Claves del
ecologismo social
Agustín Hernández Aja, Alicia H. Puleo, Carlos Taibo, Cristina Rois, Cthuchi Zamarra, Daniel López García, David Llistar, Dolores Romano
Mozo, Edith Pérez, Erik Gómez-Baggethun, Eva Aneiros, Fernando Cembranos, Francisco Castejón, Gemma Tarafa, Iñaki Barcena, Jaime S. Barajas, jorge Riechmann, José Vicente Barcia, Juan Carlos del Olmo,
Julio Alguacil, Luis González Reyes, Luis Rico García-Amado, Mar R. Gimena, María González Reyes, Marta Pascual, Marta Soler Montiel, Paco Segura, Ramón Fernández Duran, Rosa Lago, Theo Oberhuber,
Yayo Herrero.
Colección ENSAYO, n° 1
La editorial de
Daniel López García, David Llistar, Dolores Romano Mozo, Edith Pérez, Erik Gómez-Baggethun, Eva Aneiros, Fernando Cembranos, Francisco Castejón, G e m m a Tarafa, Kaki Barcena, Jaime S. Barajas, jorge Riechmann, José Vicente Barcia, Juan Carlos del Olmo, Julio Alguacil, Luis González Reyes, Luis Rico García Amado, Mar R. Gimena, María González Reyes, Marta Pascual, Marta Soler Montiel, Paco Segura, Ramón Fernández Duran, Rosa Lago, Theo Oberhuber, Yayo Herrero.
[dea original, m a q u e t a c i ó n y p r o d u c c i ó n : Ecologistas en Acción Cubierta: Biográfica
C o o r d i n a c i ó n editorial: Valentín Ladrero Edita: Libros en Acción
La editorial de Ecologistas en Acción,
C / Marqués de Leganés 12, 2 8 0 0 4 Madrid, Tel: 915312739, Fax: 915312611, [email protected] www.ecologistasenaccion.org
© Ecologistas en Acción y los autores y autoras
P r i m e r a e d i c i ó n : noviembre 2 0 0 9
Impreso en papel 100% reciclado, ecológico, sin cloro.
Este libro está bajo una licencia Reconocimiento-No comercia I-Compartir bajo la misma licencia 3.0 España de Creative Commons. Para ver una copia de esta licencia, visite http://creativecommons.Org/licenses/by-nc-sa/3.0/es/
ISBN: 978-84-613-5255-5 Depósito Legal: M-43530-2009
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índice
IVúlogo, 11
li Causas de una enfermedad sistémica:
ideologías de la destrucción, 13
l )na mirada crítica al concepto de progresoYuyo Herrero, 15
(ultura del crecimiento en un m u n d o finito
. Idilh Pérez, 21
mito del mercado y la democracia liberal
Iñaki Barcena Hinojal, 27
l ,a pobreza desde el ecologismo
Marta Pascual, 33
Deuda ecológica: la mirada medioambiental de los desiguales inlercambios económicos
Iñaki Barcena Hinojal y Rosa Lago Aurrekoetxea, 41
1 ,a escapada virtual: el desarrollo de una ceguera colectiva
Fernando Cembranos Díaz, 47
Defensa de qué, de quién: miedo a la carta para la guerra global
Mar R. Gimena y Jaime S. Barajas, 53
(Capitalismo global
Carlos Taibo, 59
Biodiversidad: tirando piedras contra nuestro propio tejado
Theo Oberhuber, 67
Del crédito a la deuda ecológica en una generación
Juan Carlos del Olmo, 73
Cambio climático
Cristina Rois, 79
El inicio del fin de la era de los combustibles fósiles y sus consecuencias,
Ramón Fernández Duran, 85
¿El final del capitalismo global?
Luis González Reyes, 91
Crisis alimentaria: agricultura industrial y transgénicos
Marta Soler Montiel, 97
Urbanización contra sostenibilidad
Agustín Hernández Aja, 103
Riesgo químico
Dolores Romano Mozo, 109
III. Escuchar la vida:
mensajes para una alternativa necesaria y posible, 117
Sostenibilidad: cultura de los límitesErik Gómez-Baggethun y Luis Rico García-Amado, 119
Decrecimiento: menos para vivir mejor
Luis González Reyes, 125
Biodiversidad: elemento central de un nuevo paradigma
Theo Oberhuber, 131
Democracia directa, colectiva y cooperativa
Julio Alguacil Gómez, 135
Acerca de la tecnociencia y el principio de precaución
Anticooperación: aportes al ecologismo social
Gemma Tarafa y David Liistar, 155
Soberanía alimentaria: un pacto social por la agricultura
Daniel López García, 163
Ecofeminismo: la perspectiva de género en la conciencia ecologista
Alicia H. Puleo, 169
Las mujeres, protagonistas de la sostenibilidad
Marta Pascual, 175
Las alternativas de la defensa antimilitarista
Eva Aneiros Vivas y Cthuchi Zamarra de Villanueva, 183
Cambio de paradigma energético
Francisco Castejón, 189
Menos transporte: los desafíos de la proximidad
Paco Segura, 197
Consumo crítico: límites a la bulimia social
María González Reyes, 2 0 3
La batalla del lenguaje: toponimia de la resistencia
¡osé Vicente Barcia Magaz, 2 0 9
Prólogo
Si miramos y nos fiamos de lo que observamos, llegaremos a la conclusión de que la mayor parte de las cosas verdaderamente importantes van a peor. El agua limpia, las reservas pesqueras, los espacios naturales, los bosques, la energía fósil, la biodiversidad o el tiempo que las personas tienen para dedicar a cuidar y relacionarse con los demás son bienes cada vez más escasos y degradados. La brecha económica q u e separa a las personas en-riquecidas de la gran parte de seres humanos empobrecidos y expoliados crece de una forma obscena.
El enorme aumento de emisiones de gases de efecto invernadero, fruto de la actividad humana sobre todo en el m u n d o rico, o la proliferación de productos químicos ajenos a la dinámica de la biosfera, están alterando los equilibrios dinámicos y cambiantes de la naturaleza que explican la exis-tencia de la especie humana. El cambio global es de tal calado que ya hay quien propone que nuestra era geológica pase a denominarse Antropoceno, ya que la especie humana se ha erigido en el principal configurador de las dinámicas biogeofísicas de la Tierra.
A pesar de que cada vez existe un discurso verde aparentemente más .isentado y de q u e se ha multiplicado la existencia de institutos, inves-tigaciones, instituciones y publicaciones que tratan sobre los problemas ambientales y sus soluciones, por el momento, parece que la humanidad continúa sin virar el rumbo q u e conduce al deterioro social y ambiental.
En nuestra opinión, el gran problema es que aún no está asumido por una gran parte de la población, ni desde luego por la clase política y económica que ostenta el poder, la gran contradicción fundamental que debe afrontar nuestra especie: la incompatibilidad esencial entre un sistema socioeconómico basado en la extracción y generación de residuos creciente y un planeta con límites.
cambio de modelo que permita ajustar los procesos económicos humanos a los límites biofísicos, a los tiempos de regeneración y a las dinámicas de los ecosistemas, con criterios de equidad, de tal m o d o q u e la redistribución y reparto igualitario de la riqueza ocupe un lugar central en la política y la economía.
Para deshancar al lucro y los beneficios del puesto central que ahora ocupan, debemos conseguir que muchas personas desplacen la mirada hacia s lo verdaderamente importante: el mantenimiento de la vida y la justicia y la
equidad entre las personas.
Este libro quiere ofrece algunas claves básicas para poder interpretar la realidad desde el prisma del ecologismo social: cómo funciona y se articula la vida en la naturaleza; cuáles son los principales síntomas del desajuste entre sociedad y naturaleza y cuáles sus consecuencias; por dónde deben ir los cambios para torcer esta trayectoria suicida; cómo y quién se apropia de los bienes y servicios que presta el planeta; qué riesgos supone el calentamiento global; qué papel juega la visión de lo femenino sobre el m u n d o para facilitar el cambio; qué caminos pueden conducir a la sostenibilidad...
Esperamos poder contribuir a cambiar la mirada sobre lo que vemos y animar a volcar esfuerzo y trabajo en la construcción de un m u n d o justo y compatible con la lógica de la vida.
I. Causas de una
enfermedad sistèmica:
gías de la destrucción
Una mirada crítica
al concepto de progreso
Yayo Herrero
Centro Complutense de Estudios e Información Medioambientaly miembro de Ecologistas en Acción
ID los últimos siglos, y sobre todo en las últimas décadas, el conocimiento científico ha avanzado de una forma impresionante. En todas las áreas del pensamiento: física, matemáticas, química, biología, economía, sociología, etc. han aparecidos nuevas teorías y descubrimientos cuya aplicación ha cambiado la vida a una velocidad vertiginosa. Máquinas, artefactos, medios de transporte, nuevos negocios y formas de relacionarse son resultado de esta vorágine de generación y aplicación de la tecno-ciencia.
("uñosamente, a la vez, vemos c ó m o casi todos los factores básicos en los que se apoya la vida, tal y como la conocemos, van a peor. Las reservas pesqueras en todo el m u n d o disminuyen rápidamente; los suelos pierden paulatinamente la capacidad de producir alimentos; el ritmo de extracción ile petróleo, imprescindible para mantener nuestra organización productiva y económica, no va a poder seguir aumentando debido a su agotamiento; el agua, el aire y el suelo se degradan debido a la contaminación química; las desigualdades sociales se profundizan porque existe una desmesurada ¡ipropiación de bienes y riqueza por parte de una minoría; la articulación comunitaria q u e ha garantizado la reproducción social (los cuidados en la Infancia, en la vejez o a las personas enfermas, por ejemplo) se está destru-yendo, entre otras cosas, porque hombres y mujeres dedican la mayor parte de su tiempo a trabajar para el mercado; lo que se llama democracia se ha convertido en un sistema hegemónico que dispone de medios de difusión masivos, y una enorme maquinaria tecno-militar capaz de convencer o Imponer el modelo global...
i Por qué a la vez que se ha generado tanto conocimiento y al mismo
•
tiempo que nacían más universidades, institutos y centros de investigación, las variables que explican la vida se han ido deteriorando progresivamente? ¿Por qué el agua, el aire, los territorios, los mares, la biodiversidad o la vida comunitaria se van destruyendo al mismo ritmo con que aparentemen-te aprendemos sobre ellos? ¿Por qué, en medio de tanto deaparentemen-terioro, las personas continúan creyendo firmemente que nuestra sociedad sigue un camino lineal desde un pasado de atraso y superstición hacia un futuro emancipador de mayor bienestar?
Para virar esta trayectoria que conduce al colapso, es preciso reflexionar sobre la noción de progreso que han construido las sociedades occidentales, un concepto que se basa en la separación entre cultura y naturaleza, y que ha contribuido a construir una esfera social, tecnológica y económica que ignora el funcionamiento de los sistemas naturales y crece a costa de su destrucción.
Saber de dónde venimos para poder cambiar
La génesis del modelo de pensamiento occidental tiene su origen en la Modernidad. Éste es un periodo complejo y largo en el que se consiguen indudables logros, como el establecimiento de los Derechos del Hombre y la consolidación del concepto de ciudadanía (masculina). Sin embargo, es también el momento en el que se asientan las relaciones entre las personas y la naturaleza que han terminado conduciendo a la actual crisis ecológica. ' En efecto, es durante el período moderno cuando se cimientan las bases
: de un sistema tecno-científico que se ha venido desarrollando de espaldas
a los procesos de la biosfera que sostienen la vida, y al servicio de un mo-delo socioeconómico que reduce el concepto de riqueza a lo estrictamente monetario y que no conoce límites.
La ciencia moderna se construyó sobre la creencia de que la perso-na que pensaba podía separarse del m u n d o y contemplarlo como algo independiente de sí misma. Al poder observar la realidad desde fuera, el conocimiento generado se consideraba objetivo; neutral y universal. La revolución científica moderna condujo a considerar la naturaleza como una enorme maquinaria que podía ser descompuesta y estudiada en partes. La naturaleza pasaba asía ser comprendida como una gran máquina previsible, que funcionaba sujeta a unas leyes matemáticas, eternas e inmutables, que determinan su futuro y explican su pasado.
En la actualidad sabemos que este modelo diseccionador, que ha sido tan útil para aplicar en la industria, no es válido para comprender la vida
UNA MIRADA CRITICA AL CONCEPTO DE PROGRESO
sobre la Tierra. La lógica de las máquinas no sirve para entender el m u n d o vivo. En un ecosistema, vegetales, animales y microorganismos interactúan intensamente. Lo que una especie desecha es el alimento de otra; la materia se recicla constantemente a través de la trama de la vida;1 la diversidad,
lauto natural como social, asegura la recuperación... La vida, desde sus inicios, hace tres mil millones de años, se ha extendido por el planeta, no por la fuerza, sino creando una red compleja y no es posible comprenderla ignorando su dinamismo.
La visión atomizada y dispersa de la realidad tiene importantes reper-cusiones en nuestro entorno. Muchas decisiones en temas urbanísticos, a lu hora de planificar infraestructuras o de dispersar productos químicos o xenobióticos al medio, alteran esta compleja red de relaciones con conse-cuencias imprevisibles y no deseadas.
A pesar de que la propia ciencia desautorizó hace muchos años la mecánica clásica o la separación entre cultura y naturaleza como visiones i micas que pudiesen explicar la complejidad del mundo, estas miradas si-guen fuertemente ancladas en los esquemas mentales de nuestra sociedad y continúan siendo aplicadas en el ámbito tecno-científico.
Concebir el saber occidental como objetivo y universal, la oportunidad de extenderlo que ofrecieron la colonización del resto del m u n d o y los avances tecnológicos que hicieron posibles los deseos de crecimiento sin limites, han hecho de la ciencia occidental el sistema de conocimiento hegemónico y pretendidamente único, ante el que cualquier otro es con-siderado atrasado o supersticioso. De este modo, se ignora que hay otras muchas formas de conocimiento que han demostrado su utilidad y validez. Si pensamos en la eficacia de la arquitectura vernácula para conservar el calor y el frío de las casas, o en la. capacidad de muchos pueblos indígenas para conservar los bosques en los q u e viven y la biodiversidad que éstos albergan, comprobaremos que han existido otras culturas más eficaces que l.i nuestra en estos empeños.
Un progreso lineal e ilimitado ,
I ,a revolución científica e ideológica que instaura el proyecto de laModer-nidad se amplía y consolida durante la Ilustración. Por una parte aparecen los ideales ilustrados basados en la libertad intelectual y el desarrollo del conocimiento al margen de la Iglesia; por otro, surgen dos fenómenos aso-ciados: el capitalismo y la Revolución Industrial. La ciencia y su aplicación, desvinculadas de la ética gracias a su supuesta objetividad y neutralidad, se
pusieron al ^servicio de la industria naciente y del capitalismo, consiguiendo unos aumentos enormes en los ritmos de extracción y transformación, gracias a la bonanza energética que ofrecieron las energías fósiles, primero el carbón, y posteriormente, y hasta hoy, el petróleo. El capitalismo y la Revolución Industrial, con la tecnología a su servicio, terminaron instrumen-talizando los ideales de la libertad e igualdad e imponiendo unas relaciones entre las personas y la naturaleza guiadas por la obtención de beneficios a cualquier coste.
El concepto de progreso de la humanidad se fue construyendo, por tan-to, basado en el distanciamiento de la naturaleza, de espaldas a sus límites y sus dinámicas autoorganizadoras. El avance tecnológico fue considerado el motor del progreso que posibilitaba construir uria -idea simplifieadora de bienestar asociada al sobre-consumo de todo tipo de artefactos, bienes y servicios. Esta dimensión consumista se ha consolidado sobre todo en las últimas décadas, en la que la sociedad de consumo se ha autoproclamado como la solución para todos los problemas humanos.
El lema "si p u e d e hacerse, hágase" se impuso, sin cuestionar el para qué o para quién de las diferentes aplicaciones. La ausencia de reflejo dé los deterioros sociales y ambientales en los indicadores reduccionistas que asociaban de forma biunívoca riqueza y valor monetario, hicieron estas de-gradaciones invisibles, y al no verlas, se siguió estimulando la maquinaria de la producción de forma cada vez más creciente, aumentando en la misma medida la inevitable destrucción que acompañaba a este crecimiento.
La palabra progreso dotaba de un sentido positivo a esta tendencia de la evolución sociocultural. Se consideró que todas las sociedades, de una forma lineal y universal evolucionaban de unos estadios de mayor atraso (caza y recolección o ausencia de propiedad privada) hacia etapas más
avanzadas y modernas (civilización industrial o economía de mercado) y que
en esta evolución, tan natural y universal como las leyes de la mecánica que explicaban el funcionamiento del m u n d o físico, las sociedades euro-, peas se encontraban en el punto más adelantado. Al concebir la historia
de cada pueblo como una serie de acontecimientos que conducían desde el salvajismo a la civilización, los europeos, convencidos de representar el paradigma de civilización por excelencia, expoliaron los recursos de los territorios colonizados para alimentar su sistema económico basado en el crecimiento. Sometieron mediante la violencia militar, económica y sim-bólica a los pueblos colonizados, a los que se consideraba salvajes y en un estado muy cercano a la naturaleza.
UNA MIRADA CRITICA AL CONCEPTO DE PROGRESO
los pueblos empobrecidos y también para los sistemas naturales. La idea de que más es siempre mejor, el desprecio.de]'saber tradicional, la concepción de la naturaleza.como/un infinito almacén de recursos; la reducción de la riqueza a lo estrictamente rrionetarie y la fe en que la tecnología y la ciencia pueden salvarnos de1 cualquier problema, incluso de los que ellas mismas
han creado, suponen una remora en un momento en el que resulta urgente un cambio de paradigma civilizatorio.
Cambiar no es una opción
l.n un planeta físicamente limitado, resulta imposible ampliar el estilo de vida occidental, con su enorme consumo de energía, minerales, agua y ali-mentos, al conjunto de toda la humanidad. El deterioro social y ambiental no son ajenos a este modelo de desarrollo, sino que son parte inevitable del mismo. Cambiar, por tanto, no es una opción sino una necesidad imperativa: nos encontramos ante una crisis civilizatoria, que exige un cambio en la forma en la que las sociedades se relacionan con la natura-leza y entre ellas. La producción de necesidades y de bienes para satisfacerlas han condicionado la configuración de las relaciones entre las personas. Si la dinámica consumista y la obtención del beneficio en el menor plazo posible rigen la organización económica, esta misma lógica se instala en los procesos de socialización y educación, determinando finalmente que la vida de cada individuo se oriente hacia la acumulación, olvidándose de poner en el centro de interés el mantenimiento de vidas que merezcan la pena ser vividas.
Hoy, el progreso es afrontar la insoslayable incompatibilidad que existe entre un planeta Tierra con recursos limitados y finitos, y un sistema so-cioeconómico, el capitalismo, que se basaen la expansión continua y genera L'i)ormes desigualdades. Se trata de establecer un nuevo contrato social que considere a hombres y mujeres como seres interdependientes entre sí y dependientes de la naturaleza.
Progresar será, por tanto, avanzar desde una lógica de guerra contra las personas, los pueblos y los territorios a una cultura de paz que celebre la diversidad de todo lo viva, que permita a todas las personas el acceso a los bienes materiales en condiciones de equidad y que se ajuste a los límites y ritmos de los sistemas naturales.
Vivir ejerciendo menos presión sobre los recursos y servicios que presta rl planeta es una exigencia que viene impuesta por la finitud de los recursos m.itcriales./¥fvíf'bíén con menos y en condiciones de justicia y equidad, es
un camino que hay que encontrar, sumando mayorías que puedan impulsar los cambios. Esta nueva visión permitirá establecer alternativas, recuperar lo valioso que perdimos y explorar nuevos caminos que permitan vivir en armonía social y en paz con el planeta. Muchas personas, en todos los continentes, lo están haciendo ya.
Bibliografía recomendada
• García, E. Medio ambiente, y sociedad: la civilización y los límites del planeta. Alianza Ensayo, 2 0 0 4 .
• Mundford, L. Técnica y Civilización. Alianza, 1934.
• Novo, M. El desarrollo sostenible: su dimensión ambiental y educativa. Pear-son Prentice Hall, 2 0 0 6 .
• Prigogine 1. y Stengers 1. La nueva alianza. Metamorfosis de la Ciencia. Alianza, 1983.
Cultura del crecimiento
en un mundo finito
Edith Pérez
Coordinadora del Área de Antiglobalización,Paz y Solidaridad de Ecologistas en Acción
"Cuanto más examinamos el papel del crecimiento en la sociedad moderna, más claramente vemos que nuestra obsesión por el crecimiento es un fetiche, es decir, un objeto sin vida venerado por sus aparentes poderes mágicos"
Clive Eíamilton
La trampa del crecimiento continuo
¿Desempleo por doquier? Sólo el crecimiento creará puestos de trabajo. ¿La pobreza se multiplica? El crecimiento redimirá a los pobres, dará prosperidad a todo el mundo. Los señuelos del crecimiento son infinitos (Hamilton, 2006). Los gobiernos de cualquier tendencia sucumben ante él, posibilitando la convergencia de derecha, socialdemocracia y socialismo hacia este fin. La expansión de la producción de mercancías, servicios y dinero es el sueño de cualquier sociedad, maximizar el PIB el de cualquier país, y en consecuencia, en el ámbito micro, las personas se transforman en consumidores y los deseos humanos pasan a definirse en función de las mercancías, y por lo tanto, proporcionalmente a los ingresos. La ideología del crecimiento atraviesa todas las esferas y se justifica por sí misma, cons-tituyendo el dogma de fe de la cultura capitalista: "el crecimiento es prin-cipio, medio y fin en sí mismo". Principio ideológico y motor del progreso, medio de acumulación y de realización social e individual para llegar al fin inevitable y único de la Política y de la Historia: crecer más.
Para llegar a esta conclusión hay que asumir una premisa: el crecimiento tiene atributos de divinidad y es moralmente superior. A no ser que sus ideólogos puedan rebatir la lógica de los siguientes argumentos:
v' 1. Para crecer sin parar en el ámbito macroeconómico hay que consu-mir sin parar en el microeconómico: a más ritmo de crecimiento del PIB se impone una mayor voracidad de consumo, y por lo tanto, la reproducción de los mecanismos financieros, publicitarios, mediáticos y culturales para mantenerla.
•. 2. Para crecer de forma continuada y acelerada hay que alimentarse de algo real con lo que seguir impulsando esa dinámica. Cabría preguntarse si el crecimiento puede nutrirse de algo ficticio, sin traducción material o productiva, dada la evolución de la economía financiera y la burbuja es-peculativa a lo largo de los últimos años. Si tenemos en cuenta la relación entre crecimiento global y consumo a pequeña escala parece que, aunque sean mínimos, tienen que existir puentes entre la economía productiva y la especulativa. Se pueden consumir ideas, pero incluso para ello hace falta un nexo con lo real, con lo tangible (llámese televisión, telefonía o materiales consumidos para producir la energía necesaria de una conexión a Internet). Aunque el dinero se pueda crear y acumular de forma virtual, su sentido último tiene un vínculo con la realidad claro. ¿De qué sirve tener dinero si no es para poseer más mercancías? Se puede crecer de la nada pero no indefinidamente ya que ésta, aunque no lo parezca, mantiene un nexo imprescindible con la realidad.
3. Vivimos en un planeta finito, con unos límites tanto en los recursos , existentes como en la capacidad de los sumideros para asimilar residuos, luego no se pueden extraer recursos y generar residuos de forma infinita. En menos de un siglo hemos pasado de un m u n d o casi vacío de actividad hu-mana a otro excesivamente lleno. Hasta la Revolución Industrial, la especie humana vivió utilizando los recursos que provenían de los seres vivos y de materiales del entorno próximo, utilizando la energía solar, contribuyendo a cerrar los ciclos mediante el predominio de los movimientos verticales de materia de la naturaleza (el ciclo del agua sería un ejemplo: fluye hacia la cota cero de los mares y se va evaporando para renovarse, ganando cota a través de la precipitación). Al comenzar a usar de forma masiva los combustibles fósiles para acelerar las extracciones de la corteza terrestre y extender el transporte horizontal por todo el planeta se puso en marcha la espiral del crecimiento explosivo, característico de la actual civilización (Naredo, 2006). Además, los materiales extraídos son devueltos al medio tras su uso como residuos, sin cerrar los ciclos de materia y energía, y con
CULTURA DEL CRECIMIENTO EN UN MUNDO FINITO
consecuencias negativas para el conjunto de la biosfera, que se acentúan por la necesidad de movilizar cantidades ingentes de tierras y materia ve-getal. El crecimiento económico impulsa incesantemente este proceso del que se nutre, basado en un aprovechamiento exclusivamente económico ile los recursos, sin tener en cuenta su valor real que no puede expresarse en términos monetarios, sino en el valor de la vida, en los servicios de los ecosistemas, etc. Las consecuencias de ello ya son tratadas en otros capítulos de este libro.
4. A través de la huella ecológica, se ha comparado la demanda anual de recursos por poblaciones humanas con la superficie de tierra necesaria para generarlos y absorber residuos, incluyendo en sus cuentas la superficie disponible para distintas actividades humanas. Si todos los habitantes del mundo consumieran tanto como el consumidor medio de los países enri-quecidos necesitaríamos cuatro planetas del tamaño de la Tierra. Esto nos lleva a la conclusión de que para seguir en este planeta, es indispensable que una mayoría de habitantes del m u n d o se queden fuera de las dinámi-cas de consumo. La desigualdad es una condición necesaria, aunque no suficiente; para mantener1 el crecimiento, y lo es tanto en el acceso a los
recursos como en el perjuicio por los impactos ambientales causados. 5. Por último, si el crecimiento necesita engullir el m u n d o real, y el ecosistema planetario tiene unos límites definidos y no sobrepasables, es obvio que el crecimiento continuo e ilimitado es imposible. Puede ser fac-tible crecer asumiendo una brecha de inequidad cada vez más abrupta, en la que los que crecen sean cada vez menos y lo hagan de una manera más voraz y autoritaria. Aún así, esa pequeña élite planetaria, antes o después, chocaría inevitablemente con una realidad acotada.
Puesta en evidencia la paradoja del crecimiento continuo, cabría pre-guntarse: ¿mejora el crecimiento la vida de la gente? ¿Aumenta la felicidad humana? Se ha visto cómo a partir de un nivel de renta no hay diferencias en la satisfacción declarada, en el grado de felicidad. A pesar de que en listados Unidos los ingresos reales se triplicaron entre 1950 y 1990, en la década de los 90 había menos estadounidenses satisfechos con sus ingresos que en 1950 (Hamilton, 2006). La O M S estima que para el año 2 0 2 0 la I depresión será la segunda causa de discapacidad en el mundo. Da la im-presión de que cuanto más se insiste en el éxito económico como medio principal para lograr la felicidad, más se fomentan las patologías psicoso-ciales. Tal vez considerar la acumulación de bienes como el camino hacia la satisfacción sea, por lo tanto, un error.
La anulación de los vínculos
(o el vacío de la abundancia)
"No hay duda de que el Poder el poder de joder se entiende
el ejercicio mayúsculo y violento contra los vínculos es un contagioso corredor de fondo
cansino e incansable"
Ángel Calle
"Podríamos decir que es el mal de nuestra época: estamos demasiado solos, pero no tenemos suficiente soledad"
Clive Hamilton
Todo este culto al crecimiento es difícil de comprender sin un "ejercicio mayúsculo y violento contra los vínculos" que en los distintos niveles es-tablecen las personas:
La construcción de la identidad sobre la base de la adquisición de mercancías dificulta establecer un,vínculo consciente y saludable con las propias necesidades humanas, favoreciendo sentimientos de insatisfacción constantes y haciendo posible la desconexión entre lo que consideramos importante para nuestro bienestar y el tipo de vida que llevamos.
El vínculo con lo que nos rodea (convertido en bien de consumo) y su origen es aniquilado en la cultura del crecimiento. Las materias primas necesarias para su elaboración, el proceso de producción, el transporte, etc. El halo mágico que rodea al consumo nos hace percibir los productos como nacidos por generación espontánea de' la estantería de un centro comercial, aislados de su contexto de elaboración y procesamiento.
La gente busca y necesita un sentido de comunidad y pertenencia. Para ser aceptada socialmente la persona ha de adoptar formas de com-portamiento culturalmente aprobadas. El sentimiento de comunidad a partir del consumo despersonalizado en el mercado inhibe las relaciones comunitarias y vecinales de apoyo. C o m o señala Hamilton, a pesar de los enormes avances en las comunicaciones, la gente sabe sobre sus vecinos menos que nunca a lo largo de la historia. Desconfiamos de la gente, nos mostramos incapaces de establecer vínculos entre nuestras propias con-diciones de trabajo y de vida y las de los demás. El otro se presenta como enemigo o, en el mejor de los casos, merecedor de nuestra desconfianza, lo que tiene como consecuencia la fragilidad y fragmentación de las redes
CULTURA DEL CRECIMIENTO EN UN MUNDO FINITO
V movimientos sociales. Por otra parte, este proceso se acompaña de una pérdida de la memoria que nos permite aprender de los errores del pasado y de otras experiencias y alternativas: parece que nunca hubo (y habrá) nada distinto, obviando las potencialidades de transformación social de los <
procesos históricos. w ¿ La vinculación cultura-naturaleza desaparece, por lo tanto, en un
ífer-cicio de dicotomización imposible. Sólo de esa manera se puede crear, y creer en, el crecimiento continuo en un planeta finito: alienándonos del mundo del q u e irremediablemente formamos parte.
Bibliografía recomendada
• Hamilton, Clive. El fetiche del crecimiento. Laetoli, 2 0 0 6 .
• Naredo, ]osé Manuel. Raíces económicas del deterioro ecológico y social. Más
allá de los dogmas. Siglo XXI, 2 0 0 6 .
• Fernández Duran, Ramón. El crepúsculo de la era trágica del petróleo. Pico
del oro negro y colapso financiero (y ecológico) mundial. Editorial Virus /
El mito del mercado
y la democracia liberal
Iñaki Barcena Hinojal
Director del Departamento de Ciencia Política y de la Administraciónde la Universidad del País Vasco y miembro de Ekologistak Martxan
l.n 1989 Francis Fukuyama, alto cargo de la Casa Blanca norteamericana, escandalizó al m u n d o con su provocativo y visionario artículo -después ampliado a libro- El fin de la-Historia. Sus tesis eran claras, diáfanas. Ar-gumentaba que con la caída del Muro de Berlín, el socialismo soviético, burocrático y real, entraba en bancarrota y eso anunciaba, tras más de dos siglos de confrontación ideológica, la victoria sin reservas del capitalismo como sistema económico sobre la planificación socialista. También colegía l.i definitiva e inequívoca preponderancia de la democracia liberal como sistema político-institucional frente a los regímenes de partido único.
Decía Fukuyama que no dejaría de haber conflictos, enfrentamientos y disputas ideológicas, pero las consideraba residuales, integrables y poco problemáticas para un sistema político basado en un modelo de mercado que se extendería en breve por todo el m u n d o y que había penetrado incluso en el Irán del ayatolá ]omeini.
Dos décadas después, el capitalismo ha entrado en crisis. Hemos asistido al anunciado pinchazo de la burbuja financiera, lo que ha traído consigo el declive de la economía productiva y el decrecimiento en el propio m u n d o occidental, dando origen a una situación que se ha llamado "socialismo para ricos", donde los Estados tienen que tomar las riendas de la economía e intervenir en bancos y empresas transnacionales para que el negocio de la acumulación siga funcionando.
Estas dos décadas han sido las de la aceleración de las dinámicas de la globalización, no sólo en el ámbito económico, sino también en el político y en el cultural. Los cambios tecnológicos han generado herramientas
muy poderosas en el ámbito de la comunicación que hacen que los flu-jos de información sean mayores que nunca. Pero también son mayores que nunca las demandas de energía y materias primas para alimentar el crecimiento económico y la prometida desmaterialización de la economía no acaba de llegar. El proceso de globalizáóión neoliberal no solamente es asimétrico - h a y más teléfonos en la ciudad de Nueva York que en todo el continente africano- sino que además se topa con los límites del planeta. Es insostenible.
El mito del mercado libre, que durante varias décadas ha sido reforzado tanto por el colapso del estalinismo como por el desarrollo sin preceden-tes de la producción y del consumo, se topa con los límipreceden-tes del planeta. Con la cruda realidad de la crisis ecológica que amenaza a ecosistemas y comunidades, generando malestar en millones de personas desahuciadas que en el Norte, y sobre todo en el Sur, no pueden aspirar a su parte de la tarta productiva y con la denuncia de millones de mujeres cuyo trabajo reproductivo no se contabiliza.
Desde hace siglos, en Occidente, el mercado dejó de ser un lugar de trueque e intercambio, una parte más de la sociedad, para convertirse, en palabras de K. Polanyi, en un dispositivo idealizado para organizar las relaciones sociales. Es decir, el liberalismo económico c o m o ideología emergente en los tres últimos siglos ha convertido al mercado en el prin-cipio básico de una sociedad basada en contratos entre individuos, donde trabajadores y trabajo son tratados como meras mercancías.
La "mano invisible" imaginada por Adam Smith es la metáfora preferida para expresar y justificar universalmente este mito, por el cual el egoísmo particular se convierte, por gracia del mercado, en hipotético provecho y beneficio para todos y todas. La división del trabajo y el poder transforma-dor del mercado hacen que la moral burguesa sea el referente ideológico único para exportar urbi et orbi el desarrollo económico capitalista.
Así lo expresa retóricamente A. Smith cuando escribe que "los ricos y los pobres son objeto de evaluaciones sociales opuestas, ya que existe una disposición para admirar y valorar'a los ricos y poderosos y a despreciar y desatender a las personas de pobre condición y entendimiento".
Sin embargo, pese a la oposición de la clase obrera y del campesinado, el derrocamiento de las monarquías absolutistas y de la aristocracia feudal sirvió para que el mercado capitalista se transformara gradualmente en un fenómeno universal. Según el antropólogo Gérald Berthoud el liberalismo clásico burgués, la nueva ideología de las denominadas clases medias, restringió la sociedad humana a la lógica de los intereses individuales,
EL MITO DEL MERCADO Y LA DEMOCRACIA LIBERAL
expresada al completo en el libre intercambio, voluntario e intencionado, amparado por el Estado y regulado por el mercado, que se idealiza como una inextricable red de intercambios utilitarios que libera a las personas de sus ligaduras tradicionales y comunitarias.
En este largo camino de idealización y de universalización del mercado como herramienta básica de regulación y organización social, llegamos al siglo XX cuando académicos c o m p EA. Hayel< definirán el mercado como una institución natural. Demostrando su aversión a todo tipo de institución comunitaria, este economista austríaco, en su obra Great Soáety, apuesta por una sociedad basada en individuos despegados de toda pasión o sen-timiento gregario y solidario y por "emplear todos los medios materiales necesitados por los pobres de su propia sociedad para atender las demandas comerciales anónimas de miles de desconocidos".
C o m o bien sabemos, no han faltado en todo este recorrido histórico, profundos y encendidos debates y críticas sobre la economía burguesa clásica basada en el llamado libre mercado. Karl Marx ha representado el exponente teórico anticapitalista más conocido, y en su crítica planteó que el capitalismo, c o m o cualquier otro m o d o de producción, no se limita a la esfera económica. El mercado capitalista no se compone tan sólo de rela-ciones puramente materiales y económicas, sino que se asienta sobre una superestructura jurídica, política y cultural diseñada por la clase dominante. I as reglas de funcionamiento del mercado serán aquellas que convengan a las clases acomodadas, y tanto el Estado como el resto de instituciones defensoras del orden capitalista darán cobertura y legitimidad al m u n d o mercantil organizando toda una batería de mitos en torno al mercado. Ciiulio Palermo, economista de la Universidad de Brescia, los ha catalogado como el mito del mercado justo, el del mercado libre, el de la igualdad de oportunidades, el mito del mercado productor de riqueza y el del mer-cado que descubre y administra la información. Escoge acertadamente el concepto de mito para tratar de desmontar las falacias de la institución mercantil, que teóricamente actúa como mecanismo creador de incentivos, en libertad y sin relaciones de poder, sin clases. Toda persona parece actuar como consumidor racional, de forma disciplinada y siguiendo las señales ilc la oferta y la demanda.
Democracia y mercado se pretenden parejos pero son dicotómicos. * C lomo dice G. Palermo siguiendo la tradición crítica marxista, "la igualdad que el mercado acarrea consigo es puramente formal. Es'cierto que la ley de mercado es igual para todos, pero somos nosotros los que no somos iguales en el mercado 1...1 son sólo aquellos con una adecuada capacidad
de gasto quienes al final gozan de los bienes y de los servicios producidos por la sociedad y eso hace a los hombres diferentes". Y a las mujeres.
C o m o escribía el politólogo canadiense C. B. Macpherson en su obra
La democracia liberal y su época, la democracia es el sistema político elegido
por el liberalismo burgués para justificar su orden económico asentándose sobre una concepción intermedia entre el Homo fabery el Homo economicus, entre un ideal de persona esencialmente consumidora de servicios y otra hacedora y creadora.
Según Macpherson, esa democracia mercantil asociada a la existencia de una economía capitalista de mercado y a la aceptación teórica de la sociedad de clases, es un profundo error occidental, ligado a la filosofía del individualismo posesivo que fue creada por filósofos como Hobbes, Locke, Hume y Smith. El liberalismo ha intentado interpretar su régimen demo-crático como protección de los ciudadanos frente a los abusos de poder, como herramienta para el desarrollo de los individuos y como equilibrio entre las diferentes clases y élites. Macpherson crítica su falta de veracidad y propone la democracia como participación, como camino hacia la libertad positiva y la igualdad que no resultan del mercado capitalista sino de la propiedad colectiva del modelo socialista.
Son muchos los autores que como Macpherson o E. P. Thompson han tratado de demostrar que liberalismo y democracia no son sinónimos y que los regímenes democráticos basados en el sufragio universal se han ido imponiendo tras largos y duros procesos de lucha y movilizaciones obreras, artesanas y campesinas frente a los privilegios de las clases adineradas.
En el contexto actual de grave crisis ambiental, algo que reconoce en sus últimos escritos el propio F. Fukuyama (El fin del hombre), hay quienes se empeñan en ver.en el mercado y en el crecimiento económico la única vía de solución a los problemas socio-ecológicos. Sin embargo, al igual que en otros momentos históricos, s\ ecofascismo y las salidas autoritarias de la crisis ecológica son un riesgo palmario. Por eso el ecologismo social propone que para poder encaminarse a la sostenibilidad más allá del mercado las decisiones políticas deben derivarse de procesos deliberativos públicos, ya que la democracia en su versión participativa y directa p u e d e favorecer los procesos de cambio hacia la sociedad libre, decreciente, sostenible e igualitaria.
EL MITO DEL MERCADO Y LA DEMOCRACIA LIBERAL
Bibliografía recomendada
• Berthoud, Gerald. "Market" in Sachs, W. (ed.) The Development Dictionaty. Zed Books Londres, 1992.
• Encina, |. y Barcena, I. (coords.) Democracia ecológica. Formas y
expe-riencias de participación en la crisis ambiental. Atrapasueños-Casa de las
Américas, Sevilla, 2 0 0 6 .
• Fukuyama, Francis. El fin de la Historia y el último hombre. Planeta. Bar-celona, 1992.
• Macpherson, C. B. La democracia liberal y su época. Alianza, Madrid, 1997.
• Palermo, Giulio. El mito del mercado global. Crítica de las teorías neoliberales. El Viejo Topo, Barcelona, 2 0 0 8 .
La pobreza desde el ecologismo
Marta Pascual
Coordinadora del Área de Educación Ecológica de Ecologistas en Acciónl.l ecologismo social dirige necesariamente su mirada al bienestar de los seres humanos. Si la pérdida de biodiversidad, el deterioro de los ecosis-temas naturales o la crisis climática son indicadores del fracaso de nuestro modo de vida, no lo es menos la constatación de las carencias de recursos esenciales q u e sufren millones de seres humanos y la profunda inequidad en la distribución de dichos recursos.
Pobreza es el nombre que hoy se da a esta situación de carencia. Aunque Iras la palabra se esconden interpretaciones muy diferentes. Según corno1
comprendamos la pobreza y dónde coloquemos sus márgenes, perseguí-1
remos uno u otro.rnodo de estar en el mundo. Esta comprensión es clave a la hora de darle respuesta política y económica.
No es fácil delimitar de qué hablamos cuando nombramos la pobreza. 1 os Objetivos del Milenio de la O N U se proponen en su primer punto reducir la pobreza1. Hacen referencia a las personas que viven con menos
ile un dólar al día. No especifican, sin embargo, si son propietarias o no de una parcela suficiente de tierra fértil, si consumen alimentos contaminados o si viven en un suburbio urbano. Las estadísticas hablan de países pobres o ricos en función de su Producto Interior Bruto, no en función de los recursos naturales que poseen o de aquellos que poseyeron y de los que fueron expoliados. Indicadores como la renta o el PIB son hoy herramientas centrales para medir la riqueza y la pobreza.
También se manejan otros índices más amplios como el IDH (índice ile Desarrollo Humano) que combina el PIB con otras variables como la
I Objetivo 1: Erradicar la pobreza extrema y el hambre. Meta 1 A: Reducir a la
mitad, entre 1990 y 2015, la proporción de personas con ingresos inferiores a 1 dólar por día. Objetivos del milenio, ONU, 2000.
\ esperanza de vida, el analfabetismo o la nutrición. Aunque se acercan un poco más a la realidad de algunos pueblos, su dependencia del PIB, su dificultad para medir variables relaciónales, de dependencia o de deterioro ecológico y el carácter etnocéntrico de sus mediciones (¿qué educación se considera, qué alimentación?) siguen escondiendo buena parte de la realidad.
En un m u n d o gobernado por el mercado, el indicador esencial de la pobreza es el acceso a consumos mercantilizados. El resto de consumos, aquellos que se pueden resolver sin dinero -progresivamente dificultados-se desprecian en tanto que subconsumos. La cultura del desarrollo avala la búsqueda de riqueza (es decir, de capacidad de consumo mercantilizado) y desprecia los modos de vida q u e no aspiran a ella (a m e n u d o modos de vida más cercanos a la sostenibilidad).
Se insiste en que el crecimiento del PIB, el aumento de la producti-vidad, el desarrollo tecnológico o el libre comercio reducirán la pobreza. Pero ni el PIB ni el índice de Desarrollo Humano ni otros indicadores más sofisticados incorporan en sus contabilidades variables esenciales qué el desarrollo dañó, y que deciden la posibilidad o la imposibilidad de una vida digna. Entre ellas podemos señalar la existencia de una red próxima de apoyo afectivo y material, la relación con la tierra, el grado de deterioro del medio en el que se pretende vivir, la existencia de bienes comunales o servicios públicos de calidad, la organización colectiva, la propiedad y el poder sobre los medios de producción, las reglas sociales relativas al apoyo mutuo, o el riesgo de perder los bienes o la vida.
f "La gente no muere por falta de ingresos. La gente muere por falta de
acceso a los recursos... Los indígenas en la Amazonia, las comunidades montañesas en el Himalaya, los campesinos cuyas tierras no han sido expropiadas y cuyas aguas y biodiversidad no ha sido destruida por la deuda para crear una agricultura industrial poseen riqueza ecológica, incluso aunque no ganen un dólar al día".
Vandana Shiva2
En cualquier caso es innegable que existen millones de personas que han sido expropiadas de la posibilidad de resolver sus necesidades esenciales, de vivir con dignidad, y en muchos casos, de sobrevivir, especialmente en las zonas sobreurbanizadas del planeta (sin acceso a la producción de ' 2 Vandana Shiva, Cómo poner fin a la pobreza. ZNet, 11 mayo 2005. Consultable •K en http://www.rebelion.org/noticia.php?id=15959
LA POBREZA DESDE EL ECOLOGISMO
alimentos), donde la economía de mercado es prácticamente la única vía para resolver las necesidades básicas.
A escala mundial, los países del Sur se han convertido en pozos de extracción y sumideros de vertidos para el Norte poderoso. El hurto de recursos toma diferentes formas: apropiación directa de la producción de alimentos y otras materias primas, expulsión de las poblaciones de sus lerritorios, destrucción de ecosistemas y desaparición de especies, robo de semillas, uso como vertedero... hurtos estos, que se hacen visibles bajo el término de deuda ecológica} Esta apropiación explica que el fenómeno de la pobreza en los países del Sur tenga rasgos específicos.
Las crecientes migraciones hacia el Norte son uno de ellos. En las condP ciones actuales de deterioro y escasez de recursos -agravadas por el fuerte .consumo de una minoría-, es necesario despertar una alerta: no sería
des-cabellado pensar en un horizonte en el que se defendiera abiertamente la - >;,;
desaparición de esas poblaciones excedentarias. Es posible imaginar un nuevo
fascismo que plantee la propuesta de mantener la sostenibilidad ecológica del planeta (nos referimos al mantenimiento de los recursos y el nivel de vida), pero con una población significativamente más reducida. El cínico "aquí ^ no cabemos todos", pronunciado desde el robo y el despilfarro del Norte, puede hacerse hueco entre los sectores de población más favorecidos, y ti orientar salidas políticas inhumanas a la crisis ambiental.
Si salimos de este marco sombrío moderno, etnocéntrico o
desarrollocéntri-co que explica la pobreza desarrollocéntri-como una enfermedad a eliminar, endesarrollocéntri-contraremos
interpretaciones diferentes. En las principales lenguas del África Subsaharia-na no existe uSubsaharia-na palabra para desigSubsaharia-nar al pobre en el sentido económico del término. Las palabras que se utilizan para traducir esta palabra a m e n u d o significan huérfano4. Es decir, no carente de dinero sino de apoyo social. No
existe término q u e signifique "carente de lo necesario". En Mali el término más cercano a pobreza es faantanya, es decir, "sin poder".
Para las culturas de lo colectivo (buena parte de las culturas centradas en lo local) no es posible una pobreza sufrida de forma individual. Aunque de forma excepcional se puedan pasar periodos de penuria debidos, por ejemplo, a una mala cosecha, no es imaginable que una familia pase ham-bre si a su lado vive otra que dispone de recursos excedentes. La penuria tiene en éstas una dimensión grupal. Por tanto es menos frecuente que en 3 Ver campaña Quién debe a quién, www.quiendebeaquien.org
4 Latouche, Serge. La otra África. Autogestión y apaño frente al mercado global. Ooze-bap, 2007. p. 110.
las culturas individualistas.
La historia y la antropología también muestran cómo la pobreza volun-taria, la vida humilde, no fueron siempre despreciadas o temidas, antes bien, podrían considerarse en muchas religiones y culturas como un estado de equilibrio o de virtud.
Pero conviene tener en cuenta un matiz fundamental. La pobreza extrema es bien diferente de la falta de ciertos medios. El binomio pobre-miserable se representa, por ejemplo, con palabras diferentes en lengua
wolofy recibe una valoración muy diferente en cada una de sus acepciones.
La pobreza es bien diferente de la miseria. Si la primera no pone en riesgo la vida, pero sí ciertos consumos deseables, la segunda amenaza la dignidad y la supervivencia.
En las economías de subsistencia la pobreza, es decir la dificultad para el acceso a bienes superfluos, no era una desgracia, sino una expresión de la vida en un m u n d o que tenía sus reglas y sus límites. El despilfarro no era posible en ellas. La vida de las economías de subsistencia puede considerarse pobre, pero no indigna.
La miseria, sin embargo, podría definirse como la carencia de lo básico para vivir, a veces coexistiendo con la propiedad de bienes superfluos, para-dójicamente más accesibles. Las economías de subsistencia han estado, sal-vo excepciones, a salsal-vo de la miseria. Esta se extendió cuando el desarrollo expulsó a las personas del medio vivo que les permitía la supervivencia.
Las categorías opuestas no serían entonces pobre-rico, sino mísero-rico, siendo la miseria un m o d o de vida en situación de carencia, dañino para los seres humanos, y la riqueza un modo de vida en situación de despilfarro, dañino para el planeta, para el colectivo y también para los individuos, no ricos y ricos.
Pero las transformaciones económicas de las últimas décadas han tras-tocado, no sólo el estado y el acceso a los recursos, sino también nuestro sistema de valores, nuestro modo de entender y vivir la escasez. El mercado necesita del motor de la escasez para promover el consumo. Puede ser una escasez material, producida por la privatización de recursos antes comunales o por su monetarización, o subjetiva, inducida por el aparato publicitario. Pero existe un nuevo mecanismo creador de escasez que apenas tiene unas décadas de existencia. Consiste en reducir, deteriorar, envenenar o consumir los recursos en los que se apoya la vida y en consecuencia que resuelven nuestras necesidades más elementales. Hablamos del agua po-table, del aire limpio, de la tierra fértil, de los bosques, de los mares vivos o de la biodiversidad.
LA POBREZA DESDE EL ECOLOGISMO
Si preguntáramos a la Tierra qué significa la pobreza, probablemente nos mostraría territorios deforestados, culturas desaparecidas, cauces secos, poblaciones humanas desplazándose en busca de agua, camiones de ali-mentos alterados con herbicidas, nudos de autovías. Quizá viera también como pobres (sin vida) muchos lugares que nosotros consideramos los escaparates de la opulencia.
Los seres humanos hemos pretendido distanciarnos de la red biótica a la que pertenecemos. El resultado ha sido una pobreza ecosistémica que nos pone a todos y todas en riesgo. Un ecosistema pobre, en desequilibrio, es más dependiente y vulnerable. La destrucción de ecosistemas genera lo que podríamos llamar pobreza ecosistémica, que supone vulnerabilidad del sistema y en consecuencia vulnerabilidad de cada una de las especies que lo habitan. Los ecosistemas aún vivos que habitamos se están empobreciendo a gran velocidad.
Es imposible entender un modo de pobreza ambiental que no repercuta en nuestra vida colectiva o en la de las generaciones futuras. Es imposible por otra parte imaginar un m o d o de organización social que no repercuta en los ecosistemas vivos. Los problemas ambientales son problemas socio-ecológicos. Los problemas sociales son también socio-ambientales5.
Sin embargo, curiosamente, la reflexión sobre la pobreza no suele hacerse interdependiente de la reflexión sobre la riqueza. La pobreza entendida como un fenómeno aislado de la riqueza, requerirá soluciones independientes y localizadas, centradas normalmente en el aumento de ciertas rentas o el acceso a determinados consumos. Desde este enfoque de igualar sólo hacia arriba, la lucha contra a pobreza ha adoptado estrategias de mínimos (salario mínimo, prestaciones mínimas en servicios sociales, rentas mínimas, cobertura sanitaria, pensiones mínimas), con la pretensión de situar a toda la población del país o la comunidad por encima de la linea umbral de la pobreza.
El sueño de igualar siempre hacia arriba sólo cabría en un m u n d o de recursos infinitos, con una tecnología omnipotente y cargado de buena voluntad. En un m u n d o lleno e interdependiente, no es admisible mante-ner esta ceguera. Más por un lado significa menos por otro. Es necesario completar las estrategias de mínimos con las estrategias de máximos. No es posible la eliminación de la miseria sin atajar drásticamente los altos niveles lie consumo de buena parte de la población del Norte y una pequeña parte de la del Sur, que pueden llamarse despilfarro o riqueza. Lá lucha contra la
riqueza, entendida ésta como despilfarro, será probablemente mucho más urgente y más eficaz que la supuesta lucha contra la pobreza.
Cierto que la reducción de la riqueza económica no asegura la equidad en la distribución de los recursos, pero la hace posible, cosa que la riqueza incontrolada no permite. La tarea que sigue es la lucha por la equidad. Podemos pensar en dos vías para enfrentarnos a esta patología que es la riqueza y encaminarnos hacia un m u n d o más justo: las luchas colectivas en defensa de la tierra y la transformación de los modos de vida destructores de la sostenibilidad.
Las alteraciones del ambiente natural debidas a la intervención humana no afectan por igual a todos los seres humanos. Desde hace tiempo han existido movimientos locales y globales de respuesta a estas injusticias ambientales. Las respuestas a se han dado especialmente en el Sur, pero también en el Norte.
Son prácticas que se han agrupado bajo el nombre de ecologismo de los
pobres. La ecología política ha estudiado muchas de estas prácticas. Joan
Martínez Alier ha recogido una gran variedad de "conflictos ecológico-distributivos" y luchas, relativos a la extracción de materiales y energía (por ejemplo, sobre biopiratería, privatización del agua, minería, defensa de manglares, derechos sobre la pesca...), el transporte, los residuos (contra sustancias tóxicas, contaminación transfronteriza...). Cabe añadir las luchas centradas en la denuncia de las estructuras económicas y financieras, por ejemplo, en contra del comercio desigual (contra las políticas de la O M C o contra los acuerdos de liberalización comercial), en contra de las políticas de los organismos internacionales y otras estructuras sustentadores del sistema económico (contra el FMI, el Banco Mundial, el G-8...), en contra de las prácticas de las transnacionales (por ejemplo, contra RepsoD, en contra de la deuda externa o la deuda ecológica, etc. Existen también movimientos que relacionan el calentamiento global con el crecimiento de la pobreza y las migraciones, como Acción por el Clima6.
Quienes más sufren su pérdida, protagonizan buena parte de esas luchas. C o m o ya han mostrado los trabajos de las ecofeministas, las mujeres son protagonistas en no pocas de esas acciones de defensa y denuncia, así como en la organización comunitaria de alternativas. Cada ver es m á s patente que las luchas esenciales contra la pobreza están necesariamente unidas a la defensa de la tierra.
Otros caminos para enfrentar el problema se dirigen a cambios culturales 6 www.accionporelclima.org
LA POBREZA DESDE EL ECOLOGISMO
y til1 valores, que desemboquen en cambios estructurales de organización
económica y política. "Tanto en Oriente como en Occidente, el hilo dorado di' la búsqueda de la felicidad a través de la autolimitación, ha atravesado Indas las épocas y todas las culturas... El ecologismo está al final de ese hilo dorado."7
I ,a inviabilidad del modelo y la producción de la miseria tienen su foco t*n los modos de vida del Norte rico. Es en él donde se necesita una mayor V más radical transformación. Transformar nuestros modos de producción y consumo exige cambiar de vida. Éste nuevo modo de vida habrá de ser necesariamente más sobrio, pero no necesariamente menos feliz. El mer-cado no cesa de exhibir y prometer la felicidad, situándola en espacios de consumo parcialmente inaccesible. Nuestra infelicidad es necesaria para MI negocio. Por eso es clave hacerse colectivamente la pregunta sobre las: necesidades y la vida digna de ser vivida al margen del mercado.
Desde el marco del ecologismo social y desde la crítica a la economía de mercado podríamos apuntar -algunas nuevas definiciones de lo que llamaremos miseria, mejor que'pobreza: hurto de los recursos naturales y ruptura del equilibrio que permite la supervivencia. Otra definición posible, cercana a la faantanya de Mali: imposibilidad de organizar la vida comuni-taria sobre la tierra.
Un m u n d o sin miseria habrá de ser un m u n d o comunitario que prac-tique la suficiencia y la autocontención, un mundo libre de riqueza. Las luchas ya iniciadas desde el Norte - d e denuncia de nuestro modelo de desarrollo y de simplicidad voluntaria- y desde el Sur - p o r la defensa de l,i tierra y la justicia ambiental- muestran caminos posibles.
Bibliografía recomendada
• Martínez Alier, Joan. El ecologismo de los pobres. Icaria. Barcelona, 2005.
• Naredo, (osé Manuel. "Sobre pobres y necesitados" en Riechmann, ).
Necesitar, desear, vivir. Catarata, Madrid, 1998.
• Riechmann, Jorge. La habitación de Pascal. Catarata, Madrid, 2 0 0 9 . • Sahlins, Marshall. Economía de la edad de piedra. Akal, Madrid, 1977. • /iegler, Jean. El hambre en el mundo explicada a mi hijo. El Aleph,
celona, 2 0 0 0 .
• Bové, José y Dufour, Francois. El mundo no es una mercancía. Los agricul-tores contra la comida basura. Icaria, Barcelona, 2001
• Shiva, Vandana. Cosecha robada. El secuestro del suministro mundial de alimentos. Paidós, Barcelona, 2 0 0 3 .
Deuda ecológica: la mirada
medioambiental de los desiguales
intercambios económicos
Iñaki Barcena Hinójal y Rosa Lago Aurrekoetxea
Docentes e investigadores de la Universidad del País Vasco.Miembros de Ekologistah Martxan
A principios de los años 90, en el mismo momento en que el desarrollo
wstcnible hacia su aparición triunfal en el escenario de la crisis ambiental,
emergió el concepto d evd e u d a ecológica^ En junio de 1992, en Río de
laueiro, se reunió la Cumbre de la Tierra, el acontecimiento diplomático que más jefes de Estado y de gobierno ha convocado jamás en el planeta. Alli también, pero a 60 kilómetros de distancia, se reunió el Forum Glo-bal, la cumbre alternativa a los gobiernos donde se difundió el término deuda ecológica, que aparece en el seno de los tratados que firman los movimientos sociales y O N G . Éstos, tras posicionarse contra el pago de la denominada deuda externa, apelan al reconocimiento de la deuda eco-lógica y se comprometen a trabajar para identificar a escala internacional loilos los débitos de naturaleza ecológica.
"De la misma manera, nos comprometemos a identificar tanto a los acreedores ecológicos (grupos étnicos, comunidades, países y comuni-dades golpeadas por el agotamiento de los recursos) como los deudores (responsables del deterioro ambiental y social) y a sostener la adopción de medidas de ajuste ecológico (cambio y modificación del actual modelo ile desarrollo y consumo) para interrumpir las acciones de devastación y contaminación hoy mismo. Pediremos a los gobiernos y al empresariado nacional e internacional la reparación de la degradación ambiental que les sea imputable y la provisión del resarcimiento económico de los daños"
(Global Forum di Rio, 1993, p. 48-49).
El desarrollo sostenible, hijo pródigo del matrimonio forzado entre el
crecimiento económico y la defensa de la naturaleza, ha sido durante años el marchamo utilizado por todo tipo de agentes políticos, económicos, académicos, sindicales, medioambientales... para aportar su grano de arena en la lucha por mejorar el medio ambiente, pero a menudo confundiendo interesadamente crecimiento y desarrollo y poniendo en la dimensión económica el fundamento de su defensa, marginando las más de las veces los componentes social y ambiental.
Desde su nacimiento como concepteóla deuda ecológica ha tratado de revertir estas interesadas interpretaciones, poniendo a debate las desigual-dades de los intercambios económicos y los impactos ecológicos de tales intercambios. Este concepto nació en el ámbito de los movimientos popula-res para tratar de contrarpopula-restar el yugo de la deuda externa y hace referencia a la obligación contraída por los países enriquecidos a consecuencia del expolio continuo de los recursos naturales de los países empobrecidos, del intercambio comercial desigual con éstos y del aprovechamiento exclusivo del espacio ambiental global como sumidero de sus residuos. De esta forma, sostenibilidad y desarrollo, justicia ambiental y equidad, se unen a la hora de reclamar el reconocimiento de una deuda ecológica.
En ese sentido puede ser un instrumento conceptual sintético y eficaz para hablar de la injusticia en las relaciones Norte-Sur e intentar obtener:
• el reconocimiento del desequilibrio en el uso de los recursos natura-les y en la contaminación producida, ayudados por indicadores como la capacidad de carga, el espacio ambiental y la huella ecológica, que reproducen de manera concisa y plástica la insostenibilidad de nuestro modelo de producción y consumo.
/ • la prevención, es decir, poner en marcha una serie de políticas am-bientales y económicas que impidan la producción de nueva deuda, el dictado de normativas que pongan freno a la esquilrn'ación de los ecosistemas y busquen la desaparición de los daños sociales y ambien-tales infligidos.
• la reparación monetaria y política de la deuda adquirida, asumiendo que una gran parte del deterioro natural y social producido no tiene vuelta atrás, porque es irreversible y no puede ser reparado.
, • la compensación, en la medida de lo posible, de la deuda ya creada y la abolición de la deuda externa. Lo cual supone la disposición a pagar por un uso abusivo o indebido reconocido y la disposición a aceptar tales compensaciones.
En el ámbito de la política internacional, Evo Morales o Rafael Correa, presidentes de Bolivia y Ecuador respectivamente, han recogido el testigo
DEUDA ECOLÓGICA: LA MIRADA MEDIOAMBIENTAL DE LOS DESIGUALES INTERCAMBIOS ECONÓMICOS
dejado en la década anterior por Virgilio Barco (Colombia) o Fidel Castro (Cuba) para asumir como propia la demanda de los movimientos indígenas y campesinos, ecologistas y feministas y esgrimir en foros internacionales los argumentos que se parapetan tras la denominada deuda ecológica.
No es fácil evaluar la deuda ecológica en su conjunto. En primer lugar hay dificultades debidas al gran número de daños ambientales producidos desde la época del colonialismo hasta hoy, lo que hace que sea imposible cuantificarlos y evaluarlos todos. Un primer esfuerzo clarificador sería distin-guir entre los mecanismos generadores de tal deuda (expolio de recursos, pérdida de soberanía alimentaria, intercambio comercial injusto, aprove-chamiento abusivo del espacio ambiental global...) y los componentes de la misma (la deuda del carbono adquirida por los países industrializados a causa de la desproporcionada contaminación de la atmósfera a través de los gases de efecto invernadero, la biopiratería,» esto es, la apropiación intelectual con fines mercantiles de saberes y conocimientos locales e in-dígenas, la exportación de residuos, pasivos y externalidades ambientales o la pérdida de soberanía alimentaria, etc.).
En segundo lulgar, la complejidad de las relaciones entre ecosistemas y sociedad humana hace q u e sea difícil determinar con exactitud las consecuencias de un daño ambiental. La contaminación se transmite y se acumula a lo largo de la cadena trófica, y los factores que aumentan el riesgo son muchos, a veces interactúan entre ellos y muchas veces tienen efectos a largo plazo. Por eso es difícil aislar el efecto de cada elemento contaminante y establecer una relación lineal de causa- efecto.
En tercer lugar, la evaluación monetaria ignora muchos otros aspectos de las pérdidas q u e no pueden ser expresados con lenguaje económico. Además estas estimaciones son discutibles porque dependen de la renta (la muerte de un profesional es más cara que la de un empleado). Sin em-bargo, en el ámbito empresarial e institucional puede revelarse más eficaz hablar un lenguaje cuantitativo y monetario. Del mismo modo, la evalua-ción monetaria de los daños ambientales es útil en un contexto judicial: la compensación monetaria del daño puede ser la única manera para que las víctimas, por lo menos, reciban algo y el culpable del daño sea castigado, además de constituir un acicate preventivo o disuasorio que incentive a las empresas a tomar precauciones para reducir el riesgo de accidentes.
La cuantificación monetaria no es la única manera de evaluar la deuda ecológica: se pueden y se deben usar preferiblemente métodos de cuan-tificación física. El flujo de materiales no es un indicador directo de con-taminación (un gramo de mercurio contamina más que una tonelada de
hierro), pero puede dar una idea de la dimensión física de una economía. Usando esta metodología observamos que mientras desde un punto de vista monetario las importaciones europeas son aproximadamente iguales a las exportaciones, en términos de peso Europa importa aproximadamente cuatro veces más de lo que exporta.
Además, las exportaciones europeas son mucho más caras que las importaciones, es decir, el ingreso obtenido de la venta de una tonelada de bienes exportados puede ser utilizado para comprar cuatro toneladas de bienes importados. Por eso los países del Sur, a causa de la pobreza y la deuda exterior, se ven incentivados a vender una cantidad creciente de bienes primarios, como combustibles fósiles, metales, minerales, etc., que producen mucha contaminación y poca riqueza en el lugar de extracción y de procesamiento, mientras que los países del Norte se especializan en productos finales, más caros y menos contaminantes.
Así la deuda ecológica responde de forma integral al modelo dé la globalizaclón capitalista. Incluye tanto la equidad como la ecología, aporta la crítica al sistema dominante de forma transversal, intergeneracional y multidisciplinar. Es útil tanto para referirnos a las políticas internacionales como a las nacionales y locales, a los organismos internacionales (BM, FMI, OMC), las empresas transnacionales y los gobiernos y a poner en cuestión nuestro m o d o de vida cotidiano en el Primer Mundo.
En el contexto de la crisis económica actual estamos asistiendo a una serie de fenómenos (la bajada del precio de materias primas, la disminu-ción de las emisiones de C 02, la disminución del comercio internacional
o los cambios en el sistema de gobierno internacional) que en palabras del investigador catalán Miquel Ortega nos deberían hacer repensar el modelo económico actual en otros términos. El decrecimiento y el llamado Green
New Beal, la reconversión ecológica de la economía, son nuevas propuestas
a explorar y la deuda ecológica es un argumento central para caminar en este sentido.
Bibliografía recomendada
• Barcena, I.; Lago, R.; Villalva, U. (eds.) Energía y deuda ecológica.
Transna-cionales, cambio climático y alternativas. Icaria, Barcelona, 2 0 0 9 .
• Global Forum di Rio. La Carta de la Terra. II manisfesto delTambientalismo
planetario. ISEDI, Torino, 1993.
len-DEUDA ECOLÓGICA: LA MIRADA MEDIOAMBIENTAL DE LOS DESIGUALES INTERCAMBIOS ECONÓMICOS
guajes de valoración. Icaria-FLACSO, Barcelona, 2 0 0 4 .
Naredo, J. M. Raíces económicas del deterioro ecológico y social. Más allá de
los dogmas. Siglo XXI, Madrid, 2 0 0 6 .
Observatorio de la Deuda en la Globalización. Deuda ecológica. ¿Quién
debe a quién? Icaria, 2 0 0 3 .
Ortega, M. Impactes ecologics de la crisi económica ais pa'isos del Sud. Obser-vatorio de la Deuda en la Globalización, Barcelona, 15 abril 2 0 0 9 . Ortega, M. (ed.) La Deuda Ecológica Española. Impactos ecológicos y sociales
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Univer-sidad de Sevilla, 2 0 0 5 .
Simms, A. Ecological Debí: The Health ofthe Planet & the Wealth ofNations. Pluto Press, London, 2 0 0 5 .