@ CORRECCIÓN HASTA ACA
25. CONFESIÓN DE LOS PECADOS, CONFESIÓN DE FE
San Ignacio pondera, en uno de los documentos de la Pri- mera semana, la confesión general por tres “provechos”: “el primero, por el mayor dolor actual de todos los pecados
de toda su vida. El segundo porque, como en los Ejercicios Espirituales se conocen más interiormente los pecados y la malicia de ellos, habrá mayor provecho y mérito. El tercero porque, estando más bien confesado y dispuesto, se hallará más aparejado para recibir el santísimo sacramento de la eucaristía, cuya recepción no solamente ayuda para que no caiga en pecado, más aun para conservarse en aumento de gracia.” Vamos ahora a considerar un aspecto de la confe- sión que se recuerda poco: no sólo es confesión de los pe- cados, sino —y principalmente— es confesión de fe.” 1. Si existe hoy una palabra cuyo sentido parezca claro es esta de “confesión”: ir a confesarse, buscar un sacerdote para confesarse y tantas otras expresiones designan, en el lenguaje corriente de los cristianos, un acto bien determi- nado que no necesita mayores explicaciones. Se trata de ir en busca de un sacerdote para decirle las propias faltas y recibir su perdón.
Pero ¿se trata solamente de esto? ¿Es verdad que los pe- cados se confiesan —solamente— a un sacerdote y a él se le pide perdón?
Sin necesidad de internarnos en indagaciones filológicas demasiado eruditas, es bueno recordar que la palabra cas- tellana “confesión” deriva del latín confíteor, que esen- cialmente significa “reconocer” o “profesar”. En los pri- meros siglos de la Iglesia se utilizaba el término “confeso- res” para designar a los cristianos que, sometidos a los interrogatorios y a las torturas por parte de los persegui- dores, habían inquebrantablemente “profesado” la fe. Los “confesores de la fe” eran aquellos para los cuales la vida misma tenía menos importancia que la adhesión a Dios y la proclamación de la fe en Jesucristo.
Pero el término confíteor tiene otro sentido que se en- cuentra frecuentemente en la versión o traducción latina de los salmos. Contemplando la grandeza y la misericordia de Dios, el creyente exclama: “Por eso te bendeciré (en latín, confltebor) entre los gentiles y ensalzaré tu nombre” (Sal 18 [17J, 50, citado por Rom 15, 9).
Ahora bien, es precisamente esto lo que significa el título que san Agustín le dio a su escrito autobiográfico: a pesar de la interpretación que muchos le han dado —y aún le dan—, el libro de las Confesiones es esencialmente el libro en el cual Agustín reconoce y proclama la misericordia y la bondad que Dios ha tenido con él.
Pero, aun en los tiempos del mismo san Agustín, algunos están tentados de olvidar la importancia de esta “confesión de alabanza”.
En el transcurso de uno de sus sermones, comentando el comienzo del Salmo 118 (117) (“Confesad al Señor, porque es bueno”), san Agustín juzga necesario precisar lo si- guiente:
“Hay dos clases de confesiones: ia confesión de aquel que alaba a Dios, y la del que se arrepiente de sus faltas. Hay personas poco instruidas que apenas oyen la palabra „con- fesión‟, inmediatamente se golpean el pecho, como si no hubiera otra confesión que la de los pecados. Pero, como bien sabéis, la confesión no concierne solamente a los pe- cados. Basta con oír la exclamación de Aquel que es sin pecado y que dice: „Yo te bendigo (confíteor tibí). Padre, Señor del cielo y de la tierra‟ (Mt 11, 25). Aquel que dice
2. Toda confesión de los pecados debe ser al mismo tiempo una confesión de alabanza.
Los “confesores de la fe” hacen una proclamación pública de su fe: delante de todos, dan testimonio de su adhesión a Dios y de la importancia capital de esta fe en sus vidas. Frente a esta proclamación pública de la fe, ¿no nos resulta extraña la manera secreta y furtiva —por no decir vergon- zante y oculta—con que algunos conciben la confesión de los pecados? Nosotros, en cambio, deberíamos hacer que nuestra confesión de los pecados sea una verdadera “con- fesión de fe”.
Hoy en día, nuestras “celebraciones penitenciales” son una manera de expresar hasta cierto punto esta dimensión tan fundamental del sacramento, pues reúnen a todo un pue- blo que afirma y proclama públicamente que el Señor es bueno y que su misericordia no tiene límite. La “confesión de los pecados”, en su contexto público, no es entonces un acto secreto y escondido —salvo la misma confesión per- sonal con un sacerdote en privado—, sino una reunión del pueblo de Dios, penitente y agradecido, ante Aquel a quien confiesa como su Padre y su Señor.
Como confesión de fe, la confesión de mis pecados debe nacer de una actitud de fe: sea lo que fuere lo que yo haya hecho, y por más graves y reiteradas que hayan sido mis faltas, mi fe en el Señor que perdona me salva de la deses- peración, del desaliento y de la resignación ante el mal. Porque mi fe en el amor de Dios es inconmovible, me ade- lanto hacia él sin ningún temor, como el hijo pródigo que, en Lc 15, 18, dice: “Mc levantaré e iré…”. Porque tengo fe en la misericordia y omnipotencia de Dios, una y otra vez me acerco a Aquel que perdona y que levanta al caído. Como dice el padre en la misma parábola del hijo pródigo, que debería llamarse del “Padre misericordioso”: “estando él todavía lejos, lo vio su padre y corrió, se echó a su cuello y lo besó”.
Tal vez a semejanza de los contemporáneos de sán Agus- tín, apenas oímos la palabra “confesión” tenemos tenden- cia a encerrarnos en no sé qué tristeza, surgida de la con- ciencia de nuestras faltas, y olvidamos que hay también —y aun antes— una “confesión de alabanza”.
Detrás de las innumerables razones con que algunos de nuestros contemporáneos quieren explicar por qué ya casi no “practican” el sacramento de la confesión, ¿no habría tal vez, en el fondo, un debilitamiento de esta fe con la que proclamamos, además de nuestros pecados, la misericor- dia y el amor de Dios?
Ciertamente, quien reconoce y confiesa sus faltas no pare- ce que se pueda decir que canta una alabanza a Dios. Sin embargo, la confesión de nuestras faltas no puede limitar- se a la comprobación de un fracaso o una carencia. Muy por el contrario, al confesar nuestras faltas a Dios en la persona del sacerdote, “confesamos” —es decir, recono- cemos— que sólo Dios es santo.
La confesión de nuestras faltas debe siempre expandirse en una alabanza del Dios salvador, del Dios rico en mise- ricordia y cuyo Espíritu renueva la faz de la tierra.
Lejos de encerrarnos en la contemplación de nuestras po- bres vidas, toda confesión —sacramental o no— debería ser para nosotros una alabanza de la santidad y de la miseri-
cordia sin fin de Dios que nos salva cualquiera sea nuestro pecado.
Este es el sentido pleno que tiene la confesión sacramental desde los primeros tiempos del cristianismo: es una “con- fesión” —de fe y de alabanza— de Dios.
3. Confesión de fe y de alabanza, nuestra confesión sacra- mental es también confesión de los pecados. Ello es tan evidente que apenas hace falta insistir.
Empero, se imponen algunas observaciones.
Una vez más, quisiéramos citar a san Agustín. Después de haber subrayado que “la confesión de los pecados es cosa saludable”, explica en qué consiste. Dice así:”Algunos, apenas han comenzado a acusarse, se excusan. El uno dice: es el diablo el que me hizo hacer esto. Otro dice: fue el azar. Y un tercero: es el destino. Y nadie se vuelve contra sí mismo. Haz lo que has oído en el Salmo 40, 5: „Yo dije: Señor, ten piedad de mi alma*. Dice *yo dije‟, no el diablo o el azar o el destino. „Yo dije‟; o sea, me acuso y no me excuso. Yo he pecado contra ti.”
Por nuestra confesión, nos reconocemos responsables. En modo alguno, se trata de un vago “sentimiento de culpabi- lidad”; culpabilidad difícil de definir y que, a menudo, no tiene fundamento.
Tampoco se trata de que hagamos como Adán, que arroja la responsabilidad de su falta sobre su compañera: “La mujer que me diste por compañera me dio del árbol” (Gn 3, 12). O como Eva que, a su vez, dice: “La serpiente me sedujo y comí” (Gn 3, 13).
Con demasiada frecuencia, huimos de nuestras responsa- bilidades y nos rehusamos a reconocer en nuestros actos el fruto de nuestros malos deseos y de nuestras voluntades pervertidas.
Pero reconocernos culpables ¿no será sentirnos abruma- dos por la presencia del mal en nosotros?
No, porque no es a un hombre a quien nos confesamos, sino a Dios misericordioso, por mediación de un hombre como nosotros. Oigamos una vez más a san Agustín: “Si quieres confesar tus pecados, ¿a quién confesarlos con más seguridad que a Aquel que es bueno? ¿Los confiesas sólo a un hombre? Porque es malo, serás condenado. ¿Los confiesas a Dios? Porque es bueno, serás purificado.” 4. En definitiva, en una misma práctica —la sacramental— los cristianos confían sus pecados a Dios porque es bueno y confiesan de todo corazón que Dios es bueno.
Confesión de los pecados, confesión de fe, confesión de alabanza: no son sino una sola y única actitud del cristiano frente a Dios, originada en la conciencia del propio pecado y en la confianza en la misericordia y el amor de Dios. La conciencia cristiana del pecado es aquella que, a la vez, implica una gran confianza en la misericordia de Dios que perdona.
Por eso, una de las oraciones con la que el sacerdote in- troduce el rito, según el nuevo ritual del sacramento de la reconciliación, es una invitación al penitente al que dice que: “Dios,
que hizo brillar la luz en nuestros corazones, te dé la gracia de reconocer con sinceridad tus pecados y su misericor- dia.”