, no eran muy diferentes. Al igual que Sherlock, el oficial era un sujeto cínico y poco sociable que tenía un cierto gusto por el sarcasmo. Sin embargo, su mirada vacía y el toque tóxico y amenazador de sus palabras revelaban su naturaleza tan disimil.

Mycroft era, probablemente, uno de los hombres con la mayor seguridad en sí mismos que poseían una infinita capacidad de auto control. Además, tenía una resistencia mental y una fortaleza difícilmente equiparables.

Su desapego emocional, un aspecto familiar para sus colegas, era inquietante. La hostilidad de su carácter llegaba, inclusive, a manifestarse con su hermano menor. No obstante, a diferencia de cualquier otro individuo, Sherlock era aquello que más valoraba. Cuando requería de su protección tomaba cualquier medida, sin importar lo extrema o inortodoxa, estaba justificada.

— Recuerde, hermano querido. Preocuparse no es una ventaja.

El detective le dio la espalda a Mycroft y caminó sin un rumbo premeditado. Su hermano lo seguía parsimoniosamente.

— Usted tiene la mente de un científico o de un filósofo, pero ha elegido ser un detective. ¿Qué podemos deducir de su corazón? — preguntó Mycroft — También... recuerdo que alguna vez usted quiso ser pirata. — Sonrió.

Sherlock sabía que, en esencia, Mycroft estaba en lo correcto. Por lo menos, en lo que se refería a cuestiones de lógica. Mas, el detective sabía que detrás de su aparente hostilidad, él era extraordinariamente emotivo. Algunos diría que su aspecto más impresionante no eran sus capacidades mentales, sino su corazón.

Suspiró y levantó la cabeza con la intención de dirigirse a su hermano, pero él ya había desaparecido. Su lugar había sido ocupado por una mujer que se movía con sutileza. Caminaba por el espacio como si nunca hubiera abandonado

su mente. Su voz distante, inaudible, hacía imposible el desciframiento del mensaje. Pero Holmes sabía que era lo mejor. Así debía permanecer.

Eurus, la hermana menor de Sherlock y Mycroft, no volvería a salir de la instalación penitenciaria Sherrinford. La decisión había sido tomada durante su infancia por Rudy, el hermano del Sr. Holmes, y secundada por Mycroft. Ella era un peligro para sí misma, sus parientes, los funcionarios de la prisión y la sociedad. El tormento y la pena que podrían ocasionar sus acciones erráticas habían afectado a Sherlock y a su familia desde hace más de 20 años. Barbarroja había desaparecido sin dejar rastro y de la mansión de los Holmes sólo quedaban los cimientos.

El lamentable reencuentro entre los hermanos habría dejado, por lo menos, a unos padres sin sus tres hijos, y a un Estado sin su gobernador o primera dama. Tanto Mycroft como Sherlock sabían que si Eurus salía de su celda de cristal, reprogramaría la mente de quien quisiese, dominaria el sitio de su estancia, y volvería a matar de nuevo.

Holmes se acercó a su hermana y la tomó del brazo. Caminaron juntos, en profunda parsimonia, por los viejos recuerdos de Euros. Cada paso que tomaban los alejó de la playa, las canciones indescifrables, y los dibujos que retrataban la muerte de Holmes. Se dirigieron a una puerta y ella lo soltó, dejándolo solo en el cuarto mientras se desvanecía.

— ¿Me extraño? — repetía una voz que resonaba sobre las paredes. — ¡No se alarme! ¡Aquí estoy! — ¡Aunque sigo bastante aburrido, Sherlock!

La cólera invadió al detective. Las frecuentes

reuniones con James Moriarty, el único genio y asesor criminal que había existido, exasperaban su carácter inestable. Un vistazo de quien había considerado su compañero de juegos era el impulso que Jim necesitaba para empezar a retorcerse en su camisa de fuerza e intentar, una vez más, liberarse de sus cadenas.

Su fuerte obsesión por Sherlock repercutía en los rápidos y poco controlados movimientos de sus ojos. ¿Acaso estaba él bajo el control de su contraparte? ¿Era una de las fichas de su juego, al igual que las innumerables organizaciones e individuos que habían requerido de sus servicios? ¿Trascendía su poder a los confines de su mente? — ¿No considera que las personas corrientes son adorables? ¡Como John! — preguntó Jim.

La idea de John portando una bomba sobre su pecho mientras seguía las órdenes de Moriarty, bajo la amenaza de ser explotada en cualquier momento, cundió a Holmes de pánico. Esa había sido tan sólo la primera ocasión en que la vida de su mejor amigo estaba en peligro. Una de las muchas veces que estaba seguro que fallaría en protegerlo.

— ¡Usted! ¡Usted jamás sintió dolor! ¡¿Por qué?! — gritaba Sherlock.

El hombre que se revolcaba sobre el suelo era la imagen exacta de el psicópata manipulador, el sádico asesino, el líder cínico con extraordinaria inteligencia que había sido el asesor criminal en vida. Los rastros de su violencia y de la tortura que propagó durante años se mantenían vigentes en los recuerdos del detective.

— Siempre va a sentir el dolor...

Pausó con el exclusivo propósito de aumentar la ira de su juguete. Deseaba profundamente verlo

I NEED TO GO TO

MY MIND PALACE.

sucubir ante él. Anhelaba alimentar su ego. Ni por un segundo sentiría remordimiento por la agonía que le causaba a su némesis.

— ... pero no tiene que temerle. ¡Ya se lo había mencionado antes!

Moriarty acabó con su vida de un disparo. Su suicidio fue el modo de terminar con su tedioso e interminable aburrimiento y la mejor alternativa para tener a Sherlock en su dominio: con su muerte no encontraría una salida ni una forma de proteger a sus amigos. Las siguientes etapas de su plan se habían desarrollado durante años, y quizá, nunca pararían.

— Dolor. Corazón roto. Pérdida. — escupió James. Holmes se alejó, cerró la puerta y cayó de rodillas. Lloraba.

Una mano se posó sobre su hombro, y pudo sentir la comprensiva mirada de su amiga mientras intentaba darle consuelo.

— Mary... — fue el nombre que pronunció el detective.

— Mi chico del Baker Street — sonreía — ¿por qué no llevas puesta tu gorra?

Él miraba detenidamente a la Sra. Watson mientras repasaba una y otra vez la dulzura de sus gestos. Desde que lo conoció fue de su agrado, y ni por un instante dejó de ver lo mejor en él. Sherlock había dudado de ella alguna vez. Desde sus primeras deducciones sabía que mantenía mucha información encubierto. Aquella mujer era astuta e inteligente; una estratega competente con memoria prodigiosa; de excelente puntería y

sincronización perfecta. Habilidades extraordinarias que fueron favorables para su equipo de asesinos a sueldo. Con el paso del tiempo y luego de haber puesto la información en descubierto, tanto él como el Sr. y la Sra. Watson habían tomado la determinación de mantener en secreto lo que había sucedido. Sin embargo, su pasado la persiguió hasta su muerte.

— Le fallé a John. Te fallé a ti...

Lentamente, se volvió en su hermana mayor. Una persona que lo cuidó y, en última instancia, sacrificó su vida por él. Detuvo una bala para evitar que lastimaran a Holmes de nuevo, y para impedir que su esposo perdiera a su amigo dos veces. La alegría, la bondad y el cariño de Mary prevalecerían en su mente. Así como la visión que tenía de él y su amigo: un drogadicto que resolvía casos para mantenerse intoxicado y a un doctor que no volvió de la guerra. Un punto de inicio de quién realmente podían llegar a ser. De igual manera, le había dado un nuevo sentido a su existencia pues ella le había encomendado la protección de su familia.

La Sra. Watson hizo un gesto con su cabeza, indicándole que debía mirar detrás de ella. Su rostro se diluyó entre los cuartos del 221B y sus palabras se inundaron con el llanto de una niña. Rosamund había despertado, y tanto Sherlock como John se abrían paso para ayudarla. Quizá había perdido su muñeco, tenía frío o quería compañía. La razón realmente no importaba. Su ahijada lo necesitaba.

Mientras se acercaba a Rosie el frío de una duda interminable recorrió su cuerpo. Al salvar su vida, Mary le otorgó un valor. Un valor que no sabía cómo utilizar.

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