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@ CORRECCIÓN HASTA ACA

13. LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR (LC 2, 22-24)

1. Es asombroso ver, en el relato de la presentación que nos ofrece Lucas, con qué insistencia tan extraordinaria se subraya el tema del cumplimiento de la Ley: no sólo se menciona al final, después de la intervención de Simeón y Ana (v. 39: “cuando lo hubieron cumplido todo según la ley del Señor”), sino también a propósito del encuentro con Simeón (v. 27: “Y cuando sus padres llevaban al niño para observar las costumbres de la Ley que le concer- nían”).

Y aun antes, Lucas se había referido ya varias veces en los w. 22- 24: “según la ley de Moisés” (v. 22); “según lo que está escrito en la ley del Señor” (v. 23); “según lo que está dicho en la ley del Señor” (v. 24).

Entra manifiestamente en la intención del autor poner bien claro que la conducta de los padres de Jesús se con- forma a la Ley. Pertenecía quizá a aquel ambiente judeo- cristiano que permaneció fiel a las prescripciones de la Ley mosaica. Estos aludían sin duda a las palabras precisas de Jesús (Mt 5, 17-20: “No penséis que he venido a abolir la Ley y los profetas”; Lc 16, 17), pero también a algunos he- chos en los que Jesús había expresado su reconocimiento de la ley del Antiguo Testamento (Mc 1, 44; Lc 17, 14; Mt 17, 24-27).

Es probable que los hechos de la historia de la infancia intenten también dar ejemplos de la fidelidad de Jesús a la Ley. Se puede suponer razonablemente en lo que se refiere a la circuncisión relatada en el v. 21, pero más directa- mente la escena de la presentación parece servir a esta causa. De tal modo se insiste en decir que todo se hace “según la Ley” que, en fin de cuentas, el texto, repleto de citas del Antiguo Testamento casi explícitas, nos llega a dar la impresión de sobrecargado. ¿No es, pues, indicado suponer que este texto, primitivamente más simple y flui- do, ha debido ser revisado y cargado con estas citas y refe- rencias a la Ley?

2. ¿Cuáles son estas prescripciones de la Ley que se citan tan frecuentemente aquí?

2.1. La legislación sobre la pureza estipula que, después de cada parto, la mujer debe hacer una ofrenda de purifica- ción. El nacimiento de cada hijo está seguido por siete días de impureza (si es hijo, como en este caso) en el sentido estricto. Pero luego la madre tiene que esperar todavía treinta y tres días antes de poder acercarse al templo para llevar al sacerdote un cordero de un año como holocausto y una palomita o tórtola como ofrenda de expiación. Se añade en la Ley que quien no puede pagar un cordero debe llevar dos tórtolas o dos palomas jóvenes, una para el ho- locausto y otra para la ofrenda de expiación (Lev 12, 1-8, con nota de BJ, que explica que esta impureza no es moral, sino ritual, debida a la pérdida de vitalidad, que requería ritos para restablecer la integridad de la mujer y, con ello, su unión con Dios, fuente de vida). Por esto es que Lc 2, 22 habla de los “días de la purificación de ellos (uniendo a la madre con el Hijo)” y por lo que el v. 24 se refiere al sacri- ficio de “un par de tórtolas o dos pichones”, como ofrenda de los pobres.

Todo esto toca, en primer lugar, a la madre que tiene que purificarse después del parto.

2.2. Otra ley estipula que todos los primogénitos son pro- piedad de Dios (Éx 22, 28-29: “Mc darás al primogénito de tus hijos”). Todo primogénito de sexo masculino, de hom- bre o de ganado, pertenece a Dios: los animales tienen que ser sacrificados y los hombres han de ser rescatados (Éx 13, 2. 12-13. 15; 34, 19-20). Y el precio del rescate es de cinco ciclos, que se han de pagar a cualquier sacerdote (Lev 27, 3), a partir del mes del niño.

Esta prescripción empezaba a urgir a los treinta días del nacimiento. Atañía al padre y sólo al padre real de la crea- tura. Cuando un primogénito no había sido rescatado por cualquier causa, estaba obligado a rescatarse a sí mismo, una vez llegado a adulto.

3. Si examinamos detalladamente estas prescripciones legales relativas a la purificación de la madre y al rescate del primogénito varón, llegamos a un resultado inesperado en la interpretación de nuestro texto: ni el rito de la puri- ficación ni el rescate del primogénito hablaban de que el niño tuviera que ser llevado al templo. Tampoco existía prescripción ni costumbre ninguna por lo cual el marido hubiera de ir, en este caso, al templo. Es, por consiguiente, cosa inusitada el que, según Lucas vayan María y José, junto con el niño, al templo para cumplirlo “todo, según la Ley del Señor” (2, 39). Pero lo que más llama la atención es que no se diga ni palabra de que Jesús fuera rescatado por José. Sería muy extraño que Lucas, hablando como habla con todo detalle de la ofrenda de purificación de María y aludiendo al primogénito varón al citar a Éx 13 (v. 23: “Todo varón primogénito será consagrado al Señor”), hubiera pasado por alto que José rescató realmente al niño. Por ello se impone pensar que la única razón de que no se cite el rescate es que este no tuvo lugar.

La consecuencia de las reflexiones anteriores es que, en la visita al templo de Lc 2, 22-24, Jesús fue “presentado” o consagrado como propiedad de Dios, pero no “rescatado”. 4. Si no perdemos de vista las prescripciones legales indi- cadas antes, nos resulta fácilmente comprensible el que Jesús no fuera rescatado por José: sólo el verdadero padre de la creatura tenía que rescatarla. La Ley no atenía a nin- gún otro, ni siquiera al padre adoptivo. Por otra parte,

quien rescataba al primogénito declaraba ser el verdadero padre del niño.

Ahora bien, según el Evangelio de Lucas, era imposible que José pudiera atribuirse la obligación y el derecho de rescatar al niño Jesús de acuerdo con la ley del primogé- nito: José no era su padre. El silencio sobre el rescate, por no acaecido, cuadra así perfectamente con la prolijidad de Lucas sobre la maravillosa concepción de Jesús.

Esto nos sitúa ante otro problema: quien no había sido rescatado debía rescatarse a sí mismo. Esta parte, pues, de la Ley obliga al mismo Jesús.

Ahora bien, en ninguna parte leemos que Jesús hiciera nada que se le parezca y eso a pesar de que el Nuevo Tes- tamento recalca tanto que cumplió en todo la Ley divina y el derecho del primogénito era un elemento de primer orden de esa Ley. ¿Hemos de interpretar ese silencio como una pura omisión? ¿O nos devela quizás, a su modo, algo del misterio de la persona y la vocación —o misión del Siervo sufriente o Cordero— de Jesús?

La Sagrada Escritura y la mentalidad vigente entre los judíos sobre el sentido del rescate de los primogénitos varones nos hace ver profundas relaciones cristológicas en este “no rescate” de Jesús.

Al principio, el primogénito humano comenzó dedicándo- se, en exclusiva, al servicio de Yahveh. Pero desde que el servicio sacerdotal se adjudicó a la tribu de Leví, se impuso el rescate del primogénito por cinco ciclos. Ese dinero sirve, según la Ley establecida por el mismo Yahveh, para “rescatar” y salvar así de la muerte a un primogénito que, de suyo, habría de morir ofrendado a Yahveh, por no per- tenecer a la tribu de Leví. La razón de esta prescripción en apariencia tan extraña es la siguiente: al librar Yahveh en Egipto a los primogénitos de los israelitas, los hizo de su propiedad. Ahí tenemos el nexo íntimo entre el rescate del primogénito y el cordero pascual. En Egipto, Yahveh no pasó de largo sino donde vio la sangre del cordero pascual en los dinteles. Esto es, donde alguien, secundando la or- den de Yahveh, se había adelantado al golpe asestado con- tra los primogénitos, sacrificando (vicariamente) el corde- ro pascual.

Pero, ¿por qué en Egipto había de morir todo primogéni- to? Sería muy precipitado contestar que, por ser propiedad de Dios, el primogénito debía ser ofrendado, es decir, muerto. Desde el punto de vista bíblico, la realidad es la inversa: el primogénito ha venido a ser propiedad de Dios porque Dios le ha perdonado la vida; es decir, porque Dios, a la vista de la sangre del cordero pascual, lo ha rescatado para sí y le ha dado una vida nueva. Aquí está la última y propia base histórico-salvífica del sacrificio pascual y de la consiguiente consagración de los primogénitos: todo pri- mogénito —y consiguientemente todo hombre—, antes del sacrificio pascual y de la salida de Egipto, está “en la muerte”, radicalmente condenado a muerte; y ello por el pecado de la humanidad, funesto reclamo de la muerte. Sólo un medio de salvación que venga de Dios puede pro- meter y traer de nuevo la salvación y la vida. Por consi- guiente, si el primogénito —es decir, el hombre— quería adquirir y conservar la vida, previamente debía sacrificar el cordero como medio y signo de salvación, establecido a tal efecto por el mismo Yahveh. Claro está que, según el plan salvador de Dios, aquel “primer” cordero pascual de

Egipto, lo mismo que la fiesta pascual anual veterotesta- mentaria, sólo tenían su fuerza salvadora efectiva porque se cumplieron y colmaron en “el” Cordero, en el Mediador de salvación a quien Dios mismo envió y otorgó a los hombres: Jesús, que ahora es presentado en el templo, pero no rescatado.

7. Con ello parece que hemos llegado ya a la razón última y auténtica de por qué Jesús no fue rescatado ni por José, ni por sí mismo y ni siquiera por Dios Padre.

Él no era sólo un primogénito, sino el Primogénito del Padre. Era de Dios por antonomasia y por eso era, en sen- tido pleno, santo y “separado para Dios”.

Sólo Dios mismo habría tenido “derecho” a rescatar para sí a su Primogénito —mejor, Unigénito— (Heb 1, 6). Pero, ¿qué sentido podía esto tener, cuando estaba desde siem- pre en el seno del Padre (Jn 1, 18) y “en el principio estaba en Dios” Un 1, 1)?

Pero ese es el misterio de Dios y, por lo tanto, de Jesucris- to: que él, el Primogénito de Dios Padre, es entregado por Dios para que la multitud dispusiera del precio necesario para “rescatar” a su primogénito y a sí misma toda, en orden a una vida verdadera y definitivamente libre, por cuenta de este Cordero que cancela la deuda (Col 2, 14) y la fatalidad de la muerte.

Todo el texto de Lc 2, 22-24 y, en concreto, su no alusión a que se rescatara al niño Jesús está proclamando el miste- rio de su persona y de su vocación. Sin entenderlo en su sentido último, María y José no sólo no rescatan al niño —destinado a morir, llegada su hora, por la voluntad del Padre (Lc 12, 50)—, sino que lo presentan al Señor, con lo cual hacen que aflore una señal de quién era ese niño y para qué ha sido enviado: para ser el “Santo de Dios”, para la “redención […] de todos los pueblos” (Lc 2, 30-31). 7. Ore con más frecuencia.

Señálese algo más de tiempo —no menos de un cuarto de hora— para la oración o alguna lectura espiritual (EE 2: “no el mucho saber… sino el sentir y gustar internamen- te…”). Y esto ha de hacerlo no perezosamente, sino con todo empeño, como si se tratara de una medicina que se recibe con ganas, anhelando sanarse. Y no tema sustraer este breve espacio de tiempo a sus estudios o a sus otras tareas, antes considere que todo lo demás languidecerá si su espíritu no se fortalece.

3. Por tanto, la misma estructura literaria de la primera Carta de san Juan nos orienta hacia el sentido del término

anomía (iniquidad) de 1 Jn 3, 4: pertenece a la serie de

expresiones que describen la realidad espiritual del peca- dor y no su comportamiento moral, su estado interior y no el acto malo que comete.

El sentido del v. 4 se torna entonces claro: aquel que co- mete el pecado no comete sólo una acción moralmente mala y reprensible, sino que también comete la iniquidad, es decir, revela lo que es en el fondo de su ser: un hijo del diablo, alguien que se opone a Dios y a Cristo y que se so-

mete al dominio de Satanás. Este tal se revela como hijo de

las tinieblas, toma parte en la hostilidad escatológica con- tra Cristo y se excluye del Reino mesiánico: “Todo el que obra el mal odia la luz y no se acerca a ella” 0n 3, 20).

NOTAS

6. Cf. A. M. Rojas, “Corazón Misericordioso”, Mensajero del corazón de Jesús 635, 1986, pp. 23-29.

7. Cf H. fW»«K, Teohgia de la Predicación, Ptantín, Buenos Aires, 1950, pp. 69-72; sobre el punto 4, cf. M- Schmaus, Los Misterios del Cristianismo. Herder, Bar- celona, 1960, pp. 281-289.

8. Cf. H. Vanñi, El Apocalipsis, Paulinas, Buenos Aires, 1979, pp. 31-43.

9. Cf. P. Judde, Oeuvres spirituelles, Ii, 1883 (Instruc-

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