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LOS TRES “TIEMPOS” DE ELECCIÓN (EE 175-177)

SÉPTIMA PARTE LA ELECCIÓN O RE FORMA DE VIDA

8. LOS TRES “TIEMPOS” DE ELECCIÓN (EE 175-177)

San Ignacio habla de “tres tiempos para hacer buena y sana elección” (EE 170 ss.), queriendo indicar tres “mo- dos” o maneras de hacer una elección. Pero sirven también —cuando no hay que hacer elección— “para enmendar y reformar la propia vida y estado”, pues dice: “Acerca de los que están constituidos en prelatura o en matrimonio (o sea, cuando ya han hecho otra vez „elección inmutable‟), donde no tienen lugar para hacer elección, aprovecha mu- cho, en lugar de hacer elección, dar forma y modo de en- mendar y reformar la propia vida y estado de cada uno, poniendo su creación, vida y estado para gloria y alabanza de Dios nuestro Señor y salvación (o sea, santidad o salud perfecta) de su propia ánima. Y para venir y llegar a este fin, debe mucho considerar y rumiar por los ejercicios (u horas de oración, de examen…) y modos de elegir (o sea, los „tres tiempos para hacer buena y sana elección‟), según que está declarado, no queriendo ni buscando otra cosa alguna sino en todo y por todo la mayor alabanza y gloria de Dios nuestro Señor. Porque piense cada uno que tanto se aprovechará en todas cosas espirituales, cuanto saliere de su propio amor, querer e interés” (EE 189).

1. Veamos, en primer lugar, cuáles son estos “tres tiempos” o modos de hacer una elección, sea o no de “estado”. 1.1.

“El primer tiempo —dice san Ignacio— es cuando Dios nuestro Señor así mueve y atrae la voluntad —del ejerci- tante—, que, sin dudar ni poder dudar, la tal ánima devota sigue lo que le es mostrado; así como Pablo (Hech 9, 3-9; 22, 6-11; 26, 12-18; Gál 1, 15-17) y Mateo (Mt 9, 9; Me 2, 13-14; Lc 5, 27-28) lo hicieron en seguir a Cristo nuestro Señor” (EE 175).

Un ejemplo más actual de este “primer tiempo” de llamado puede ser el de Juan XXIII cuando decide convocar un concilio, que sería el Vaticano II. Véase Discernimiento y lucha espiritual, Segunda regla de discernir, punto 3.8, pp. 90-94, sobre todo en la nota 35 de la p. 92.

1.2.

“El segundo tiempo, cuando se toma bastante claridad y conocimiento (de la voluntad de Dios acerca de la materia de elección o reforma) por experiencia de consolaciones y desolaciones y por experiencia de discreción de varios espíritus”(EE 176).

Los ejemplos abundan: véase, por ejemplo, el discerni- miento que el padre Godlno, jesuíta portugués, hace en Colmbra para pedir perdón públicamente “por los escán- dalos y desedificaciones que de nosotros —los Jesuítas— había recibido la ciudad de Colmbra” (Discernimiento y lucha espiritual, Segunda regla, punto 4.4, pp. 108-113). Se puede decir que todos los ejemplos que se dan en el libro Discernimiento y lucha espiritual corresponden a este tiempo o modo de elección o reforma de vida.

1.3.

“El tercer tiempo es tranquilo, cuando el ánima no es agi- tada de varios espíritus, y usa de sus potencias libre y tranquilamente” (EE 177).

Un ejemplo clásico es el que presenta I. Iparraqulrre en la Práctica de los Ejercicios de San Ignacio de Loyola en vida

de su autor (1522-1556), elección de estado de J. A. de Vitoria, pp. 259-263.

En el “primer tiempo”, la búsqueda de la voluntad de Dios es, a la vez, encuentro de la misma.

En el “segundo tiempo” la búsqueda de la voluntad de Dios es, a veces, angustiosa, por la sucesión de “consolaciones y desolaciones y por la experiencia de los varios espíritus”. Se distinguen, pues, con suficiente claridad, las dos etapas: la una de búsqueda y la otra, de hallazgo de la voluntad de Dios.

En el “tercer tiempo”, la búsqueda es más tranquila, por- que no existe “variedad de espíritus”; pero aun así se dis- tinguen con claridad ambas etapas, la de búsqueda y la de hallazgo de la voluntad de Dios.

Pero el tiempo o modo de elección es una gracia que de- pende fundamentalmente de Dios y no de nosotros y que debemos aceptar con gratitud, porque cualquiera de los tres tiempos de elección son “un” camino distinto hacia el conocimiento de la voluntad de Dios.

2. Veamos más de cerca el “segundo tiempo para hacer buena y sana elección” o “para enmendar y reformar la propia vida y estado” (EE 189), pues es un modo de elec- ción o reforma que es más frecuente —por gracia de Dios— que los otros.

Diríamos, en general, que hay dos maneras de practicarlo: la una, esperando que se dé en nosotros la “variedad de espíritus”; la otra, provocándola en nosotros.

2.1. Esperamos que se dé en nosotros la variedad de espí- ritus (alegría o tristeza, ánimo o desánimo, coraje o temor y así por el estilo), cuando contemplando la vida de Cristo nuestro Señor, a partir sobre todo del quinto día de la Se- gunda semana (EE 163), prestamos atención no sólo a las Ideas que se nos ocurren, sino a la variedad de espíritus que se suscita en nosotros.

El Señor —y el demonio— “nos hablan” a través de esa variedad de “espíritus”: ánimo o desánimo, coraje o temor, alegría o tristeza… y consolación (EE 316) o desolación (EE 317). Y nos preparamos para entender este lenguaje del Señor —y del demonio— leyendo con atención las reglas Ignaclanas de discernir espíritus (EE 313 ss.). Porque “en la consolación (y cuando experimentamos los sentimientos positivos indicados) nos guía y aconseja más el buen espí- ritu…; y, en la desolación (y cuando experimentamos los sentimientos negativos) el malo” (EE 318).

2.2. ¿Cómo podríamos hacer para “provocar” esta variedad de espíritus, y de consolaciones y desolaciones, y no me- ramente esperarla?

Para ello, podríamos ofrecer, un día o una hora de oración, una de las dos alternativas entre las cuales estamos ha- ciendo elección; y, otro día u otra hora de oración, la otra alternativa y ver, en cada caso, qué sentimos.

Si sentimos consolación (o alegría, ánimo, coraje…), que- rría de clr que al Señor le agrada lo que le hemos ofrecido en ese día u hora de oración; si sentimos desolación (o tristeza), querría decir que al Señor le desagrada lo que le estamos ofreciendo.

Hay que tener en cuenta que, a veces, la conformidad del Señor con lo que le estamos ofreciendo puede manifestarse no con una consolación, sino con una paz, sin ningún otro sentimiento notable: es lo que se llama “consolación nega-

tiva” o sea, falta de desolación, porque “quien calla, otor- ga” si se le da tiempo para que manifieste su disconformi- dad.

Es lo que en la tradición de la Iglesia se llama “argumento del silencio”: si en una época se propaga una doctrina, y ningún Santo Padre habla en contrario, quiere decir que esa doctrina se admite.

En ambos casos, sea que esperemos a sentir consolación o desolación, sea que provoquemos esta variedad, hay que conocer las reglas Igna clanas de discernir pues estas nos indican las señales de la acción de los “dos pensamientos o sentimientos que vienen de fuera, el uno que viene del buen espíritu y el otro del malo” (EE 32). A este conoci- miento de estas “señales” hay que añadir la atención a lo que uno u otro “espíritu” nos sugiere, a propósito de la elección o reforma de vida que estamos haciendo.

3. Hablemos ahora más de propósito del tercer tiempo o “tiempo tranquilo”, o sea, cuando “el ánima no es agitada de varios espíritus” y usa con libertad y tranquilidad de sus facultades (sobre todo de la inteligencia o razón).

San Ignacio indica dos procedimientos distintos en su libro de Ejercicios: el uno en EE 178-183, el otro en EE 184-188. Ambos terminan buscando la “confirmación” del Señor respecto de lo que hemos elegido como voluntad de Dios: o sea, yendo “la persona con mucha diligencia a la oración, delante de Dios nuestro Señor, ofreciéndole la tal elección, para que su divina majestad la quiera recibir y confirmar, siendo su mayor gloria y alabanza” (EE 183 y 188; y recordemos lo que dijimos del “argumento del si- lencio” o “confirmación negativa”).

El primer procedimiento indicado por san Ignacio (el de anotar las razones a favor y en contra de ambas alternati- vas entre las cuales estamos haciendo elección) tiene un uso más general, que vale cuando no estamos tranquilos —cuando no estamos sin “variedad de espíritus”— con tal que entonces anotemos, no sólo las razones a favor o en contra que se nos ocurren, sino también los afectos y sen- timientos que experimentamos respecto de ambas alterna- tivas.

Este procedimiento —a dos o cuatro columnas— tiene la ventaja de que, una vez elegido lo que nos parece ser vo- luntad de Dios para nosotros y confirmado por el proce- dimiento antes indicado (EE 183 y 188), las razones o sen- timientos experimentados a favor de la alternativa contra- ria —o en contra de la alternativa elegida— pueden ser luego fuente de “tentaciones” contra nuestra elección (o mejor, contra la elección del Señor, porque —como dice en Juan 15,16— “No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido…”).

4. Nos queda algo para decir a propósito del primer tiem- po, “cuando sin dudar ni poder dudar, la tan ánima devota sigue lo que le es mostrado” (EE 175).

Parece que no hay nada que decir: Dios habla… y no queda otra cosa que, escuchando lo que dice, hacerlo y ser así como “el hombre prudente que edificó su casa sobre roca” (Mt 7, 24-25).

Pero hay que tener en cuenta las reglas ignacianas llama- das de la Segunda semana, pues estas nos dicen que “con causa pueden consolar al ánima así el buen ángel como el malo (EE 331), porque este último puede formarse “ángel

de luz” (EE 332; 2 Cor 11, 14) y confundirnos. Es decir, hay que tener en cuenta que una consolación “con causa” pue- de parecemos a nosotros como consolación “sin causa” (EE 330; y que, mientras que en esta segunda no puede haber engaño (a no ser después de ella, EE 336), sí lo puede ha- ber en la primera (EE 333).

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