Sarai Montes
Presidenta de Errespetuz y vocal en la ejecutiva de la FELGTB
Muchas veces me pregunto cómo hubiera sido nacer sin haber sido una persona transexual, cómo hubiera sido poder ir por la calle sin que na- die te mire raro aunque, claro, las personas transexuales de Brasil, por ejemplo, viven en un país en el que se han registrado entre 2008 y 2012 (un periodo de cuatro años) más de 450 asesinatos de personas tran- sexuales y seguramente sueñen con poder vivir en un mundo en el que su «único problema» sea que les miran raro. Es precisamente Brasil el país que registra más asesinatos de personas transexuales, seguido por México con 106 y por Estados Unidos con 69. Como curiosidad habría que decir que en España, con todas sus leyes modernas respecto a los
derechos de las personas transexuales, «únicamente» se registraron seis asesinatos en ese mismo periodo. De ello se deduce que vivimos en un mundo en el cual las personas transexuales no tenemos los mismos de- rechos que el resto de la ciudadanía y, además, según donde vivas, es posible que te encuentres con que estás en un país que te condena a muerte o a penas de cárcel simplemente por el hecho de haber nacido siendo transexual.
La verdad es que es bastante difícil hablar de los derechos de las per- sonas transexuales en el mundo así en bruto, pues cada país tiene una legislación totalmente diferente al respecto y en la mayoría de ellos a las personas transexuales ni siquiera se nos tiene en cuenta a la hora de legislar, por no hablar de aquellos países que directamente legislan en contra de nuestros derechos humanos más básicos o en contra de nues- tra vida.
Desde los países con menos derechos hasta llegar a la legislación Ar- gentina donde, por lo menos a nivel legal, se reconocen los derechos de las personas transexuales, incluye en su legislación la autodetermina- ción en cuanto al sexo y excluye la patologización de la transexualidad. En otros países podemos encontrarnos de todo, incluso existen algunos en los cuales se aprueban leyes que, pretendiendo reconocer nuestros derechos, resulta que lo que hacen es discriminarnos, como es el caso de España. Precisamente en España, me viene a la mente el caso de una mujer transexual inmigrante que se encontraba en una situación cuanto menos paradójica porque estaba viviendo en un país en el que existe una ley que le hubiera permitido tener su documentación acorde a su sexo real, pero claro, dicha ley le exigía tener la nacionalidad española. A la hora de solicitar la nacionalidad ella cumplía todos los requisitos ne- cesarios, bueno, todos menos uno, resulta que España le solicitaba un certificado de penales expedido por su país, pero para conseguirlo tenía que ir allí de manera presencial, la cuestión era que en su país la tran- sexualidad está penada con la cárcel por lo que, en cuanto pusiera un pie allí, iban a condenarla por el simple delito de haber nacido, porque si algo está más que demostrado científicamente es que la transexualidad es algo natural que se produce durante la gestación del feto.
En Europa no existe ni un solo país que reconozca por ley a las perso- nas transexuales los derechos que sí reconocen a las personas cisexua- les. Doce países no reconocen a las personas transexuales en sus leyes, y de los que sí tienen alguna legislación al respecto, en veintiún países europeos para poder tener tu documentación acorde a tu sexo real se te exige por ley estar esterilizado/a, y eso que se supone que Europa es el primer mundo. En España, que fue pionera en legislar sobre tran- sexualidad con la aprobación de la ley 3/2007, popularmente conocida como «Ley de identidad de género», a día de hoy tenemos un país en el que, según en qué comunidad autónoma vivas, se te aplican unas leyes o ninguna, por no mencionar que a las personas transexuales se nos dis- crimina «por ley». Actualmente existen cinco normas jurídicas españolas que legislan en lo que a derechos de las personas transexuales se re- fiere. La única de ellas de aplicación estatal es la ya mencionada 3/2007 cuyo único cometido es regular la posibilidad de modificar tu documen- tación para que sea acorde a tu nombre y sexo reales, pero sus requisi- tos son tan restrictivos que resultan discriminatorios. Esta ley obliga a las personas transexuales a incumplir otra ley según la cual todos los espa- ñoles tenemos la obligación de portar un DNI que muestre, entre otras cosas, nuestro sexo, nuestro nombre y una foto en la que se nos pue- da reconocer, ya que la ley 3/2007 nos obliga a portar durante un mí- nimo de dos años una documentación que poco o nada tiene que ver con nosotros, por no mencionar que nos exige estar diagnosticados con un «trastorno psiquiátrico» o que dicha ley no reconoce ni la existencia de las personas transexuales menores de edad, ni la existencia de las personas transexuales inmigrantes. En cuanto a las leyes autonómicas, todas ellas, a excepción de la recientemente aprobada en Andalucía, exigen, al igual que la ley estatal, que la persona haya sido diagnostica- da con un «trastorno psiquiátrico», como si los psiquiatras supieran algo sobre la transexualidad más allá de pensar erróneamente que quien no se adecua a las normas sociales padece un trastorno, pero claro, si al- gún día reconocieran la diversidad humana, tendrían que dejar práctica- mente vacíos sus manuales de diagnósticos mentales y se les acabaría el negocio. Navarra, País Vasco, Andalucía… cada ley aprobada ha ido mejorando en lo posible a sus predecesoras, pero es sangrante el caso de la ley Canaria, en la cual la situación se ha dado a la inversa y se han
recortado derechos a las personas transexuales con respecto a las leyes anteriores.
Con la ley andaluza se había conseguido la autodeterminación en cuan- to al sexo de la persona, esto es todo un avance en lo que a derechos se refiere, aun cuando mete a las personas que se acojan a la misma en una trampa porque cuando vayan a reclamar su DNI acorde a su nombre y sexo reales, con relación a la ley estatal, se les va a exigir un informe psiquiátrico y se van a encontrar con la situación de que, al haber hecho todo el proceso sin dicho informe, se les va a denegar poder modificar el DNI. Pero es peor aún con la aprobación de la ley canaria, ya que vuelve a patologizar la transexualidad y vuelve a exigir a las personas transexuales un informe de un psiquiatra o, lo que es lo mismo, un in- forme de alguien que no ha estudiado durante su carrera nada sobre la transexualidad. Además, esta ley discrimina a las personas transexuales con edades comprendidas entre los 16 y los 18 años, pues mientras en el resto del Estado, a la hora de tomar decisiones médicas, la mayoría de edad está establecida en 16 años, la ley canaria exige que todos los menores de edad tengan el consentimiento de sus tutores legales para acogerse a ella, lo que significa que, si tienes 17 años y tus padres están en contra de tu decisión, en Canarias se te van a negar los tratamien- tos médicos que necesitas, mientras que en el resto del Estado puedes acceder a ellos. Quiero citar aquí a Tamara Adrián Hernández cuando en su artículo publicado en la revista Gehitu Magazine nº 89 decía: «No es verdad que las personas trans hayan nacido en un cuerpo equivoca- do, sino que han nacido en un mundo equivocado». Creo que esta es la mejor definición que he leído de lo que es la vida de una persona tran- sexual resumida en una sola frase. Hemos nacido en un mundo equivo- cado, cuyas sociedades se rigen por ideas equivocadas basadas en el error de atribuir determinados comportamientos a los individuos en fun- ción exclusivamente de que pertenezcan a uno u otro sexo, o lo que es lo mismo, el error de determinar que una manera de ser o actuar es algo exclusivo de los hombres y otras, de las mujeres. Por culpa de este de- terminismo, durante siglos las mujeres han venido siendo consideradas ciudadanas de segunda categoría en la mayoría de los países del mun- do.
Esto, dicho así, puede que parezca fácil de entender e incluso es posible que haya gente que lo lea y que piense que tengo razón, pero, si ahon- damos lo suficiente en la cuestión, puede que muchas de estas perso- nas cambien de idea porque, si nos quedamos en cosas que ya están más que superadas, todos y todas estaremos de acuerdo. En nuestra so- ciedad a nadie con dos neuronas funcionales se le ocurriría decir a día de hoy, por ejemplo, que «el derecho a voto debe ser algo exclusivo de los hombres». Esto es algo que está más que superado, pero claro, atri- buir algo en exclusividad a un sexo es un error siempre, no solo cuando se habla de derechos. Dentro de la gran diversidad humana existimos personas que directamente somos la demostración viviente de que atri- buir algo en exclusiva a un sexo es un error. Que alguien se inventó que lo de llevar faldas era cosa de chicas, pues que vaya a contarle a un es- cocés su absurda teoría. Que alguien se invento que lo de tener cromo- somas XY era algo exclusivo de los hombres, pues ahí están un montón de mujeres que nacieron con cromosomas XY para demostrar que eso no es cierto. Que alguien se inventó que tener pecho era cosa exclusiva de las mujeres, pues que investigue un poco sobre la gran cantidad de casos que existen de hombres con ginecomastia; que, por cierto, yo per- sonalmente no entiendo que, siendo algo natural que existan hombres con pecho, se considere desde el estamento médico que padecen una patología. Que alguien se inventó que lo de nacer con pene era algo ex- clusivo de los hombres, pues ahí estamos todas las mujeres transexuales para demostrar que tampoco es cierto. Y suma y sigue, porque cualquier norma que se quiera atribuir a un sexo en exclusiva es un error y eviden- temente vivimos en una sociedad que lleva años basando sus ideas en errores, a lo que además hay que sumar el hecho de que desde la me- dicina todo aquello que se salga de la norma en lugar de utilizarlo como demostración de que esa norma estaba equivocada, lo que han hecho ha sido diagnosticarlo como una enfermedad en la mayoría de los casos o como un problema físico. Pero es más grave en el caso de las perso- nas transexuales, ya que además el estamento médico se inventa que la transexualidad es una patología mental y se queda tan a gusto. Como si no fuera ya bastante complicado vivir en una sociedad que no es capaz de aceptar que hay personas que nacemos sin cumplir esas normas que no tienen ninguna lógica. Una sociedad que da más credibilidad a las
normas sociales creadas con una base equivocada, que a la propia exis- tencia de quienes demostramos tan solo con nacer que dichas normas sociales no tienen ningún sentido. Sociedades que, para impedir a toda costa la ruptura de esas normas absurdas, prefieren penalizarnos desde el mismo momento en que nacemosActualmente nos encontramos con que ya no existe tanto miedo a decir socialmente que tu sexo no es el que te dicen que es y gracias a ello las personas transexuales cada día lo verbalizan a edades más tempranas. En estos momentos existen ya un montón de casos de niños y niñas que con cuatro, cinco o seis años se plantan delante de sus padres y les dicen que están equivocados, que su sexo no es el que les asignaron al nacer. Por suerte, en la mayo- ría de los casos, los padres de estos niños y niñas transexuales son lo suficientemente inteligentes como para aceptar la realidad y ayudan en lo posible a su hijo o hija, pero se encuentran con que en muchos casos tienen que enfrentarse a una sociedad que directamente no es capaz de entender que existen niños y niñas transexuales, a los que no debemos confundir con niños con comportamientos de género no normativo, por- que no tienen nada que ver. El día que como sociedad seamos capaces de aceptar la diversidad humana, el día que la prensa al hablar sobre una persona transexual no venda como noticia su condición. El día que seamos capaces de aceptar que existen hombres con pene y hombres con vulva, mujeres con pene y mujeres con vulva. El día que seamos capaces de aceptar que cuestiones como la capacidad de gestar no es algo exclusivo de las mujeres y que también existen hombres que na- cen con la posibilidad de crear una vida en su interior, ese día estaremos más cerca de ser una sociedad y más lejos de ser una «suciedad». Pero para ello aún nos queda mucho por aprender y más aún por «desapren- der». Tenemos que «desaprender» todas las normas sociales de género pues ninguna de ellas tiene sentido y tenemos que aprender que todos, hombres y mujeres, transexuales y bisexuales aunque seamos diferen- tes y nuestras diferencias nos hagan únicos e irrepetibles, en lo que a derechos se refiere tenemos que ser todos iguales.
Daniel Román
En la sociedad actual, y bajo la visión almidonada de muchos individuos acerca de lo que uno debe ser o cómo debe actuar, resulta arduo com- prender y respetar lo que hay más allá de los meros e ilógicos estereoti- pos que nos segregan entre personas «normales» o «fuera de la norma». La transexualidad, tal y como es concebida por muchos, es un fiel reflejo de esas rarezas que, silentes, pugnan por aflorar en medio de un oleaje humano hostil y repleto de prejuicios infundados.
Desde el mismo momento de nacer, desarrollarse y definirse a sí mis- mo, uno sufre el incesante acoso y adoctrinamiento de lo que, por regla general, está «bien visto» o es «correcto y normal». Todo ello, indudable- mente, sin que exista por parte de los instructores un atisbo de duda acerca de si lo que nos enseñan admite variaciones o anotaciones a pie de página. Únicamente cuando uno forja por completo su personali- dad e identifica cuál es el lugar que vivencial y personalmente le es más acorde, es capaz de elevar la voz para hacerse oír y defender su posi- ción en medio de una sociedad, en una gran mayoría, excluyente ante lo desconocido.
Clamar y defender el lugar que a cada uno nos pertenece como persona es todo un reto. Se trata de un desafío que no pocas veces se ve trun- cado por circunstancias, e incluso personas, cuyo desenlace o reacción no siempre podemos prever. Así es como surgen infinidad de historias a lo largo de la vida de cualquier persona, incluidas las personas trans. Muchas de esas historias llegan a término con un final feliz, satisfactorio, reconfortante. Otras, en cambio, acaban en el extremo opuesto.
Se ha cumplido ahora un año desde aquel desatinado suceso en mi vida, la vida laboral de un joven hombre transexual, mi caso no deja de servir de ejemplo para dar visibilidad a la verdadera realidad a la que se enfrenta nuestro colectivo.
Mi nombre es Daniel y soy un enfermero de 26 años de edad que desde los 18 hizo visible su condición de hombre transexual entre amigos y fa- miliares, y que ha recorrido un largo camino durante el que ha disfrutado y luchado a partes iguales, con alegrías e inconvenientes debido a mi identidad de género.
Los primeros pasos que siguieron a mi «salida del armario» recuerdo que fueron toda una amalgama de sentimientos que incluían alivio e incerti- dumbre al mismo tiempo. Sentimiento de alivio por saber que uno nunca más tendrá que aparentar ser lo que no es, por ser capaz de dejar a un lado el papel teatral que todo estereotipo crea para cada sujeto y cir- cunstancia, por sentir que desde entonces uno queda libre de la celda interior que reprime todo cuanto es y siente acerca de sí mismo. Pero también un sentimiento de incertidumbre por no saber qué le deparará a uno la vida ahora que ha sido capaz de despegar los pies del sue- lo. No es extraño el planteamiento de preguntas como «¿Seré igual de bien aceptado por la sociedad que como lo fui por parte de mi familia y amigos?» o, por contra, la inversamente proporcional «¿Encontraré trabas para todo cuanto me proponga conseguir u obtener por el mero hecho de poder ser considerado injustamente distinto o anómalo?»
Sea como fuere, sé que solo el tiempo me dará respuestas a todas estas dudas y no me queda otra alternativa que seguir hacia delante sin mirar
atrás, sin dar un paso atrás ni para coger impulso (como diría Carla An- tonelli).
Los años pasan y con ellos las personas, sus vidas y sus proyectos. Todo se encuentra en constante cambio y evolución. Un día nos encontra- mos jugando en el patio del recreo sin ningún tipo de preocupación más allá de pasarlo bien, y poco después nos vemos sentados en el grade- río de una inmensa clase, en la universidad, con preocupaciones, obje- tivos, sueños y conflictos internos bien distintos a los de la infancia. Se da paso de la más pura inocencia de la niñez, a la madurez y el compro- miso que rigen toda vida adulta. En todo ese proceso el único elemento que no cambia es la percepción interior que uno tiene de sí mismo. Lo demás, por contra, es todo un periplo vivencial en el que uno llega a lugares o posiciones muy distintas a las fantaseadas años atrás. Así es como aquel niño que soñaba con ser bombero termina siendo filólogo. Algunos de los que soñaron con ser médicos, luego dedicaron sus co- nocimientos a moldear el cabello y los que, anhelando convertirse en veterinarios, terminaron siendo enfermeros al servicio de un centro de menores para verse, un buen día, inmersos en una debacle laboral debi- do a su condición de hombre transexual.
De la infinidad de situaciones discriminatorias que este colectivo puede llegar a sufrir, es tal vez el ámbito laboral uno de los que más destaca, preocupa y coarta la vida de estas personas. En el caso recientemen- te mencionado, la discriminación se gestó durante innumerables me- ses donde no faltaron reuniones en privado, frases y palabras cargadas de despotismo y agravio, proposiciones delirantes a fin de «eliminar el problema de la empresa», y un compendio sin fin de despropósitos va- rios que se convirtieron en veladas y sutiles amenazas. Ante situaciones como esta, qué duda cabe, uno llega a sentirse culpable de su propia identidad e incluso de su propia existencia. De ese modo logran sus fi- nes quienes extorsionan psíquica y moralmente a quienes consideran distintos o enfermos.
Es duro verte inmerso en un proceso en tu propia empresa y tener que enfrentar consignas del tipo «Usted ya no da el perfil psiquiátrico para
trabajar con nosotros», «Usted y su proceso de reasignación de sexo resultan dañinos para los adolescentes con quienes trabaja, ya que al- gunos han sido abusados sexualmente», «Usted debería plantearse la