@ CORRECCIÓN HASTA ACA
14. Paz a los hombres Se puede añadir la analogía entre el
Mesías de Miqueas, dominador (5, 1), liberador (5, 5b), y el Mesías de Lucas, hijo de David (2, 4. 11), salvador y Cristo Señor (2, 11); y entre “los confines de la tierra” (Miq 5, 3) y “todo el mundo” (Lc 2, 1).
1.2. Además, entre Miq 4, 8-10 y Lc 2, 4. 7. 8 hay, como idea común, el dar a luz fuera de la ciudad, en el campo, en los pastizales de Belén, donde David había pastoreado sus rebaños.
2. El historiador Lucas sitúa la historia de la salvación en el curso de la historia universal: el emperador romano Augusto reina sobre la tierra entera, sobre los países com- prendidos en el Imperio Romano. Como dice un autor contemporáneo, Augusto dio nuevo aspecto al mundo entero. La Providencia, que gobierna a toda vida, colmó a este hombre de grandes dotes para bien de los hombres.
En su aparición se han colmado las esperanzas de los an- tepasados y, en su tiempo, el nacimiento de Dios ha intro- ducido la buena nueva y ha comenzado un nuevo cómputo del tiempo.
Mediante una disposición suya (Lc 2,1-3), el emperador Augusto, que reina sobre el mundo, se pone, sin tener con- ciencia de ello y conforme al designio de la divina Provi- dencia, al servicio del verdadero Salvador del mundo, en quien se cumple lo que los hombres habían expresado de Augusto y que él pudo dar hasta cierto grado, pero no en su plenitud.
El censo abarcaba dos cosas: un registro de la propiedad rústica y urbana (para fines del catastro) y una estimación de sus valores para el cálculo de los impuestos.
También las mujeres debían comparecer con sus maridos ante los funcionarios. Y así María, con José, se dirigió a Belén, la ciudad de José, en la que tendría alguna propie- dad.
Dios pone la historia del mundo al servicio de la historia de la salvación. Subordina a sus eternos designios la orden de Augusto. El Mesías tenía que nacer en Belén: procede de la casa de David y poseerá el trono de su padre, como lo profetizaba Miq 5,1:
“Mas tú, Belén Efratá, aunque eres la menor entre las fa- milias de Judá, de ti me ha de salir aquel que ha de domi- nar a Israel y cuyos orígenes son de antigüedad, desde los días de antaño.”
El relato del nacimiento es introducido solemnemente en el estilo de la Biblia:
“Y sucedió que, mientras ellos (María y José) estaban allí, se le cumplieron los días del alumbramiento y María dio a luz su hijo primogénito” (Lc 2, 6-7).
Jesús está sujeto a la ley de Augusto y a la ley de la natura- leza: es obediente a Dios y a los hombres.
El nacimiento se refiere con sobriedad, con sencillez, obje- tivamente, en pocas palabras: “Dio a luz a su hijo”. María trajo al mundo a su hijo con verdadera maternidad: de Isabel se dijo que “tuvo un hijo” (Lc 1, 57); de María, que “dio a luz a su hijo”.
La concepción virginal resuena en todas partes. Dio a luz a su hijo primogénito. ¿Se dice esto porque fuera Jesús el primero de varios hijos varones? La palabra no exige ne- cesariamente esta interpretación. Una inscripción funera- ria del siglo V d. C., hallada en Egipto, da buena prueba de ello. Una joven mujer, difunta, se expresa así: “En los do- lores de parto del primogénito, me condujo el destino al término de la vida”.
Lucas elige este título de “primogénito” porque Jesús tenía los deberes y los derechos del primogénito (Lc 2, 23) y porque era el portador de las promesas.
María presta a su Hijo los primeros servicios maternos: “Lo envolvió en pañales” (Lc 2, 7). Los niños recién naci- dos se envolvían fuertemente en jirones de tela a fin de que no pudieran moverse, porque se creía que así crecerían derechas sus extremidades. “Lo acostó en un pesebre”, como en el que comen los animales. Este detalle de que el Niño recién nacido tuviera como primera cuna un pesebre es explicado por Lucas con estas palabras: “porque no tenían sitio para ellos en el alojamiento”.
María y José, llegados a Belén, habían buscado alojamien- to en un albergue de caravanas. Era este un lugar, por lo general al descubierto, rodeado de una pared con una sola entrada. En el interior a veces había un pórtico o corredor de columnas alrededor, que en algún tramo podía estar cerrado con pared, formando un local grande o varios pe- queños. En medio, en el patio, estaban los animales; las personas se cobijaban en el pórtico, estando reservados los espacios cerrados a los que podían permitirse aquel “lujo”. Cuando María sintió que se acercaba su hora, no había allí lugar para ella. Se fue a un sitio utilizado como establo; en efecto, donde había un pesebre, debía haber un establo. Así el Señor prometido es un niño pequeño, incapaz de valerse por sí mismo, acostado en un pesebre. Se despojó, se humilló y tomó la forma de esclavo. Como dice san Pa- blo: “conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo: cómo por nosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros fuerais enriquecidos con su pobreza” (2 Cor 8, 9, con nota de BJ).
3. Ignacio añade (EE 264, 3er. punto) que “llegóse una multitud del ejército celestial que decía: gloria a Dios en los cielos” (Lc 2,13-14).
Al mensaje del nacimiento, se añade la alabanza angélica: un responsorio hímnico de una multitud de los ejércitos celestiales. Los ejércitos celestiales son —según la concep- ción de los antiguos— las estrellas, ordenadas en gran nú- mero en el cielo y trazando sus órbitas, pero también los ángeles que las mueven. Los ángeles forman la corte de Dios, que es llamado “Dios Sebaot (de los ejércitos)”. Al introducir al Primogénito en el mundo, dice Dios: “Adórenle todos los ángeles de Dios” (Heb 1, 6). Los ánge- les se interesan vivamente en el acontecimiento salvífico: son “espíritus servidores (de Dios) con la misión de asistir a los que han de heredar la salvación” (Heb 1, 14, con nota de BJ).
El canto de los ángeles es una aclamación mesiánica: no es deseo, sino proclamación de la obra divina; no es ruego, sino solemne homenaje de gratitud. En dos frases parale- las se expresa lo que el nacimiento de Jesús significa en el cielo y en la tierra, para Dios y para los hombres. Dado que el cielo y la tierra están afectados por este nacimiento, tiene este un alcance universal.
“Gloria a Dios en las alturas”: Dios habita en las alturas; y, en el nacimiento de Jesús, Dios mismo se glorifica. En él da a conocer su ser: Jesús es revelación acabada de Dios, reflejo de su gloria (Heb 1, 3, con nota de BJ). Él anuncia la soberanía de Dios, la trae y la lleva a su perfección. En él se hace visible el amor de Dios (Jn 3,16). Al final de su vida podrá decir: “Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar” (Jn 17, 4). “Y en la tierra paz a los hombres en quienes él se compla- ce”. En la tierra viven los hombres y por el recién nacido reciben la paz. Jesús es Príncipe de la paz (Is 9, 5). La paz encierra en sí todos los bienes salvífi- cos (Is 11, 6, con la nota de BJ). La paz es restauración con creces de todo lo que los hombres habían perdido por el pecado. Es fruto de la alianza que había concluido Dios con Israel y que es renovada por Jesucristo.
Los hombres reciben paz porque Dios les ha mostrado su complacencia, su favor, su amor. Jesús garantiza a los hombres la complacencia y el amor de Dios: sólo por él
puede salvarse el hombre. El himno angélico extiende la complacencia divina a todos los hombres.
El anuncio solemne del ángel exalta al recién nacido como Rey-Mesías, como príncipe de la paz, que reconcilia y reú- ne el cielo con la tierra. Y este canto angélico dice relación con la aclamación del pueblo que acompaña a Jesús en su entrada en Jerusalén al comienzo de su pasión: “Bendito el rey que viene… Paz en el cielo y gloria en las alturas” (Lc 19, 38).
12. LA CIRCUNCISIÓN (LC 2, 21)
La circuncisión de Jesucristo es uno de los pasajes que demuestran, como dice Pablo, que “Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los sometidos a la ley” (Gál 4, 4-5). En él también se habla, ta) vez con mayor énfasis, de la imposición del nombre. Aun cuando no existiera esta relativamente corta indicación de la circuncisión de Jesús, hay en la Escritura suficientes pasajes como para que hubiéramos de dar por sentado que también con Jesús se llevó a cabo un rito como este, obvio en todo israelita creyente: por ejemplo, Mt 3,15; 5, 17; Rom y passim.”
1. La circuncisión, rito realizado ocho días después de na- cer el niño (Lev 12, 3; Lc 1, 59; 2, 21) tiene, para el israelita como tal, un triple aspecto. Es, en primer lugar, el rito por el cual el israelita —por mandato de Dios (Gn 17; Lev 12, 3; Éx 19, 5; 20, 10; Hech 7, 8)— es incorporado al pueblo de
Dios. No basta, por tanto, por importante que sea, des-
cender de padres israelitas y con ello de Abraham. Esta descendencia debe acreditarse y ratificarse con el rito de la circuncisión. Es la condición y el signo de la pertenencia veterotestamentaria salvífica al pueblo elegido (Gn 17, 10 ss., con nota de BJ).
La obligación de la circuncisión atañía, en los casos nor- males, a los padres del niño y, en primer lugar, al padre. Es decir, a alguien que, siendo israelita y circuncidado, per- tenecía al pueblo de Dios del Antiguo Testamento. Eso nos descubre algo más: Jesús se sometió (Lc 2, 51) a José, su padre adoptivo, porque quería que de él dependiera el que se cumpliera consigo esta ley puesta por Dios. Quiso ade- más el Hijo de Dios hecho hombre recibir la circuncisión como era usual, es decir, recién nacido, sin poder asentir ni rehusar por su propia cuenta. Estamos ante otro ano- nadamiento que el Hijo de Dios realizó para redimir a la humanidad (Flp 2, 7).
Tenemos así un testimonio de cómo el Hijo de Dios se metió en la condición humana, derramando su primera sangre: la circuncisión de Jesús no habría de cargarse de su sentido y eficacia propios si no recibía comprobación personal en la vida de Jesús y, finalmente, en la muerte misma, derramando toda su sangre Un 19, 34).
2. En segundo lugar, la circuncisión significaba la capaci-
tación y deputación deI israelita para el culto. Con ella se
hacía el israelita miembro de la comunidad cultural vete- rotestamentaria (Éx 12,48). Sólo los circuncisos tenían derecho a tomar parte en el culto de Yahveh, pero sobre todo en la Pascua. Este punto de vista cultural es también básico para la tarea concreta salvadora de Jesucristo. La teología veterotestamentaria lo pone de manifiesto por la idea de que la circuncisión y el servicio sacerdotal tienen una relación esencial entre sí: en virtud y en servicio de la
circuncisión, entra en el santuario el sumo sacerdote. Cierto que en la Carta a los hebreos se llama a Jesucristo “sacerdote del orden de Melquisedec” y no de Aarón. Pero no es el sentido contrapuesto al de Aarón, tal que se podría decir que fuera un sacerdocio fundamentalmente nuevo, sino que lo cumple completándolo y lo supera incluyéndo- lo. Es además un hecho no casual que la carta da gran va- lor a la comprobación de que Jesucristo cumplió, durante su vida terrena, con la obediencia —que hubo de aprender para llegar “a la perfección” (Heb 5, 8-9)— a todas las leyes establecidas por Dios.
Esta íntima relación entre circuncisión, culto y sacerdocio late también de modo inequívoco en la conexión que la teología judía veterotestamentaria ve entre la sangre de- rramada en la circuncisión y la del Cordero pascual. La circuncisión sólo era válida si se derramaba sangre y esta sangre valía como sangre de la alianza. Tiene un valor tan decisivo como la sangre pascual con que se marcaron los dinteles, el tránsito glorioso de Yahveh y el rescate de Egipto.
Esto nos enfoca hacia el meollo de toda la obra de Cristo: lo cumplido en la cruz, el sacrificio sangriento de sí mismo como cumplidor tanto del sacerdocio veterotestamentario como de la Pascua tuvo, en el rito de la circuncisión, el basamento querido por Dios. De ahí que la perspectiva veterotetamentaria y cristiana nos obliguen a referir tam- bién a la circuncisión de Jesús aquello de que Jesús “vino por el agua, la sangre y el espíritu” (1 Jn 5, 6 ss.) y “con su propia sangre entró en el santuario” (Heb 9, 12), dado que “sin derramamiento de sangre no hay redención” (Heb 9, 22).
Jesucristo, pues, el descendiente de Abraham y sumo sa- cerdote para siempre, con la fuerza y al servicio de la san- gre de la alianza de la circuncisión (antigua alianza) y del Cordero pascual (nueva alianza), Cordero que era él mis- mo, entró una vez para siempre en el santuario y conquistó así la vida para sí y para la multitud. Ahí también tenemos la razón por la cual la circuncisión halló su fin, es decir, su culminación (Rom; Gál; Col 2, 21 ss.; Flp 3, 3) en la muerte de Jesús en cruz (y en la resurrección).
Y no debemos olvidar que la circuncisión suponía siempre para el niño un peligro de muerte. Realizar la circuncisión significaba que el padre tenia la intención de ofrendar a su hijo en aras de la alianza; disposición parecida a la exigida de Abraham para con Isaac, el hijo de la promesa (Gn 22, 1 ss., con nota de BJ).
3. Finalmente, la circuncisión hace al israelita partícipe de
las promesas (Gn 17, 4-14; Rom 3, 2 y passim). Da, por
iniciativa misma de Dios, un “derecho” a heredar la pro- mesa hecha a Abraham y a su descendencia, “sellada” con la circuncisión; siempre con la salvedad de que el derecho que da la antigua alianza es provisional, porque es claro que la circuncisión por sí misma, aun siendo una señal de alianza establecida por el mismo Yahveh, no implicaba aún un derecho definitivo a la salvación: es un anticipo, pero un anticipo que compromete (Deut 10, 16 con nota de BJ; Rom 2, 25-29).
Esto ha de entenderse en dos sentidos. Primero, que todo el sentido y la eficacia que tenía la circuncisión, en cuanto rito religioso veterotestamentario, lo tenía por relación con el cumplimiento de la actividad salvadora de Jesucristo. Es
decir, con la culminación y supresión de la ley que llevaría a cabo Jesucristo al cumplirla. Segundo, que ya el mismo Antiguo Testamento recalca que, a la circuncisión ritual, ha de seguir la del corazón.
El israelita debía darse cuenta de que la que con él habían hecho siendo niño todavía, significaba para él, en su vida, una tarea y una vocación. La señal de alianza, recibida al entrar en el pueblo de Dios, era una llamada y una capaci- tación para “espiritualizar”, libremente y en la propia per- sona, la circuncisión a lo largo de toda la vida (Jer 4, 4, con nota de BJ). Y si Jesús no se hizo hombre sin más, sino hombre de su tiempo y de su pueblo, es obvio que también él hubo de realizar, con una vida colmada y colmadora, la incorporación de que fue objeto, más bien inconsciente, en los primeros días de su vida.
Vuelve así a aflorar algo a lo que, por ejemplo, la Carta de los hebreos concede gran valor: que el Hijo de Dios hecho hombre hubo de colmar su vida padeciendo, obedeciendo y esperando y que sólo así pudo llegar a ser el que era: “Jesús, apóstol y sumo sacerdote de nuestra fe, que es fiel al que lo comisionó para ello. Moisés fue fiel en toda su casa, como servidor; pero Cristo lo fue como hijo, al frente de su propia casa, que somos nosotros” (Heb 3,1-6, con nota de BJ).
4. Y tenemos, por fin, la imposición del nombre.
De ella se nos habla en Lc 2, 21. Nuestras anteriores refle- xiones nos dan derecho a verla en relación con aquella otra imposición del nombre que culmina y rubrica su vida (Flp 2, 9-11, con notas de BJ). En ambos casos se recalca que es Dios Padre quien pone el nombre. En Lc 2, 21 leemos que “le pusieron el nombre de Jesús, nombre que le había dado el ángel antes de ser concebido en el vientre de su madre”. Se alude a la anunciación y se añade:
“Será grande y lo llamarán Hijo del Altísimo. El Señor le dará el trono de su padre David. Reinará para siempre en la casa de Jacob y su reino no tendrá fin” (Lc 1, 31-33, pa- recido a lo que leemos en Mt 1, 20-21, como dicho a José, con notas de BJ).
Este mismo tema resuena en Flp 2, 9 ss., pero esta vez como corroboración definitiva de quien ha recibido la ple- nitud por su obediencia. Y no hay que olvidar que la Carta a los filipenses no se refiere propia y primariamente al nombre de Cristo (Mesías), indicativo de su dignidad y misión, sino al nombre de Jesús, ante el cual “toda rodilla se doble” (Flp 2, 10). A él, como Mesías exaltado, le da Dios Padre el nombre de Kyrios, de tal manera que es el nombre de Jesús y, por consiguiente, Jesús mismo, quien recibe “el Nombre que está sobre todo nombre”, es decir, el nombre de Señor (Flp 2, 9, con nota de BJ).
Con otras palabras, la imposición del nombre al principio de la existencia terrena de Jesucristo es la donación inicial de aquel poder y dignidad que, una vez culminado el curso de su vida, recibió su confirmación, acreditación y mani- festación definitivas (Jn 17, 1-5). El nombre dado al Niño por sus padres por encargo de su Padre eterno, fue la pri- mera declaración de lo que había de ser su vocación según el plan salvador de Dios. Este nombre, o lo que es lo mis- mo, este comienzo había de apurarlo y llevarlo a su pleni- tud el Dios-hombre, Jesucristo, con una vida de “Siervo sufriente”, obediente hasta la muerte en cruz, para que todos los poderes doblen la rodilla ante el nombre de “Je-
sús” y reconozcan que el portador de este nombre “…es Señor” (Flp 2, 11, con nota de BJ).
En la aparición del ángel a José, se le dice —refiriéndose a María— que “dará a luz a un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús, pues él salvará su pueblo de sus pecados” (Mt 1, 21).
En el nombre que se le impone al Niño va indicada su mi- sión: Jesús redimirá a su pueblo, Israel. Pero no lo redi- mirá, en el sentido de la ideología corriente sobre el Me- sías, de sus enemigos y dominadores políticos y de toda necesidad terrena, sino de sus pecados (Lc 1, 77). Con ello, no sólo queda radicalmente corregida la ideología mesiá- nica corriente en aquel entonces, sino también se atribuye al Niño una misión que según el Antiguo Testamento, sólo Dios podía llevar a cabo (Is 1,18, con nota de BJ). El pasaje de Mateo supone lectores que entendían la significación del nombre de Jesús, abreviación de Yehosua = Yahveh es salvación; y la aclaración que sigue (“pues él salvará su pueblo…”) que no es traducción del nombre, sino una in- terpretación de su sentido que supone que después de “Jesús” se pone “esto es, Salvador”.