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Buscar y hallar la Voluntad de Dios. Comentario a Los Ejercicios Espirituales de San Ignacio. Fiorito

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BUSCAR Y HALLAR LA VOLUNTAD DE

DIOS

Versión 1.1. del libro.

INDICE

Primera parte. Introducción a los Ejercicios espirituales 1. Los Ejercicios de san Ignacio

2. Escuchar los movimientos interiores 3. Cómo discernir la acción de los espíritus 4. El que da y el que hace Ejercicios

5. La conversación con el que da los Ejercicios 6. Preparación de la oración

7. Las Anotaciones de los Ejercicios (EE 1-20) 8. Grande ánimo y liberalidad (EE 5)

9. Las Adiciones (EE 73-90) 10. La mirada del Señor (EE 75)

11. El examen de la hora de oración (EE 77) 12. Los Ejercicios anuales

Segunda parte. Principio y fundamento 1. Principio y fundamento (EE 23) 2. El hombre es creado para… (EE 23) 3. Alabar, hacer reverencia y servir… (EE 23) 4. A Dios nuestro Señor (EE 23)

5. Y mediante esto, salvar su ánima (EE 23) 6. Y las otras cosas… para el hombre (EE 23) 7. La regla del tanto cuanto (EE 23)

8. Por lo cual es menester hacernos indiferentes (EE 23) 9. Solamente deseando lo más… (EE 23)

10. Orar siempre (EE 23) 11. La rectitud de intención

Tercera parte. La oración en la Primera semana 1. La lectio divina (Dei Verbum VI)

2. Las distracciones en la oración

@ 3. La desolación en la oración Salmo 44 [43]) 4. Los coloquios en los Ejercicios

5. Los coloquios con la Virgen

6. El triple coloquio de la Primera semana (EE 63) 7. Vergüenza y confusión de mí mismo (EE 48) 8. De la vergüenza al aborrecimiento

9. El sentido del pecado (EE 53)

10. Conocimiento interno del mundo (EE 63) 11. La repetición de la oración

12. El examen de conciencia cotidiano 13. El Padrenuestro en los Ejercicios

14. La oración de aceptación

15. Deseo de perfección y arrepentimiento9 Cuarta parte. La Primera semana de los Ejercicios

1. La Primera semana de los Ejercicios 2. La Buena Nueva en la Primera semana 3. La mirada del Señor en la Primera semana 4. Misericordia de Dios y pecado propio 5. La misericordia de Dios

7. La misericordia del Corazón de Jesús

8. Primer ejercicio. Los tres pecados (EE 45-53) @ Corrección hasta aca

9. El misterioso pecado de los ángeles

10. El proceso de los pecados actuales (EE 55-61) 11. El Apocalipsis en la Primera semana

12. Conocimiento de las frases que nos motivan 13. Los pecados capitales

14. Los ocho pensamientos

15. Languidez en la vida espiritual12 16. El infierno (EE 65-71)

17. El misterio de la muerte13 18. El juicio

19. El pecado es la iniquidad (1 Jn 3, 4) 20. Tomar en serio el pecado… y a Dios 21. La parábola del hijo pródigo

22. Visión paulina del pecado del hombre 23. David encuentra a Dios en su pecado 24. La conversión

25. Confesión de los pecados, confesión de fe 26. La confesión general en Retiros y Ejercicios 27. Confesión sacramental: regularidad y frecuencia 28. El aguijón de la conciencia de san Buenaventura 29. Nuestras negligencias

30. Nuestras avideces 31. Nuestras agresividades La oración en la Segunda semana

1. Reflectir para sacar provecho (EE 106) 2. El fruto o provecho que sacamos de la oración 3. La oración en la Segunda semana

4. La contemplación en la Segunda semana 5. El quinto Ejercicio (EE 121-126)

6. Imaginación y oración

7. Sentidos espirituales y testimonio en Juan 8. Conocimiento interno del Señor (EE 104)22 9. La Trinidad y la cruz en los Evangelios

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10. Los misterios de la vida de Cristo nuestro Señor (EE 261)

11. Milagros de Jesús como signos de la gloria de Cristo 10. La visita de María a Isabel (Lc 1, 39-56)

11. El nacimiento del Señor (EE 110 y 264) 12. La circuncisión (Lc 2, 21)

13. La presentación del Señor (Lc 2, 22-24)27 Notas

14. Las profecías de Simeón (Lc 2, 25-35) y de Ana (vv. 36-38)

15. Los pastores (EE 265; Lc 2, 8-20)28 16. Los magos (EE 267; Mt 2, 1-12)29

17. Huida a Egipto y vuelta de allí (EE 269-270; Mt 2, 13-23)30

18. La vida oculta de Jesús en Nazaret (EE 271) 19. Jesús en el templo (EE 134, 272; Lc 2, 41-50)31 Séptima parte. La elección o reforma de vida

1. Dos banderas (EE 136-148)32

2. El deseo de oprobios y humillaciones (EE 146) 3. Codicia de riquezas y soberbia (EE 142) 4. La vida espiritual como una lucha 5. Tres binarios (EE 149-157)

6. Actitudes ante una posesión inquietante (EE 149-157)33

7. Tres maneras de humildad (EE 164-168) 8. Los tres “tiempos” de elección (EE 175-177) 9. Cómo buscar y hallar la voluntad de Dios 10. Sacar provecho en tiempo de elección 11. Objetivo de los Ejercicios; los consejos 12. Los consejos evangélicos en el Vaticano II34 14. Seguir más a Cristo35

15. El llamado del rico (Mc 10, 17-22)36 16. El endemoniado geraseno (Mt, Lc, Mc)37 17. La obediencia de Jesús y la nuestra38 18. Los anuncios de la pasión39

19. La dirección espiritual: frecuencia y regularidad Octava parte. La discreción espiritual

1. “Presupongo ser tres pensamientos en mí” (EE 32) 2. Las reglas de discernir de la Primera semana (EE 313) 3. Primera y segunda reglas (EE 314-315)

4. Tercera y cuarta reglas (EE 316-317)

5. Reglas de la quinta a la novena (EE 318-322) 6. Reglas décima y undécima (EE 323-324)

7. Reglas de la duodécima a la decimocuarta (EE 325-327)

8. Título y primera regla de la Segunda semana (EE 328-329)

9. Reglas de la cuarta a la séptima (EE 332-335) 10. Reglas segunda, tercera y octava (EE 330-331, 336) 11. Variedad de espíritus

12. “Será presto consolado” (EE 321) 13. “Prepárale para la prueba” 15. “Traed a la memoria

Novena parte. La vida activa del Señor 1. Bautismo del Señor

3. La tentación del Señor en Mateo (4, 1-11) 4. La tentación del Señor en Marcos (1, 12-13) 5. La tentación del Señor en Lucas (4, 1-13) 6. Niveles de interpretación de una tentación 10. Las bienaventuranzas (Mt 5, 1-12; EE 278) 11. La justicia del Reino de los cielos (Mt 5, 20-48) 13. Saber condenar al pecado, no al pecador 14. La comunidad según san Mateo

15. Yo te bendigo, Padre (Mt 11, 25-30)

16. La misión de los apóstoles (Mt 10, 1-16; EE 281) 17. La conversión de la Magdalena (Lc 7, 36-50; EE 282) 18. Las bodas de Caná (Jn 2, 1-11; EE 276)

19. La multiplicación de los panes (Mt, Me, Lc, Jn; EE 283)

24. La resurrección de Lázaro (Jn 11, 1-44; EE 285) 25. La cena en Betania (Jn, Mt, Me; EE 286) 26. La entrada triunfal en Jerusalén (EE 287) 27. La predicación en el templo (EE 288) Décima parte. La Tercera semana de los Ejercicios

1. La confirmación de la elección en la Tercera semana 2. Contemplaciones de la pasión del Señor

3. Una nueva cronología de la pasión Reglas de la templanza (EE 210-217) 5. Los Evangelios de la pasión 6. La cena (Mt 26, 20-30; Jn 13, 1-11) 7. La traición de Judas

8. La oración en el huerto (Lc 22, 39-46; EE 290) 9. El prendimiento de Jesús (EE 291)6

12. JtWi* unte Pílalo, wogiiii Juan

13. Del camino desde el Calvario hasta la sepultura (Mt 27, 31-61)‟°

14. La última palabra de Cristo en la cruz 15. El viernes y el sábado santos11

16. La tribulación

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Undécima parte. La Cuarta semana de los Ejercicios 1. La consumación de la elección en la Cuarta semana 2. La contemplación de los misterios pascuales 3. Aparición a Nuestra Señora (EE 218 y 299) 4. Aparición a las mujeres (EE 301)

5. Aparición a la Magdalena (EE 300) 6. Saber perseverar en la petición

8. Aparición a Ion <lr Eiiiui‟im (EE 303; Lc 24, 13-35) 9. Cristo resucitado y glorioso

11. Juan 21 (EE 306)

12. La resurrección según Mateo (EE 307) 13. La ascensión del Señor (Hech 1, 1-12; EE 312) 14. El Espíritu da testimonio de que Jesús es el Señor Duodécima parte. Contemplación para alcanzar amor

1. Contemplación para alcanzar amor: primer punto 2. Segundo y tercer punto de la contemplación 3. Cuarto punto de la contemplación

4. Contemplativo a la vez en la acción (EE 230) 5. Buscar y hallar a Dios en todas las cosas

La esta edición digital de este libro está en proceso de corrección, por lo cual contiene algunos errores y faltan-tes. Aunque, mayormente, se encuentra completo.

Formato del documento:

Los títulos de este libro están organizados por „estilos de párrafo‟. Con lo cual, en „Vista esquema‟ se puede ver el índice y seleccionar las meditaciones que mejor convenga el ejercitante (al igual que lo hacía el P. Fiorito).

La otra comodidad de este formato radica también en que, si se quiere cambiar la fuente, se cambia directa-mente en el estilo y automáticadirecta-mente cambia en todos los títulos.

PRIMERA PARTE. INTRODUCCIÓN A LOS

EJERCICIOS ESPIRITUALES

1. LOS EJERCICIOS DE SAN IGNACIO

El Vaticano II, en su constitución Lumen gentium 11, nos recuerda que “todos los fieles, de cualquier condición y estado… son llamados por el Señor, cada uno por su ca-mino, a la perfección de aquella santidad con la que es perfecto el mismo Padre”; y en la constitución Caudium et

spes 19 nos dice que, “desde su nacimiento, el hombre es

invitado al diálogo con Dios”. Si tomamos en serio estas afirmaciones, tenemos necesariamente que preguntarnos: ¿cómo puede un hombre conocer, en la práctica, “su ca-mino…” hacia la perfección; es decir, la voluntad de Dios sobre él? ¿Cómo puede el hombre dialogar con Dios, para ir entendiendo lo que él quiere y le dice, excluyendo —al máximo— el subjetivismo y la proyección de sus deseos como voluntad de Dios? Este problema no se puede sosla-yar, y con él tiene necesariamente que enfrentarse todo hombre sincero que acepte a Dios como Padre y quiera

hacer su voluntad (Mt 6, 10: “Padre, hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo”). Pues bien, quien es cons-ciente de su condición de creatura —con todas las conse-cuencias que esta condición creatural implica— y de la trascendencia de Dios, llega a convencerse de que no obtener la verdadera libertad ni su realización, sino ha-ciendo en todo la voluntad de Dios.1

1. A esto precisamente enfocó san Ignacio sus Ejercicios Espirituales, que tienen por finalidad “buscar y hallar la voluntad de Dios” (EE 1).

Con este fin, los Ejercicios de san Ignacio consisten en una doble acción: la acción de una serie de meditaciones y contemplaciones “y de otras espirituales operaciones” (EE 1) y, simultáneamente con esta, otra acción más interior mediante la cual, con la ayuda del que “da los Ejercicios…” (EE 2 y passim), se esfuerza por tomar conciencia de las mociones que su alma experimenta, a fin de conocer la voluntad de Dios por su medio.

La primera acción es la práctica de la oración, de la peni-tencia, de los exámenes de conciencia, etc.; la segunda es del discernimiento de “las varias mociones que en el ánima se causan: las buenas para recibir, y las malas para lanzar” (EE 313).

Esta segunda acción, a la que llamamos discernimiento de

la voluntad de Dios, no sólo sitúa al ejercitante ante la

verdad propuesta para su meditación y contemplación, sino que hace que él mismo encuentre “su verdad”, que es la voluntad de Dios para él.

Pero ¿en qué consiste este discernimiento de la voluntad de Dios, que también se llama “de los espíritus”?

Para utilizar el vocabulario de la tradición monástica de los primeros siglos, diríamos que es como la actuación de un cierto “sentido del alma” que no se expresa necesariamente mediante un juicio claro y distinto, sino que se lleva a cabo en la vida cotidiana y que se pronuncia sobre el origen —mejor, sobre el sentido— de las mociones e inspiraciones que nos afectan: sobre el ánimo o el desánimo, la esperanza o la desesperanza, el coraje o el temor, etc.

Como se trata ante todo de una experiencia personal, su descripción resulta difícil: ¡háblale de colores a un ciego! Con mayor razón, es penoso darse a entender en el domi-nio del Espíritu.

El discernimiento de “las varias mociones que en el ánima se causan” (EE 313) se tiene que ir haciendo a través de todas las meditaciones y contemplaciones y en todo el tiempo de los Ejercicios. Es tan importante este discerni-miento, que sin él no hay que decir que se hicieron Ejerci-cios de san Ignacio.

Es obvio que para hacer bien el discernimiento de los espí-ritus se necesita contar con un maestro experimentado; pero también es necesario que el discípulo —el que hace Ejercicios— haga, él mismo, la experiencia del discerni-miento.

En unos Ejercicios se consigue tanto mejor el fin de los mismos, cuanto mejor se integran los dos elementos que arriba hemos distinguido: el elemento objetivo, es decir, el orden de las materias y el elemento subjetivo, esto es, el esfuerzo por ver claro dentro de sí. Pero si lo que se desea es juzgar la aptitud de uno para dar Ejercicios de san Igna-cio, más que con las cualidades de exposición y doctrina

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—que ciertamente no son despreciables—, es necesario contar con la capacidad para seguir en el alma del ejerci-tante la acción del Espíritu Santo.

Al comienzo del examen general de conciencia, san Ignacio nota lo siguiente: “Presupongo ser tres pensamientos en mí, a saber, uno propio mío… y otros dos que vienen de fuera, el uno que viene del buen espíritu, y el otro del malo” (EE 32).

Esta distinción entre los “pensamientos” (afectos, mocio-nes, inspiraciones… que vienen de dentro y de fuera de mí) es útil —y aun necesaria— en el plano moral, porque per-mite a san Ignacio —y a los moralistas— definir con exac-titud y de una manera práctica la responsabilidad, el mé-rito y la culpabilidad de los actos humanos.

Pero en la realidad compleja de la vida espiritual esa opo-sición —dentro y fuera de uno mismo— no resulta tan marcada. El buen espíritu y el mal espíritu no solicitan al hombre desde el “exterior” de sí mismo —aunque sí desde el exterior de su libertad—, como el bien y el mal parecen solicitar, en el mito clásico, a Hércules en la bifurcación de dos caminos. Ambos habitan en el “interior” del hombre, aunque siempre “fuera” de su libertad.

Desde su nacimiento, están en connivencia con él, lo cual explica el drama de la vida espiritual: “Toda la vida hu-mana —dice la Gaudium etspes 13 del Vaticano II— […] se presenta como una lucha, y por cierto dramática, entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas”; o como dice el mismo documento más adelante: “a través de toda la his-toria humana, existe una dura batalla contra el poder de tinieblas que, iniciada en los orígenes del mundo, durará, como dice el Señor, hasta el día final” (GS 37).

En lo profundo del hombre no hay, en realidad, más que dos movimientos: el amor y el egoísmo. Uno depende de Dios y el otro del pecado, personificado en “el enemigo del hombre” (EE 7 y passim), llamado Satanás.

Estas son las dos voluntades de las que habla san Pablo en Rom 7, 14 ss.: el “espíritu” y la “carne”, en el sentido escri-turístico y patrístico; pero en las que hay que notar que la primera “voluntad” es más interior que la segunda.

5. Hemos hablado más arriba de discernimiento de las “varias mociones…”, de los “pensamientos”, etc.; y también del discernimiento de los “espíritus”. ¿Qué relación hay entre uno y otro?

En el fondo, se trata siempre de lo mismo: hay una equi-valencia práctica entre el discernimiento de las “varias mociones que en el ánima se causan…”, que está en el de las reglas de discernir de la Primera semana (EE 313 ss.), y el discernimiento “de espíritus”, del que se habla en el título de las reglas de discernir de la Segunda semana (EE 328 ss.).

“Mociones” son la realidad concreta, subjetiva, que expe-rimentamos dentro de nosotros, como “pensamientos” (EE 32), deseos, gustos, sentimientos, etc. Y “espíritus” son la realidad objetiva, fuera de nosotros —es decir, fuera de nuestra libertad—, a la que atribuimos lo que pasa dentro de nosotros.

En este sentido se habla, por ejemplo, de “buen” y de “mal” espíritu: el primero nos ayuda en nuestro camino hacia Dios, el segundo nos pone estorbos en ese mismo camino.

Deberíamos habituarnos a esta distinción entre el bueno y el mal espíritu y preguntarnos, siempre que experimenta-mos en nuestro interior un “pensamiento”, una moción, un sentimiento (ánimo o desánimo, fervor o sequedad, coraje o temor, etc.) —como Josué al hombre que se le presentó cerca de Jericó—: “¿Eres de los nuestros o de nuestros enemigos?” Qos 5, 13).

¿Cómo tener una respuesta a esta pregunta?

Para esto san Ignacio ha escrito sus reglas de discernir “las varias mociones que en el ánima causan” (EE 313), sobre todo las que “son más propias para la Primera semana” (ibid.).

Y esto es que lo hay que hacer, sobre todo, cuando se está en los Ejercicios Espirituales de san Ignacio: prestar aten-ción a los movimientos interiores del alma y discernirlos. Como dice san Juan: “No os fiéis de cualquier espíritu, examinad si los espíritus vienen de Dios” (1 Jn 4, 1); o co-mo dice Pablo: “Examinadlo todo, y quedaos con lo bueno” (1 Tes 5, 21).

Durante el curso de los Ejercicios de san Ignacio, estando el ejercitante desembarazado de sus preocupaciones y tareas habituales, su atención estará más disponible para darse cuenta, en sí mismo, de los “movimientos” de los dos “espíritus”, el bueno y el malo.

Por eso, lo que san Ignacio más teme durante los Ejercicios es la “calma chicha”, la tranquilidad:

“El que da los Ejercicios, cuando siente que al que se ejer-cita no le vienen algunas mociones en su ánima, así como consolaciones y desolaciones, ni es agitado de varios espí-ritus, mucho le debe interrogar acerca de los Ejercicios, si los hace… y cómo” (EE 6).

Si san Ignacio insiste en los temas de los Ejercicios y en el desencadenamiento lógico de los mismos, es porque que durante la meditación y contemplación de esos temas —que en su mayoría son los de “los misterios de la vida de Cristo” (EE 261-312)—, se provoquen reacciones encon-tradas (ánimo y desánimo, alegría y tristeza, paz y turba-ción, confianza y desconfianza…), que hay que discernir. La vida del hombre —quiéralo él o no— es una lucha: de-pende de cada hombre el sufrir pasivamente esa lucha y no ser otra cosa que espectador en un campo de batalla; o tomar partido, como protagonista y, con el favor de Dios, que nunca le faltará, alcanzar la victoria.

Pero si hay que tomar partido con energía, en esta lucha es todavía más necesario hacerlo con inteligencia. A esto ayudan no sólo las reglas de discernir de san Ignacio (EE 313 ss.), sino también la experiencia personal y la compa-ñía de quien da los Ejercicios, cuya tarea principal —indispensable en unos verdaderos Ejercicios Espirituales de san Ignacio— es “ayudar a discernir los efectos del buen espíritu y del malo” (Directorio autógrafo, 19).

2. ESCUCHAR LOS MOVIMIENTOS INTERIORES

Si prestamos atención a nuestro interior, podremos notar, en él, la existencia, en ciertos momentos, de lo que po-dríamos llamar movimientos interiores: la alegría o triste-za, ánimo o desánimo… que a veces van acompañados de ciertas “frases”, como: “No te metas”, o bien “Anímate”… y así por el estilo. Evidentemente que, para escuchar estos movimientos interiores, se requiere cierto “silencio

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inte-rior”; pero además se requiere saber expresarlos —esos “movimientos interiores”— a quien, en Ejercicios, acom-paña y dirige nuestra experiencia espiritual. ¡A veces es más difícil expresar que sentir estos movimientos interio-res!: los sentimos, aunque no queramos; pero, para expre-sarlos, necesitamos hacer un esfuerzo.2

1. Puede ayudarnos a expresar nuestros movimientos inte-riores la descripción que san Ignacio hace de los mismos las reglas tercera y cuarta de la Primera semana, cuando nos habla de la consolación y de la desolación espirituales. 1.1. En la primera de las reglas mencionadas dice así: “Llamo consolación espiritual cuando el ánima se causa alguna moción interior con la que viene el ánima a inflarse en amor de su Creador y Señor, y consiguientemente cuando ninguna cosa creada sobre la haz de la tierra pueda amar en sí, sino en el Creador de todas ellas.

Asimismo, cuando lanza lágrimas motivadas por amor de su Señor, ahora sea por el dolor de sus pecados, o por la pasión de Cristo nuestro Señor, o por otras cosas dere-chamente ordenadas a su servicio y alabanza.

Finalmente, llamo consolación todo aumento de esperan-za, de fe y de caridad, y toda alegría interna que llena y atrae a las cosas celestiales y a la salud o santidad del áni-ma, aquietándola y pacificándola en su Creador y Señor” (EE 316).

1.2. Y paralelamente, en la segunda de las reglas:

“Llamo desolación espiritual todo lo contrario de la regla anterior, así como oscuridad del alma, turbación en ella, moción a las cosas bajas y terrenas, inquietud de varias agitaciones y tentaciones, moviendo a falta de fe, sin espe-ranza, sin amor, hallándose el ánima toda perezosa, tibia y triste y como separada de su Creador y Señor. Porque (termina diciendo san Ignacio) así como la consolación es contraria a la desolación, de la misma manera los pensa-mientos o sentipensa-mientos que salen de la consolación son contrarios a los pensamientos o sentimientos que salen de la desolación” (EE 317).

1.3. Y por esta última afirmación (“los pensamientos que salen de la consolación son contrarios a los que salen de la desolación”), podríamos también describir la “desolación” como sequedad (contra lágrimas), como rebelión contra Dios (contra amor al mismo), etc.; y describir la “consola-ción” como luces sobre el tema de la oración (contra oscu-ridad), paz en el ánima (contra turbación), ánimo en lo se está haciendo (o se piensa hacer) contra pereza o etc.

2. Hay otra manera de caer en la cuenta —y describir— la variedad de movimientos interiores, basada en la regla segunda de la Primera semana. Dice así:

“En las personas que van en el servicio de Dios nuestro Señor de bien en mejor subiendo, propio es del mal espí-ritu morder, entristecer y poner impedimentos, inquie-tando con falsas razones, para que no pase adelante; y propio del bueno dar ánimo y fuerzas, consolaciones, lá-grimas, inspiraciones y quietud, facilitando y quitando todos los impedimentos para que proceda adelante en el bien obrar” (EE 315).

Es decir, hay como dos movimientos interiores: los unos impiden y los otros ayudan en el bien obrar, “quitando impedimentos…”.

2.1. Los que impiden crean en nosotros turbación, descon-fianza, obstáculos, miedo a “meterse”, cansancio interior, tristeza…

Los movimientos que impiden son también aquellos que “acusan”, o sea, aquellos en los cuales el Acusador —eso es lo que Satán es para nosotros, como lo fue para Job (1, 6, con nota de BJ) y Zacarías (3, 1, con nota de BJ)— habla en nosotros para convencernos de que no somos capaces, que es demasiado lo que pretendemos hacer en servicio de Dios, que tendremos muchos obstáculos, que no seremos aceptados, que nos estamos exponiendo inútilmente, etc. Entonces no se tiene más deseos de orar y, en cambio, se siente con fuerza, dentro de nosotros, un “acusador” siempre listo para denigrarnos, deprimirnos, hacernos perder la estima de nosotros mismos y de Cristo nuestro Señor.

Todos estos “impedimentos” son nocivos en nuestra vida espiritual, porque apagan en nosotros todo nuestro entu-siasmo por nuestra vocación, toda nuestra generosidad y toda nuestra energía en el servicio de Dios.

Un ejemplo extremo de este tipo de “impedimentos” lo experimentó el mismo Jesús en el Huerto de Getsemaní, cuando “comenzó a sentir la tristeza y angustia…” (Mt 26, 37) y dijo: “mi alma está triste hasta el punto de morir…” (Mc 14, 34), y “sumido en agonía […] su sudor se hizo como espesas gotas de sangre que caían en tierra” (Lc 22, 44, con nota de BJ).

2.2. Los movimientos interiores que nos ayudan, todo impedimento”, son todos aquellos que nos dan con-fianza, nos ensanchan el corazón y hacen que sintamos un cierto respiro interior, estímulo en nuestra acción, alegría en la oración, en el sacrificio, en la humillación, etc.; y alegría también cuando, en nuestras tristezas, nos senti-mos más semejantes a Cristo.

Si en la Biblia el espíritu del mal es llamado Acusador (Jb 6 y Zac 3, 1), el nombre del Espíritu Santo es el de Conso-lador o Paráclito —defensor o abogado que intercede por nosotros ante el Padre—, como dice Juan Un 14, 26, con nota de BJ).

3. Los momentos en que experimentamos los movimientos de “consolación” son los mejores para tomar decisiones, porque —como dice san Ignacio en la regla quinta de la Primera semana—, en esos momentos “nos guía y aconseja

más el buen espíritu” (EE 318); aunque debemos tener en

cuenta —como dice el mismo san Ignacio en las reglas de la Segunda semana— que “puede consolar […] así el buen ángel como el malo, por contrarios fines: el buen ángel, para provecho del ánima, para que crezca y suba de bien en mejor, y el mal ángel, por el contrario […] para traerla a su dañada intención y malicia” (EE 331).

Pero además, aun en el caso de “la consolación… de sólo Dios nuestro Señor… (hay que), con mucha vigilancia y atención, mirar y discernir el propio tiempo de la actual consolación (de sólo Dios), del siguiente (momento), en que el ánima queda caliente y favorecida con el favor y reliquias de la consolación pasada; porque muchas veces, en este segundo tiempo, por su propio discurso… o por… el mal espíritu, forma diversos pareceres y propósitos que no son inmediatamente dados de Dios nuestro Señor y, por tanto, han de ser muy examinados, antes de que se les dé crédito ni se los ponga en efecto” (EE 336).

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Por el contrario, no hay que tomar decisiones en los mo-mentos en que experimentamos los movimientos de “de-solación” porque en ellos —como nos dice el mismo san Ignacio— “nos guia y aconseja más… el mal espíritu, con cuyos consejos no podemos acertar” con el buen camino (EE 318).

Además, en los momentos de “desolación, nunca debemos hacer mudanza, mas estar firmes y constantes en los pro-pósitos y determinación en que estábamos en el día ante-cedente a la tal desolación, o en la determinación en que estábamos en la antecedente consolación” (EE 318). Más aun —asegura el mismo san Ignacio—, “dado que en desolación no debemos mudar los primeros propósitos, mucho aprovecha el intenso volverse contra la misma de-solación” (EE 319), trayendo pensamientos (razones o frases de la Escritura) de alegría contra la tristeza, de áni-mo contra el desániáni-mo, etc.; y —continúa— “instar más en la oración (y) meditación, en mucho examinar(nos) y en alargarnos en algún modo conveniente de hacer peniten-cia” (EE 319).

Sobre todo, “el que está en desolación, trabaje en estar en paciencia, que es contraria a las vejaciones y dificultades que siente; y piense que será presto consolado […] si pone las diligencias (antes indicadas) contra la tal desolación” (EE 321). Porque “el que está en desolación considere có-mo el Señor le ha dejado en prueba con sus facultades naturales, para que resista a las varias agitaciones y tenta-ciones del enemigo; pues puede con el auxilio divino, el cual siempre le queda, aunque claramente no lo sienta; porque el Señor le ha quitado su mucho hervor sensible, crecido amor y gracia intensa, quedándole con todo gracia suficiente (aunque no la sienta sensiblemente) para con-seguir la salud eterna” (EE 320).

4. Por último, esta advertencia.

Como dijimos más arriba (punto 3), “puede consolar al ánima así el buen ángel como el malo” (EE 331). ¿Cómo, pues, distinguir una “consolación” (la del mal espíritu) de la otra (del buen espíritu) y evitar así ser engañados por el mal espíritu?

Siguiendo el consejo ignaciano: “mucho advertir el curso (o proceso) de los pensamientos; y si […] en el dis-curso de los pensamientos […] acaba en alguna cosa mala. O distractiva, o menos buena que antes tenía propuesta hacer; o la enflaquece o inquieta o turba al ánima, quitán-dole su paz, tranquilidad y quietud que antes tenía, clara señal es de proceder (la consolación) del mal espíritu, enemigo de nuestro provecho y salud eterna” (EE 333). O sea, dos criterios para distinguir la falsa “consolación” de la buena: un criterio objetivo, en el sentido de que la falsa consolación termina en “alguna cosa mala, o distractiva o menos buena”; y un criterio subjetivo, en el sentido en que la falsa consolación “la enflaquece o inquieta o turba al ánima” (EE 333).

3. CÓMO DISCERNIR LA ACCIÓN DE LOS ESPÍRITUS

Todos tenemos experiencia de diversos estados de ánimo: sentimos miedos, entusiasmos, depresiones, apertura a los demás, ganas de cerrarnos sobre nosotros mismos… ánimo o desánimo, tristeza o alegría, esperanza o desesperanza, coraje o cobardía… Discernir es el arte de detectar cuáles de estos estados anímicos nos vienen de Dios y, de una

manera o de otra, nos señalan su acción en nosotros —por medio de un “buen espíritu”—; y cuáles no vienen de Dios —aunque sean permitidos por él— y debemos oponernos a ellos, o no hacerles caso, porque no nos ayudan en nuestro camino hacia Dios, e incluso nos estorban o nos desvían de él. No se trata, pues, de hacer meramente una “lectura psicológica” de estos estados de ánimo, sino una “relectu-ra” religiosa de los mismos: “leer” en ellos la voluntad de Dios o la del “enemigo de la naturaleza humana”, como dice con frecuencia san Ignacio (EE 7 y passlm). A conti-nuación vamos a presentar, en “breve o sumaria declara-ción” (EE 2), las reglas de discernir ignacianas, llamadas la Primera semana, como Introducción general al discer-nimiento de los espíritus en Ejercicios.1

1. Cuando nos apartamos del buen camino el “enemigo” nos ayuda a ello, nos atrae con “placeres aparentes”, nos distrae con lo que no tiene importancia, etc. En cambio, el remordimiento que brota en nuestro corazón, el disgusto por la vida de pecado que llevamos o por la tibieza en que vivimos son señales de la acción de Dios que en esa forma quiere sacarnos del “pozo” en el que estamos (EE 314). 2. Por el contrario, cuando nuestro estado es de fidelidad a Dios, de generosidad con él, puede ocurrir que, de repente, nos sintamos desanimados o tristes o nos invadan la inse-guridad, el miedo, la desconfianza (¿podrás estar tanto tiempo viviendo tan austeramente?)… Tales estados de ánimo (o preguntas) nos abaten y paralizan y se oponen a la acción de Dios que estábamos experimentando.

La acción de Dios, en cambio, cuando vamos “de bien en mejor”, nos anima a progresar en el bien y nos da paz, alegría, fuerza (EE 315).

Comparada la acción del buen espíritu en el caso anterior (EE 314) con la del malo en este (EE 315), se nota que el buen espíritu nos remuerde, levantándonos hacia Dios (como en la parábola del hijo pródigo, que dice “me levan-taré, Iré a mi padre”, Lc 15, 18), mientras que, en el caso presente, el mal espíritu lo que hace es “morder y entriste-cer”, como espantándonos, poniendo “impedimentos” para que no pasemos adelante en el bien que estamos haciendo. 3. Hemos experimentado algunas veces estados de conso-lación, de vitalidad espiritual (EE 316): los temores se disipan y se experimenta una paz profunda y gozosa. Es-tamos animados, alegres y dispuestos al trabajo. Sobre todo si sentimos la cercanía de Dios.

Cuando estamos en este estado que llamamos —con san Ignacio— de consolación, nuestra fe se fortifica, nuestras dudas se disipan, nuestra esperanza aumenta y nuestra visión del mundo y de los acontecimientos de nuestra vida ordinaria se convierte de profana en religiosa. Nuestra mirada sobre las personas, las instituciones y las “cosas” se transfigura. Hacemos entrar a Dios en nuestra relación con todo lo demás y, a su vez, en todo vemos como un reflejo de Dios.

Este estado va acompañado de una alegría, una paz, una libertad de espíritu. Alegría de estar con él, de renunciar a nuestro egoísmo, de ayudar al necesitado. Alegría que puede sustituir —e incluso crecer— con el sufrimiento físico o la prueba moral: es la anticipación de esa plenitud de gozo que tendremos con él, cuando lleguemos a la patria celestial.

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4. La desolación, la depresión es todo lo contrario de la consolación (EE 317). En lugar de paz, turbación; en lugar de alegría, tristeza, a veces sin saber por qué, a veces sa-biéndolo… o suponiéndolo.

Las señales de este estado de desolación pueden ser: Oscuridad de nuestra fe, de nuestra certeza, de nuestra vocación, de nuestro sentido cristiano de la vida. Oscuridad ante las decisiones que debemos tomar, ante la marcha de la Iglesia, de la Institución a la que pertenecemos…

Tristeza, disgusto de todo, falta de entusiasmo por cual-quier cosa, abatimiento, malhumor difuso. Este estado invade todo nuestro ser, nos oprime, imposibilita —o debi-lita— nuestra comunicación con los demás.

Inquietud, miedo, ansiedad, escrúpulos, inseguridad… Sequedad del corazón en la oración, en el apostolado: no sentimos ni el amor a Dios ni al prójimo. Una especie de vacío. En momentos críticos puede llegar a la “náusea” de las cosas espirituales, de la vida, de Dios…

Atracción de lo sensible, necesidad de divertirse, de dis-traerse, de “alienarse” en las cosas materiales. Deseo de lo sensual, de seguridad humana, de cariño, de vivir abur-guesadamente.

Pérdida de confianza y de esperanza: todo se ve negro, todos los obstáculos se juntan, no se ve ninguna salida… 5. En este tiempo de desolación no hay que hacer cambios respecto de lo que estábamos haciendo antes de entrar en ese estado: si cuando el tiempo estaba claro habíamos elegido un camino, por él debemos seguir, a pesar de la oscuridad: la oscuridad, el desaliento, la turbación… son los peores consejeros (EE 318).

6. Pero no basta no hacer cambios o mudanzas en tiempo de desolación, sino que además tenemos que tratar de cambiar nosotros en mejor: instar más en la oración, en la penitencia (EE 319).

Examinar qué me pudo llevar a este estado (ver más ade-lante, punto 9).

Romper la inercia, haciendo algo por los demás.

7. Hacer actos de fe: Dios no me abandona en las tinieblas; está siempre conmigo, aunque no lo sienta (EE 320). Puedo resistir con el auxilio divino que nunca me falta. Una cosa es no tener y otra, no sentir; siempre me queda —aunque no lo sienta— el auxilio que me basta para servir a Dios… también en medio de la oscuridad.

8. Por último —y no lo último— tener paciencia. Decirse: no hay mal que dure cien años. Todo tiene fin. No hay fecha que no llegue, ni plazo que no se cumpla (EE 321). Y pensar en la próxima consolación, que no tardará en llegar… si hago —a pesar de la oscuridad— lo que está de mi parte: Dios aprieta, pero no ahoga.

9. ¿Y la causa de la desolación?

Puede ser por nuestra culpa: no aceptamos la verdad sobre nosotros mismos. No aceptamos la realidad que se nos impone. No aceptamos a los demás como son. O nuestra fe se ha ido debilitando o no hemos resistido. O hemos ido perdiendo el sentido de nuestra vocación y de nuestra mi-sión en la vida y nos hemos dejado estar, siendo negligen-tes.

En términos más generales, hemos sido negligentes en nuestras obligaciones, en nuestro deber de estado, en nuestros compromisos con Dios y con nuestro prójimo (EE 322).

También puede ser porque, independientemente de cual-quier culpa nuestra, Dios cual-quiere probarnos “para cuánto somos y en cuánto nos alargamos en su servicio y alaban-za”, sin tantas gracias sensibles (EE 322).

En tercer lugar, puede ser para “darnos verdadera noticia y conocimiento que no es de nosotros tener devoción creci-da, amor intenso… más que todo es gracia de Dios nuestro Señor” (EE 322): nos alzamos muchas veces con las de Dios, atribuyendo sus efectos a nuestro esfuerzo o a nuestro mérito (Lc 17, 10: “Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer”).

Estas son las “tres causas principales […] por las que nos hallamos desolados” (EE 322); pero puede haber otras, como por ejemplo que, con nuestra “desolación”, podamos reparar los pecados de otros, uniendo nuestros sufrimien-tos a los de Cristo nuestro Señor.

10. Cuando estamos en consolación, pensemos cómo nos portaremos en la desolación futura (cf. puntos 5-9): la alternancia de consolaciones y desolaciones es normal en una vida espiritual sana (EE 323); de modo que, si no se diera esa alternancia, podría ser señal de falsa paz (cf. SANTA TERESA, Moradas Terceras, cap. 2; Meditaciones sobre los Cantares, cap. 2).

11. En la consolación debemos acordarnos de las “vacas flacas”: “cuán para poco éramos en tiempo de desolación, sin la tal gracia o consolación” (EE 324). Por el contrario —como dijimos en el punto 7 y conviene repetir por la importancia que tiene—, “piense el que está en desolación que puede mucho con la gracia suficiente —o sea, la que se tiene, pero no se siente— para resistir a todos los enemigos, tomando fuerzas en el Creador y Señor”.

12. El enemigo se agiganta cuando nosotros le tememos y no lo resistimos. Y se achica cuando “ponemos mucho rostro contra las tentaciones del enemigo, haciendo lo diametralmente opuesto” de lo que él nos sugiere (EE 325).

No hay cosa peor, en la tentación, que temerle. La tenta-ción es algo normal en la vida espiritual: san Ignacio dice que “el que da los Ejercicios, cuando siente que al que se ejercita no le vienen algunas mociones espirituales, así como consolaciones o desolaciones, ni es agitado de varios espíritus, mucho lo debe interrogar” (EE 6).

Mala señal, pues, cuando no experimentamos tentaciones: lo que tenemos que hacer es no dejarnos “atropellar” por ellas. Hacerles frente con decisión. Y si la tentación crece en lugar de disminuir, mala señal: no resistimos bien; pero si simplemente permanece sin crecer, debemos seguir resistiendo, sin desalentarnos.

13. El mal espíritu trata de que sus tentaciones “sean reci-bidas y tenidas en secreto; y por eso cuando el que las pa-dece las descubre a su buen confesor o a otra persona espi-ritual (como el director o padre espiespi-ritual o superior), que conozca sus engaños, mucho lo siente, porque colige que no podrá salir con su malicia, al ser descubiertos sus en-gaños a otro” (EE 326).

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El solo hecho de hablar con otro, “objetiva”; pero si ese otro tiene experiencia espiritual, la ayuda que se recibe puede ser mayor.

14. Finalmente, el enemigo “mira en torno todas nuestras virtudes y por donde nos halla más flacos y más necesita-dos, por allí nos bate y procura tomarnos” (EE 327). En este sentido, el conocimiento propio —que consegui-remos con las meditaciones que san Ignacio llama de la Primera semana (EE 45 ss.)— nos prepara para el discer-nimiento de los espíritus: este no se hace “en abstracto”, sino en uno mismo, y cada uno es atacado con más fre-cuencia en aquello en que es más débil o donde ha experi-mentado más derrotas.

Estas son las reglas de discernir de la Primera semana; pero existen otras, que son de “materia más sutil” (EE 9), que se llaman de la Segunda semana (EE 328 ss.).

4. EL QUE DA Y EL QUE HACE EJERCICIOS

Los Ejercicios de san Ignacio suponen una relación entre que da y el que hace Ejercicios, quienes se acompañan mutuamente a lo largo de un itinerario prefijado en lo esencial: son el desarrollo de un diálogo; y por eso el papel del que da los Ejercicios no puede interpretarse de cual-quier manera. Hasta cierto punto, un retiro ignaciano val-drá lo que valgan el que los da y su forma de utilizar el ignaciano. En efecto, el que da los Ejercicios propone los temas de oración, garantiza el debido carácter y desarrollo del retiro y guía al ejercitante mediante el discernimiento espiritual. A continuación, examinaremos brevemente estos tres aspectos de su función pedagógica y lo que a uno de ellos corresponde en el que da Ejercicios.3

1. En cuanto a la oración, en el pensamiento de san el animador de un retiro no debe hacer sermones cuando propone los temas de las horas de oración —ni siquiera tratándose de un grupo—y sobre todo sermones que, exce-sivamente teñidos de elocuencia, provoquen sentimientos desmedidos o presionen al ejercitante para desencadenar en él una generosidad forzada. Por eso no son tan apro-piadas las expresiones “predicar los Ejercicios” o “predi-cador de Ejercicios”.

Quien da Ejercicios tampoco debe tratar un tema de un modo doctrinal, sin dejar al ejercitante otra alternativa que la de repasar la lección recibida.

Finalmente, el que da Ejercicios no está para mostrarse interesante o novedoso, ni para hacer gala de erudición, aunque sea bíblica, ni para esforzarse por ser práctico multiplicando las aplicaciones a la conducta cristiana o al comportamiento religioso.

Debe, pues, conformarse con exponer sobriamente lo que encuentra en el libro de los Ejercicios, abriendo los cami-nos que el ejercitante habrá de explorar por sí mismo. Este ha de poder descubrir las riquezas espirituales a partir de su propia reflexión orante o de su contemplación; y se dejar al Espíritu plena libertad de acción sobre él. Es in-dispensable que el ejercitante disponga de gran iniciativa y que el que le da los Ejercicios respete en él tanto su auto-nomía y su ritmo personal como la forma de acción elegida por Dios para iluminar su fe i inspirar su camino.

2. Un retiro según los Ejercicios de san Ignacio no lo hace el ejercitante abandonado a su iniciativa personal: supone

la presencia de un maestro o guía. No hay que olvidar, pues, que san Ignacio exigía que los Ejercicios sólo se die-ran bajo la dirección de otro: en este punto coincide con toda aquella tradición que creía en la acción del Espíritu Santo por mediación del hombre.

En las cosas de la vida y de la gracia es fácil equivocarse o no saber verdaderamente a qué atenerse. Dios ha bende-cido siempre la docilidad a otro, su enviado, del mismo modo que siempre ha actuado valiéndose de enviados. Si el infantilismo es malo, la humildad denota tanta grandeza como sabiduría. Y en nada rebaja a la persona, como tam-poco la exime de la búsqueda ni de la escucha personal del Espíritu.

3. La experiencia personal de san Ignacio comenzó por un contacto con Cristo, percibido en su vida evangélica y en la vida de los santos y —dependientemente de estas por unas mociones interiores que iban en direcciones con-trarias: a unos pensamientos de vanagloria sucedían otros “que nacían de las cosas que leía” (Autobiografía, 7). El convaleciente se da cuenta de que las fantasías caballeres-cas, después de haberlo deleitado, no le producen sino desilusión, mientras que los anhelos de santidad le pro-porcionan una alegría duradera. Al principio no advierte este fenómeno. Hasta que “una vez se le abrieron un poco los ojos y empezó a maravillarse de esta diversidad y a hacer reflexión, poco a poco viniendo a conocer la diversi-dad de los espíritus que se agitaban” (Autobiografía, 8). Esta experiencia constituye un punto de partida para san Ignacio, que aprende que nuestro mundo interior es el teatro en que actúan Dios y Satanás, el envite en que uno y otro se disputan. Para él, en cierto sentido, lo esencial de la vida espiritual consiste en ser consciente de estas inter-venciones divergentes, para descubrir en ellas los verda-deros caminos de Dios.

Los Ejercicios Espirituales de san Ignacio son una trans-posición al caso de un ejercitante de lo vivido por el con-vertido de Loyola: “Algunas cosas que observaba en su ánima y las encontraba útiles le parecía que podrían ser útiles también a otros y así las ponía por escrito”

(Auto-biografía, 99), dice, explicando el origen de sus Ejercicios

escritos.

He aquí por qué debe inquietarse el que da Ejercicios si advierte que en su ejercitante no se produce variedad al-guna de mociones: de ocurrir tal cosa, “mucho lo debe interrogar” (EE 6). Y es muy provechoso para el que da los Ejercicios —y de ello depende el éxito de un retiro espiri-tual— “ser informado fielmente de las varias agitaciones y pensamientos que los varios espíritus le traen” al ejerci-tante (EE 17).

De todo lo cual se desprende una conclusión importante: la función primordial del que da Ejercicios guarda relación con los movimientos interiores que experimenta el que los hace y su calidad principal ha de ser el discernimiento espiritual paciente, perspicaz y seguro.

Aplicándose así al discernimiento espiritual de “los efectos del buen espíritu y del malo” (Directorio autógrafo, 19), el que da Ejercicios se previene contra toda forma de avasa-llamiento por su parte, pues es tan dócil al Espíritu —por menos— como debe serlo su ejercitante, al cual no dirige, sino que, con ayuda de las confidencias que de él recibe, se limita a discernir lo que Dios —y el mal espíritu— va

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ope-rando en él. Uno y otro —el que da y el que hace Ejerci-cios— colaboran juntos bajo la acción del mismo Espíritu. Obsérvese, en efecto, que se invita al ejercitante a abrirse que le da Ejercicios acerca de lo que sucede en su interior: las consolaciones o desolaciones que experimenta, los llamados que cree que el Señor le hace, las luces y mocio-nes que recibe de Dios… y las tentaciomocio-nes que experimenta del “enemigo de la naturaleza humana” (EE 7). Estos son los aspectos en que el que da Ejercicios concentra su aten-ción: apenas pretende conocer los pensamientos persona-les del ejercitante, ni sus pecados (EE 17). Lo que hace es informarse, por medio del ejercitante, de los movimientos que originan en él los diversos espíritus. De ahí la recomendación de san Ignacio: “Mejor es, pudiendo, que otro lo confiese, y no el que da los Ejercicios” (Directorio autógrafo, 4). Así que la principal incumbencia del que da Ejercicios está relacionada con la discreción de espíritus (y la del que los hace, comunicar sus “varios espíritus”). Si uno que da Ejercicios es un hombre capaz, ante todo, de discernir “las varias mociones que en el ánima se causan” (EE 313) su ejercitante también debe ser uno que, en el transcurso de los Ejercicios y para su vida interior, vaya adquiriendo, poco a poco, el arte y la facilidad de leer el Espíritu. Un retiro sin ejercicio profundo de discerni-miento espiritual no es un retiro ignaciano. La práctica del discernimiento caracteriza no sólo a los Ejercicios, sino a toda la espiritualidad de san Ignacio.

De todo lo que antecede se desprende que los Ejercicios originan una relación compleja entre el que da y el que hace Ejercicios. En cierto modo, la primacía le al que los da; pero, en otro sentido, el ejercitante es artífice de su propio retiro. Si el que da Ejercicios debe ser consi-derado el maestro, no se sigue de aquí que el que los hace sea un mero alumno, un simple ejecutor. Uno y otro deben respetarse mutuamente: el que da Ejercicios está al servi-cio del que los hace y este reconoce en aquel a un interme-diario activo que le ayuda a descubrir el plan de Dios sobre él.

El que da Ejercicios profesa una gran consideración hacia la persona del ejercitante, su grado de preparación, el rit-mo de su andar, los tiempos y rit-momentos que el Espíritu elige. Tiene, a su vez, destreza psicológica y espiritual. No se permite en absoluto dominar al ejercitante, ni “hechi-zarlo”, ni atiborrarlo. El ejercitante, por su parte, se presta de buen grado a lo que el que da Ejercicios le prescribe y a lo que el régimen de los Ejercicios conlleva. Acepta a su pedagogo. Consciente en dejarse instruir y conducir, pero sin llegar nunca a quedarse pasivo.

La señal elocuente de que su relación con el que da Ejerci-cios funciona bien reside en la libertad que el propio ejer-citante no sólo conserva sino que ve acrecentarse a todo lo largo del retiro. Merced a una sana docilidad al que le da Ejercicios y, gracias al Espíritu Santo, su mundo interior humano y creyente se manifiesta y consolida. Maduración psicológica y maduración espiritual corren parejas, se en-trelazan, se condicionan mutuamente y se jerarquizan. El que da Ejercicios debe poseer sagacidad y el que los hace, apertura. El que hace Ejercicios modela por sí mismo su personalidad en todas sus dimensiones, mostrándose asequible a lo que proviene del que le da Ejercicios y a lo que proviene “inmediatamente” de Dios (EE 15). El que da los Ejercicios lo ayudará efectivamente a esto, si se atiene a

lo que la admirable Anotación 15 le enseña: en ella se le pide que se muestre humildemente atento al Espíritu y al ejercitante, observando una especie de distanciamiento e indiferencia: al hacerlo así, el que hace Ejercicios crece en todos los aspectos.

Cuando el ejercitante termina su retiro, descubre que ha llegado a ser más él mismo y, al mismo tiempo, que está más “divinizado” que antes.

Ha alcanzado una nueva integración de su yo total, el de su persona y el de su fe. Ha podido ofrecerse a Dios con plena autenticidad. Y goza de una plenitud de ser que antes no conocía.

Tales resultados no son en modo alguno quiméricos, si el que da los Ejercicios ha tenido tanta sagacidad como ab-negación; y el que los hace ha dado pruebas de una capa-cidad de escucha al que se los da y a Dios, igual a su inicia-tiva.

4. Para terminar, digamos que los Ejercicios son, es una escuela de oración, pero orientada hacia el discerni-miento de “las varias mociones que en el ánima se causan” (EE 313). De ahí la importancia que tiene la conversación entre el que hace Ejercicios y el que los da; conversación la cual el primero le comunica al segundo “fielmente las varias agitaciones y pensamientos que los varios espíritus le traen” (EE 17) y este le ayuda a aquel “a discernir los efectos del bueno y del mal espíritu” (Directorio autógrafo, 19).

5. LA CONVERSACIÓN CON EL QUE DA LOS

EJERCI-CIOS

Es un momento importante de los Ejercicios, que no se hacen totalmente a solas, sino acompañado del que da los Ejercicios, que es como “un hombre de Iglesia” que permite vivir los Ejercicios “en la Iglesia” de hoy y de siempre.

1. La entrevista con el que da los Ejercicios se tiene —por menos— una vez al día; en lo posible, hacia la tarde, cuan-do está por terminar “el día de Ejercicios”, que es como la “unidad” de los Ejercicios.

En esta entrevista se recoge lo hecho durante el día —que, como hemos dicho, es la “unidad” de los Ejercicios— y se prepara el día siguiente, que es la “unidad” siguiente. Los “temas” de esta entrevista están indicados en las Ano-taciones de los Ejercicios, de las cuales conviene haber hecho por lo menos una lectura rápida antes de comenzar los Ejercicios, para enterarse de su contenido; luego, otra más detenida, según las necesidades que se vayan experi-mentando (EE 1-20; pero, sobre todo, 1-17).

2. Uno de los temas de esta entrevista —el menos impor-tante, sin duda— es la materia de cada hora de oración: es decir, “la historia de la tal contemplación o meditación” —como dice la Anotación 2 (EE 2)—. Esta debe ser narrada “fielmente […] discurriendo solamente por los puntos con breve o sumaria declaración”, porque la persona que con-templa, tomando el fundamento verdadero de la historia —o sea, su sentido literal y más obvio— discurriendo y raciocinando por sí misma y hallando alguna cosa que un poco más declarar —intelectual- mente, diríamos— o sentir —afectivamente— la historia, algunos por raciocina-ción propia, otros en cuanto a que el entendimiento es ilu-minado por la virtud divina, es de más gusto y fruto

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espiritual, que si el que da los Ejercicios hubiera mucho declarado y ampliado el sentido de la historia, porque —concluye san Ignacio con este “principio” de toda ora-ción— “no el mucho saber —intelectualmente— harta y satisface al ánima, mas el sentir y gustar de las cosas in-ternamente”.

3. Otro “tema” de la entrevista con el que da los Ejercicios está indicado en la Anotación 6 (EE 6); sobre todo “cuando el que da los Ejercicios siente que al que se ejercita no le vienen algunas mociones espirituales en su ánima, así como consolaciones o desolaciones, ni es agitado de varios espíritus”, porque entonces “mucho lo debe interrogar acerca de los Ejercicios —horas de oración, de examen o de lectura espiritual, etc.—”; es decir, “si los hace a sus tiem-pos destinados —dentro del horario de cada día— y cómo; asimismo de las adiciones, si con diligencia las hace —y qué fruto—, pidiendo cuenta particularmente de cada cosa de estas” (EE 6).

Cuando todo va bien, se supone que se ha cumplido el horario y con lo propio de cada “ejercicio”; pero cuando va mal —y se va mal en Ejercicios cuando no se experimenta “nada”, ni consolación ni desolación, ni variedad de “espí-ritus”— conviene preguntarse uno mismo si ha cumplido con todo y hablar del resultado de este “examen” con quien da los Ejercicios.

Nota: véase lo que decimos, a propósito del “examen de cada hora de oración”, acerca del ir “mal o bien” en la ora-ción. Lo que debe preguntar el que da los Ejercicios es “exterior” a la oración (adiciones, preámbulos… horario); pero lo hace interesado por lo “interior” de la oración: por su fruto, por las consolaciones o desolaciones, por la va-riedad de “espíritus”, etc.

4. Otro “tema” de la entrevista lo indican las Anotaciones 8 a 10 (EE 8-10): “según la necesidad que sintiere en el que los recibe los Ejercicios, platicarle las reglas de la Primera Segunda semana, que son para conocer los varios espíri-tus” (EE 8).

4.1. Podría uno preguntarse por qué se espera a ver “la necesidad que sintiere en el que los recibe los Ejercicios”. Y responderíamos: porque las reglas ignacianas de discernir no son “teoría” sino “práctica” y sólo en la propia práctica se pueden entender.

Incluso si se las leyera de corrido —y podría hacerse—, convendría prestar siempre atención a la propia experien-cia del que lee, sea anterior a estos Ejercicios, sea durante ellos, tratando de descubrir las señales del bueno y del mal espíritu en la propia experiencia.

Por ejemplo, la diferencia entre el “punzar y remorder las conciencias” propio del buen espíritu (EE 314) y el y entristecer”, que caracteriza al mal espíritu (EE 315), sólo se la entiende cuando se puede comparar, en la propia experiencia, la diferencia entre un verdadero remordi-miento, que nos levanta y nos hace volver hacia Dios (caso del hijo pródigo que dice, al arrepentirse, “me levantaré, a mi padre, y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti”, Lc 15, 18), y esos “sentimientos de culpabilidad” que nos encierran dentro de nosotros mismos y no nos dejan pen-sar en la misericordia y clemencia de nuestro Padre, más dispuesto a perdonar que a castigar.

Lo mismo diríamos de la diferencia entre una “pregunta” propia del mal espíritu, que nos pone “impedimentos,

inquietando con falsas razones” (por ejemplo: “¿Para qué vas a hacer ejercicios?”; o la pregunta que el mal espíritu le hizo a san Ignacio en Manresa: “¿Cómo podrás tú sufrir esta vida setenta años que has de vivir?”, Autobiografía, 20) y las “preguntas” que hace el buen espíritu y que nos animan en el buen camino (como la que hizo el Señor a los discípulos, en Mt 16, 15: “Y vosotros , ¿quién decís que soy Yo?”; o la que hizo a Pedro junto al lago, después de su resurrección: “¿Mc amas más que estos?”), “facilitando y quitando impedimentos, para que en el bien obrar proceda adelante” (EE 315).

Y así por el estilo, las diversas “contrariedades” que se dan entre la acción del buen espíritu y del malo y que se des-criben en las diversas reglas de discernir ignacianas, sólo en la propia experiencia se entienden.

4.2. San Ignacio insiste, en diversas ocasiones, sobre la importancia que tiene el “declarar qué cosa sea consola-ción, que es tanto como alegría espiritual, amor, esperanza de las cosas de arriba, lágrimas y todo movimiento interior que deja el ánima en el Señor nuestro consolada. Lo con-trario de esto es desolación: tristeza, desconfianza, falta de amor, sequedad, etc.” (Directorio autógrafo, 18).

Es una variedad de espíritus “fundamental” —la que se da entre la consolación y la desolación— y es uno de los temas más propios de la entrevista entre el que recibe y el que da los Ejercicios.

Véanse las diversas descripciones —porque son sólo des-cripciones y no definiciones conceptuales— que san Igna-cio nos da, en sus diversos escritos, sobre estos dos “epi-fenómenos”.

5. Tal vez el tema central de la entrevista entre quien hace Ejercicios y quien los da es el de las “mociones” del bueno del mal espíritu porque, como dice san Ignacio en la Ano-tación 17 (EE 17):

“Mucho aprovecha, al que da los Ejercicios, no queriendo pedir ni saber los propios pensamientos ni pecados del que los recibe (los Ejercicios), ser informado fielmente de las varias agitaciones y pensamientos que los varios espíritus le traen.”

¿Por qué?

“Porque, según el mayor o menor provecho, le puede dar algunos espirituales ejercicios convenientes y conformes a la necesidad de la tal ánima así agitada.”

Aquí distingue san Ignacio entre “propios pensamientos”, “pecados” y “varias agitaciones y pensamientos que los varios espíritus le traen”; y dice que, de estos tres elemen-tos, el tema de la entrevista entre quien da los Ejercicios y quien los recibe son los últimos, es decir, las “varias agita-ciones y pensamientos que los varios espíritus le traen” al ejercitante.

Más aun, el que da los Ejercicios no debe “pedir ni saber propios pensamientos, ni (los) pecados del que los recibe los Ejercicios”, sino sola y exclusivamente las “varias agi-taciones y pensamientos que los varios espíritus le traen…”.

Propios pensamientos, por ejemplo, serían los que al ejer-citante se le ocurren durante las horas de oración o el día; y pecados, ya se entiende que son los que hay que confesar (y por eso san Ignacio recomienda, en su Directo-rio autógrafo, que “mejor es, pudiendo, que otro —que no

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sea el que da los Ejercicios— le confiese, y no el que da los Ejercicios”, n. 4).

A veces es difícil distinguir entre un “pensamiento propio” y los “que los varios espíritus le traen”; mientras que, al contrario, es más fácil conocer los “varios espíritus”, por-que son, entre sí, contrarios (y de esta “contrariedad” ha-blan reiteradamente las reglas de discernir).

6. Finalmente —como dice el Directorio autógrafo, 19—, “del que da los Ejercicios es ayudar a discernir los efectos del buen espíritu y del malo”.

Dice “ayudar” porque este discernimiento de los “efectos” de uno y de otro espíritu debe ser iniciado por el mismo que los tiene y ya desde el mismo momento en que los tiene, sin esperar para ello el momento del examen de conciencia o de la hora de oración; pero a veces hay que ayudarlo a darse cuenta y, aunque se dé cuenta, hay que confirmarlo en la exactitud del juicio del discernimiento. Esta “ayuda” es la más importante de todas las que el que da los Ejercicios le presta al que los hace: más importante que el darle “puntos” para la oración, hacerle preguntas sobre la oración y sus “adiciones”, “platicarle” las reglas de discernir y “declararle” qué sea consolación y desolación y “ser Informado fielmente de las varias agitaciones y pen-samientos que los varios espíritus le traen”, este “ayudar a discernir los efectos del buen espíritu y del malo”.

Más aun, diríamos que todo lo interior es sólo preparación para este momento —el más Importante de la entrevista entre el que da los Ejercidos y el que los hace—, porque todos los Ejercicios están orientados a una elección (EE 135) o reforma de vida (EE 189); y en toda elección o re-forma de vida es de gran importancia la ayuda del que da Ejercidos, ayuda que consiste sobre todo en este discerni-miento de “las varias agitaciones y pensadiscerni-mientos que los varios espíritus le traen” a quien está buscando “la volun-tad divina en la disposición de su vida para la salud —o santidad— de su ánima” (EE 1).

6. PREPARACIÓN DE LA ORACIÓN

No conviene ir a la oración —meditación o contempla-ción— sin preparar el tema —bíblico, tradicional o del ma-gisterio de la Iglesia—, y los pasos que se van a dar antes llegar al “coloquio” —como dice san Ignacio en sus Ejerci-cios Espirituales— o diálogo con Dios y con los santos, que es el objetivo al que apunta todo lo que se hace con ante-rioridad.

1. Ante todo, hay que preparar el “tema” de la meditación o contemplación.

El tema puede ser bíblico, tomado de la Escritura que con-tiene la palabra de Dios, dirigida a los hombres de todos tiempos, del Antiguo Testamento o del Nuevo; o tomado la tradición de la Iglesia (Santos Padres, etc.) o tomado del magisterio de la Iglesia (concilios, sumos pontífices, obis-pos…).

Como dice el Vaticano II:

“La Sagrada tradición, la Sagrada Escritura y el magisterio de la Iglesia, por designio sapientísimo de Dios, se traban y asocian entre si de forma que uno no puede subsistir sin los otros, y todos juntos, cada uno a su modo, bajo la acción del Espíritu Santo, contribuyen eficazmente a la salud de las almas” (DV 10, al final).

Y pueden llevarnos a nuestro diálogo o coloquio con Dios uno y trino y con los santos (en especial, la madre de Dios).

Si se trata de un tema de la Escritura —pasaje o perícopa del Antiguo Testamento o del Nuevo—, puede ayudar leer las fichas de lectura.

En ellas se trata —como recomienda san Ignacio en EE 2— de “narrar fielmente la historia de la tal contemplación o meditación— o bien de remitir al pasaje o perícopa, que entonces conviene leer por entero en la misma Biblia, te-niendo en cuenta las „notas‟ (sobre todo las de la BJ)—, discurriendo a continuación solamente con breve o suma-ria declaración” que dé “el fundamento verdadero de la historia” o sentido literal del texto.

Luego, en el curso de la misma oración —a la que se dedica una hora de reloj—, “la persona contempla, tomando el fundamento verdadero de la historia (como dijimos, el sentido literal), discurriendo y raciocinando por sí misma hallando alguna cosa que haga un poco más declarar o sentir la historia (esto segundo del „sentir‟ es más impor-tante que el primer „declarar‟; aunque tampoco este “de-clarar” puede ser descuidado, porque es el camino que el hombre tiene naturalmente para llegar a „sentir‟ lo que medita o contempla), bien sea por el razonamiento propio, bien sea en cuanto el entendimiento es iluminado por la virtud divina (bien sea por ambas cosas—esfuerzo propio y gracia divina— a la vez)”, tendiendo, en todo este trabajo, a “sentir y gustar de las cosas —meditadas o contempladas— internamente” (EE 2).

Del tema de la oración habla la Adición primera, que se refiere al momento en que uno se acuesta: a la noche, para levantarse a la mañana del día siguiente; o después de mediodía, cuando uno se acuesta para dormir la siesta, si la hace.

En este momento, san Ignacio recomienda que, “ya que me quiera dormir, pensar en la hora que me tengo que levan-tar, y a qué, resumiendo el tema del ejercicio que tengo hacer” (EE 73). Y este “a qué” es el tema del “ejercicio que tengo que hacer”, resumiendo —como dice san Ignacio— contenido.

Decíamos más arriba, a propósito del tema de la oración, que puede ayudar leer una o más “fichas de lecturas” que el que da los Ejercicios indica para cada tema de oración. Puede convenir hacer, primero, una lectura rápida de toda la ficha de lectura, para entrar “en materia”; luego, una lectura más detenida, fijándome en aquello que más me mueve y que puede servir para comenzar la oración. Porque, en realidad, lo más que se puede preparar es el comienzo de la oración, porque el resto de ella depende de las gracias y de las tentaciones que experimente y de la respuesta que le vaya dando a las mismas, recibiendo las gracias y resistiendo a las tentaciones.

Como durante la oración siempre podemos recurrir a la ficha de lectura, conviene tenerla a mano durante la hora de oración, para volver a leer la parte que más nos ha mo-vido durante la preparación.

2. Además del tema de la oración, hay que preparar muy bien lo que voy a pedir durante el curso de la oración. De esto trata la Adición segunda (EE 74,130, 206, 229). En la Primera semana, hay que pedir —y buscar, conside-rando el tema de cada oración— desde la “vergüenza y

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