@ CORRECCIÓN HASTA ACA
1. REFLECTIR PARA SACAR PROVECHO (EE 106)
Cuando comienzan las contemplaciones de la Segunda semana —y hasta la Cuarta—, san Ignacio recomienda, al ver a las personas, oír lo que dicen y mirar lo que hacen, “reflectir para sacar provecho de la tal vista, de sus pala- bras, y de cada cosa de estas” (EE 106-108 y en otros nú- meros de la Segunda hasta la Cuarta semana). ¿En qué puede consistir este “reflectir” ignaciano?18
Puede ser que se trate de un trabajo similar al de las me- ditaciones de la Primera semana, pero aplicado al texto evangélico del cual sale la materia de las contemplaciones de las semanas siguientes. Como decía entonces:
“Traer la memoria (sobre la escena que se contempla) y luego el entendimiento, discurriendo; luego la voluntad, queriendo todo esto memorar y entender para más sentir el misterio que contemplo.”
Puede servirnos considerar la actitud que María, la madre de Jesús, tomaba —como dice Lc 2,19.51— en diversas escenas de la infancia del Señor. Como dice el evangelista (sin duda, por testimonio de la misma Virgen): “María guardaba todas estas cosas y las meditaba (symballousa) en su corazón” (2, 51).
2.1. Sobre todo en esta segunda ocasión se trataba de algo difícil de comprender: que el Niño se hubiera quedado en el templo sin decirles nada a ellos y que luego viviera “su- jeto a ellos”.
Consiguientemente, debe ser un “reflectir” envuelto en petición al Señor de su luz y de su gracia para comprender. I De aquí que no convenga dejar la petición de cada con- templación (“conocimiento interno del Señor para que más le ame y le siga”, EE 104) para el comienzo de la con-
templación, sino que se la debe reiterar durante el curso de la misma.
Lo mismo el coloquio, que no debe quedar para el final de la contemplación, sino para cualquier momento de ella, “pidiendo según en sí sintiere” (109). Es decir, cuando se siente que no se penetra el misterio —como María cuando oyó a los pastores o cuando recibió en el templo la res- puesta de su hijo y no la comprendió (Lc 2, 50: “ellos no comprendieron la respuesta que les dio”)—, pedir y pedir, al mismo Señor, gracia de él para poder penetrar más el misterio que se contempla.
Sería un “reflectir” de la memoria, de la inteligencia y de la voluntad, pero envuelto todo ese trabajo en oración de petición, reconociendo que el penetrar el misterio del Se- ñor no depende sólo ni principalmente de nuestro esfuerzo —por importante que este sea—, sino que depende en pri- mer término del Señor, por tratarse de un don o gracia que hay que conseguir pidiéndolo.
2.2. Lo que la Virgen hacía es expresado por Lucas con un verbo especial, propio de él en el Nuevo Testamento, que significa una reflexión intensa sobre un problema difícil. Es, en este caso, una reflexión religiosa e íntima, llena de misterio en su humana oscuridad, que se realiza “en el corazón”.
Literalmente significa “poner junto”; de aquí, “conferir”; de donde “ponderar”, “reflexionar sobre”. O bien, tratar de entender y de interpretar dándole vueltas en el corazón. María es así el prototipo de los que oyen la palabra de Dios como la semilla que cae en buena tierra (Lc 8, 15), de “los que después de haber oído conservan la Palabra con cora- zón bueno y recto y dan fruto con perseverancia”.
3. Podríamos tratar de entender lo que san Ignacio pre- tende con su “reflectir para sacar provecho”, recordando un procedimiento que los exégetas dicen que usó Lucas en su Evangelio de la infancia (Lc 1—2): está cuajado de refe- rencias implícitas al Antiguo Testamento, de alusiones que son —cada una— evocación y sugerencia de un mundo de antiguos textos, convocados todos ellos como testigos. ¿Acaso Jesús no había invocado, en su vida terrena, el testimonio de las Escrituras: “Escrudiñad las Escrituras, ya que creéis tener en ellas vida eterna; ellas son las que dan testimonio de mí” (Jn 5, 39)?
3.1. Esta investigación meditativa de la Escritura no es inventada por Lucas. Es un quehacer de la sabiduría de Israel y al que la practica lo proclama el salmista “biena- venturado” (Sal 1,1-2, con nota de BJ).
Obedecía a ciertas normas y tenía su nombre: midrash, que era una búsqueda o penetración del texto sagrado, para encontrar en él su explicación profunda y su aplica- ción práctica.
Es estudio meditativo para buscar en la Escritura inspira- ción de la conducta —y entonces se llama halakáh: ca- mino, ruta— o es meditación del sentido salvífico de un acontecimiento narrado en la Escritura. Y entonces se llama haggadá: anuncio de hechos, narración, mensaje.
Midrash es, a menudo, una reflexión que tiene por objeto
responder a un problema o a una situación nueva, surgida en el curso de la historia del pueblo de Dios; incorporar a la revelación un dato nuevo, prolongando con audacia las virtualidades de la Escritura.
Pero trasponiendo los límites del estudio, el midrash in- vade en Israel la vida cotidiana, se hace estilo proverbial que colorea la conversación, no sólo la culta sino también la popular y la doméstica. Hay una santificadora contami- nación de los temas profanos por los que el israelita oye en la sinagoga sábado a sábado. Toma y acomoda expresiones del texto sagrado a las situaciones de la vida y hace de la Escritura vehículo y medio de su comunicación.
Crea un estilo alusivo, metafórico, indirecto; estilo de fa- milia, ininteligible para el no iniciado en la Escritura. Es en ese estilo de arcanas alusiones que habla Gabriel —según Lucas— a María, parafraseando el texto de un oráculo profético de Sofo- nías:
Alégrate, Alégrate, María, objeto del favor de Dios.
Yahveh es rey de Israel El Señor (está) en ti. contigo.
No temas Jerusalén, No temas, María. Yahveh, tu Dios,
está dentro de ti, Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo y lo llamarás: valiente salvador, Yahveh salva. rey de Israel en ti. Él reinará. (Sof3,14-17) (Lc 1,28-33)
Uno de lo procedimientos corrientes del midrash consiste en describir un acontecimiento actual o futuro a la luz de uno pasado, retomando los mismos términos para señalar sus correspondencias y compararlos. Es el procedimiento que usa el libro de la Consolación (Déutero-Isaías) que, para hablar de la vuelta del exilio, usa los términos de la liberación de Egipto (Éxodo): Dios se apresta a repetir la hazaña liberadora de su pueblo.
3.2. Son como “reminiscencias” del Antiguo Testamento en el Nuevo Testamento y, más en general, de otros textos de la Escritura en el texto que se está contemplando. ¿Cómo lograrlo hoy en día?Una manera podría ser leer repetidamente el mismo texto, como quien trata de me- morizarlo. Así se facilita el recuerdo espontáneo de citas y alusiones que se evocan unas a otras, casi sin el menor esfuerzo, por el solo hecho de la similitud de las palabras: cada palabra se engancha, digamos, con otra u otras, y se forma así un discur- ? so que no sigue un orden lógico, sino del corazón.
3.3. Estas “reminiscencias” pueden verse facilitadas si se tienen en cuenta las referencias que, por ejemplo, la Biblia de Jerusalén hace, sea al margen del mismo texto, sea en nota al pie de página.
Así se entiende mejor que la contemplación ignaciana —por el “reflectir para sacar provecho”— desemboque como naturalmente en la “aplicación de sentidos” que san Ignacio nos enseña. Se tratará este tema más adelante. Pero, en definitiva, no es el hombre —llámese este san Ignacio o santa Teresa— quien nos enseña a orar, sino el Espíritu Santo que está en nosotros y que en nosotros “in- tercede con gemidos inefables” (Rom 8, 26), “pues noso- tros no sabemos orar como conviene y el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza” (ibid.). Porque no se puede “dar forma ni modo alguno de orar” (EE 238), sino sola-
mente disponer el ánima para que escuche al Espíritu, único maestro de oración.