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8. CONOCIMIENTO INTERNO DEL SEÑOR (EE 104)

El Espíritu Santo ejercita en la humanidad una acción que lleva al conocimiento de Dios; conocimiento que no sólo —ni principalmente— es teórico, sino que se constituye en fundamento de la conducta práctica y de la vida. Caracte- rística de la acción del Espíritu Santo es hacer conocer a Dios como Señor de los acontecimientos de la historia de salvación.

Podríamos definir este conocimiento como vital, que no proviene simplemente del estudio ni se debe principal- mente al propio talento ni a la capacidad que la persona tenga para aprender. Claro está que el estudio y la atención son condiciones que, a veces, se anteponen o se presupo- nen a esta acción del Espíritu. Está claro también que la buena voluntad del hombre es indispensable y que sin ella el Espíritu Santo no actuará. Ello, no obstante, lo que que- remos expresar es que solamente el conocimiento propor- cionado por el Espíritu alcanza al Dios viviente que, como tal —y por esto mismo— penetra profundamente la vida real.

Todo el Antiguo Testamento está lleno de este Espíritu que nos hace conocer a Dios. No se trata de un conocimiento cualquiera de Dios, sino de un conocimiento tal que in- troduzca en la historia del hombre la posibilidad de vivir para Dios. Una presencia de Dios tan luminosa, que sea capaz de transformar la vida del hombre.

Existen, por así decirlo, dos conocimientos de Dios. Uno que proviene del ejercicio de mi inteligencia: es este un conocimiento de Dios no exento de valor, conocimiento propio del filósofo, que puede ser una sana propedéutica para la etapa siguiente. Y existe, además, otro conoci- miento: el conocimiento bíblico de Dios, que no es un me- ro conocimiento intelectual, sino amor; un amor que se manifiesta “más en las obras que en las palabras” (EE 230) y que, por tanto, implica cumplir sus “mandamientos”, que no son meramente los que se enumeran en el decálogo, sino sobre todos los mandatos —o, como se dice tradicio- nalmente, los “consejos”— que el Señor le manifiesta a cada uno, distinguiéndolo de los demás (Jn 15, 16).

2.1. Este Dios, así conocido, es Yahveh, el Dios de la zarza ardiente, aquel Dios que transformó completamente la vida de Moisés: mientras en el capítulo 2 del Éxodo Moisés trató de liberar a su pueblo aplicando su inteligencia, su ciencia, su poder humano, sólo logrando huir derrotado a Madián (Éx 2, 11-15), en el capítulo 3 del mismo libro, ante la zarza ardiente, resulta inflamado por un conocimiento nuevo de Dios —obra del Espíritu—, y se vuelve así capaz de liberar a su pueblo, como instrumento del poder crea- dor de Dios.

Se trata de un conocimiento que podríamos llamar divino, porque supera toda capacidad humana: el conocimiento de Dios como Señor o, como decían los hebreos, del Adonai, el Dios de los dioses, el Dios de mi salvación.

El Adonai puede ser impreso con fuerza en nosotros, como le sucedió a Moisés con la zarza ardiente y no existirá nin-

guna otra fuerza que pueda sustituirse a la zarza ardiente para hacerme alcanzar un conocimiento de Dios que sea liberador de mi vida concreta y que pueda, por ende, con- ducirme a la salvación (Éx 4, 1-17).

El mismo Dios se nos presenta, en el Antiguo Testamento, cuando llama a Abraham y este sale de su patria para un país desconocido, con una mujer estéril, porque el Adonai lo ha llamado y le ha prometido una posteridad (Gn 12, 1-4, con nota de BJ).

Y cuando llama a Samuel y lo consagra como profeta de su pueblo (1 Sam 3,1-10).

Y cuando elige a Gedeón, cuyo “clan es el más pobre de Manasés y el último en la casa de mi padre” (Je 6, 11-24). Y cuando elige a Isaías como su mensajero, “un hombre de labios impuros, y que habita entre un pueblo de labios impuros” (Is 6,1-8).

Y cuando le comunica a Jeremías que, “antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes de que nacieses, te tenía consagrado” (Jer 1, 4-10) como profeta de su pueblo.

3. En el Nuevo Testamento este Dios salvífico, conocido de una manera fuerte y capaz de convertirse en el fundamen- to de la conducta práctica, es el Kyrios, el Señor, el Hijo de Dios “hecho carne”^ 1, 14).

A Jesucristo se le atribuyen los caracteres divinos que co- rresponden al Adonai del Antiguo Testamento.

El gran tránsito de la generación hebraico-cristiana con- sistió en que esta generación —por ejemplo, los habitantes de Jeru- salén que se convirtieron al cristianismo— le aplicó a Jesucristo, a Jesús de Nazaret, los caracteres del Dios Adonai, afirmando de él que era el Dios de los dioses, capaz de arrancar de la muerte y de la tumba, imprimién- dose en cada uno y llegando a ser el Dios de la vida. Era este un punto difícil: no se trataba de atribuirle a Jesús de Nazaret un carácter divino cualquiera, sino precisa- mente aquel carácter único que el Antiguo Testamento exalta, aquella trascendencia vital capaz de hacer del pue- blo de Dios un pueblo que camina hacia la salvación, para salvar a toda la humanidad.

Este pasaje y esta atribución a Jesús de Nazaret de la glo- ria del Adonai, el Dios viviente, producida por el Espíritu Santo, constituyó el drama, y por momentos la tragedia, de san Pablo: él, que conocía toda la gloria del Adonai y sabía cómo el poder de la zarza ardiente había obrado en Moi- sés, debió sostener una lucha terrible antes de admitir que Jesús de Nazaret pudiese ser, él mismo, el sujeto de esta gloria infinita del Padre.

Es esta la lucha terrible que Pablo describe en tantos pasa- jes de sus cartas, pero quizá en ninguna con tanta preci- sión como en el capítulo 3 de la Carta a los filipenses. Dice el Apóstol, en el v. 3, que “nos gloriamos en Cristo Jesús, sin poner nuestra confianza en la carne”, guiados por el Espíritu Santo de Dios. Lo cual quiere decir que el Espíritu Santo, que ya había obrado por los profetas, ha- ciéndoles reconocer el verdadero Dios por encima de todos los ídolos, ahora obraba en el Nuevo Testamento, haciendo reconocer en Jesús de Nazaret el misterio de Cristo Señor. Y continúa: “Aunque yo tengo motivos para confiar tam- bién en la carne. Y si algún otro cree poder confiar en la carne, más yo”. Y enumera todos los títulos por los cuales

podría confiar en la carne (v. 3, nota de BJ), vale decir, en su ascendencia hebrea. Pero añade que todo “lo que para mí era ganancia (incluida la gloria de ser judío), lo he juz- gado una pérdida a causa de Cristo. Y más aun: juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús” (w. 7-8).

He aquí que, con una frase de una fuerza sin par, guiado por el Espíritu de Dios, san Pablo logra hacer una transpo- sición sublime. Se da cuenta de que Cristo es su Señor y que él tiene de Cristo un conocimiento superior. Por vía de este conocimiento sublime, habiendo atribuido a Cristo Jesús, el Kyrios, el carácter de Adonai, añade:

“Por quien perdi todas las cosas y las tengo por basura para ganar a Cristo y ser hallado en él, no con la justicia mía, la que viene de la Ley, sino la que viene por la fe en Cristo” (w. 8-9).

Cristo Jesús, en suma, resume en sí todos los caracteres divinos por medio de los cuales el hombre es capaz de vivir dentro de sí esta su imagen de Dios y ser arrebatado, en el conocimiento del amor de Cristo, de la carnalidad de las cosas y ser llevado a un mundo diverso y nuevo en el cual Dios dominará con su poder la vida humana concreta. Leamos una vez más, en la misma Carta a los filipenses, el capitulo 2, allí donde Pablo habla del Jesús humillado, descendido hasta lo profundo de los abismos y, finalmen- te, glorificado precisamente por su muerte en cruz.

“Por esto —termina diciendo san Pablo— Dios le exaltó y le dio el nombre que está por sobre todo nombre, a fin de que al nombre de Jesús se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los infiernos, y toda lengua confiese que Jesús, el Cristo, es el Señor para gloria de Dios Padre” (w. 9-11, con notas de BJ).

Nosotros no podemos, dejados a nosotros mismos, enten- der con nuestra inteligencia humana el poder divino del Señor Jesús. Sólo la venida del Espíritu Santo puede ha- cernos comprender todo esto y debemos pedirlo y pedirlo, hasta conseguirlo. De hecho, en el capítulo 2 de los He- chos, la venida del Espíritu Santo hace efectivamente que los apóstoles, que sin embargo ya conocían a Jesús por sus enseñanzas, milagros, profecías y parábolas, se dejen do- minar en su vida por Cristo-Adonai-Kyrios, realizando por tanto plenamente aquel concepto que habíamos visto en el Antiguo Testamento: es el Espíritu del Señor, el Espíritu Santo de Dios aquel que puede hacer conocer a Jesús de manera vital, hacérnoslo reconocer como Señor y hacer que él domine enteramente nuestra vida de cada día. De otro modo, no tendremos de Cristo sino un conocimiento imperfecto, “según la carne” (2 Cor 5, 16 con nota de BJ): sabremos teología, podremos conocer de él tantas cosas maravillosas, podremos incluso ser sus admiradores, como tantos lo fueron durante su vida “según la carne”; pero, para poder conocer “internamente” (EE 104, y durante toda la Segunda semana) que Cristo es el Señor y dejarnos dominar por él en nuestra conducta práctica de vida, de tal manera que nos dejemos conducir por él, por su poder, hasta la salvación… para esto se necesita un conocimiento supereminente de Cristo. Este conocimiento superemi- nente de Cristo es la obra del Espíritu Santo que ha venido a nosotros.

4. Esta venida del Espíritu Santo en nosotros ya se ha dado en el bautismo. Se reitera todas las veces que recibimos un

sacramento, que asistimos a una eucaristia, que hacemos una visita al Santísimo… o que, en el silencio de nuestra oración —por ejemplo, cuando estamos haciendo Ejerci- cios Espirituales— pedimos, como dice san Ignacio, “cono- cimiento interno del Señor para que más le ame y le siga” (EE 104).

Este conocimiento “interno” del Señor no es cualquier conocimiento, sino un conocimiento de Jesús como Señor. Conocimiento que, como dijimos más arriba, no es mera- mente intelectual, sino amor y amor que se manifiesta “más en las obras que en las palabras” (EE 230) y que nos hace que lo sigamos, obedeciendo sus mandatos, que no son sólo los que se enumeran en el decálogo, sino sobre todo los mandatos —o como se dice tradicionalmente, los “consejos”— que el Señor le manifiesta a cada uno, distin- guiéndolo de los demás (Jn 15, 16).

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