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@ CORRECCIÓN HASTA ACA

11. EL APOCALIPSIS EN LA PRIMERA SEMANA

Hay una parte del Apocalipsis que nos puede ayudar a hacer la Primera semana de los Ejercicios ignacianos: el prólogo (1,1-3) y la introducción de la primera parte (1, 4-8) con la visión inicial (1, 9-20); y las cartas a las siete Iglesias (2, 1 -3, 22).‟

1. El prólogo (1, 1-3): este fragmento cumple con la función literaria de prólogo, pues introduce en lo vivo de la obra, presenta sus características fundamentales, y especifica su fuerza de atracción sobre los lectores.

El libro se presenta como una “revelación de Jesucristo” (1, 1): es decir, hecha por Jesucristo. Pero su origen último es Dios y, en algún modo, don suyo, y como tal hay que reci- birlo. Y esta revelación tiene como objetivo suyo específico “lo que va a suceder enseguida”.

Dios realiza esta revelación “por medio de un ángel”, en- viado “a su siervo Juan”, quien expresa por escrito cuanto le es manifestado, de modo que la revelación llega a ser así “el testimonio de Jesucristo” (v. 2), o “palabra de Dios” (ibid.), destinada a la lectura litúrgica: habrá uno que lee y muchos que escuchen.

De este modo, la palabra de Dios reúne y atrae a cada cris- tiano, ejerciendo sobre ellos una acción profética y de ilu-

minación que, a continuación, será mejor precisada, pero que ya desde ahora despierta su vigilante atención.

2. Introducción (1, 4-8) y visión inicial (1, 9-20): primero la introducción, que es una celebración doxológica que se articula en cuatro tiempos, caracterizados, el primero y el último, por la expresión “el que es, el que era, el que viene”; y el segundo y el tercero por el “amén”.

El primer elemento de la doxología es una intuición de Dios, relacionada con la historia de la salvación: Dios es el que determina el pasado, presente y futuro; tiene la plena iniciativa en la historia humana en orden a la salvación. La vaga mención de los “siete espíritus” apela al Espíritu Santo con sus siete dones. Se pasa después a Cristo y se ponen de relieve sus atributos de testimonio o testigo fiel respecto de las promesas de Dios, de primogénito y de príncipe o jefe en el desarrollo del plan salvífico. En un presente continuado, él nos ama y este amor lo ha llevado, en el pasado, a dar su vida para construir el reino de sa- cerdotes para Dios Padre, es decir, el nuevo pueblo de En lo venidero, como final del desenvolvimiento histórico de la salvación, Cristo retornará y habrá un juicio que, algunos —los que no hayan aceptado su testimonio— será de condenación.

La visión inicial (1, 9-20): en ella Cristo es presentado, todo, en términos simbólicos. Su figura emerge de cada uno de los elementos brutos, los cuales exigen una elabo- ración personal reflexiva. Cristo se presenta como aquel que está presente en medio de su Iglesia que ora (v. 12), en la cual despliega una misión sacerdotal (v. 13). Él es el Mesías en el sentido más completo y trascendente: las prerrogativas divinas, bajo rasgos descriptivos reservados Dios en el Antiguo Testamento, se encuentran en él (w. 14-15). Presente activamente en la Iglesia, Cristo le asegura la inmortalidad y, entretanto, la juzga y la purifica con el poder de su Palabra, una espada de dos filos sale de su (v. 16).

A la presentación, hecha en términos simbólicos, sigue una descripción en términos reales: Cristo se califica expresa- mente como muerto y resucitado (v. 18). Como consecuen- cia de este hecho fundamental, manifiesta tener en su mano, energéticamente, todo el desarrollo de la salvación (w. 17-18). En esta condición, confiere a Juan el encargo de escribir (w. 19-20).

3. Las siete cartas (2,1—3, 22): dirigidas a las “siete” Igle- sias, las cartas deben considerarse, por esto mismo, como un mensaje a la Iglesia universal (el número “siete” totalidad).

Es Cristo el que habla y lo hace siempre en primera perso- na: él juzga así, mediante su Palabra, a la Iglesia entera. Pone de relieve los aspectos positivos, alienta al compro- miso y a la prueba; por otra parte, fustiga duramente toda forma de flaqueza.

Mediante esta acción judicial de Cristo, la Iglesia es puri- ficada interiormente y se pone en condiciones de interpre- tar su hora en relación con las fuerzas hostiles externas (este será el objetivo de la Segunda semana de los Ejerci- cios y, por otra parte, de la segunda parte del Apocalipsis, la que esta primera parte introduce).

Cada una de la cartas presenta un esquema literario fijo y elaborado. Después del destinatario, sigue una au- to-presentación de Cristo que, en general, se vincula a la

visión inicial. Luego tiene lugar el juicio de la Iglesia desde el punto de vista positivo y negativo. Siguen dos exhorta- ciones: una, más particular, con referencia a la situación concreta de cada Iglesia; otra, más general y siempre la misma, que invita a escuchar la voz del espíritu. Concluye el esquema con la promesa de un premio escatológico a quien venza.

3.1. Carta a la Iglesia de Éfeso (2,1-7): Cristo se presenta a la Iglesia de Éfeso propiamente en calidad de salvador que, presente a la totalidad de la Iglesia en oración —en medio “de los siete candeleros de oro” (v. 1)—, le asegura con su fuerza mesiánica —es “el que tiene las siete estrellas” (ibid.)— el logro de la dimensión trascendente.

El juicio de la Iglesia es sustancialmente positivo: Cristo alaba la constancia, la rectitud, la ausencia de compromi- sos doctrinales. Pero… la Iglesia corre un riesgo: después de un comienzo fervoroso, está ahora deslizándose a una situación de estancamiento y su amor a Cristo se enfría. El riesgo es grave: si la Iglesia continúa en este alejamiento, podrá ser separada del contexto vital de las Iglesias donde ahora tiene su lugar. Urge, pues, un arrepentimiento que lleve a una decidida renovación. Como las demás Iglesias, también ella debe aplicarse, con una atención particular, a percibir “lo que el Espíritu dice a las Iglesias” (v. 7).

3.2. Carta a la Iglesia de Esmirna (2, 8-11): Cristo se pre- senta a la Iglesia en la realidad luminosa de su misterio pascual. Es “el que murió y ha vuelto a la vida” y ahora es principio y el fin —el Primero y el Último— de la historia la salvación.

La Iglesia se encuentra en una difícil situación: es objeto persecución de parte de los judíos y es pobre (v. 9); las dificultades tenderán a aumentar en un futuro próximo. Pero Cristo vigila sobre la Iglesia y la asiste: su pobreza se convertirá en riqueza, los días de la tribulación están con- tados; si ella continúa siendo fiel hasta dar su vida, obten- drá en premio la inmortalidad (v. 10) y la “muerte segun- da” —la perdición definitiva, de la cual la muerte actual es sólo una pálida imagen— no tendrá poder sobre ella (v. 11). 3.3. La palabra de Cristo, dirigida a la Iglesia de Pérgamo, actualiza su irresistible fuerza, “la espada aguda de dos filos” (v. 12): en Pérgamo, centro notorio de paganismo, está “el trono de Satanás” y, aunque la Iglesia ha resistido hasta dar la vida por la fe (v. 13), hace sin embargo sentir su contagio en una serie de ideologías de inspiración pa- gana que serpentean en ella. El autor las denomina por sus nombres del Antiguo Testamento, Balaam-Balac (Núm 31, 16; 25, 1-2), que recuerdan precisamente la contaminación pagana de Israel y son una advertencia para la Iglesia de todos los tiempos (w. 14-15). Es necesaria una conversión, que es posible y casi se da por descontada. En efecto, a quien vence le está prometida la eucaristía —”el maná escondido”— y, además una personalidad renovada —”una piedra blanca… [donde] escribiré un nombre nuevo”— que pondrá a cada cristiano en relación personal e irrepetible con Cristo (v. 17).

3.4. La situación de la Iglesia de Tiatira es más bien movi- da: por una parte, el fermento lozano de elementos positi- vos —”tus obras, tu amor, tu servicio, tu constancia”—; por la otra, la insidia de un paganismo materialista (v. 20), que amenaza mellar la vitalidad de la Iglesia. Es una insidia siempre presente —como lo sugiere el nombre de Jezabel,

dado a una protagonista de esta corriente pagana en Tiati- (1 Rey 16, 21)— y que constituye una grave amenaza. entonces una intervención de Cristo que, tendiendo a eli- minar el mal, podrá ser importante para aquellos que han permanecido fieles (vv. 20-24). La Iglesia deberá, por lo tanto, mantener su vitalidad, no obstante las dificultades (v. 25). La victoria así obtenida no sólo asegurará, en últi- mo término, la incolumidad de la Iglesia, sino que también le permitirá asociarse a la acción misma de Cristo contra el mal (w. 26-27).

3.5. Cristo se presenta a la Iglesia de Sardes como el que tiene “los siete espíritus de Dios”, es decir, la plenitud del Espíritu. A la Iglesia se le reprocha el vivir en una contradictoria: a una vida aparente se contrapone la reali- dad de la muerte espiritual (v. 1). Se trata de una situación moral negativa, no precisada en detalle, pero grave. La Iglesia es llamada a sacudirse, a colmar sus lagunas, a salvar aquello que todavía es salvable (v. 2). La exigencia de un sacudimiento espiritual que, eliminada la pereza, lleve a la vigilancia está subrayada por la amenaza de una visita imprevista y punitiva de parte de Cristo. Pero la si- tuación de la Iglesia de Sardes no es totalmente negativa: un número reducido de personas que “no han sus vestidos”, que se han mantenido en una situación mo- ral positiva, evitan prácticas idolátricas o inmoralidades sexuales. Su validez moral subsistirá en un nivel trascen- dente ante el Padre y los ángeles y esto sucederá por obra de Cristo (vv. 4-5).

3.6. La situación de la Iglesia de Filadélfia es delicada: ella se ha mantenido plenamente fiel en un clima de sufri- miento y persecución, pero ahora se acerca al límite de sus fuerzas. Cristo, sea como fuere, la sigue: su amor vela por ella. Manteniendo su fidelidad, obtendrá la corona del triunfo, será como una columna permanente en el templo celestial y verá plenamente actuada en sí misma la salva- ción mesiánica propia de Cristo resucitado (vv. 11-12). 3.7. El juicio de la Iglesia de Laodicea pone de relieve una situación negativa particularmente riesgosa: existe en ella un estado de indiferencia, de obtusidad moral que, para- dójicamente, aparece todavía más repugnante que una situación absolutamente negativa (w. 15-16). La Iglesia se cree perfecta y es desenmascarada dramáticamente por Cristo. La finalidad del severo juicio de Cristo es pedagó- gica (en el Antiguo Testamento, Prov 3, 12; en el Nuevo Testamento, Heb 12, 5-11) y tiende a que la Iglesia su fervor espiritual (v. 19). Si acepta el amor de Cristo, se establece entre el cristiano y Cristo un lazo de intimidad gozosa (v. 20).

12. CONOCIMIENTO DE LAS FRASES QUE NOS MO-

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