@ CORRECCIÓN HASTA ACA
10. LOS MISTERIOS DE LA VIDA DE CRISTO NUESTRO SEÑOR (EE 261)
Es el tema de las horas de oración de la Segunda a la Cuarta semana de los Ejercicios inclusive y ha de ser to- mado de los Evangelios, pudiéndose completar con datos tomados de la tradición que nos habla “píamente”—como dice Ignacio— de “una asna y una ancilla (o esclava) y un buey” (EE 111), sin olvidarse de ponerse —uno mismo— como parte de la escena evangélica, “haciéndome yo un pobrecito y esclavito indigno, contemplándolos y sirvién- dolos, como si presente me hallase” (EE 114)/
1. La contemplación de los “misterios de la vida de Cristo nuestro Señor” (EE 261-312) hay que prepararla a partir de lo que san Ignacio llama “el fundamento verdadero de la historia” (EE 2), que es el primer sentido del texto o “sentido literal” o primitivo del mismo, en su contexto histórico. A esto puede ayudar una exégesis sana, que es sierva de la contemplación y que debe dejar en libertad al ejercitante para que la realice bajo la acción del Espíritu Santo, autor de las Escrituras, y que es la última fuente de la contemplación propia de los Ejercicios ignacianos Un 14, 26, con nota de BJ).
La exégesis moderna debe, pues, saber respetar las luces que el Espíritu Santo descubre al alma en la que él ha puesto su morada. Su papel es normativo para indicar el primer sentido y la dirección original, porque precisa el sentido de los hechos y dichos en su fuente. Pero por estar al servicio de la palabra de Dios ella se detiene en el um- bral del diálogo que Dios instaura con los suyos, en la in- timidad misma de esta Palabra, que expresa con inefable amor.
La preparación debe ser sobria —como lo muestra el mis- mo san Ignacio cuando desarrolla, en los Ejercicios, algu- nas contemplaciones, como la de la encarnación (EE 101-109) o la del nacimiento (EE 110- 117) o las que inician la Tercera y la Cuarta semana— y no hay que preparar para cada día más de uno —como mucho dos— de los misterios de la vida de Cristo nuestro Señor. Así queda tiempo para repeticiones (EE 118-120) y, sobre todo, para la “aplicación de los sentidos” (EE 121- 126), que incluso puede intentar- se —si uno tiene práctica de la contemplación ignaciana— ya desde la primera hora de oración en el día.
Una excepción a esta norma de uno o a lo más dos miste- rios por día, puede ser la Tercera y la Cuarta semana en las que, como suelen contar con pocos días (cuatro cada una, por ejemplo), puede ser necesario repartir, todos los mis- terios en esos pocos días.
Por el contrario, en tiempo de elección o reforma de vida puede ser necesario preparar sólo un misterio por día, porque hay que dar tiempo a la elección o reforma de vida, pensando en sus términos y en las razones o sentimientos que se nos ocurren a favor y en contra de los mismos y anotarlos brevemente pero con mucha exactitud, pues aquí vale de un modo especial lo que dice san Ignacio, en las “Notas de elección dadas de palabra”, de “avisar, al que se ejercita, que escriba sus conceptos y mociones”.
Ahora bien, si cada día conviene avanzar lentamente en la contemplación —a razón, como dijimos de uno o dos mis- terios por día—, es conveniente echar hacia atrás una mi- rada; y, como dice san Ignacio: “traer en memoria —durante el día y en las horas de oración— frecuentemen- te la vida y misterios de Cristo nuestro Señor, comenzando de su encarnación hasta la vida y misterio que voy —cada día— contemplando” (EE 130, Sexta adición), tratando de tener, ante los ojos, el “misterio de Cristo” en su globali- dad, como explícitamente lo indica Ignacio, respecto del misterio de la cruz, en EE 116 (“mirar y considerar lo que hacen, así como el caminar y trabajar, para que el Señor sea nacido en suma pobreza, y al cabo de tantos trabajos, de hambre, de sed, de calor y de frío, de injurias y afrentas, para morir en cruz, y todo esto por mí”) y en EE 206 (“trayendo en memoria frecuentemente los trabajos, fati- gas y dolores de Cristo nuestro Señor, que pasó desde el punto que nació hasta el misterio de la pasión en que al presente me hallo”).
2. Después de esta preparación de cada contemplación hay que entrar en ella tratando de llegar al contacto inmediato con el misterio de Cristo, hasta el punto de que hay que imaginar —como dice san Ignacio— que uno mismo está también allí, “contemplándolos y sirviéndolos” a las per- sonas evangélicas, según sean estas (EE 114). Para este contacto hay que “ver a las personas, las unas y las otras, y oír lo que hablan y mirar lo que hacen” (EE 106-108): si sólo se consideran las palabras, prescindiendo de las per- sonas que las pronuncian, se haría “meditación” —como en la Primera semana— y no contemplación de los misterios de Cristo, como corresponde desde la Segunda a la Cuarta semana inclusive. También se haría “meditación” si se razonara como lo hacen las fichas de lectura.
De ahí la importancia que tiene —como lo dice san Ignacio en la contemplación del nacimiento— el imaginarnos que cada uno de nosotros es un personaje más que interviene en la contemplación:
“El primer punto es ver a las personas, haciéndome yo un pobrecito y esclavito indigno, mirándolos, contemplándo- los y sirviéndolos en sus necesidades, como si presente me hallase, con todo el acatamiento y reverencia posible” (EE 114).
Algo equivalente hay que hacer en cada una de las con- templaciones siguientes de la vida de Cristo, siempre for- mando parte de la historia evangélica. Porque no hay que despreciar la imaginación —que es uno de los usos que tiene la inteligencia humana— para sentirnos parte de la
historia evangélica y contemplar —no como espectador meramente tal, sino como parte— el misterio de Cristo, desde dentro del mismo y no meramente desde fuera. Así se actualiza el misterio de Cristo en los Ejercicios de cada ejercitante y este puede escuchar, con el sentido que esta palabra tiene en la Escritura, que no es sólo oírla exte- riormente, sino abrirle el corazón (Hech 16,14), ponerla en práctica (Mt 7, 24 ss.), obedecerle con obediencia de fe (Rom 1, 5 con nota de BJ) —escuchar, digo— el “mensaje” —o “provecho” (EE 106 y passim)— que para él tiene lo que ve u oye en la contemplación del Evangelio, como si el acontecimiento que contempla tuviera que ver con él di- recta y personalmente, hasta el punto de “contemplarlo y servirlo” al Señor (EE 114).
Una de las dificultades que se puede presentar a los ejerci- tantes es el considerar los misterios de la vida de Cristo como hechos o acontecimientos meramente pasados, sin ninguna relación real con su vida presente. Para evitar esta dificultad hay que presentar los temas de las contempla- ciones como actuales. Es decir, como misterios del Cristo glorioso, que ejerce su influjo en cada ejercitante. Consi- guientemente, estos, cada uno a su modo, reviven la expe- riencia de Cristo, viviente ahora: en cualquier momento histórico hay una actualización del misterio de Cristo en la propia situación concreta del individuo. Para esta pre- sencialización puede ayudar el ejemplo que nos da la litur- gia, que reactualiza perpetuamente en nosotros los miste- rios de Cristo: “Hoy nos ha nacido Cristo”, “Hoy Cristo, que padeció, ha resucitado”, etc.
Notemos que toda contemplación de los Ejercicios co- mienza bajo la mirada de Cristo (EE 75, Tercera adición: “Un paso o dos antes del lugar donde tengo que contem- plar, me pondré de pie, alzado el entendimiento, conside- rando cómo Dios nuestro Señor me mira, etc.”).
Continúa haciendo una petición a este Señor, resucitado y glorioso, para que me dé su gracia “para que todas mis intenciones, acciones y operaciones sean puramente or- denadas en servicio y alabanza de su divina majestad” (EE 46), porque él va a estar presente y actuante durante toda la contemplación de su “misterio”, hasta el coloquio —que no tiene por qué dejarse para el final, sino que se puede ir haciendo durante toda la hora de oración—, que cierta- mente hay que hacerlo “propiamente así como un amigo habla con otro o como un siervo a su Señor, cuándo pi- diendo alguna gracia, cuando culpándose por algún mal hecho, cuando comunicando sus cosas y pidiendo consejo en ellas” (EE 54), a él, que es el “ángel del buen consejo” (Is 11, 2, con nota de BJ) y que ha resucitado y vive para siempre a nuestro lado.
El Cristo actual, resucitado y glorioso, está presente desde el principio (Tercera adición) al fin de la contemplación (coloquio) y no puede faltar en su núcleo, que es el tema o “misterio” de la contemplación: es a él a quien vemos en- carnarse (EE 106-108), nacer (EE 114-116), ser bautizado (EE 161), etc.
Esta actualización del misterio —y la consiguiente presen- cia del ejercitante dentro del mismo— nos permite alcan- zar el objetivo de toda contemplación que es, en la Segun- da semana, el “conocimiento interno de Cristo para que más le ame y le siga” (EE 104; o como dice en otro lugar, “para más seguir e imitar al Señor nuestro, así nuevamente
encarnado”, EE 109) y el objetivo de la Tercera y Cuarta semana, que es unirnos más al Cristo actual, sintiendo “dolor, sentimiento y confusión, porque por mis pecados va —y no dice, “ha ido” en el pasado— el Señor a la pasión (EE 193; o como dice, aun con mayor claridad, “dolor con Cristo doloroso, quebranto con Cristo quebrantado, lágri- mas y pena interna de tanta pena que Cristo pasó por mí”, EE 203).
En cualquiera de los tres casos —Segunda, Tercera y Cuar- ta semana— se trata de un crecimiento en la unión con Cristo, en la identificación con él, de manera que —como dice san Pablo— “no vivo yo, sino que Cristo vive en mí; la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gál 2, 20, con notas de BJ).
El “conocimiento interno de Cristo” —objetivo de la Se- gunda semana, pero que lo es, en su forma de “compade- cer” y “con-go- zar” con Cristo, también objetivo de la Tercera y la Cuarta semana— no es puramente intelectual, sino muy principalmente fruto del amor, como aparece en la parábola del buen Pastor: “Conozco a mis ovejas y mis ovejas me conocen a mí. Como el Padre me conoce a mí y yo conozco al Padre” (Jn 10, 14-15, con nota de BJ). Este conocimiento es, por tanto, una entrada en la vida trinita- ria, una participación en Cristo del conocimiento mutuo del Padre y del Hijo.
La expresión “conocimiento interno” tiene el sentido bí- blico del “conocer” que la Biblia no despliega en un con- texto de ciencia sino de vida. En efecto, para el semita,
conocer desborda el saber humano y expresa una relación
existencial: conocer alguna cosa es tener experiencia con- creta de ella. Para toda la Biblia, conocer es entrar en una gran corriente de vida y de luz que brota del corazón de Dios y que vuelve a conducir a él. Es, como dice Pablo, vivir “en Cristo”, donde se funde el conocimiento interno del Jesús de la historia y el del Cristo de la fe, resucitado y contemporáneo.