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1. El Final Del Viaje

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Academic year: 2021

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El final del viaje

LJ Maas

Descargo: Xena, Gabrielle, Argo, etc. son propiedad de MCA/Universal y Renaissance Pictures. No son mías, me limito a jugar con ellas un rato y luego, como una niña buena, las vuelvo a dejar en su sitio cuando acabo... vale, un poco desgastadas, pero oye... ¡juego duro! No se ha pretendido infracción alguna de los derechos de autor al escribir esta obra. La intención es halagar a los creadores, escritores y actores de los personajes. Todos los demás personajes que aparecen son propiedad intelectual de [email protected]. Esta historia no se puede vender ni usar en modo alguno para obtener beneficio económico. Se pueden hacer copias sólo para uso privado y agradecería que incluyerais todos los avisos de derechos de autor y esta renuncia. Aviso de violencia: Hay algo de violencia (venga, que se trata de la Conquistadora). La historia no es en absoluto de carácter tan oscuro como algunas otras obras sobre la Conquistadora, pero la base sigue siendo la relación ama/esclava que existe entre Xena

y Gabrielle.

Línea temporal: Me la he inventado. Xena es la Señora Conquistadora de Grecia, pero tiene casi cuarenta y cinco años cuando conoce a la esclava Gabrielle. Muchas de las tendencias malvadas de Xena se han apaciguado, pero no todas. Yo considero a esta Xena la Conquistadora "pensadora". Es una mujer que quiere intentar hacer bien las

cosas, pero no siempre sabe cómo.

Sexo: Sí, gracias. ¡Uy! O sea, que sí, que lo hay. A fin de cuentas, se trata de nuestras dos almas gemelas preferidas. No es gratuito, pero sí es explícito cuando ocurre. Esta historia muestra sexo con consentimiento mutuo, así como sin consentimiento (ama/esclava), y también algo de dominación ligera, entre dos mujeres adultas. Aviso de momentos angustiosos: Mi vida corre peligro si no empiezo a poner este aviso en algunas de mis obras (¿o en todas?). A partir de ahora voy a calificar el contenido angustioso con caras tristes: una cara para el mínimo y cuatro para el máximo. Esta

historia se lleva: :-( :-(

Advertencia sobre minoría de edad: Eh, que el Tribunal Supremo dijo en Reno contra la Unión Americana de Libertades Civiles (1997) que las leyes que impiden poner a disposición de las personas menores de 18 años ciertos materiales "indecentes" a través de la red eran inconstitucionales... ¡consultadlo! Además, esto es absolutamente

"decente". :-)

Sólo sé lo que piensan los demás de mis historias gracias a sus comentarios. Decidme lo que os parece... pero los homófobos se pueden abstener. Estoy en: [email protected].

[Nota de Atalía: Por alguna extraña razón que jamás he comprendido, en muchas historias de la Conquistadora, y ésta es una de ellas, los autores deciden llamar a Xena Lord Conqueror, Lord Xena, my Lord, etc. Me resulta absurdo, porque la palabra lord en inglés se aplica única y exclusivamente a hombres y quiere decir señor. El equivalente para mujeres es lady, o sea, señora o dama. Supongo que

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estos autores quieren transmitir con este título el poder y la amenaza de Xena como Conquistadora, incluso una cierta sensación de "virilidad", por así decir, pero a mí siempre me ha resultado malsonante e incluso ridículo. Desde luego, lo que no voy a hacer es traducirlo como "señor" porque suena fatal decir "Señor Conquistadora" o "Señor Xena". Por lo tanto, para esta historia, y creo que lo adoptaré para todas las de la Conquistadora que hagan esto, Lord Conqueror será Señora Conquistadora, Lord Xena será Señora Xena y cuando se dirijan a ella directamente llamándola my Lord, será mi señora o señoría, dependiendo de quién lo diga y en qué circunstancias.] Título original: Journey's End. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2005

Prólogo

Qué forma tan rara de empezar una historia, por el final, pero así es como dice ella que hay que contarla y ¿quién soy yo para discutírselo? Sólo soy la soberana de esta tierra conocida como Grecia y ella es mi esclava, pero hasta eso va a cambiar dentro de tres días. Mi nombre es Xena, soy de Anfípolis, pero la mayor parte de esta tierra me conoce por mi título, la Señora Conquistadora. Hace muchas estaciones que nadie me llama Xena y, sin embargo, ahora lo oigo todos los días y el corazón se me llena de alegría. Nunca habría sabido lo emocionante que podría ser el sonido de mi propio nombre pronunciado por la lengua de una amante, de no haber sido por ella.

Me dice que me estoy adelantando, al hablar de ella, y le digo que se calle y la aparto de mi escritorio. Primero, quiere que empiece por el final y ahora dice que voy demasiado deprisa. Dioses, es la paradoja de mi vida. Ella sola tiene el poder de hacerme caer de rodillas, declarando mi amor por ella.

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Ella sola puede provocar en mí momentos de bondad y pasión, y también es ella quien puede enfurecerme hasta el punto de que me tiemblen los brazos por la tensión ejercida para no golpearla. Ella es la luz y yo soy la oscuridad. Antes pensaba que podría sobrevivir sola en mi oscuridad, pero fue ella la que me dijo que la oscuridad no existe sin la luz, que no conoceríamos la una de no ser por la otra.

Ahora me dice que explique lo que quiero decir empezando por el final. Le entrego la pluma y le digo que escriba ella, puesto que es evidente que piensa que yo no puedo. Me sonríe burlona y se da la vuelta, y me doy cuenta de que no hace tanto tiempo que habría muerto a golpes por un acto de insolencia como ése y, sí, los golpes se los habría dado yo.

En mi vida sólo ha habido oscuridad, muerte y destrucción desde que cumplí los quince veranos. Numerosos bardos os han entretenido ya con las historias de mi vida, de modo que no voy a repetir aquí los detalles. Baste decir que todas las cosas oscuras, detestables, obscenas que habéis leído acerca de Xena la Conquistadora son absolutamente ciertas. Sí, puede que algunas hayan sido exageradas, pero en su mayoría presentan un fiel retrato mío. Al menos, de cómo era yo en mi juventud. Estaba llena de apetitos insaciables, de los cuales el sexo y la sed de sangre sólo eran dos. Era insaciable, ya fuera en la cama o en el campo de batalla, y tanto mi mal genio como mis orgías eran legendarios.

Tenía cuarenta y cuatro veranos cuando ella entró en mi vida. A eso me refiero cuando digo que empiezo por el final. Con eso no quiero decir en absoluto que los cuarenta y cuatro sean el final de mi vida, pues ahora me parecen tan sólo el principio, pero estaba en un punto, antes de que ella apareciera, en el que realmente me parecía que había llegado al final. Es cierto que una vez superados los cuarenta, por fin hice el intento de mitigar mi oscuridad, pero apenas. Seguía siendo una mujer propensa a violentos ataques de ira y celos y mi libido era todavía tan fuerte como la de un guerrero de la mitad de mi edad, pero para cuando cumplí los cuarenta y cuatro, ya me estaba apaciguando, no físicamente, sino mentalmente.

Se debía sobre todo a que mi vida me parecía muy vacía y que lo único que me rodeaba cada día era la soledad. La pura verdad es que durante la mayor parte de mi vida no me había importado ni había querido a nadie, bueno, casi, pero de repente eso hacía que me sintiera sola. Por lo tanto, en

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lugar de amargarme en mi soledad, me esforcé por mejorar. Empecé a moderar mis juicios con indulgencia; intentaba no destrozar las cosas cuando perdía los estribos y, sobre todo, me esforzaba mucho por tratar a las personas que me rodeaban, ya fueran esclavos o nobles, con más respeto que en el pasado. De repente, notaba la edad. Creo que muchos de los que estaban cerca de mí pensaban que era locura o senilidad, aunque advertí que nunca pedían que volviera la antigua Xena. Debo confesar que había días en que mi recién descubierta madurez se iba por el desagüe con el agua del baño y volvía a mis antiguas costumbres, pero lo intentaba, no obstante.

Lo cierto es que la historia de la Conquistadora no empieza hasta que ella entra en el relato. Pues la historia de la Conquistadora no se puede reflejar con exactitud sin hablar de Gabrielle.

Capítulo 1: Encuentro con el destino

—Señora Conquistadora, es un honor combatir a tu lado —dijo el gobernador de Tesalia al tiempo que estrechaba mi fuerte brazo con una mano igualmente poderosa.

Últimamente había estado taciturna, echando de menos lo que no tenía, pero incapaz de dilucidar cuál era el factor que faltaba en mi vida y que me tenía tan alterada. La pequeña guerra civil que había estallado en la costa, cerca de Ambracia, me daba un motivo para salir del palacio de Corinto. Creo que hoy había conseguido sorprender a bastantes hombres en el campo de batalla, tanto de los míos como del enemigo. La sed de sangre ya no corría con tanta fuerza en mi interior, pero era suficiente para transformarme en algo terrorífico en el campo de batalla.

—Dime, Telamon —le pregunté al gobernador—, ¿esperas tener más problemas con estos piratas costeros?

Telamon era un hombre bajo, pero muy musculoso, y esta autoridad nombrada por mí se echó a reír con ganas.

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—Estoy convencido, Señora Conquistadora, de que en el futuro sólo tendré que decirles que la Conquistadora de Grecia vendrá contra ellos y huirán como las ratas de un barco incendiado.

Se oyeron unos gritos y uno o dos chillidos desde la gran sala y dio la impresión de que todos íbamos hacia allá al tiempo que traían a las prisioneras. Era costumbre que la autoridad de la zona eligiera a algunas de las prisioneras antes de que las vendieran como esclavas en el estrado de las subastas. De modo que Darius, el lugarteniente de Telamon, las traía a todas para la inspección.

—Señora Conquistadora —empezó Telamon—, te ofrezco respetuosamente la elección que me corresponde.

Suspiré. Siempre hacían esto, creyendo que así obtenían mi favor. Algunos hombres honrados, como Telamon, lo hacían simplemente porque era lo respetuoso. El único problema era que yo lo odiaba. Sí, hubo una época en que intentaba averiguar cuál de ellas era virgen y ésa era la que convertía en mi nueva esclava corporal, pero mi vida era ahora muy distinta. Hacía dos estaciones que no compartía mi cama con nadie más allá de alguna ramera ocasional. A veces me preocupaba, pues no sabía por qué me había abandonado el impulso sexual. Sin embargo, todavía tenía una reputación que mantener, de modo que solía elegir a una chica y montaba todo un número sentándola en mi regazo toda la noche mientras mis soldados y yo bebíamos hasta el amanecer. Me cercioraba de que todo el mundo oyera mis comentarios obscenos y viera cómo la tocaba. Luego, al salir el sol, acababa sin sentido en la cama y al día siguiente mi capitán, Atrius, encontraba trabajo para la chica en la cocina del castillo.

Adopté una expresión lasciva y añadí un pavoneo algo exagerado a mi forma de andar mientras pasaba ante las mujeres, jóvenes y viejas, que les habían sido arrebatadas a los piratas. La mayoría dejaba mucho que desear, y cuando estaba a punto de rechazar la elección del gobernador, dos mujeres se apartaron y detrás de ellas apareció una cabeza rubia y gacha, que se contemplaba los pies descalzos.

Ahora bien, no sé por qué esa muchacha me llamó la atención. Ni siquiera le veía la cara, y era diminuta. Dioses, seguro que la acababa partiendo como a una ramita si me daba por llevármela a la cama. Pero tenía algo.

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Cuando avancé hacia la muchacha, la gente que estaba delante de ella se apartó. Ella no levantó la mirada, pero debía de saber que me tenía delante por la sombra que proyectaba sobre su cuerpo. Alargué dos dedos y le levanté la barbilla. No sé cuánto tiempo me quedé ahí sin respirar, pero sí sé que tuve que carraspear para disimular la gran bocanada de aire que por fin inhalé. Tenía los iris del color de un bosque por la mañana temprano, todo lozano y verde. Intentó apartar sus ojos de los míos bajándolos, aunque ahora le tenía sujeta la barbilla con firmeza.

—Mírame —ordené, y alzó vacilante los ojos para encontrarse con los míos.

Parecía incapaz de fijar la mirada en mí y los bajó de nuevo, sumisamente. Subí la mano para apartar los mechones de sucio pelo rubio que le caían por la cara. Fue entonces cuando lo vi. Cuando mi mano se acercó a ella, se encogió. No físicamente, pero sí lo vi en sus ojos. Los apartó y me di cuenta de que debía de haber sido esclava la mayor parte de su vida, para que alguien tan joven se comportara de esta manera.

—¿Cómo te llamas? —pregunté, pero antes de que pudiera contestar, hubo un coro de resoplidos y risas disimuladas por parte de los soldados.

Me volví, clavando la mirada en Darius, el lugarteniente de Telamon, para que me lo explicara.

—Disculpa la reacción, Señora Conquistadora, pero tal vez te convenga elegir a otra.

—¿Y eso por qué? —pregunté.

—A ésta la han usado tanto que ni siquiera los soldados la quieren — contestó, y los soldados volvieron a reírse disimuladamente.

Me volví de nuevo hacia la jovencita. —Te he preguntado cómo te llamas.

—Gabrielle, mi señora —contestó, y supe que me había metido en un lío. Esos ojos me arrastraban y esa voz sonaba suave como la seda cuando habló. Lo curioso es que me llamó "mi señora", como si ya me perteneciera. Nadie me llamaba otra cosa que no fuera Señora Conquistadora.

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Entonces, se le empezaron a llenar los ojos de lágrimas, cuando los hombres fueron incapaces de contener la risa. No intentó secárselas ni apartarse de mí y sentí la humedad que me caía en los dedos.

—¿Por qué lloras, muchacha? ¿Acaso porque Darius miente? — indagué, deseando que dejara de llorar. No entendía por qué, pero su llanto me producía desazón.

—No, mi señora —respondió suavemente—. Mi llanto se debe a que el lugarteniente dice la verdad. —Y de repente toda la estancia se quedó en silencio.

Todavía no sé por qué, pero oí mi propia voz como si la estuviera usando otra persona.

—Atrius —llamé a mi capitán—. Ocúpate de que la lleven a mis aposentos, le den de comer, la bañen y la vistan adecuadamente. Puede que necesite sus servicios.

Cuando me volví para salir de la gran sala, me detuve un momento para ver si alguno de los soldados tenía el valor, o la estupidez, de reírse ahora. Ninguno lo hizo. Nunca lo hacen.

Notaba el vino sin la menor duda, pero lo que me satisfacía era que la mayoría de los hombres que me habían desafiado a un concurso de beber habían perdido el sentido hacía ya largo rato. Contenta al saber que todavía conservaba algo de mi juventud, salí de la sala de banquetes y me dirigí a mi habitación. Debía de estar escorándome a babor ligeramente, porque Atrius apareció de repente y tuve que confiar en que me llevara hasta mis aposentos o me podría haber pasado toda la noche vagando por los pasillos.

—¿Deseas algo más esta noche, Señora Conquistadora? —preguntó cuando abrí la puerta.

—No, por esta noche estoy servida. —Lo llamé cuando se volvió para marcharse—: Atrius... mm... gracias.

Atrius nunca hablaba mucho. Inclinó la cabeza ligeramente y me dirigió una leve sonrisa. Los dos éramos guerreros y él sabía lo mucho que me estaba

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esforzando para convertirme en una soberana más clemente, y no digamos en un ser humano decente. Aceptó mi agradecimiento indeciso con una cortesía única para ser soldado.

Entré en mi habitación y estuve a punto de tropezar con la muchacha, que estaba arrodillada a los pies de mi cama.

—¿Quién Hades eres tú? —le grité. Me había sorprendido, y no me gustan las sorpresas.

La carita se alzó al instante llena de alarma y apenas reconocí a esta belleza con su pelo dorado y la cara recién lavada.

—Oh —dije, pues no se me ocurrió otra cosa que decir. Reconocí a la esclava que había seleccionado antes, pero con dificultad.

Bajó la cabeza de nuevo y pareció esperar a que le diera algún tipo de orden. Hacía mucho tiempo que no tenía una esclava corporal y ya no estaba habituada a este tipo de conducta. Era arrebatadora, ahora que estaba limpia, y advertí que mi doncella personal la había vestido con una de mis batas de seda viejas. Resultaba bastante grande para su pequeña figura y se le resbalaba por un hombro, revelando su preciosa piel clara. Si no había planeado ella misma esa maniobra, debería haberlo hecho. Era de lo más seductor.

Confieso que no estaba muy sobria, pero de todas formas crucé la habitación para servirme una copa de vino. Cuando me hube bebido como la mitad de la copa, me volví y la muchacha seguía en la misma postura sumisa, arrodillada en el suelo a los pies de mi cama. Supuse que era lo que le habían enseñado. Eso o Sylla, mi doncella, le había dicho que lo hiciera.

Mi libido me había abandonado en el curso de la última estación más o menos, pero al contemplar a la pequeña rubia, cuyo pelo caía hacia delante por tener la cabeza gacha, tapándole la cara, sentí una cálida necesidad que me encogía el vientre. Me bebí de un trago el resto del vino para retrasar el dolor de cabeza que se me avecinaba. Empezaba a tener el cuello rígido y me dolía la espalda, señal inconfundible de que por la mañana iba a tener una resaca del Tártaro.

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Fui a la cama y me dejé caer pesadamente en el blando colchón. A mis dedos les costaba mucho soltar los cordones de mi camisa y por fin me rendí. ¿Cómo se llamaba la muchacha?

—¿Cómo dices que te llamas? —cedí y pregunté. —Gabrielle, mi señora.

—Gabrielle, te necesito —respondí, y ella se levantó ante mí y dejó caer la bata al suelo.

Sólo pude quedarme mirando el cuerpo magnífico que tenía ante mí. Para ser esclava, tenía pocas o ninguna marca de látigo en el cuerpo. Por lo general, sólo hay una razón para mantener a una esclava en tan buen estado y es que haga bien su trabajo. Esa idea provocó otro rayo ardiente de calor que me atravesó el vientre.

—Vuelve a ponerte la bata, Gabrielle —dije rápidamente, mirándome las botas.

No tenía ni idea de por qué me estaba refrenando de tomar a la muchacha sin más, era lo que solía hacer. Si veía algo que deseaba, lo hacía mío. Bueno, era lo que hacía antes. Ahora intentaba no aterrorizar tanto a las jóvenes. En algún momento había empezado a producirme una sensación de vacío, eso de tener mujeres en la cama que estaban ahí sólo porque yo se lo ordenaba. Sentía algo por esta pequeña rubia que iba más allá de la lujuria física y eso me preocupaba, pero esta noche no me apetecía enfrentarme a esa clase de demonio.

Gabrielle alcanzó su bata y vi la confusión reflejada en su rostro. También me di cuenta de por qué los soldados de abajo no la querían.

Los hombres de esa clase querían que una mujer se defendiera un poco, de forma que, aunque no fuese cierto, pudieran creerse tipos duros que tomaban a las mujeres en contra de su voluntad, como si tomar a una mujer indefensa de esa manera convirtiera a alguien en un hombre. Miré a la esclava, que se había arrodillado y agachado la cabeza ante mí. ¿Quién te ha

arrebatado las ganas de luchar, pequeña? Probablemente no había sido uno

solo, sino cien amos distintos. Existía en su mundo de esclava a base de encogerse asustada y disculparse y suplicar perdón. Hacía lo que se le decía,

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exactamente cuando se le decía, y gracias a eso se mantenía con vida. Era muy joven, pero creo que nunca hasta entonces había visto a una persona, hombre o mujer, cuyos ojos reflejaran una derrota tan absoluta y total. Ni siquiera parecía saber cómo pensar por sí misma, ¿y para qué molestarse? Debía de haber pasado la mayor parte de su vida recibiendo órdenes sobre lo que tenía que hacer y cuándo lo tenía que hacer. Estoy segura de que había aprendido a una edad muy temprana que los esclavos que piensan no viven mucho tiempo. —Perdóname, mi señora, creía... no pretendía dar por supuesto que querías recibir placer —se disculpó.

—No quiero... o sea, sí quiero, escucha... esta noche no, ¿vale? — farfullé de una forma muy poco propia de mí. Creo que me sentía un poco decepcionada de que volviera a tener el cuerpo tapado—. Ayúdame a desvestirme, Gabrielle —le ordené, e inmediatamente se puso a la tarea.

Me quitó las botas, sin importarle que todavía estuvieran cubiertas de sangre y barro resecos de la batalla.

—Te puedes lavar las manos en esa palangana de ahí, hay agua en la jarra. —Si no hubiera dicho nada, estoy segura de que se habría limpiado las manos en su propio cuerpo antes de quitarme el resto de la ropa.

Me desató los cordones de la camisa y me la quité por encima de la cabeza. Levantó la mirada una sola vez, como si pidiera permiso para continuar, cuando se dispuso a quitarme los calzones que llevaba debajo de los pantalones. Era la última prenda de ropa que tenía puesta y se detuvo. Por algún motivo, yo no sabía si quería sentir sus manos tan cerca de mi necesidad y me quité yo misma la prenda interior.

Rodé hasta el centro de la cama y me tumbé boca abajo, rodeando con los brazos la blandura de una almohada. Las sábanas me producían frescor en la piel, que tenía muy caliente por naturaleza, y aspiré profundamente el olor de la ropa de cama limpia. El olor me recordaba a una época muy lejana, cuando era niña.

—Un masaje en la espalda, Gabrielle. Eso es lo que necesito —le murmuré por fin a la muchacha arrodillada.

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Oí que la bata caía al suelo de nuevo y esta vez le permití desnudarse. Pensé que dado que yo estaba desnuda, ella también podía estarlo. Abrí las piernas y ella aceptó la invitación tácita, se arrodilló ahí y se puso a masajearme los músculos de los riñones. Esas pequeñas manos tenían una fuerza increíble y al mismo tiempo eran delicadas y sensuales, y poco a poco noté que mis músculos se calentaban y relajaban bajo ellas. Cuando pasaba a otro punto, era como si supiera exactamente dónde tenía los dolores y las antiguas lesiones y se ocupaba primero de ellos.

Hizo crujir algunas de mis vértebras e inmediatamente sentí que el dolor iba cediendo. Cuando pasó a mi hombro creo que debí de hacer un gesto de dolor, porque se disculpó muchas veces. Siguió aplicando el masaje a la zona dolorida, trazando círculos cada vez más lentos con la mano, y de repente se detuvo.

—Esto podría dolerte, mi señora. ¿Continúo? —preguntó.

Gruñí asintiendo y noté el peso de su pequeño cuerpo apoyado en su mano. Hubo un sonoro crujido y un dolor agudo que empezó a desvanecerse de inmediato. Me di cuenta de que no me debían de haber colocado bien el hombro que se me dislocaba continuamente. Se me había vuelto a salir durante la batalla de esta mañana. Tomé nota mental para acordarme de hacer una visita al sanador de campaña del gobernador antes de regresar a Corinto. Él y yo teníamos que charlar un poco sobre sus capacidades.

—¿Dónde has aprendido a hacer esto? —pregunté por fin, intentando no gemir de placer al hablar.

—Uno de mi amos tenía un sanador que era de la tierra de Chin. Me enseñó gustoso los procedimientos de su arte, mi señora.

Yo conocía bien Chin y las artes curativas de aquella tierra. Había aprendido mucho en mi juventud de una amante que tuve durante un tiempo. Hacía mucho tiempo que no pensaba en Lao Ma. Era tal vez la única mujer que me había querido por mí misma. En aquel entonces yo no tenía nada, era joven y salvaje, y ella me domó durante un breve período de tiempo. También era impetuosa e insensata y estaba consumida por la sed de poder. Cuando las dejé a ella y a la tierra que ella amaba, pensé que nunca volvería. Volví, unas diez estaciones después. Le corté el cuello al emperador, que se

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hacía llamar el Dragón Verde. Nunca supe quién era, pero cuando llegué a Chin, me dijeron que había torturado y matado a Lao Ma por sus creencias pacifistas. Nunca entenderé por qué se lo permitió. Poseía un poder inmenso, y todavía hoy me pregunto por qué no lo usó contra ese cerdo.

Noté que Gabrielle se apoyaba en mí y me frotaba la parte inferior de la espalda haciendo pequeños círculos con el talón de la mano. Notaba sus muslos pegados a la parte interna de los míos, y cuando apoyó el peso para apretar más con la mano, noté que los sedosos rizos que le cubrían el sexo me rozaban ligeramente el trasero y ese calor que sentía en el bajo vientre regresó con creces. Se detuvo un momento cuando llegó a mis caderas, como si no supiera por dónde seguir. Yo no estaba dispuesta a renunciar a la sensación de sus manos sobre mi cuerpo y por eso le ordené que continuara.

—Más abajo —fue la única orden que le di.

Me abracé con más fuerza a la almohada mientras ella me masajeaba la carne del trasero, preguntándome si tenía idea de lo húmeda que me estaba poniendo. Por fin bajó por cada muslo y por detrás de mis piernas y las cosas que me hizo con los pulgares en el arco del pie me hicieron gemir de placer.

Era el primer ruido que hacía y creo que la sobresalté. Para cuando regresó subiendo despacio hasta mi trasero, los ruidos que salían de mi garganta eran continuos. Era un poco difícil disimular mi deseo a estas alturas, puesto que estaba segura de que veía perfectamente lo empapado que tenía el sexo. En parte era por el vino, pero la otra parte era por las cosas maravillosas que esta muchacha le estaba haciendo a mi cuerpo con su masaje. No recordaba si alguna vez había dejado que un hombre o una mujer me tomara en una postura tan sumisa, pero subí una rodilla, abriéndome bien, y di una orden.

—Tócame —dije con voz ronca.

Ella sabía lo que quería y me di cuenta por sus caricias indecisas de que ella misma se estaba preguntando cosas acerca de la postura. Dejó que una mano siguiera masajeándome la carne de la nalga y sus dedos hicieron su magia en la carne húmeda de entre mis piernas. Fue como echar agua fría en un trozo de acero al rojo vivo. Me sorprendió que no saliera vapor, y gemí largo y tendido al notar la exquisita caricia.

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Recordaba una época en la que tres mujeres podían darme placer al mismo tiempo y yo nunca hacía el menor ruido, controlada en todo momento. Incluso durante el orgasmo, siempre controlaba el placer que recibía. No sé si fue por el alcohol o no, pero creo que perdí el control en el momento en que dejé que esta muchacha me tocara. Ahora estaba entre mis piernas y yo gemía suplicándole que no parara.

No tardó en ser evidente por qué Gabrielle no tenía una sola marca encima. Era buenísima en su trabajo. Apreté las caderas contra el colchón para intentar que su mano me frotara el clítoris con más fuerza. No era suficiente y solté un gruñido de frustración.

—Dentro... ¡ya! —ordené, y gruñí, al sentir que me inundaba una cálida oleada de placer.

Deslizó los dedos dentro de mí y yo empujé hacia atrás con fuerza, empalándome aún más. Cuánto tiempo hacía que no sentía nada de esto, un deseo de tomar a alguien, y no digamos de permitir que alguien me follara. Me daba igual lo que le pareciera o cómo le sonara a nadie más. Era una sensación increíble y no quería que el placer terminara.

Mantenía un ritmo perfecto de embestida, siguiendo la velocidad que dictaban mis caderas. Movió la mano libre y extendió los dedos por mi trasero, moviendo el pulgar por la raja hacia mi centro. Siguió haciendo esto, adelante y atrás, llevándose mis propios jugos, hasta que capté su intención. Se detuvo y se puso a acariciar suavemente la carne arrugada de ese agujero oscuro, presionando un poco, pero sin penetrar. Francamente, la sensación me estaba volviendo loca.

En todos mis años, nadie me había tocado jamás ahí, y eso que había experimentado el placer sexual con algunos de los mejores. Mi rechazo a dejar que alguien tuviera acceso a esa parte de mi cuerpo era algo que no sabía explicar, como si tuviera algo de mí misma que jamás entregaría, pero ahora todo eso se me estaba olvidando. Gabrielle seguía embistiendo con los dedos dentro de mí y me noté a punto. Continuaba bajando con el pulgar para recoger más lubricación y volvía y presionaba un poco más cada vez. Por fin, se detuvo y presionó la resistente abertura, con el pulgar cubierto de mi propia humedad. Noté que se deslizaba un poquito en mi interior, y de repente me entró el ansia de sentir cómo me penetraba ahí.

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—¿Mi señora? —preguntó, a sabiendas.

Era como si otra persona estuviera controlando mi cuerpo, y oí la respuesta con mi propia voz grave.

—¡Dioses, sí! —gruñí, y de un solo movimiento ágil, penetró la estrecha abertura con el pulgar.

Pasó entonces a hacer lo que sabía hacer mejor, supuse, y me folló hasta que creí que ya no podría seguir reprimiendo el orgasmo. Empecé a empujar con fuerza contra las dos manos que se movían dentro de mí y cuando oí el alarido que brotaba desgarrado de mi propia garganta, pensé que no era posible que fuera yo la que hacía ese ruido.

Retiró despacio el pulgar, pero todavía notaba su mano dentro de mí, y antes de que se me hubieran pasado los últimos temblores de mi potente orgasmo, volvió a mover los dedos en mi interior. Torció los dedos hacia arriba, penetrando profundamente y frotando ese punto aterciopelado de dentro, y volví a gemir en voz alta. Me llevó al orgasmo otra vez y por fin una tercera con esa técnica, hasta que mi cuerpo cayó hacia delante en una inconfundible postura de derrota.

La batalla, el vino y el sexo explosivo se combinaron para dejar agotado incluso a mi cuerpo. Noté el peso de la esclava cuando se levantó de la cama y se lavó las manos. Cuarenta y cuatro estaciones dentro de este cuerpo fueron a lo que atribuí mi agotamiento, justo antes de perder el sentido, boca abajo sobre las almohadas.

Me desperté sobresaltada, notando que había alguien más en la habitación. Fuera el cielo estaba teñido del gris previo al amanecer, y me dolía mucho la cabeza. Vi que había una taza de agua colocada en la mesilla al lado de mi cama y me la bebí de dos tragos, dándome cuenta de que la debía de haber dejado ahí la esclava. Un detalle extrañamente considerado por parte de una esclava, pero dejé que se me relajara el cuerpo, consciente de que lo que notaba era la presencia de la muchacha. No estaba en la cama a mi lado, y miré por la habitación a la escasa luz y la encontré.

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Estaba de rodillas al lado de mi cama, como al principio de la noche. Estaba cabeceando, y me pregunté asombrada si estaba durmiendo así o luchando por mantenerse despierta. En cualquier caso, tuvo un efecto sobre mi cerebro adormilado. No le había dicho que se retirara y, como esclava obediente que era, no había dejado su postura de servidumbre. Por Hades, ¿cómo se llamaba? Ah, sí.

—¿Gabrielle?

Se puso alerta al instante, pero me miró con cansados ojos de esmeralda.

—¿Mi señora? —contestó con voz soñolienta.

—Ven a la cama, Gabrielle. Cuando lleguemos a Corinto, tendrás tus propias habitaciones, pero hasta entonces, tendrás que dormir en mi cama — respondí.

Pareció vacilar al oír una petición tan poco ortodoxa, pero obedeció, como ya sabía yo que haría. Se tumbó y no se tapó, como correspondía a una buena esclava, pero yo estaba demasiado cansada para aprovecharme. Le tapé el cuerpo con la sábana y me volví de lado, en dirección opuesta a ella.

—Buenas noches, Gabrielle.

—Buenas noches, mi señora —respondió.

Casi me eché a reír al oír su voz. Estaba confusa y probablemente pensaba que la Conquistadora se estaba convirtiendo en una necia senil, a medida que envejecía. Yo misma pensé asombrada en cómo la había tratado. Jamás me había importado lo que una mujer pensara de mí, y mucho menos lo que pensara o sintiera una esclava. Los esclavos eran objetos, cosas que poseías, y tenías todo el derecho a tratarlos como te viniera en gana. No se los consideraba personas, con emociones y sentimientos reales. Yo trataba mejor a cada uno de los caballos que poseía que a cualquier esclava con la que hubiera compartido la cama. En las veinte estaciones que llevaba gobernando Grecia, creo que ni una sola vez había sentido lástima por la vida que las Parcas decidían darle a un esclavo. Simplemente jamás pensaba en ellos ni en sus circunstancias.

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Esta muchacha me estaba afectando mucho y me oía a mí misma decir cosas que no podía creer que fueran mis propios pensamientos. ¿Por qué le había dicho dónde iba a dormir cuando regresáramos a Corinto? Nunca me quedaba con las mujeres que me ofrecían. ¿Por qué había dicho que iba a tener habitaciones en palacio? Pensé en el placer que me había dado horas antes y el recuerdo me produjo un cosquilleo entre las piernas. Pensé en ella, echada a mi lado totalmente disponible para mí, y aunque mi mente estaba dispuesta, mi cuerpo sólo anhelaba dormir.

Sabía, en momentos como éste, de dónde venía gran parte de mi reciente melancolía. Había dedicado más de la mitad de mi vida a hacer cosas malvadas y despreciables a aquellos que eran más débiles o menos afortunados que yo. Me había hecho falta hacerme más vieja para darme cuenta de que la rabia taciturna y los actos de mi juventud me habían dejado sin familia, sin amistad y sin amor. En el fondo de mi alma, me preguntaba si esta pequeña rubia, que fácilmente tenía la mitad de mi edad, podría aliviar alguna de estas pérdidas.

Me di cuenta, en esos instantes difusos antes de que Morfeo me sedujera para entrar en su reino, de que efectivamente me iba a quedar con esta esclava y de que, aunque no comprendía del todo por qué, me sentía atraída por ella, atraída por su obediencia callada y sumisa.

Y así, Gabrielle no sólo llegó a mi palacio, sino también a mi vida. Sentía necesidades centradas en torno a esta pequeña rubia que no lograba distinguir, pero por primera vez en mi vida, me quedé dormida preguntándome qué pensaba otra persona de mí.

Capítulo 2: Tanteando el terreno

Noté la presencia de otra persona en la habitación antes de que la pesada cortina se apartara de la ventana principal y el sol de primera hora de la mañana me hiciera encogerme, aunque seguía con los ojos cerrados. Sylla se movió por la habitación, preparando las cosas en silencio para mi mañana. Como doncella personal mía, cumplía sus órdenes con el debido silencio. Tanto si había dormido toda la noche como si me había desmayado en el suelo justo antes del amanecer, Sylla me despertaba todas las mañanas al salir el sol.

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Normalmente yo ya estaba despierta, a menudo trabajando ya en mi escritorio mucho antes de que ella entrara en mis aposentos.

Sylla solía dejar que la luz de la mañana entrara en la habitación y luego procedía a encender lámparas o velas adicionales. Recogía la ropa que yo había dejado tirada por ahí al desvestirme la noche antes, se ocupaba de que me prepararan el baño y luego me traía la comida de la mañana. Y no era distinto cuando viajaba. Su programa nunca variaba, y sé que agradecía que mi temperamento se hubiera suavizado con los años. Antes se llevaba sus buenas dosis de improperios e insultos por mi parte, pero en mañanas como ésta, cuando tenía tal resaca que me quería morir, sí que tendía a volver a ser como aquella antigua Xena.

Lo curioso era que Sylla nunca me contestaba, nunca se iba de la habitación hecha un mar de lágrimas, y aún más pasmoso era el hecho de que no recogiera sus cosas y se marchara. Era una empleada, no una de mis esclavas, lo cual, ya de por sí, era bastante raro. Entró en el castillo cuando murió su padre, un leal soldado de mi ejército que tenía cierta reputación en el campo de batalla. El día en que Delia me preguntó si la muchacha podía trabajar para mí, hice lo que siempre hacía entonces, hace unas diez estaciones. Torcí el gesto y me encogí de hombros como si me diera igual.

Ahora bien, Delia era otra historia. Me lo preguntó porque era la única que podía salir bien librada de ello. Puedo decir con franqueza que en aquel entonces, si alguien, salvo mi cocinera Delia, me hubiera hecho esa misma pregunta, habría agarrado a la joven y la habría tomado, delante mismo de mis hombres, y luego habría dejado que trabajara para mí. ¿Por qué? Más que nada porque podía, supongo.

Delia es lo más parecido a una amiga que he tenido en toda mi vida. Era esposa del capitán de mayor confianza que había tenido jamás. Galien era más que un soldado, era un mentor y un confidente, tal vez la única figura paterna que había aceptado en mi vida. Cuando agonizaba en un campo de batalla de la Galia, lo sostuve y vi cómo moría desangrado, sabiendo que poca cosa podía hacer para salvarlo. Le dije que cualquier deseo que tuviera, si estaba en mi mano, se lo concedería. Me extrajo ese día la promesa de que me ocuparía de que su esposa estuviera siempre atendida. Cuando regresé de esa campaña, Delia entró en el castillo.

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Es la única persona de toda Grecia que no parece tenerme miedo. Discute conmigo, me echa broncas y en general me trata como a la niña malcriada que suelo ser casi todo el tiempo, y yo la quiero por ello. Acabó aburrida de no hacer nada en el castillo y cuando empezó a cocinar para mí, puse al anterior cocinero de patitas en la calle. Era una diosa culinaria, y mis banquetes, en el palacio de Corinto, se habían convertido en la envidia de todo mi imperio.

Me incorporé sobre un codo y abrí despacio los ojos, lo cual no hizo sino aumentar mi dolor de cráneo. Me quedé mirando un momento mientras Sylla se dedicaba a sus quehaceres matutinos. Miré a la esclava que compartía mi cama. Tenía el rostro menos tenso al dormir y no pude evitar alargar la mano y rozarle los labios con la yema de los dedos. Sus párpados se abrieron de golpe, revelando unos sobresaltados ojos verdes.

—Mi señora —exclamó Gabrielle y prácticamente se tiró de la cama para adoptar su postura de rodillas en el suelo.

Bueno, no era eso exactamente lo que yo buscaba, pero me costó no sonreír a la joven esclava. Estaba desnuda y no parecía perturbada por el hecho de que Sylla se moviera a su alrededor.

—Buenos días, Señora Conquistadora —dijo mi doncella—. Ya están aquí los jóvenes con el agua para tu baño. —Los ojos de Sylla indicaron el cuerpo desnudo de Gabrielle y no supe si la preocupación de mi doncella era por Gabrielle o por los jóvenes de la cocina.

Tuve una rápida revelación y me di cuenta de que no me apetecía que nadie viera desnuda a Gabrielle, salvo yo.

—Gabrielle, vuelve a la cama. Sylla cree que vas a pillar un resfriado ahí abajo —dije riendo.

Gabrielle se metió de nuevo bajo las sábanas que yo le sostenía abiertas y le hice un gesto a Sylla, que dejó pasar a varios jóvenes cargados con cubos de agua para la gran bañera que iba a usar para darme un baño. Tuvieron que hacer varios viajes, pero ninguno desvió la mirada, ninguno salvo un chico. La tentación de ver a la Conquistadora en la cama debió de superarlo, por lo que alzó los ojos y los posó no en mí, sino en mi esclava. Tuve un destello de una

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época anterior de mi vida y me vi a mí misma levantándome de la cama y destripando al muchacho con mi espada.

En cambio, un gruñido grave salió retumbando de mi pecho y vi a Gabrielle por el rabillo del ojo. Me miró rápidamente, estoy segura de que preguntándose de dónde salía ese ruido. Cuando estaba furiosa, podía sonar como el gruñido de un perro y cuando estaba excitada, como el ronroneo de una pantera. Ahora mismo, sonaba de todo menos satisfecho o seductor.

—Si quieres vivir un día más, muchacho, más vale que poses esos ojos en otra parte —solté.

Sylla vio el problema inminente y se apresuró a intervenir antes de que la cosa fuera a más.

—A ver, chicos... a lo vuestro. Ya hay suficiente agua, fuera todos de aquí. —Sylla sacó a los chicos de la habitación y los envió por las escaleras de servicio.

Dejé caer la cabeza en la almohada justo en el momento en que alguien se puso a dar golpes en la puerta de entrada de la habitación exterior.

—¡Por las pelotas de Ares! ¿Es que nadie sabe a qué hora me quedé dormida anoche? —bramé, haciendo que me doliera aún más la cabeza.

—Es tu capitán, Señora Conquistadora —me informó Sylla.

—Está bien, está bien. —Le hice un gesto a Sylla para que dejara pasar a Atrius.

—Señora Conquistadora —dijo Atrius en voz baja, lo cual le hizo subir puntos, teniendo en cuenta cómo tenía la cabeza. Los perdió, sin embargo, por su expresión risueña al ver a Gabrielle todavía en mi cama.

—Atrius, ¿tienes algún motivo para molestarme antes de que haya tenido siquiera la oportunidad de bañarme?

—Perdona lo temprano de la hora, Señora Conquistadora, pero expresaste tu deseo de regresar a Corinto en cuanto hubieran terminado aquí los problemas. ¿Te parece bien hoy?

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Me lo pensé un momento. Ahora estaba deseosa de volver a casa y me pregunté si tendría algo que ver con la joven que estaba en mi cama.

—Sí... hoy está bien, parece que nos va a acompañar el buen tiempo. ¿Podemos estar preparados para media mañana?

—Sí, Señora Conquistadora —replicó Atrius.

Asentí haciéndole un gesto para que se retirara y empujé las almohadas hacia el cabecero de la cama. Me senté ahí y miré a Gabrielle, que estaba tumbada con las manos recogidas sobre el estómago. Pensé en gozar de la bonita esclava, pero me lo pensé mejor al darme cuenta de que al cabo de pocas marcas mi ejército estaría preparado para marchar de vuelta a Corinto. —Parece que nos volvemos a casa hoy, Sylla. Me temo que Gabrielle no está equipada para un viaje. Llévala al mercado y compra lo que vaya a necesitar hasta que regresemos a palacio. ¿Tienes algo que le puedas prestar mientras? No quiero que ninguno de estos soldados la vea con la bata.

—Sí, Señora Conquistadora —contestó Sylla.

—Gabrielle, ve con Sylla y, por los dioses del Olimpo, abre la boca o acabará vistiéndote como a una virgen de Hestia.

Les sonreí a las dos con humor, pero sólo Sylla sonrió a su vez, meneando la cabeza ante mis modales. Gabrielle parecía un poco aturdida y confusa por todo lo que había ocurrido en las últimas doce marcas. Se fue detrás de Sylla, vestida con la bata que había llevado la noche antes, con el rostro tan impasible e inexpresivo como siempre. Me pregunté cuánto tiempo hacía que esa muchacha no sonreía.

Cuando ya estaba lavada y vestida para viajar, Sylla trajo de nuevo a Gabrielle a la habitación donde estaba dispuesto el desayuno. Mi doncella se quedó esperando a que la atendiera mientras yo usaba mi anillo para sellar un mensaje que debía ser enviado con antelación a Corinto. Por alguna razón, me parecía importante que las habitaciones que había en palacio al otro lado del pasillo frente a las mías estuvieran preparadas para la llegada de Gabrielle. Me reí de mí misma. Dioses, se podría pensar que traía a mi reina a palacio. Curiosamente, así era como me sentía exactamente.

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Como de costumbre, Gabrielle se arrodilló, con la cabeza inclinada, esperando pacientemente. Cuando levanté la vista, apenas la reconocí. Parecía más delgada con la ropa que envolvía su pequeña figura, y pensé que nuestra primera tarea debía ser alimentar a la muchacha adecuadamente.

—Muy bien. Buen trabajo, Sylla.

—Gracias, Señora Conquistadora —respondió mi doncella con una ligera sonrisa.

Mis cumplidos eran poco frecuentes, pero estaba aprendiendo que obtenía mejores resultados, tanto del servicio contratado como de mis esclavos, si de vez en cuando dejaba caer una pequeña alabanza. No me salía de forma natural, eso de tratar a la gente con compasión. No entendía por qué, pero por otro lado, nunca me había parado de verdad a examinar mi vida hasta hacía poco. ¿Por qué la hosquedad y la ira celosa son unas emociones tan naturales para mí? Repaso mi vida y sólo veo una bruma de oscuridad que me rodea y que la luz no consigue penetrar. Algunos días me pregunto si existe una luz lo bastante brillante como para disipar esta clase de oscuridad. Normalmente lo pienso más o menos al mismo tiempo que me pregunto si intentar ser una soberana más benévola a estas alturas del juego tendrá algún valor cuando me encuentre con Hades. ¿Alguien podría superar un pasado como el mío?

—Sylla, partiremos pronto. Enviaré a uno de mis guardias a buscarte. Quiero que vayas con Kuros, en el carro del sanador. Gabrielle montará conmigo —terminé, despidiendo a la joven. A Sylla se le dilataron los ojos cuando le dije que mi esclava iría a caballo, pero cerró la boca y salió de la habitación.

Gabrielle apenas había movido un músculo en todo este tiempo. —Gabrielle, ¿tienes hambre? —pregunté.

—No requiero gran cosa, mi señora —contestó.

Todas las respuestas que daba estaban pensadas para resultar ambiguas en todos los sentidos. Era uno de los métodos con los que había conservado el favor de sus amos. Ahora yo dudaba de que pudiera contestar a una pregunta directa sin insistir un poco.

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—Mírame, muchacha.

Gabrielle levantó despacio la cabeza, para no desobedecer, pero advertí que le costaba mirarme a los ojos.

—¿Tienes hambre? —pregunté de nuevo, vocalizando bien. Asintió con la cabeza, bajando los ojos al mismo tiempo. —Sí, mi señora —contestó con un tono muy inseguro. —Pues ven aquí y come.

Alzó la mirada y luego volvió a agachar la cabeza, pero no sin que yo captara más confusión en sus ojos. Supongo que pensaba que le iba a pasar la comida a mano o que le iba a poner un plato en el suelo. Yo había entrenado incluso a algunas esclavas corporales para que comieran sólo de mi mano, reforzando la idea de que sólo yo era su dueña. No tenía la menor intención de volver a tratar jamás a una esclava de esa manera.

Me levanté de la silla y me agaché sobre una rodilla delante de ella. Le levanté la barbilla con delicadeza y advertí, por su manera de apartar los ojos de mí, que se esperaba que le diera un golpe con la mano. La usé en cambio para apartarle el pelo rubio de la cara. Le acaricié la mejilla con el pulgar durante unos segundos, como si fuera un potrillo asustado al que estuviera apartando del lado de su madre por primera vez.

—Tranquila —dije, y me levanté, tirando de ella—. Cuando yo coma, será en la mesa, y ahí es donde quiero que comas tú también. Siéntate. —La coloqué en la silla que había frente a la mía y le puse dos fuentes delante—. Come todo lo que quieras de lo que hay aquí, Gabrielle. ¿Me entiendes?

—Sí, mi señora —contestó.

Me volví y fui a otra mesa pequeña al otro lado de la habitación, fingiendo que estaba muy ocupada sirviéndome una pequeña copa de vino. En realidad quería ver si la muchacha comía los alimentos que le había puesto delante. Serví también una taza de agua, volví con las dos cosas y le puse el agua delante, quedándome yo con el vino. Rara vez permitía que los esclavos bebieran alcohol.

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Gabrielle mordió tímidamente un higo partido y mordisqueó la fruta largo rato. Me senté frente a ella y saqué media docena de pergaminos de un estuche, colocándolos en la mesa a mi lado. Me puse a leer los pergaminos, en su mayoría peticiones y solicitudes más aburridos que el Tártaro, pero fingí estar absorta y no prestar atención a la joven que estaba frente a mí. Mi vista periférica es excelente y mientras leía, observaba a Gabrielle.

Cuando se dio cuenta de que lo de la comida lo había dicho en serio, se puso a comer de verdad, y pensé que la muchacha debía de estar muerta de hambre. Hizo desaparecer una fuente entera de comida y cuando iba por la mitad de la otra, pareció quedarse sin energía. Cogió la taza de agua y se la bebió entera de unos cuantos tragos.

—Gabrielle —dije con tono distraído, sin apartar los ojos del pergamino que estaba leyendo—, si aún tienes sed, puedes ponerte agua de la jarra que hay en la mesa.

Fingí de nuevo que me daba igual lo que hiciera después de haberle dado permiso, pero la observé con disimulo en los aledaños de mi campo visual. Miró la jarra y luego me miró a mí de nuevo. Era evidente que la muchacha quería otra taza de agua, así que ¿por qué no se levantaba y se la ponía? Rodeaba la taza con las manos agarrotadas y vi que tenía los nudillos blancos por lo que sólo pude interpretar como miedo. Por fin se levantó y se sirvió el agua, sin dejar de mirarme todo el tiempo. Se sirvió tres tazas y se las bebió enteras antes de volver a su silla. Me habría echado a reír por lo que hacía si no me hubiera producido una tristeza tan honda.

Gabrielle era el vivo retrato de la esclava derrotada. No necesitaba tener cicatrices en la espalda para saber lo que era el castigo, sobre todo como esclava corporal. Imaginad una bofetada en la cara, no lo bastante fuerte como para causar una contusión o cortar la piel, o una patada en la espinilla, suficiente para hacerte tropezar y arañarte las manos, o incluso la privación de alimentos durante días seguidos. Ésas eran las formas en que se castigaba a una esclava cuyo cuerpo debía mantenerse en perfecto estado. ¿Los amos anteriores habían jugado a las privaciones con esta muchacha hasta conseguir que se comportara como un perro apaleado? ¿Le habían dado permiso, para castigarla una vez lo aprovechaba?

Por supuesto que sí. Era lo que hacía yo antes, sin más motivo que porque me divertía.

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Capítulo 3: El viaje a casa

Los soldados emprendieron la marcha mientras yo me despedía de Telamon. Bajé los escalones de piedra, disfrutando del frescor de la brisa primaveral. Hacía suficiente frío para llevar un manto durante el día, lo cual haría necesaria una tienda por la noche. Los carromatos que llevaban los suministros, la comida y las tiendas para nuestra caravana iban en último lugar. Vi a Gabrielle esperando en silencio junto a Sylla y mi sanador, Kuros.

Kuros era un hombrecillo extraño, otro de mis empleados, no un esclavo. Era un etrusco procedente de una tierra situada muy al norte de Grecia. En los días en que me dedicaba a la piratería, antes incluso de que se me conociera como a la Destructora de Naciones, derroté a una banda de piratas etruscos cerca de Córcega. El sanador que iba a bordo del barco era experto en una serie de artes curativas que yo no conocía. A cambio de su libertad, Kuros me enseñó las técnicas curativas aparentemente mágicas que conocía. Una vez obtuvo la libertad, el hombrecillo cambió de opinión y solicitó ser mi sanador privado.

Sylla le dijo algo a Gabrielle y la rubia asintió mientras mi doncella se montaba en el carromato al lado de Kuros. Fui hasta Gabrielle y le indiqué que me siguiera. Tuve que acortar de forma considerable las largas zancadas que me salían de forma natural y así y todo, Gabrielle casi tuvo que echar a correr para seguirme.

—Señora Conquistadora —dijo Atrius, entregándome las riendas de mi caballo.

Tenorio era un semental negro como la noche que tenía la fuerza de un toro y la agilidad de una mariposa. Era un caballo de guerra como ningún otro y para mí valía más que todo el oro de Grecia. El orgulloso animal nunca había sentido a nadie que no fuera yo sobre su lomo, pero estaba convencida de que el animal aceptaría la pequeña carga adicional que yo tenía en mente.

—Ésta es mi nueva... esclava personal —le dije a Atrius, sin saber muy bien por qué me negaba a usar las palabras "esclava corporal"—. Se llama Gabrielle —terminé, y Atrius saludó a la muchacha con la cabeza—. Gabrielle,

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éste es Atrius, capitán de mis ejércitos. Si alguna vez me separo de ti, la suya es la cara que tienes que buscar. ¿Comprendes? —Era como si tuviera que preguntarle a Gabrielle directamente si me comprendía, porque si no, jamás la oiría pronunciar palabra.

—Sí, mi señora.

Me monté de un salto en el musculoso lomo del semental y le ofrecí la mano a Gabrielle. Vi que tragaba saliva y cuando me cogió la mano, advertí que estaba temblando. Me eché hacia atrás en la silla.

—¿De qué tienes miedo? —pregunté confusa.

Levantó la mirada y fue la primera vez que sus ojos se encontraron con los míos sin que yo tuviera que obligarla. Miró de nuevo al animal y dijo suavemente:

—Es muy grande, mi señora.

Me eché a reír y los que nos rodeaban se volvieron para mirarnos. Era muy raro verme reír, pero el miedo de la pequeña muchacha me parecía muy lógico. Era por lo menos dos cabezas más baja que yo y pensé que si yo fuera de su tamaño, también estaría un poco preocupada.

—Dame la mano, Gabrielle —ordené y ella así lo hizo obedientemente. La subí sin esfuerzo a la silla colocándola delante de mí: al fin y al cabo, no pesaba más que un saco de higos. La acomodé para que se apoyara en mi cuerpo y el calor que eso me provocó entre las piernas era una sensación que hacía mucho tiempo que me había acostumbrado a no sentir. Atisbó por el costado del caballo y se echó hacia atrás de nuevo.

La miré con sinceridad mientras nos poníamos en marcha.

—No te preocupes, Gabrielle, Tenorio no dejará que te caigas. —Dicho lo cual, le rodeé la cintura con el brazo y la pegué a mí. Tardé mucho rato en quitarle el brazo de la cintura.

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Pasaron unas cuantas marcas y empecé a notar que Gabrielle se agitaba en la silla. Le podría haber preguntado qué le pasaba, puesto que ya tenía mis sospechas. La muchacha se había bebido cuatro tazas de agua justo antes de partir y me parecía que estaba empezando a notarlo. Pero quería que Gabrielle hablara por sí misma y ésta era mi sutil técnica de formación. No quería pasar el resto de mi vida con una joven que tenía miedo de su propia sombra, por lo que decidí ser tan amable con la muchacha como me permitiera mi escaso buen genio.

Dioses, ¿en qué estaba yo pensando últimamente para decir cosas así? ¿Cómo se me ocurría pasar mi vida con una esclava de la que en realidad no sabía nada? Un ama y su esclava pueden tener muchos tipos de relación, pero

no como gobernante y consorte, eso no se hace. ¿Verdad?

Aguantó una marca más hasta que mi extraordinario oído captó la tenue llamada de atención.

—¿Mi señora? —susurró. —Sí, Gabrielle.

—¿Puedo... me das permiso... para ir a los arbustos? —terminó.

Saqué a Tenorio del camino y Gabrielle pareció sorprenderse de verdad porque no me había limitado a depositarla en la cuneta. Con mis soldados pasando al lado, lo último que quería era que mi esclava personal orinara delante de ellos. Subimos por una ligera cuesta, nos metimos en un claro del bosque y yo desmonté primero. Una vez en el suelo, Gabrielle parecía no saber si debía proceder. Sintiéndome de repente incómoda, retrocedí, con las riendas del caballo en las manos.

—Voy a estar... estooo, por allí... para que puedas estar en privado — murmuré torpemente.

Era la primera vez que decía estooo desde que tenía doce años. ¿Qué me estaba pasando? Gabrielle me miró como si de repente me hubiera salido otra cabeza. ¿En privado? ¡A los esclavos les da igual estar en privado! Me volví y regresé por donde habíamos venido, dejando que Tenorio bebiera del riachuelo que cruzaba nuestro camino. No tardé en oír a Gabrielle que volvía a mi lado.

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—¿Te encuentras mejor? —pregunté con cara risueña.

Una vez más, la sorpresa asomó a la cara de la muchacha. Por los dioses, ¿es que nadie hablaba nunca con ella? Tenía que seguir recordándome a mí misma que Gabrielle era esclava. En las últimas estaciones, me había rodeado de tantos empleados y empleadas que me estaba costando un poco recordar cómo era la vida de un esclavo. Por supuesto que nadie hablaba con ella, y menos para preguntarle su opinión o cómo estaba. Era una propiedad, y la mayoría de los amos pensaban que preguntarle a un esclavo cómo se sentía tenía tanto sentido como hacerle esa misma pregunta a un caballo.

Vi que Gabrielle asentía y carraspeé antes de hablar.

—Gabrielle. —Me callé hasta que me miró—. Sólo puedo suponer que en el pasado o te han ignorado o te han maltratado de algún modo por expresar tu opinión. Creo que es importante que dejemos sentadas unas bases dentro de nuestra relación.

¿Acababa de decir relación? Por los dioses, no quería decir eso... ¿o sí? —Si me vas a servir personalmente, voy a desear algo más que el simple placer físico. Tengo necesidad de... necesidad de compañía —dije, bajando la mirada para ver el efecto que tenían mis palabras en la joven esclava.

Gabrielle caminaba a mi lado, con el rostro tan inexpresivo como siempre. Respiré hondo y me pregunté si todo esto merecía la pena. ¿Adiestrar a una esclava para que fuera mi acompañante? Parecía tan redundante como pagar a alguien para que fuera mi amigo. Esta muchacha era tímida y timorata y había pasado la mayor parte de su vida desarrollando las actitudes sumisas que la mantendrían con vida como esclava. No podía esperar de ella que olvidara una vida entera de adiestramiento en un solo día. Volví a tomar aliento y me planteé si a Gabrielle le apetecería siquiera encontrarse en esta situación. En el pasado, jamás me había preocupado por lo que quería un esclavo. Ahora, me parecía importante, pero no sabía por qué, sólo que eso era lo que sentía. Mi paciencia, o más bien mi falta de ella, es legendaria. ¿Poseía el aguante necesario para una tarea como ésta?

De nuevo dejé de caminar y cuando me paré, Gabrielle se detuvo. Llegamos a otro riachuelo, un poco más grande que el primero que habíamos cruzado. Me di cuenta de que Gabrielle me habría seguido sin la menor duda

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y se habría metido de lleno en el agua helada, pero llevaba botas decorativas de mujer y las mías estaban hechas de cuero resistente, diseñadas para el exterior. La levanté en brazos sin dificultad y volví a depositarla en el suelo al otro lado del riachuelo. El asombro de su cara empezaba a ser típico, pero esta vez me pareció que debía hacer algún comentario.

—Sylla no me dejaría en paz si te permitiera cabalgar el resto del día con las botas mojadas —dije, emprendiendo de nuevo la marcha para salir del bosque.

Cruzamos por el campo de hierba hacia el camino y reanudé la conversación.

—Como he dicho antes, comprendo que es posible que te hayan castigado por tus ideas u opiniones, pero si vamos a pasar el tiempo juntas, no quiero tener la sensación de que estoy hablando con la pared. Quiero oírte, Gabrielle. Quiero que sepas que cuando te haga una pregunta, si dices la verdad, jamás te castigaré por la respuesta. ¿Comprendes lo que digo... lo que te pido? —pregunté, haciendo una pausa para levantarle la barbilla hacia mí.

—Sí, mi señora —contestó, y pensé que ahora era un buen momento para realizar una pequeña prueba.

—Gabrielle, ¿quieres caminar un poco o estás preparada para volver a montar?

Inmediatamente miró a Tenorio, que caminaba a nuestro lado. El lomo del animal superaba la altura de su cabeza y la expresión de su rostro me dijo que volver a montar en el animal era para ella el equivalente de escalar una alta montaña. Quería ver si me iba a contestar con sinceridad y, como iba a ocurrir siempre, la joven me sorprendió.

—Prefiero caminar, mi señora —contestó vacilante.

—Pues caminaremos —dije y me volví hacia ella para que pudiera ver mi sonrisa.

No me devolvió la sonrisa, pero sus ojos se animaron un poco y pensé que al menos era un comienzo. Yo no sonreía mucho, al menos de una forma auténtica como ésta. No tenía en cuenta la sonrisa feroz que usaba en el

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combate o al dictar sentencia sobre un enemigo capturado. Esta sonrisa era la que reservaba para los momentos en que algo me causaba auténtico placer y esos momentos eran escasos. Por lo general parecía fuera de lugar en mi cara: un ceño hosco me resultaba mucho más natural. Sin embargo, sonreí a Gabrielle, en parte para expresar mi alegría porque había entendido lo que le pedía y también porque me apetecía.

Estuvimos caminando una marca más y advertí que Atrius había enviado a unos miembros de la guardia de palacio para protegerme. Incluso después de tantas estaciones, todavía se me olvidaba que, como era la soberana de Grecia, podía haber gente que quisiera matarme, a pesar de que el país disfrutaba de prosperidad económica gracias a mí. Tal vez me estaba haciendo más confiada a medida que envejecía, pero todavía era una guerrera temible y rara vez se me ocurría pensar que no podría ocuparme de cualquier enemigo al que me enfrentara.

Si los otros hubieran estado más cerca, jamás habría dicho las cosas que le dije a mi joven esclava. Seguimos caminando y me descubrí diciéndole cosas que apenas sabía que sentía. Incluso logré que me contestara de vez en cuando, pero sacarle una opinión era casi imposible. Sí que averigüé algo sobre su pasado, pero incluso obtener esa información resultó ser todo un desafío.

—Gabrielle, ¿qué edad tienes? —pregunté. —Veinte veranos, mi señora —contestó. —¿Desde cuándo eres esclava?

—Desde la estación en que cumplí diez veranos, mi señora. —¿Y desde cuándo eres esclava corporal? —continué.

—Desde esa misma estación, mi señora —contestó, y me pareció que se le quebraba la voz.

Por los dioses, me encogí por dentro, ha servido en el lecho de un amo desde que era niña. No es posible que las Parcas sean tan crueles.

—El mundo no es siempre como nos gustaría que fuese —afirmé en voz baja, y supe que la joven estaba de acuerdo, aunque guardó silencio—.

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Gabrielle, ¿cuál es tu mayor deseo? —pregunté, pensando que no me estaba expresando bien.

—¿Mi señora?

—Un deseo. Si pudieras tener cualquier cosa que quisieras, ¿qué sería? Me esperaba que la respuesta fuera su libertad. ¿Podía haber algo que un esclavo deseara más? Una vez más, mi pequeña esclava me dio la respuesta que jamás me habría esperado.

—Poder escribir mis historias. Es decir, poder tener tiempo y suministros para escribir todas las historias que tengo en la cabeza en pergaminos, para que las lean otros.

—Muy interesante. ¿Sabes leer y escribir?

—Oh, sí, mi señora —contestó y me pareció percibir cierto orgullo en su voz.

—Muy impresionante —añadí, pues sabía que pocos esclavos tenían la oportunidad de aprender a leer y escribir—. ¿Crees que un amo va a dejar que una esclava pase así sus días? —pregunté. Quería ver lo fuerte que era su deseo.

—Tal vez... —empezó con un hilito de voz—, tal vez si me portara muy bien... y fuera muy obediente... —No acabó la frase, al darse cuenta, estoy segura, de que ese sueño estaba totalmente fuera de su alcance.

Fue entonces cuando caí en la cuenta. Tal vez por eso la actitud de la pequeña rubia era la más sumisa que había visto nunca en un esclavo, por eso aceptaba todo lo que le ocurría y por eso realizaba todo lo que se le ordenaba, sin rechistar. Tal vez tenía la esperanza de que si era lo bastante sumisa, algún amo se apiadaría de ella y le permitiría escribir sus historias. Qué deseo tan extraño para una esclava.

—De modo que esto es lo que eligirías por encima de cualquier cosa, ¿eh?

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Gabrielle asintió con la cabeza, y no sé ni cómo ni por qué se me ocurrió la idea, pero me pareció importantísimo ser la persona que convirtiera en realidad el deseo de esta joven esclava.

—Me parece que no será una tarea difícil de realizar cuando volvamos a casa.

Dije la palabra casa como si para mí significara algo más que un simple palacio desde donde gobernaba. Desde luego, ahora parecía ser algo más. Tal vez se debía a haber estado fuera tanto tiempo, pero posiblemente tenía algo que ver con la joven que caminaba a mi lado.

Gabrielle inclinó la cabeza, pero de repente, su paso pareció hacerse más ligero y si lo que tenía en la cara no era una sonrisa, se parecía mucho.

—¿Mi señora? —preguntó.

—¿Sí, Gabrielle? —respondí, sin bajar la mirada. —¿Me das permiso para hacerte una pregunta? Sonreí por dentro.

—Te lo doy.

Dudó un momento y luego dio la impresión de que decidía renunciar a toda precaución.

—¿Qué es lo que deseas tú?

La pregunta que me hizo me sorprendió tanto como la respuesta que había dado a mi propia pregunta. Por supuesto, podría haber contestado de mil maneras, pero en ese momento, con esta joven a mi lado, sólo se me ocurrió una cosa que deseara de verdad.

Me detuve y miré a la esclava, levantándole la barbilla para que me mirara directamente a los ojos. Siempre parecía incapaz de hacerlo, pero esta vez le faltó poco, y movió los ojos nerviosa bajo mi mirada directa.

—Deseo que algún día me toques porque tú quieras hacerlo, Gabrielle, no porque yo te lo ordene.

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Dar la vuelta a las tornas está bien, y cuando le solté la barbilla y seguí caminando, supe que mi respuesta la había sorprendido a ella por una vez.

Capítulo 4: El primer beso de una Conquistadora

Faltaban otras dos marcas para que se pusiera el sol, pero cuando llegamos al sitio donde estaba nuestro campamento, las tiendas ya estaban montadas y los fuegos para cocinar ardían debidamente. Los carromatos y el servicio siempre iban por delante explorando, y alabé a Atrius por el lugar que había elegido para acampar.

Entré en la tienda e inmediatamente me sentí en casa, mucho más que en el castillo de Telamon. Como tenía por costumbre, llevaba más de veinte estaciones montando el mismo tipo de tienda y solicitando la misma disposición de las cosas dentro de ella. Todo estaba como debía estar, y bostecé y me estiré. Sabía que si yo me sentía cansada después de un día entero a caballo, seguro que mi joven esclava estaba a punto de desplomarse. Sin embargo, Gabrielle me dejó impresionada cuando se quitó su propio manto y se puso a ayudarme para quitarme la ropa.

Una vez cubierta por mi bata de seda preferida, me arrellané en una de mis sillas más cómodas y disfruté de la copa de vino que Gabrielle me puso delante. Me pareció extraño que tuviera esta curiosa intuición de mis necesidades, teniendo en cuenta que había empezado a servirme el día anterior.

—Mi señora... mm, ¿puedo...? —preguntó, señalando fuera de la tienda.

—Por supuesto —dije, levantándome cuando volvió a echarse el manto por los hombros. Quité el broche con mi sello del cuello de mi propio manto y lo coloqué a la altura de la garganta de Gabrielle—. Esto garantizará que ninguno de mis soldados se excede. Si tienes problemas, acude a mí sin dudar. La idea de que Gabrielle estuviera con otro, ya fuera por la fuerza o por su propia voluntad, me enfureció de repente. En mi cerebro surgió la imagen de Gabrielle con otro y la visualización encendió mis celos. Éste era el monstruo que durante tantas estaciones había intentado mantener a raya. Me

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temo que Gabrielle estaba a punto de experimentar mi afán posesivo por primera vez.

Le cogí la barbilla entre el pulgar y el índice y la miré a los ojos.

—Permite que te lo deje muy claro, Gabrielle. Me perteneces. Nadie puede tomarse libertades con tu cuerpo o con tu afecto. Si alguna vez descubro que es así, perderás la vida empalada en mi espada. ¿Me comprendes, niña?

Asintió con la cabeza y sentí literalmente el miedo repentino que la llenó rápidamente. No tenía intención de hablar con tanta aspereza, ni de dejarme llevar de esta manera por los celos. Para mí era importante, por alguna razón que todavía no comprendía, que Gabrielle no me tuviera miedo, pero en un solo día, mi demonio había hecho acto de presencia sin avisar.

Me relajé un poco, sonriéndole, y luego le acaricié la mejilla con la mano.

—Estoy segura de que nunca me darás motivos para hacer una cosa así. Como disculpa, no valía gran cosa, pero por otro lado, tenéis que comprender que las disculpas no eran lo mío. Qué eufemismo tan increíble. Lo cierto es que jamás en mi vida había pronunciado las palabras "lo siento", desde luego jamás desde que cumplí la mayoría de edad. He atentado incluso contra las personas que tenían fe en mí. He matado a hombres por la emoción que me producía tener su sangre en mi espada y he pegado palizas a mujeres que habían compartido mi cama, simplemente por la sensación de dominación y poder que para mí era equivalente al placer sexual. Algunos de estos desdichados eran incluso personas por las que sentía un poco de interés o confianza. Había ocasiones en las que me sentía mal después y les ofrecía un regalo o palabras amables como disculpa, y aunque a veces me parecía que quería pronunciar esas palabras, nunca me salían. Eso suponía doblegarse y una Conquistadora jamás se doblega. No conocía emoción o persona alguna que pudiera tener esa clase de poder sobre mí, para obligarme a caer de rodillas de esa manera.

Miré a la criatura asustada que sujetaba y supe que si pudiera decirle que sentía lo que había dicho antes, podríamos tener una relación distinta a la

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