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CATEDRA TEOREMA

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Título miginal de la obra: Renewing Philosophy

Traducción de Carlos Laguna

Reservados todos los derechos. De conformidad con lo dispuesto en el art. 531-bis del Código Penal vigente, podrán ser castigados con penas de multa y privación ele libertad quienes reprodujeren

o plagiaren, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica fijada en cualquier tipo de soporte

sin la preceptiva autorización.

© Published by arrangement with Harvard University Press, 1994 Ediciones Cátedra, S. A., 1 994

Juan Ignacio Luca de Tena, 1 S. 28027 Madrid Depósito legal: M. 36.528 1 1994

I.S.B.N.: 84-376-1294-2 Printed in Spain

Impreso en Fernánc\ez Ciudad, S. L.

Prólogo

· · · 1 1 Prefacio · · · 27

CAPÍTULO l. El proyecto de la Inteligencia Artificial 31

CAPÍTULO JI. ¿Explica la evolución la representación? .. .. . 53

CAPÍTULO III. Una teoría de la referencia 73

CAPÍTULO IV. Materialismo y relativismo 1 0 1

CAPÍTULO V. Bernard Williams y la concepción absoluta del mundo . . . ... . . . 125

CAPÍTULo VI. Irrealismo y deconstrucción 161

CAPÍTULO VII. Wittgenstein: sobre la creencia religiosa 1 93

CAPÍTULO VIII. Wittgenstein: sobre referencia y relativismo 221

CAPÍTULO IX. Una reconsicleración ele la democracia ele Dewey . . . ... . . . 247

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LUIS ML. VALD�S VILLANTJEVA

Aunque Cómo renovar la filosofía no tiene el forma·­ to de un manifiesto �-algo que, sin duda, su título sugie .. re-� su confección ha estado guiada, reconoce Putnam, por "el convencimiento de que la filosofía se encuentra actualmente en un estado que hace necesario empren .. der su revitalización, su renovación"J. Con este objeto, el libro ofrece tanto un diagnóstico de la(s) cnferme­ dad(es) que aqueja(n) a la filosofía contemporánea, como una serie de sugerencias terapéuticas. Por lo que respecta al diagnóstico, Putnam presenta un cuadro de situación en el que la reflexión filosófica contemporá .. nea parece estar paralizada entre la Escila del cientifis .. mo y el Caribidis del relativismo. Ambas alternativas suelen presentarse como opciones mutuamente exclu-­ yentes que, al mismo tiempo, agotan el campo de posi-­ bilidades. La terapia sugerida carece, sorprendentemen .. te, de afirmaciones sustantivas. Pero la conocida tenden­ cia de Putnam a debilitar los opuestos filosóficos, el hecho de que las figuras centrales de esa parte de la dis­ cusión sean]. Dewy y L . Wittgenstein, y la insistencia de Putnam en que debemos aprender de las actitudes filo ..

1 Cfr. Cómo renovar la jilosojia, pág. 27.

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sóflcas de estos últimos

nuestras vidas y nuestro lLJLl,:,ua¡"

cuál sería el camino para salir CJENJ'IFISMO

Consideremos el caso siguiente2. Uno de nosotros �¿por qué no usted mismo, que está leyendo esto aho-­ ra?--� ha sufrido una operación a manos de un científico salido de las páginas de una novela gótica. A resultas de ella, su cerebro yace ahora en una cubeta llena de subs­ tancias que lo mantienen vivo. Además, éste está conec� tado con un potente computador que le envía impulsos eléctricos que producen en usted la ilusión de que todo a su alrededor es completamente normal: usted ve todo tipo de objetos, cuando quiere mover una parte de su cuerpo siente lo mismo que si en realidad la estuviese moviendo, oye hablar a las demás personas, y cuando intenta hablar se oye a sí mismo como si, en realidad, estuviese hablando . . . Hasta es posible que crea que usted está de hecho leyendo ahora esta increíble histo­ ria sobre cerebros en cubetas mientras que, en realidad, usted no es más que un cerebro en una de ellas.

Pero demos un paso más. Podríamos imaginar que su caso no es único. ¿Por qué todos los seres humanos no podrían ser cerebros en una cubeta, controlados por una computadora gigante, controlada, a su vez, por nuestro científico (muy poderoso, por cierto)? Además, podríamos suponer también que las ilusiones que todo este dispositivo produce están coordinadas (esto es: no se trata de algo que se produce individualmente, de modo inconexo) de modo que usted sabe que existe el "mundo exterior" y tiene relaciones con las demás

"per-2 Cfr. H. Putnam, Razón, Verdad e Historia, Madrid, Tecnos, 1988, cap. 1. 1 2 sonas", usted no humanos desde en sus

esto? fin de cuentas, cuando

adecuadamente, cuando tomo una piedra en mis ma nos noto que pesa, cuando tomo una copa de buen vino aprecio sus cualidades y cuando hago el amor experimento sensaciones más que placenteras3.

Llegados a este punto, el lector habrá empezado a pensar que esta historieta, aunque ingeniosa, no tiene otro valor que el de un mero divertimento lógico. Put� nam, como era de esperar, no es de esa opinión. Aparte del peso que le concede para su teoría de la referencia -�-o más bien por eso mismo�- mantiene que la parábo� la de los cerebros en cubetas pone de manifiesto las diferencias entre dos perspectivas de capital importan� cia en la historia de la filosofía. Una de ellas es el realis­

mo metafí.•;;ico:

Según esta perspectiva, el mundo consta de al guna totalidad fija de objetos independientes de la mente. Hay exactamente una descripción verdadera y completa de "cómo es el mundo". La verdad supone una especie de relación de correspondencia entre palabras y signos mentales y cosas o conjuntos de cosas externas. A esta perspectiva la llamaré externa­ lista, ya que su punto de vista predilecto es el del Ojo de Dios4.

3 Putnam mantiene que si toda esta historia fuese verdadera, si realmente fuésemos cerebros en una cubeta, no podríamos pensar ni decir lo que somos. Aunque un cerebro en una cubeta pueda pensar o "decir" lo que nosotros pensamos y decimos, no puede referirse a aquello a lo que nosotros nos referimos. Cti-. a este respecto, Razón, Verdad e Historia, cap.l.

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La e"�,,,�,"'-·� que es la que Putnam

'""'uu·uu•a corno realismo interno:

La denominaré perspectiva internalista, ya que lo característico de tal concepción es sostener que sólo tiene sentido formular la pregunta ¿de qué objetos consta el mundo? desde dentro de una teoría o des­ cripción. ( .. . ) Desde la perspectiva internalista la "ver­ dad" es una especie de aceptabilidad racional (ideali­ zada) ---una especie de coherencia ideal de nuestras creencias entre sí y con nuestras experiencias, conside­ rándolas como experiencias representadas en nuestro sistema de creencias-- y no una correspondencia con "estados de cosas" independientes de la mente o del discursos.

Desde el punto de vista del realismo interno no re·· sulta demasiado difícil rechazar la hipótesis de que so­ mos cerebros en cubeta. De hecho, el planteamiento de esta hipótesis depende de que resulte plausible la exis­ tencia de un punto de vista del Ojo de Dios desde el cual formular la parábola. Pues, o bien el que la formu-­ la, siendo parte del mundo, no es un cerebro en una cubeta, con lo que no es cierto que todos los seres del mundo sean cerebros en cubetas, o bien, si hemos de suponer seriamente que todos los seres del mundo son realmente cerebros en cubetas, necesitamos hacerlo independientemente de cualquier teoría o descripción, vale decir: desde el punto de vista del Ojo de Dios.

Y esto es justamente lo que el defensor del realismo in­ terno mantiene que no puede hacerse. Las cosas serían, naturalmente, bastante más complicadas para el exter­ nalista. Tal filósofo mantiene que la verdad de una teo­ ría depende de su correspondencia con el mundo tal

como éste es como asunto de hecho. Pero si somos cere­ bros en una cubeta -y aquí entran en juego las

consi-5 Ihíd.

de la

referencia y verdad. somos cerebros

en um� cubeta, no tener cuyo

contemdo sea "somos cerebros en cubetas", dado que tal pensamiento no tiene condiciones que lo hagan verdadero al haber eliminado de antemano la relación de correspondencia habitual. De este modo, concluye Putnam, tampoco de acuerdo con el externa­ lismo es posible que seamos cerebros en cubetas.

En Cómo renovar la .filosofía el blanco del ataque de Putnam no es, sin embargo, el realismo metafísico crudo �ino una figura más sutil, si bien bastante conocida, que mcorpora rasgos de las dos perspectivas anteriores. Se trata del cientifismo, una concepción que confunde la metafísica sugerida por la ciencia con la ciencia misma, y que mantiene que "la ciencia y sólo la ciencia describe el mundo tal como es, independientemente de la pers­ pectiva"6. El propio Putnam ---que tiene una asombrosa

Y. �nvi.dia

l� ca pacida

?

russelliana para cambiar de posi-·

c1on fllosoflca-·- adm1te que en los aftos 50 y 60 había apurado hasta las heces ese cáliz: "creía (entonces) que todo lo que existe podía ser explicado por una única teoría. Por supuesto, nunca la conoceremos en todo detalle, e incluso en el caso de sus principios generales estaríamos siempre más o menos equivocados . Pero pensaba que la ciencia actual nos permitiría elaborar un bosquejo bastante completo de aquella"7. De acuerdo con esta posición, cualquier tipo de discurso debe po­ der formularse en un lenguaje cuyos términos sean cien­ tíficamente respetables, esto es: que estén de acuerdo con los cánones científicos de objetividad. En caso

con-6 Cfr. Cómo renovar la filosofía, pág. 28.

. 7 Ihíd., pág. 16. La "concepción absoluta del mundo" de B. Wí-lhams (ver capítulo 5 de este volumen) la contempla Putnam como un parad1gma de su posición pasada y, actualmente, rechazada.

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trario tal discurso debería rechazarse como carente

significado cognitivo. Los tres del Ji.

bro examinan de los utilizados por

ciertos filósofos contemporáneos que pretenden car nociones semánticas o intencionales en términos científicos. De este modo, se pasa revista al proyecto de la Inteligencia Artificial (IA), a la tesis de que la teoría evolutiva es la clave explicativa de la intecionaldiad de las representaciones y a la teoría de la referencia contra­ fáctico--causal de]. Fodor.

Veamos como ejemplo el caso de la IA. A resultas de la formulación por parte de Turing del concepto de computabilidad, la idea de que la mente era una máqui­ na de Turing alcanzó una aceptación casi universal. El propio Putnam fue uno de los pioneros ----de hecho, se le considera como el padre del funcionalismo-·-· al man­ tener en un célebre artículo sobre la naturaleza de los estados mentales que éstos debían identificarse con los estados computacionales de una máquina de Turing. La cuestión es ¿por qué se aceptó esta tesis como algo indiscutible? La respuesta de Putnam es que la "ideo­ logía" cientifista (léase aquí "fisicalista", "materialista") encontró en ella el modelo para explicar científicamen­ te (en el sentido especificado) los fenómenos menta-­ les, superando los problemas que planteaba la teoría de la identidad, y evitando la embarazosa situación de tener que declarar el discurso sobre los aspectos cons­ titutivos de lo mental como algo carente de significado . Como vemos, el punto de vista cientifista hereda bas­ tantes de las propiedades del punto de vista del Ojo de Dios.

Ahora bien, Putnarn encuentra en el proyecto de la IA -al igual que en los otros dos mencionados más arri­ ba- dificultades insalvables cuyo origen se remonta a las constricciones que el punto de vista cientifista impo­ ne a toda la empresa. Si dejamos de lado el hecho de que una "máquina", en tanto que sistema físico gober­ nado por las leyes de la física de Newton, no tiene por

16

surgen

tanto de inductiva como que, si han de

ser incompatibles con cariz

programa. Putnarn considera que 'el proyecto de tiene dos 1: ¿podernos en principio ser consi­ derados como máquinas de Turing? y 2: ¿podemos ha­ cerlo en la práctica?, esto es: ¿podemos simular de hecho la inteligencia humana? La segunda vertiente parece ser la de mayor importancia si todo el proyecto ha de tener un carácter que no sea el meramente espe­ culativo. Ahora bien, si hemos de poder simular la inteli­ gencia humana hemos de ser capaces, por ejemplo, de realizar inferencias inductivas, hemos de ser capaces de aprender de la experiencia. El problema que nos encon­ tramos aquí es que no existen cánones inductivos que

formalicen las inferencias inductivas válidas en el mismc sentido en el que existe un conjunto de reglas que for­ malizan las inferencias deductivas válidas. Y el proble­ ma, argumenta Putnam, reside en la propia naturaleza de la inducción: simplemente no se pueden aislar unos cánones inductivos que formalicen las inferencias in­ ductivas válidas porque éstos presuponen lo que lla­ mamos inteligencia humana, justamente lo que quere-­ mos simular. El caso del lenguaje es paralelo a éste: el lenguaje humano no es una capacidad, como afirma Chornsky, independiente: es posible simular, en princi­ pio, los más complicados movimientos de una mano que ajustar un tornillo, tal como hace un robot en una cadena de montaje de automóviles, sin necesidad de simular al mismo tiempo la totalidad de la inteligencia humana, pero no se puede simular el lenguaje humano sin simular toda la capacidad intelectual humana. Se tra­ ta, pura y simplemente, de dos caras de la misma mone­ da. Ahora bien, si esto es así todo el proyecto de simular la inteligencia humana resultaría, de acuerdo con Put­ nam, impracticable: no parece haber manera de simular

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lo es1ne•::mcaJ tanto, ceptos

con� hu mana a términos científicos se

RELATIVISMO

Las flaquezas tanto del realismo metafísico como del cientitlsmo son el depósito de donde el relativismo saca su fuerza. Ciertamente, realismo y relativismo suelen considerarse como dos alternativas metafísicas exclusi­ vas que, en realidad, se alimentan mutuamente. Putnam, fiel a su costumbre de debilitar los opuestos filosóficos (piénsese, por ejemplo, en su filosofía de la lógica y de las matemáticas)s considera su introducción del realismo interno como algo que sirve sin duda a esa estrategia general. Su preocupación sería entonces la de hacer jus­ ticia a cierta verdad parcial del relativismo sin necesidad de negar que nuestro discurso nos pone en relación con la realidad extralingüística.

Putnam es, por lo tanto, muy cuidadoso a la hora de separar su concepción del realismo del relativismo. Así afirma:

Negar que tenga sentido preguntar si nuestros con· ceptos "se emparejan" con algo completamente incon­ taminado para la conceptualización es una cosa. Pero inferir a partir de esto que cualquier esquema concep­ tual es tan bueno como cualquier otro sería otra muy distinta ... [ ... ] El internalismo no niega que hay inputs experienciales en el conocimiento; el conocimiento no es un relato que no tenga otra constricción que la co­ herencia interna; lo que niega es que existan inputs

8 Putnam, por ejemplo, argumenta que el razonamiento en mate­ máticas es bastante similar al razonamiento en las ciencias empíricas. No afirma que la matemática sea una de las ciencias empíricas, pero no admite que la oposición entre ciencias empíricas y ciencias forma­ les tenga la importancia que tradicionalmente se le ha conferido.

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que no estén

nuestros conceptos, por el vocabulario para dar cuenta de ellos

que admitan una sola /J'"''"�ihr-'r;M

toda opción conceptua/9.

Ciertamente esta concepción no comparte la

dad del punto de vista del Ojo de Dios. Pero no se pue� de concluir a partir de este hecho que tengamos por eso que estar en presencia de algún tipo de relativismo. Nuestros conceptos, que configuran nuestros inputs cognoscitivos, son los que son debido a nuestra biolo­ gía, nuestra psicología, a nuestra cultura; utilizando la expresión de Wittgenstein, son el producto de nuestra historia natural. Se trata de nuestra objetividad, que no está exenta de valoresJO y que está entrelazada con la racionalidad. Es lo que tenemos, afirma Putnam, y eso es mejor que nada.

Al igual que en caso del cientifismo, Putnam analiza diversas figuras del relativismo contemporáneo que apa· recen en las obras de R. Rorty, N. Goodman y]. Derrida.

Aunque no profeso simpatía alguna por el relativismo filosófico ·--es más, creo con Putnam que se autorrefuta y que, moralmente, es irresponsable·--·11 esto no me

9 Cfr. Razón, Verdad e Historia, págs. 63·64.

lO La distinción hechos/valores es, sin duda, otro buen ejemplo de antítesis filosófica que Putnam está empeñado en debilitar.

11 En efecto, si el ser verdadero es simplemente aquello en lo que la mayoría de una población coincide, entonces ¿cómo puede el relati­ vismo ser verdadero si la totalidad de una población o su mayoría no lo comparte? Por otra parte, estoy de acuerdo con la observación de Putnam en Cómo renovar la filosofía, págs. 190-191, en el sentido de que es absolutamente irresponsable hacer problemáticas las nociones de "razón" y "verdad", o considerar como represivas las nociones de "justificación" o la de "tener una buena razón: sin poner nada en su lu­ gar, o incluso jugando el juego de que son indispensables. Como dice Putnam, pág. 175, "la falta de responsabilidad filosófica de una década puede convertirse en la tragedia política real de unas décadas más tar­ de. Y la deconstrucción sin reconstrucción es irresponsabilidad".

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reconocer que el tratamiento

ras se hace en Cómo renovar es,

nos, precipitado. Algunas veces argumentos incluso parte de la fuerza que sin duda tienen ir pre­ cedidos de observaciones como la siguiente (inmediata-­ mente antes ele la discusión de los puntos ele vista ele Rorty sobre lo que es ser verdadero): "Como cuesta tan­ to trabajo interpretar a Rorty, imaginemos simplemente un relativista típico . . . " No obstante la discusión de Put­ nam del relativismo pone de manifiesto ---y esto me parece lo más importante de todo--- que cientifismo y relativismo, al igual que Wittgenstein señaló en el caso del realismo puro y el solipsismo extremo1z convergen, a pesar de las apariencias, en un mismo punto.

Cientifismo y relativismo coinciden en el aspecto siguiente: ambas posturas pasan por alto el hecho de que los procesos cognitivos no pueden describirse sin tener en cuenta su dependencia de un contexto, el he­ cho de que son relativos a intereses, en suma: su carác-· ter normativol3. Por una parte, el cientifismo, al preten­ der reducir los términos intencionales o semánticos a nociones objetivas (en el sentido de "científicamente objetivas") se encuentra, al final del proceso, con que las nuevas nociones han perdido esas características y que no pueden ser restauradas en términos estrictamen­ te cientifistas . El intento de Fodor de presentar una teo­ ría de la referencia naturalizada apelando a la noción de causa es rechazado por Putnam con el argumento de que la misma noción de causa incluye nociones inten-· cionales como la dependencia del contexto o la de su ser relativa a intereses (págs . 72 y ss.). Por otra parte, el relativismo -tanto el de primera persona del singular, como el ele primera persona del plural-11 parece dar

12 Wittgenstein, Tractatus Logico- Philosophicus, para 5.64.

13 Cfr. la recensión de R. Brandon de Cómo renovar la filosofía, Thejournal ofPhilosophy, 1994, págs. 140-43.

14 Putnam distingue ambos tipos de relativismo y afirma que el de

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uuca'·""/ O,

en nuestra

de-flno la verdad como aquello en lo que nosotros estamos de acuerdo, o como aquello en lo que nosotr0s estaría­

mos de acuerdo si se nos preguntase). En ambos casos el relativista habla como si yo, o nosotros� pudiésemos cambiar a voluntad los juegos de lenguaje, como si su validez o no validez dependiese de puras decisiones cuya única constricción es mi, o nuestra, decisión de to·· marlas. La conclusión es, también aquí, que el elernento normativo que guía los procesos cognitivos es reempla-­ zado por mi, o nuestra, decisión caprichosa. Al igual que en el caso del cientifisrno, simplemente desaparece.

UN FALSO DILEMA

Una vez establecido el diagnóstico -�---cientifismo y relativismo no son más que dos caras de la misma mo­ neda, dos aspectos complementarios de la misma enfer·· medad---15 tenemos derecho a conocer cuál sería la tera­ pia adecuada. Los tres últimos capítulos de Cómo reno-· var la filosofía están dedicados a presentar sugerencias en este sentido. En principio, puede parecer decepcio­ nante el que los pretendidos remedios no tengan el for-· mato de un conjunto de tesis sustantivas que debería aplicar cualquier filósofo que quisiese evitar los efectos

primera persona es el único consistente. Cfr. Cómo renovar la filoso­ fía, pág. 117.

l5 Afirma Putnam: " . . . cabe entender mejor esta situación si, en vez de considerar el relativismo como una cura o remedio contra la enfer­ medad 'carecer de una base metafísica', lo consideramos, tanto a él como al deseo de encontrar una base metafísica, como manifestacio­ n�s de la misma enfermedad". Putnam, Cómo renovar la filosofía, pag. 243.

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<UILu''""�'' del cientifisrno y el relativismo. sin

no que el estado actual de la filosofía

pueda superarse con más o menos

sino con un cambio

Lo único que, a nuestro entender, cabe hacer para mostrar una forma mejor ele filosofía es realizar cierta clase de interpretación ele la obra ele unos filósofos que ... abre el camino, con su propio ejemplo, a la posi-· biliclacl ele una reflexión filosófica sobre nuestra vida y

lenguaje que no incurre ni en un escepticismo frívolo ni en una metafísica absurda, que no es ni paraciencia fantástica ni parapolítica fantástica, sino reflexión seria

y fundamentalmente honesta ele la clase más ardua1G.

Los héroes de estos tres últimos capítulos son J. Dewey y L. Wittgenstein, y Putnarn pretende mostrar mediante el análisis de sus ideas sobre la democracia y la creencia religiosa respectivamente, cómo es posible rechazar el realismo sin lanzarse en brazos del relativis­ mo. Glosaré en lo que sigue algunos aspectos de cierta interpretación de la evolución filosófica de Wittgens­ teinl7 que, a mi juicio ilustran claramente este punto.

Pears mantiene que Wittgenstein ofrece en el Trac­ tatus una suerte de metafísica de la experiencia (en el sentido kantiano), deducida a partir del lenguaje fáctico, aunque no expresable en él. Su argumento procedería de la siguiente manera: tenernos un lenguaje en el que hablamos de hechos, y lo usamos con notable éxito para hablar del mundo ¿cómo es esto posible? porque hay una especie de red de combinaciones posibles de objetos en estados de cosas, fijada de antemano, que tiene su reflejo exacto en la estructura de nuestro len­ guaje. Y esto no sucede así por azar: es condición

nece-16 Cómo renovar la filosofía, pág. 201.

17 Tal interpretación se debe a D. Pears en The False Prison, Ox­ ford, Blackwell, 1987, 1988.

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lo Trae· que llevan inscritos

mismos las de combinación en estados de

cosas. Es ésta una característica que les a los objetos de manera "natural": nosotros no

intervenir sobre ella. Podemos, tórnar deci� siones sobre la notación, sobre cuestiones de gramática o de sintáxis pero, una vez que las hemos tomado, sus consecuencias no se nos imponen. Pears da dos razones para calificar la posición de Wittgenstein en el Tractatus .. �-en contra de la opinión más extendida-- de realismo acrítico: 1) una vez que ligarnos un nombre a un objeto, el uso correcto del nombre sólo depende de la naturale� za del objeto. El nombre, por así decirlo, hereda las características que el objeto posee; 2) las conHguracio­ nes de oraciones producidas en virtud de una conectiva lógica dan lugar a una estructura lógica que refleja exac­ tamente la red, fijada de antemano, de combinaciones posibles de objetos en estados de cosas. Esta doctrina sería entonces una versión del platonismo: nuestras operaciones con el lenguaje se desarrollan en realidad por una senda que nosotros encontramos ya trazada y que, simplemente, se nos impone.

De acuerdo con esta interpretación, es justamente en las Investigaciones donde Wittgenstein aparece corno un filósofo crítico. Una extensión de la conocida idea del Tractatus de que el lenguaje no puede describir sus propias condiciones de aplicación nos da la clave del cambio. Ahora resulta claro que apelar a una senda tra­ zada de antemano para explicar el uso correcto de un nombre, simplemente no funciona. Podríamos argu­ mentar que el uso correcto de, por ejemplo, el término para género natural "tortuga" viene garantizado por al­ gún tipo de representación que contiene la "esencia" o la "idea" de tortuga, que nos permite dividir los objetos del mundo en dos grandes clases: la de las tortugas y la de aquellas cosas que no son tortugas. La respuesta de 23

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i·tnr>n,dr•Jn sería sin que tal

na por sí sóla la

gumentar que, con la regla, se nos da un conjunto de instrucciones para aplicarla; tales instruccio­ nes necesitarían unas segundas que determinasen la correcta aplicación de las primeras, y así ad infinitum18. A partir de ahora somos nosotros, nuestras prácticas, lo único que puede garantizar las aplicaciones correctas. esto no quiere decir, obviamente, que no tengamos ra·· zones para seguir reglas de la manera en que lo hace·­ mos. Las justificaciones de tipo fundamentalista no son las únicas razones. Es más, si Wittgenstein está en lo cierto, no pueden serlo. Nuestra exigencia de garantías absolutas se resuelve en pura ilusión19.

Si uno es un realista acrítico del tipo descrito ante­ riormente, y está convencido de que el único modo de garantizar la aplicación correcta de una regla es buscar su fundamento en la naturaleza de las cosas, sentirá muy probablemente que el suelo se derrumba bajo sus pies si tiene que aceptar que tal justificación es inútil. Pues parece que la conclusión debe de ser que no hay ninguna razón para aplicar una regla de una manera en vez de otra, en suma: que cualquier aplicación posee el mismo valor. Dado que, como asunto de hecho, esto no es cierto tendríamos que, a regañadientes, abrazar algún tipo de convencionalismo o relativismo que nos tranqui­ lice hasta donde sea posible. Ahora bien, una de las im­ plicaciones filosóficas más importantes de las Investiga-18 "Toda interpretación pende, juntamente con lo interpretado, en el aire; no puede servirle de apoyo. Las interpretaciones sólas no determinan el significado. " L. Wittgenstein, Investigaciones Filosóficas, para. 198.

19 "'¿Cómo puedo seguir una regla?'- si ésta no es una pregunta por las causas, entonces lo es por la justificación de que actúe así si­ guiéndola.

"Si he agotado los fundamentos, he llegado a roca dura y mi pala se retuerce. Estoy inclinado a decir: 'Así simplemente es como actúo' ." L. Wittgenstein, Investigaciones Filosóficas, para. 217.

24

ciones todo

mo acrítico no entra

ciclad pura ilusión. cuanto al

fuer:za del contraste con el realis­ mo, queda de combate al ponerse de manifiesto

que su oponente sólo era un de fin

de cuentas, ¿qué es el relativismo sino una vergonzante sombra del ansia de fundamentos?

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El presente libro tiene su origen en una serie de con-­ ferencias que pronuncié en la Universidad de St An­ drews en el otoño de 1990, las denominadas Gifford Lectures, y, con una excepción, sus capítulos se atienen con bastante exactitud a ellas. (El capítulo quinto se ha revisado de modo muy considerable. Además, hubo una conferencia inaugural en la que, quizá con algo de per­ versidad por mi parte, decidí tratar la situación actual de la mecánica cuántica y su significado filosófico, asunto que no me ha parecido apropiado incluir aquí por lo mucho que difiere de los demás.)

A primera vista, podría parecer que los asuntos abor­ dados en las conferencias no guardan apenas relación entre sí, porque hablé de referencia, realismo, religión, e incluso de los fundamentos de la política democrática. No obstante, no opté por ellos de modo arbitrario . Para elegirlos, recurrí, por supuesto, a campos que ya habían sido objeto de mi interés, porque habría sido absurdo hablar de algo sobre lo que no hubiera ya reflexionado y escrito; pero, aparte de esto, mi elección se debió al convencimiento de que la filosofía se encuentra actual­ mente en un estado que hace necesario emprender su revitalización, su renovación. Por consiguiente, este li­ bro, además de tratar varios asuntos por separado , ofre­ ce un diagnóstico de la situación actual de la filosofía en general e indica las direcciones que cabría tornar para 27

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su renovación. Tal sin embar�

un sino que más la forma

una serie de reflexiones sobre varias ideas filosóficas. La filosofía analítica está cada vez más dominada por la idea de que la ciencia y sólo la ciencia describe el mundo tal como es, independientemente de la perspec· tiva. Es cierto que ha y importantes personalidades en este tipo de filosofía que se oponen a tal cientifismo; basta con mencionar a Peter Strawson, Saul Kripke, John McDowell o Michael Dummett. Pero la idea ele que la ciencia hace imposible el quehacer filosófico inde� pendiente está tan arraigada, que incluso destacados pensadores han llegado a afirmar que lo único que pue.­ de hacer ya la filosofía es tratar de prever cómo serán al final las supuestas soluciones científicas de todos los problemas metafísicos (lo cual va acompañado de la inexplicable creencia en que se puede prever tal cosa sobre la base ele la ciencia actual). Los tres primeros ca· pítulos del presente volumen están dedicados a demos� trar el escaso fundamento de tal idea. Para empezar, se consideran algunas de las formas en que los filósofos han sugerido que la ciencia moderna explica la relación entre el lenguaje y el mundo. El capítulo primero trata del decididamente prematuro entusiasmo que despierta en algunos pensadores la "Inteligencia Artificial" . El se· gundo examina la idea de que la teoría evolutiva es la clave del fenómeno de la representación, mientras que en el tercero se somete a detenido análisis la afirmación de un filósofo contemporáneo de que es posible definir la referencia en términos de causalidad. Yo pretendo demostrar que estas ideas carecen de fundamento cien­ tífico y filosófico, a pesar del prestigio que les confiera el clima filosófico general de deferencia a la supuesta significación metafísica de la ciencia.

Los argumentos más impresionantes en favor de la idea de que para bosquejar, al menos, una metafísica apropiada se debería recurrir a la ciencia de hoy día, en especial a la física, quizá sean los del filósofo Bernard

gunos

cos relativistas y rn:ltt�mlltt>tac nar detenidamente sus

Sin embargo, no los f1lósofos actuales han rendido a la y algunos de los que resisten (como Derrida, Nelson Goodman o Richard Rorty) han reaccio­ nado al problema de intentar comprender nuestra rela­ ción cognoscitiva con el mundo negando que

una relación cognoscitiva con la realidad extralingüísti­ ca. El capítulo sexto explica que el remedio de estos pen­ sadores ha sido peor que la enfermedad. En los capítulos séptimo y octavo se examinan los "Cursos sobre la creen·· cia religiosa" de Wittgenstein por entender que son una prueba de que el filósofo puede hacernos ver de mane� ra distinta nuestras diversas formas de vida sin tener que recurrir ni a la ciencia ni a una metafísica inconsecuente, mientras que en el último capítulo se intenta demostrar que la filosofía política de John Dewey ofrece la misma posibilidad de una manera muy diferente.

En los dos meses que pasé en St Andrews pronun­ ciando estas conferencias, no sólo disfruté muchísimo, sino que pude también beneficiarme de la compañía y la conversación filosófica del notable grupo de brillantes pensadores allí reunidos, en particular de Peter Clark, Bob Hale, John Haldane, Stephen Read, Leslie Steven­ son, John Skorupski y Crispin Wright. Como es habitual en mí desde hace años, antes de exponerlas aquí sometí a prueba muchas de las ideas expresadas en el presente volúmen conversando sobre ellas con Jirn Conant, y el capítulo quinto en particular es en gran parte d resul .. tado de ese diálogo . El capítulo noveno apareció pri­ mero en Southern California Law Review (63, 1 990, 1671� 1797), y se incluye aquí con el permiso de esta publicación. He de expresar también mi agradecimiento a Bengt Molander, de la Universidad de Uppsala, y Ben Ami Sharfstein, de la Universidad de Tel Aviv, que hicie­ ron inestimables sugerencias después de leer la primera 29

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la

Press no

menos valiosas, de no incluidas aquí

porque habrían modificado el carácter ele la obra, ten drán sin duda efecto en posteriores escritos míos. Pero la aportación más importante ha sido la de Ruth Anna Putnam, a cuyo siempre necesario afecto y apoyo se han sumado una atenta lectura y acertadas críticas sin las que este libro no sería lo que es.

CAPÍTULO PRIMERO

Las Gifford Lectures han versado siempre sobre asuntos relacionados con la religión; pero, últimamente, aunque sin dejar de hacer del todo referencia a ésta, han sido pronunciadas a veces por científicos y fllósofos de la ciencia, cuyas disertaciones giraban en torno a los últimos descubrimientos de la cosmología, la física de las partículas elementales, etc . No cabe duda de que el cambio es el resultado de otro más general que se ha producido en la cultura, en especial en la cultura filosó­ fica; pero estos hechos manifiestos en las Gifford Lectu­ res (su relación tradicional con la religión y su más reciente vínculo con la ciencia) son de especial interés para mí. Como judío practicante, he ido dando cada vez más importancia a la dimensión religiosa de la vida, si bien no sé hacer filosofía sobre ella más que de un modo indirecto. Al mismo tiempo, he estado siempre muy interesado en la ciencia; de hecho, cuando empecé a enseñar filosofía, a principios de los años 50, me consi­ deraba como un filósofo de la ciencia (aunque incluyese la filosofía del lenguaje y la de la mente en mi amplía interpretación de la frase "filosofía de la ciencia"). Quie­ nes conocen mis escritos de aquella época se pregunta­ rán cómo conciliaba mi vena religiosa, que en cierto modo existía desde mucho antes, con la idea

(15)

materialis-ta y científica que tenía en momento del mundo.

es que no Jo bada: era ateo y,

no obstante, creyente. Me limitaba a mantener separa­ das ambas partes de mi vida.

De todos modos, en los años 50 y 60, en general era el lado materialista y científico el que dominaba en mí. Creía que todo lo que existe puede ser explicado y des­ crito con una teoría única . Por supuesto, nunca la cono­ ceríamos con todo detalle, e incluso en el caso de sus principios generales estaríamos siempre más o menos equivocados. Pero pensaba que la ciencia actual nos permitiría elaborar un bosquejo bastante completo de ella. En particular, creía que la mejor metafísica era la física, o más exactamente, que la mejor metafísica es lo que los positivistas llamaban "ciencia unificada", es decir, la ciencia basada en, y unificada por, la aplicación de las leyes de la física fundamental. Bernard Williams ha afirmado que tenemos al menos un bosquejo de "concepción absoluta del mundo" en la física actuall. Son muchos los filósofos analíticos que suscriben hoy día tal opinión, y para ellos, el quehacer filosófico se reduce en gran medida a comentar y especular sobre los avances de la ciencia, en especial en aquellos casos en que ésta se ocupa o parece ocuparse de los diversos problemas tradicionales de la filosofía.

En mi juventud, cabía encontrar una concepción muy diferente de la filosofía en la obra de John Dewey, quien sostenía que la idea de una teoría única que lo ex .. plica todo ha sido un desastre en la historia de la filoso­ fía. La ciencia misma, señaló en una ocasión, jamás ha estado compuesta de una teoría unificada única, ni

tam-1 Bernard Williams, Descartes: The Project of Pure Enquiry, Har­ mondsworth, Middlesex, Penguin Books, 1978, págs. 245-247 [Trad. esp. : Descartes, Madrid, Cátedra, en prensa 0995).] Véase también Ethics and the Limtts of Philosophy, Cambridge, Mass., Harvard Uni­ versity Press, 1985, donde Williams hace continuo uso de la noción de "concepción absoluta del mundo".

32

la corno

'"""'"'''lCt se debe olvidar el sueño de

del mundo. En de una

teoría definitiva que, del

mu�1do"? no, lo explique todo, deberíamos consider�r la f!losofla como una reflexión sobre el modo en los seres humanos pueden solucionar las diversas de "situaci�:me� prob

e.máticas" a que se enfrentan, ya sea en la ClenCJa, la etlca, la política, la educación 0 cual-­ quier o.tra materia. Mi evolución filosófica en particular ha parttclo de una posición como la de Bernard \Villiams hacia otra más semejante a la de John En est(� libro �ne propongo explicar y, en la medida en que el espac1o lo permita, justificar este cambio de actitud filo--­ sófica que ha tenido lugar en mí.

En los tres primeros capítulos, se examinan

de los argurr:ent<_>s utilizados por los filósofos para mos· trar que la CJenCla cognitiva moderna explica el vínculo entre el lengua¡e y el mundo. Este primero versa sobre la Inteligencia Artificial. El segundo analiza la idea de que la teoría evolutiva es la clave de los misterios de la in�encionalidad (es decir, de la verdad y la <Y>ifn�LH'"'

�:entras que en el tercero se examina la afirmación del fl.losofo

J

erl! Fodor de que se puede definir la referen­ Cia ��n termmos de nociones causalcs/contrafácticas. En particular, preter:dernos demostrar que se puede y se debe aceptar la tdea de que la psicología cognitiva no se reduce a, como tanta gente (incluidos la mayoría de los "científi�os cognitivos") supone, una mera ciencia del cerebro mseparable de la informática.

Acabai?os /�e referirnos a una imagen particular del enfoque cJenttftco del mundo, la de que la ciencia se re .. du��, en definitiva, a la física, o de que al menos está umhcada por la imagen que tienen los físicos del mun­ do. La idea de la mente como una especie de "calcula ..

(16)

dora" se remonta a los comienzos de tífico del mundo" en los XVI!

Hobbes que pensar se llamar con

"calcular", porque consiste en realidad en una mani pulación de signos según unas (similares a las del cálculo), y La Mettrie escandalizó a sus contemporáneos al afirmar que el hombre es sólo una máquina (L'Homme Machine)z. Tales ideas se relacionaron, claro con el materialismo. Y la cuestión que se le plantea a todo aquél que trata el asunto de la Inteligencia Artificial es: "¿podría una computadora tener inteligencia, conciencia, etcétera, del mismo modo que los seres humanos? La pregunta se formula unas veces como "podría en princi­ pio" y otras como "podría realmente, en la práctica" (lo que, a nuestro entender, resulta mucho más interesante).

Se ha escrito mucho sobre la historia de las compu­ tadoras y el papel desempeñado por Alan Turing en la concepción de los modernos ordenadores . En los años 30 , Turing formuló el concepto de computabili­ dad3 en unos términos relacionados directamente con las computadoras (que todavía no se habían inventado). De hecho, la moderna computadora digital es una reali­ zación de la idea de una "máquina universal de Turing" . Un par de décadas más tarde, los pensadores materia-­ listas (entre los que en ese momento se incluía el pre­ sente autor) acabaron declarando que "la mente es una máquina de Turing" . Es interesante preguntarse por qué tal afirmación nos parecía tan evidente (y les sigue pareciendo a muchos filósofos de la mente).

2 Todo esto está muy bien descrito en _lustin Webb, Mechanism, Mentalism and Metamathematics, Dordrecht, Reidel, 1980.

3 Véase The Undecidable: Basic Papers on Undecidable Proposi­ tions, Undecidable Problems, and Computable Functions, ed_ Martín Davis, Hewlett, N.Y., Raven Press, 1965. La de Turing no fue, sin em­ bargo, la primera formulación matemática ele la noción de computabi­ lidad: tal noción había sido ya analizada por Gódel y Herbrand, y Turing mostró que su noción era equivalente a la de ellos.

34

no es,

materialistas creen que un ser humano no es más un cuerpo humano vivo. Por consiguiente, en la ,u,_u,ua

en que den por supuesto que la mecánica cuántica no está relacionada con la filosofía de la mente (como hizo el presente autor cuando pensaba los materialistas estarán sometidos a la idea de que el ser humano es, al menos metafóricamente, una máquina. Es comprensible que el concepto de máquina de Turing pueda ser consi-­ derado sencillamente corno una forma de precisar esta idea materialista. Comprensible, pero equivocado.

El problema es el siguiente: una "máquina" , en el sentido de sistema físico que obedece las leyes de la físi-­ ca newtoniana, no tiene por qué ser una máquina de Turing . (En defensa de nuestras anteriores ideas, tendría­ mos que decir que esto no se sabía a principios de los años 60, cuando propusimos la denominada explicación funcionalista de la mente.) Porque una máquina de Tu-­ ring puede computar una función sólo si ésta pertenece a cierta clase, la de las denominadas funciones recursi­ vas generales. Pero se ha demostrado que existen siste­ mas físicos posibles cuya evolución en el tiempo no se puede describir mediante una función recursiva, aun cuando el estado inicial del sistema sí se pueda describir

;, La idea presentada por mí en "The Nature of Mental States" (re­ editado en mis Philosophical Papen;, vol. 2, Mind, Language, ancl Rea­ lity, Cambridge, Cambridge University Press, 1975) al efecto de que los estados mentales de los seres humanos tienen que ser considerados simplemente como los estados computacionales de máquinas de Tu­ ring, acabó siendo ampliamente aceptada con el nombre de "funcio­ nalismo"_ Explico con detenimiento mis razones para renunciar a ella en Representation and Reality, Cambridge, Mass., MIT Press, 1988. [Trad. esp. : Representación y realidad, Barcelona, Gedisa, 1990.]

(17)

así . clásicas de

ouaJ·e menos técnico, lo

ecanismos analógicos

den "computar" funciones no recursivas".

tales mecanismos no ser preparados por un físico (y George ha señalado que no se h� de� mostrado ningún teorema que excluya la preparacwn de un mecanismo así)6, ello no significa que 1_10 se den en la naturaleza. Además, no hay ninguna razon en absolu-· to por la que los números reales que d��crib�nv�

� �

stad

n un determinado momento de un ststema fistco qw: e

" · " Ast se da naturalmente tengan que ser recursiVOS . . , pues, por más de una razón, un sistema físico q�e �e

la de modo natural podría tener perfectamente _una trayE.c­ toria que "computase" una función no recut

!V�- ,· _ Cabría preguntarse, entonces, por que :upusnnos nosotros que un ser humano podía ser ccmstderado, al menos a modo de idealización razonabl�, . como una máquina de Turing. Una razón es que htctmos el . s�­ guiente razonamiento. Un ser _humano

m�

,puede vtvn: siempre. Es finito en el espaciO y en el ttempo , Y sus palabras y actos (el output en la jerga de l�s com�u�ado· ras), en la medida en que sean percepubl��s para._lo: sentidos solos de otros seres humanos (y sena plaustble suponer que este es el nivel de exactitu

preten

?

tdo �n psicología cognitiva), pueden ser descntos por m�d10 de parámetros físicos especificados sólo

as

a cterto nivel macroscópico de exactitud . Pero esto s_1��mf�c� que el output se puede predecir durante la _d:u·aclOn flmta de la vida humana por aproximación suhctente�en

� bue·­ na a la trayectoria continua real, y tal "apr�-:nmaoon _su­ ficientemente buena" puede ser una funCion recurstva.

--5 Ma

n Boykan Pour�El y Ian Richards, "The Wave Equati?n with Computable Initial Data Such That Its Unique Solullon Is Not Compu� table" Advances in Mathemattcs 39, 1 981, 2 1 5�239.

6

G

eorg Kreisel, crítica del trabajo citado en la nota 5, The ]ournal o.f S)!mholic Logic 47:4, 1982, 900�902.

36

por medio de una

lo intervalo

que cabe suponer que los valores '"�'·"',J",''

metros límite están también

finita, un conjunto finito de tales recursivas proporcionará la conducta del ser todas

las condiciones posibles en el dt� la

exactitud deseada . (Puesto que las movimiento son continuas, las condiciones límite sólo tienen que ser conocidas hasta el límite de un !\ apropiado a fin de pre� decir la trayectoria del sistema hasta el límite de la exac­ titud especificada.) Pero, en tal caso, el output, lo que el ser humano dice y hace, puede ser predicho por una máquina de Turing . (De hecho, la máquina de Turing sólo tiene que computar los valores de cualquier fun,. ción recursiva en el conjunto flnito que corresponda a los valores que las condiciones límite han tomado, y tal máquina de Turing podría, en principio, simular la con­ ducta en cuestión, así como predecirla.)

Sin embargo, este argumento demuestra mucho y nada . Por un lado prueba que todo sistema físico cuya conducta queramos conocer sólo hasta un nivel

ficado de exactitud y cuya "vida" sea f1nita ser simulado por un autómata! Pero no prueba que tal simu� !ación sea en ningún sentido una representación penpi­ cua de la conducta del sistema. Cuando un avión vuela por el aire a una velocidad inferior a la supersónica, es perspicuo representar el aire como un líquido continuo y no como un autómata. Por otro lado, no prueba nada desde el punto de vista de quienes sostienen que el ver� dadero valor de los modelos informáticos es que mues· tran que nuestra "competencia" radica en la idealización de limitaciones tales corno la finitud de nuestra memoria o nuestra vida. Según tales pensadores?, si pudiéramos

7 Esta opinión es muy popular entre los chomskianos, aunque yo no estoy muy seguro de si Noam Chomsky la suscribiría.

(18)

vivir y si tuviéramos acceso a una memoria

potencialmente todavía ser simulada

por un autómata toda nuestra

. La

mejor "idealización" que podemos hacer de nosotros es presentarnos como máquinas de Turing , afirman tales pensadores , cuando lo que está en juego no es nuestra "ejecución" real, sino nuestra "competencia". Como la prueba del teoremilla que acabamos de d�n_10strar_ de­ pendía esencialmente de suponer que no VlVlmos stem­ pre y de asumir que las condiciones límite tienen una escala finita (que excluye una memoria externa poten­ cialmente infinita), no ofrece ningún consuelo a los par­ tidarios de tal punto de vista.

Una vez más, cabría afirmar que una no recursividad en nuestras condiciones iniciales o en nuestras trayecto­ rias espacio--tiempo no podría ser bien detectada y no tendría, por tanto, ninguna significación "cognitiva" . Pero no es lo mismo decir que la función no recursiva par­

ticular que un ser humano podría computar si (idealiza-­ do de determinada forma) pudiera vivir siempre no tiene ninguna significación "cognitiva" que decir que se pue­ de, por tanto, hacer una aproximación de toda la trayec­ toria infinita por medio de una máquina de Turinf,. Huel-­ ga decir que lo que sigue al "por tanto" en esta frase ¡no se desprende lógicamente del antecedente! (Recordemos cómo, en los fenómenos de "caos", las pequeñas pertur­ baciones se hacen más grandes con el tiempo.)

En resumen, no parece que haya ninguna razón de principio por la que tengamos que ser perspicuamente representables como máquinas de Turing, ni siquier

a_

dando por supuesta la verdad del materialismo. (Nl ninguna razón por la que tengamos que ser representa­ bles así, incluso no perspicuamente, conforme a la idea­ lización de que vivimos siempre y tenemos memorias externas potencialmente infinitas.) Esto es todo lo que diremos acerca del problema de si somos máquinas de Turing (o podemos ser represantados como tales) "en principio" .

38

INDUCCIÓN E lNTELIGENCJA ARTIFICIAL

Ur

a importante parte de la inteligencia humana es la capac1dad de hacer inferencias inductivas, es decir de aprend_er de la experiencia. En el caso de la ló

g

ica deduc

tva, hemos encontrado un conjunto de reglas que formalizan de modo satisfactorio la inferencia válida. Fn el de la lógica inductiva, de momento no ha sido ' ble, 7 rn

rece la pena preguntarse por qué.

, _En pnmet: lugar, no está claro cuál es el ámbito de la

;

,o

;1ca ,u

:

ductlVa. Algunos autores consideran e] método

h1potet1co deductivo" ·--es decir la inferench a

1 1 / . d 1 ' <,

e e ex1to e as predicciones de una teoría de la

b

Y

idad de é

ta--- como la paJte más im

p

ortante la logtca mduct1va, mientras que otros piensan que perte­ n

ce a una materia diferente. Por supuesto, si por induc­ CJon entendemos "cualquier método de inferencia váli­ da que n

<_>

sea deductivo", entonces el ámbito de la

lógi-ca mductlva será, sencillamente, enorme. " Si el_ éxito de �ran número de predicciones ---diga-­ mos, mll o cbez mll·--- que no son consecuencia sólo de las hipótesis. auxiliares confirmase siempre una teoría �n

on

es_ la �nferenc

a hipotética deductiva, al menos

:

seua facll de formahzar. Pero en seguida se plantean problemas. Algunas teorías se aceptan cuando el núme-­

o de predicciones confirmadas es todavía muy peque­

�o, co

<_> ocurrió, por ejemplo, con la teoría general de la relattvtdad. Para ocuparnos de tales casos, establece-· mos el postulado de que no es sólo el número de

(19)

pre-dicciones confirmadas lo que

sino también la o

formalizarse nociones de naturaleza tan es Es cierto que han propuesto medidas pero ninguna de ellas arroja mucha luz sobre la inferencia científica práctica. Además, puede ocurrir que las teorías confirmadas no se correspondan con el conocimiento previo, y enton­ ces, unas veces se llega a la conclusión de que la teoría no puede ser cierta, mientras que otras, se decide que es necesario modificar el conocimiento previo. Tambié:n en esta ocasión, aparte de recurrir sin mucho fundamento a la "simplicidad", poco es lo que se puede hacer para determinar si es mejor, en un caso concreto, conservar el conocimiento previo o modificarlo. E incluso una teo·­ ría que conduzca a un gran número de predicciones acertadas puede no ser aceptada si se descubre que hay otra mucho más sencilla que permite hacer también esas predicciones.

En vista de tales dificultades, algunos estudiosos de la lógica inductiva reducirían el ámbito de la materia a inferencias más simples --·-·en la mayoría de los casos, a la inferencia de las estadísticas de una población a partir de las estadísticas de una muestra de ésta. Sin embargo, cuando la población se compone de objetos que existen en momentos diferentes, incluido el tiempo futuro, la muestra presente nunca será una selección aleatoria de la población total, así que el caso clave es el siguente: tenemos una muestra que es una selección aleatoria de los miembros de una población que existe ahora y aquí (en el lugar concreto donde hemos realizado el mues­ treo), ¿que conclusión se puede extraer acerca de las propiedades ele los miembros futuro,..,· de la población (y de los que están en otros lugares)?

Si la muestra es de átomos ele uranio y los miembros futuros están en un futuro que cabe considerar como próximo por contraposición con el futuro cosmológico, entonces podemos suponer que los miembros futuros 40

personas y los . , . , . . , .no están en un muy

tonccs es menos c¡ue , t· ¡

1 . . d a

a menos s1 se ttenen en cuenta los rasí'< . j , ' e e •1 )S

tura �en.tc. bn este caso nos claro conoctrmento previo, y tal de actuar ha pensar a algunos qttc• 1,1 s )l .

� 1 l. , , , , . , ,· � . �

< e C UC!On a prO·· Jlcma de l<t mducClon quJZa no con'·t'"ta , .

., ¡· • . ..1

. • , , . . ·• ,, nus que en

s,¡ )el u tu. zar el conoom1ento prevt'cJ e t .

1

. . · . · , n ornar unpu so

po1 .nuestros proptos medtos c'e"c'e lo • • • e 1 '' .l que ya S'l emos b al conocmuento adiciow11 l)e·ro entc>nc . · 1 .

' '

, _, , .· . ,

· : · es, os casos en que el conoumtento 1xev10 se recirtce .1 1 , e cas¡ ., • . as¡ � como os casos excepcionales e·n qLie 1 � . , . , . • . . · o que tenernos . '

que hacet. es cuestzonar el conocimiento previo ad .

·-1:�� gra� lrx:portancia, y, como ya dijimos, en

al

�����···

cton poco es lo que se puede hacer 'lpa t • el • , . .· . • 1 " · 1· ·c1 i" .. ' '

· r e e recun 11 a a sunp 1c1 ac .

. El problema de la inducción no es en absoluto el r�mco, c�u: s

: le plantea a to_do aquel que intente simular Ll mtchgenua humana. La tnducción, y toda

presupone la car>acidad de reconcJcer sem . , , , ,, C• > , , '

e . e¡anzas entre las co. sa.,, pew las semeJanzas no son en al l · ' · ·· · Jso uto e e .. l mentos constantes del estímulo físico ni s•�nc·'ll . J · . ' • '· 3 os patw-.. . - .

��

s, e e Hl ,ormaCJón recibida por los sentidos. Por esta

lct;��'

d e.x:t�. que han tenido ciertos programas infor­ maucos detectando patrones (por ejemplo las f , . ele las .letras del alfabeto) no resuelve el ¡x

¿

ble�· odn

al·s "serr1e¡an' " t e za a como se plantea a la h d ¡ · a E. a

. 1 · . · � ' - ora e aprender

unc� enguaJe natural. Lo que hace a los cuchillos

seme-����

s

·

or eje�m�l�, no es que todos sean iguale� Cno lo ' , 1 o qu� estan todos hechos para cortar o ser cla­ �adoss; y un Sistema que pueda reconocer una seme·an. za relevante en los cuchillos tiene que ser capaz de

tri-8 Por supue "t · ¡ ·

(20)

buir los humanos no encuentran dificultad pero no está claro

que lo hagamos por es posible que

tengamos una capacidad de "ponernos en

el l ugar" de otras personas que nos permite atribuir a éstas todo propósito que seamos capaces de atribuirnos a nosotros mismos ---capacidad de la que la caprichosa evolución juzgó conveniente dotarnos y que nos ayuda a saber cuál del infinito número de inducciones posibles que cabe considerar tiene probabilidades de ser acerta­ da. Asimismo, para reconocer que un chihuahua y un gran danés son semejantes en el sentido de que perte· necen a la misma especie, se necesita la capacidad de darse cuenta de que, apariencias aparte9, el primero puede fecundar al segundo y tener descendencia fértil. Pensar en términos de posibilidad de emparejarse y po­ sibilidad de reproducirse es algo natural para nosotros, pero no tiene por qué ser natural para una inteligencia artificial, a menos que simulemos de manera deliberada esta propensión humana al construir la inteligencia arti­ ficial. Ejemplos corno éstos hay muchísimos.

Las semejanzas expresadas por adjetivos y verbos en vez de sustantivos pueden ser aún más complejas. Una "inteligencia" no humana podría saber qué es blanco en una banda de colores, por ejemplo, sin ser capaz de ver por qué a los seres humanos de color gris rosáceo se les llama "blancos", y podría saber qué es abrir una puerta sin ser capaz de entender por qué decirnos "abrir una frontera" o "abrir el tráfico". Hay muchas palabras, corno señaló Wittgenstein, que se aplican a cosas entre las que sólo hay un "aire de familia"; no hace falta que exista nada que todos los X tengan en común. Por ejemplo, nos referimos a los jefes de tribu canaanitas de la Biblia

9 Obsérvese que, si se juzgara sólo por las apariencias, resultaría completamente natural considerar a las razas gran danés y chihuahua como especies diferentes.

42

como más que

que

en la historia en que �'-�" ' " "'

reditatia". como el propio

no ninguna propiedad común a todos los les distinga de todas las actividades que no son

La tarea teórica de la inteligencia artificial consiste en simular la inteligencia, no en convertirse en un duplica­ do suyo. Por tanto, quizá se pudiesen soslayar los pro­

lemas que acabamos de mencionar construyendo un

ststem�5ue razonase en un lenguaje ideal!O, en el que la extens10n ele las palabras no variase según el contexto (una hoja de papel sería "blanco" 1 , y un ser humano

"blanco"21 donde blanco1 es el blanco de la banda ck: colores y ?lanco2 es gris rosáceo). Es posible que hubie­ se que ehmmar de tal lenguaje todas las palabras de "aire de familia". (¿Qué vocabulario quedaría?) No obs­ tante, la lista de difkultades todavía no se ha acabado.

Como el proyecto de la lógica inductiva simbólica pareci

5

) perder ímpetu después de Carnap, la labor de los filosofos de la ciencia ha consistido en renexl<Jna1 sobre los denominados métodos en los que uno tome impulso a partir de sus propios medios, es decir, méto­ d�)S que dan muc

a importancia al conocimiento pre­ vto. Resulta muy mstructivo ver por qué ha ocurrido est�) y, también, darse cuenta del resultado tan poco sattsfactono de este enfoque si nuestra meta consiste en simular la inteligencia.

Hay un gran problema que cabría describir como la existencia de inducciones en conflicto. Por poner un

10 F' · 'd ¡·

, ;sta 1 ea ue una de las piedras angulares del positivismo lógi-co. �u�que su meta er.a reconstrmr el razonamiento científico más que mecamzarlo, los posttlvtstas tropezaron con todos y cada uno de los problemas mencionados aquí; en muchos aspectos, la historia de la lntehgencta Art1flctal es una repetición de la del positivismo lógico (-la

(21)

de Nclson Goodmann: por lo que yo ha entrado nadie en el Emerson Hall de la

de que hablar inuit

do una línea de pensamiento formalista, tal per· mite hacer la inducción de que si una persona X entra en el Emerson Hall, entonces X no habla inuit Supc�ng�­ mos que Ukuk es un esquimal de Alaska que habla !mut.

·Haremos la predicción de que si Ukuk entra en el bner­

�;cm

Hall, entonces Ukuk no sabrá ya hablar inuit? Es evi­ dente que no, pero ¿qué tiene de_malo esta i?ducción?

Goodman responde que el tallo de la mferenCla es que es contraria a una ley de base inductiva ."más arrai-­ gada", la de que la gente no pierde su capae1dad de, ha­ blar una lengua al entrar en un sitio nuevo. Pero, ¿,corno vamos a saber nosotros que esta ley tiene más ejemplos que la confirman que la regularidad de que nadie que entre en el Emerson Hall habla inuit? ¿De nuevo el cono · cimiento previo?

En realidad, si se le plantease este problema a un niflo, seguramente no sabría con qué f�·ecuencia se han confirmado las regularidades contranas del eJemplo (contrarias en el sentido de que una de las dos tiene qt:e ser falsa si Ukuk entra en el Emerson Hall), pero sabna lo suficiente como para no hacer la "absurda" inducción de que Ukuk dejaría de saber hablar inuit si entrase en un edificio (o en un país) donde nadie ha hablado mm·

ca inuit. También en este caso, no está claro que el hecho de saber que de este modo no se deja de conoc�r una lengua sea el resultado de una inducci

?

,n �podna tratarse de algo que tenemos una propens10n mnata a creer o, si parece poco razonable, algo que tenen:?s una propensión innata a establecer como conclus10n sobre la base de un poco de experiencia sólo. Lo que no podemos dejar de preguntarnos es hasta qué punto lo

11

Nelson Goodman, Fact, Fiction, and F'orecast, 4ª ed., Cambrid­ ge, Mass., Harvard University Press, 1983.

44

si lo que de verdad es el número y variedad de

res

vos, y si la información ele que el enunciado universal

"no se la de hablar una al en­

trar en un sitio nuevo" está más ciado universal "nadie que entra en

bla inuit" es parte del conocimiento previo, no está claro cómo se llegó ahí. Quizá esta información esté implícita en el modo en que la gente habla acerca de las habilida-· des lingüísticas; pero entonces se plantea el problema ele saber cómo se "descifra" la información implícita transmitida por las proferencias que oímos.

El problema de las inducciones en conflicto es ubi­ cuo aun cuando consideremos sólo las inferencias in­ ductivas más sencillas. Si la solución consiste simple­ mente en aumentar el conocimiento previo del ._,,,. ,_,,,.u" entonces ¿cuáles serán las consecuencias para la Inteli­ gencia Artificial? No es fácil saberlo, porque tal como la conocemos, no trata en realidad de simular la inteligencia; tal intento es sólo su actividad teórica, mientras que su actividad real consiste sólo en escribir programas inteligentes para una variedad de tareas. Esta actividad es muy útil e importante, aunque, por supues­ to, no parezca tan interesante como "simular la inteli­ gencia humana" o "producir Inteligencia Artifkial". Pero si la Inteligencia Artificial existiese como una actividad de investigación real más que teórica, habría dos estrate­ gias alternativas que sus expertos podrían aplicar de cara al problema del conocimiento previo.

(1) Se podría simplemente intentar programar en la máquina toda la información contenida en un juicio inductivo humano complejo (incluida la tácita). l-Iarían falta generaciones de investigadores para formalizar esta información (probablemente jamás se llegaría a hacerlo, dada la gran cantidad de datos relevantes), y no está cla­ ro que el resultado no fuese más que un gigantesco

(22)

"sis-tema

entusiasmo de

ta de imaginación, que le . darse cm:nt� de que, en muchos casos, es precisamente al conocnmento previo a lo que hay que renunciar. " .

(2) Se podría emprender la mucho mas mteresante ambiciosa tarea de construir una máquina capaz aprender el conocimiento previo interactua.�do con se­ res humanos, del mismo modo que un nmo aprende una lengua y toda la información cultural, explícita y tácita, que acompaña al hecho de crecer en el seno de una comunidad humana.

EL PROBLEMA DEL LENGUAJE NATURAL

El proyecto que merece ser llamado Inteligencia Arti-­ ficial es, sin duda, la segunda alternativa. Pero conside­ remos los problemas: para descifrar la información im­ plícita en lo que la gente dice, la máquina d�be. simular "entender" un lenguaje humano. Por comngmente, la idea mencionada anteriormente, de atenerse a un "len · guaj

ideal" artificial y hacer caso omiso de las compl.eji­ dades del lenguaje natural tiene que ser descartada

��

se adopta esta estrategia, porque el coste es demastado alto. De la información que la máquina necesitaría, hay una parte demasiado grande que sólo se puede recoger por medio del procesamiento del lenguaje nat�r.al.

Pero el lenguaje natural plantea muchas dtflcultades similares. Algunos pensadores (Chomsky y su escuela) creen que hay una "plantilla" para el lenguaje natural, incluida la semántica o los aspectos conceptuales, que es innata, que ha sido "programada" por la caprichosa evolución. Aunque esta postura ha sido llevada al extre­ mo por Fodor, quien sostiene que hay un lenguaje inna­ to de pensamiento, con primitivos adecuados para dar expresión a todos los conceptos que los seres humanos son capaces de aprender a expresar en un lenguaje

na-el y

gran número de

que la entre considerar como ;Ju'C>LLaa•,"

ceptos innatos y capacidades innatas no es

las segundas están suficientemente En el

extremo opuesto está la postura del conductismo clási­ co, que se proponía explicar el aprendizaje del lenguaje como un caso especial de la aplicación de las reglas generales de adquisición de "hábitos", es decir, como un conjunto más de inducciones. (Cabría adoptar, por supuesto, una postura intermedia: ¿por qué no podría depender el aprendizaje del lenguaje en parte de proce­ dimientos heurísticos con propósito especial y en parte de estrategias generales de aprendizaje, desarrolladas tanto éstas como aquéllos por la evolución?)

La tesis de que la adquisición del lenguaje no es en realidad aprendizaje, sino más bien la maduración de una capacidad innata en un ambiente particular (algo así como la adquisición de un reclamo por parte de un ave de determinada especie, que tiene que oír el recla-­ mo a. un ave adulta de su especie para adquirirlo, pero que tlene también una propensión innata a adquirir ese tipo de reclamo), conduce, en su forma extrema, a una postura pesimista acerca de la posibilidad de que el uso humano del lenguaje natural pueda ser simulado en una computadora (y al pesimismo de Chomsky en lo tocante a los proyectos de procesamiento informático del len­ guaje natural, si bien acepta el modelo del cerebro, o al menos del "órgano del lenguaje", como computadora �r?puesto por los investigadores de la Inteligencia Arti­ flCtal). Hay que advertir que esta tesis pesimista de la adquisición del lenguaje corre pareja con la tesis igual­ ment.e pesimis.ta de que la inducción no es una capaci-­ dad mdependtente, sino más bien la manifestación de una compleja naturaleza humana para cuya simulación 47

Referencias

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