SAN JUAN DE LA CRUZ Y ALGUNOS
ASPECTOS DEL PROBLEMA ESPIRITUAL
MODERNO
P. CE~AJt VACA, Agustino
"Tanto más algo serás cuanto m~nos ser quisieres."
Crisis y desorientación constituyen el estado de la conciencia actual. Lo mismo de la conciencia colectiva que de la individual. Sin duda la mejor definición del espíritu moderno sería la que reflejase el desconocimiento que tiene de sí mismo y la
incapaci-dad en que se siente de resolver su propio problema. Las voces que: se levantan, queriendo decir a:lgo, coinciden siempre: crisis. Al cabo de veinte siglos de vida nueva el hombre ha quedado convertido en una incógnita (1), Los pueblos viven, trabajan, gue-rrean y se destruyen en masa, sin saber adonde van. En sus hori·-zontes no hay' caminos de porvenir; no existen metas luminosas.
y este problema de la conciencia socia:l se repite en cada una de las conciencias individuales. Nadie sabe para qué vive. Cada cual se deja arrastrar por la corriente, siempre perdido en la masa. y las vidas rotas, insatisfechas, vacías, en un torbellino de agitaciones y de placeres, no complacen a los mismos que las viven. El mundo y el hombre parecen ha:ber-perdido la visión de su destino. La seguridad con que San Ignacio establecía su afir-mación primera y fundamentaJ: "el hombre es. criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor, y mediante esto salvar su ánima" indican que él y la sociedad suya tenían firme
(1) El libro de Alexis Carrel, La incógnita del hombre, (Barcelona, 1939), - f\parte otros valOI'e5 científicos y de visión clara e imparcial, tiene la suprema de ser un grito -pero de angustia- del hombre y de su cultura moderna. _
s.
JUAN DE LA CRUZ' y ASPEcTOS DEL PROBLEMA ESPIRITUAL 1I0DERNO 283 esta posición y, que, partiendo de ella podía enjuiciarse serena-mente el sentido de la vida. Este principio ha perdido hoy su fir-meza. El "para qué" del hombre y del mundo es un interrogante en muchas inteligencias, quizá las mejores de nuestro tiempo. y mientras no sepamos para qué vivimos, de nada sirven los ade- . lantos de la ciencia; todo seguirá siendo provisional y efímero, sujeto siempre a revisión y a suplantaciones. Sin embargo, todavía caben esperanzas, puesto que del mismo misterio puede sacarse un argumento: "si el hombre representa para sí mismo un pro-fundo enigma es porque éste testimonia la existencia de un mun-do supremo" (2). Es preciso meditar mucho sobre las causas deesta crisis; y ver si existen remedios.
Punto I.°~VIDA INDIVIDUNLY VIDA SOCIAL
El hombre es una unidad, una persona. Pero no es algo simple. Es un ser, complejo de factores biológicos, psíquicos, espiritua-les, que se entremezclan y de cuya proporción y engranaje surge siempre una manera de ser específica y única para cada humano. Cada hombre tiene uno o más problemas propios, que giran siem-pre alrededor de los mismos temas, pero que son distintos para cada persona. Aunque hayan tenido un origen externo, todo hom-bre ha de vivir estos problemas propios, él sólo, o a 10 más, con una participación muy limitada de otras vidas, en una intimidad cerrada; a esto llamamos "vida individual". Pero en el hombre hay además una "vida social": la participación en la vida y en la actividad de la comunidad. Cada persona ha de desempeñar una furición en el organismo colectivo. Y ~a primera causa de la crisis es que estas dos vidas no se conjugan bien. No hay coordi-nación entre ellas, ni medida en sus proporciones; una de las dos se hipertrofia, con detrimento de la otra que queda absorbida.
Cada persona ha de ser algo en la sociedad. De 10 contrario, ésta desconoce al que no puede clasificar bajo un título. Quien no puede ostentar ninguno es un extraño, nadie cuenta con él. Por elevada que sea la persona en riqueza' de sentimientos o de ideas, por grandes que sean sus pr~blemas individuales, mientras no aparezca bajo un título de va10r sodÍal, es un ser errante e imnominado al que nadie atiende. La pregunta obligada hoy no
P. CÉSAR VACA, AGUSTINO es ¿ Vd. qw:én es?, sino ¿ Vd. qué. es? Un nombre y un apellido, simple o compuesto, no dan categoría a nadie; hace fa1ta añadir un. abj etivo que represente una función: ingeniero, médico, me-cánico. Pero entonces el nombres y el apellido desaparecen; la persona es. un ingeniero, Hn médico, etc. Los problemas que no trascienden de .la vida personal no tienen interés para nadie, más que para el mismo que los vive y los padece. Y el que tiene pro-blemas -¿ quién no tiene alguno?- y no encuentra una vibra-ción amiga en los otros, se siente triste y su problema aumenta. Termina por hacerse incapaz de. dfsempeñar la función social que se le habíaa:signado, y, con ,su problema a cuestas, se dedica a mendigar de la sociedad que le atienda; quiere ser algo por. su vida íntima, que se la tomen en cuenta, que le hagan caso como persona, como portador de: vida propia, no sólo como funciona-rio. Así llegan muchos a la neurosis; no sabiendo qué función desempeñar para atraer las miradas a sí mismos, se incluyen en la categoría de enfermos que al fin es un título tarnbién en la sociedad.
Mientras tahto la vida colectiva sigue, desembarazándose de estos seres o haciendo como que no existen. Ha creado una moral con su escala de valores. Las virtudes que sirven a la mejor con-vivencia y al régimen, de una vida industrializada son las que ele-van al hombre y las únitasnormas de castigo o de premio; las virtudes ocultas no tienen cotización en el mercado. Se exige del hombre un cumplimiento exacto de su función; que en ella rinda el máximo en cantidad y en calidad; pero no importa que esa: función se haga sin alma, que haya dejado de ser humana. Lo interesante es que la mecanógrafa dé el número mayor de pulsa-ciones por minuto, que el médico visite muchos enfermos en poco tiempo y que disponga de remedios radicales, primero para que, con medidas preventivas, iguales para todos, y que puedan hacer-·se con una ley y una organización sanitaria en grande,' la enfer-medad nollegLle; si llega, también grandes organizaciones para que puedan hacelse las curas en serie. El atender al infort.mio se ha convertido en una nueva función; hay un servicio de soco-rro al anciano y al huérfano, como hay otro de bomberos. El en-fermo es muy atendido si su enfermedad constituye un peligro en la marcha de la máquina, o' una pérdida de intereses eco-nómicos -cuidado exquisito con los asegurados- pero tiene que haberse 'Puesto antes el interesado en ,condiciones de que su
enfer-S. JUAN DE LA CRUZ y ASPECTOS DEL PROBLEMA ESPIRITUAL MODERNO ,285 medad engendre ese peligro o amague la pérdida. Si no es '.lsí su sufrimiento y su muerte apenas merecerían atención. A su alma nadie llega. Y el hombre está curado cuando es capaz de volver a desempeñar su función. Hay un control riguroso para que nadie se parapete en la enfermedad y robe un solo día al rendimiento de la máquina.
Detrás de todo esto, lo· que cada uno sea o piense o sufra en la vida privada es igual. Santos o canallas; almas que lloran y defienden con heroísmo su honradez, o traficantes del honor, crue-les, y que van dej ando huellas de amargura a su paso no importa; con tal de que cumplan su misión, 10 privado no interesa a nadie: "el hombre ha quedado disuelto en la función" (3). Es trágicamente paradójico que en el fondo de una organización so-cial íntegramente colectivista lata un egoísmo tan cerrado (4).
N unca ha necesitado el hombre tanto de los otros para vivir y
nunca los ha amado menos. Los "otros" son competidores en la lucha, al tiempo que son necesarios para que cada uno pueda lu-char, porque mantienen entre todos el tinglado. Todo esto es monstruoso, inhumano, pero es una reaEdad.
Por otro la,do, a todo. el mundo se le exige una participación en cuantos asuntos acontecen en la tierra. Gracias a la prensa, al cine y a la radio se realiza una verdadera omnipresencia del hom-bre en el globo; mejor diríamos que toda1s las cosas se le hacen presentes a él. Tan espectador es de 10 que acontec,e en su propia calle como de la lucha en el Pacífico.
Yi
esta presencia no es fría; se exige que cada uno ponga una parte de entusiasmo y deemo-(3) K. Jaspers, Ambiente espiritual de nuestro tiempo. Barcelona, 1933.
Somos los primeros en reconocer por experiencia las dificultades enormes da verter al español algunos de los libros de los modernos autores alemanes; a ptÍsar de todo ¿seria mucho pedir a los traductores un castellano "de veras"? Que a los pobres mortales que hemos aprendido que Cervantes y Fr. Luis de León
y S. Juan de la Cruz son maestros del buen decir porque supieron hacerlo con elegancia y
i
con e/arMad I termina por semos tan incomprensible, o más el lenguaje de ciertas traducciones, como el mismo alemán. ,(4) Laín Entralgo ha visto bien algunos aspectos del problema en lo qua se refiere a la relación entre médico y enfermo, en su obra Medicina e Histo-ria, (Madrid, 1941); aunque también desearíamos en esta pluma tan fecunda un poco de la claridad que pedimos en los traductores. Debieran meditar todos en lo que el mismo Jaspers señala como un peligr,o para la cultura: Hoy se impide la visión del ser a través del lenguaje mismo. El ser debe ser "origi-nal"; por lo tanto se evitan las palabras usuales, incluso las altas palabras antes cargadas de sustancia y que aun podrían estarlo ... El espíritu pareclI residir en lo imnominado... Así, el fenómeno de la cultura se convierte hoy en
manera de hablar, ya en diluído verbalismo incomprendido, de caprichosas
286 P. CÉSAR VACA, AGUSTINO
ClOn, que se declare partidario de uno de los bandos prestándole su ayuda moral por lo menos. Para arrancar esta emoción una. psicología del anuncio que se adentra en lo más recóndito del psi-quismo para saber despertar tendencias dormidas y poner en vi-bración todo el ser. Ni siquiera se limita esta participación a los sucesos que, como las guerras, tienen gran trascendencia para el curso de la civilización y condicionarán el porvenir de todos los . pueblos aunque no sean beligerantes; hasta de los sucesos más insignificantes ha de enteral'se el hombre, quiera o no, porque se los meten por los ojos y por los oídos: los campeonatos de fútbol, ,los "record s" de toda das e de deportes, el rodaje de una película, la organización de una empresa o la construcción de un puente a miles de kilómetros y por
el
que nunca ha de pasarse, en todo ha de gastarse emoción y tiempo y alma. Es demasiado gasto; el espíritu humano tiene un límite de energía y de elasticidad. La vida dura y sin entrañas y este gasto de energías constante ago-tan los espíritus mejor equilibrados. Para ser omnipresente hay que contar con energías infinitas; y el hombre no las tiene.Todos estos detalles parecttn triviales pero llenan la vida toda, y terminan por absorber toda la atención y todo el interés. El hombre pierde así arraigo a lo suyo. El español sabe má.s cosas y se interesa más por los asuntos de fuera de su patria que por los propios. Además que en cada asunto hay dos partidos, porque siempre hay dos "ases" que se disputan el triunfo, dos naciones que luchan, dos "finalistas" o dos "trusts." que se combaten a muer-te por el mercado; es igual. Esta discrepancia separa a los vecinos y a compañeros mismos de trabajo. Se vive espiritualmente más cerca de un australiano partidario del mismo "a,s" y que usa el mismo régimen alimenticio y se ilustra con la misma revista inter-nocional, que del compañero de profesión y del pariente que tiene Jos gustos contrarios. A los intereses y emociones grandes y co-munes de Patria no se llega casi nunca, porque la ~ida toda queda absorbida por este conjunto de nimiedades. Se vive así en una postura incómoda y sin características, en la que 10 mismo fuera ser español que griego o birmano. E-1 hombre civilizado es un ciudadano del mundo, pero sin patria. La reacción nacionalista actual es una defensa violenta contra esta desaparición de los valores fundamentales humanos. Pero no sabrá hacerlo si busca que sólo unos pocos sientan y vivan el orgullo de la patria libre. No se puede salvar a Ja humanidad ,que naufraga por haber
per-S. JUAN DE LA CRUZ y ASPECTOS DEL PROBLEMA ESPIRITUAL MODERNO 287 dido sus raíces hondas en el suelo y en el pasado, suprimiendo la independencia y la vida de otros grupos humanos más débiles.
La religión también ha sufrido las consecuencias de este régi-men de vida; para ella no hay sitio en la vida moderna. Se halla el hombre demasiado ocupado para concederla la importancia que ella exige. Se acepta en muchos casos como una ocupación más, pero se procura que sus obligaciones no lleven mucho tiempo. Además se la pide la 'acomodación a las exigencias y necesidades de la época. En la concepción, siempre en grande, siempre comu-nitaria de toda actividad actual, la religión, como algo estricta-mente personal no se entiende, ni se sabe vivir. Tiene razón
J
as· . pers: "la religión subsiste ciertamente, administrada por iglesias y confesiones; pero, en la existencia de masas, a menudo única-mente como consuelo en el sufrimiento, como hábito de una con-ducta vital ordenada, y sólo raramente ya como efectiva energía vital" (5). Por eso sin duda el éxito del movimiento litúrgico. El individuo está tan acostumbrado a perderse en la masa que acep-ta en seguida cuanto le hable de ser una parte de un todo mayor; sin embargo, concebir así la vida litúrgica es desnaturalizarla. La religión es asunto primariamente personal. Lo colectivo en ella sólo surge porque hay otras individualidades que buscan el mis-mo fin; pero nunca se convierte en un fin colectivo en el que des-aparece 10 personal; ni la actividad de cada persona es una parte, una pieza, del todo. El fin de cada uno es total; 10 comunitario brota de la plenitud de 10 personal. Cuando el alma se lanza hacia Dios, se une a El por el amor y sigue amando al compás de los latidos del corazón de Dios. Y entonces tiene, sí, que volverse so-bre los otros que son igualmente amados de Dios. Soso-bre los hom-bres primero y sobre las creaturas más tarde. Todo se ama porque se ama en todo a Dios. Pero esta comunidad espiritual es descono-cida en la vida que no tiene más fines utilitarios. Cuando hay algu-nas almas que se encierran entre rejas, a fin de vivir exclusivamen-te esta vida de amor, son calificadas de seres inútiles; debieran desaparecer "porque no "producen nada". A las otras personas que tienen un distintivo religioso se las tolera si trabajan; pero su tra-bajo ha de ser en algo que se cotice en el mercado: enseñanza, cuidado de enfermos o de ancianos. A lo más que se llega es a admitir el ministerio sacerdotal como una fu,t1ción má~ del288 P. CÉSAR VACA, AGUSTINO
nismo social. Y entonces sus funcionarios tienen derecho a la vida, a base de que trabajen en el desempeño de su función. Ni siquiera entre los sacerdotes se han evitado estos conceptos: decir M'isa, con1esar, predicar se tiene como un trabajo mensurable por horas. El contemplativo es un ser desconocido por el mundo y que amenaza serlo también por los mismos que debieran con-ceptuar la vida interior, mística, como lo primordial.
Porque toda alma es por naturaleza contemplativa; mejor, ne-cesita ser contemplativa. Hay honduras y secretos senos del espí-ritu que no se llenan más que con el reposo y la luz de 10 mí'stico, con la participación de lo sobrenatural, pero hecho alimento por la consideración y hecho vida por el amor. En suma: una causa de la crisis espiritual de hoyes la absorción de la vida personal íntima por la función social, por el régimen industrializado de la vida moderna, que desconoce y desprecia todo 10 que no pueda ,ser cotizado 'en el mercado. En el hombre moderno hay una capaci-dad y una necesicapaci-dad no satisfecha de vida religiosa, contempla-tiva, mística.
Punto 2.o-RESENTIMIENTO y TRIUNFO
Los 'primeros contactos entre la vida personal y 10 social se establecen en las primicias de la vid\j;. Siempre son muy duros, aunque las ventajas de una posición los suavicen para algunos. y cada cual va adoptando una postura: unos, tras los primeros fracasos, se declaran vencidos y se niegan a luchar; en la enfer-medad encuentran la disculpa de su retirada, son, ya 10 hemos dicho, los neuróticos; otros limitan sus aspiraciones: se confor-man con un puesto muy secundario y "van tirando", forconfor-man el montón de 10 vulgar. Pero hay dos reacciones características: la del resentido y la del triunfador. Los dos han entablado la lucha y ambos han sentido la dureza de la pelea y recibido los primeros golpes hirientes. El resentido no cicatriza su herida, la guarda, deja que se infecte y de su toxina va a vivir en adelante; será un "autointoxicado psíquico" (Scheler). Pero resentido no es cual-quiera; se requieren ciertas condiciones para que surja esta acti-tud frente a la vida y frente a los demás. Se requiere una prime-ra derrota: los triunfos nunca engendprime-ran resentimiento, más que cuando ya está formado el núcleo de intoxicación. Hace falta, además que la derrota sea vista como injusta por el derrotado.
r
IS. JUAN DE LA CRUZ y ASPECTOS DEL PROBLEMA ESPIRITUAL MODERNO 289
Y, por último, es necesario que perduren las aspiraciones de triunfo. El que renuncia a luchar, neurótico o conformista, podrá tener algo de resentimiento en su haber espiritual, pero no es un resentido. Por eso en el resentido hay dos géneros d~ cualidades opuestas: unas inferiores, causa de SU derrota, otras sobresalien-tes, que le hacen pensar que se le debía 'el triunfo. De las prime-ras no se siente responsable y pide de la sociedad que le sean perdonadas, en gracia, por 10 menos, a las otras buenas que posee. Cuando se ve rechazado por el fracaso, culpa a la sociedad de injusta, de cruel, y adopta una postura de venganza. Su rabia irá dirigida, desde entonces, contra la sociedad toda, y de manera particular, contra los que en ella descuellan como poseedores de cualidades que él no tiene. Hay además una s~creta rabia contra sí mismo, contra aquellas cualidades inferiores o defectuosas que constituyeron la razón de su fracaso. Mas, como esto no se 10 confiesa nunca, se produce una corriente indirecta que le lleva a suprimir su inferioridad. Por el triunfo y la desaparición de ,ésta no es posible, pero lo será por la negación del valor a la cualidad contraria a su inferioridad y no poseída. Así se llega a una "sub-versión de la escala de valores"; hasta aquel extremo por lo me-nos, que haga que lo inferior deje de s,el1lo, que tenga un valor distinto y superior al que tenía (6).
El resentido no puede amar. Ni quiere. El amor, que es siem-pre una donación de la personalidad, una efusión del bien que anida y brota del corazón, es algo desconocido para el alma re-sentida. Si da algo es siempre manchado y emponzoñado con su propia amargura. En cambio pide siempre y jamás se cree con el deber del agradecimiento. Su alma es un sumidero de la ajena generosidad; es un perpetuo consumidor de optimismo; jamás produce nada.
El triunfador también recibió heridas en las primeras esca-ramuzas con la vida. Pero no se infectaron; cicatrizaron y le hi~ cieron más avisado, advirtiéndole del punto flaco. Puso sus posi-bilidades todas al servicio de fortalecer 10 débil, y siguió luchan-do. La pelea 1e hizo duro, enérgico, violento a veces, pero sin odio. Cuando llega la hora del triunfo, na obstante, tampoco sabe (6) El proceso de este fenómeno ha sido bien estudiado por Max Scheler,
El resentimiento en la moral. Buenos Aires, 1938. También! Marañón tiene acier-tos grandes en la visión del resentido en su Tiberio (Historia de un resentimien-tb). Buenos Aires, 1940.
P. CÉSAR VACA, AGUSTINO
amar. No trastocará la tabla existente de los valores, pero dará exclusiva importancia a los que él creó o a los que señalan que su vida es la mejor. Si da algo suyo, exigirá en cambio la servi~
dumbre del beneficiado: que todo el mundo luche como él, y que "aprendan a sudar 10 que ganan".
Arribos tipos, el resentido y el triunfador, han tomado parte con 10 suyo personal en la actividad de la colectividad. Y ninguno ha quedado eliminado o absorbido por ella. Su personalidad es demasiado fuerte para ser disuelta en la función; se incrusta en ella y es más bien 10 social 10 que pasa a ser un instrumento de la finalidad personal. Los dos son grandes personalidades que se imponen en la sociedad. No que todas las grandes personalidades conocidas puedan incluirse en uno de estos dos tipos. Pero mu-chas sí (7), ¿Y el santo? Porque éste también es una personalidad' fuerte y señera. Algunos dicen que el resentido puede engañar hasta tal extremo que llega a parecer un santo, morir incluso en olor de santidad (8); otros le quieren equiparar a un simple
triun-fador en 10 espiritual; la Tiealidad es que no s~ parece nada a ninguno de estos dos tipos: San Juan de la Cruz es un ejemplo de ello. Pero antes es preciso meditar algo más en los otros.
Tres son las características de la personalidad: unidad, per-manencia y autonomía. Toda1s tres reducibles a la primera, por--que la permanencia y la autonomía no son más por--que la unidad en tiempo y en espacio espiritual: lo permanente es lo uno que, aun-que progrese y evolucione no deja de ser 10 que fué, conserva su núcleo esencial; lo autónomo es lo independiente de otras unida-des. Las grahdes personalidades son aquellas que poseen muy marcados estos rasgos. Ya hemos dicho que la del gran resentido y la del triunfador son pers>onalidades muy destacadas; alguna's veces llegan a ser geniales. Del ambiente y de la cultura toman elementos, porque no hay ninguna personalidad que saque de sí misma cuanto en ella existe, pero tienen un poder inmenso de asimilación: hacen suyo cuanto toman de fuera y, ya en ellos,
(7) Para estudiar bien la personalidad del santo habría que hacerlo com-parativamente a las otras categorías de grandes hombres: genios, jefes, hé-roes, etc. De momento sólo destacamos las dos antedichas, por parecemos las más cercanas a los rasgos de la personalidad de S. Juan de la Cruz tal como la consideramos en estas reflexiones. Sobre est<t es interesante el trabajo de Scheler, "Vorbilder uoo Fültrer", Berlín, 1933.
(8) Para Nietzsche la misma doctrina evangélica de sublime santidad es "la flor más pura del resentimiento". Lo rebate muy bien Scheler en el libro citado El Resentimiento en la Moral.
S. JUAN DE LA CRUZ y ASPECTOS DEL PROBLEMA ESPIRITUAL MODERNO 29 1 adquiere un triste destino a como estaba en el acervo común. Ellos 10 vuelven enriquecido con su propia creación.
La gran personalidad es muy independiente, creadora. A veces es capaz de recoger las aspiraciones colectivas, de una nación, de una clase social: surgen así los conductores de pueblos, los gran-des revolucionarios, los que encarnan ideales nacionales. EI am-biente estaba esperando esa revelación; algo impalpable se sentía ya. La creación y la originalidad consiste en dar forma y ejecu-ción a esos anhelos inconcretos. Pero hace faIta una personalidad excepcionalmente robusta para que soporte la carga de esa encar-nación. Una personalidad débil se disuelve y estalla por no poder asimilar esa fuerza. Mas no necesitamos ir tan lejos para encon-trar ejemplos de personalidades destacadas.; las hay de fuerza extraordinaria, a pesar que su actuación no tenga trascendencia marcada en la Historia.
La voluntad férrea acompaña a estas personalidades; volun-tad que deja sentir su vigor sin extremos de autoritarismo: que el autoritarismo es señal de voluntad débil (9). Pero siempre es una voluntad que centra la vida de los otros alrededor de la suya; es un Ylo sobre el que no manda nadie y que reina sobre otros más debiles, y este es también un rasgo de autonomía. El imitar supone una renuncia del propio modo de vida y substitución por el maestro o modelo propuesto. Es un reconocerse segundón, de categoría inferior a la del tipo o patrón. El disClÍpulo que se limita a copiar simplemente al maes'tl'o, sin añadir nada propio, ni honra al maestro, ni sale del anónimo. Por eso el forjador de hombres, el auténtico maestro debe pretender, no sólo que le imiten, sino descubrir y despertar en el discípulo las capacidades creadoras y ponerlas en marcha. Los discípulos que más gloria han dado a los maestros y de los que éstos debieran es,tar siempre orgullosos son precisamente los que no supieron limitarse a girar en el círculo del maestro, fuera éste artístico, filosófico, científico o comercial; 10s que se hicieron revolucionarios y se levantaron quizá contra el propio maestro, pero al que deberán .siempre el haber desper-tado; de él recibieron el primer rayo de luz y el primer impulso, sin el cual, tal vez hubieran continuado en perpetua oscuridad. Son ciertamente ingratos los que no quieren reconocer y
agrade-(9) Cfr. L. DUPUIS, L'autoritarnme comme abou/ie socia/e. "Journal de Psychologie". üctubre-I927.
P. CÉSAR VACA, AGUSTINO cer ésto, por el afán pueril de aparecer con mayor bagaje de ori-ginalidad. La gran personalidad es siempre maestro y modelo y, de cualquiera que haya recibido, saldrá con luz propia y marchan-do por rutas nuevas.
Ahora podemos ya contemplar la personalidad del santo y entender sus diferencia~ con las otras grandes personalidades.
Punto y-LA PERSONALIDAD DE LOS SANTOS SAN JUAN DE LA CRUZ
Go~za10 de Yepes se vió desposeído de la ayuda familiar y tuvo que acogerse al trabajo, por causa de .su boda desigual con Catalina A1varez. La pobreza reinó desde entonces en aquel ho-gar. Lll muerte temprana del padre dejó a la viuda al cargo de tres hij os pequeños, el último de los cuales, Juan de Yepes, había de ser más tarde San Juan de la Cruz. Ya no fué la pobreza, la miseria se ·ensañó con aquella familia, peregrina de lugar en lu-gar, en busca la madre de medios para poder malamente subsistir. Cuando los niños comenzaron a poder ayudar a la pobre viuda, Juan intenta trabajar. Per.o sus primeros ensayos van siempre seguidos del fracaso, cuatro oficios consecutivos, son intentados, y en los cuatro su debilidad tiene que declararse vencida. Las capacidades intelectuales del pequeño Juan son, en cambio,sobie-salientes y ellas terminan por darle un rumbo en la vida. Estas circunstancias, someramente reseñadas' (10), que rodean la niñez de nuestro santo son las más desfavorables que puedan pensarse para formar un alma generosa. En la figura diminuta del SantG encontraremos siempre la huella de aquella miseria y estrechez primeras. Sin duda que su cuerpo, pequeño y débil, responde, al menos en parte, a las deficiencias de alimentación de sus primeros años. San Juan de la Cruz pudo haber .sa1ido un resentido. La injusticia familiar que arruinó a su padre; el fracaso y la repulsa sufridas en sus primeros intentos de ganarse la vida, su p"ropia debilidad tuvieron que darle una sensación de inferioridad. Por otra parte, sus brillantes cualidades intelectuales le hacían sentir-se con capacidades de triunfo. Su herida primitiva hubiera podido envolver a su alma en el rencor contra la sociedad y descargar
(10) Para más detalles, Cfr. P. Crisógono de Jesús: San Juan de la Cruz.
S. JUAN DE LA CRUZ y ASPECTOS DEL PROBLElIfA ESPIRITUAL MODERNO 293_ más tarde sobre ella -su triunfo, en forma amarga de resentimien-to; En una lucha más noble, pero dura, de superación, gracias a su inteligencia, nos hubiera resultado un triunfador, un hombre que se abre paso en pelea recia contra los obstáculos y que se eleva a pesar de las barreras sociales que el medio de entonces oponía al triunfo del pobre. Nada de esto ocurre: San Juan de la Cruz venía a ens·eñar un tercer medio de reaccionar y de
triun-far en la lucha con la vida. La oscuridad y el rebajamient~ pro-pIos, secuela elel fracaso van a ser intensificados y convertidos en instrumento de triunfo y perfección espiritual.
De3de entonces, desde siempre, San Juan de la Cruz se encie-rra en sí mismo y comienza y concluye una labor lenta de propia negación. Los triunfos del estudiante en Salamanca no le hacen cambiar de dirección. Es la Cartuja el lugar que a.nhela como se-pulcro del yo. Pero en su camino se cruza una monja que andaba en planes de hacer un semillero de santas y de santos: Santa Teresa. Y el humilde fraile se deja conducir a Durue10 primero, a vivir en extrema pobreza y mortificación, más tarde van siendo muchos los cargos y las tareas que desempeña, pero siempre bus-cando la oscuridad: maestro de novicios, confesor de -monjas. La
reforma que él inició y a la que vivifica con su doctrina y su espíritu, tendrá otros hombres brillantes: Gracián, Doria. El se que'da a recibir sobre sus espaldas los azotes y los desprecios de los enemigos del nuevo Carmelo y hasta de sus propios hermanos: prisión de Toledo, abandono de Ubeda. Cuando tiene que elegir, siempre es el lugar peor. Tan metido tiene en el alma el deseo de sufrimiento y de desprecios que 6S el único premio que pide a Dios por sus trabajos y virtud: "Señor, lo que quiero que me ciéis es trabajos que padecer por Vos, y que sea yo menospre-ciado y tenido en poco" (II), No buscar jamás el triunfo, sufrir, que todos le pisen, dejarse, como hoja al viento, en manos de la envidia de los otros, búsqueda continua de la negación y del olvi·-do propios: no pueden darse disolventes mayor·es de la persona-lidad. Y, sin embargo, la personalidad de San Juan y como la suya las de todos los santos que siguieron idéntico camino, es una personalidad gigantesca; nosotros la vemos hoy de proporciones y resplandor casi inasequibles. Para quien pretenda esclarecer este hecho con criterios puramente psicológicos y de cualquiera
P. CÉSAR VACA, AGUSTINO
otra ciencia humana, quedará siempre como un misterio: es pre-ciso tomar otros puntos de vista.
Tal como hoy se concibe la ciencia psicológica, su objeto es el fenómeno psíq~<m. Pero el fenómeno psíquico individual, con-creto, acontecimiento encerrado en los estrechos límites de cada ser. Cuando el fenómeno adquiere magnitud y se convierte en algo más que sensación, instinto, o cualquiera de las categorías de 10 psíquico, la Psicología no basta para su perfecta compren-sión. Por eso, y a pesar de las dificultades que puede tener su mecanismo, las personalidades pobres, las enfermas: histéricos, psicópatas, etc., son algo que esta ciencia tiene completamente en sus manos, que puede agotar y dar razón plena de ellas. A medida que la personalidad se enriquece y que, para explicar ciertos fenómenos que en ella acontecen es preciso salirse de los límites de 10 individual, el psicólogo siente que aquello se le va de entre las manos. Necesita de otros criterios y de otros instru-mentos de trabajo y de investigación para justipreciar aquellos fenómenos. No puede abarcarse, por ejemplo, la personalidad del genio, conductor de un pueblo, sin un conocimiento profundo y exacto del ambiente histórico y cultural en que se movió. La vi-vencia del artista no es comprensible sin un conocimiento de la Estética; y 10 que la Psicología puede decir sobre ello es una parte tan sólo y no la más esencial. Esto explica dos casas, per-fectamente notorias en muchos estudios psicológicos modernos:
I." Que la investigación psicológica haya tenido en mucha's
oca-siones como principio el estudio de personalidades anormales, la Psiquiatría. En el enfermo m'ental no hay, efectivamente, más que Psicología; todo en él es reducible a alteraciones de los elemen-tos psíquicos del Yo; a nadie se le ocurrirá ver un fenómeno de orden social e~ la estereotipia o en las alucinaciones 'esquizofré-nicas ni buscará criterios de otras disciplinas para discernir-las (12). Las dificultades y errores se presentan ya por el simple traslado a la mentalidad normal de los puntos de vista que eran
(12) No decirnos que la existencia de enfermos esquizofrénicos no sea un hecho de orden social, ni que el medio ambiente no pueda tener una partici-pación genérica en la aparición de la enfermedad, sino que lo que se investiga en el enfermo es su mismo trastorno, no el contenido de su mentalidad; mien-tras que en el normal interesa tanto y más que el proceso psíquico, el contenido de la vivencia. Aquí radica también el error de los que, al hablar de la "Psico-logía de la Religión", reducen lo religioso al fenómeno psíquico, disolviendo así la objetividad de lo mismo.
S. JUAN DE LA CRUZ y ASPECTOS DEL PROBLEMA ESPIRITUAL MODERNO 295
suficientes para la comprensión de la personalidad de los enfer-.mos; a causa de que en la mentalidad del hombre normal hay cosas que proceden de campos distintos del psicológico, aunque den por consecuencia un fenómeno psíquico. Cuando los psicólo-gos, de cualquier escuela que sean, se empeñan en explicar toJo cuanto en un alma o en una vida se encuentra, con sus criter:t,s psicológicos, necesitan empequeñecer y desorbitar fenómenos y hechos que jamás cabrán en ninguna de las categorías psicológI-cas. y 2." Que, de la misma manera que es anticientífico - y C0n razón se levantan los psicólogos en protesta contra ello- el pre-tender explicar la Psicología con los criterios de la Fisiología; o 10' de ésta con los de la Física y Química ,así 10 es buscar la comprensión de 10 que no es psicológico con las leyes de esta CienCia.
N unca se ve esto tan de bulto como cuando se trata de estu" dial' la personalidad de los santos y de enjuiciar sus vivencia.,; más íntimas. Por necesidad tienen que oírse afirmaciones tan disparatadas como llamar fenómenos alucinatorios a las visiones místicas ,o reacciones histéricas a los éxtasis, transververaciones o cualesquiera otros hechos que relatan y han vivido los santo~.
Para el psicólogo el éxtasis, por ejemplo, como acontecer psíqui-co, es indiferente que se presente en un esquizofrénipsíqui-co, en un faquir o en un santo. Sin embargo, difieren uno de otro
tato
coelo. El primero es un síntoma de desarrollo mental, el segundo un monólogo, y el tercero un diálogo (13), La personalidad del santo se sale del campo de la :Psicología y esta ciencia, por sí sola, no puede dar una idea cabal de ella. Más se puede afirmar: el santo ,en cuanto tal, no puede ser estudiado por ella, ni por ninguna otra ciencia humana. Lo que éstas son capaces de captar en él es precisamente lo que tiene de menos santo, 10 más bajo, lo que resta sin divinizar, que siempre es algo, por perfecto que haya llegado a ser. Al santo solamente se le comprende con la Mística. Debieran aprender todos los psicólogos a hablar con la prudencia y modestia con que 10 hace Alexis Carrel, cuando dice: "los fenómenos místicos pertenecen sólo en modo indirecto al do-minio de la Ciencia" (14). He aquí un axioma.
(13) Algo de esto en A. Vallejo Nájera. El caso de Teresa Neumann a la luz de la Ciencia Médica. Valladolid, 1939.
296 P. CÉSAR VACA, AGUSTINO
San Juan de la Cruz ha llevado esto al colmo. Su personali-dad es 10 máximo de 10 místico y 10 mínimo de 10 humano. La labor de desgaste' y de negación de sí mismo le llevó a no vivir de lo que aquí abajo vivimos todos, y a rebosar de otra vida altí-sima que fué substituyendo a la suya. Y es que en lo espiritual como en lo físico, no se da el vacío absoluto; cuanto desaparece de la personalidad humana del santo, tanto va haciéndose de otra sobrenatural. Hasta llegar a esa unión transformativa del alma y de Dios, en que parece no existir más que un sólo suj eto de operaciones. Como en la humanidad de Cristo, en la que no hay personalidad humana, absorbida por la segunda divina, por el Verbo, en el santo se realiza una a manera de hipóstasis mística con Jesucristo. Hay una cesación de vida propia y una adquislÍ-ción de la vida de Cristo: "vivo, pero no yo, es Cristo quien vive en mí." Esta afirmación de San Pablo, supone una realidad sobre-natural que, como todo lo místico, tiene una correspondencia psi-cológica.
Por eso aquellas dos características que encontrábamos en la gran personalidad, la autonomía y la originalidad, en el santo adquieren un sentido distinto. En él la personalidad no busca la independencia de toda otra realidad personal. Al contrario. Lo es, cuando está perfectamente unido con Dios. Todos sus esfuerzos, el proceso entero de la santificación no tiene otro fin que elimi-nar la propia voluntad, sus modos particulares de vida, para acep-tar los de Dios, para hacer su instrumento dócil del querer divi-no. y para eso las purificaciones y las penitencias y las negacio-nes en ,la humillación. El santo tampoco es original: intenta ser una copia, 'lo más exacta pos~ble de Jesucristo. Y cuanto más asemejado al modelo, máS! santo.
Imitación que, como hace notar muy bien Scheler, "no trata de copiarle viviendo en Galilea, angustiándose en Getsemaní y muriendo en la Cruz", es decir una copia puramente externa. "Los santos quieren, obran y viven otra cosa. Quieren en un solo acto "con-" y "re-vivir" la vida espiritual de la. histórica adaptación de Cristo, hasta en las menudencias y pequeñeces cuo- . tidianas, naturalménte con un contenido de vida totalmente diver-so, con otros aconteéimientos, obras, trabajos, acciones; pero igualmente sazonados y penetrados todos... de la esencia indi-vidual de su personalidad y de· su vida íntima. Es como llegar de un golpe al centro de una personalidad, adueñarse intuitivamente
r
¡
S. JUAN DE LA CRUZ y ASPECTOS DEL PROBLEMA ESPIRITUAL MODERNO 297 de su fuente originaria, y entonces sacar de ese centro una "vida", es decir cada uno su "vida" siempre accidentada de hechos posi-tivos, históricos. Esto es para lo que el "seguidor" se prepara con ese gran acto -no un conocimiento externo como el que los histo-riadores deben intentar. Este conocimiento de Cristo escomple-tamente distinto al que como histórico nos trasmite la Teología-pero es fundamental" (15). No en un sentido ontológico, sino
... místico -no hay otra palabra y el saber qué grado de cambio psicológico corresponde a esto es cosa de sumo interés que deja-mos por necesidad en puro interrogante- el santo busca la des-aparición de su propia personalidad, a fin de que en él viva J esu-cristo.
Pero en este cambio sublime el santo gana el "ciento por uno". Deja de ser algo de valor puramente humano y adquiere proporciones divinas. En lo humano estos cambios, ni se conci-ben,ni caben: quien renuncia a su propio modo de ser para adquirir el de un modelo humano, por excelso que sea, se rebaja. Además que ninguna personalidad es capaz de vivir en dos vidas .. Jesucristo, sí. Puede vivir en cada uno de sus santos sin desgas-tarse; prestando a cada uno grandezas sobrehumanas. Y, sin em-bargo, cada santo sigue siendo distinto de todos los demás. La riqueza de la personalidad de Cristo es tanta que se reproduce con a,lgo de común en todos los santos y en cada uno aparece con rasgos nuevos. Todos los santos saben a Cristo y cada uno sabe de manera distinta.
En San Juan de la Cruz, repitámoslo, parece no quedar ape-nas algo de humano. Es un débil cendal que deja trans1larentar lo divino. Por eso
el
encanto de sus obras. Sus poesías saben a cielo. El aTte de sus versos, con ser admirable, es lo de menos. El alma, al recorrer sus estrofas, se siente tocada de lo sobrena-tural: allí palpita la vid¡:\. de Dios. Por eso también la eficacia de su dirección y de su magisterio. En vida, dondequiera que el San-to ponía su mano, dejaba una huella indeleble. Alma que él diri-gía sufría transformaciones radicales. Es que no era él. A través suya, el alma estaba en inmediato contacto con Dios. Es el mode-lo acabado de director espiritual.Su doctrina es lo mismo. Es indiscutible· e inapelable -el
(15) M. SCHELER "Vorbilder und Führer". Schriften aus dem
P. CÉSAR VACA, AGUSTINO
UlllCO ejemplo de doctor de quien nadie, ni en nada se disiente-porque sin vacilaciones ha dejado el camino trazado en forma clara y maravillosa. El que guía y el que se deja conducir saben que su senda es recta. y lleva en derechura al fin. Y que fuera de su senda no hay más que caminos tortuosos y encrucijadas que alejan de la meta .
. En ella se exige una primera etapa de aceptación de 10 que parece fracaso e inferioridad. Se habla de "noches" y de "na-das", de ceguedades y desapariciones. Esto asusta a los cobardes y hace decir simplezas a los filisteos de >la mística, que pintan a San Juan de la Cruz como enemigo de la vida y con gesto apo-cado y huraño. Deben pasar adelante y contemplar el cuadro de luz a que conduce la negación. Allí se encuentra el poeta admi-rable que todo 10 admira, que en todo goza, que todo 10 ama y que por doquiera descubre el paso del Amado y siente reverbe-rar su mira anhelada. Las "músicas calladas" y las "soledades sonoras" no son puras metáforas, son armonías que llenan el alma del santo y que pueden gustar todos los que le sjgan. Las bellezas de fuera son pálidos reflejos de estas interiores en que rebosaba aquella alma convertida en "llama de amor viva". Con-cluyamos.
Estos puntos no SiOn inconexos, aunque no tratan más que de recoger algunas sugerencias para estudios más reposados. La figura y la doctrina de San Juan de la Cruz prestan ,luz para la solución del problema espiritual del hombre moderno. La vida social dura y mecanizada, asfixia a las almas, que anhelarán siempre sentirse algo más que piezas de la máquina o átomos de la masa. Todos somos personas. Es preciso llenar esta capacidad de vida espiritual en cada ser. Dejarle que pueda expansionar sus posibilidades y que para él haya una verdad "suya", en la que se nutra. Esto no es más que la exigencia· que toda vida hu-mana tiene de la mística. Sólo viviendo esta vida con plenitud podrá esperarse que la vida comunitaria pierda su dureza y su tensión cruel. Cuando los lazos que unan a los hombres no sean simplemente los del interés económico o de los goces materiales, sino que tengan un nervio más noble y suave, el amor de todos a algo común, donde todos se encuentren: Dios.
Es preciso salvar a muchas almas del resentimiento. Y tam-bién del triunfo conseguido en lucha sin piedad. Porque unas odian y otras no saben amar. El amor y la generosidad que son
S. JUAN DE LA CRUZ y ASPECTOS DEL PROBLEMA ESPIRITUAL MODERNO 299
los antídotos, no se pueden aprender más que en la escuela mís-tica en la cual el alma aprende a dejarse llenar de Dios, "que es caridad". El problema, lo reconocemos, es demasiado hondo para soñar en un remedio inmediato y radical. Supone la transforma-ción del concepto de la vida primero y de ésta después. Pero pue-de y pue-debe pensarse en la creación pue-de núc1eos selectos pue-de regene-ración. El momento espiritual del mundo es propicio. Hay mu-chas almas que no siguen caminos de heroísmo porque no saben que existen. Que hay quienes los han recorrido hasta las cumbres y que han dejado además un itinerario seguro. Es preciso medi-tar y hacer medimedi-tar mucho a San Juan de la Cruz.