UNIVERSO TRANS
PABLO PEINADO (Editor)AET-Transexualia, Nuria Asenjo, Antonio Becerra, Jose Busto, Chrysallis (Asociación de Familias de Menores Transexuales), Mariola Cubells, Jesús Benjamín Farías Rojas, Violeta Iturrizaga, María Jesús Lucio Pérez, Luis Matilla, Eduardo Mendicutti, Sarai Montes, Eduardo Nabal, África Pastor Espuch, Kim Pérez Fernández-Fígares, Raquel (Lucas) Platero Méndez, Juan Redón, Manuel Ródenas, Carlos Rodríguez, José Miguel Rodríguez Molina, Daniel Román, José Luis
Análisis pluridisciplinar
sobre transexualidad y transgénero
UNIVERSO TRANS
PABLO PEINADO (Editor)Análisis pluridisciplinar
sobre transexualidad y transgenero
© de cada artículo corresponde a su autor
Una edición de Transexualia con la colaboración del Ayuntamiento de Madrid Corrección ortográfica y de estilo María Castrejón
Quedan prohibidos, dentro de los límites establecidos en la ley y bajo los apercibimien-tos legalmente previsapercibimien-tos, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, ya sea electrónico o mecánico, el tratamiento informático, el alquiler o cualquier otra forma de cesión de la obra sin la autorización previa y por escrito de los titulares del copyright.
Impreso en España Printed in Spain
ISBN: 978-84-606-7749-9 Depósito Legal: M-13919-2015
chan por ver reconocidos sus derechos, demasiado a menudo víctimas de la incompren-sión y el rechazo; víctimas de una transfobia absurda y sin sentido. Aunque es cierto que, al menos en España, en mejores condiciones porque la sociedad cada vez más entien-de, comprende y respeta que las personas tienen derecho a ser diferentes o simplemen-te a ser cada uno como es, con una identidad de género única, con sus deseos, sus sue-ños y sus diferencias. Porque todos merecemos ser respetados seamos como seamos o pensemos como pensemos; porque la diversidad no es sino una riqueza de nuestra so-ciedad y todo lo que sea amputarla, reducirla y cercenarla no hace sino empobrecerla y crear seres humanos infelices. Y una sociedad con personas infelices es cualquier cosa menos humana, cualquier cosa menos libre. Una sociedad infeliz y castradora en el fon-do no es sino una sociedad que no se acepta a sí misma. Tenemos que trabajar y poner un poco de nuestra parte para que cambie este estado de cosas y construir entre todos una sociedad más abierta, más respetuosa, más libre y a ser posible más feliz. Hablo de felicidad inteligente, no me refiero a esa felicidad tonta que venden los programas basu-ra de la televisión, sino a la verdadebasu-ra felicidad, aquella que viene derivada de vivir en paz contigo mismo y con los demás, en una sociedad de iguales. Una felicidad que viene de saber que la sociedad, desde la madurez colectiva y con una conciencia crítica de la realidad, siempre puede ir a mejor, siendo más inclusiva y respetuosa con las personas para que todos, absolutamente todos, quepamos dentro de ese círculo imperfecto y di-verso que es la vida.
esta energía que me regalan y me transmiten cada día me da fuerza para luchar y tratar de hacer las cosas un poco mejor.
Este libro ha sido posible gracias al trabajo de las personas que han colaborado altruista-mente en él. Sin todos y cada uno de los/las autores/as que han accedido a dedicar una parte de su tiempo a escribir un artículo, este libro no existiría, y además tampoco tendría razón de ser.
Gracias a Georgina Beyer, maorí, transexual y diputada neozelandesa, primera alcaldesa transexual y primera diputada transexual del mundo, a quien entrevisté para la revista Zero en 2002.
Gracias a AET-Transexualia, a Noelia Mariani, a Cristina Jiménez y a Javier Gómez por su trabajo, su colaboración, su amistad y su constante apoyo para que proyectos tan nece-sarios como este lleguen a buen puerto. Ellos y ellas hacen posible lo imposible con su trabajo y su esfuerzo.
Gracias a mi familia, mi madre, hermanas, cuñados y sobrinos/as por el cariño que me dan, algunas de estas personas desde hace casi cincuenta y cuatro años.
Introducción
Los Derechos de las Personas Trans...15 AET-Transexualia
Una Sociedad Trans ...19 Pablo Peinado (editor)
Desde la medicina…
Protocolo de Actuación con Personas Transexuales en la UTIG de Madrid ... 33 José Miguel Rodríguez Molina, Nuria Asenjo Araque, Antonio Becerra Fernández y María Jesús Lucio Pérez.
Desde el derecho…
Los Derechos de las Personas Transexuales en España ... 43 Manuel Ródenas
Desde la sociología…
Continuidad o Discontinuidad de Sexogénero ...49 Kim Pérez Fernández-Fígares
Calculando los Riesgos:
Jóvenes y Personas Adultas Trans* ... 57 Raquel (Lucas) Platero Méndez
Desde la literatura…
Transexualidad y Hormonas Literarias ... 73 Eduardo Nabal Aragón
Desde el teatro…
Transexualidades Teatrales: del Mito a la Realidad ... 79 Carlos Rodríguez Alonso
Tres Obras de Tema Trans en el LAM 2014: La Casa del Mar, Ella y Bichito Raro ...93 Pablo Peinado
Sobre mi Motivación para Escribir Ella ...99 Jose Bust
Una Entrevista de Trabajo en la Obra Teatral Ella ...101 Jose Busto
In Memóriam ... 105 Jesús Benjamín Farías Rojas
El Teatro Ayuda a Educar en la Diversidad ... 109 Luis Matilla
Una reflexión en torno a la obra teatral Transrealidades ....111 Camilo Vásquez
Desde la televisión…
Lo Trans en la Tele ...115 Mariola Cubells
Desde el cine…
Boquitas Sin Pintar:
Lo Trans en el Cine Español y Argentino ...119 Eduardo Nabal Aragón
Desde el arte…
Transformistas, Travestis, Transexuales, Travelos, Drag Queens, Drag Kings y Mujercitos ...147 Juan Redón
Desde el activismo trans…
Los Derechos de las Personas Transexuales en el Mundo ....153 Sarai Montes
Transexualidad, una Realidad Silenciada ... 159 Daniel Román
Desde las familias…
La Historia de mi Hija ... 165 Violeta Iturrizaga
El Libro de Daniela ...173 África Pastor Espuch
El Derecho y los Menores Transexuales: Medidas para Garantizar el Respeto a sus Derechos Fundamentales en los Ámbitos Registral, Educativo y Sanitario ...181 Chrysallis. (Asociación de Familias de Menores Transexuales)
Voces literarias…
Imaginarse Transexual ... 207 Eduardo Mendicutti
A Mí Me Hubiera Gustado Ser Transexual ...213 José Luis Serrano (elputojacktwist)
Catulo Canta a Cibeles, Madre de Atis, Transexual ... 219 Kim PérezFernández-Fígares
Biografías abreviadasde los autores…
... 227 Sinopsis...
Introducción
Los Derechos de las Personas Trans
AET-Transexualia
«Nunca encontré un grupo más estigmatizado y dañado psicológica-mente y a la vez tan lleno de humanidad».
Ana Gómez
Psicóloga especialista en diversidad sexual y género. Coordinadora del grupo de psicoterapia y apoyo mutuo mixto de AET-Transexualia.
Desde el mismo día de su fundación, AET-Transexualia ha procurado es-tablecer un vínculo cercano con los responsables sociales construyendo y tendiendo puentes de dialogo e intercambio de experiencias con to-dos los sectores. Desde aquel 17 de agosto de 1987 no hemos dejado de aportar ideas y trabajo para volcarlas a multitud de actividades, entre ellas este libro que usted tiene en sus manos.
La realidad de las personas transexuales es muy distinta a lo que la ma-yoría cree. Hablamos de un colectivo al que todavía se relaciona más con el espectáculo y la pornografía que con los problemas de exclusión social: rechazo familiar, pérdida de amistades y relaciones afectivas o discriminación laboral. Y, en muchos países, persecución, tortura y muer-te por asesinato. Una realidad ignorada, desconocida e incluso cuestio-nada, que da como resultado a un colectivo estigmatizado que vive en permanente riesgo de sufrir estrés físico y emocional.
Cuando las personas transexuales manifiestan públicamente su identi-dad, se enfrentan a una presión social y laboral enorme, y en su entorno familiar atraviesan un proceso de aceptación complejo y difícil. Es en es-tos escenarios donde aparece la transfobia por miedo, odio e ignoran-cia. Y actitudes prejuiciosas negativas como el acoso escolar o el aisla-miento, pasando por la discriminación laboral o social y terminando con la violencia.
Con este libro que aquí presentamos, queremos contribuir a mostrar una visión multidisciplinar sobre diversas áreas de trabajo o actividades lúdi-cas que merece la pena conocer, comprender y difundir. Pretendemos enviar un mensaje con experiencias personales y colectivas que contri-buyan a difundir la realidad de una minoría muy desconocida y que posi-bilite obtener herramientas y marcos conceptuales con los que abordar la inserción social y laboral de unas personas con unas necesidades y características muy específicas.
Desde 2009 venimos impulsando un programa de inserción sociolaboral para seguir luchando contra la discriminación, creando un proyecto de integración con ayudas públicas y privadas, sin olvidarnos de promover la visibilidad transexual, la divulgación de nuestros derechos y el afianza-miento de la autoestima de hombres y mujeres transexuales a través de grupos de terapia y autoayuda.
Uno de los fines de nuestros estatutos, y por el que fue creada esta Aso-ciación, habla de «El derecho a vivir de acuerdo con nuestra propia iden-tidad sexual y de género en base al respeto a la dignidad humana y al
derecho al normal desarrollo de la personalidad reconocidos en nuestra Constitución y en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, así como el derecho a la dignidad personal y a la imagen pública». Cree-mos que estaCree-mos en el camino correcto.
Rescato finalmente una frase que resume la labor de las personas que hemos trabajado y trabajamos por esta Asociación: «El mejor reconoci-miento a un trabajo bien hecho es la posibilidad de seguir haciéndolo».
Pablo Peinado (editor)
«Para entender la transfobia no basta con hacer estadísticas de asesi-natos, suicidios, despidos improcedentes o abandono escolar (que ni
tan siquiera se hacen…). Como hemos visto, se trata de una violencia que no siempre deja cicatrices visibles, que consiste en invisibilizar y presentar un mundo en el que lo normal y lo mejor es ser un hombre si has nacido con genitales masculinos y ser una mujer si han sido
femeni-nos; creando un marco en el que la identidad trans no es pensable, un mundo en el que se nos quiere convencer de que no somos normales. Y si existimos, es por un error de la naturaleza.»
Otras miradas posibles. Transexualidades.
Miquel Missé
«La sociedad humana no está formada por un núcleo duro de norma-lidad al que le salen abscesos laterales, imperfectos e indeseados. La sociedad humana es un entramado complejo compuesto de hombres, mujeres, jóvenes, viejos, sanos, enfermos, de distintas razas,
la normalidad. Todos, igualmente, seres humanos. Y todos igualmente dotados de derechos, aunque las necesidades de todos no sean
idén-ticas.» Fernández, 2006. MATI (Mejorando la Accesibilidad a las Tecnologías de la Información)
¿Por qué un hombre homosexual se propuso hace poco más de un año editar un libro sobre transexualidad? La razón es muy simple: no la en-tendía. No sabía qué era la transexualidad, sus razones últimas, sus moti-vos, su origen… Ahora sé algo más. Tras leer algunos libros y entrevistar a cerca de veinte personas transexuales, he llegado a entender que es un tema complejo, pero a la vez sencillo. Es sencillo entender que cuan-do una persona, a veces un niño o una niña, dicen que no se identifican con sus genitales, que pese a tener la apariencia de niña se siente niño «soy un niño», dicen, o viceversa, esto debe tomarse muy en serio. No se trata de un juego o de un capricho, se trata de una necesidad que tie-ne la persona de vivir con el gétie-nero sentido, no con el de nacimiento. Al final se trata de comprender lo que el otro/la otra siente, de ser capaz de ponerse en el lugar de la otra persona y, sobre todo, de respetar una de-cisión que no siempre es fácil, no porque sea difícil en sí misma, sino por la dificultad de encajar en una sociedad que no les entiende.
También he aprendido que la realidad trans es más complicada de lo que parece a simple vista porque, cuando ya crees que lo has entendido y que sabes de qué va esto, te encuentras con una realidad más diversa en la que hay personas trans de muchos tipos, al igual que hay diver-sas «modalidades» de lesbianas o maneras muy diferentes de ser gay o heterosexual. Yo también me atrevería a decir que todos/as somos un poco trans, porque no existe ni el hombre ni la mujer «perfecto». Nadie es 100% mujer, ni nadie es 100% hombre. Solo tendríamos que recordar que todos venimos del encuentro entre una célula femenina (el óvulo) y una masculina (espermatozoo). De este proceso de fecundación nace un ser humano que puede tener unos genitales concretos e identificarse con ellos (cisexual) o puede nacer una persona con un género que no
coincide con sus genitales de nacimiento y entonces estaríamos hablan-do de una persona trans. En realidad, la pregunta última es: ¿Qué es un hombre y qué es una mujer? y otra pregunta posible sería: ¿Tenemos la obligación de identificarnos con uno u otro género? Porque la realidad es que hay muchas personas que no se identifican del todo con ningu-no de los dos géneros. Y, sin embargo, al parecer es una obligación so-cial pertenecer y comportarse de acuerdo a las normas que determinan lo masculino o lo femenino. El «marcaje» del género, la señalización del género, es algo que se hace a una niña o a un niño nada más nacer. Se les ponen ropas azules a los niños o de cualquier otro color excepto el rosa y generalmente se les ponen ropas de cualquier color a las niñas, excepto azules, pero sobre todo de color rosa. El color rosa está «prohi-bido» para los niños porque la ausencia de ese color es lo que los identi-fica como niños y viceversa. Luego están los pendientes, que enseguida marcan a una niña como niña (como si se tratara de ganado) y así nadie pensará que es un niño. De ese modo, si visitas un parque infantil lleno de bebés, enseguida podrás deducir quiénes son niños y quiénes son niñas, porque socialmente han sido marcados casi desde el mismo mo-mento de su nacimiento.
Aunque parezca absurdo, con las mascotas ocurre otro tanto. Desde que tengo un perro, una de las preguntas que más he tenido que escu-char en la calle, en esos numerosos encuentros casuales entre perros y sus dueños, es: «¿Es perrito o perrita?» Es cierto que los perros del mis-mo género suelen tener, a veces, conductas más agresivas entre ellos y que por eso los dueños, para curarse en salud, prefieren no acercarse o estar alertas para prevenir posibles enfrentamientos que pueden acabar, en el peor de los casos, en heridas o rasguños, algo que afortunada-mente es bastante infrecuente. Pero desde el principio me llamó la aten-ción esta obsesión por determinar y conocer el género de una mascota. Como mi perro es pequeño y de aspecto dulce, todo el mundo presu-pone que es una perrita y en principio así le tratan a veces, incluso sin preguntar. Yo –antes de comenzar a preparar este libro– me indignaba un poco de broma y les decía que para nada era una perrita, que era un perrito. Ahora en cambio les dejo que le atribuyan el sexo que quieran y me da igual. Ahora para mí no es importante si es un perro y le llaman
perrita porque me he hecho consciente de la importancia de acabar con el binarismo que determina que todos tenemos que ser hombres o mu-jeres (perfectos), machos o hembras, en lugar de personas, de seres hu-manos a secas.
Otra cuestión en relación con mi mascota es que siento que él –un pe-rrito llamado Ratón, que en realidad es un pinscher miniatura de tres ki-los de peso– me ha feminizado… ¿Qué quiero decir con esto? Pues que cuando voy con él en brazos, en el metro, le siento en mi regazo y se queda dormido sobre mis piernas, sé que todo el mundo piensa que soy gay o al menos me ven más femenino de lo que parecería sin él. El cui-dado de niños casi siempre se ha atribuido más a las mujeres que a los hombres, por lo tanto cuando un hombre aparece con un rol típicamen-te matípicamen-ternal, aunque sea con un perro, esto le feminiza. No es que deje de ser un hombre, pero parece un hombre «menos masculino» porque cuidar a otra persona o a un animal siempre ha sido un rol atribuido a la mujer. De hecho en España la mayoría de las personas que cuidan a niños, ancianos o discapacitados son mujeres. El cuidado de los hijos si-gue siendo una tarea mayoritariamente femenina por mucho que haya-mos avanzado en este terreno. La verdad es que me siento una madre cuando llevo a Ratón en mis brazos y en realidad le hago ver que yo soy mamá –lo digo abiertamente– porque yo soy el que está en casa todo el día con él cuidándole– y mi marido, que es quien trabaja fuera de casa, es papá. Él es, en definitiva, nuestro hijo-perro. El hijo biológico que nunca tendremos se ha transformado en un perro al que amamos y cui-damos como si de un ser humano-niño se tratara. Eso pese a ser cons-cientes de que es un perro y tratarle como tal, en eso no hay error. Pero el cariño que le damos y el reparto de roles en la pareja es similar al que tendríamos si se tratara de un vástago. Soy consciente de las miradas que me dirige la gente, de lo que piensan. Están convencidos –creo– de que soy un marica, un homosexual, un gay porque al parecer un he-terosexual nunca haría públicamente las demostraciones de cariño que yo le hago a Ratón… en el metro esta escena se repite con frecuencia, miradas de cierta extrañeza, no de repulsa, ni de recriminación, pero sí miradas que me definen y que me atribuyen un rol determinado sin que yo pueda decidir si me identifico o no con él. Aunque, a decir verdad, sí
me identifico: soy la madre y estoy orgulloso de serlo. Aunque también podría ser un padre cariñoso, como lo son muchos padres ahora, sin que eso suponga un menoscabo de su masculinidad, como sí lo era antes. Recuerdo que un antiguo novio mío, el artista José Félix González Placer, que falleció de sida en 1991, me contó una vez un traumático recuerdo de su infancia. Consistía en que cuando él era pequeño (tendría seis o siete años) en los años 50, paseaba por la calle con su padre militar y trataba de cogerle la mano, pero este se negaba a sujetar la manita de su hijo. Cogerle de la mano habría sido poco masculino, supongo que pensaba él. Esto dejó un imborrable y triste recuerdo en la memoria de mi amigo. El binarismo es esta determinación de que todos, absolutamente todos, debemos ser hombres o mujeres, cuando en realidad las personas so-mos mucho más diversas que todo eso. Si usted se sienta en una terra-za de un bar de una gran ciudad y ve pasar por delante a unos cuantos cientos de personas, se dará cuenta de que todos los hombres tienen una parte femenina y todas las mujeres tienen también una parte mas-culina. Hay mujeres que podríamos decir que tienen un 10% de mascu-linidad o quizás un 20% y hombres que tienen un 30% de femineidad o quizás un 50%. Pero hay mujeres que tienen un 80% de masculinidad y hombres que tienen un 90% de femineidad y es en esos porcentajes, es una manera de explicarlo, en los que la persona entra en conflicto y necesita vivir –a veces incluso cambiar sus pechos o sus genitales– de acuerdo al género con el que se identifica, que en esos casos no es el mismo con el que nació. A veces necesita simplemente vivir y ves-tirse de acuerdo al género sentido (en ese caso lo llamamos una per-sona transgénero) otras en cambio necesita operarse los pechos, para quitárselos –en el caso de los hombres trans– o ponérselos –en el de las mujeres trans–. Algunas personas trans también necesitan operarse los genitales. Algo relativamente fácil en el caso de las mujeres trans, pero muy complicado para los hombres trans, ya que la operación para pasar de mujer a hombre –reconstrucción de genitales masculinos– está mucho más atrasada y conlleva muchos más riesgos, por eso muchas mujeres trans están completamente operadas, mientras que la mayoría de los hombres trans conservan sus genitales femeninos pese a tener un aspecto totalmente viril.
En un programa de televisión de la BBC hace unos años hicieron una serie de experimentos sociales y psicológicos con diez hombres y otras tantas mujeres para ver qué grado de masculinidad o feminidad tenían. El programa consistía en que los participantes tenían que pasar unas pruebas que los identificaban como hombres o como mujeres (social y psicológicamente hablando) y el sorprendente resultado final fue que puestos todos ellos en fila, según las puntuaciones que habían obtenido, en un extremo la máxima masculinidad y en el otro la máxima feminei-dad, es cierto que el lugar principal de la masculinidad lo ocupaba un hombre y el de la feminidad lo ocupaba una mujer, pero luego las demás posiciones intermedias estaban entremezcladas. El segundo o el tercero más hombre –no recuerdo exactamente– no era un hombre biológico, sino una mujer y viceversa la tercer o cuarta más mujer, no era una mu-jer sino un hombre… El experimento trataba de demostrar que no exis-ten conductas masculinas y femeninas predeterminadas, sino que todos somos un poco hombre y un poco mujer. Es cierto que los hombres so-lemos ser algo más hombres (masculinos) que las mujeres y viceversa, pero no siempre es exactamente así, al menos no en todos los casos. Esto es algo que no me ayudaba a entender lo trans. Porque si a mí me da igual lo masculino que lo femenino –no como deseo sino como iden-tidad–, ¿cómo podía entender que hubiera personas que estuvieran dispuestas a enormes sacrificios con tal de decidir su propio género? Y ahora he llegado a la conclusión de que uno puede no aceptar la di-visión de géneros y las características que intentan imponernos sobre las conductas ligadas a los géneros, pero lo que es insoportable es que quieran adjudicarte un género con el que no te identificas y que no sien-tes tuyo. Esto es básicamente lo que les ocurre a las persona trans. Du-rante la realización de este libro yo mismo me he cuestionado mi elec-ción, mi rol de género. La verdad es que desde niño siempre me lo he cuestionado todo: mi sexualidad, la religión, las estructuras de poder, las relaciones de pareja… siempre he analizado todos los pasos que daba en mi vida y todos los estereotipos que la sociedad trataba de «vender-me» y siempre he tratado de tomar las decisiones en función de mis pro-pias necesidades, en ningún caso de las que los demás trataban de im-ponerme. Aunque también soy consciente de haber «retocado» mi forma
de ser para adaptarme a lo social, para no ser marginado. Desde peque-ño me sentí un nipeque-ño diferente sin saber los motivos. Solo sabía que no me gustaba jugar con los otros niños a juegos violentos, que me gustaba dibujar y escribir poesía y que pedía a mis profesores poderme quedar en clase durante los recreos, no recuerdo si por miedo a sufrir la violen-cia de mis compañeros o por miedo a no saber cuál era mi lugar en el patio de recreo… no supe lo que era la homosexualidad hasta mucho más tarde, quizás hasta los dieciséis años, pero sí sabía que era distinto. Sin embargo, se supone que los demás sí sabían que era marica. Supon-go que lo sabían aquellos que me agredían e insultaban con frecuencia, ya con su violencia trataban de castigarme y de corregir mi amanera-miento.
Me siento plenamente identificado con el personaje que interpretaba Kevin Kline en la película In & Out, que dirigió en 1997 Frank Oz. Solo que él era un cuarentón y yo tan solo un adolescente. En esa película el profesor de literatura inglesa Howard Brackett es señalado por un ex alumno, durante la ceremonia de entrega de los Oscar, como un hombre gay. Algo de lo que al parecer él no se había dado cuenta hasta ese mo-mento, ya que estaba a punto de contraer matrimonio con su novia de toda la vida. A partir del momento en que su ex alumno le saca del arma-rio, comienza un vía crucis para este hombre y una de las cosas que se le ocurre hacer para «solucionar el problema» es masculinizarse porque, al parecer, lo que ocurría era simplemente que tenía un aspecto y unas maneras demasiado femeninas. Por eso compra un «divertido» método de masculinización que trata de corregir su afeminamiento. Cuando vi esa escena yo tenía 36 años e inmediatamente me reconocí. Yo había hecho aquello mismo veinte años atrás cuando mis amigos adolescen-tes (no los que me pegaban o insultaban, sino mis amigos de verdad) me comenzaron a decir que debía ser menos amanerado, que movía dema-siado las manos, que gesticulaba o gritaba demadema-siado o sea que no era lo suficientemente masculino y debía modificar esa conducta más propia de mujeres que de hombres. Ellos no me llegaron a decir «si no cambias dejarás de ser nuestro amigo», pero en realidad es lo que sientes que te están diciendo y uno de los peores terrores adolescentes es la soledad y la marginación; que te dejen de hablar tus amigos, porque eso es el fin
de tu vida social. Así es que decidí corregir, en la medida de lo posible, mi amaneramiento, mi parte femenina. Tuve que simular ser más rígido, más duro, más masculino. De ese modo aprendí a dar muchas patadas en los partidos de fútbol, usar una voz más grave, no decir maricona-das… tuve que transformarme para ser aceptado. Y recuerdo esos mo-mentos, esos años de forma traumática. Como una etapa muy dura de mi vida en que lo que estaba en juego era perder a mis amigos, mi vida… así al menos lo veía yo entonces. Aunque en el caso de la película In & Out se trata de una parodia, a edades mucho más tempranas es común la experiencia de que sean los demás los que te señalen como diferente sin que tú mismo tengas conciencia de serlo. Tú eres tú, sin más. Mien-tras que los demás ven en ti a un extraño, a alguien que no se comporta conforme a las reglas de género y entonces se pone en marcha un me-canismo de coacción y corrección por el que los «normales» tratan de hacerte cambiar para que seas como ellos o para que te adaptes a la idea que ellos tienen de sí mismos. De ese modo te ves condicionado a beber, fumar, jugar al fútbol, decir tacos, perseguir chicas o vestir de manera masculina. El objetivo final es ser uno más del grupo, no desta-car, no llamar la atención. De lo contrario te convertirás en el centro de las burlas por ser el distinto, el diferente y eso te convertirá, sin duda, en el chivo expiatorio. Esa figura que los grupos necesitan para sentirse cohesionados. La figura del que es ajeno y distinto a ellos (al grupo) re-presenta una figura potencialmente peligrosa porque pone en cuestión sus reglas y principios, pero a la vez necesaria porque, de algún modo, delimita la frontera entre los que están dentro y los que quedan fuera. Su forma de vida, para el grupo, no es solo que sea la mejor, sino que es la única posible. Continuamente recibía insultos como marica o nenaza… al final lo entendí, pero cuando comenzaron –algo que se pierde en mi memoria– yo no entendía de qué iba aquello. Yo no entendía por qué me decían aquellas cosas que ni yo mismo sabía lo que significaban. Pero todo esto también tiene otra lectura que he comenzado a enten-der hace unos meses cuando, durante una entrevista con una psicóloga para este libro y ante mi insistencia en que yo no entendía la reivindica-ción de un género porque no sentía ninguno de los dos como propio, ella me sugirió que quizás yo era una persona agenérica, una persona
sin género definido. Sé, soy consciente de ello, que esto no es del todo cierto porque me identifico más o menos con las maneras de mi género, siempre que no expresen violencia. Pero, por ejemplo, no conduzco un coche, no tengo un buen sentido de la orientación, no me preocupa en exceso lo que me pongo, ni cuido especialmente mi piel con cremas de ningún tipo. Tampoco estoy en forma, ni intento estar delgado y más aún desde que me asumí como perteneciente a la tribu urbana de los llama-dos «osos» o, lo que es lo mismo, el club en el que encajamos los hom-bres gordos y peludos. Quizás no soy exactamente una persona «sin género», pero sí es cierto que no recibí por parte de mi padre un adoc-trinamiento en las conductas habitualmente atribuidas a los hombres. No recuerdo que mi padre me llevara a bares, ni que me hablara de mujeres o tratara de que me gustaran las mujeres –él mismo no hacía comenta-rios sobre ellas–, ni intentó condicionarme para que me gustaran el fút-bol y en general ese tipo de cosas supuestamente masculinas que se supone que les gustan a los hombres heterosexuales. Así es que pienso que tuve como padre a un hombre con una masculinidad de «perfil bajo» que quizás influyó en la mía propia o no, quizás nunca lo sabré con exac-titud.
La preparación de este libro me ha hecho preguntarme si para mí sería posible llevar una vida de mujer, actuar y vestir como se supone que lo hace una mujer. Al fin y al cabo, convertirte en una mujer (la posibilidad de hacerte pasar por una mujer, aunque solo fuera por unas horas) es una fantasía que todo hombre (sobre todo si es homosexual) ha tenido en algún momento de su vida ante la imposibilidad (a veces convertida en posible) de ligar con un determinado hombre heterosexual. Si pienso en una mujer que se viste y se maquilla todos los días de una determina-da manera para ir al trabajo o para salir a la calle creo que no me veo. Si pienso en una mujer menos «femenina», menos estereotipada, que viste de mujer de manera parecida a como yo me visto para ser hombre, sin unos excesivos atributos de género y sin necesidad de maquillarme, la verdad es que creo que sí, que sería capaz mañana mismo de salir a la calle con un vestido y comportarme de una manera femenina. Pero tam-poco tengo claro que una mujer tenga que actuar de una determinada manera. Tengo que reconocer que no sé en qué se diferencian o por
qué se diferencian un hombre y una mujer. Si yo llevara a partir de maña-na umaña-na falda y un bolso seguiría siendo yo, pero creo que me permitiría a mí mismo tener más pluma, en definitiva ser más femenino o simple-mente tener y desarrollar la gestualidad que me diera la gana, sin miedo a que mi comportamiento despertara el recelo de mis compañeros de metro, autobús, de la cola del cine, de sala de espera del médico o cual-quier otro lugar en el que me encontrase. Para mí vestirme de mujer me haría recorrer el camino a la inversa. Ese que me llevó desde aquel niño-niña que era yo, al hombre gay-osuno que hoy día soy. Vestirme como una mujer quizás sería como recorrer un nuevo camino, o como recorrer el mismo, pero esta vez en sentido inverso. Esta vez hacia lo femenino. En un mundo ideal no sería necesario el binarismo hombre-mujer. En una sociedad ideal la ciudadanía estaría compuesta de personas que no tendrían que comportarse de una determinada manera para ser acepta-das. Ramón podría vestir hoy como mujer y mañana como hombre. Ma-ría podMa-ría actuar hoy como mujer y mañana como un hombre. ¿Por qué tenemos que actuar todos los días de la misma manera? ¿Por qué no podemos sentirnos un día más masculinos o más femeninos? ¿No son acaso la masculinidad y la feminidad unos trajes culturales (una construc-ción cultural) que nos ponemos y nos quitamos según nos encajen más o menos, según los necesitemos o no? El mismo hombre es más feme-nino como padre o marido que como compañero de trabajo o cuando se pone a jugar al fútbol. En un mundo más perfecto que este de ahora mismo nadie se sentiría marginado porque no habría modelos. Cada uno vestiría como quisiese y actuaría como sintiera, más mujer, más hombre… también la orientación sexual sería libre, claro está, de ese modo las per-sonas se enamorarían de perper-sonas… e intuyo que la bisexualidad sería, quizás, dominante en ese tipo de sociedad porque no habría barreras in-franqueables entre géneros y el deseo fluiría más libre entre pantalones, bragas, faldas, blusas, calzoncillos, sujetadores, medias, ligueros… inde-pendientemente de que lo que hubiera debajo fueran vulvas o penes, testículos o clítoris, generosas tetas o pechos planos, vaginas o anos. En esta sociedad en plena (aunque lenta) transformación en la que vi-vimos, pero aún muy lejana de la sociedad ideal de la que hablaba, los
diferentes siguen siendo considerados enfermos y, si llegan a perder la condición de enfermos, seguirán conservando la condición de raros y/o disidentes. Pero es la sociedad la que de una manera enfermiza en rea-lidad nos señala y nos marca como enfermos, cuando en rearea-lidad es la sociedad la que muestra síntomas de padecer la enfermedad de la in-transigencia, la que impide que un niño que siente que es una niña lo pueda ser, o la que impide que una niña que quiere vivir como niño lo haga sin sufrir violencia por ello. La misma que coarta la expresividad de un niño porque eso le convierte en algo que está en un punto inter-medio entre lo masculino y lo femenino… en esta sociedad que hemos construido entre todos es muy difícil salirse de las normas y quedar in-demne, siempre hay heridas, heridas de guerra y heridos de guerra, y los heridos de guerra siempre son los que pretenden saltarse las nor-mas, son todos aquellos que no encajan en los estereotipos.
Muchos hombres y mujeres trans, independientemente de lo que sien-ten y piensan, necesitan vivir en equilibrio con la sociedad. Es por ello que actúan condicionados –tan condicionados como el resto– por lo so-cial y tratan de adecuar sus cuerpos a lo que la sociedad exige de ellos: que sean una mujer o que sean un hombre y, mejor aún, que parezcan una mujer o que parezcan un hombre. Hombres y mujeres, lo más per-fectos posible, más perper-fectos incluso que los de nacimiento, con todos sus atributos bien visibles. Cueste lo que cueste. O, para ser más exac-tos, les cueste lo que les cueste. Al precio que sea. Porque la sociedad les dice continuamente: «Sé y actúa de una forma normal, no queremos que tu forma de actuar nos cuestione, ni que pongas en tela de juicio nuestras construcciones sociales y culturales…» Esto es lo que las perso-nas trans reciben de la sociedad, una imposición que pretende condicio-nar sus vidas y que logra la mayoría de las veces porque está en juego todo: la salud mental, el trabajo, la pareja, la aceptación social y familiar, la aceptación de los amigos… En resumen, la vida al completo. Porque para la mayoría de las personas trans lo que está en juego es ni más ni menos que la propia vida.
En este proceso he aprendido que lo peor es quedarse a medio ca-mino, que lo que gusta son los hombres o las mujeres perfectos y lo
que inquieta es no saber si lo que tenemos enfrente es una mujer o un hombre. También he aprendido que la híper masculinidad es un cons-trucción tan «falsa» (teatral) como cualquier otra y que, aunque me gus-ten mucho los hombres de aspecto muy masculino –pero dulces y sin violencia, eso sí, no confundir con los «malotes»–, lo que ellos hacen no es sino una representación, una performance para demostrar su masculinidad, porque en su etapa de formación alguien los convenció de que ese rol era mejor que otros, era más adaptativo. Me «ponen» mucho los hombres con una «actuación» lograda de su perfeccionada masculinidad, quizás porque siento que ellos asimilaron mejor que yo la lección y hay una cierta admiración «envidiosa» hacia una conducta mejor aprendida por ellos que por mí, que no soy sino un alumno perfecto de la «perfecta masculinidad», que no soy sino un varón im-perfecto. Me ha costado mucho asumir esta imperfección, pero ahora me siento honrado por ello. Ahora estoy orgulloso de mi ambigüedad y de mi pluma y la reivindico desde hace ya mucho tiempo. Hablo en fe-menino con algunos de mis amigos gays, a despecho de que algunos de ellos sienten esto como un insulto, como una forma de comunicarse en la que no se ven reflejados.
Vivimos teóricamente en una sociedad cada día más trans en el senti-do de que las personas, por necesidad o por presión social, retocan sus cuerpos para adecuarlos a la imagen que tienen de sí mismos o la que ellos creen que la sociedad les exige. Cada día más y más personas se someten a intervenciones para reducir estómago, eliminar grasa, aumen-tar o reducir pechos, labios… muchos hombres y mujeres se operan de la nariz, los ojos, las orejas, el pelo… se quitan vello corporal o facial. Nos operamos de los dientes y de las caderas. Nos transplantamos órganos como el corazón, los riñones, los pulmones o la médula espinal… Cada día somos una sociedad más trans en el sentido de que somos personas que nos transformamos para ser mejor aceptados, para poder sobrevivir a las enfermedades o para mejorar nuestro aspecto y poder afrontar un mundo cada día más competitivo en el que el aspecto físico es una baza importante para alcanzar metas personales o profesionales o simple-mente porque percibimos que necesitamos realizar esos cambios para ser deseados y/o queridos.
Por eso mismo creo que la sociedad debería poder entender que un colectivo que forma parte de ella, necesite adaptar su cuerpo a lo que le dicta su cerebro y que necesite vivir de acuerdo a un género que no han elegido, sino que les ha venido «de fábrica», pero sin el equi-pamiento adecuado, por decirlo de algún modo. Adecuado sobre todo para poder encajar en el statu quo actual. Un mundo cada vez más des-prejuiciado respecto a los cambios físicos, debería entender mejor que una persona necesite unos «retoques» o un cambio físico importante cuando lo que está en juego es su salud psicológica y su vida social. A las personas que se resisten a entender la realidad trans –no es tan difícil, pero otorguémosles el beneficio de la duda– les diría que com-prenderla sería mucho más fácil si todos y cada uno de nosotros fué-semos capaces de aceptar que cada persona es única y que más allá de clasificaciones, definiciones, encasillamientos y estereotipos cada ser humano tiene unas características que le hacen diferente y que la felici-dad de una persona tiene más que ver con que se respete su forma de entender y vivir la vida o la relación con su propio cuerpo y su sexuali-dad que con cualquier otro bien que pueda poseer.
Todos tenemos múltiples identidades hombre, mujer, anciano, albañil, ar-quitecta, abogado, alto o bajo, española o italiana, aficionado al yoga, montañera, madre o padre… pero parece que ser una persona trans hi-ciera invisibles todas las demás características de esa persona. Como si el hecho de ser trans fuese lo único que contase para los demás. Como si ser una persona trans anulase sus demás señas de identidad y por ese hecho dejase de ser, por poner un ejemplo, mujer, abogada, madre, casada, española, aficionada a la música clásica y a la natación.
Gran parte de la «cuestión trans» (la transfobia) se solucionaría sin el ac-tual binarismo. Si la sociedad entendiese que los órganos genitales no definen una actitud masculina o femenina de entrada, sino que hasta que una persona no define su identidad de género no hay por qué atri-buirle una u otra identidad. La sociedad tiene que entender que se de ser mujer teniendo pene y hombre con una vulva. Incluso que pue-de haber personas que no necesitan esta ipue-dentidad para vivir y puepue-den transitar de un género a otro sin desear mantenerse en uno concreto. Se
olvida generalmente que lo prioritario es que somos personas y que lo menos importante de una persona debería ser su género. Sin embargo, hemos sido educados para clasificar y «generizar» a toda aquella perso-na con la que nos cruzamos por la calle y aún nos perturba uperso-na persoperso-na de la que no sabemos su género porque construimos nuestras relacio-nes sociales desde la base de hombre o mujer. Nos desazona la ambi-güedad porque sentimos que debemos saber en todo momento el gé-nero al que pertenece nuestro interlocutor, como si de una necesidad acuciante se tratara. Como si fuera un asunto de vida o muerte. Percibi-mos como imprescindible saber si estaPercibi-mos hablando con un hombre o con una mujer, en parte por el lenguaje que no es casi nunca neutro sino que necesita identificar a los sujetos y encasillarlos en uno u otro lugar y porque nuestras relaciones humanas y afectivas se basan en el género, ya que tratamos de manera diferente a las personas según estas sean hombres o mujeres.
Tenemos que aprender a relajar o incluso a dejar fuera de juego nuestro «gendar» (nuestro radar de buscar géneros) y confío en que esta mira-da transversal a lo trans desde el derecho, la sociología, la psicología, la historia y la cultura nos ayude a entender mejor este Universo trans tan complejo como fascinante.
Desde la medicina…
Protocolo de Actuación con Personas
Transexuales en la UTIG de Madrid
José Miguel Rodríguez Molina (1 y 2), Nuria Asenjo Araque (1), Antonio Becerra Fernández (1 y 3) y María Jesús Lucio Pérez (1).
(1) UTIG Madrid, Hospital Ramón y Cajal de Madrid. (2) Universidad Autónoma de Madrid. (3) Universidad de Alcalá; Alcalá de Henares (Madrid).
La transexualidad
La transexualidad ha sido definida de diferentes formas. El DSM-II (Ame-rican Psychiatric Association, 1952) incluía los casos de transexualismo como desviaciones sexuales dentro de los trastornos de orientación sexual y el travestismo, que estaban a su vez incluidos dentro de los Trastornos de la Personalidad. En el DSM-III (American Psychiatric
Asso-ciation, 1987), aparecen dos categorías diagnósticas diferentes referidas a la identidad de género. Una es el Trastorno de Identidad de Género, pero para clasificar exclusivamente el trastorno en niños, y la otra, el Transexualismo, para clasificar a adolescentes y adultos. En la revisión del manual se incorpora una tercera categoría denominada «Trastorno de la Identidad de Género de tipo no Transexual». El DSM-IV-T-R (Ame-rican Psychiatric Association, 2009) habla de trastorno de identidad de género (TIG), por el cual una persona de un sexo biológico se siente per-tenecer al contrario. En el reciente DSM-V (American Psychiatric Asso-ciation, 2014), se denomina «Disforia de Género», eliminando la palabra Trastorno, si bien se sigue incluyendo en el Manual como un trastorno. Se diferencia la Disforia de Género en Adultos y Adolescentes y la Dis-foria de Género en Niños. Esta última clasificación evita hablar de tras-torno, pero lo cierto es que no siempre hay disforia en la transexualidad. Un tema controvertido es si la transexualidad puede considerarse una enfermedad. Como acabamos de ver, la psiquiatría sigue considerándo-la como tal a pesar de haberle quitado el calificativo de «trastorno». De hecho todas las categorías contenidas en las clasificaciones DSM lo son. Lo mismo sucede con las clasificaciones CIE, de la Organización Mundial de la Salud.
Los autores del presente trabajo han realizado diversos estudios en los que ha venido a demostrarse que las personas transexuales no presen-tan, como media, un perfil psicopatológico. (Véase, por ejemplo, Rodrí-guez Molina, Pacheco Cuevas, Asenjo Araque, García Cedenilla, Lucio-Pérez y Becerra Fernández, 2014).
Al margen de las clasificaciones psiquiátricas, se suele definir la tran-sexualidad como la circunstancia en que una persona que habiendo nacido hombre o mujer, se siente pertenecer al sexo contrario (Bece-rra Fernández, 2002, 2003). Otros términos utilizados son Transgénero (que, aunque no significa exactamente lo mismo, a veces se usa como sinónimo) y proceso transexualizador, en lugar de cambio de sexo. Casi todas las clasificaciones coinciden en que la transexualidad implica sen-tirse mal con el sexo biológico propio y desear e identificarse con las
características del sexo contrario y, además, esta identificación debe ser persistente en el tiempo. Este deseo de pertenecer al sexo contrario se acompaña de un profundo sentido de rechazo de las características sexuales primarias y secundarias propias. Por ello, la persona transexual refiere desear la corrección de la apariencia sexual de su cuerpo por métodos farmacológicos y quirúrgicos. Tras esto, tramita el cambio legal de sexo en sus documentos.
Necesidad de un abordaje psicológico de la Transexualidad
Tradicionalmente, desde la Psiquiatría se concebía la transexualidad como un trastorno mental de la persona que erróneamente creía perte-necer a un sexo distinto al que pertenecía. La intervención, por lo tanto, se centraba en «curar» al sujeto haciéndole comprender (con ayuda tal vez de medicación) que estaba equivocado o equivocada en su percep-ción o en sus sentimientos. Este abordaje ha sido ineficaz.En otra línea, la Psicología también ha realizado algunos intentos aisla-dos de acercamiento al problema realizando abordajes basaaisla-dos única-mente en la empatía con el paciente, o en el apoyo reivindicativo.
Desarrollo sexual/Identidad Sexual
Entendemos la identidad sexual y la identidad de género como varia-bles psicológicas (lo que el sujeto piensa o siente) que forman parte a su vez de un conjunto más amplio que es la propia identidad. La identidad sexual se refiere a percibirse o sentirse como hombre o mujer. La iden-tidad de género se refiere a desear hacer o sentirse a gusto haciendo roles que el sujeto considera propios de un género. La identidad sexual está más pegada a los sentimientos relacionados con lo biológico (el cuerpo que se desea y se percibe o no como apropiado a lo que se es) y la identidad de género a lo conductual (comportamientos, vestimen-ta,…). La mayor demanda recibida en la UTIG se refiere a la identidad sexual, ya que el individuo no puede cambiar su cuerpo sin ayuda
farma-cológica o quirúrgica. Los factores que juegan un papel fundamentar en el desarrollo sexual (sexo biológico y psicosocial) comienzan a actuar ya en la concepción y siguen haciéndolo durante toda la vida. Los describi-mos brevemente a continuación:
a) Factores hormonales
Los estrógenos tienen poca relevancia en la infancia, aumentan en la pu-bertad, desarrollando en la niña los caracteres de mujer adulta: crecen las mamas, cambia el esqueleto (especialmente la pelvis para adaptarse a las exigencias del parto), el pelo adquiere una distribución especial, sobre todo en pubis, y la piel adquiere una textura especial. La proges-terona prepara al endometrio para la implantación del óvulo fecundado, y posibilita el desarrollo final de las mamas haciéndolas aptas para la lac-tancia.
La testosterona es la hormona masculina por excelencia, y sus efectos se ejercen sobre los órganos sexuales regulando su crecimiento hasta la madurez. Es la hormona responsable de la distribución corporal del pelo, proporciona la voz con el típico timbre grave masculino, confiere a la piel su grosor característico del varón, favorece el desarrollo de la muscula-tura, etc.
b) Factores psicosociales:
La dimensión psicológica y social, es decir, el aprendizaje de un compor-tamiento de género considerado como normal para uno y otro sexo en un contexto social dado es básico para la construcción de la identidad sexual. El rol sexual es el sexo al que los demás consideran que un indi-viduo pertenece y que se le impone desde el nacimiento, vistiéndolo y tratándolo y hasta poniéndole nombre de modo distinto según el sexo. El rol implica ante todo la realización de conductas esperadas.
La identidad sexual es el factor subjetivo íntimo que establece la convic-ción interior de pertenecer a un sexo determinado. Las primeras identifi-caciones provienen de los modelos de comportamiento de la madre o el padre (por condicionamiento vicario) y posteriormente otras personas del sexo correspondiente significativos para la persona (maestros, hermanos
mayores y otros adultos), según Goiar, Sannier & Toulet (2005). En la pu-bertad, el aprendizaje de la identidad sexual prosigue, con gran influencia de los modelos mediáticos (cine, televisión…) y del grupo de iguales (Ho-llander, 2000). Las primeras experiencias amorosas o sexuales contribu-yen en gran medida en la construcción de dicha identidad. No obstante, la construcción de la identidad sexual o de género prosigue a lo largo de toda la vida. A veces se denomina a la identidad sexual «sexo sentido». Por lo explicado anteriormente, es de vital importancia el abordaje psi-coterapéutico temprano partiendo de la hipótesis de construcción de la identidad. Se realiza un acompañamiento terapéutico para facilitar el pro-ceso de autorrealización y orientación en la construcción de la identidad sentida por la persona. En este punto es muy importante diferenciar iden-tidad de orientación sexual. La orientación sexual es la atracción hacia un sexo u otro. La identidad es sentirse y vivirse dentro de un sexo u otro (Halderman, 2000). Como hemos apuntado anteriormente, la psicoterapia para reconducir a la persona transexual hacia la asunción de la identidad de sexo correspondiente a su sexo biológico ha sido un completo fraca-so (Vandenburgh, 2009), lo que pone en tela de juicio esta visión.
Otra hipótesis (Swaab, 2007) considera que el problema tiene su origen en etapas tempranas del desarrollo embrionario y fetal. La diferencia en el tiempo entre el momento de la asignación de un sexo gonadal (en la octava semana de gestación) y la asignación de un sexo cerebral (en la vigésima semana) posibilitaría que, si en ese lapso de tiempo aparece una alteración, por ejemplo de origen hormonal, se diese esta dismorfia. Así, se desarrollarían los genitales en consonancia con el sexo cromosó-mico, pero alguna alteración posterior, por ejemplo de los niveles de tes-tosterona, haría que se produjese la asignación sexual cerebral al sexo contrario.
Estamos por tanto ante un problema de origen biológico (geneticoneu-roendocrinológico) y contenido biopsicosocial y no de una enfermedad mental y en el que los trastornos psicológicos serían subsecuentes al problema y no la causa. Los sistemas de clasificación diagnóstica nos serían igualmente eficaces si nos movemos en este enfoque, aunque
se tratarían ahora como consecuencias del trastorno y no como un tras-torno en sí mismo porque, aunque estos datos sugieren un peso bioló-gico en el origen del problema, aún no sabemos cuál es el detonante de la percepción de disforia por parte del paciente. No parece que la presencia de ciertos núcleos del hipotálamo correspondientes a un ce-rebro del sexo contrario sea por sí misma suficiente como para que el sujeto se sienta pertenecer de forma automática a ese sexo incluso sin saber nada al respecto. De hecho, Money pretendió haber demostrado el mayor peso de la educación comparado con el peso de los factores biológicos en el desarrollo de la identidad de género, si bien sus estu-dios con dos gemelos monozigóticos uno de ellos castrado y el otro no y educados por separado como niña y niño, respectivamente, son con-trovertidos aún hoy en día (Castillo Robles, Priego Cuadra, & Fernández-Tresguerres, 2002). Las hipótesis más completas, todavía en investiga-ción, apuntan a que debe de haber algunos factores en su desarrollo psicosocial, construcción de identidad sexual y en su historia de apren-dizaje producida a través de su experiencia con el medio ambiente fami-liar o social que disparan este problema.
El proceso de atención en la UTIG
Los usuarios llegan a la UTIG derivados desde su médico de atención primaria. La acogida la realiza el coordinador de la Unidad que les ex-plica brevemente la misión de la UTIG y comprueba que se adapta a la demanda del usuario.
La gestora de Pacientes lleva a cabo una valoración social y comprueba los requisitos legales, tales como tener tarjeta sanitaria así como la edad. Los menores de edad son atendidos, pero legalmente, por el momen-to, no pueden recibir tratamientos farmacológicos transexualizadores, si bien esto podría cambiar en breve. Por ello, los menores no siguen el circuito que aquí se comenta. En este punto se inicia el proceso de valo-ración psicológica. La duvalo-ración depende de varios aspectos, tales como las dificultades que ofrezca el caso o el momento en que el sujeto llegue a la UTIG, al no ser igual valorar a una persona que lleva ya años en
tra-tamiento hormonal y se ha hecho diversas cirugías que a alguien que es completamente nuevo en el proceso. En todo caso, esta valoración no debe ser rápida ya que todos los sistemas internacionales recomiendan que se compruebe la persistencia en la identidad transexual.
La valoración incluye tres aspectos:
1) El diagnóstico: en gran medida el diagnóstico lo hace el propio usua-rio. Se trata simplemente de que quede claro qué es lo que piensa y siente.
2) El diagnóstico diferencial: se trata de descartar otras circunstancias que podrían confundirse con transexualidad. No es infrecuente que personas homosexuales enamoradas de alguien heterosexual fan-taseen con la idea de que si fuesen» del otro sexo esa persona los querría. Otras veces, en procesos de esquizofrenia paranoide (que en principio es compatible con transexualidad) se encuentra una deman-da de transexualideman-dad influideman-da por ideas delirantes o por alucinaciones. 3) Idoneidad y elegibilidad: se trata de determinar que en ese momento
la persona está en un momento no incompatible con el inicio del pro-ceso hormonal o, más tarde, de las cirugías. Elementos de no idonei-dad o no elegibiliidonei-dad serían: tener un brote psicótico en ese momen-to, adicciones activas a drogas, estados de ansiedad muy elevada, dificultades para controlar su automedicación y otros similares. Esto se adapta plenamente a las normas internacionales de atención a las personas transexuales publicadas por la Asociación Internacional para el Cuidado de la Salud Transexual, conocida normalmente como WPATH por sus siglas en inglés (Coleman, et ál., 2011).
La evaluación psicológica da paso a una, generalmente breve, interven-ción psiquiátrica que tiene por único objeto descartar psicopatología grave incompatible con transexualidad.
Tras todo ello, el equipo multidisciplinar toma la decisión de iniciar el tra-tamiento hormonal (salvo que se haya detectado algún inconveniente
para ello). El usuario debe realizarse controles analíticos u otros, pres-critos por el endocrinólogo de la Unidad antes y durante todo el proce-so de hormonación. Este proceproce-so debe durar toda la vida del paciente (aunque a edades muy avanzadas a veces los endocrinólogos lo van re-tirando paulatinamente).
El periodo de tratamiento hormonal previo a la derivación para cirugías es de al menos dos años. En este tiempo, el cuerpo del usuario se va adaptando de forma que las cirugías se produzcan cuando el cuerpo previsiblemente ya no va a cambiar más y no antes, lo que supondría un riesgo de tener que repetir dichas cirugías. A su vez, en este tiempo el sujeto va adaptándose a los nuevos roles y superando con ayuda de los psicólogos los hitos que se van presentando.
Los principales hitos suelen ser:
• Comunicar el proceso de cambio a la familia, especialmente a la pareja si la hay.
• Comunicarlo a los grupos de relación social. • Comunicarlo en el trabajo.
• Comenzar a vestir según el sexo sentido.
• Comunicarlo a potenciales futuras parejas cuando su aspecto ya ha cambiado.
• Modificación del nombre y sexo legal en los documentos, lo que según la ley vigente se produce a los dos años de iniciado el pro-ceso controlado de hormonación.
• Otros.
En este proceso se atiende a la persona en función de su demanda y necesidades, y en varios posibles formatos:
• Intervención individual • Intervención con la familia • Intervención con la pareja • Grupos de familiares
• Grupos terapéuticos de pacientes
• Grupos monográficos (sexualidad, movimientos, maquillaje,…) Tras las cirugías, la persona debe proseguir el seguimiento médico y re-cibir apoyo psicológico en la medida en que lo necesite, ya que a veces se producen nuevos hitos, tales como aparición de disfunciones sexua-les o problemas de pareja, que precisan ser atendidos.
Referencias
American Psychiatric Association (APA) (2014): Guía de consulta de los criterios diagnósticos del DSM-5, AMERICAN PSYCHIATRIC PUBLISHING, London (En-gland).
— (2009): DSM-IV-TR- Breviario, MASSON, Barcelona.
— (1987): Diagnostic and statistical manual of mental disorders, III Edition - Revi-sed, APA, Washington, DC.
— (1968): Diagnostic and statistical manual of mental disorders, II Edition, APA, Washington, DC, primer edición de 1952.
Becerra Fernández, A. (2002): Trastornos de identidad de Género. Guía Clíni-ca para el Diagnóstico y Tratamiento, Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición, Madrid.
— (2003): Transexualidad: la búsqueda de una identidad, DÍAZ DE SANTOS, Madrid.
Castillo Robles, C.; Priego Cuadra, T. y Fernández-Tresguerres, J. A. (2002): «El proceso de diferenciación sexual» en Antonio Becerra Fernández, Transexualidad: la búsqueda de una identidad, DÍAZ SANTOS, Madrid.
Coleman, E., Bockting, W., Botzer, M., et ál. (2011): «Standards of Care for the Health of Transsexual, Transgender, and Gender-Nonconforming People», Ver-sion 7, International Journal of Transgenderism, 13:165–232
Goiar, Ch.; Sannier, V. y Toulet, M. (2005): «La historia del transexualismo», Artículo en formato electrónico perteneciente a SHB España, tomado el 30 de octubre de 2008 de la URL: http://www.shb-info.org/sitebuildercontent/sitebuil-derfiles/shbhistory.pdf
Halderman, D. C. (2000): Gender atypical: Clinical Social Issues. School Psy-chology Review, 29 (2): 192-200.
Hollander, G. (2000): Questioning youths: Challenges to working with youths forming identities. School Psychology Review, 29 (2): 173-179.
Rodríguez Molina, J. M., Pacheco Cuevas, L, Asenjo Araque, et ál (2014): «Perfil psicológico de personas transexuales en tratamiento», Rev Int Androl, 12(1):16-23.
Swaab, D. F. (2007): «Sexual differentiation of the brain and behavior», Best. Pract. Res. Clin. Endocrinol. Metab, 21(3): 431-444.
Vanderburgh, R. (2009): «Appropriate therapeutic care for families with pre-pubescent transgender/gender-dissonant children», Children and adolescent social work journal, 26: 1435-154.
Desde el derecho…
Los Derechos de las Personas Transexuales
en España
Manuel Ródenas
España ha experimentado profundas transformaciones políticas y socia-les en el campo de la igualdad de las personas LGBT. Si en algún sec-tor de la sociedad podemos observar numerosos indicadores de la evo-lución, es en el de las personas trans. Se han apreciado considerable avances, en diversos ámbitos, si bien no todos los necesarios para con-seguir la plena igual social.
En marzo de 2007, se aprobó la Ley 3/2007, de 15 de marzo, reguladora de la rectificación registral de la mención relativa al sexo de las perso-nas, con lo que tras haber sido objeto de demanda durante décadas y ser uno de los problemas principales de las personas transexuales, que-daba resuelto algo que hasta entonces provocaba cuantiosas y
reitera-das situaciones de discriminación a las personas transexuales y dificulta-des para la modificación de la documentación al no estar acorde con su identidad de género. Hasta la fecha, solo en aquellos casos en los que la persona interesada se había sometido a un proceso de reasignación quirúrgica y tras un largo camino judicial podía obtener el ansiado cam-bio de nombre y sexo en la documentación. No obstante, existe, en la actualidad, una reivindicación importante para que los requisitos legales exigidos se modifiquen en concordancia también con una exigencia de despatologización de la transexualidad liderada por parte del movimien-to asociativo.
La trayectoria por la que han pasado muchas personas transexuales en la segunda mitad del siglo xx incluye situaciones que abarcan desde el propio rechazo personal, familiar, social… La persecución legal, los arres-tos policiales, la cárcel (como víctimas de la Ley de Vagos y Maleantes primero y la Ley de Peligrosidad Social después), detenciones arbitrarias ya en los años ochenta como consecuencia de la Ley de Escándalo Pú-blico. En definitiva, una persecución legal que retroalimentaba el prejui-cio y el estigma social.
Hoy en día, España se ha convertido en centro receptor de personas transexuales de diversos lugares del mundo que abandonan sus luga-res de origen en busca de un espacio de libertad, seguridad, desarro-llo y crecimiento personal. La evolución que ha vivido la sociedad espa-ñola es un reclamo aunque no exento de dificultades y problemas. La transexualidad junto con la homosexualidad es ilegal en más de ochen-ta países del mundo, generando procesos de migración por razón de la identidad de género y episodios de huida, abandono y búsqueda de otros espacios con mayor grado de libertad. Un procedimiento de soli-citud de asilo más ágil, con una información más accesible, así como la formación continua de todos los agentes intervinientes en el proceso de concesión de status de asilo sería conveniente y deseable para todas aquellas personas que demuestran haber sufrido una persecución por razón de su identidad de género para, finalmente, facilitar su integración social.
Hemos sido testigos de cómo la legislación ha ido adaptándose a la realidad social, ofreciendo una mayor aceptación de las personas tran-sexuales. Medios de comunicación como el cine o la televisión han co-menzado a dar un tratamiento de respeto que se plasma en la utilización de un lenguaje y una terminología que ha ido gradualmente permeando al conjunto de la sociedad, que no siempre es respetuosa con la diversi-dad de género. Son todavía frecuentes los casos de agresiones verba-les, físicas e incluso sexuales que las personas transexuales en diferen-tes lugares de la geografía española, a día de hoy, relatan sufrir.
Son necesarios, por tanto, los dispositivos de carácter público enfocados a atender las necesidades de las personas transexuales, tanto sociales, psicológicas como jurídicas. Muchas personas transexuales cuentan las dificultades por las que han atravesado hasta encontrar un profesional capacitado para tratar sus problemáticas de autoaceptación en unos ca-sos, de aceptación familiar en otros, así como el acoso escolar, social o laboral. Son necesarias medidas que aseguren que los profesionales de la administración pública tengan la formación necesaria para atender este tipo de situaciones y, en su caso, para realizar derivaciones hacia los recursos especializados establecidos para tal efecto.
El ámbito sanitario es y ha sido siempre objeto de reivindicación de las personas transexuales que, durante años, han estado excluidas de una atención pública y especializada, recibiendo únicamente atención priva-da con los riesgos que una atención sin los debidos protocolos y sin una atención reglada conllevan. Andalucía se convirtió en la primera comu-nidad autónoma en integrar en su servicio sanitario público la atención a las personas transexuales. Posteriormente, se incorporaron Cataluña y Madrid. En la actualidad, existe una reivindicación para que la atención integral sea incorporada a la cartera de prestaciones estatales con ob-jeto de que cualquier persona, con independencia del territorio donde esté empadronada, pueda recibir una atención integral de acuerdo a unos estándares reconocidos internacionalmente. Se propone también la creación de unidades de referencia por parte del Ministerio de Sani-dad como opción a evitar la implantación de uniSani-dades en todas las co-munidades autónomas
La discriminación de las personas transexuales se evidencia en diversos campos, el entorno laboral es uno de los más duros y acuciantes, pues no solo en este se producen situaciones de discriminación sino que, en muchos casos, se trata de la elemental denegación de acceso a un puesto de trabajo. La mera percepción e identificación de encontrarnos ante una persona transexual provoca en muchos empleadores la deci-sión automática de descartarlo como potencial persona aspirante a un puesto de trabajo por la única razón de su identidad de género.
Si bien la legislación española, en términos generales, protege al traba-jador frente a la discriminación por razón de su identidad de género, la realidad es que no es percibida una eficacia en la práctica ante los tribu-nales y son numerosos los profesiotribu-nales de la abogacía que no se sien-ten conformes ni con el resultado ni con la legislación desarrollada para este fin. Es necesario, por tanto, concienciación, formación y sensibiliza-ción para avanzar en el campo de la justicia.
Donde realmente se ha apreciado una evolución en los últimos años, es en la especial consideración y protagonismo que han adoptado los/las menores transexuales. Se ha producido una mayor visibilidad de su rea-lidad así como la de sus progenitores, que se han agrupado y constitui-do en asociaciones y entidades específicas sobre la realidad y proble-máticas de las personas trans. Los objetivos que persiguen van desde la ayuda y la formación, hasta el asesoramiento a las familias de los y las menores transexuales en lo relativo a la transexualidad, la difusión de sus derechos en los diferentes ámbitos y sectores sanitario, social, cultu-ral, jurídico y también en lo educativo promoviendo la despatologización de la transexualidad.
Las personas mayores trans necesitan espacios donde poder recibir una atención que en modo alguno signifique una pérdida de menoscabo para su dignidad, por ello las Administraciones públicas deben garanti-zar que ese trato de respeto va a poder ser garantizado. La formación específica del personal en los centros de mayores y el diseño de líneas transversales de atención que incluyan la perspectiva de identidad de género acorde con sus necesidades son prioritarios.
Por tanto, podemos afirmar que España ha dado pasos de gigante en la mejora de las condiciones de las personas transexuales gracias a un importante trabajo llevado a cabo por activistas, asociaciones o profesio-nales, entre otros, que con un ingente esfuerzo han conseguido crear el marco legal y social en el que hoy vivimos. No obstante, aún queda un largo camino por recorrer para conseguir una plena integración social de las personas transexuales en España. Confiemos en que la experiencia acumulada junto con el trabajo y la entrega de todas las personas involu-cradas siga dando pasos en la buena dirección.
Desde la sociología…
Continuidad o Discontinuidad de
Sexogénero
Kim Pérez Fernández-Fígares
En 2012 acudí al congreso de la Asociación de Madres y Padres de Gays y Lesbianas en Valencia. Ya habían incluido a familias de menores tran-sexuales. Vi con mis ojos la trascendencia de lo que allí se planteaba. Hasta entonces el activismo transexual, como el homosexual, había sido el de marginales dentro de la marginación.
Habíamos salido del armario contra corriente. A menudo, nos habíamos encontrado en frente a nuestras propias familias. Había sido lo corriente tener que dejarlas, incluso por prudencia, por iniciativa propia. A veces, algo terrible nos habían expulsado al grito de «Yo no quiero maricones –o bolleras– en mi casa», la familia como último refugio había desaparecido.
En el caso trans habíamos arriesgado o perdido una situación laboral. Una profesora de universidad podía verse después trabajando en la lim-pieza de escaleras o de pinche en un hotel.
La ideología nacida de esa situación socioeconómica era, espontánea-mente, la de la transgresión. Las personas gaylesbitráns podíamos ver-nos como transgresoras naturales de cualquier orden social. No solo los sectores liberal conservadores hegemónicos en nuestra civilización, sino los cristianos, católicos, ortodoxos y protestantes, los marxistas, en su momento, los islámicos, todos estaban en nuestra contra.
Salir del armario era situarte frente al orden establecido y asumir la mar-ginalidad. Solo la contracultura sesentayochista nos abrió los brazos. Por definición, la contracultura era cultura de la transgresión. Se nega-ba todo orden establecido y se paganega-ba como precio situarte a su mar-gen, en los ámbitos familiar, laboral y social. En 1969, un año después de Mayo del 68, fue Stonewall, el alzamiento de las travestis frente a la Poli-cía en un bar de ambiente, cansadas de redadas. Transgresión. Autoafir-mación. Marginalidad provocadora. Creación.
Sylvia Rivera, una de sus promotoras, puertorriqueña, había dormido en las calles humeantes de Nueva York y había creado uno de los primeros sistemas de ayuda mutua entre las prostitutas travestis… para quienes la única profesión que también se abría era la prostitución, la única que permitía que una trans se ganase la vida, más allá de las privilegiadas que sabían cómo actuar en cualquier espectáculo, también marginal. ¡Si las madres y los padres de estas personas tan jóvenes hubieran sabido lo que eran sus vidas!
En 1971, después de abandonar mi puesto en la Universidad de Grana-da, por quedarme en Londres, vi por la calle a una persona fuckgender, vestida de zíngara, con un vestido violeta largo, un chalequillo negro y barba de diez días.
Se afirmaba ya, por tanto, una visión no dualista de la sexualidad, nobi-narista, no sometida a la escisión hombre/mujer, masculino/femenino,