Pablo Peinado
Este año 2014 se ha celebrado la octava edición del Premio LAM (Leopoldo Alas Mínguez) para textos teatrales LGTB que organizan de manera conjunta la Asociación Cultural Visible y la SGAE. Este certamen internacional comenzó a celebrarse en 2007 y esa primera edición fue ganada por el dramaturgo argentino Mariano Moro con su obra De hom- bre a hombre. En 2008 fue la dramaturga Carmen Losa la que desta- có con su texto Levante. En 2009 fue Nacho de Diego el vencedor con La playa de los perros destrozados… y así sucesivamente hasta llegar a esta octava edición en la que la obra ganadora ha sido La tarde muerta de Alberto de Casso Basterrechea.
Pero este año también se han presentado otros muchos textos –más de cien– y entre los que más destacaron por su calidad literaria había tres de temática trans: Bichito raro, de Jesús Benjamín Farías; Ella, de Jose Busto y La casa del mar, de Luis Matilla. Bichito raro, además, ha sido merecedora de una Mención de honor por el Jurado del LAM, compues- to en esta ocasión por Itziar Pascual, ganadora de la pasada edición con
la obra Eudy; Salva Bolta, director teatral y Paco Bezerra, dramaturgo. El jurado fue presidido por mí, tanto en calidad de presidente de la Asocia- ción Cultural Visible como de creador de este Premio.
Voy a tratar de explicar brevemente las características de estas tres obras de tema trans. Desde mi punto de vista, las más interesantes y me- jor escritas, relacionadas con esta temática, de todas las que se han pre- sentado a esta edición del Premio LAM.
La casa del mar es la historia de Mario, un niño que hace tiempo que se dio cuenta de que realmente era una chica, pero que no sabe cómo gestionar esta necesidad. Mario encuentra refugio en su abuelo para protegerse de la hostilidad de sus progenitores, sobre todo de su padre, César, al que únicamente le preocupa que Mario sea un triunfador, como él. También tiene una amiga de la escuela, Celia, a la que le cuenta sus cosas. Pero Mario, sobre todo, confía en su abuelo Santiago. Hay una es- cena clave en la obra, entre Mario y su abuelo Santiago, la primera vez que el niño se atreve a expresar en voz alta lo que siente:
Mario.- Yo soy un chico, ¿verdad abuelo? Santiago.- ¡Claro, es evidente!
M.- (A punto de llorar) Pero es que yo quiero ser una chica, es que me siento una chica.
S.- ¿Desde cuándo sientes eso Mario? M.- Desde siempre.
S.- ¿Cómo desde siempre? Eres muy pequeño para decir eso. ¿No será porque los chicos te insultan y no quieres ser como ellos? M.- (Apesadumbrado) Antes también lo sentía. Siempre me ha gustado cómo hablan y cómo huelen las niñas. Sobre todo me gusta cómo mueven las manos cuando juegan. Nadie me lo ha di- cho abuelo, (disculpándose) es que yo lo siento así. No sé a quién hablarle de esto, por eso te lo digo a ti, abuelo, que siempre me escuchas.
Esta escena retrata de una forma clara la angustia que provoca en un niño tener que contar lo que está sintiendo, con el miedo a que esto pro-
duzca el rechazo, en este caso de su abuelo, y en general el de las per- sonas a las que él quiere.
A lo largo de la obra veremos cómo el padre se muestra intransigen- te con el comportamiento de su hijo y cómo Amalia, la madre, intenta abrirse y entender lo que le sucede a Mario, aunque una visita a un psicólogo recomendado por su marido consigue descolocarla porque este profesional le habla de llevar a cabo terapias que modifiquen la conducta «afeminada» de su hijo, como la práctica de deportes violen- tos y terapias aversivas y conductuales, todo ello con el fin de evitar que su hijo sea gay. Porque ni el padre ni el psicólogo pueden siquie- ra entender que quizás lo que le pasa a Mario no es que sea gay, sino que muy probablemente es una niña transexual. Pero esto es algo que está muy lejos de la capacidad de comprensión de personas como el padre de Mario.
El final de la obra es agridulce ya que, por un lado, el padre ha decidido matricular a su hijo el próximo curso en un internado donde le enseñarán «a ser un hombre». Pero, entre tanto, el abuelo ha decidido llevarse a su nieto a una casa que tiene junto al mar para pasar juntos unas largas va- caciones de verano... Pero la forma en que explica estas vacaciones a su nuera es un poco ambigua, casi como si pensara quedarse con el nieto por miedo a las consecuencias que el ingreso en un internado exclusi- vamente masculino tendría para Mario… el final es poético y abierto y no sabemos lo que finalmente ocurrirá con el niño. Al menos su abuelo le entiende y su madre también parece que ha comenzado a aceptarle tal y como es. Pero cambiar la actitud de un padre intransigente y transfóbi- co no parece tarea fácil. Esto despierta serias dudas sobre el futuro de Mario, aunque una posible solución sería que Amalia decidiera no seguir unida a su marido y divorciarse, una opción que insinúa en un diálogo entre ella y su suegro.
Hay una curiosa coincidencia entre un párrafo de esta obra y lo que el dramaturgo Jose Busto cuenta en el texto que ha aportado y en el que habla de los motivos personales que le llevaron a escribir su obra Ella. Parece como si el personaje del abuelo fuera Jose Busto, al menos eso
se deduce tras leer este párrafo en el que habla Santiago, el abuelo de Mario en La casa del mar:
Santiago.- Calma, Mario. (Pausa) Verás, yo tuve un compañero que sentía lo mismo que tú. Los dos éramos jóvenes y aunque yo no comprendía lo que le ocurría, era mi mejor amigo y nece- sitaba ayudarle. Corrían otros tiempos, y en aquella época no era nada fácil decir que deseabas ser algo diferente a lo que tu cuerpo aparentaba. (Pausa) Mucho más tarde, cuando ya no podía hacer nada por él, su recuerdo que todavía continuaba vivo en mí, me forzó a buscar explicaciones. Yo necesitaba saber lo que nadie quería entender.
Para entender esta coincidencia, es necesario leer el texto firmado por Jose Busto y titulado Sobre mi motivación para escribir Ella.
La segunda obra de esta trilogía de textos de temática trans es precisa- mente la obra de Jose Busto titulada Ella. Es sin duda el texto más dra- mático de los tres, no solo por lo que le sucede a la protagonista, que sin duda también, sino porque toda la obra destila una terrible amargura, una historia llena de dramatismo que muestra un personaje siempre en el filo de la navaja, al borde del suicidio e incapaz de solucionar los pro- blemas a los que tiene que enfrentarse. Solo al final Arturo, convertido en Eva, encontrará la paz que tanto ansiaba. Un final en el que la prota- gonista se reconcilia consigo misma y consigue alcanzar un cierto grado de felicidad pese a todas las pruebas a las que la vida le ha sometido. Cuando comienza Ella, Arturo, el protagonista tiene ocho años y ya dice que quiere ser una chica, tiene un buen amigo que se llama Ricardo y un amigo imaginario que le acompaña a todas partes y con el que habla. Ni su padre ni su madre –sobre todo ella una mujer especialmente cruel– entienden lo que le pasa. En una escena en un parque, Arturo y Ricardo son agredidos por un grupo de jóvenes y Ricardo muere. Tras esta agre- sión los padres de Arturo deciden ingresarle en una clínica en la que les prometen curarle sus «rarezas», pero finalmente, y tras llevar a cabo con él diversas terapias aversivas, llaman a sus padres para comunicar- les que el intento de cura ha sido un fracaso y que no les devolverán
el dinero porque eso es lo que especifica la letra pequeña del contrato que firmaron. Pero aún les queda una última y desagradable sorpresa por descubrir durante la conversación que mantienen en la clínica con la doctora que se ha encargado del caso de Arturo:
Doctora.- A partir de ahora usted y su marido deberán estar aten- tos.
Madre.- A qué. No me asuste.
Doctora.- A los efectos secundarios del tratamiento. Madre.- No dice nada.
Doctora.- Sensaciones de vergüenza. Miedo. Tensión. Decepción. Agotamiento. Rechazo al entorno familiar. Depresión. Tendencias suicidas. Tensión traumática. Desaliento crónico. Pérdida de rela- ciones vitales. Problemas cutáneos. Dolores de espalda. Úlceras. Trastornos psicosomáticos. E incluso, en ciertos casos, episodios psicóticos.
Madre.- Va a decir algo, pero se arrepiente.
Tras diez años de mala vida, alcoholismo y hormonación sin ningún tipo de control médico, encontramos a Arturo destrozado. Muere su padre, la única persona que le ayudaba a escondidas de su madre, y sufre una grave crisis, lo que le obliga a ir a un médico, afortunadamente un buen hombre y mejor profesional, que le ayuda a reconciliarse consigo misma. Tras solucionar sus problemas de salud, decide operarse y arreglar su vida. Ahora se llama Eva y busca trabajo, pero tras una entrevista fraca- sada –suponemos que una de tantas– para intentar trabajar en una ofici- na, finalmente encuentra un empleo de cajera de supermercado. Allí va un día su madre a comprar, pero no la reconoce y le dice cosas muy bo- nitas, le dice todo lo que ella habría querido oír de su madre, pero nunca pudo escuchar. La madre le habla sin saber que realmente es su hijo:
Madre.- Seguro que tus papás eran muy guapos. Eva.- Incómoda. Sí.
Madre.- Vaya suerte que tuvieron contigo. Anda que no presumi- ría yo de hija por la calle. Tienes un pelo precioso. Siempre quise una niña para hacerle trenzas.
Al final de la obra y pese a la amargura de esta escena y pese a todo lo que le ha ocurrido a lo largo de su vida, parece que Eva ha encontrado su lugar en el mundo.
La tercera y última obra es Bichito raro. Este texto ha sido merecedor de una Mención de honor en esta 8ª edición del Premio LAM. Bichito raro es la historia de Alberto José Rondón, más conocido como Alber- tico, más tarde La Kiko, una chica trans del barrio marginal de Los Cari- bes. De niño fue a vivir a casa de Chiqui Vallita, una mujer muy fuerte y separada, que criaba sola a varios hijos. Ella le llevó a vivir a su casa por- que el padre de Albertico, policía, le maltrataba para tratar de corregir su afeminamiento. Pero, con el tiempo, Papi, uno de los hijos de Chiqui, y Albertico se enamoraron. Papi llegó a ser una promesa del béisbol, pero acabó dejándolo cuando se enteró de que su madre había echado a Al- bertico de casa. Papi abandonó su campamento de formación de bolei- bolista y empezó una relación con Albertico (La Kiko), pero todo se puso en su contra y la sociedad entera parecía conspirar para acabar con una unión que para muchos era contra natura. No entendían que un hombre, un deportista como Papi, fuera homosexual y se liara con un chico afemi- nado como La Kiko. Finalmente, Papi muere asesinado y la Kiko, pese a todo el dolor, se ve obligada a seguir adelante con la ayuda de su nue- va familia, una pareja homosexual que la acogió de jovencita, cuando Chiqui Vallita la echó de casa. La obra de Farías Rojas es un mosaico de personajes y de situaciones, retratadas con un rico vocabulario caribeño, que presenta una sociedad asfixiante en la que, pese a la diversidad de maneras de enfrentarse a la vida, parece que solo una opción está pro- hibida y esta es la de la diversidad sexual y la de género.
Jose Busto
Hace unos años, casi veinte, en el ámbito del movimiento asociativo ju- venil de mi ciudad, conocí a una persona transexual y trabé amistad con ella. A pesar de encontrarse en un ambiente a priori inclusivo, no era di- fícil percibir su aislamiento y ese miedo a relacionarse tan propio de las personas que han sufrido la intransigencia, la hostilidad y la violencia de una sociedad que no acepta a las personas diferentes.
Durante las largas conversaciones que mantuvimos, me contó que su vida, hasta ese momento, había sido una especie de carrera macabra de obstáculos en la que absolutamente todo el mundo la había tratado como una enferma mental, como una pervertida o como un acto fallido de la naturaleza. Reconozco que yo mismo era incapaz de entender- lo del todo. Como el resto de mi generación, en mayor o menor grado, yo también fui educado en el desprecio y la hostilidad hacia las perso- nas homosexuales, bisexuales y, especialmente, hacia las transexuales. ¿Cómo iba a entender que una persona estuviera dispuesta a pasar por semejante suplicio? Pero ella siempre me decía lo mismo, que el verda- dero suplicio, lo que realmente le hacía sufrir, hasta el punto de volver-
se loca, era mirarse en el espejo cada mañana y no reconocerse en el cuerpo con el que había nacido.
Un buen día desapareció y no volví a saber más de ella. Alguien me co- mentó que se había suicidado, pero nunca pude corroborarlo a ciencia cierta.
El caso es que aquel encuentro me tocó muy hondo y me prometí que escribiría algo sobre ella. Sin embargo, a pesar de intentarlo muchas ve- ces, nunca llegaba a nada, sencillamente porque no lo entendía, de esto me di cuenta mucho tiempo después.
Mi madre era una persona muy posesiva y violenta que me martirizó, desde muy niño, tratando de doblegar mi precoz impulso creativo. Y no fue hasta hace unos meses, al leer un artículo sobre niños transexuales, cuando fui capaz de relacionar las dos cosas.
De repente entendí el estado permanente de pánico en el que ella vivía. Comprendí, porque yo también lo había vivido (salvando las distancias, por supuesto, no es comparable), lo que supone tratar por todos los me- dios de ser tú mismo para ser feliz y que las personas que supuestamen- te deben acompañarte y ayudarte para que lo consigas se conviertan en tus más detestables enemigos.
Me entristecí pensando que si hubiera sido capaz de comprenderlo del todo en aquella época quizá le hubiera podido ayudar. No sé. Empecé a escribirlo de nuevo y, esta vez, en apenas un mes, lo terminé. Supongo que tenía muchas ganas de contarlo.