• No se han encontrado resultados

@ CORRECCIÓN HASTA ACA

22. VISIÓN PAULINA DEL PECADO DEL HOMBRE

Las afirmaciones de san Pablo sobre el pecado, sus efectos y su universalidad —véase sobre todo su Carta a los roma- nos, por ejemplo 3, 9- 18, con notas de BJ— han hecho que se lo acusara de pesimismo. Lo mismo le ha sucedido, por la misma razón, a san Agustin (y también a san Ignacio, cuando se advierte que dedica la cuarta parte de sus Ejer- cicios de mes —o sea, la Primera semana de los mismos— a “la consideración y contemplación de los pecados”, EE 4). Esta acusación se debe a no haber captado la exacta signi- ficación del pecado en el contexto doctrinal de estos auto- res que, por sobre el pecado, apuntan a revelarnos el papel excepcional de Cristo en la historia de salvación.”

1. No hay duda de que, entre los autores del Nuevo Testa- mento, nadie —como san Pablo— le ha concedido al un lugar tan relevante. Nadie como él ha descrito, en tér- minos tan fuertes, su poder maligno. Pero, al recordar tan explícitamente la solidaridad de la humanidad entera en Adán pecador, es para revelarnos otra solidaridad: la de la humanidad entera en Cristo.

Si Dios ha permitido el pecado de Adán y sus funestas consecuencias, ha sido porque Jesucristo debió triunfar sobre todo ello: todo se ordena (también —y sobre todo— pecado), en la visión paulina —y de los otros autores men- cionados al principio— a la gloria de Jesucristo, nuestro Señor (EE 23).

Así se ve el papel del pecado en la historia de salvación. Cierto es que toda la responsabilidad del pecado le in- cumbe al hombre: Dios no puede querer —con querer po- sitivo— el pecado. Con todo, Pablo no duda en atribuirle al pecado un lugar importante en el plan de Dios; más exac- tamente, en el plan de la sabiduría de Dios. Porque, a pro- pósito del pecado y de las misteriosas razones por las cua- les Dios lo permite, el Apóstol evoca el tema de la “sabidu- ría de Dios…” (Rom 11, 33: “¡Oh abismo de la riqueza, de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus designios e inescrutables sus caminos! ¡A él la gloria por los siglos! Amén”).

Precisamente meditando san Pablo sobre el pecado —la infidelidad del pueblo de Dios (Rom 9—11)— que fue, para su corazón, la herida más sangrante y un verdadero es- cándalo para su espíritu, comprende hasta qué punto esta infidelidad —por otra parte, parcial y provisoria (Rom 11, 25)— entraba también en el designio salvífico de Dios acerca de todo el género humano, sobre todo del pagano entonces.

El pecado, que es el obstáculo por excelencia que la crea- tura puede oponer al plan de Dios centrado en Cristo (“el hombre es creado para Dios nuestro Señor”, EE 23), juega un papel en la historia de salvación gracias a Cristo Señor, “pues Dios encerró a todos los hombres en la rebel- día, para usar, con todos ellos, de misericordia” (Rom 11, 32; cf. Gál 3, 22).

San Ireneo, comentando este versículo de la Carta a los romanos, ha expuesto magníficamente esta teología de la historia del pecado (EE 45 ss.): Dios ha sufrido que el hombre, en su mismo origen, fuera engullido por el dragón infernal —como Jonás por el monstruo marino (Jón 2, 1)— no para que permaneciera engullido y pereciera definiti- vamente, sino para que resucitara de entre los muertos y,

habiendo recibido de Dios una salvación tan inesperada, glorificara a Dios, dejando de imaginarse —en su vano orgullo— que poseía la inmortalidad por naturaleza. Así es como la misma experiencia del abismo en que estaba me- tido le revelaría, a la vez, su extrema flaqueza y la omnipo- tencia de Dios, capaz de conferir la inmortalidad al mortal y la eternidad al hombre efímero. Así como —dice san Ire- neo— el médico se manifiesta en los enfermos, Dios se revela en los hombres. Por eso, Pablo ha dicho que “Dios encerró a todos los hombres en la rebeldía para usar, con todos, de misericordia” (S. Ireneo, Adv. Haer., III, XX, 1-2).

Difícilmente se podría imaginar una visión más optimista de la historia de salvación y del lugar que en ella tiene el pecado.

2. Ahora bien, es precisamente en la pasión del hijo de (EE 53: “imaginando a Cristo en cruz”) donde se revela, para Pablo, el misterio de la “sabiduría de Dios”, “multi- forme” en recursos (Ef 3,10) y tan “hábil” como para utili- zar, en provecho del hombre, incluso el pecado (Rom 8, 28).

En efecto, san Pablo declara, en una de sus afirmaciones más paradojales, que el Padre, “a quien no conoció pecado —o sea, a su Hijo— le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él” (2 Cor 5, 21). Si —como es muy verosímil— Pablo emplea los dos términos: “pecado” y “justicia”, en el sentido habitual de “poder” respectivamente “maligno” y “salvífico”, ha querido con ello decir que el Padre decidió que su Hijo bienamado fuera sometido a los efectos de ese poder de muerte que es el pecado, a fin de que nosotros nos sometiéramos a los efectos de ese poder de vida que es la justicia de Dios. Por una parte, tanto san Pablo como san Juan repiten in- cansablemente que el Señor nos ha salvado por el acto de amor y de obediencia que realizó muriendo por nosotros la cruz. Por otra parte, esta muerte y todas sus circunstan- cias fueron todas efecto del pecado del hombre: traición de Judas, negación de Pedro, insultos de los soldados, etc. En otros términos, Dios se ha servido de nuestros pecados para colocar a su Hijo en situación de amarnos como nadie jamás nos ha amado (Jn 15,13: “Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos”). Así se comprende el canto que Pablo eleva, al final del cap. 8 de los romanos, al “amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús Señor nues- tro”, lo mismo que al final del cap. 11 y al final de toda la carta.

3. Indiquemos ahora brevemente la intuición de san Pablo en la Carta a los romanos: nos referimos a la parte dogmá- tica de la misma, del cap. 1 al 11, ya que el resto sería una exhortación de circunstancias.

Acerca de esta parte, se han propuesto diversos planes, discutibles, ya que la retórica paulina no se deja esquema- tizar fácilmente. Por ejemplo, para ciertos autores —tanto católicos como protestantes— el Apóstol pretendería dar una descripción total y equilibrada del Evangelio. Según esta intención, trataría primero del pecado (1, 3-20), luego de la justificación (3, 21—4, 25) y, finalmente, de la santi- ficación (cap. 5 en adelante), de modo que el resto de la carta sería una sucesión de apéndices, más o menos inde- pendientes de la parte doctrinal.

Estudios de otros autores han propuesto otra estructura ordenada sobre una intuición central del Apóstol y más conforme con la manera concéntrica como procedían los profetas del Antiguo Testamento, es decir, por repeticiones concéntricas —y no por un desarrollo lógico— de la intui- ción central.

Según esta estructura concéntrica, san Pablo describiría, en cuatro expresiones, lo que sería su intuición religiosa de la historia de salvación: la extrema miseria de la humani- dad por una parte y, por la otra, la victoria del Evangelio o Buena Nueva de Cristo.

Es decir:

Primera descripción (1,18 a cap. 4 inclusive): miseria de paganos y judíos (1, 18—3, 20) bajo la condenación divina y justificación gratuita de todo creyente por Jesucristo (3, 21—4, 25).

Segunda descripción (caps. 5 y 6): miseria del hombre solidario con el primer Adán (5,1-14) y salvación del hom- bre solidario con Jesucristo (5,15—6, 23; pero de manera que, en el cap. 5, los dos temas de la miseria y la salvación se mezclan íntimamente).

Tercera descripción (caps. 7 y 8): miseria del hombre es- clavo de la ley (7, 1-25) y liberación por el Espíritu (8, 1-39).

Cuarta descripción (caps. 9—11): miseria de Israel que rechaza a Cristo (9,1—10, 21) y participación escatológica de Israel en su salvación (11,1-36).

Este plan en cuatro círculos concéntricos alrededor de un único tema dual (miseria y salvación) —aun siendo hipoté- tico— tiene la ventaja de poner en evidencia la miseria del hombre sin Cristo y la salvación en Cristo, al expresarlas cuatro terminologías teológicas de naturaleza y origen diferentes:

más jurídica la primera, por la imputación de la fe como

justicia;

sacramental la segunda, por la significación del rito bau-

tismal;

más espiritual la tercera, por la intervención del Espíritu

Santo;

más histórica la cuarta y última, en cuanto escatológica.

Y podría uno preguntarse si estas cuatro descripciones corresponden a cuatro etapas sucesivas en la historia hu- mana o si cada una expresa, en categorías diversas, la tota- lidad de la existencia humana.

Si fuera la primera hipótesis, resultaría: 1) el hombre ante todo justificado; 2) luego, solidario con Cristo; 3) después, liberado o santificado por el Espíritu; 4) integrado en la historia que se encamina hacia la salvación escatológica. Pero parece que la segunda hipótesis responde mejor a la intuición fundamental del Apóstol que quiere expresar de todas las maneras indicadas la totalidad de la existencia cristiana.

4. San Ignacio tiene la misma visión optimista del hombre cuando nos presenta, en la Primera semana, una del nombre de Dios que se continuará en las siguientes semanas y que culmina —dentro de la misma Primera semana— con el descubrimiento, al pie de la cruz (EE 53), de la condescendencia de aquel que nos ha amado “cuando todavía éramos pecadores. ¡Con cuánta razón, pues, justi-

ficados ahora por su sangre, seremos salvados por su vi- (Rom 5, 8).

Outline

Documento similar