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Continuidad o Discontinuidad de Sexogénero

In document UNIVERSO TRANS Analisis Pluridisciplinar (página 49-57)

Kim Pérez Fernández-Fígares

En 2012 acudí al congreso de la Asociación de Madres y Padres de Gays y Lesbianas en Valencia. Ya habían incluido a familias de menores tran- sexuales. Vi con mis ojos la trascendencia de lo que allí se planteaba. Hasta entonces el activismo transexual, como el homosexual, había sido el de marginales dentro de la marginación.

Habíamos salido del armario contra corriente. A menudo, nos habíamos encontrado en frente a nuestras propias familias. Había sido lo corriente tener que dejarlas, incluso por prudencia, por iniciativa propia. A veces, algo terrible nos habían expulsado al grito de «Yo no quiero maricones –o bolleras– en mi casa», la familia como último refugio había desaparecido.

En el caso trans habíamos arriesgado o perdido una situación laboral. Una profesora de universidad podía verse después trabajando en la lim- pieza de escaleras o de pinche en un hotel.

La ideología nacida de esa situación socioeconómica era, espontánea- mente, la de la transgresión. Las personas gaylesbitráns podíamos ver- nos como transgresoras naturales de cualquier orden social. No solo los sectores liberal conservadores hegemónicos en nuestra civilización, sino los cristianos, católicos, ortodoxos y protestantes, los marxistas, en su momento, los islámicos, todos estaban en nuestra contra.

Salir del armario era situarte frente al orden establecido y asumir la mar- ginalidad. Solo la contracultura sesentayochista nos abrió los brazos. Por definición, la contracultura era cultura de la transgresión. Se nega- ba todo orden establecido y se pagaba como precio situarte a su mar- gen, en los ámbitos familiar, laboral y social. En 1969, un año después de Mayo del 68, fue Stonewall, el alzamiento de las travestis frente a la Poli- cía en un bar de ambiente, cansadas de redadas. Transgresión. Autoafir- mación. Marginalidad provocadora. Creación.

Sylvia Rivera, una de sus promotoras, puertorriqueña, había dormido en las calles humeantes de Nueva York y había creado uno de los primeros sistemas de ayuda mutua entre las prostitutas travestis… para quienes la única profesión que también se abría era la prostitución, la única que permitía que una trans se ganase la vida, más allá de las privilegiadas que sabían cómo actuar en cualquier espectáculo, también marginal. ¡Si las madres y los padres de estas personas tan jóvenes hubieran sabido lo que eran sus vidas!

En 1971, después de abandonar mi puesto en la Universidad de Grana- da, por quedarme en Londres, vi por la calle a una persona fuckgender, vestida de zíngara, con un vestido violeta largo, un chalequillo negro y barba de diez días.

Se afirmaba ya, por tanto, una visión no dualista de la sexualidad, nobi- narista, no sometida a la escisión hombre/mujer, masculino/femenino, he-

tero/homosexual, natura/contranatura. Quiero decir que esta visión no es objetiva, aunque esté tan incorporada a nuestra manera de pensar que nos parece la natural. La marginalidad gaylesbitráns estaba descubrien- do por su parte las realidades fundamentales de la naturaleza sexual hu- mana, y no en el orden de las cátedras y los laboratorios, sino en las in- tuiciones de las comunas y entre el humo que llevaba a los abismos de las drogas.

En los noventa surgió el movimiento queer como expresión de aquella actitud nobinarista. Frente a las posiciones straight, rectas, incluidas las del integracionismo homo pre/Stonewall (bien descrito en la película Sto- newall) y las del movimiento gay, post/Stonewall, que afirmaba la diferen- cia gay, estaba la posición queer, que sería la de los raros, los inclasifica- bles sexogenéricamente, la marginalidad como aristocracia.

Nosotras éramos en Andalucía una de las vanguardias que estaba trans- formando la situación trans en Europa, en el sentido de la integración trans en la vida social por medio de las dirigencias políticas. En febrero de 1999, Merche Camacho, María Banderas, Lola Izquierdo, sexóloga, y yo estuvimos como invitadas de honor en la sesión parlamentaria en la que se aprobó la Proposición No de Ley sobre los derechos de las per- sonas transexuales, la primera decisión parlamentaria que los recogía en el Estado español, por la que tanto había trabajado Carmen Molina, dipu- tada socialista. Mientras veíamos el transcurso de la sesión, pensé que, por primera vez desde hacía milenios, se restablecía el honor de las ma- riquitas andaluzas. Los portavoces de los grupos parlamentarios vinieron al final a saludarnos

Empezábamos a andar un camino que iba de la Marginación a la Integra- ción.

En 2006, Carla Antonelli, que procedía de la marginación más aguda en Canarias, superada gracias a su inteligencia y su perseverancia, lideró el envío a las Cortes de la primera Ley de Identidad de Género en el plano español, y fue aprobada al año siguiente, incorporando una medida tan nobinaria como que no fuera necesaria una operación para llegar al cam-

bio de identidad social. Unos años después, consiguió el reconocimiento a su trabajo al entrar como diputada en la Asamblea de Madrid; entraba en un palacio como el que ella había mirado con admiración y melancolía en Tenerife, pensando en que nunca podría entrar por aquellas columnas. Había pasado de la marginación a la integración de una manera superla- tiva.

Ese era el significado de la Asociación de Madres y Padres de Gays, Lesbianas y Transexuales. Poco después se le ha añadido Chrysallis… De «crisálida»: las, los y les trans que permanecen en el encierro de su armario son crisálidas…

Cuando las madres y padres comprenden la seriedad de los procesos transexuales, deciden apoyar a quienes han traído al mundo y solo eso significa la máxima integración posible.

El apoyo familiar es el de la célula básica de la sociedad. Con él, está asegurada la estabilidad emocional. Podrá ser necesario enfrentarse con los otros planos de la vida social, pero con ese apoyo familiar se supera lo fundamental del silencio, la soledad, el encierro, el disimulo, la tristeza desde la niñez.

Además, tal como es nuestra vida social, el amor parental no es solo el cuidado de la persona menor, sino su defensa frente a las amenazas ex- ternas. Una madre, un padre hablando en televisión puede ser irreba- tible. Pueden tener que asociarse para reunir fuerzas frente a los pre- juicios y la incomprensión, pueden tener que afrontar todavía fracasos, pero a corto plazo ya están consiguiendo resultados.

Desde los años noventa, el doctor Domenico di Ceglie, trabajando en Londres, había conseguido, con apoyo familiar, la integración escolar de menores trans.

Ya en los dos mil, la acción decidida de unos padres, obligados casi al exilio desde una población media a Granada, consiguió el apoyo de la

Inspección de Educación para que su hija se educase como niña. Poco después, nuevos padres lo consiguieron en otros puntos de Andalucía, para lo que fue preciso coordinar a la Inspección y que Pablo Vergara les hiciera llegar la abundante legislación andaluza sobre la igualdad, más decisiva en aquel momento que la de género.

Pero inmediatamente, la nueva Ley de Transexualidad de Andalucía, pro- movida por la Asociación de Transexuales de Andalucía, la Asociación de Conjuntos Difusos, y por Izquierda Unida y el PSOE, con la interven- ción de AMPGYLT y Chrysallis, ha recogido ya los derechos escolares y la atención médica a menores trans.

Todo esto significa integración. Las personas trans, ahora menores de edad, irán creciendo en un ambiente familiar que las favorezca, estu- diando normalmente, desarrollándose conforme a la atención estable- cida por las sociedades médicas de influencia planetaria, tales como The Endocrine Society de los EEUU o la Sociedad Endocrinológica Eu- ropea.

Irán integrándose como hombres y mujeres nobinarios, pero en una so- ciedad que es todavía culturalmente binarista.

El binarismo todavía nos envuelve a todos quienes hemos sido educa- dos en las grandes sociedades de hoy. Nuestras reacciones son binaris- tas. «Hay hombres y mujeres. Y punto». «Los hombres tienen que ser lo bastante masculinos y las mujeres lo bastante femeninas».

Es tan dominante el binarismo que lo contrario no tiene siquiera nombre. Decir nobinarismo es simplemente decir una norrealidad. Yo no tengo un nombre no binario para decir lo que soy. Por eso, a veces, de noche so- bre todo, cuando pienso en lo que soy, me encuentro con el vértigo de un vacío. «No soy hombre ni mujer». ¿Entonces, qué soy? ¿No hay res- puesta? ¿Ambiguo? Está en masculino. ¿Persona? Demasiado general, y yo sé muy bien lo que soy con detalle. Se me viene a la cabeza una pa- labra nobinaria: «Intersex». ¿Estoy en medio de dos realidades definidas, soy indefinida, ni lo uno ni lo otro, como al principio? «Intersex feminizan-

te». Es algo más: no femenina, sino feminizante, acercándome a la condi- ción de mujer sin llegar a ella.

Cuando hablo de menores trans, refiriéndome a su identidad, hablo de niños trans, de niñas trans y de niñes trans. Los primeros se saben va- rones, las segundas se saben mujeres, les terceres se saben ambigües. A medida que vayamos comprendiendo colectivamente esta realidad, las madres y padres dejarán de usar valoraciones binarias, pero que no corresponden a la realidad, como «yo creía que tenía un niño, o una niña, pero tenía una niña, o un niño», y sabrán que tienen en la realidad no binaria un niño trans, una niña trans, o une niñe trans.

Esta es la realidad, si nos entristece o nos alegra; es la santa realidad, que debe ser respetada para no entrar en la irrealidad y que aparezcan sorpresas que nos asombren.

Cada niño trans, o niña trans, o niñe trans entra en diálogo con su propia realidad. El diálogo será tanto más libre cuanto que sea libre, cuando se vea fuera de cualquier represión que obsesiona por ser represión.

Es completamente distinta la experiencia de quien ha podido vivir desde su niñez conforme al género deseado de la de quien ha vivido una niñez soñada.

Pero les niñes trans pueden encontrarse desconcertades en una clase donde son considerades niños o niñas cuando se ven a sí mismes como niñes. Será su propia experiencia la que les lleve de lo sencillo a lo com- plejo. Alrededor de mis diez años, pensé que hubiera sido más feliz si hubiera nacido niña para poder ir al colegio de las niñas que había antes de llegar al mío de niños donde era tan desgraciada. Estoy segura de que hubiera sido así, hubiera sido mucho más feliz, pero no habría deja- do de sentir a las niñas sutilmente distintas de mí. Ojalá yo, ahora, hubie- ra podido explicarme a mí antes: «Eres bastante femenina, pero no eres una niña, eres une niñe».

Las niñas trans a menudo aman con espontaneidad y emoción a los va- rones, como muchas otras niñas. Al acercarse a la adolescencia, puede ser que encuentren dificultades propias con los varones, más aún que los adolescentes homo. Entonces, a algunas se les presenta un dilema práctico entre identidad y orientación, y puede ser que decidan sacrifi- car voluntariamente su identidad con tal de no perder posibilidades de amor. Como me decía un joven de aspecto masculino, «yo me siento mujer, pero no necesito vivir como mujer». Quizá se sintiera mujer en el amor, y este sentimiento le fuera suficiente.

En cuanto a los hombres trans, se conoce como paradigmática la historia de Thomas Beatie que, habiéndose hormonado y practicado una mas- tectomía, ha decidido concebir y parir varios hijos sin menoscabo de su masculinidad de género. Es el mismo caso de los llamados «hombres/ mamá» en Ecuador, tradicionales, que visten como varones, trabajan como varones, son llamados como varones, y aceptan los embarazos y los partos.

Por eso, los niños trans, las niñas trans, les niñes trans tienen experien- cias no binarias que les ofrecen posibilidades que deben ser respeta- das.

Es decir, la realidad es compleja. No solo las personas transexuales so- lemos ser intersexuales en el plano cerebral, pues nuestro cerebro es de un sexo y el resto de nuestro cuerpo, de otro, siendo el cerebro real- mente el primero de los órganos sexuados puesto que dirige la conduc- ta, y la conducta y la identidad que resultan de la naturaleza de estos ce- rebros pueden estar más o menos definidas, siendo masculina, femenina o neutra.

Esta realidad compleja no la conoce nuestra cultura binarista, que sim- plifica. Lo mismo que solo concibe la existencia de hombres y mujeres, solo puede concebir la de hombres y mujeres trans.

De manera que, a las apariencias sexuadas en términos binarios que entran como primer elemento en la definición de transexualidad, se su-

perpone un solo continuo de feminidad/masculinidad cerebrales que de- pende de la cantidad de andrógenos recibidos por el cerebro, que en algunos de sus valores más altos en personas XX y más bajos en perso- nas XY, segundo elemento de la definición, da lugar a la transexualidad. Por tanto, la definición más completa de persona trans sería hombre XX masculino, mujer XY femenina, intersex XX masculinizante o intersex XY feminizante.

Mientras que lo masculino o lo femenino es bien distinguible, en primer lugar por la propia conciencia de la persona que ve en cada una de esas realidades su naturaleza, lo masculinizante o lo feminizante suele pre- sentar cualidades únicas, fórmulas singulares, que sumen en la confu- sión respecto a la clasificación binaria a las personas que las sienten, creando vacilaciones identitarias, porque intentamos entender binarista- mente lo que no es binario.

Por tanto, la cuestión entre integración o marginalidad dependerá de hasta qué punto nuestra futura cultura aprenda que la realidad sexoge- nérica no es binaria. Si el nobinarismo (quizá se le llame «continuidad», en términos positivos) llega a ser un criterio comprendido por las mayo- rías, habrá integración; si las mayorías siguen siendo binaristas, o discon- tinuistas, habrá marginalidad.

No es difícil ser continuista o nobinarista: lo sigue siendo, como heren- cia de la cultura india, la ciudad de Jutitán, en México, donde hay muxes desde hace siglos, personas nacidas con apariencia masculina que de- ciden llevar una vida femenina. Naturalmente, en siglos anteriores no se hormonaban ni se operaban, pero eran aceptadas como mujeres en la vida social y podían casarse con hombres o con mujeres. No es nada di- fícil; lo único necesario es tener una mente abierta para comprender que la realidad que todos vemos a nuestro alrededor es la realidad natural.

In document UNIVERSO TRANS Analisis Pluridisciplinar (página 49-57)