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Después de haber anunciado el hecho de la creación del hombre y de la finalidad de Dios en la misma (la alabanza, la reverenda y el servicio de Dios nuestro Señor), el Princi- pio y fundamento de los Ejercicios continúa con la y finalidad de “las otras cosas sobre la haz de la tierra” que —dice— “son creadas para el hombre y para que le ayuden en la consecución del fin para el que el hombre es creado”. 1. Las otras cosas: es todo lo que existe, fuera del hombre; como dice la Carta a los colosenses: “Todas las cosas en los cielos y en la tierra, las criaturas visibles e invisibles” (Col 1,16).

En el lenguaje ignaciano, “cosas” comprende no sólo las cosas inanimadas, sino también a las personas, los grupos humanos e incluso las instituciones, que son “creaciones” del hombre, pero que son tenidas en cuenta por la Provi- dencia divina.

Puede ayudar el pensar aquí en las “cosas” —entendidas con la amplitud indicada— que en mi vida pasada y hasta estos Ejercicios han sido y son una ayuda en mi camino hacia Dios; y también en las que no, pero sin detenerme demasiado en este aspecto negativo de mi vida, pues las consideraré más en detalle en la Primera semana, al tratar la materia del pecado. En este momento sólo haré una visión global de dicho aspecto negativo, para ponderar mejor lo positivo de mi vida interior.

Este ejercicio de la memoria ayudará sin duda en el obje- tivo pretendido por esta meditación, que es —como dire- mos enseguida— la alegría de sentirme parte de un plan divino de salvación y santidad. En la Primera semana haré el mismo ejercicio de memoria sobre los pecados; en las restantes semanas, sobre la vida de Cristo nuestro Señor desde la encarnación hasta la ascensión a los cielos. 2. Son para el hombre: es decir, son del hombre. Como dice san Pablo: “Todo es vuestro, ya sea Pablo, Apolo, Cefas, el mundo, la vida, la muerte, el presente, el futuro, todo es vuestro” (1 Cor 3, 21-22; y a continuación: “vosotros, de Cristo”, como hemos visto en la meditación de la frase anterior del Principio y fundamento).

Debemos dejarnos penetrar por esta verdad tan consola- dora, por esta orientación de toda la creación —fuera del hombre— hacia el hombre; y, en último término, como acabamos de indicar, hacia Cristo, Alfa y Omega del plan de Dios.

Debemos alegrarnos, como hace el salmista en el Salmo 104, en el cual el hombre ocupa el lugar central, puesto a él miran todas las demás obras de Dios; mientras que en el Salmo 8 se pondera su lugar de excepción en la creación (“¿Qué es el hombre…? Apenas inferior a un dios lo hicis- te…”). Y lo que otros salmos ponderarán de la obra de la creación vale —en su tanto— de la obra de la redención, no menos maravillosa que la primera creación.

3. Y para que le ayuden: la palabra “ayuda” es muy típica san Ignacio, que la usa con frecuencia en la Fórmula del Instituto de la Compañía de Jesús, en las Constituciones, en las cartas… aunque siempre refiriéndose a la que pres- tamos a nuestro prójimo, imitando —y acompañando— la ayuda de Dios.

San Pablo dice que “en todas las cosas interviene Dios (Padre) para bien de los que lo aman” (Rom 8, 28); pero este texto afirma más que lo que aquí dice san Ignacio, porque quiere decir que Dios interviene aun en los males que tenemos que soportar, sacando de ellos bienes “para los que lo aman” (es decir que “escribe derecho con líneas torcidas”, como dice el refrán popular).

En Ejercicios debemos agradecerle a Dios las diversas “ayudas” que el que los da presta al que los hace, dándole “puntos” (temas de oración, EE 2), oyéndolo (EE 6, 7…), explicándole las reglas de discernir (EE 8, 9, 10…). Pero la ayuda más importante del que da los Ejercicios consiste en “ayudar a discernir los efectos del bueno y del mal (Directorio autógrafo, 19). Por esta última ayuda, la más importante de todas, los Ejercicios los hace una persona “a solas con Dios” (EE 15), pero “en presencia” de un “acom- pañante” que presta todas estas “ayudas”; sobre todo la última: “ayudar a discernir los efectos del bueno y del mal espíritu”.

4. En la consecución del fin para el que el hombre es crea- do: con esta frase termina esta primera parte del Principio y fundamento, dedicada toda ella a la creación del hombre por Dios y a la finalidad de la misma.

Si quisiéramos señalar el sentimiento predominante en esta primera parte del Principio y fundamento diríamos que podría ser la alegría.

La alegría es un sentimiento muy propio del cristiano y que debería caracterizarlo: “Un santo triste —decía Teresa de Ávila— es un triste santo”.

En el Nuevo Testamento esta alegría se expresa con tres términos que tienen sus connotaciones diversas.

4.1. En primer lugar, el verbo “alegrar”. Frecuente en el Antiguo Testamento, no lo es menos en el Nuevo. Aparece sobre todo en Lucas para designar una alegría colectiva y no tanto individual: es la alegría de sentirse feliz junto con otros, ante un acontecimiento del cual todos participan; por ejemplo, en Lc 1,14 (con nota de BJ).

4.2. Luego, el sustantivo “alegría”: indica la alegría por la satisfacción de la expectación mesiánica. Por ejemplo, los magos al ver la estrella (Mt 2, 1). San Lucas insiste en esta actitud: para la infancia (Lc 1, 14, con nota de BJ) y para la resurrección (Lc 24, 52-53, con nota de BJ).

Es también el sentimiento predominante en la Carta a los fili- penses (Flp 1, 4, con nota de BJ).

San Juan, por su parte, señala la alegría de los testigos del Señor resucitado (Jn 20, 20).

Y, finalmente, los Hechos de los Apóstoles, incluso en los sufrimientos “por el nombre de Jesús”, no dejan de señalar la alegría de los apóstoles (Hech 5, 41, con nota de BJ). 4.3. Por último, el término “exultar”, o sea, manifestar el júbilo interior, es un término que refuerza la palabra o término anterior, indicando su manifestación externa: en la misma línea del Antiguo Testamento, que hace exultar universo por las hazañas de Yahveh (creación primera,

formación del pueblo de Dios, conquista de la Tierra vuelta del destierro), el Nuevo Testamento centra en Jesús el motivo de júbilo, especialmente en el culto, como alegría que caracteriza al creyente que ha reconocido en Jesús el don definitivo (1 Ped 1, 6.8).

5. Decíamos más arriba que la alegría es el sentimiento dominante de esta primera parte del Principio y funda- mento, expresión de la creación del mundo por Dios y de finalidad que en la misma él ha tenido.

¿Qué importancia tiene, en ese momento de los Ejercicios, esta alegría?

Para responder esta pregunta, recordemos las palabras del Señor en la parábola doble del tesoro y de la perla preciosa:

“Por la alegría —de ver el tesoro o la perla—, va —el que los encuentra—, vende todo y compra el campo aquel —donde ha encontrado el tesoro o la perla—” (Mt 13,44-46).

En cambio, el sentimiento contrario de tristeza por tener que dejar todos sus bienes le impide al joven rico seguir al Señor (Lc 18, 23).

Sólo la alegría capacita para cualquier renuncia: esto se nota en el Evangelio de Lucas que, a la vez, es el Evangelio de la alegría y de la renuncia absoluta.

En san Lucas aparecen, con notable frecuencia, voces que bajo diversas formas verbales significan gozo, alegría, exultación… Incluso en una lectura rápida de los Evange- lios, el de Marcos, por su parte, tiene la tranquila de un “diario de ruta”. Lucas, en cambio, desborda de ale- gría desde sus primeras palabras (Lc 1, 14, con nota de BJ también Hech 2, 46, con nota de la misma Biblia) por los hechos que se están presenciando.

Siendo el de Lucas el Evangelio de la alegría y de la admi- ración (Lc 2, 10, con nota de BJ), lo es también de la re- nuncia absoluta: el discípulo debe dejarlo todo (Lc 5, 11; mientras que, en la declaración similar de Mt 4, 20 se li- mita a dejar las redes).

En otra afirmación, también exclusiva de san Lucas, este habla de una entrega absoluta a Jesús: “Nadie que mira hacia atrás es apto para el Reino” (Lc 9, 62, se limita; ver también v. 57). Y sólo Lucas añade la palabra “mujer” a la lista de las renuncias exigidas por el Reino (Lc 14, 26, con nota de BJ).

Nos preguntábamos, más arriba, qué importancia tiene la alegría en este momento del Principio y fundamento, pri- mera parte del mismo. Pues bien, la segunda parte (“de donde se sigue…”) trata de la renuncia más absoluta, que implica un uso discreto de todas las cosas, una indiferencia frente a todo (“salud… enfermedad, riqueza… pobreza, honor… deshonor, vida larga…—vida— corta y, por consi- guiente, en todo lo demás”), un abandono absoluto en manos de la providencia de Dios, etc. Y una renuncia tan absoluta a todo implica —como veíamos en Lucas, sobre todo en la doble parábola de la perla y del tesoro— una alegría por haber encontrado el Reino, que es Jesucristo, el Señor.

6. Si el sentimiento de alegría resume, como acabamos de ver, esta primera parte del Principio y fundamento, otra manera de resumirla sería decir que consiste en un en- cuentro con Jesús como Señor de la historia de salvación.

¿Qué queremos decir con esto? Que en la primera parte del Principio y fundamento —y en todos los Ejercicios— no se trata de un conocimiento cualquiera de Jesús.

En el Antiguo Testamento sólo el conocimiento de Dios como Adonai, que derriba los ídolos (1 Sam 5, 1-4) y que se presenta en la zarza ardiente, es el Dios de la salvación: mientras que en el capítulo 2 del Éxodo, Moisés intenta inútilmente liberar a su pueblo. En el capitulo 3, ante la zarza ardiente, Moisés resulta inflamado en un conoci- miento nuevo de Dios y se vuelve capaz de liberar a su pueblo, como instrumento del poder creador de Dios. En el Nuevo Testamento este Dios salvífico, conocido de modo capaz de convertirlo en el fundamento de la con- ducta práctica, es el Kyrios, el Señor; y a Jesucristo se atribuyen los caracteres divinos que convienen al Adonai del Antiguo Testamento.

Este es el conocimiento de Jesús que nos da sucintamente la primera parte del Principio y fundamento; conocimiento que, como decíamos, nos capacita a las renuncias que nos pedirá al resto de los Ejercicios.

Este conocimiento de Jesús como Señor es fruto de la ac- ción del Espíritu Santo en nosotros, el único que puede causarlo. Esto quiere decir, además, que es fruto de petición reiterada; es una gracia, que sólo puede ser res- puesta a nuestra instante petición.

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