SÉPTIMA PARTE LA ELECCIÓN O RE FORMA DE VIDA
2. EL DESEO DE OPROBIOS Y HUMILLACIONES (EE 146)
El tema de los oprobios y las humillaciones está en “las Dos banderas” (EE 146). Pero de él habia tratado Ignacio en la meditación del Rey eternal, donde se habla de “imitar al Señor en pasar todas injurias y todo vituperio” (EE 98). En el Directorio autógrafo, Ignacio dice que, “cuando se trata de la elección, no tiene objeto hacer deliberar sobre el estado de vida a los que ya han tomado un estado de vida. A estos se les podrá proponer qué querrán elegir de estas dos cosas. La primera, el desear injurias y oprobios con Cristo, imitándole en esta parte de su cruz; o bien la se- gunda, de estar dispuesto a sufrir pacientemente, por amor de Cristo nuestro Señor, cualquier cosa semejante que le suceda” (Directorio autógrafo, 23).2
1. Oprobios y humillaciones, injurias: esto tiene un sentido obvio, que cualquiera entiende. Pero san Ignacio añade —en su Directorio autógrafo— “cualquier cosa semejante”. ¿A qué puede referirse con esta frase?
Vamos a intentar dar una respuesta a esta pregunta le- yendo las bienaventuranzas, sobre todo en Mateo (capítulo 5).
Cuando se habla de las bienaventuranzas del Evangelio, generalmente se lo hace refiriéndose a la versión más ex- tensa, la del evangelista san Mateo. En este Evangelio las bienaventuranzas son nueve, mientras que en el de Lucas son cuatro (a las que se añaden cuatro “maldiciones”). Ahora bien, si observamos más de cerca ambas redaccio- nes, se ve que son tres las bienaventuranzas verdadera- mente nuevas de Mateo: la de los misericordiosos, la de los corazones limpios y la de los artífices de la paz y que, si a pesar de esto se llega en Mateo a un total de nueve biena- venturanzas, es porque la primera —la de los pobres de espíritu— y la última —la de los perseguidores— han sido desdobladas.
2. Es bastante fácil percatarse de ello en cuanto a la última bienaventuranza, la de los perseguidos por causa de Cristo, que es precedida por una bienaventuranza de los perse- guidos en razón de la justicia: los motivos por los cuales los cristianos pueden sufrir persecución son, en esta for- ma, presentados de manera más explícita.
3. El procedimiento de desdoblamiento es menos evidente en el caso de la primera bienaventuranza.
Para percatarse de este desdoblamiento basta caer en la cuenta de que la bienaventuranza de los mansos está to- mada del Sal 37 (36), 11 (“poseerán la tierra”), donde el término “manso” corresponde en el hebreo a anawi‟m, vale decir, precisamente el término que, en el oráculo de Is 61, 1 sirve de apoyo a la primera bienaventuranza que está antes que la de Mateo, la de los “pobres”.
Al hablar Mateo en primer lugar de los pobres y luego de los mansos, pone en evidencia dos matices religiosos del vocablo hebreo anawi‟m.
4. Volvamos a la primera bienaventuranza en san Mateo: la de los “pobres de espíritu”. La primera cuestión que hay que plantear es la del verdadero sentido de esta expresión. La Biblia contiene muchas expresiones de este mismo género: una palabra principal —sustantivo, adjetivo o par- ticipio—, que está determinada por un complemento como “de espíritu” (o “en…”), “de corazón”, “de alma”. Se indica con ello que la significación natural del término principal debe ser traspuesta para aplicarse a una disposición inte- rior. Así, por ejemplo, en la serie de bienaventuranzas se habla de “los limpios de corazón”, donde el adjetivo “lim- pios” (sin mancha) ha sido interiorizado y califica una actitud espiritual.
4.1. La expresión “pobres de espíritu” (o “en espíritu”) reclamaría pues una trasposición interior de la idea de pobreza. Pero la manera de operar esta trasposición no es evidente a simple vista.
En nuestra lengua, en el uso corriente, el “pobre de espíri- tu” es un hombre “espiritualmente” desasido de los bienes de este mundo, interiormente libre respecto del dinero. Por eso la expresión se usa naturalmente a propósito de personas que disponen de mucho dinero: es posible, a aquel que es económicamente rico, ser “pobre de espíritu”. Es un hecho, sin embargo, que los padres de la Iglesia interpretan casi siempre “pobres de espíritu” en el sentido de “humildes”, “modestos”; pero no explican cómo pasan de la idea de la “pobreza” a la de la “humildad” o “modes- tia”.
La exégesis moderna ha quedado perpleja, hasta no hace mucho, al no poder encontrar en otra parte la expresión de esta primera bienaventuranza de Mateo. Pero la situación ha cambiado desde hace algunos años: los textos hebreos descubiertos en Qumram, a orillas del Mar Muerto, y con- temporáneos de Jesús, emplean la expresión en un con- texto que ya no nos permite dudar de su sentido.
A partir de estos textos, se ve que los Padres tenían razón. Los “pobres de espíritu” son, en Mateo, los humildes. El término hebreo anawím (que traducimos por “pobres”) conserva en la versión matea- na su valor etimológico: se trata de hombres “encorvados”, inclinados hacia abajo; y la actitud de alma a la que remite la precisión “de espíritu” es la de una humildad interior.
4.2. La presencia de la bienaventuranza de los mansos confirma esta interpretación.
En la Biblia griega, en efecto, el adjetivo “manso” es, junto con la palabra “pobre”, una de las traducciones habituales del término hebreo anaw: así especialmente en el Salmo 37 (36), 11 que inspira la bienaventuranza de los mansos. Los textos de Qumram, antes citados, muestran bien que la mansedumbre (o no-violencia) constituye, junto con la humildad y la paciencia, una de las componentes de esa actitud fundamental del anawáh, a la que podríamos de- signar, en nuestro actual idioma, como la “pobreza espiri- tual”.
5. Estas precisiones acerca del sentido de los términos permiten comprender mejor la interpretación que la pri- mera bienaventuranza de Jesús recibe en la versión de san Mateo.
Jesús había proclamado la felicidad de los pobres. Pero, ante la mención de estos anawím, el evangelista piensa en una actitud del alma, esa anawáh tan cara a la espirituali- dad de los monjes judíos de Qumram. En esta perspectiva, él aplica la bienaventuranza de los pobres de espíritu que, según otra traducción de la palabra anawím, son también los mansos, de los que hablará a continuación.
Así la bienaventuranza no se dirige ya a hombres carentes de lo necesario, sino a hombres que se caracterizan por su mansedumbre, su paciencia, su humildad: hombres des- provistos de violencia, que no oponen el mal al mal. 6. Para captar el alcance profundo de esta trasposición hay que dar un paso más y darse cuenta de que ella responde con mucha precisión a un aspecto del retrato de Jesús que Mateo se complace en acentuar. No es casual que justa- mente se encuentre en Mateo, cuya primera bienaventu- ranza estamos comentando, el texto que presenta mayor afinidad con la doble actitud de los pobres de espíritu y los mansos.
Es el pasaje en que Jesús se define a sí mismo cuando de- clara: “Venid a mí. […] Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mi que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11, 28-30).
Jesús se presenta a sí mismo como “manso y humilde de corazón”. Los términos no son perfectamente idénticos a los de las bienaventuranzas, pero no es difícil reconocer allí la misma asociación entre la humildad y la manse- dumbre que entre los “pobres de espíritu” y los “mansos”. Además, otros pasajes propios de Mateo subrayan la dul-
zura de Jesús, su rechazo de la violencia, su discreción (cf. Mt 12,19-20; 21,5).
La exigencia de mostrarse pobre de espíritu y manso toma su ejemplo en el Maestro manso y humilde de corazón y la doble bienaventuranza es un llamado a los cristianos a que conformen sus sentimientos con los de Jesús.
7. La mansedumbre, pues, es una forma de humildad. La otra forma es la de soportar las humillaciones, oprobios, “las injurias y todo vituperio” (EE 98), de los que está llena la vida de Cristo Jesús.
Cualquiera comprende lo que es soportar humillaciones. Recordemos lo que Teresa de Jesús dice en el Camino de perfección, capítulo 19 o capítulo 13 del Código de Vallado- lid.
Para entender lo que significa ser manso, pondremos el siguiente ejemplo.
Nos sucede, en la vida ordinaria, que esperamos algo de los demás; cuando los demás no proceden de acuerdo con eso que esperamos, nos irritamos. O sea, no somos mansos respecto de los que nos rodean y tratan con nosotros. Diríamos que tenemos un plan, según el cual los demás deben obrar de una cierta manera; cuando ese plan no se cumple, nos irritamos.
En realidad, esto es fruto de nuestra soberbia: nos consi- deramos como dioses, cuya voluntad los demás deben cumplir al pie de la letra y cuando no lo hacen así, mon- tamos en cólera.
Notemos que la cólera (impaciencia, ira…) se experimenta cuando pensamos que nuestros derechos no son atendi- dos, cuando son conculcados, cuando son atropellados. De modo que toda falta de mansedumbre es una falta de hu- mildad.
A veces puede ser verdad que tenemos derechos —al me- nos, alguno— que nuestro prójimo no respeta, pero recor- demos que no debemos prestar atención a la verdad úni- camente, sino al espíritu que esa verdad suscita en noso- tros.
Como decía el beato Fabro:
“Todo bien que yo hubiese de hacer, o pensar, u ordenar, etc. ha de hacerse por medio del buen espíritu y no por medio del malo. Nuestro Señor no debe tener por bien reformar algunas cosas de la iglesia según el modo de los herejes, porque ellos, aunque en muchas cosas —así como también los demonios— dicen verdad, no la dicen con el espíritu de la verdad, que es el Espíritu Santo” (Beato Fa- bro, Memorial, n. 51).
22. Acerca de las bienaventuranzas, cf. J. Dupont, “Biena- venturanzas evangélicas”. Boletín de espiritualidad 50, pp. 13-16.